Carlos de Foucauld enTamarraset

La route Transsaharienne d'Alger à Tamanrasset : Au volant d'Alger à  Tamanrasset - Nomade Aventure


Una vida fraterna en el corazón del mundo
El 22 de julio 1905 Carlos de Foucauld anotaba en su Cuaderno un
nuevo proyecto de vida. Justo antes de establecerse en una pequeña
aldea del Ahaggar, que él no conocía aún y donde acabará su
recorrido terrestre.
Entre otras cosas podernos leer: «Nada de clausura –como Jesús
en Nazaret»1. Esta indicación es sorprendente cuando se sabe la
importancia que él daba a este signo material de la clausura. Ya sea
un muro real como en la Trapa o una línea de piedras a ras del
suelo, como en Beni Abbés. Estas piedras eran para él el signo
visible de la separación y del alejamiento de los asuntos del mundo.
Antes, cuando vivía en Jerusalén, cerca del convento de las
Clarisas, lo argumentaba en una carta del 22 de enero 1899 al padre
Huvelin en la que le pedía permiso para hacer un voto especial de
clausura que le impidiera salir y por tanto responder a las
invitaciones externas y a los diferentes servicios que le pedían.
Antes de dejar Beni Abbès el 24 de noviembre 1903, escribía a su
obispo: «¡Si supierais como me encuentro como pez fuera del agua,
en el momento que dejo la clausura!… no estoy hecho para salir de
ella»2.
Y tres meses antes de tachar la clausura de su programa, escribía
aún a su prima, el 11 de abril de 1905: «En cuanto a cambiar de
lugar, a salir de la clausura, por razón de salud, es algo que nunca
han hecho los buenos monjes: la clausura, es el elemento, la patria,
a la espera del cielo…» De todas formas salió, por deber, para el
servicio de Dios, aun sintiéndolo. ¿Cómo explicar este cambio, en
un tiempo tan corto?
En primer lugar hay que reconocer que él confunde la clausura y
la estabilidad, como en la carta en la que pedía hacer el voto de
clausura: «nunca tendré ni soledad, ni lugar fijo [….]3
Este voto debía inmovilizarlo y darle “estabilidad”, impidiéndole
responder a las llamadas de las Clarisas u otras. Él no se sentía
llamado a una vida de viajes entre Nazaret y Jerusalén,
respondiendo a la menor demanda de algún servicio.
De igual forma en Ghardaïa, en 1904, al final de un año entero de
viajes y desplazamientos continuos, vuelve a decir al Padre Guérin
que su vocación no es la de visitar las aldeas o las guarniciones sino
la de vivir en un punto fijo en Beni-Abbés o en el Ahaggar, pero no
viajando entre los dos.
Parece que había terminado el tiempo de su juventud. Un período
en el que, en el sur argelino, pasaba de siete a ocho meses
moviéndose sin interrupción, y todo ello con gran contento. «Me
gustaban mucho los viajes por los cuales yo siempre había sentido
una gran atracción»4.
Desde entonces, siente terror ante los viajes. ¿Es esto verdad? Los
hará por deber como todo lo que hace. Decenas de miles de
kilómetros, casi siempre a pie. Se comprende que haya expresado a
menudo el deseo de detenerse y de permanecer en un lugar… con o
sin clausura.
Este abandono de la clausura al llegar a Tamanrasset se explica
porque para él esto es solamente una situación provisional, a la
espera de tener compañeros. Aún lee su reglamento de vida en
común, incluso si está solo. Decide sin embargo «retirarse
resueltamente de todo aquello que no sea la imitación perfecta de
esta vida (“la de Jesús en Nazaret”)». El Reglamento no es ya la
expresión de Nazaret y lo provisional sino que se convierte poco a
poco en lo normal.
La nueva orientación se irá confirmando a lo largo de los años
convirtiéndose en una apertura a lo imprevisible, en una gran
sumisión al momento presente ya que éste manifiesta la voluntad
de Dios mucho más que una Regla escrita en circunstancias
totalmente diferentes. Ya no se dejará encerrar en un reglamento
ni en una clausura simbólica o ideológica. Por el contrario, tratará
de vivir cada vez más cerca de los habitantes de la aldea y de los
nómadas de los alrededores. En las relaciones de vecindad y de
amistad. También en las relaciones de trabajo para las cosas
prácticas y sobre todo para poder estudiar la lengua.
Durante los primeros años evita ir a visitar a los Tuaregs. Lo hace
por discreción y para no forzar las relaciones, pero sufre al no
recibir muchas visitas de ellos. Él los excusa: «en invierno, los
tuaregs, frioleros y mal vestidos circulan poco: así no tienen mucha
prisa en visitarme: hay que romper el hielo: eso se hará con el
tiempo… No he estado a más de cien metros de lo capilla»5.
Cuando un poco más tarde (en 1907) se encuentra más al sur, en
medio de numerosos campamentos, se alegrará de los encuentros:
“vamos a ver muchos indígenas durante el mes que nos
quedaremos cerca de los que acampan en esta región, esto es lo que
deseo..”6 No esconde su satisfacción: «Aprovecho la presencia de
muchos Tuaregs para conocerlos por esta estancia y contactos que
no había tenido antes tan cercanos»7, Y cuando vuelve a
Tamanrasset, escribe: «Mi regreso aquí ha sido dulce, la población
me ha recibido bien, mucho más afectuosamente que no osaba
esperar».8 Después de otra ausencia, escribirá a H. de Castries el
16 de mayo 1911: «Estos primeros días de regreso aquí no han sido
días de soledad; he sido recibido con un afecto que ha emocionado
por los Tuaregs y continuamente tengo sus visitas… pero pronto,
se producirá una media soledad, y ya, desde que el sol se pone, es
la gran calma tan deseada. Benedicite noctes y dies Domino. Soy la
única persona en este desierto que recita el cantico Benedicite omnia
opera Domini Domino frente a estas bellas montañas. Que el Señor
se digne dar gracia a estos Tuaregs, tan capacitados, para que ellos
amen y sirvan a Dios y que sus almas alaben al Señor al igual que
lo hace la creación inanimada».
No hay duda de que desea esta apertura a los otros desde el primer
día de su llegada a Tamanrasset. En agosto de 1905, le quedan once
años que vivir en este pueblo donde él quiere “tomar como único
ejemplo la vida de Nazaret”, como anota en su cuaderno, el 11 de
agosto. Estos once años sin clausura, ¿pueden dejar ver la
originalidad del mensaje contenido bajo el nombre de Nazaret? Es
difícil usar para esto el vocabulario clásico, ya sea el de su época o
el de hoy día. Las palabras son importantes, pero son equivocas. Al
hermano Carlos es imposible clasificarlo en una categoría; monje,
misionero, sacerdote diocesano, etc. Cada una de estas etiquetas,
que él mismo utiliza en un momento u otro, o bajo las cuales lo
encerramos, exige explicaciones pues ninguna de ellas permite
completar el mensaje que se desprende de una vida fuera de las
normas habituales.
Él sigue llamándose “monje muerto para el mundo” pero la
clausura no forma ya parte de su vida. Él quiere estar cada vez más
cercano a aquellos de quienes no quiere estar “separado”. “No
quiero morar lejos de un lugar habitado, sino cerca de una aldea –
como Jesús en Nazaret”.
Tendrá que mudarse, al final de su vida, alegrándose de vivir más
cerca de las casas de sus amigos y darse cuenta de que Jesús no
vivía cerca de Nazaret. El nunca hizo grandes consideraciones
sobre la inserción en una aldea o en un barrio, pero la lógica del
amor le hizo estar más cercano a sus amigos, conocer mejor su
propia vocación y el verdadero rostro de Aquél que fue, en Nazaret,
no un monje sino un hombre de pueblo con un oficio, una
reputación y unas relaciones.
Hasta su muerte, él se llamará a sí mismo ermitaño puesto que está
solo. Con gusto habla de sus ermitas y se sigue haciéndolo después
de él, incluso en Beni-Abbés, el único lugar al que él había dado el
nombre de fraternidad.
Según René Bazin, muchos se equivocaron con este vocabulario.
Aún más, porque viviendo solo en el Sahara (en el desierto) no se
puede imaginar sin la espiritualidad del Desierto. De ahí la
representación del ermitaño atraído por la “llamada del silencio”.
Es verdad, que no se puede eliminar la palabra ermitaño de su
vocabulario, pero hay que saber que no es nada adecuado a su tipo
de vida ni en Tamanrasset, ni siquiera en el Asekrem donde él se
establece no para huir de la multitud sino para estar “en un punto
céntrico” más cercano de los nómadas que él veía poco en sus
comienzos sedentarios en la aldea de Tamanrasset.
La palabra “ermitaño” es más adecuada para describir el tiempo
vívido en Nazaret y Jerusalén a la sombra de los conventos de las
Clarisas. En este período tenía en su mente el proyecto, muy
elaborado y muy idealizado, de vivir junto a una treintena de
ermitaños. En el Hoggar no desea el aislamiento, sino que busca
los encuentros. Él quería tener un compañero, pero puede asumir
la soledad por la fuerza de su temperamento y por su fe en la
presencia viva de Dios. Esta soledad le parece incluso una suerte,
no para el recogimiento, sino para estar más cerca de los
habitantes: estando solo, uno es “más sencillo y más abordable”.
Esto es lo que él oyó decir desde su primera visita a esta región, el
26 de mayo 1904. “Por lo que respecta al recogimiento, es el amor
el que tiene que recogerte en mi interiormente y no el alejamiento
de mis hijos”.
¿Se identificaría mejor su vida en el Hoggar llamándola misionera?
Sin duda, él está en “país de misión”. Participa plenamente a su
manera en la misión de la Iglesia de la cual se preocupa haciendo
proyectos e informes para los misioneros. Sin embargo, él no se
considera a sí mismo como un misionero, incluso rechaza esa
palabra para marcar bien su diferencia con los Misioneros de
África.
El último año de su vida lo emplea solo para explicar que no es umisionero como los otros, que él es una especie rara. Él se da cuenta
de su especial situación. Ni siquiera tiene referencias que dar, su
situación no es comparable con la de nadie. En realidad, él es el
primero en una misión especial y desea que haya muchos
compañeros como él.
No siempre se distingue la diferencia entre lo que él organiza en
Beni-Ahhés (actividades muy semejantes a las de un misionero que
comienza) y lo que él proyecta más tarde para los Padres Blancos.
De igual forma, él propone (en 1911) a varios trapenses que
deseaban ser más misioneros un programa de vida de
monjesmisioneros que no es en absoluto el suyo en ese momento.
Tampoco se puede trasladar todo lo que escribe a los que le
escriben cartas, suponiendo que él mismo viviera así en
Tamanrasset. Es importante saber que estaba dispuesto a pasar en
Francia todo el año 1915, para lanzar su asociación, pero esto no
nos dice nada sobre su vida diaria en Tamanrasset.
Los tuaregs no conocieron nunca al monje ni al ermitaño, ni
siquiera al sacerdote; desde el primer día y hasta la hora de su
muerte, en su último grito de petición de socorro, eta el marabout.
No tenía nada en común con los hechiceros y charlatanes
contemporáneos o modernos. Él es el único de su especie, un
hombre que reza, que no está casado, que cura, da consejos,
distribuye limosnas, que es bueno para todos; éste es el retrato del
buen religioso. Esta palabra evoca incluso la misma raíz que
marabout (unido a Dios) pero no separado, pues él también está
unido a los hombres y las mujeres por los lazos que intenta crear
con todos aquellos en medio de quienes vive.
Al igual que ellos, come tortas de trigo y mijo cocido, así como una
especie de mezcla con dátiles, pero nada de carne (algo que le queda
del régimen monástico). Bebe café. Su régimen alimenticio ha
mejorado, pero sigue siendo desequilibrado. Carlos se sorprenderá
de ser víctima del escorbuto por segunda vez a finales del año 1914.
Escribe: «Sin hábito, como Jesús en Nazaret». Lleva puesto un
hábito simple que le distingue de los otros franceses. Su vestidura
se parece a una túnica árabe, pero con una correa. Sin ningún signo
particular: ni rosario, ni insignia, ni ese corazón bajo una cruz (que
a todos interrogaba y que no era más que un signo inadaptado e
ilegible del amor que él quería dar a todas las criaturas de Dios).
El único signo visible de su diferencia será su comportamiento
fraterno y amistoso para con todos aquellos con los que se cruza
(militares franceses, tuaregs, árabes, antiguos esclavos negros o
mulatos). Desea que al verle puedan decir: “Ved como ama”. Es el
único signo visible que permite reconocer que es discípulo de Jesús.
Durante esos años el lugar principal lo ocupa el trabajo. Un trabajo
intelectual de casi 11 horas cada día. Se podría decir que hacía una
obra de benedictino, pero lejos de los horarios monásticos y de las
ocho horas de trabajo que él atribuía a Jesús de Nazaret.
¿Cuál es el sentido humanitario de este trabajo? Se trata de una
obra científica de gran calidad (una obra de apertura a otra cultura),
pero también es una obra de fraternización ya que permitía un
acercamiento más real e íntimo a la sensibilidad de un pueblo. Lo
que él hace es fundamental ya que es un trabajo que le permite
ponerse en relación con los hombres y mujeres. En 1907 hace
largas caminatas y estancias prolongadas en los campamentos del
sur. Escucha atentamente y sin descanso las poesías que le recitan.
Horas, días, meses para corregir ese trabajo hasta conseguir la
frase justa y el sentido exacto. ¡Qué precisión y qué perfección!
Nadie ha vuelto a hacer en esos lugares nada parecido.
Deberíamos recibir el mensaje de lo que él vivió durante sus
últimos años. Queda mucho por descubrir en los detalles de su vida
y en la lectura de sus cartas para situarle en la verdad concreta de
sus relaciones con los hombres y mujeres a quienes quiso acercarse.
Si hubiese vivido en otro lugar, en un país no musulmán, ¿habría
llevado un mensaje nuevo? Si se hubiese quedado en Beni Abbès
¿se hubiese convertido en lo que fue en Tamanrasset? Si hubiese
podido recibir algunos compañeros (en un lugar mejor comunicado
que el Hoggar) probablemente habría creado una nueva comunidad
monástica apenas diferente de la Trapa. O habría organizado, como
tan bien sabía hacerlo, la vida de sus compañeros, sin tener en
cuenta las realidades locales a las que, al estar solo, se adapté de
una manera admirable. Solo en medio de ellos, supo mantener su
fe y su identidad, aun viviendo cerca. Más aún, al ponerse a la
escucha de los otros, y tratando de comprenderles, se dejó
transformar por las relaciones de amistad y pudo evolucionar en
sus ideas, sus proyectos y sus utopías. Él fue el confidente de unos,
el consejero de otros, el amigo de algunos. También se convirtió
en una referencia e incluso en un modelo de convivencia y diálogo
para aquellos que, a un siglo de distancia y por todo el mundo,
viven en situaciones semejantes. El aprendió a amar
desinteresadamente a cada persona, respetando sus diferencias y
mantener la preocupación por el interés general y el bien común.
Se convirtió en un artesano de unidad entre los seres humanos a
los que todo enfrentaba.
Había llegado allí pensando que tenía que convertir a los otros a
su religión. Pero ¿cómo podía seguir pensando que esos hombres
y mujeres a los que se había unido no podrían ser salvados porque
no tenían la misma religión que él? Ellos le habían obligado a
pensar de otra forma.
Al final de su vida, sólo habla de la salvación de todo ser humano y
de la necesidad de trabajar por la salvación de los otros tanto como
por la propia. Dios desea la salvación de todos los humanos. Ya no hay
que cambiarlos de religión. Carlos mantiene esta esperanza, pero
la aplaza. Lo inmediato es mantener viva su fe, permanecer siendo
él mismo, vivir una vida cristiana en la perfección del amor amando
a cada persona como Dios la ama respetando sus convicciones.
Esto parece tan superficial que se puede leer sin ver su importancia.
Él lo anota, unos meses antes de su muerte, en las últimas
meditaciones escritas, el 18 de junio de 1916: “Amar al prójimo, es
decir, a todos los humanos como a nosotros mismos, es hacer por
la salvación de los otros lo mismo que para la nuestra, la obra de
nuestra vida; amarnos los unos a los otros como Jesús nos ha
amado, es hacer de la salvación de todas las almas, la obra de
nuestra existencia”.
Desde ese momento, la obra de su vida será amar a cada uno tal
como es. El medio mejor para trabajar por la Salvación de los otros,
es amarlos como Dios les ama. Él no tiene ninguna otra cosa que
hacer. Esa es la obra de nuestra existencia. Ninguna frase puede
mostrar mejor esto que la que él había tenido la audacia de usar
desde su llegada al Sahara: “hermano, hermano de todos, hermano
universal” y que al final de su vida usará con más humildad. No
basta con suprimir la clausura sobre el papel y en la realidad para
que todo se haga simple. No hasta con suprimir la palabra ermitaño
en su reglamento para convertirse en el hermano de todos. Era
necesario aprender a vivir en el mundo sin ser del mundo, aun
estando en los asuntos de este mundo del Sahara al cual se siente
especialmente enviado.
ANTOINE CHATELARD, “Carlos de Foucauld en
Tamarraset”, Los Hermanos de Jesús. Noticias para amigos de la Fraternidad 1 (2006) 18-2

1Cuadernos de Tamanrasset 46
2Correspondencias Saharianas 237 Ed. du Cerf (Paris 1998)
3Cartas al abbé Huvelin (LHA) 102

4 A. CHATELARD, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset
(Madrid 2002).

5Cartas a Marie de Bondy, 18 de marzo 1903, 148 = LMB
6Ibid., 28-04-1907
7Ibid., 28-05-1907
8Ibid., 11-07-1907

Una vida fraterna en el corazón del mundo


ANTOINE CHATELARD
El 22 de julio 1905 Carlos de Foucauld anotaba en su
cuaderno un nuevo proyecto de vida. Justo antes de establecerse
en una pequeña aldea del Ahaggar, que él no conocía aún y donde
acabará su recorrido terrestre.
Entre otras cosas podemos leer: “Nada de clausura – como
Jesús en Nazaret”.1 Esta indicación es sorprendente cuando se
sabe la importancia que él daba a este signo material de la
clausura. Ya sea un muro real, como en la Trapa o una línea de
piedras a ras del suelo, como en Beni Abbès. Estas piedras eran
para él el signo visible de la separación y del alejamiento de los
asuntos del mundo.
Antes, cuando vivía en Jerusalén cerca del convento de las
Clarisas, lo argumentaba en una carta del 22 de enero 1899 al
abbé Huvelin en la que le pedía permiso para hacer un voto
especial de clausura que le impidiera salir y por tanto responder a
las invitaciones externas y a los diferentes servicios que le pedían.
Antes de dejar Beni Abbès el 24 de noviembre 1903, escribía a su
obispo: “¡Si supierais como me encuentro como pez fuera del
agua, en el momento que dejo la clausura!… no estoy hecho para
salir de ella”.2
Y tres meses antes de tachar la clausura de su programa,
escribía aún a su prima, el 11 de abril de 1905: “En cuanto a
cambiar de lugar, a salir de la clausura, por razón de salud, es algo
que nunca han hecho los buenos monjes: la clausura, es el
elemento, la patria, a la espera del cielo…”
De todas formas salió, por deber, para el servicio de Dios, aún
sintiéndolo. ¿Cómo explicar este cambio, en un tiempo tan corto?
En primer lugar hay que reconocer que él confunde la
clausura y la estabilidad, como en la carta en la que pedía hacer el
voto de clausura: “[…] nunca tendré ni soledad, ni lugar fijo […]”.3
Este voto debía inmovilizarlo y darle “estabilidad”, impidiéndole
responder a las llamadas de las Clarisas u otras. Él no se sentía
llamado a una vida de viajes entre Nazaret y Jerusalén,
respondiendo a la menor demanda de algún servicio.
De igual forma en Ghardaïa, en 1904, al final de un año entero
de viajes y desplazamientos continuos, vuelve a decir al Padre
Guérin que su vocación no es la de visitar las aldeas o las
guarniciones sino la de vivir en un punto fijo en Beni-Abbès o en el
Ahaggar, pero no viajando entre los dos.
Parece que había terminado el tiempo de su juventud. Un
período en el que, en el sur argelino, pasaba de siete a ocho
meses moviéndose sin interrupción, y todo ello con gran contento.
“Me gustaban mucho los viajes por los cuales yo siempre había
sentido una gran atracción”.4
Desde entonces, siente terror ante los viajes. ¿Es verdad
esto? Los hará por deber como todo lo que hace. Decenas de
miles de kilómetros, casi siempre a pie. Se comprende que haya
expresado a menudo el deseo de detenerse y de permanecer en
un lugar… con o sin clausura.
Este abandono de la clausura al llegar a Tamanrasset se
explica porque para él esto es solamente una situación provisional,
a la espera de tener compañeros. Aún lee su reglamento de vida
en común, incluso si está solo. Decide sin embargo “retirarse
resueltamente de todo aquello que no sea la imitación perfecta de
esta vida (la de Jesús en Nazaret)”. El Reglamento no es ya la
expresión de Nazaret y lo provisional sino que se convierte poco a
poco en lo normal.
La nueva orientación se irá confirmando a lo largo de los años
convirtiéndose en una apertura a lo imprevisible, en una gran
sumisión al momento presente ya que éste manifiesta la voluntad
de Dios mucho más que una Regla escrita en circunstancias
totalmente diferentes. Ya no se dejará encerrar en un reglamento
ni en una clausura simbólica o ideológica. Por el contrario tratará
de vivir cada vez más cerca de los habitantes de la aldea y de los
nómadas de los alrededores. En relaciones de vecindad y de
amistad. También en las relaciones de trabajo para las cosas
prácticas y sobre todo para poder estudiar la lengua.
Durante los primeros años evita ir a visitar a los tuaregs. Lo
hace por discreción y para no forzar las relaciones, pero sufre al no
recibir muchas visitas de ellos. Él los excusa: “en invierno, los
tuaregs, frioleros y mal vestidos circulan poco: así no tienen mucha
prisa en visitarme: hay que romper el hielo: eso se hará con el
tiempo… No he estado a más de cien metros de la capilla”.5
Cuando un poco más tarde (en 1907) se encuentra más al sur, en
medio de numerosos campamentos, se alegrará de los encuentros:
“vamos a ver muchos indígenas durante el mes que nos
quedaremos cerca de los que acampan en esta región, esto es lo
que deseo…”.6 No esconde su satisfacción: “Aprovecho la
presencia de muchos tuaregs para conocerlos y recoger
documentos sobre su lengua, dando gracias a Dios por esta
estancia y contactos que no había tenido antes tan cercanos”7 Y
cuando vuelve a Tamanrasset, escribe: “Mi regreso aquí ha sido
dulce, la población me ha recibido bien, mucho más
afectuosamente que osaba esperar”.8 Después de otra ausencia,
escribirá a Henri de Castries el 16 de mayo 1911: “Estos primeros
días de regreso aquí no han sido días de soledad; he sido recibido
con un afecto que me ha emocionado por los tuaregs y
continuamente tengo sus visitas… pero pronto, se producirá una
media soledad, y ya, desde que el sol se pone, es la gran calma
tan deseada. Benedicite noctes y dies Domino. Soy la única
persona en este desierto que recita el cántico Benedicite omnia
opera Domini Domino frente a estas bellas montañas. Que el
Señor se digne dar gracia a estos tuaregs, tan capacitados, para
que ellos amen y sirvan a Dios y que sus almas alaben al Señor al
igual que lo hace la creación inanimada”.
No hay duda de que desea esta apertura a los otros desde el
primer día de su llegada a Tamanrasset. En agosto de 1905, le
quedan once años que vivir en este pueblo donde él quiere “tomar
como único ejemplo la vida de Nazaret”, como anota en su
cuaderno, el 11 de agosto. Estos once años sin clausura, ¿pueden
dejar ver la originalidad del mensaje contenido bajo el nombre de
Nazaret? Es difícil usar para esto el vocabulario clásico, ya sea el
de su época o el de hoy día. Las palabras son importantes pero
son equívocas. Al hermano Carlos es imposible clasificarlo en una
categoría: monje, misionero o sacerdote diocesano. Cada una de
estas etiquetas, que él mismo utiliza en un momento u otro, o bajo
las cuales lo encerramos, exige explicaciones pues ninguna de
ellas permite completar el mensaje que se desprende de una vida
fuera de las normas habituales.
l sigue llamándose monje, “monje muerto para el mundo”,
pero la clausura no forma ya parte de su vida. Él quiere estar cada
vez más cercano a aquellos de quienes no quiere estar “separado”.
“No quiero morar lejos de un lugar habitado, sino cerca de una
aldea, “como Jesús en Nazaret”.
Tendrá que mudarse, al final de su vida, alegrándose de vivir
más cerca de las casas de sus amigos y darse cuenta de que
Jesús no vivía cerca de Nazaret. Él nunca hizo grandes
consideraciones sobre la inserción en una aldea o en un barrio,
pero la lógica del amor le hizo estar más cercano a sus amigos,
conocer mejor su propia vocación y el verdadero rostro de Aquél
que fue, en Nazaret, no un monje sino un hombre de pueblo con
un oficio, una reputación y unas relaciones.
Hasta su muerte, él se llamará a sí mismo ermitaño puesto
que está solo. Con gusto habla de sus ermitas y se sigue
haciéndolo después de él, incluso en Beni-Abbès, el único lugar al
que él había dado el nombre de fraternidad.
Según René Bazin, muchos se equivocaron con este
vocabulario. Aún más, porque viviendo solo en el Sahara (en el
desierto) no se puede imaginar sin la espiritualidad del desierto. De
ahí la representación del ermitaño atraído por la “llamada del
silencio”. Es verdad que no se puede eliminar la palabra ermitaño
de su vocabulario, pero hay que saber que no es nada adecuado a
su tipo de vida ni en Tamanrasset, ni siquiera en el Asekrem donde
él se establece no para huir de la multitud sino para estar “en un
punto céntrico” más cercano de los nómadas que él veía poco en
sus comienzos sedentarios en la aldea de Tamanrasset.
La palabra “ermitaño” es más adecuada para describir el
tiempo vivido en Nazaret y Jerusalén a la sombra de los conventos
de las Clarisas. En este período tenía en su mente el proyecto,
muy elaborado y muy idealizado, de vivir junto a una treintena de
ermitaños. En el Hoggar no desea el aislamiento sino que busca
los encuentros. Él quería tener un compañero, pero puede asumir
la soledad por la fuerza de su temperamento y por su fe en la
presencia viva de Dios. Esta soledad le parece incluso una suerte,
no para el recogimiento, sino para estar más cerca de los
habitantes: estando solo, uno es “más sencillo y más abordable”.
Esto es lo que él oyó decir desde su primera visita a esta región, el
26 de mayo 1904. “Por lo que respecta al recogimiento, es el amor
el que tiene que recogerte en mí interiormente y no el alejamiento
de mis hijos”.
¿Se identificaría mejor su vida en el Hoggar llamándola
misionera? Sin duda, él está en “país de misión”. Participa
plenamente a su manera en la misión de la Iglesia de la cual se
preocupa haciendo proyectos e informes para los misioneros. Sin
embargo, él no se considera a si mismo como un misionero,
incluso rechaza esa palabra para marcar bien su diferencia con los
Misioneros de África. Los tuaregs no conocieron nunca al monje ni
al ermitaño, ni siquiera al sacerdote; desde el primer día y hasta la
hora de su muerte, en su último grito de petición de socorro, era el
marabout. No tenía nada en común con los hechiceros y
charlatanes contemporáneos o modernos. Él es el único de su
especie, un hombre que reza, que no está casado, que cura, da
consejos, distribuye limosnas, que es bueno para todos; éste es el
retrato del buen religioso. Esta palabra evoca incluso la misma raíz
que marabout (unido a Dios) pero no separado, pues él también
está unido a los hombres y las mujeres por los lazos que intenta
crear con todos aquellos en medio de quienes vive.
Al igual que ellos, come tortas de trigo y mijo cocido así como
una especie de mezcla con dátiles, pero nada de carne (algo que
le queda del régimen monástico). Bebe café. Su régimen
alimenticio ha mejorado pero sigue siendo desequilibrado. Carlos
se sorprenderá de ser víctima del escorbuto por segunda vez a
finales del año 1914.
Escribe: “Sin hábito, como Jesús en Nazaret”. Lleva puesto
un hábito simple que le distingue de los otros franceses. Su
vestidura se parece a una túnica árabe pero con una correa. Sin
ningún signo particular: ni rosario, ni insignia, ni ese corazón bajo
una cruz (que a todos interrogaba y que no era más que un signo
inadaptado e ilegible del amor que él quería dar a todas las
criaturas de Dios). El único signo visible de su diferencia será su
comportamiento fraterno y amistoso para con todos aquellos con
los que se cruza (militares franceses, tuaregs, árabes, antiguos
esclavos negros o mulatos). Desea que al verle puedan decir: “Ved
como ama”. Es el único signo visible que permite reconocer que es
discípulo de Jesús.
Durante esos años el lugar principal lo ocupa el trabajo. Un
trabajo intelectual de casi 11 horas cada día. Se podría decir que
hacía una obra de benedictino pero lejos de los horarios
monásticos y de las ocho horas de trabajo que él atribuía a Jesús
de Nazaret.
¿Cual es el sentido humanitario de este trabajo? Se trata de
una obra científica de gran calidad (una obra de apertura a otra
cultura), pero también es una obra de fraternización ya que
permitía un acercamiento más real e íntimo a la sensibilidad de un
pueblo. Lo que él hace es fundamental ya que es un trabajo que le
permite ponerse en relación con los hombres y mujeres. En 1907
hace largas caminatas y estancias prolongadas en los
campamentos del sur. Escucha atentamente y sin descanso las
poesías que le recitan. Horas, días, meses para corregir ese
trabajo hasta conseguir la frase justa y el sentido exacto. ¡Qué
precisión y qué perfección! Nadie ha vuelto a hacer en esos
lugares nada parecido.
Deberíamos recibir el mensaje de lo que él vivió durante sus
últimos años. Queda mucho por descubrir en los detalles de su
vida y en la lectura de sus cartas para situarle en la verdad
concreta de sus relaciones con los hombres y mujeres a quienes
quiso acercarse. Si hubiese vivido en otro lugar, en un país no
musulmán, ¿habría llevado un mensaje nuevo? Si se hubiese
quedado en Beni Abbès ¿se hubiese convertido en lo que fue en
Tamanrasset? Si hubiese podido recibir algunos compañeros (en
un lugar mejor comunicado que el Hoggar) probablemente habría
creado una nueva comunidad monástica apenas diferente de la
Trapa. O habría organizado, como tan bien sabía hacerlo, la vida
de sus compañeros, sin tener en cuenta las realidades locales a
las que, al estar solo, se adaptó de una manera admirable. Solo en
medio de ellos, supo mantener su fe y su identidad, aún viviendo
cerca. Más aún, al ponerse a la escucha de los otros, y tratando de
comprenderles, se dejó transformar por las relaciones de amistad y
pudo evolucionar en sus ideas, sus proyectos y sus utopías. Él fue
el confidente de unos, el consejero de otros, el amigo de algunos.
También se convirtió en una referencia e incluso en un modelo de
convivencia y diálogo para aquellos que, a un siglo de distancia y
por todo el mundo, viven en situaciones semejantes. Él aprendió a
amar desinteresadamente a cada persona, respetando sus
diferencias y mantener la preocupación por el interés general y el
bien común. Se convirtió en un artesano de unidad entre los seres
humanos a los que todo enfrentaba.
Había llegado allí pensando que tenía que convertir a los otros
a su religión. Pero ¿cómo podía seguir pensando que esos
hombres y mujeres a los que se había unido no podrían ser
salvados porque no tenían la misma religión que él? Ellos le
habían obligado a pensar de otra forma.
Al final de su vida, sólo habla de la salvación de todo ser
humano y de la necesidad de trabajar por la salvación de los otros
tanto como por la propia. Dios desea la salvación de todos los
humanos. Ya no hay que cambiarlos de religión. Carlos mantiene
esta esperanza pero la aplaza. Lo inmediato es mantener viva su
fe, permanecer siendo él mismo, vivir una vida cristiana en la
perfección del amor amando a cada persona como Dios la ama
respetando sus convicciones. Esto parece tan superficial que se
puede leer sin ver su importancia. Él lo anota, unos meses antes
de su muerte, en las últimas meditaciones escritas, el 18 de junio
de 1916: “Amar al prójimo, es decir, a todos los humanos como a
nosotros mismos, es hacer por la salvación de los otros lo mismo
que para la nuestra, la obra de nuestra vida; amarnos los unos a
los otros como Jesús nos ha amado, es hacer de la salvación de
todas las almas, la obra de nuestra existencia”.
Desde ese momento, la obra de su vida será amar a cada uno
tal como es. El medio mejor para trabajar por la Salvación de los
otros, es amarlos como Dios les ama. Él no tiene ninguna otra
cosa que hacer. Esa es la obra de nuestra existencia. Ninguna
frase puede mostrar mejor esto que la que él había tenido la
audacia de usar desde su llegada al Sahara: “hermano, hermano
de todos, hermano universal” y que al final de su vida usará con
más humildad. No basta con suprimir la clausura sobre el papel y
en la realidad para que todo se haga simple. No basta con suprimir
la palabra ermitaño en su reglamento para convertirse en el
hermano de todos. Era necesario aprender a vivir en el mundo sin
ser del mundo, aún estando en los asuntos de este mundo del
Sahara al cual se siente especialmente enviado.
No hay que sorprenderse si aquellos que caminan tras él han
terminado por tomar el mismo camino para llevar una vida
semejante a la de todos los seres humanos en el mundo. Una vida
sin las estructuras de un marco monástico, una vida entregada sin
ningún otro signo visible que el amor fraterno hacia cada persona
encontrada.
El último año de su vida lo emplea solo para explicar que no es
un misionero como los otros, que él es una especie rara. Él se da
cuenta de su especial situación. Ni siquiera tiene referencias que
dar, su situación no es comparable con la de nadie. En realidad,
él es el primero en una misión especial y desea que haya
muchos compañeros como él.
No siempre se distingue la diferencia entre lo que él organiza en
Beni-Abbès (actividades muy semejantes a las de un misionero
que comienza) y lo que él proyecta más tarde para los Padres
Blancos. De igual forma, él propone (en 1911) a varios trapenses
que deseaban ser más misioneros un programa de vida de
monjes – misioneros que no es en absoluto el suyo en ese
momento. Tampoco se puede trasladar todo lo que escribe a los
que le escriben cartas, suponiendo que él mismo viviera así en
Tamanrasset. Es importante saber que estaba dispuesto a pasar
en Francia todo el año 1915, para lanzar su asociación, pero
esto no nos dice nada sobre su vida diaria en Tamanrasset.

1 CARLOS DE FOUCAULD, Cuadernos de Tamanrasset, 46.
2 CARLOS DE FOUCAULD, Correspondencias Saharianas, Ed. du Cerf, 237. 3 CARLOS DE FOUCAULD, Cartas al abbé Huvelin (LHA), 102).
4 ANTOINE DE CHATELARD, Charles de Foucauld “El camino hacia Tamanrasset”.
5 CARLOS DE FOUCAULD, Cartas a Marie de Bondy (LMB), 18 de marzo 1903, 148.
6 IBIDEM, 28-04-1907.
7 IBIDEM, 28-05-1907.
8 IBIDEM, 11-07-1907, 160.

PROYECTO DE VIDA EN COMÚN Y REALIDAD DE UNA VIDA SOLITARIA EN CARLOS DE FOUCAULD


A. Chatelard en esta ocasión, nos sorprende con un artículo verdaderamente delicioso e
interesante sobre un aspecto importante y no muy conocido del hermano Carlos. En verdad vale la pena
leerlo con atención.
No podemos contentarnos con una mirada rápida a la
vida de Carlos de Foucauld para resolver el dilema y la
contradicción aparente de una vida solitaria y de sus
proyectos de vida comunitaria.
Las dominantes de su temperamento pueden servirnos
de modelo para comprender mejor su comportamiento ya
sea en la primera parte de su vida antes de su conversión
(28 años) o en la otra mitad (30 años). Parece ser que
podemos reunirlas en tres:

  • una necesidad de independencia con marcado gusto
    por la soledad y una especie de alergia a la vida en
    grupo y por las multitudes.
  • una necesidad de acción, de creación, de hacer algo
    nuevo.
  • una necesidad de amistad, necesidad de amar y ser
    amado, de expresarse y compartir con los otros.
    Este modelo puede permitirnos recorrer su vida para
    tratar de comprender lo que ha sido su proyecto de vida
    comunitaria para los otros y la realidad de su vida solitaria.
    1 La amistad, una realidad esencial en Carlos de
    Foucauld.

    Incapaz de soportar una vida de grupo reacciona con la
    pereza o las excentricidades ya célebres. Esto es verdad
    26
    respecto al Liceo y el ejército. Los castigos y los despidos no
    cambian nada. Pero cuando, no pudiendo soportar la
    inactividad, se vuelve a reintegrar al ejército para entregarse
    por medio de largas caminatas a la vida en el campamento.
    Igualmente, desde el momento que se encuentra en el
    cuartel, sueña con los viajes y entrega su dimisión.
    Para hacer lo que nadie osa comenzar, hará sólo la
    exploración de Marruecos. Y, en 1885, casi en solitario hará
    un viaje de estudios en el Sur Argelino y Tunecino, (p.20)
    durante más de tres meses, antes de volver a una vida
    siempre solitaria, en su nuevo apartamento parisino para
    corregir las pruebas de su libro “Reconocimiento de
    Marruecos”. Durante este tiempo él no teme singularizarse
    por posiciones políticas, en las que solamente él se pone en
    causa en nombre de su antiguo regimiento, lo cual le valdrá
    una sanción tomada por el gobierno.
    La ausencia de amor y las decepciones políticas
    pueden explicar ciertos comportamientos de este periodo,
    pero hay que señalar que este solitario independiente creó,
    desde su infancia, relaciones que marcarán toda su vida. El
    nombre de Marie Moitessier, convertida en vizcondesa de
    Bondy, podría hacer olvidar todo lo otro, puesto que ella
    sería el ángel guardián, la madre, la mujer idealizada y será
    el gran amor de toda su vida. Sin embargo, no hay que
    olvidar a su hermana Mimi, quien jugó un gran papel, sobre
    todo en el momento de la exploración marroquí, esta otra
    Mimi, Marie C., a causa de quién logró que le echaran del
    Ejército, y Marie Titre, con quién él proyectó seriamente el
    matrimonio en el 1885. Entre los hombres, los dos que cita
    en su testamento: Gabriel Tourdes, amigo de la infancia, y
    Henry Laperrine, quien será el amigo incomparable. Estas
    amistades datan de esta época, como las de Antoine de
    Vallombrosa, de Motylinski, de Balthazar y de Henry
    Duveyrier, quién se suicidará cuando Charles de Foucauld
    le dejara solo para entrar en la Trapa. Habría que extenderse
    en cada una de estas relaciones para mostrar su
    profundidad y originalidad. Solamente podemos
    mencionarlas al igual que aquellas que se crearán durante
    su exploración a Marruecos con judíos y árabes. Entre estos
    últimos se trata sobre todo de Ben Simoun y Hadj Bou Rhim
    en Tissint. Por los otros hay que nombrar a Maunoir, Mac
    Carthy y su familia, su primo Luis de Foucauld. Necesidad
    de independencia, de acción y de amistad: eso es ya toda
    su vida.
  1. Encuentro con Dios y mediación humana.
    La fe no cambia nada a la naturaleza y es ciertamente
    el mismo hombre al que encontramos en el nuevo
    convertido. Su conversión solitaria pasa casi desapercibida
    para los que le rodean, que solo se dan cuenta
    progresivamente. Por tanto, su encuentro con Dios se hace
    a través de un encuentro humano, que está al origen de una
    amistad única con un sacerdote excepcional. Es igualmente
    el fruto del amor creciente de Marie de Bondy. Esto se
    traduce inmediatamente para el hombre de acción por un
    “¿Qué tengo que hacer?” La espera a la que le sometió el
    abbé Huvelin la aguanta mal, así que acepta ser algo yendo
    en peregrinación a Tierra Santa. Por supuesto, lo hará en
    solitario. Y durante los meses que le siguen hará cuatro
    retiros, en solitario también, para conseguir la respuesta a
    su “¿Qué tengo que hacer?”. (p.21)
    Podría haberse creído que este temperamento
    independiente se orientaría hacia una vida solitaria. El 30 de
    junio de 1887 ya había encargado dos libros: “Vida de los
    Padres del Desierto”, traducido por Arnauld de Andilly, y los
    “Monjes de Occidente”, de Montalembert, y se lo hubiese
    visto con gusto en la Cartuja si la vida de Jesús de Nazaret
    no hubiese ya marcado su vocación. Pero no hay que
    sorprenderse que después de algunos meses de vida muy
    comunitaria en la Trapa, antes incluso de dejar Notre –
    Dame des Neiges por Akbés, ya no se sienta a gusto. El
    peso de la obediencia será la prueba mayor. La soporta por
    amor y se esfuerza por “someter su juicio”, pero las
    obligaciones de la vida comunitaria y la cantidad de usos y
    costumbres serán su camino de cruz y no una ayuda
    cotidiana.
    La intuición de Nazaret: soledad y deseo de vida en
    común.

    En este contexto es donde surge en él el deseo de vivir
    otra cosa, según la intuición de Nazaret, con algunos
    compañeros. A pesar de las órdenes del abbé Huvelin, no
    puede callarse ese deseo que es más fuerte que él mismo.
    Guarda silencio durante tres años, pero, en junio de 1896, la
    necesidad de crear le puede y, en cuatro páginas, inventa la
    “Congregación de los Hermanos de Jesús”. No podía entrar
    en un cuadro ya hecho que no era a su medida (los
    trapenses reconocerán que amó la Trapa y algunos
    trapenses, pero que nunca entró en el espíritu de la Trapa).
    Ahora bien, su instinto creador le hizo fabricar cuadros aún
    más estrictos en los cuales nadie podría entrar. Esto fue lo
    que le escribió el abbé Huvelin, sin por ello convencerle.
    En esta regla, escrita como un manifiesto, se expresa
    en plural y en presente: “Nosotros queremos… tratamos de…
    rezamos”, como si numerosos hermanos siguiesen esta
    regla desde mucho tiempo antes cuando él está solo y nada
    existe, sino en sus sueños. Este género literario que
    volvemos a encontrar merece ser señalado en el contexto de
    nuestra búsqueda, pues es significativo. Él está solo y crea
    para otros una organización de grupo.
    Durante estos siete años de vida monástica se creó
    amistades sólidas, en primer lugar con los ancianos, sus
    mayores y sus maestros, Luis de Gonzaga, luego, en
    Staoueli, sobre todo con el padre Henri, quién, bajo el
    nombre de padre Jerónimo, permanecerá algunos años en
    la Trapa antes de entrar en el clero diocesano de Argel.
    Estos lazos de amistad no reemplazaron aquellos de antes
    de su conversión. Él había pensado poner el muro de un
    claustro entre sus amigos y él, cortando toda
    correspondencia, pero ese muro no era el de la indiferencia,
    como él mismo decía, y, de vez en cuando, algunas cartas
    partían desde el claustro hacia aquellos que estaban en el
    mundo. Su corazón permaneció en vela, el seguía teniendo
    necesidad de esas amistades y sabía que algunos tenían
    necesidad de la suya. (p.22) Además de aquellos que ya
    hemos hablado, cómo Maríe de Bondy o Henri Duveyrier,
    hay que hacer notar la correspondencia íntima con su primo
    Louis de Foucauld, abundante durante este periodo en el
    que el coronel se interroga. Este se abrirá a la fe en el
    momento de su casamiento.
  2. Soledad de vida comunitaria: tensiones y respuestas.
    Cuando se encuentra como ermitaño en su cabaña,
    cerca del Convento de las Clarisas de Nazaret, se podría
    creer que había encontrado su sitio. Esto es lo que él cree,
    pero se equivoca, ya que su necesidad de acción y de crear
    le lleva a hacer otros proyectos de futuro y a soñar con un
    mejor en otro sitio. La primera tentación sería volver a la
    Trapa, donde el vio algo después que podía haber hecho
    algo, ser superior, y por tanto poder actuar sobre los demás,
    “hacerles bien”. Únicamente la firmeza del abbé Huvelin le
    mantendrá en Nazaret con un rechazo categórico. La lucha
    durará más de tres años, al comienzo de 1898. Pero
    seguidamente, tras otras tentaciones y proyectos, cada uno
    más urgente que el otro, son sometidos al abbé Huvelin,
    quien no tendrá tiempo de responderle a cada uno. Las
    prioras de Nazaret y de Jerusalén no harán nada para
    impedir sus proyectos. Al contrario, ellas serán a menudo la
    causa directa o indirecta de la insatisfacción permanente de
    su ermitaño doméstico. Estos son los únicos nuevos lazos
    que se crean con personas durante esos tres años de
    ermitaño, a veces empujados al extremo en Jerusalén,
    donde él sólo habla una vez por semana con su confesor.
    Madre Elizabeth, de Jerusalén, tiene una influencia
    cierta (buena o mala) sobre su orientación futura; ella le
    ayudará a precisar su deseo. Pero será con la madre Saint
    Michel, de Nazaret, con quien el lazo afectivo será más
    fuerte hasta el punto de hacerse una molestia. Sus
    relaciones con las clarisas durarán hasta su muerte. Tres
    días antes de morir escribió una carta personal a seis de
    estas hermanas, entonces refugiadas en Malta. Son cartas
    muy paternales.
    Una de las tentaciones de este periodo será el querer
    nuevamente fundar una congregación que no existía aún.
    Pero, ¿por qué el deseo de agrupar hermanos fue tan
    fuerte? Existe, ya lo hemos visto, esa necesidad visceral de
    crear, de inventar, de hacer y crear algo nuevo. ¿Es ese un
    carisma de fundador? No se trata de dar un estatuto a un
    grupo ya existente sino de dar consistencia por escrito a una
    idea que maduró en él. Es su propio ideal, y solamente el
    suyo, el que intentó formular según las circunstancias. En la
    Trapa, en 1896, era para un pequeño grupo de hermanos.
    En Nazaret para numerosos ermitaños. En general, se
    conoce su primer proyecto de 1896 y se conocen aún menos
    los proyectos intermediarios de 1899, y es la larga regla,
    concebida en la soledad más grande y escrita para
    ermitaños, la que será transmitida a la posteridad. Podrá
    suprimir la palabra “ermitaño” (p.23) en todos sus
    manuscritos y reemplazarlo por el de “hermanito”, que el
    espíritu de regla no cambiará, incluso después de la
    corrección de 1902.
    Y en vano se buscará una espiritualidad de la vida
    fraterna, incluso explotando el capítulo XXIV enteramente
    centrado en la vida de la Sagrada Familia de Nazaret delante
    del Santísimo. “Aunque viviendo en comunidad, estos
    monjes se consideran como ermitaño a causa del silencio
    perpetuo”. “Los ermitaños del Sagrado Corazón no hablarán
    sino al prior… Solamente en algunas ocasiones se les
    permite a los ermitaños hablar entre ellos y con personas de
    fuera” (Constituciones, articulo XIX) y el artículo XIX del
    reglamento precisa que los ermitaños no conocen nada del
    pasado de sus hermanos. Solamente tienen relaciones
    puramente espirituales y los raros conflictos eventuales se
    regulan por el silencio y la oración solitaria delante del
    Santísimo. La vida comunitaria de estos ermitaños está al
    servicio de la santidad de cada uno (Regla artículo XXIV).
    Los ermitaños se ayudan a hacerse cada día más santos,
    pero no se explica cómo. La vida comunitaria necesita
    grupos numerosos en los cuales cada uno pueda vivir en
    solitario sin tener que salir del monasterio para ir a buscar
    una ermita fuera.
    Pero, ¿es realmente el Espíritu quién le empujó a
    escribir esta regla que nunca le servirá a nadie? ¿No es
    solamente porque él cedió a la tentación de hacer algo
    creyendo cumplir con su deber? Visiblemente el Espíritu le
    empujaba no a escribir, sino a vivir y contentarse a convivir.
    Para convencerse basta con releer las cartas escritas por el
    abbé Huvelin, quien no cesa al decirle que aquello que creía
    era la voluntad de Dios sobre él:
    “Usted no está hecho para mandar a los demás”, Don
    Martín le diría lo mismo. Pero Dios nos lleva también dando
    rodeos. Desde que la regla está terminada y copiada tres
    veces, otros proyectos le ocuparán y le llevarán finalmente
    abandonar Tierra Santa.
  3. Compañeros para la evangelización.
    Mientras que su preocupación era huir lejos de los
    hombres para vivir solo con Dios, su gusto por la soledad se
    encontraba satisfecho. Si sufría de la falta de relaciones
    humanas ofrecía este sufrimiento como lo más valioso que
    tendría para ofrecer. Él se creía dentro de su vocación al vivir
    apartado, retirado, aislado, solo y lejos de todo aquello que
    amaba, incluso si lo hacía dolorosamente. Pero cuando en
    la lógica del amor de Dios, se hace oír la llamada de hombres
    a los que amar con todo su corazón seguirá siendo siempre
    el mismo temperamento el que responderá a esta llamada
    con la fuerza creadora de su amor, su necesidad de hacer
    su capacidad de afección y su espíritu de independencia.
    Emplea las mismas palabras, pero estos ya no tienen el
    mismo sentido. Hacer algo nuevo, esto sería como (p.24) ir
    a vivir a Marruecos, allí donde sabe que es el único que
    pueda ir. Se irá solo. Sigue siendo la misma ficción literaria
    la que le hace escribir en este momento: “Somos unos
    monjes que…” (LHC Julio 1901). Mientras espera poder
    entrar en Marruecos, prohibido e inaccesible, se instala en
    las proximidades, en el sur de Argelia.
    En Argel dejó su regla al padre Guérin, quien le
    autorizará un poco más adelante a recibir compañeros bajo
    esta regla, pero permanecerá siempre solo en Beni-Abbés,
    en su casa, a la que se le llama ahora, de forma
    contradictoria, “la ermita”, cuando él le daba el nombre de
    “fraternidad” no porque ella acogiera hermanos (solo en
    esperanza), sino porque cada cual es recibido como un
    hermano. Mientras que él multiplica las gestiones para
    lanzar llamadas a quiénes quieren venir a reunírsele, él sabe
    que toma un camino de soledad. A partir del momento en
    que la finalidad es la de ir a reunirse con ellos que están más
    alejados, aquellos hacia quiénes nadie va, aquellos que los
    demás no pueden ir, se compromete en un camino de
    soledad, incluso si protesta por ello y que quiera hacerlo con
    compañeros, incluso si hace todo lo que puede para atraer
    a alguno. El acepta vivir como si nadie quisiera venir a vivir
    con él.
    Una carta al abbé Huvelin, incluso antes de su llegada
    a Tamanrasset, es muy significativa, la vida comunitaria es
    prioritaria: “Me aceptan… pero yo no veo que acepten a
    otro… Mientras no acepten a otro sacerdote con los tuaregs,
    ¿hay que tratar de quedarse…? Mientras más lo pienso, más
    me parece que sí…, Más me (p.25) parece, puesto que
    Jesús, por vuestra boca, me ha enviado aquí, tengo que
    seguir intentando hacer su obra hasta que otros me
    reemplacen” (LAH 13 julio 1905. pg. 237).
  4. Vive como si siempre debieras estar solo.
    Con la instalación en el Hoggar, el año 1905 señala una
    nueva orientación. La regla es ya solo una referencia de la
    cual hay que adaptarse con resolución si ella es contraria a
    la vida de Nazaret. Acepta vivir solo: “No trates de organizar,
    preparar el establecimiento de los hermanitos del Sagrado
    Corazón de Jesús: solo, vive como si siempre debieras estar
    solo” (22 julio 1905). La voluntad de fundar una
    congregación da paso al deseo de tener un: “Ya sabéis cómo
    deseo tener un compañero”. Esto es lo que expresará
    siempre bajo todas las formas y hasta su muerte.
    Si los otros no osan unirse a él y si los responsables se
    niegan a dejarle marchar, él está muy obligado a aceptar
    vivir solo. Pero uno puede realmente preguntarse si él tiene
    deseos de tener un compañero. En estos últimos meses de
    1905 se encuentra en una situación de soledad totalmente
    nueva para él. Exceptuando algunas semanas de Akabli, el
    año anterior, nunca se encontró en esta situación desde su
    expedición a Marruecos. ¿Cómo reaccionará él? Resiente
    de una manera muy fuerte el aislamiento. Hay que leer todo
    lo que escribe en este momento y no dejarse engañar por
    las cartas a Marie de Bondy, en las que él se esfuerza por
    tranquilizarla ocultándole su sufrimiento y repitiéndole que
    con Jesús uno no está nunca solo.
    Es la primera vez que está tan lejos, sin correo, sin
    alguien con quien hablar. Nada comparable con el dulce nido
    de Nazaret, en el cual hubiese querido enterrarse y dónde,
    en comparación, él estaba tratado “a cuerpo de rey”. Es una
    experiencia nueva, él la acepta por amor, por amor hacia
    aquellos con los que él fue a vivir en ese lugar. Ahora bien,
    esos hombres y esas mujeres, por quiénes vino,
    permanecen distantes y no van a verle en su claustro ficticio.
    No es ese el género de aislamiento que él se esperaba y no
    esconde su decepción. Proyecto a salir, ir a verles, ir a
    instalarse en otro lugar, en sitios más frecuentados.
    ¿Es para romper esa soledad por la que desea tener un
    compañero? No, él tiene miedo de la situación nueva que
    crearía la presencia de un compañero: “Soy tan ruin que miro
    con miedo la presencia de un hermano en mi soledad…
    ¡Para mí prefiero mucho más estar solo!”. Si el temor a llevar
    una vida comunitaria se deja sentir es porque acaba de
    escribir una carta a un sacerdote que podría responder a su
    llamada, un santo sacerdote de Nimes, el abbé Veyras. Es
    la carta con una concepción más amplia y realista que nunca
    haya escrito para tener un compañero: “Lo que yo busco en
    este momento no es un enjambre de almas entrando en
    (p.26) un cuadro fijo para llevar estrictamente un género de
    existencia bien dibujado… No, en el momento presente lo
    que yo busco es un alma de buena voluntad que consienta
    compartir mi vida, en la pobreza, la oscuridad, sin regla
    alguna fija, siguiendo sus deseos como yo sigo el mío…” El
    abbé Huvelin, encargado de transmitir esta carta a su
    destinatario, no lo hará.
    ¿Por qué esta búsqueda de un compañero? no es “por
    él”, explicará al abbé Huvelin,” sino por los otros, es
    mucho mejor estar dos o varios”. ¿Por qué? No es por
    romper el aislamiento ni para ir más fácilmente hacia los
    tuaregs. En este momento piensa que un compañero no
    haría más fácil ese acercamiento. Solo se cree más
    pequeño, más abordable. Si él desea tanto un compañero
    no es por el bien de la vida comunitaria, sino por el bien de
    las almas, las almas de los demás. Esa será en adelante la
    motivación que se encontrará en todas sus cartas en las
    cuales se hable de compañeros. Tomar el relevo, proseguir
    la obra emprendida, llevar a buen fin un trabajo científico,
    compartirse el trabajo, a eso son llamados aquellos que
    luego contactará. Pero, por el momento, en este fin de año
    1905, y en los años siguientes, ese bien que él ve en la
    presencia de un compañero, esa “ventaja” para las almas,
    es sencillamente que se podría exponer el Santísimo
    Sacramento, también si el compañero es sacerdote, se
    podría multiplicar el número de misas.
    Desde el comienzo se ve bien que los trapenses, al
    igual que los Padres Blancos, dudan y luego renuncian a
    dejar marchar a algunos miembros de sus comunidades
    para vivir con este hombre cuya original santidad da miedo.
    ¿Otro que no hubiese sido él, en las mismas circunstancias,
    habría recibido compañeros? Es probable. Su voluntad
    creadora no desaparecerá por ello, se trasladará a la
    creación de una asociación de creyentes, laicos, religiosos y
    sacerdotes, y esta obra lo ocupará desde 1907 hasta su
    muerte.
  5. Un intento frustrado.
    En 1907, la corta experiencia de vida comunitaria con
    el hermano Michel se mostró negativa. Se podrían buscar
    las razones. Carlos de Foucauld solamente vio las
    debilidades, muy reales además, de su discípulo. No pensó
    en los defectos de su reglamento, no en las experiencias de
    su comportamiento que desconcertaban al joven de 24 años
    quién, a los ojos de todos, civiles, militares, indígenas o
    franceses, no era sino un antiguo zuavo que el (padre)
    conocía y llevaba como sacristán y sirviente de la misa.
    ¿Quién podría haber aguantado este régimen? El hermano
    Michel describió esa vida comunitaria en una carta el 24 de
    diciembre de 1906 a un padre blanco: “La renuncia más
    completa en todo y en todo lugar en las cosas más pequeñas
    y más mínimas. Aquí, antes de venir, hay que dejar su
    voluntad en el camino… Respecto a los ejercicios de piedad,
    tenemos tres horas por la mañana (p.27) y tres por la tarde
    y una hora de adoración al Santísimo, además de una hora
    de oración durante el día”.
    Una carta del Padre Guérin, ese mismo año, y la
    respuesta de Carlos de Foucauld muestran bien que el
    prefecto apostólico tiene una idea muy equivocada de la vida
    en Tamanrasset. Curiosa coincidencia: este hombre, con
    posibilidades humanas muy limitadas, el único que los
    Padres Blancos quisieron confiar a Carlos de Foucauld, lo
    cual denota una ilusión total sobre la vida que llevaba el
    solitario de Tamanrasset, este hombre vivió el resto de su
    vida en una Cartuja.
    La presencia de un compañero era para Carlos de
    Foucauld una carga y para nada una ayuda, le impedía vivir
    según su ideal de pobreza, era una molestia en sus
    relaciones con la gente del país y aún más con los oficiales.
    Así, pues, está contento de haberlo despedido y sólo sentía
    que, sin él, no podía ya decir la misa. Pero lo toma lo mejor
    que puede y elige renunciar a la misa antes que renunciar a
    los tuaregs.
    En 1909, en el momento de su primer viaje a Francia,
    habla aún al abbé Huvelin y a Mons. Bonnet de su deseo de
    tener compañeros. Ya no se trata de corregir una regla para
    añadir que los religiosos podían vivir sin hábito y sin
    apariencia religiosa; él imaginó el reunir sacerdotes quiénes,
    como los ermitaños de 1899, vivirían juntos, pero “serían
    vocaciones individuales” o “casos aislados”. Se
    aconseja no agrupar a estos sacerdotes en congregación,
    pero aprobarán su proyecto. “Intentar el tener compañeros,
    al menos un compañero mientras que yo aún viva. Hacer
    todo lo posible por conseguirlo. Sacerdotes misioneros de
    incógnito, de los que nadie conocería su calidad de
    sacerdotes, harían mucho bien, y si yo los encontrase como
    compañeros habría que acogerlos rápidamente” (O.S .p.
    383). Las proposiciones hechas a Louis Massignon el 8 de
    septiembre de este año se inscriben en esa misma
    perspectiva.
  6. ¿Hay un deseo de fundar en Carlos de Foucauld?
    En mayo de 1911, dirigiéndose por medio del
    intermediario del padre Antonin Audigier a unos monjes que
    sentían una vocación más apostólica que la Trapa, describía
    su vida de una forma que no se asemejaba en nada a la
    realidad que vivía en Tamanrasset. Pero vemos en esta
    carta que la presencia a un pueblo (eso que ahora llamamos
    solidaridad) y el bien de las almas tiene más importancia que
    la vida comunitaria, pues, después de haber hablado de
    comunidades reducidas a tres o cuatro personas, se
    apresura a añadir: “Si fuéramos dos, mi hermano estaría en
    el puesto fijo con los tuaregs… Yo estaría de 7 a 8 meses del
    año con él y durante los otros 4 o 5 estaría en mis otras
    ermitas. Si estuviésemos tres, mis dos hermanos estarían
    siempre aquí y yo durante 7 u 8 meses. Si fuéramos más
    (p.28) de tres o cuatro empezaríamos a repartirnos entre dos
    residencia, y así seguidamente” (LFT p. 275).
    Lo que parece importante subrayar como conclusión es
    en primer lugar que ni una sola vez proyectó la vida
    comunitaria como una vida de compartir y de intercambio, de
    confrontación y de ayuda mutua. En esta carta de 1911 no
    se encuentra ni siquiera la alusión que antes hacía a la
    Sagrada Familia. Habla solamente de una vida sencilla,
    como comparación a la vida monástica menos simple.
    En la vida real, estas relaciones de intercambio y ayuda
    mutua, que para él son vitales e indispensables, se sitúan de
    otra forma. En primer lugar y ante todo con aquel que él
    llama su director espiritual. A ese respecto hay que hacer
    notar que su relación con el abbé Huvelin no es comparable
    con la que tendrá con el padre Voillard después de la muerte
    del primero. Eso relativiza un poco lo que escribió sobre el
    papel del director espiritual en general. Para él,
    personalmente, el director no fue el único confidente ni
    consejero y el número de aquellos con quienes se unió por
    amistad durante su vida sahariana es demasiado grande
    para poder nombrarlos aquí.
    Para encontrar una enseñanza o más bien una práctica
    sobre eso que se llama la “vida fraterna” y la comunicación
    entre los hombres y las mujeres que viven en comunidad, no
    hay que referirse a los reglamentos ni siquiera a los Escritos
    Espirituales. Habría que leer y releer sus cartas para
    descubrir la calidad de las relaciones que él tuvo con
    aquellos de los que estaba cercano por lazos familiares o por
    la fe y aquellos a quienes se había acercado por amistad.
    Es la parte más desconocida de sus escritos. ¿No es,
    por tanto, la más importante? Ellos son obispos, oficiales,
    sub-oficiales, sacerdotes, tuaregs, laicos, religiosos, todos
    aquellos a quienes él pide consejo y aquellos a quienes él
    no se priva de darlo. Esto se hace a través de
    conversaciones, al igual que a distancia, por cartas. Se han
    encontrado 500 corresponsales y si algunos solo tuvieron
    una carta por año, otros tienen dos al mes. Ciertos
    corresponsales son sobre todo espirituales, otros sólo
    hablan de la vida de la gente del país sin otra referencia
    religiosa que la fórmula de conclusión. Todas son calurosas,
    amigables y afectuosas. Si hubiese tenido compañeros, su
    presencia real, ¿habría cambiado algo la cantidad de estas
    cartas y su calidad? Es probable, pero nada deja prever que
    estos compañeros hubiesen sido confidentes y aún menos
    consejeros. En su soledad conoció una relación privilegiada
    con algunos tuaregs. “Uno o dos de ellos son verdaderos
    amigos, cosa muy rara y preciosa en todo lugar”, le
    confesaba a Henry de Castries, el 18 de enero de 1913.
    Habría que añadir una última constatación. Si él
    hubiese tenido como finalidad primera el suscitar en la
    Iglesia una nueva forma de vida religiosa en el marco de una
    vida comunitaria reducida y simplificada, pero más
    importante que el hecho de ir a vivir con los hombres, no
    habría actuado de esta forma. Hizo todo lo posible (p.29)
    para llevar tras él a algunos compañeros en su camino por
    el cual caminaba solo. Pero las circunstancias, y sobre todo
    la misión a la que se sentía llamado, le obligaban a ir lejos y,
    si hubiese tenido compañeros, a dispersarlos y aceptar la
    eventualidad de vivir solo.
    Se ha podido pensar que este espíritu independiente y
    amoroso de la soledad había sido llevado a la vida de
    ermitaño por su búsqueda de recogimiento. Hay una parte
    de verdad y que nosotros hemos desarrollado ampliamente.
    Pero, a ese respecto, había recibido en 1904 una respuesta
    clara y definitiva: “Por lo que respecta al recogimiento, el
    amor es el que debe recogerte en mí interiormente, no
    alejándote de los hombres. Vive con ellos…” (O.S. 26 abril
    1904, pg.360).
    Se dice también que fue su excesivo temperamento el
    que le impidió tener compañeros. En ese sentido es verdad
    que los trapenses y los padres blancos no osaron confiarle
    un discípulo, al cual hubiese encerrado en el cuadro estricto
    del reglamento. Pero eso no era el caso de todos aquellos a
    quien le propuso una vida libre según la atracción de cada
    cual.
    Conclusión.
    Hay que buscar la verdadera razón de su soledad del
    lado de la misión a la que fue llamado. A partir del día en que
    Carlos de Foucauld renuncia a vivir en los privilegiados
    lugares de Tierra Santa, donde abundan los religiosos, para
    ir a los lugares más desheredados, allí donde nadie puede
    ir, a partir del día en el cual él renuncia a vivir en la clausura
    una relación amorosa con Jesús contemplado en el
    Evangelio y en la Eucaristía para ir a vivir cerca de los
    hombres, como hizo Jesús, amándoles como él les amaba,
    a partir de ese día se compromete en un camino nuevo, en
    la pendiente hacia el lugar del servidor en la lógica de
    Nazaret y no podía preocuparse por preservar en primer
    lugar su soledad monástica ni asegurarse una comunidad de
    sostén, tal como él la había imaginado.
    ¿Pero podría él haber cumplido esta misión y
    mantenerse hasta el final sin un temperamento tan
    independiente capaz de soportar la soledad y el aislamiento,
    sin una pasión por el trabajo que le llevó a realizar una obra
    extraordinaria y sin la calidad de relación y de comunicación
    que supo crear y conservar por todos los sitios donde vivió?
    ¿Habría podido aguantar tanto tiempo en la Trapa, en
    Nazaret o en el Sahara sin la amistad de su prima, sin la
    relación firme y amistosa del abbé Huvelin, sin todas las
    otras relaciones que ya hemos señalado en cada momento
    de su vida? Si él no soñó en codificarlo en reglamentos
    obligatorios, eso no fue menos vital para él.
    Antoine Chatelard – Boletin Iesus Caritas 2/94

La ermita de Charles de Foucauld en Assekrem

Con demasiada frecuencia todavía circula la idea de que Charles de Foucauld se construyó una ermita en la montaña en 1911, en Assekrem, a 60 km de Tamanrasset, para vivir en silencio y soledad.

La realidad es bien distinta, pues su motivación para ir a las montañas era “…tomar contacto con otras tribus que no veo aquí” 2

Pero debido a la extrema sequía, los nómadas este año se fueron a buscar pastos más lejos. Aprecia aún más las pocas visitas que recibe:

«Me siento muy bien en mi montaña de Assekrem, es un excelente lugar para tomar contacto… como en este momento los campamentos están lejos debido a la sequía, los visitantes se ven obligados a tomar una o dos comidas, a descansar, a pasar la noche, lo que significa que llegamos a conocerlos bien Así que estoy muy feliz de haberme establecido aquí. ” y “En esta soledad, las relaciones de vecindad se identificaron en amistades muy estrechas. ” 3

Como tiene pocas visitas, aprovecha para hacer un intenso trabajo en lengua tuareg.

¡Y Charles de Foucauld no vivía solo en Assekrem! Había llegado a Ba Hammou , “un tuareg muy inteligente y muy hablador” 4 que era un excelente traductor. Lo necesitaba: sin él no habría podido avanzar en su trabajo lingüístico.

Por lo tanto, se trasladó a Assekrem el 6 de julio de 1911 con Ba Hammou, trayendo comida para dos personas Durante 16 meses, libros y millas de hojas con sus notas sobre la lengua tuareg que quería corregir.

El que no había logrado tener un compañero, por lo que hizo «fraternidad» con Ba Hammou. ¡Nos gustaría saber todo sobre esta vida en común! Porque no fue fácil: ¡Lo que sabemos es que Ba Hammou se quejó desde el principio del exceso de trabajo!

Seis meses después vuelven a bajar a Tamanrasset: ambos están agotados por el exceso de trabajo (10:45 h./día), la falta de alimentos frescos y también por el frío que aprieta.

Habiendo muerto en 1916, Charles de Foucauld continuó su vida como aprendiz, con quienes empezaron en sus hermanos y hermanas en Tamanrasset. Los «Cuadernos de Tamanrasset»

1905-19016” 5 en el que anotó cuidadosamente todos los números de las personas que conocieron, nos permitsen darnos cuenta de
esta vida compartida y sus amistades.

En conclusión :

“Charles de Foucauld, a través de las sombras y las luces, nos abrió al sentido de la fraternidad universal. Esta dimensión de toda vida evangelica es urgente para nuestro tiempo. Nuestra invitación a difamar nuestras reticencias y nuestras reticencias ya seguir el camino trazado: Cristo no está confinado en nuestras iglesias, nos espera en el corazón de nuestra humanidad en busca de sentido y de Fraternidad. » 6

Obispo Claude Rault. MA Père Blanc, obispo emérito de Laghouat-Ghardaïa (Argelia)
Miembro de la SNRM como experto

1 Antoine Chatelard, Charles de Foucauld, El camino a Tamanrasset, Karthala, 2002 p.157
2 Charles de Foucauld, Cartas a Marie de Bondy, París, Desclée de Brower, 1966, p.185
3 Charles de Foucauld, Cartas a su hermana Marie de Blic, Mesnil Saint-Loup, 2005, p.177
4 Citado en Antoine Chatelard op.cit. paginas 249
5 Charles de Foucauld, Cuadernos de Tamanrasset 1905-1916, París, Ciudad Nueva, 1986,
6 https://eglise.catholique.fr

El camino de Tamanrasset (Antoine Chatelard)

Antoine CHATELARD, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset, San Pablo, Madrid 2003, 342 pp., 14 x 22, ISBN 84-285-2528-5.

Antoine Chatelard, Hermanito de Jesús, reside en Tamanrasset (Argelia) desde 1954, por lo que no sólo es un gran conocedor intelectual de la figura y la obra de Carlos de Foucauld, sino que también tiene su experiencia de campo. El origen de esta biografía es un cursillo celebrado en Lyon, del 26 de julio al 2 de agosto de 1998, para la Fraternidad Carlos de Foucauld.

Aunque existen ya muchas biografías, la novedad que aporta ésta es resultado de una aproximación a la vida y escritos del personaje a partir de momentos concretos de su existencia. Así se pretende describir de alguna manera todo el itinerario interior de su espiritualidad. En cada etapa se puede descubrir una nueva dimensión de humanidad y de santidad. <<Nos hemos limitado a algunos momentos de esta vida sin ocultar las evoluciones y cambios de orientación. Estos cambios tienen siempre su origen en un movimiento interior o en un impulso profundo suscitando un vivo deseo que se convierte en deber>> (p. 9).

Este fijarse en los momentos significativos de su vida y el uso de pasajes íntimos de los escritos de Foucauld –principalmente de su correspondencia con el P. Huvelin– nos permite conocerle desde su mundo interior. Sin duda esta visión depende mucho del punto de vista propio de Chatelard, pero está avalada por su profundo conocimiento del Hermano Carlos y de su experiencia. Se pone muy bien de relieve la particular personalidad de Foucauld, que podemos tildar de excepcional. Tanto su personalidad como su vocación lo llevan a explorar el desierto de Marruecos y peregrinar a Tierra Santa, a vivir en Akbès, en Nazaret, en Benni-Abbés, Hoggar y finalmente en Tamanrasset.

El objetivo que dirige su vida a partir de la conversión es el deseo apasionado de imitar a Cristo. Además, vamos comprobando cómo todo el itinerario de su vida y su vocación (trapense, ermitaño, sacerdote) está marcado por una visión peculiar del misterio de Jesucristo. En concreto por su forma de entender la vida escondida de Jesús en Nazaret. <<Si hay una palabra que pueda expresar su mensaje es ese nombre de Nazaret, con todo lo que contiene de realismo histórico, de enseñanza teológica y de ideal místico. Es una llamada a vivir un amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones más ordinarias de la vida de los hombres, y en las más extraordinarias, a ejemplo del mismo Jesús>> (p. 304).

Pero, ¿desde qué perspectiva entiende Foucauld la vida oculta de Cristo? <<Dios vivió treinta años en ese pueblo de Nazaret sin que nadie lo reconociese: ¡qué vida tan escondida!, ¡qué vida tan oscura!, ¡qué abajamiento!>> (p. 274). Jesucristo <<en toda su vida, hasta su muerte, sigue siendo Jesús de Nazaret. El hermano Carlos ha dado valor a este aspecto insistiendo sobre la oscuridad, el incógnito del Verbo Encarnado, que durante los treinta años de Nazaret fue a los ojos de todos uno de tantos. Lo oculto de su vida era su relación única con el Padre, su ser divino, es decir, lo esencial>> (p. 286). La palabra <<oscuridad>>, tal como la contempla en la vida de Cristo, está <<en el centro de su carisma>> (p. 279), como un aspecto de su vocación personal que le diferencia de otras vocaciones. El Hermano Carlos, a través de una vida escondida, de amor a Dios y al prójimo, en un medio no-cristiano, pretende conseguir la conversión de los que le rodean. Más a través del ejemplo de caridad que por la palabra. De ahí que pueda describírsele como una <<nueva especie de monje en misión especial>> (pp. 273-290).

En definitiva, nos encontramos con una buena biografía de Carlos de Foucauld, beatificado en 2005, que permite introducirnos en su experiencia interior y en la comprensión de su mensaje particular.

Marti, Pablo

Copyright: COPYRIGHT 2008 Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra

http://www.unav.es/

«Las luces de un faro» de Pierre Sourisseau – Charles de Foucauld en Tamanrasset de Antoine Chatelard

Carlos de Foucauld . Prefacio del obispo Claude Rault. Salvador, 2021, 232 páginas, 18,80 €.
Una nueva mirada . Prefacio de Xavier Gufflet. Salvador, 2021, 190 páginas, 18,80 €.

Las luces de un faro de Pierre Sourisseau - Charles de Foucauld en Tamanrasset de Antoine Chatelard

Autor de una notable biografía de Charles de Foucauld ( Charles de Foucauld 1858-1916 , Salvator, 2016; ver Estudios, n.º 4244, diciembre de 2017, pág. 143), Pierre Sourisseau ofrece ahora una síntesis de la espiritualidad del santo, canonizado el 15 de mayo de 2022. El autor muestra cómo la fuerza de una fe personal vivida en la confianza y la esperanza de la salvación, un amor «hecho de bondad y entrega y el fervor por «imitar un modelo» contribuyen al desarrollo de un apostolado hacia «los más lejanos». Se subraya la fecundidad de una experiencia espiritual que no ha dejado de irradiar hasta hoy. Dedica parte del libro a los diversos “consejos misioneros” dados por Foucauld en la perspectiva de una evangelización pensada como “apertura”. La obra póstuma de Antoine Chatelard, nutrida de la correspondencia del hermano Charles, se centra en sus raíces en el Hoggar. Tras un estudio preciso de sus viajes por la región y la evolución de su oración, centrada en la Eucaristía, el libro identifica las dos ocupaciones más exigentes de Foucauld: el diccionario tuareg y el proyecto fraterno. Estos trabajos de investigación y escritura se desarrollan en medio de las dificultades económicas y las complejas relaciones que mantiene con la administración colonial en Argelia. Chatelard insiste luego en la gran sociabilidad de Charles, detallando su relación con Oûksem-ag-Chîkât, un joven tuareg al que cuida especialmente, pero también con otros amigos y conocidos. Un capítulo titulado «Crónica de un día cualquiera (1 Estos trabajos de investigación y escritura se desarrollan en medio de las dificultades económicas y las complejas relaciones que mantiene con la administración colonial en Argelia. Chatelard insiste luego en la gran sociabilidad de Charles, detallando su relación con Oûksem-ag-Chîkât, un joven tuareg al que cuida especialmente, pero también con otros amigos y conocidos. Un capítulo titulado «Crónica de un día cualquiera (1 Estos trabajos de investigación y escritura se desarrollan en medio de las dificultades económicas y las complejas relaciones que mantiene con la administración colonial en Argelia. Chatelard insiste luego en la gran sociabilidad de Charles, detallando su relación con Oûksem-ag-Chîkât, un joven tuareg al que cuida especialmente, pero también con otros amigos y conocidos. Un capítulo titulado «Crónica de un día cualquiera (11 de diciembre de 1913)”, trae al corazón de los días de Foucauld donde, desde las 3:30 am hasta las 8 pm, se suceden tiempos de soledad y oración y encuentros múltiples, sin que el azar o la improvisación tengan su lugar. La Eucaristía ocupa el lugar preponderante. Un rasgo de su genio espiritual se trasluce así en las fronteras de la acción y la contemplación.

De la exposición del Santísimo a una vida expuesta – Itinerario Eucarístico de Carlos de Foucauld

ANTOINE CHATELARD

Para hacerse una idea exacta de la importancia del sacramento de la Eucaristía en la vida de Carlos de Foucauld, hay que seguir su itinerario desde finales de octubre 1886, en la Iglesia de San Agustín de París, hasta 1º de diciembre 1916, en Tamanrasset.

Un recorrido de treinta años marcado por evoluciones, tanto en la forma de concebirlo como en las actitudes prácticas. No nos podemos contentar con un texto solo, ni con un solo momento de su vida.

La Conversión

       Este acontecimiento base explica todo el resto si lo consideramos en primer lugar como un encuentro personal, que transforma la vida y afecta todo el ser. Un encuentro con alguien vivo, presente en nuestro mundo, Jesús. No sólo ese Dios que él buscaba, sino aquél que le esperaba y a quien él no se esperaba. Un Dios que ama hasta el punto de perdonar. Alguien que amó tanto a los hombres que se entrega a ellos ahora en el sacramento de su presencia. Dios no se limita a existir sino que está aquí, y se puede estar con Él, permanecer con Él, cerca de Él. Carlos de Foucauld, que tanto había dudado, parece no dudar ya ni un solo instante del realismo de la encarnación y del realismo de la presencia de Jesús en el sagrario. Para él, la Eucaristía es en primer lugar el sacramento de la presencia de Dios.

Más que un alimento, la comunión “casi diaria”en sus palabras, será el medio de unirse a Él de la forma más íntima posible. El culto al Sagrado Corazón y al Santísimo, con las exposiciones y las bendiciones, no son, a sus ojos, sino una sola y única expresión de amor, que para él es lo esencial de la religión y que será el punto dominante de su caminar espiritual.

De peregrinación a Tierra Santa, en 1889, será muy sensible a la gracia de los lugares santos. Pero las huellas de Jesús, por muy enternecedoras que sean, solamente son recuerdos. La realidad está en el sagrario. En las calles de Nazaret encontró la respuesta a la pregunta que le inquietaba desde hacía dos años: “¿Qué tengo que hacer?”Tendrá que vivir como Jesús en Nazaret.

La Trapa

Por esto eligió ir a vivir y morir pobre en un pequeño monasterio trapense en construcción, al norte de Siria, en un país no cristiano. Fue para amar con un amor más grande y hacer el mayor sacrificio que estuviera en su poder, dejando para siempre todo lo que tanto amaba. Pero esta ofrenda  total de sí mismo no parece tener conexión alguna con su percepción de la Eucaristía en ese momento. Su culto es otro: “En la medida de lo posible me mantengo a los pies del Santísimo Sacramento. Jesús está ahí… Me veo como si estuviera junto a sus padres, como Magdalena sentada a sus pies en Betania”.

Pero lo que es “posible”en la trapa no le satisface y quiere otra cosa. Inventa entonces una nueva congregación cuya finalidad sería llevar una vida pobre trabajando y adorando el Santísimo Sacramento. El oficio divino sería reemplazado por la adoración del Santísimo expuesto. Solamente habría un sacerdote para celebrar la misa diariamente. De esta forma se haría el bien llevando al mundo la presencia de Jesús.

Nazaret

Después de siete años de vida monástica, le autorizan dejar la Trapa, y se encuentra solitario junto a un convento de Clarisas donde el Santísimo está frecuentemente muy expuesto.

Leyendo los textos, muy numerosos, de ese periodo, podríamos creer que pasa todo su tiempo libre delante del Santísimo, rezando, leyendo, escribiendo allí. La realidad es algo distinta.

Por una parte,  lee a menudo en su cabaña, como lo testifica esta nota de un retiro:

“Oh Dios mío, el lugar y el tiempo están bien elegidos: estoy en mi pequeña habitación, ya es de noche, todo duerme, solamente se oye la lluvia, el viento, y algunos gallos lejanos que recuerdan la noche de vuestra pasión … ¡Dios mío, enseñadme a rezar en esta soledad, en este recogimiento! … Aquél que ama y que está frente a su Bien Amado, ¿puede hacer otra cosa sino tener la mirada fija en él? Rezar es miraros. Ya que estáis siempre aquí, ¿puedo yo, si de veras os amo, no miraros constantemente?”

Por otro lado la oración delante del Santísimo no siempre le es fácil: “Delante del Santísimo no consigo hacer oración durante mucho tiempo: mi estado es extraño: todo me parece vacío, hueco, nulo, sin medida, excepto mantenerme a los pies de Nuestro Señor, y mirarle … Y luego, cuando estoy a sus pies, estoy seco, árido, sin una palabra ni un pensamiento, y a menudo, ya veis, acabo por dormirme. Leo por voluntad, pero todo me parece vacío”.

De esa misma época tenemos una meditación sobre la Eucaristía en la cual hace decir a Jesús cómo él entiende entonces el sacramento: “En primer lugar mi Presencia constante; en segundo lugar, mi ser entero, Dios y hombre, entrando en tu cuerpo y recibido por ti como alimento; en tercer lugar, Yo, encarnándome sobre el altar y ofreciéndome por todos vosotros a mi Padre en sacrificio … Son tres dones, infinitos los tres, que os hago”.

Desarrolla el segundo aspecto sobre todo en el sentido de la unión nupcial: “por el segundo me tocáis, vuestra lengua, vuestra boca toca mi cuerpo; mi ser entero desciende en vosotros; os doy prueba de mi amor y a través de ello os incito fuertemente a devolverme amor por amor … Mirad qué maravilla, qué  unión inefable, qué  unidad de amor pongo por un lado entre Mí y vosotros, y por otro entre vosotros, unos con respecto a otros, al daros mi cuerpo en alimento”.

El tercero es un aspecto más teológico: “Pero esto no es todo: yo me entrego a vosotros … en tercer lugar, para ser vuestra víctima, para ser ofrecido a Mi Padre en sacrificio de alabanza y de adoración … Considerad por tanto como debéis multiplicar estos sacrificios que dan a Dios tanta gloria … multiplicar los sacerdotes que puedan ofrecerlo”.

A causa de esto, la nueva regla escrita en 1899 para los ermitaños del Sagrado Corazón, prevé el mayor número posible de sacerdotes, como si lo infinito de una Misa pudiese multiplicarse. Al año siguiente, en 1900, se impone el deber de llegar a ser él mismo sacerdote, para asegurar el culto de la Eucaristía en el santuario donde piensa instalarse. Con vistas a prepararse para ello, vuelve a Francia.

Cambio de orientación

Durante esta preparación se opera un giro en su vida. Quiere imitar a Jesús, no solamente en su vida escondida en Nazaret, en su retiro en el desierto y en su vida pública, sino sobre todo en su pasión, su muerte y resurrección, ofreciendo el sacrificio pascual en cada Misa. Es una nueva dimensión de su relación con la Eucaristía y de su forma de representarse la vida de Jesús.

Aún más, este banquete del cual se convierte en uno de los servidores, tendrá que ofrecerlo no ya en Tierra Santa, a aquellos que tienen todas las comodidades espirituales, sino a aquellos que están más alejados. Ahora bien, a sus ojos, no hay gente más alejada que aquella que conoció antaño en los caminos y en las ciudades del Sahara y de Marruecos. Solo o junto con otros, se siente llamado a volver cercana la realidad de la presencia del Señor a estas gentes hacia quienes descubre que tiene un deber de agradecimiento. ¿No están ellos en el origen de la primera chispa de su fe? Tiene que hacer por los otros lo que hubiera querido que hicieran por él.

Así, ya no piensa en “ermitaños”separados del mundo para adorar a Dios en su sacramento expuesto; ahora quiere “hermanos”,cuyas vidas expuestas irradien en esa tierra como hostias vivas.

En el Sahara

En Beni- Abbès, donde se esfuerza aún por multiplicar las horas de exposición del Santísimo Sacramento, tiene que alejarse a menudo del sagrario porque “Jesús, bajo la forma de los pobres, de los enfermos, de un alma cualquiera, me llama a otro lado”. Otra forma de estar con Jesús. ¿Otra forma de vivir la Eucaristía?

Podemos constatar sin embargo, que el infinito de este misterio le impide permanecer frente a la belleza de las puestas de sol en las dunas y de las noches estrelladas: “Abrevio estas contemplaciones y vuelvo delante del sagrario … hay más belleza en el sagrario que en la creación entera”.

De viaje, en el año 1904, su principal preocupación es la de celebrar la Misa cada día. Esto le obliga a hazañas ascéticas cuando caminan por la noche y no puede comer ni beber desde la media noche. Se presenta entonces un problema de pobreza y discreción, ya que le hace falta una montura especial para llevar el material necesario a la celebración de la Misa. No obstante, durante algunos años, seguirá poniendo la Misa por encima de todo, a pesar de los gastos extras que eso conlleva.

Cuando hacen una parada prolongada en el norte del Hoggar, se construye una capilla de ramajes donde puede guardar el Santísimo durante unos días “una gran gracia para toda esta región”. En ese momento dice también: “Llevarlo lo más lejos posible … a fin de aumentar la zona en la que él irradie, extender la zona en la que se ejercerá su influencia”.

Eso es lo que hace al instalarse en Tamanrasset al año siguiente. Coloca el Santísimo “en una pequeña covacha más pequeña que la de Nazaret”, y añade “eso será una gran felicidad para mí”. El año siguiente hace cuatro mil kilómetros para ir en búsqueda de un compañero que le permita “hacer con frecuencia exposiciones del Santísimo en Tamanrasset. Eso será una gran gracia para mi joven hermano y para mí”. Pero, de camino, tiene que despedir al compañero y volver solo al Hoggar. Vuelve aún sabiendo que, no solamente no podrá exponer el Santísimo, sino que ni siquiera podrá celebrar la Misa, ya que no tendrá asistente. Nueva evolución. Sin saber explicar su comportamiento, sabe que debe regresar al Hoggar,  ya que es  el único que puede residir allí, en cuanto que hay muchos que pueden celebrar la Eucaristía, y constata que su idea de hacer poner la Misa ante todo no debía ser muy acertada, “puesto que los grandes santos sacrificaron en ciertas ocasiones la posibilidad de celebrar en pro de trabajos de caridad espiritual, viajes u otros”. Efectivamente, durante seis meses no podrá decir la Misa sino una o dos veces. Y sin embargo escribe a su obispo: “No me inquieto para nada de esta falta de celebración del Santo Sacrificio”. En Navidad de 1907 está solo y no puede celebrar. Es la primera Navidad sin Misa desde su conversión. En enero de 1908, cae enfermo y ve la muerte muy cercana. Durante ese anonadamiento físico, se encuentra expuesto, sin defensa, como Jesús en la cruz. enteramente entregado a la buena voluntad de los que le rodean. ¿No es esta otra forma de vivir el misterio pascual, de compartir este misterio que ahora no puede celebrar litúrgicamente con aquellos que, para salvarlo, le traen un poco de leche y el apoyo de su amistad?

El 31 de enero, cuando empieza a recuperar las fuerzas, recibe la autorización de celebrar la Misa sin asistencia. Es Navidad. Durante esos seis meses sin Misa, él conservaba el Santísimo en el sagrario, pero no se creía autorizado a comulgar. Esta presencia de “Jesús vivo e irradiante aunque escondido como en Nazaret”, le parecía legitimar su propia presencia: “Mi presencia ¿hace algún bien aquí? Aunque no lo haga, la presencia del Santísimo Sacramento sin duda hace mucho. Jesús no puede estar en un lugar sin irradiar”. ¿No era este otro razonamiento falso? Según esto, cuando, algunas semanas más tarde, se enterará de que no está autorizado a conservar el Santísimo por estar solo, debería haberse ido a otro sitio, en cuanto que se queda y deja el sagrario vacío. No lo hace sin dolor, pero no lo duda. Es de nuevo la ocasión de dar un paso más, como le explica su obispo: “Si el Señor le priva de Su presencia real en el sacramento, le hará apreciar más aún la ofrenda cotidiana del Santo Sacrificio. Al igual que su presencia, muy real también, en su alma por la gracia”. Más tarde el hermano Carlos escribirá a una Clarisa: “Hay que estar dispuesto a todo por el amor del Esposo, incluso a ser privado de su presencia sacramental en este mundo, si tal es su voluntad”.

Esta privación durará seis meses. De esta forma, en el Assekrem donde, en 1911, pasa cinco meses en un lugar donde “la belleza y la impresión de infinito acercan tanto al Creador”, el sagrario que se llevó con la esperanza de recibir a un compañero, permanece vacío. Si no toma tiempo para ir a ver las puestas de sol, no es por quedarse al pie del sagrario, sino porque no se concede ni un solo minuto de descanso para terminar lo más rápidamente posible su diccionario tuareg. Se contenta con las salidas del sol: “¡qué bueno es, en esta gran calma y esta bella naturaleza tan atormentada y extraña, levantar el corazón hacia el Creador y Salvador Jesús!”. ¿No parece reconocer entonces que este Jesús, Creador y Salvador, es aquél mismo que no reside ya en su sagrario? Nueva evolución desde Beni-Abbes. “Me cuesta despegar mis ojos de esta admirable vista cuya belleza y sensación de infinito acercan al Creador, al mismo tiempo que su soledad  y su aspecto salvaje muestran cómo estamos solos con Él y cómo no somos sino una gota de agua en el mar”. (L.M.B. 09.07.11)

Pero, cuando después de seis años de privación será autorizado a “guardar la reserva del Santísimo” no ha perdido el sentido ni el gusto de esta presencia y no ocultará su alegría: “dulzura extrema, gran apoyo, fuerza grande para mí y gracia grande para todas las almas de este país”. No obstante hay que señalar que nunca cumplirá con los requisitos exigidos para la exposición del Santísimo.

En el momento en el que está colmado por esta nueva proximidad con Jesús, no deja de desear una mayor proximidad con aquellos que le rodean. La Palabra de Jesús toma  un realismo nuevo: “Todo aquello que hagáis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hacéis”. Pone esta palabra, que anteriormente ya produjo en él una profunda impresión, en el mismo plano que esta otra, salida de la misma boca: “Este es mi Cuerpo”.  Y ella  no deja de transformar su vida, llevándole a buscar y a amar a Jesús en “estos pequeños”. Servicio eucarístico y servicio de los “pequeños”, el mismo culto del cuerpo de Cristo. No solamente presencia real de aquél que se entrega para ser contemplado, comido y ofrecido, sino presencia real en un pueblo de una vida humana perpetuamente expuesta a todas las miradas y a todos los riesgos, presencia de una vida ofrecida como un pan fácilmente devorable. Es por esto que quería llegar a ser “pequeño y abordable”, consciente de que su vida sería la única Biblia que todos leerían. La Biblia que él quería ver iluminada por una sola y misma lámpara con el sagrario, uniendo “las dos mesas, de la Palabra y del Pan”.

Vida ofrecida a Dios y a los hombres como la de Jesús, en un sacrificio que ya no es únicamente el del primer día, aunque éste siga muy real, sino que es también ofrenda de la vida de aquellos que le rodean, ofrenda de la amistad compartida, y sobre todo, en un mundo de guerra, ofrenda del sufrimiento de los demás e intercesión “en la tormenta, … durante el combate de los suyos … en la barca zarandeada por las olas”.

Al día siguiente de su muerte, el cuerpo de Carlos de Foucauld es enterrado por la gente del pueblo. Tres semanas después, el capitán de la Roche planta una cruz de madera sobre su tumba y, en la arena de la capilla, encuentra la lúnula (que él llama custodia), la abre y verifica que hay una hostia entre los dos cristales. Un suboficial la lleva y la consume, solo, en el desierto. Esta hostia arrojada al suelo es un último símbolo eucarístico, como el cuerpo de aquél que la había consagrado y que había hecho de su propia vida “una hostia viva para alabanza de la gloria de Dios”.

         La vida y la muerte de este hombre ¿pueden hablarnos todavía?

Las circunstancias le obligaron a actuar de forma que parecía estar en contradicción con sus convicciones más firmes; cada vez, consiguió superar su forma de concebir las cosas, ir más allá de su devoción y no confundir el fin y los medios. El fervor de su amor por la persona de Jesús ¿puede aún reanimar la llama en nuestros tibios corazones? El realismo de su fe en la presencia viva del Resucitado, ¿podrá dar nuevo vigor a nuestras “adoraciones”, si hemos continuado fieles a ellas, o, por el contrario, si las hemos desdeñado, podrá darnos de nuevo el gusto de esta presencia como camino de contemplación?

La fuerza de sus convicciones y el valor de que hizo prueba nos impresionan. Su capacidad de adaptación a las situaciones nuevas es tan grande como su fidelidad en someterse a las leyes de la Iglesia. Su forma de hacer frente a esas situaciones nos invita a volver a lo esencial, sin despreciar los medios que nos son dados. Más allá de las formas de devoción de su tiempo y de todas las desviaciones,  como la Misa delante del Santísimo Sacramento expuesto, la importancia dada a la custodia, a la forma y al color de la hostia, que vacían el pan de su realismo, por encima de la tendencia a “cosificar” la Eucaristía, a materializar y a localizar la irradiación de la hostia en el espacio, tenemos que redescubrir y utilizar los signos y los símbolos que siguen siendo inagotables para que podamos rezar, no sólo en espíritu, sino en la verdad de nuestro ser entero. ¡Ojala podamos acoger el testimonio de una vida entregada y ofrecida, de una vida consumada en sacrificio pascual, en la que la muerte toma su lugar normal, como remate y paso hacia la realización. 

Con palabras de Carlos de Foucauld, digamos para terminar que esta presencia de Cristo nos es dada “por amor, para nuestro bien, para hacemos más  entregados, fervientes, amantes, tiernos, ya que somos fríos; para hacemos fuertes y animosos, ya que somos débiles; para darnos esperanza y confianza, ya que estamos sin esperanza; para hacernos felices, ya que estamos tristes y desanimados”.