EL EVANGELIO DE LA AMISTAD EN CARLOS DE FOUCAULD


Decir “evangelio” es proclamar una Buena Noticia. Y decir “Evangelio de la
amistad” es afirmar de una manera rotunda que el camino de la amistad es una
Buena Noticia para vivir ya ahora en el Reino de Dios. Pero, ¿Qué es eso a lo
que llamamos amistad?, ¿cómo vivió la amistad Carlos de Foucauld?, ¿es la
amistad un camino para la evangelización?

  1. ¿A qué llamamos amistad?
    La amistad es una forma de amor y el amor va de dentro a fuera. Toda amistad
    supone amor, pero no todo amor supone amistad, que es un don que necesita
    ser aceptado. El amor, como el ser de la persona es dialógico, ya que se dirige
    hacia otra persona para plenificarse. El ser humano se reconoce como un yo a
    través de un tu, y encuentra su justa dimensión en un nosotros. Cada vez que
    se constituye una nueva amistad, un “nosotros”, la otra persona forma parte de
    mi ser. Llevamos dentro de nosotros, en nuestra conciencia, a nuestros
    amigos. Y la Conciencia en mayúscula, que es Dios y que está en lo más
    profundo de nuestra realidad, reúne a todos los amigos, que viven del amor, en
    su Reino.
    Una persona egoísta no puede tener amigos. Podrá tener relaciones
    interesadas o personas a quienes quiera por placer, pero no personas amigas.
    La amistad no interesada presupone un vaciamiento para que pueda entrar la
    otra persona en nosotros y se cree una intimidad común. Propiamente hablado
    solamente pueden tener amigos de verdad las personas buenas, las que se
    han vaciado de su yo y han dejado brotar en su ser la gracia de Dios, su
    Presencia amorosa. En esa comunión de vida se integran los amigos. Así, la
    amistad es la disposición de la persona que consiste en obrar con facilidad y
    alegría el bien de la persona amiga. Nace como sentimiento y alcanza después
    su plena verdad al ser querida y cultivada la amistad como forma de amor.

    La condición previa a toda amistad es el conocimiento mutuo. Muchas
    personas hablan de sus amigos y apenas los conocen. ¿Cómo podríamos
    amar a la persona amiga si no la conocemos? Pedro Laín Entralgo nos dice
    como debemos relacionarnos con la persona amiga:
    Cuando el otro me es tú, debo acercarme a él y decirle, como un penitente: “No
    basta que Dios te hay creado, no basta que tus padres te hayan traído al
    mundo: es también necesario que yo te haga existir. Tú dependes de mí; tú,
    que cuando yo me doy a ti pareces depender de mí. Y si tu persona no echa
    raíces en la mía, si yo no la planto en mi corazón, si no la cultivo en mi razón, si
    ella no florece en mis acciones, aunque esté contenida en esa Imagen divina
    en la que estoy inscrito, no está en parte alguna
    ”1
    .
    Y Santo Tomás de Aquino nos dice los cinco efectos de la amistad: El
    amigo quiere que su amigo sea y viva; quiere su bien; se porta bien con él y lo
    trata bien; convive con él gustosamente; comparte los sentimientos, en las
    alegrías y en las tristezas2
    .Antes de confiarse a una persona amiga se ha de
    poner a prueba su fidelidad, y ésta se manifiesta con la abnegación para con el
    amigo, permaneciendo a su lado en medio de la adversidad. El amigo cierto se
    manifiesta en las situaciones inciertas. Y es que hay amigos que no buscan en
    la amistad más que su propio provecho, y por eso permanecen tales en el día
    de la prosperidad, presentándose incluso como el mejor amigo, pero
    abandonan en el día de la adversidad, cuando ya no pueden percibir beneficio
    alguno de la amistad; son compañeros en la mesa, pero no en la desgracia. No
    es raro que tales amigos, por cualquier motivo, se conviertan en enemigos, y
    entonces, cuanto más íntima y confidencial fue la amistad con estas personas,
    tanto mayor será el mal que tal vez tengamos que sufrir, pues conocen más a
    fondo nuestros defectos y los podrán descubrir a los demás. Si bien se han de
    mantener relaciones amistosas con las personas, sólo a los amigos de fidelidad
    probada, se debe manifestar nuestra intimidad a fin de recibir consejo, ya que
    la amistad íntima supone una unión y compenetración de afectos que no es
    posible con muchos, y una confianza y lealtad que no siempre se encuentra.
    San Francisco de Sales aplica esta sentencia a la elección de un consejero
    espiritual. Bueno será que, además de nuestros amigos, tengamos una

persona de mayor experiencia humana y espiritual a quien podamos acudir en
busca de consejo en las dudas y problemas que afectan a nuestro camino
interior.
El verdadero amigo, fiel en todas las circunstancias, es un tesoro de
incalculable valor. Entre los amigos ha de existir una confianza y un amor
mutuo, que los ha de hacer cada día mejor, advirtiéndose mutuamente los
defectos y ayudándose a corregirlos. La benéfica influencia de la amistad se
dejará notar esencialmente en medio de las adversidades; el verdadero amigo
permanece más unido que nunca en el momento de la adversidad, y, con el
ánimo que le infunde y su desinteresada ayuda, es su mejor consuelo y tal vez
único sostén. Los justos, fieles a Dios en todas las circunstancias, lo son
también al amigo, y sólo ellos permanecen fieles a la amistad en la desventura
del amigo. Su fidelidad maravillará al amigo, que, a su vez, se esmerará en
imitarla, con lo que existirá entre ellos la más noble y sincera amistad.
En el cristianismo, la amistad se considera una virtud en cuanto refleja el
amor de Jesús por todas las personas, sin distinción. En los Evangelios se le
llama “amigo de publicanos y pecadores”3
Se dirige a los discípulos llamándolos “amigos”4
.Con esto se pone de manifiesto la fidelidad del Dios de
Jesús, que tiene una disposición benévola frente al ser humano pecador e
interpreta esta relación como amistad.

  1. ¿Cómo vivió la amistad Carlos de Foucauld?,
    Nos vamos a fijar ahora en la actitud amistosa que tuvo Carlos de Foucauld en
    los últimos doce años de su vida, cuando vivió su auténtico Nazaret en medio
    de los tuareg, es decir, desde que llegó a Tamanrasset el año 1904, hasta que
    murió en su pueblo de adopción el 1º de diciembre de 1916.
    2.1Una relación amical de vecindad
    El año 1911, Carlos de Foucauld después de pasar cinco meses en la ermita
    del Asekrem, al regresar a Tamanrasset lo primero que hace es atender a las personas que encuentra todos los días. El día de Navidad escribe a su prima María de Bondy:he establecido no solamente conocimiento, sino también amistad con las poblaciones nómadas que he encontrado. Desde mí vuelta aquí, mi vida transcurre rezando al buen Dios y recibiendo uno tras otro a todos mis vecinos. Hacía falta que viese a todos mis pobres vecinos, que comienzan a ser viejos amigos, pues llevo aquí ya siete años en Tamanrasset.En una carta fechada el 6 diciembre de este mismo año, Foucauld comenta al padre Voillard, su nuevo director espiritual, después de la muerte del padre Huvelin el año 1910:Los tuareg tienen el carácter de nuestros agricultores franceses, como los mejores de nuestros paisanos. Como estos, son trabajadores, prudentes,ahorradores, enemigos de las novedades y llenos de desconfianza hacia las personas y las cosas desconocidas.Después expone su plan de acción:Suspiro por el día en que los instrumentos necesarios para la evangelización terminen, como son el léxico, la gramática, la traducción de los santos evangelios y algunas otras partes de los Libros santos, para poder dedicar mucho más tiempo a ver a las personas y no limitar su amistad, sino hablar más, de lo que hago ahora, del buen Dios y de Jesús. Hacen falta todavía cuatro años más para terminar estos medios. Este retraso no es un mal. Las personas estarán mejor preparadas, tendrán más confianza. Con personassin ningún espíritu crítico, no se puede actuar más que por autoridad; hace falta tiempo para adquirir esto; es el don de Jesús el que lo hace todo, pero, si bien sólo hay que contar con esto, hace falta también encontrar los medios que nos parezcan más adecuados.Como buen pastor de almas, busca los medios más convenientes para llevar el mensaje evangélico a sus amigos tuareg. Siete meses más tarde, el 12 de julio de 1912, en otra carta al padre Voillard volverá sobre el tema de la “autoridad”:La confianza que me dispensan los tuareg vecinos va en aumento; los viejos amigos cada vez son más íntimos; se forman nuevas amistades.¿Y qué hace Foucauld? Hago los servicios que puedo, tratando de mostrar que les quiero; cuando la ocasión parece favorable, les hablo de la religión natural, de los mandamientos de Dios, de su amor, de la unión a Su voluntad,del amor al prójimo. No creo que haya que ir rápido: esto les alejaría.5Ignorantes como son, sólo pueden recibir el Evangelio por autoridad;pero, ¿qué autoridad es necesaria para que la acepten y rechacen la que conocen, aman y veneran?: una autoridad que sólo se puede conseguir después de un largo tiempo, gracias a un contacto íntimo, una gran virtud y labendición divina.Se trata, ciertamente, de una autoridad moral y no de una coacción; de una ascendencia espiritual y no de una presión psicológica. Foucauld se referirá a su propia conversión, a la influencia que ejerció sobre él, en aquel momento, su prima María, “por su silencio, su amabilidad, su bondad”. “Ella era buena y expandía su perfume atrayendo, pero sin actuar”, son palabras del hermano Carlos. En la meditación del 8 de noviembre de 1897, cuando era sirviente delas Clarisas de Nazaret, donde relata su conversión, explica que “llegó a la verdad gracias a la bondad de esta persona”, refiriéndose a su prima. Se decía:“Si esta persona es inteligente, la religión en la que cree no debe ser una locura como pensaba”. Esta no-acción de María de Bondy, su bondad silenciosa, es para él un modelo, el modelo que debe y quiere seguir para la conversión de sus hermanos tuareg, el modelo que propone a aquellos y aquellas que tengan el deseo de consagrarse a la evangelización. María de Bondy había dejado tiempo para hacer su obra, y Foucauld cree en el trabajo del tiempo: “Es necesario ir lentamente y discretamente” escribe a su prima el 15 agosto de1912.
  2. 2.2 ¿Qué medios utilizó Foucauld para anunciar el Evangelio de Jesús de Nazaret? En el artículo 28 de los Consejos evangélicos, o Directorio, el propio Foucauld nos dice:Los principales medios recomendados a los hermanos y hermanas para la conversión de las almas, y particularmente para las de los infieles de las colonias de su patria son: 1º el santo sacrificio de la misa; 2º la presencia de la sagrada eucaristía; 3º la santificación personal; 4º la oración; 5º la penitencia; 6º el buen ejemplo; 7º la bondad; 8º el establecimiento de relaciones de amistad con las personas, con el constante deseo de hacer e lbien a sus almas; 9º la ayuda prestada a los sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajan para la salvación de las almas fuera del lugar en que se está, y particularmente de los que entre ellos trabajan en la conversión de los infieles de las colonias de la madre patria.¿Qué entiende Foucauld por infieles? Foucauld distingue entre “cristianos”,“infieles” e “incrédulos”. En 1908, durante la estancia de seis meses del Dr.Dautheville en Tamanrasset, le dice: “Tu eres protestante. Teissère es incrédulo. Los tuaregs son musulmanes. Estoy persuadido de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos”. Teissère es un “incrédulo”, un ateo; Dautheville es un “cristiano”; los tuareg son “infieles”, es decir personas religiosas que tienen otra confesión diferente a la fe cristiana. Foucauld, a finales de 1913, precisa bien que no son infieles “los no bautizados de Europa,los ateos de Europa o de América”. El quiere limitar su misión a los infieles, en concreto a los infieles de las colonias francesas. Pero piensa también en los“no bautizados de Europa” y en los “ateos” que se encuentran en Francia. Por eso escribe: “Hay que ser misionero en Francia como se es en país infiel y esto tiene que ser obra de todos, eclesiásticos y laicos, hombres y mujeres”. Y en una carta enviada a su amigo Joseph Hours el 8 de septiembre de 1913,expone para las misiones de Francia con los incrédulos y ateos los mismos métodos que ha preconizado para los países infieles de ultramar: “la amistad,la confianza, la simplicidad y, la moderación en nuestra vida”.Constata como las religiones no cristianas son resistentes y habla frecuentemente de las “dificultades” que se pueden encontrar en la evangelización de todos estos seres profundamente religiosos. A Mons. Caron,obispo de la congregación de los Padres Blancos, el 11 de marzo de 1909 ya le había manifestado lo siguiente: “La conversión de los infieles es a menudo difícil”, y un año antes, el 1º de febrero de 1908, ya le había dicho al superior de los Padres Blancos, Mons. Levinhac, que el trabajo pedirá mucho tiempo:“Pasarán quizás siglos entre los primeros golpes de pico y la cosecha”.
  3. 2.3 Preparar el terreno por la bondad Cuando Foucauld habla que quizá tendrán que pasar siglos, como quer iendoindicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana, hay que recordar lo que le expuso a su amigo Joseph Hours sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. En concreto su carta dice así:Primeramente, preparar el terreno en silencio por la bondad, un contacto íntimo, el buen ejemplo; entrar en relación, hacerse conocer de ellos y conocerlos; amarlos desde lo hondo del corazón, hacerse estimar y amar de ellos; destruir de este modo los prejuicios, obtener confianza, ganar autoridad, que requiere tiempo; luego hablar especialmente a los mejor dispuestos, muy prudentemente, poco apoco, diversamente, dando a cada uno lo que es capaz de recibir. Los tuareg son incapaces de discutir. La fe, con la ayuda de la gracia, nada más puede nacer en ellos, gracias a la autoridad que se tenga sobre ellos y del testimonio de las virtudes cristianas practicadas delante de ellos. Antes de hablarles del dogma cristiano, hay que hablarles de religión natural, llevarlos al amor de Dios, al acto de amor perfecto.Cuando sean capaces de hacer actos de amor perfecto y de pedir a Dios de todo corazón la luz, estarán muy cerca de convertirse. Cuando vean que los cristianos son hombres más virtuosos que ellos, más sabios que ellos, que hablan de Dios mejor que ellos, estarán muy cerca de decirse a sí mismos que acaso estos hombres no están en el error, y de pedir a Dios la luz.Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” van juntos: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respetar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad.Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, no una bondad“interesada” o “instrumentalizada” para conseguir conversiones. Foucauld no va tras el triunfo de una causa, sino que practica la bondad. Esta bondad marcó mucho a su amigo y discípulo Luis Massignon, que en un artículo titulado “Las delicadas invenciones surgidas de la ingeniosa bondad de Foucauld” (Vie espirituelle, febrero 1922, 43) nos habla de su delicadeza inexpresable: Él no pedía, no reclamaba nada, vigilaba,esperaba la hora de la gracia, evitando no herir a ninguna persona, no molestar a nadie aunque sea ligeramente. Recuerdo el gesto rápido, afectuoso y discreto, con el que levantó, delante de mi, a un joven musulmán que había resbalado, una imagen de piedad de un buen sacerdote acostumbrado a la bondad.8El padre Huvelin le había invitado especialmente a esta evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet de notas, que escribió en Tamanrasset, en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”:Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena. Si se me pregunta porqué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÚS! Quisiera ser tan bueno que se pudiese decir: ¿Si así es el servidor,cómo debe ser el Maestro?Estas palabras Foucauld las entendía bien, pues el padre Huvelin y su prima María habían actuado con él antes de su conversión con la misma bondad silenciosa: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.A finales de 1911, cuando Foucauld invita a Massignon a pasar con él algunos meses en el Sahara, y sabiendo que este joven era un recién y ardoroso convertido, le da este programa de actuación: “Harás amistad con lapoblación, no les hablarás del dogma, pero te dejarás querer por ellos y serás el amigo de todos”.Es interesante notar la siguiente apreciación sobre Foucauld que hace su amigo Laperrin, cuando en octubre de 1913 publica en la Revue de l’École de cavalerie de Saumur, un artículo sobre Foucauld titulado Las etapas de la conversión de un Houzard, habla de la bondad de Foucauld pero sin omitir su firmeza: “Daría una imagen falsa de su carácter si no puntualizo. Su indulgencia tenía límites cuando se trata de gente deshonesta, de gente que abusa de los débiles con la fuerza. Entonces surgía su indignación”.2.4 ¿Fue Foucauld un misionero?

A partir de 1908 ya de una manera muy clara Foucauld se ve a sí mismo
misionero. No era un monje “escondido” en tierra de misión. La palabra
“escondido” Foucauld, no lo utiliza nunca. Él es un misionero. Y si hay una real
novedad en él, no lo es por “una nueva especie de monje”, sino por una nueva
especie de misionero, o misionero de una especie rara. En una carta suya del
29 de julio de 1916, cuatro meses antes de su muerte, le dice a René Bazín:
Normalmente, cada misión comporta varios sacerdotes, al menos dos o tres;
comparten el trabajo, que consiste principalmente en las relaciones con los
indígenas (visitarlos y recibir visitas); obras de beneficencia (limosnas,
dispensario); obras de educación (escuelas para los niños, escuelas de
noche para los adultos, talleres para los adolescentes); ministerio parroquial
(para los conversos y aquellos que quieran instruirse sobre la religión
cristiana). No estoy en situación de describiros esta vida que no es la mía,
pues estoy solo en medio de poblaciones diseminadas y alejadas de espíritu
y de corazón. Los misioneros aislados como yo son muy raros: Su rol es
preparar el camino, para que los misioneros que lo reemplacen encuentren
una población amiga y confiada, almas de algún modo preparadas para el
cristianismo, y, si se puede, algunos cristianos. Usted ha escrito en parte sus
deberes en su artículo “El más grande servicio” (L’Écho de Paris, 22 de enero
de 1916). Hay que dejarse aceptar por los musulmanes, llegar a ser para
ellos el amigo seguro a quien se va a encontrar cuando se está en la duda o
en la pena, contando con el afecto, la sabiduría y la justicia de éste.
Solamente cuando se llega a este punto se puede hacer el bien a sus almas.
Inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad, en la rectitud de
nuestro carácter y en nuestra instrucción superior, dar una idea de nuestra
religión por nuestra bondad y nuestras virtudes, mantener relaciones
afectuosas con tantas almas como sea posible, musulmanas o cristianas,
indígenas o francesas, es nuestro primer deber; y no es después de haberlo
cumplido bien y por mucho tiempo, que se puede hacer el bien. Mi vida
consiste, pues, en estar en relación lo más posible con los que me rodean y
hacer los servicios que puedo. A medida que la intimidad se establece,
hablando cara a cara del buen Dios, hay que dar a cada uno lo que pueda
asumir para dejar el pecado; para realizar un acto de amor perfecto, un acto
de arrepentimiento perfecto; tomar conciencia de los dos grandes
mandamientos del amor a Dios y al prójimo; el examen de conciencia; la
meditación de los fines últimos; como criaturas pensar en Dios, etc., dando a
cada uno según sus fuerzas y avanzando lentamente, prudentemente
”.
Y en este momento de la carta Foucauld define su vida:
Hay pocos misioneros aislados que hagan el oficio de desbrozador; quisiera
que hubiese muchos: todo sacerdote de Argelia, de Túnez o de Marruecos,
todo capellán militar, todo piadoso católico laico (según el ejemplo de Priscila
y Aquila) podrían serlo. El gobierno prohíbe a los sacerdotes seculares,
como es el propio Foucauld, hacer propaganda anti-musulmana; pero se
trata de la propaganda abierta y más o menos ruidosa; las relaciones
amícales con muchos indígenas, tendiendo a llevar lentamente, dulcemente,
silenciosamente a los musulmanes a aproximarse a los cristianos, que han
llegado a ser sus amigos, no las puede impedir nadie. Todo sacerdote de
nuestras colonias podría esforzarse en formar a sus parroquianos en ser
Priscila y Aquila”.

  1. La amistad un camino para la evangelización
    Para Foucauld, como dice en el Art. 28 del Directorio, los seguidores de Jesús
    deben ser un “quinto Evangelio,
    una predicación viva: cada uno de ellos tiene que ser un modelo de vida
    evangélica. Viéndoles, se debe ver en qué consiste la vida cristiana, que es
    la religión cristiana, lo que es el Evangelio, quien es Jesús…deben ser un
    Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, especialmente los infieles,
    deben, sin libros ni palabras, conocer el Evangelio por su manera de vivir.
    Es decir, cada uno de nosotros tiene que ser como un “quinto evangelio”,
    anunciando con su vida a Jesús. Esta manera de actuar es no actuar, la cima
    del respeto por el otro; este es el modo que preconiza Foucauld ante los otros
    métodos:
    Esta acción por el ejemplo es más fuerte, pues no genera desconfianza, ya que
    toda apariencia de engaño o de seducción desaparece. ¿En qué se caracteriza
    este ejemplo? En la bondad: Esta bondad hay que tenerla para todo el mundo.
    Estamos delante de la concepción esencial de la misión para Foucauld:
    Predicar con el ejemplo, pasar haciendo el bien como Jesús de Nazaret. El
    deseo más ardiente de Foucauld es la multiplicación de “desbrozadores”.
    Foucauld se centra, antes que nada y principalmente, en la transformación
    personal que debe llevar a cabo cada uno en su propia vida.
    En el Artículo XXVIII del Directorio se nos recuerda:
    «Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino
    en la medida de lo que se es, en la medida del amor que acompaña nuestros
    actos, en la medida en que Jesús vive en nosotros, en la medida en que
    nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros…La
    persona hace el bien en la medida de su santidad: tengamos siempre
    presente esta verdad
    ”.
    Y cuando, a continuación Foucauld analiza el punto de la “bondad” dice entre
    otras cosas:
    «Por su ejemplo los seguidores de Jesús de Nazaret deben ser una viva
    predicación: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida evangélica. Al
    verlos se debe apreciar lo que es la vida cristiana, lo que es la religión
    cristiana, lo que es el Evangelio, lo que es Jesús.

    Y continúa:
    El ejemplo es la única obra exterior mediante la cual pueden obrar sobre las
    almas completamente rebeldes a Jesús, que no quieren escuchar las
    palabras de sus servidores, ni leer sus libros, ni recibir sus bendiciones, ni
    aceptar su amistad, ni comunicar de ningún modo con ellos; sobre aquellas
    no cabe más acción que por el ejemplo; pero esta acción por el ejemplo es
    tanto más fuerte cuanto no suscita ninguna desconfianza, quedando apartada
    toda apariencia de engaño o de seducción
    ”.
    Por esto Jacques Maritain nos recuerda que:
    «un acto de verdadera bondad, el menor acto de verdadera bondad es, a decir
    verdad, la mejor prueba de la existencia de Dios. Pero nuestra inteligencia
    está demasiado agobiada por nociones etiquetadas para poderlo ver.
    Entonces lo creemos por el testimonio de aquellos en quienes la verdadera
    bondad irradia de manera que nos maravilla
    «.(Cf. J. MARITAIN, Approches a
    Dieu, París 1953).
    En la carta de 1º de mayo de 1912, que Foucauld envía a Massignon,
    expone, de una manera breve lo esencial de su espiritualidad:
    «Es amando a las personas que aprendemos a amar a Dios. La manera de
    adquirir la caridad en relación con Dios es practicándola con las personas». Y
    afirma su convicción profunda: Se muy bien a lo que Dios llama a todos los
    cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes o laicos, célibes o casados: a ser
    apóstoles, apóstoles por el ejemplo, por la bondad, por un contacto bienhechor,
    por un afecto que llama al retorno y que conduce a Dios, apóstoles ya como
    Pablo, ya como Priscila y Aquila, pero siempre apóstoles».


    El 28 de noviembre de 1916, tres días antes de su muerte, Foucauld
    termina la copia de las Poesías tuareg que había recogido (210 poesías, entre
    las 575 de la edición original de dos tomos (1925, 1930), que han sido
    publicadas por Albin Michel en 1977, con introducción de Dominique Casajus,
    bajo el título: Charles de Foucauld, Chants touaregs). Vive entre dos polos: los
    encuentros de amistad con los tuareg y los trabajos sobre la lengua tuareg. No
    quiere sacrificar ni una cosa ni otra. A su prima le hace la siguiente confidencia:
    «Mis amigos tuareg son agradecidos, afectuosos; por este lado estoy contento;
    pero haría falta poder ocuparme más de ellos, ir a verlos, consagrarles todo mi
    tiempo. Deseo terminar mis trabajos de lengua, necesarios también, y que
    deben ser hechos lo primero
    ” (LMB, 15 agosto 1912). Los trabajos lingüísticos
    son para Foucauld un trabajo que vale por si mismo. A medida que avanza y
    profundiza en el objeto mismo de su trabajo, cada vez más este trabajo le
    aparece como una realidad que vale por si misma y no como un paso para la
    evangelización. Para Foucauld el trabajo científico tiene una seriedad extrema
    y pide consagrarse enteramente. El hecho de que durante diez años Foucauld
    trabaje en la lengua de los tuareg nos da una idea de su concepción de la
    reciprocidad en la amistad, pues indica que apreciaba los valores de los tuareg
    y su sabiduría. Esta es la razón por la que le dice en una carta a Massignon, el
    8 de septiembre de 1909: “busco a una persona que realice un estudio
    lingüístico, arqueológico, sociológico, histórico del país de los tuareg”,
    añadiendo que “este estudio pide unos treinta años. Científicamente esto
    tendrá un interés máximo
    ”. Si estos trabajos son tan esenciales para él, es
    porque podrán permitir a la población tuareg acceder en primer lugar y ante
    todo a la “instrucción”; ya que el nivel cultural de las poblaciones en las que
    vive es muy bajo, pues tiene la convicción de la fundamental igualdad
    intelectual de todo grupo humano. Para Foucauld se trata de una especie de
    confianza primera en la capacidad racional de todo ser humano y la necesidad
    de instrucción, pues el desarrollo de la inteligencia, lejos de impedir la fe, es un
    puente para acceder a ella. Del mismo modo, el desarrollo de una moral natural
    y de una religión natural le parece también como una apertura para la fe
    cristiana.
    Después de todo lo expuesto hasta aquí podemos afirmar que
    verdaderamente la amistad es una categoría teológica y evangelizadora
    vivida por Carlos e Foucauld y todos sus seguidores, que tienen que vivir
    en sus carnes la tensión de que, por un lado, todos los pueblos de la tierra
    tienen sus propios medios de acceso a Dios y que al final de nuestros días
    a todos se nos juzgará por el bien o el mal que hayamos cometido, pero,
    por otro lado, somos enviados por el Espíritu de Jesús a que se conozca y
    se pueda vivir, en la comunidad de sus seguidores, su mensaje de vida y
    amor hasta extremos insospechados. Ciertamente que hay muchos
    medios de acceso a Dios, pero el de la amistad desinteresada, probada
    por el testimonio de vida, es el medio privilegiado para una auténtica
    evangelización.

1 P. LAÍN ENTRALGO, Teoría y realidad del otro, Madrid, 1983, p. 337.

2 TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica II-III, q.25, a7.

3 Mt 11, 19 y Lc 7, 34
4 Lc 12,4; Jn 15, 14s.

Carlos de Foucauld, la fraternidad vive entre los tuareg

Desde Roma, Giovanni Ruggiero
(«Avvenire», 13/11 / ’05)

  

«No fue al desierto para estar más cerca de Dios,
sino para estar más cerca de la gente que el desierto mantiene alejada del mundo».
Habla el hermano Antoine Chatelad, durante medio siglo en los lugares del «marabout».

Quien va a Tamanrasset piensa que en el desierto solo hay piedras y estrellas. En cambio, hay hombres. Los tuareg todavía llegan tan lejos. Charles de Foucauld los buscaba, esos hombres a quienes el desierto mantiene alejados del mundo.
Hace cien años se mudó aquí y, en primer lugar, presentó al mundo a este pueblo orgulloso y luego misterioso. Cien años después, mientras se proclama bendecido el morabito de Roma, la ermita sigue allí. En el duro suelo pedregoso de Assekrem y bajo las mismas estrellas todavía hay tuareg que toman y dan, como hicieron con el hermano Charles. «Después de compartir todos sus recursos con otros, durante una hambruna – leemos en una breve biografía – enfermó gravemente. Quedó reducido a la impotencia y luego vivió, en total abandono de Dios, en manos de sus amigos y vecinos, por cuya salvación ofreció su vida. Fue la solicitud de los pobres tuareg, cuidando su morabito, lo que le salvó la vida ».
El mensaje del hermano Charles está todo aquí. El hermano Antoine Chatelad es otro morabito. Decimos sacerdote. Los tuareg, en cambio, dicen marabut : el que los pone en contacto con Dios.
El morabito Hermano Antoine no quería ser párroco, sino vivir entre otros y, al mismo tiempo, quería vivir intensamente la vida religiosa. Tamanrasset le pareció la solución cuando, al salir del seminario de Lyon, decidió seguir el mismo camino que los Hermanitos de Foucauld. Ahora es párroco en Tamanrasset, en el corazón del Hoggar argelino, y durante años ha vivido en la misma ermita que el hermano Charles en el terreno pedregoso de Assekrem. Hoy está en Roma. Nos dirá: «Cuanto más veo ciudades y capitales, más siento la necesidad de volver al desierto».
En Assekrem sucedió porque el noviciado de los Hermanitos tuvo lugar en el norte del desierto argelino: «Fui a Tamanrasset – dice – y comencé a vivir entre la gente. Aprendí su idioma y viví entre ellos, como ellos. Los superiores me dijeron que sería un alojamiento temporal, pero cuando conocí a estas personas no quise ir a otros lugares ». En Tamanrasset se quedó: «Vi a los tuareg, los árabes y las otras tribus del desierto, y comencé a vivir con ellos».
En 1905, el hermano Carlos dio vida a su manera de evangelizar «no a través de la palabra – dice siempre su biografía – sino con la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del santo sacrificio, la oración, la penitencia, las prácticas de las virtudes evangélicas». , la caridad,caridad fraterna universal «.
La clave para entender al hermano Carlos y a los sacerdotes como el morabito Antoine es esta: la caridad fraterna universal. «Yo no fui a buscar el desierto – dice el hermano Antoine -, sino la gente que vive en el desierto, y cuando comencé a interesarme por Charles de Foucauld comprendí que él buscaba las mismas cosas. No se fue al desierto para estar más cerca de Dios, sino para estar más cerca de la gente que el desierto aleja del mundo ».
¿Quiénes son estos hombres? ¿Que quieren ellos? ¿Qué le piden al morabito? «Los tuareg – testifica el cura del desierto – no piden nada: tienen sus referentes y su Olimpo. Buscan relaciones humanas, buscan amistad, buscan escuchar y compartir ».
¿Es todo esto extraño? «Absolutamente no. El propio hermano Carlos decía que no era misionero, sino monje, aunque luego se comportó como misionero porque daba limosna, se ocupaba de los enfermos. Al principio era él quien traía algo, luego hubo un momento en su vida, cuando se enfermó, cuando los demás lo cuidaron. Al principio, quería estudiar el idioma tuareg para llevar el evangelio a este pueblo. Luego simplemente los escuchó. Recogió sus poemas, sus leyendas. Nunca se había escuchado a los tuareg hasta entonces. Dio a conocer su cultura ».
Es inusual que cuando el hermano Antoine se mudó al desierto hace muchos años, se interesó poco por el fundador. Pero vivía en su casa de piedra en Assekrem, aprendió el idioma tuareg de los libros del hermano Charles y, además: «Hace cincuenta años, cuando llegué a Tamanrasset todavía había mucha gente que lo conocía a él y a mí. hablaron de él. Me apasiona ».
Dos mensajes provienen de Tamanrasset. Uno es traído por el viento del desierto y está escrito en las piedras: el descubrimiento de la vida sencilla, de la hospitalidad, de las relaciones humanas. El otro lo lleva Charles de Foucauld. Está escrito en su vida, la de un hombre que compartió la existencia de los excluidos. Para los Hermanitos, todo esto se llama hermandad universal.

Carlos de Foucauld un guía en nuestros desiertos

Carlos Eugenio de Foucauld (1858-1916), oficial, explorador y religioso. En Tamanrasset, ante su primera capilla. Tamanrasset, ALGERIA – v.1905.


¿Qué podemos retener hoy de la vida de Charles de Foucauld y su “apostolado de la bondad”? François Vayne, periodista y escritor, da testimonio de su relación personal con este ex soldado que se convirtió en explorador, luego ermitaño y artesano del diálogo islámico-cristiano.
François Vayne, periodista y escritor

Publicado el 30/05/2020 en La Vie.


Un poco antes de la fiesta de Pentecostés, nos enteramos de la próxima canonización del Beato Carlos de Foucauld, «confesor de la fe», tras el reconocimiento de un milagro obtenido por su intercesión. Al mismo tiempo que este anuncio, la Sala de Prensa de la Santa Sede dio a conocer que Pauline Jaricot podría ser beatificada. Estas dos grandes figuras católicas francesas, el oficial libertino que se convirtió en ermitaño silencioso en el Sahara y el fundador laico de la Obra Pontificia para la Propagación de la Fe, parecen a primera vista oponerse en su concepción de la misión. En realidad, se unen por su común deseo de llevar el Evangelio a partir de la espiritualidad del Corazón de Jesús, lejos de ciertos modelos clericales en boga en el siglo XIX. Los “Reparadores del Corazón incomprendido y despreciado de Jesús”, fundado por Pauline Jaricot, como la “Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús”, que Charles de Foucauld hubiera querido ver desarrollarse durante su vida, anunciaron la convocatoria santidad universal lanzada por el Concilio Vaticano II, este «nuevo Pentecostés» que devolvió a los fieles laicos su dignidad de bautizados responsables del testimonio del Evangelio en la vida cotidiana. Si en Pentecostés Jesús desaparece de nuestros ojos, ¿no es para que seamos su corazón y su rostro, su presencia en la sociedad, como pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo?

Esto es lo que el símbolo del Corazón y la Cruz de Jesús, lucido por el padre de Foucauld en su hábito religioso, quiso significar con anticipación. El beato y futuro santo da así su verdadero significado a este símbolo bordado a veces en banderas francesas para apoyar causas políticas nacionales. En lugar de ondear el Sagrado Corazón en estandartes, ¿no es más importante vestirse con él interna y espiritualmente? Esto es lo que aprendí durante mi juventud argelina, en la escuela del «hermano universal», pocos años después de los conciertos de trompeta para la Argelia francesa.

Su canonización consagrará este modelo evangélico que bien podría transformar el perfil de la Iglesia católica en los próximos años, como en la época de San Francisco.
Nacido de un padre desconocido al final de la guerra de Argelia, estoy muy vinculado espiritualmente a Charles de Foucauld: él es mi guía y mi protector. Cuando todavía era un niño en Argel, mi madre me regaló una foto de él, en la parte posterior de la cual mi padre invisible, que se fue a Francia, había escrito estas palabras: «Él te protegerá y te amará por mí». Es aún más importante en mi vida que, habiendo crecido en la pequeña comunidad cristiana de Argel, después de la independencia, he escuchado a menudo el ejemplo del «hermano Charles» mencionado en relación con nuestras relaciones con nuestros amigos musulmanes. Para nosotros, él ya es santo desde hace mucho tiempo. Malentendidos de índole política, en relación con la colonización, parecían haber pospuesto sine die su canonización. La Santa Sede probablemente no quiso causar malentendidos con el gobierno argelino. El testimonio de los 19 benditos mártires de Argelia, que derramaron su sangre junto a muchos musulmanes víctimas de la violencia durante la década negra de la guerra civil, sin duda habrá arrojado luz sobre el mensaje fraterno de Charles de Foucauld que reivindicaron. todos cerca y lejos, mis amigos de Tibhirine en particular. Christian de Chergé firmó su célebre testamento el 1 de diciembre, aniversario de la muerte violenta de Charles de Foucauld.

Menos de diez años después de la serie de asesinatos de religiosos en Argelia, el hermano Carlos fue beatificado en Roma el 13 de noviembre de 2005. Esta celebración en la que tuve el placer de participar destacó un estilo profético de vida cristiana. desnudo, radiante, que hace de la religión un amor. Su canonización consagrará este modelo evangélico que bien podría transformar el perfil de la Iglesia católica en los próximos años, como en la época de San Francisco. El apostolado de la bondad, el abandono espiritual y la presencia discreta entre los pequeños, son los tres secretos, creo, de esta renovación eclesial «foucauldiana» que se ofrece, como oportunidad actual, a la institución clerical romana.
Al contemplar, en mi adolescencia, los seis exvotos que dejó Charles de Foucauld en el santuario de Nuestra Señora de África, que domina la bahía de Argel, admiré las etapas de su vida misionera. «Mi apostolado debe ser el de la bondad», dijo el ex oficial de caballería entrenado en Saumur, que luchó con sables la rebelión de Sheikh Bouamana contra la presencia colonial, en el sur de Orán, con el futuro general Lapperine. El arma de Dios es, por tanto, su bondad, comprendió a partir de la lectura del Evangelio, habiendo dejado el ejército para convertirse en explorador de Marruecos, luego en trapense y finalmente en ermitaño en medio de los tuareg, artesano del diálogo islámico. -Cristiano. Tres años en Nazaret le habían familiarizado con la ternura de Jesús y quería «gritar el Evangelio de vida», tejiendo con cada uno relaciones de amistad, como lo hizo en particular en Tamanrasset con amenokal, Moussa. Ag Amastan, jefe de una confederación tuareg. Ya no pensaba en convertir, sino en amar. «Estoy seguro de que el buen Dios dará la bienvenida al cielo a los que fueron buenos y honestos sin ser católicos«, escribió sobre los musulmanes que lo rodearon, sin ningún motivo ulterior de proselitismo, precursor en este Concilio Vaticano II y su documento más famoso sobre libertad religiosa, Dignitatis Humanæ. «No se trataba de predicar, sino de ser a la manera de Cristo«, me explicó uno de sus discípulos, el padre René Voillaume, durante su última entrevista, que me concedió en abril de 1999 para el diario La Croix.

Estoy seguro de que el buen Dios dará la bienvenida al cielo a aquellos que fueron buenos y honestos sin ser católicos romanos. (Carlos de Foucauld)

Carlos de Foucauld puso su apostolado de bondad bajo el signo del Corazón de Jesús, recibiendo allí con amor filial su confianza en la paternidad divina, fuente inagotable de fraternidad universal. «Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos a que me consideren su hermano«, le escribió a su prima Marie de Bondy, practicando una espiritualidad de entrega a la voluntad del Padre Celestial, a imitación de Jesucristo. Esta espiritualidad se profundizó en su ermita de Assekrem, en el sur de Argelia, cuando fue salvado del hambre por los tuareg que le trajeron leche de oveja en 1908. Se ofreció como pobre a Dios en completa entrega de sí mismo. «Padre mío, me entrego a ti. Haz lo que quieras conmigo. Hagas lo que hagas conmigo, gracias. Estoy dispuesto a todo, acepto todo, siempre y cuando se haga tu voluntad en mí, en todas tus criaturas, no quiero nada más mi Dios pongo mi alma en tus manos, te la doy mi Dios .. . ”Con unos doce años, balbuceé por primera vez su Oración del Abandono aprendida de memoria, en medio de las dunas de arena. Fue en El-Goléa, con mi madre y algunos de sus amigos, frente a la tumba del hermano Carlos. Allí, un niño rubio perdido en la inmensidad sahariana, entendí que tenía un padre que me amaba desde toda la eternidad, recibí el corazón de un hijo en el Hijo para ser mi hermano para todos. En el desierto había escuchado al Señor decirme también: “Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado ”(Sal 2, 17).

Después de haber trabajado en Roma durante siete años, me gusta ir a rezar con las Hermanitas de Jesús, en Tre Fontane, frente al altar eucarístico del Padre de Foucauld, reservado con amor por ellas. Esta reliquia evoca el tercer secreto del hermano Carlos, después del Evangelio y del Sagrado Corazón: el Santo Rostro de Jesús. Símbolo del Verbo Encarnado, lo adoró internamente en el sacramento de la Eucaristía, don que Jesús hizo de sí mismo y que nos revela el amor infinito de su Padre por cada ser humano. Conmovido profundamente por estas palabras de Cristo puestas en relación, «Todo lo que le haces a uno de estos pequeños, es a mí a quien lo haces» y «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre«, dijo. Buscó y amó a Jesús en los pequeños, en el fondo de esta Amazonía del norte de África que era para él la región bereber del Sahel. Al no poder celebrar la Misa durante meses, porque la regla exigía que el sacerdote tuviera un monaguillo, creía intensamente en el resplandor de la presencia eucarística que santifica misteriosamente a los que viven cerca.

La única partícula de nobleza que le importa a un cristiano, ¿no es la de la santidad diaria? ()Carlos de Foucauld)
Carlos Eugène de Foucauld de Pontbriand se fue transfigurando gradualmente por la adoración, convirtiéndose en Carlos de Tamanrasset, otro Cristo, como Francisco de Asís, Bernadette de Lourdes, Ignace de Loyola o Thérèse de Lisieux … La partícula de la única nobleza que cuenta para cristiano, ¿no es el de la santidad diaria?

Murió a la edad de 58 años el 1 de diciembre de 1916, asesinado por rebeldes Senusitas de Libia, aliados con Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, nos recuerda que la ofrenda de nuestra vida a Dios es la única forma de dar fruto, según la parábola del Evangelio, como el grano de trigo que cae en tierra. Además, puede ayudarnos a sentir la urgencia de un despojo de uno mismo, de una purificación del culto y de un retorno al Evangelio, para dar testimonio en silencio en el corazón de nuestros desiertos, en la sociedad secularizada. donde estamos inmersos. Su canonización será una promesa en este sentido para toda la Iglesia.

Detrás del icono de Carlos de Foucauld, la fuerza de la amistad»

Jean-Paul Vesco el obispo de Orán, rinde homenaje a la fecundidad del mensaje de este “hermano universal”.


Carlos de Foucauld fue asesinado hace más de cien años frente al Bordj que había construido en Tamanrasset para proteger a los habitantes de una pequeña aldea que ahora se ha convertido en una gran ciudad. Esta muerte violenta sacó a la luz la vida oculta de este hombre quemado por el deseo de dar su vida como signo del mayor amor a su Señor. Su muerte contribuyó fuertemente a forjar un icono de un ermitaño perdido en las arenas del desierto, que no dice con precisión la verdad de este destino tan singular, de alcance tan universal. Con el tiempo, ha surgido una imagen mucho más compleja, más bella y más humana de la personalidad de Carlos de Foucauld. Lejos de la inmovilidad de un icono, el testimonio de Carlos es ante todo el de una trayectoria compuesta de conciencia y sucesivas conversiones. Es en esto que se une a nuestras vidas y todavía habla al corazón de tanta gente.

Hay muchas formas de leer la vida de Carlos de Foucauld, tan rica e inagotable que es. Podemos centrarnos en la radicalidad de la conversión de este hombre, huérfano de padre y madre a los cinco años, en busca del ideal después de haber, junto a su amigo de la infancia, «desaprendido a rezar», y que ahogó su disgusto por vivir en las fiestas que ofrecía a sus amigos de la escuela de oficiales. Quizá queramos seguir a este hombre en busca del último lugar y la vida escondida de Jesús en Nazaret, buscado en una Trapa nunca lo suficientemente lejos, nunca lo suficientemente pobre, y finalmente encontrado por un tiempo en una choza al fondo del jardín de Clarisas de Nazaret.

Habiendo consentido finalmente en ser ordenado sacerdote, el 9 de junio de 1901 en la capilla del seminario mayor de Viviers, uno puede conmoverse por su celo misionero y su deseo de llegar a los más alejados del anuncio evangélico, hasta las fronteras de El Sahara francés de la época, al no poder evangelizar Marruecos, lo exploró de forma heroica y lo advirtió antes de su conversión. Todavía podemos asombrarnos de su titánica actividad científica, que le permitirá, en tan sólo once años de presencia en Tamanrasset, escribir el primer diccionario de la lengua de los tuareg, que sigue teniendo autoridad en la actualidad, y reunir miles de versos de una poesía transmitida hasta entonces sólo por oralidad.

Esta fraternidad ofrecida a todos, independientemente de su afiliación religiosa, étnica o nacional, es el sello distintivo de la fraternidad de los discípulos de Cristo.
Otra clave para leer la vida de Carlos de Foucauld es la amistad. La amistad marca la vida de Carlos desde la infancia hasta el día de su muerte. El pseudo ermitaño del desierto ha mantenido toda su vida una correspondencia considerable (6000 cartas encontradas hasta la fecha, muchas están perdidas), en particular con su adorada prima, Marie de Bondy, y el padre Huvelin, su padre en la fe y también su » mejor amigo «. Un acercamiento demasiado apresurado a la vida de Carlos en Tamanrasset podría llevarlo a usar la amistad con los tuareg como último recurso, sin poder participar en una proclamación explícita del Evangelio. Quizás este era el caso en la mente de Carlos en el momento de su llegada, cuando se esforzó por escribir rudimentos de gramática y léxico destinados a permitir que hipotéticos misioneros vinieran y transmitieran su mensaje, sin esperar nada a cambio de estos “pobres de la tierra”. En cambio, Carlos descubrirá hombres y mujeres, sin duda desconocidos para los buenos franceses de su tiempo, pero arraigados en una tradición, una religión y una cultura por las que será tan apasionado hasta el punto de sacrificar horas y horas de oración. Esta relación de alteridad y reciprocidad propia de la amistad se establecerá entre ellos y él.

Es entonces, y solo entonces, que se convertirá en el hermano universal que tanto anhelaba ser. Esta fraternidad ofrecida a todos, independientemente de su afiliación religiosa, étnica o nacional, es el sello distintivo de la fraternidad de los discípulos de Cristo. Una fraternidad que no se basa en una afiliación humana común, sino que se recibe de una amistad en el espejo de la que podemos reconocer en cada persona el reflejo de un creador único. Esta amistad fraterna, o esta fraternidad universal, por la que Carlos se entregó al riesgo de morir, lo convierte en un gran testimonio de esta fraternidad cristiana a la que estamos llamados por Aquel que dijo a sus apóstoles: » No hay amor más grande que dar la vida por tus amigos. «

En cuanto a otros grandes testigos, como los monjes de Tibhérine o Mons. Pierre Claverie, la muerte de Carlos de Foucauld no se buscó y no se esplica en sí misma. Destaca el éxito de una vida cuya inmensa fecundidad no pudo prever Carlos, el hermano universal. Más cerca de casa, la muerte del padre Jacques Hamel no dice nada por sí sola, excepto la ceguera de sus asesinos. Pero destaca la belleza y la fidelidad de una vida entregada hasta el final por un sacerdote humilde para seguir a su Señor.

EL APOSTOLADO DE LA AMISTAD MEDIANTE LA BONDAD

El acceso a Dios, que es lo importante en toda acción misionera, se puede realizar de muchas maneras. Citemos las tres más importantes: a) a través de la belleza de la realidad, descubriendo el orden y la armonía; b) a través del amor desinteresado por el hermano, trabajando por la justicia y la paz; y, c) a través de la amistad, que es distinta de la caridad, ya que ésta es indiscriminada y se abre a todos los seres humanos, y, en cambio, la amistad implica preferencia por una persona determinada. De todos modos la amistad incluye un componente universal ya que se ama a un ser humano como se quisiese amar a toda la especie humana. En la auténtica amistad no debe haber ni dominio ni dependencia, como la imagen original y perfecta de la esencia de Dios, que tenemos en la Trinidad. Es lo que dice Jesús: “Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). Así, toda amistad auténtica, presidida por el afecto, pero preservada de la dominación y de la dependencia, es una experiencia espiritual donde Dios se hace presente, ya que es Él quien posibilita la proximidad de dos seres humanos sin que peligre la autonomía de cada uno. En este sentido, la amistad sostiene la vivencia espiritual.

1. Carlos de Foucauld apóstol de la amistad

Carlos de Foucauld además de intentar durante toda su vida no hacer distinción de personas y ser “hermano universal”, vivió la experiencia de amistad también con aquellas personas a las que había sido enviado. Así, hay que señalar la especial relación que le unió con Moussa ag Amastane desde el primer momento de su encuentro en junio de 1905. Gracias a éste, Foucauld pudo instalarse en Tamanraset. Moussa es el único tuareg que ha expresado en diferentes cartas sus sentimientos sobre el marabú Carlos de Foucauld. En una de estas, enviada después de la muerte del hermano Carlos, a su hermana la Sra. de Blic, como se puede leer en el libro de R. BAZIN, Charles de Foucauld Explorateur du Maroc Ermite au Sahara, París 1921, 466, dice:

Desde que me he enterado de la muerte de nuestro amigo Carlos, su hermano, mis ojos están cerrados, todo esta oscuro para mí y he llorado. He llorado mucho y estoy de duelo riguroso. Su muerte me ha dado mucha pena… Carlos, el marabú, no está muerto solamente para vosotros, ha muerto también para nosotros. Que Dios le de misericordia y nos podamos reunir en el paraíso”.

Carlos de Foucauld, el año 1910, en una carta al padre Laurain escribe:

“Algunas visitas sinceras entre las capas más diversas de esta población, algunos me tienen mucha confianza, y con otros, si bien no tengo comunicación íntima, si hay relaciones amistosas. Esto es significativo, dada la extensa distancia que existe entre esta nación y nosotros” (Lettre au père Laurain, 27.11.1910).

              El hermano Carlos también conoce y tiene relación de amistad con otros tuareg, como le dice a su amigo Garnier en 1913 (Lettre à Garnier 23.02.1913, Archivos de la Postulación):

“He aquí, como mínimo, cuatro ‘amigos’ en los que puedo confiar del todo. ¿Cómo nos hemos hecho amigos?, de la misma manera que surge la amistad entre nosotros. No les he hecho ningún regalo, pero han comprendido que tienen en mí un amigo fiel, que me entregaba a ellos. Los que trato aquí como buenos y verdaderos amigos son: Ureg ag Uksem, jefe de los Dag-Ghali, su hermano Abahag Chikat ag Mohamed, un hombre de sesenta y seis años que no sale mucho, y el hijo de este último: Uksem ag Chikat (que yo llamo mi hijo). Hay otros con los que tengo simpatía, pero con estos puedo contar para muchas cosas. A estos cuatro les puedo pedir cualquier cosa, información o servicio y estoy seguro que harán todo lo posible por conseguirlo”.

2. Foucauld ya no habla de hermanos, sino de “amigos”

En 1904 trató de llegar a ser hermano de todas aquellas personas que no podían entender su deseo de fraternidad. Pasado el tiempo, su enfermedad de 1908 fue crucial para su “segunda conversión”, pues era incapaz de hacer nada y se pudo recuperar gracias a la ayuda de los tuareg (Cf. J. L. VÁZQUEZ BORAU, Beato carlos de Foucauld, Edibesa, Madrid 2010, págs 72-77). Así, poco a poco se fueron creando vínculos entre ellos, convirtiéndose algunos en amigos.

Según la opinión del hermano Antoine Chatelard, sucesor de Foucauld en Tamanrasset, Foucauld podía desear ser hermano de todos, pero no podía ser el amigo de todos, como lo expresa en una carta a su amigo Henry de Castries:

“Pasé todo el año 1912 en este poblado de Tamanrasset. Los tuareg son para mí, una compañía muy consoladora, no puedo dejar de decir lo buenos que son conmigo y como he encontrado también en ellos personas rectas. Uno o dos de ellos son amigos de verdad, una cosa tan extraña y preciosa en todas partes” (Lettres à Henry de Castries, Grasset, París 1938, 8. 01. 1913, 196)

Y el 18 de diciembre dice en una carta a su prima: «Mis vecinos tuareg siguen siendo muy buenos conmigo, y por parte de los familiares de Uksem, me muestran mucho afecto y una gran confianza” (Lettres à Mme de Bondy, DdB, París 1966, 225).

  La amistad pide reciprocidad y tiene grados. Se van produciendo fuertes vínculos entre él y quienes lo acogieron. Al padre Voillard, en la carta del 12 de julio de 1912, que ya hemos citado anteriormente, le dice:

“La confianza que me conceden los tuareg del poblado es cada vez más grande. Las amistades se vuelven más íntimas, y las nuevas amistades que se forman, también lo son. Intento prestar el máximo servicio”. (CH. DE FOUCAULD, Correspondances sahariennes, París, Cerf 1998, 863).

El comandante Meynier pasa por Tamanrasset a principios de 1914 y confirma lo dicho:

“En este período, el Padre de Foucauld está unido en amistad real con dos o tres familias tuareg, cosa conocida por todos los funcionarios del Sahara central. ¿Sus relaciones con ellos eran como las que hubiera podido tener con cualquier familia distinguida de sus amigos de Francia? De hecho hemos visto, mediante la lectura de su cuaderno de notas, que su relación es muy familiar” (A. CHATELARD, És possible ser germà universal i amic? L’experiència de Charles de Foucauld, Conferencia en la Sala Casaldàliga, Barcelona 10. 06. 2010).

Ahora bien, tanto sus amigos musulmanes, como los ateos o agnósticos, como por ejemplo sus grandes amigos Gabriel Tourdes y Henry Laperrine, o sus amigos judíos y protestantes de Francia, que visitó con el joven Uksem, todos forman parte de la misma relación de hospitalidad y de amor fraternal. Todos estos hombres y mujeres, muchos amigos de juventud, amigos del Sahara, tanto tuareg como franceses, musulmanes o cristianos, creyentes o no, todos los que contaba entre sus amigos, ejercieron en él, una influencia que dio forma a la evolución de su pensamiento y a su comportamiento humano, así como su fe y sus prácticas religiosas. Gracias a ellos y sin que lo notase se dejó humanizar, como se dejó moldear y convertir. Remarcable reciprocidad para aquel que al inicio, sólo pensaba en dar y en convertir! Foucauld da testimonio en medio de la lucha, de la violencia y de la desconfianza, que otro tipo de relación es posible y que la debemos realizar en el respeto, la aceptación y el amor. Incluso superó, en términos de actitud y relación, sus propias posiciones teóricas sobre el Islam. Su relación con el Islam no es tanto el descubrimiento de otra religión, que ya la conocía, si no el encontrarse con hombres y mujeres concretos, donde deposita toda su energía por entender y hablar su lenguaje y poder comprender su cultura.

3. La presencia silenciosa del apóstol

En el verano de 1919 el padre Albert Peyriguère, una vez finalizada la I Guerra Mundial y restablecido de las heridas de guerra, se reincorpora al trabajo de profesor en el seminario, sin estar del todo recuperado. Físicamente debilitado y espiritualmente inquieto, se expresa de este modo en una carta del 23 de agosto de 1919 a un amigo del campo de concentración:

“He vuelto a mi trabajo del seminario, pero las fuerzas, aún no recuperadas de las sacudidas de la guerra, me han traicionado… Ruega encarecidamente a Dios por mí. Me parece, en algunos momentos, que el Señor me llama a pertenecerle más plenamente» (A. PEYRIGUERE, Los caminos de Dios, Nova Terra, Barcelona 1968, 50).

Peyriguère ya no es el mismo, la guerra le ha cambiado. Se siente atraído hacia una vida más profunda y por otro lado le asalta una fuerte ambición de conquista. Su salud le impone un largo período de descanso y como algunos de sus compañeros habían partido hacia África para ingresar en la congregación de los Padres Blancos, dirige su mirada hacia allí, en un intento de ser coherente con sus aspiraciones de apóstol y su salud:

«La guerra ha despertado en mi, mejor dicho, ha precisado ciertas aspiraciones hacia una vida más dura, más conquistadora; la verdadera vida del evangelizador que despojado de todo, va siempre avanzando a través de los grandes espacios, hablando del Buen Maestro a las pobres almas que no le conocen. Mi corazón ya no está en Europa, y todos mis sueños me llevan hacia esa inmensa África donde millones de pobres almas esperan al misionero. Si, si mi salud me lo permite, espero ingresar en los Padres Blancos; todos los demás ministerios ya no me dicen nada y me parecen demasiado ‘caseros'» (Ibid. 66).

Se pone a la búsqueda de un lugar para descansar y desempeñar algún pequeño ministerio, mientras se restablece su salud. Después de diversas consultas Mons. Lemaitre, arzobispo de Cartago, le acogerá en Túnez. De esta forma el padre. Peyriguère realiza la primera toma de contacto con el mundo del Islam. Tenía treinta y siete años cuando llegó a África, el mes de diciembre de 1920, justo cuatro años después de la muerte del hermano Carlos.

Es nombrado capellán del internado de Sillonville, al sur de la península de Capbon, donde permanecerá dos años en condiciones que le permiten descansar y reflexionar. Consciente de que está de paso y que debe partir ya definitivamente a realizar su apostolado entre los infieles, ingresa en los Padres Blancos. Y es aquí, en un ambiente de tranquilidad y de profunda reflexión, donde se va a realizar un encuentro que va a ser definitivo en la orientación de la vocación del padre Peyriguère.

Aparece en Francia, en aquel año 1921, el libro de René Bazin Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Sahara. No tardó en leerlo el padre Peyriguère, porque ya en su correspondencia sostenida con su amigo de guerra, se deja entrever cómo ha captado y le ha impresionado el mensaje del padre Foucauld. Aquello era lo que tanto tiempo le había tenido intranquilo, era la expresión de su vivencia interior:

«Me parece que el apostolado directo no le será posible por ahora. Pero tranquilícese, hay una manera de ser apóstol que está inmediatamente a su alcance y que puede ser fecunda. Lo quiera o no, sus ejemplos y sus palabras, tendrán una influencia directa a su alrededor, a corto o a largo plazo, no importa… Nada se pierde en el mundo moral y cuando los hombres tienen ante los ojos el espectáculo de un hogar verdaderamente cristiano, en donde, lejos de las pequeñeces, de las vulgaridades que a ellos les esclavizan, sientan arder de verdad la llama del ideal, no es posible que de una forma u otra no se sientan arrastrados hacia él… Serán el punto luminoso y ardiente, desde donde irradiará el ideal sobre las pobres almas del vecindario, tan hundidas en la materia, y estos no podrán dejar de sentirse impresionados de la misma manera que seria imposible encontrarse a pleno sol sin sentirse inundados de luz y de calor» (Ibid. 66).

De nuevo otro hecho, insalvable, desviará su camino; una grave disentería compromete definitivamente y sin remedio su deseo de ingresar en los Padres Blancos. Pero su espíritu se deja llevar, porque ante todo está su deseo es cumplir la voluntad de Dios, y se expresa de esta forma en una carta del 3 noviembre1921:

“De momento la cosa apenas marcha. He sido agraciado con una disentería que me tiene agarrado desde hace cuatro meses; me agota y adelgazo continuamente. Tal vez el severo régimen a que estoy sometido logrará dominarla del todo. Pida que sepa aceptar esta prueba, no tanto en si misma, sino porque me obliga a detenerme en relación al cumplimiento de mis sueños y me hace temer que tendré que renunciar a ellos. Que sepa aceptar siempre la voluntad de Dios… En cuanto al apostolado repítase a si mismo estas palabras de un sacerdote que me ha influido mucho en estos últimos tiempos: ‘Se puede hacer más apostolado por lo que se es, que por lo que se dice o por lo que se hace'»(máxima del padre Huvelin, citada por R. Bazin en su libro sobre Carlos de Foucauld) (Ibid. 78).

Y de qué manera tan delicada le hablará a su amigo, en una carta del 2 enero de 1922,y el padre Foucauld de su espiritualidad de Nazaret, que consiste fundamentalmente en ser “amigo de todos”:

«Ojala su hogar, en medio del árido desierto que es el mundo para el corazón del Maestro, sea aquel acogedor oasis en el que Jesús pueda poner el pie y encontrar un poco de reposo y un poco de amor; está tan olvidado en todas partes, Él, que es tan necesario a las almas. Ojala que su hogar sea también como el centro desde donde irradie mucha bondad para hacer que Jesús sea amado… Luego sea en su pueblo ‘mensajero de paz’, manténgase totalmente apartado de las querellas. Con una firmeza incansable sepa tomar partido por el bien y contra el mal… Ignore las divisiones y los partidismos para ser amigo de todos en la medida de lo posible, sin capitulación y sin debilidad» (Ibid. 81).

El padre Peyriguère, después de su periplo personal, se instala en El Kbab y sabe lo que quiere ser y para lo que ha sido llamado. Estas son sus palabras:

“El padre Foucauld alcanza toda su talla en la Iglesia de las misiones y ante el apostolado cristiano, por haber dicho y vivido el significado y la densidad mística, el significado y la densidad apostólica de las presencia silenciosa del apóstol, en realidad de todo cristiano, allá dondequiera que esté: he aquí el alma y la esencia del mensaje foucauldiano” (A. PEYRIGUERE, El tiempo de Nazaret, Nova Terra, Barcelona 1967, 87)

Ser apóstol en Nazaret es sumergirse plenamente en el misterio de la encarnación, tal como lo vivió Foucauld. Peyriguère se hace berebere para llevar el mensaje de salvación a sus hermanos bereberes. Es al mismo tiempo bucear en el misterio de la propia persona, para ir desposeyéndose de todo lo superfluo y encontrar, en lo más íntimo del ser, el misterio de la encarnación. Peyriguère siente la llamada misionera que nace de su misma esencia cristiana:

“Todo cristiano ha de ser misionero, todo cristiano ha de ser salvador con Jesús. Ser cristiano en su pensamiento es, para cada persona, saberse y aceptarse como responsable en su propia alma y en su propia vida de los destinos del misterio de la Encarnación, pero también saberse y aceptarse responsable del misterio de los demás y del mundo entero” (Ibid. 84-85).

El misterio de la Salvaci6n, a través del misterio de la Encarnación como fruto y consecuencia del misterio del Amor de Dios, es lo que querrá vivir el padre Peyriguère en su ermita de El Kbab. Para ello se hará berebere, será uno más, intentará identificarse hasta el último detalle, ropa, comida, lenguaje, para que, tal como él mismo dirá con un deje de intima satisfacción y de sencillez evangélica, que a través de él, este nuevo berebere, Cristo puede ser también berebere y también a través de él sus hermanos bereberes puedan descubrir a su hermano Jesús. Esta vocación de exploración y adelanto, esta vocación de encarnación profunda y total que llevará con verdadero tesón y fidelidad hasta las últimas consecuencias, y en la que quedan recogidas todas sus ansias de justicia y amor a los más pobres, de ternura y heroísmo, de tenacidad y humildad, de búsqueda en los grandes espacios del espíritu, parece hecha a su medida y no la abandonará jamás.

El padre Peyriguere, en su Testamento espiritual, escrito el l0 de febrero de 1959, pocos días antes de su muerte, se expresa así:

“El mensaje del padre Foucauld es de una riqueza muy densa y compleja. Más que una espiritualidad particular, es simplemente, nos atrevemos a decirlo, una visión del Misterio Cristiano… tal como se ha mostrado a los Padres de la Iglesia, ante todo un mundo al que había que convertir tal como debe ser propuesto a los hombres de Dios si queremos que nos escuchen. Muchos son los que vienen a beber de su fuente. Todos, por diferentes que sean unos de otros, deben tener el derecho de inspirarse en el padre Foucauld. Perdidos en la muchedumbre, aislados y viviendo este ideal cada uno en su estado de vida, tal vez alguno o alguna viviéndolo en común, a ellos nos dirigimos. Se adhieran o no abiertamente, en el anonimato o nominalmente, al padre Foucauld, el hecho es que están en su línea. Esta doctrina misionera del padre Foucauld no está simplemente destinada a los sacerdotes y religiosos. También los seglares pueden ser llamados a hacerla suya y a informar con ella su vida. ¡De qué manera, a cada instante, Foucauld nos recuerda que todo cristiano es responsable del destino del Misterio de la Encarnación, en si mismo, sin duda alguna, pero también en el mundo entero! Para él nuestra vocación cristiana se nos ha dado como una vocación de salvadores. El mismo ha llevado en sí la magnífica obsesión de integrar la preocupación misionera en el cristianismo tal como la ha vivido y propuesto que se viva. A pesar de que ciertas expresiones que parecen más bien dirigidas a los sacerdotes y religiosos, nuestro lenguaje se dirige a todos los seglares, estén donde estén y sea cual sea su estado de vida” (A: PEYRIGUER, El tiempo de Nazaret, o. c., 185-186).

4. Vivir una amistad desinteresada

Para René Voillaume, los seguidores de Foucauld, a través de su presencia silenciosa, manifiestan, por su manera de amar, ese respeto misterioso por la libertad de la inteligencia y del corazón que hallamos en Dios: esa paciencia incansable de la misericordia divina, que está humildemente sentada a la puerta del pecador o del incrédulo, y allí espera. Y “manifestar a alguien una amistad enteramente desinteresada, amándole por sí mismo, sin intentar convencerle o traerle a la fe, aunque, desde luego, sin ocultarle nuestra fe, puede ser a menudo la única manera de revelarle la plenitud del amor que reside en Dios”(Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 337).

Y en otro pasaje Voillaume afirma:

“Siguiendo a Foucauld, sus seguidores deben dar testimonio, en medio del mundo, de una vida de intimidad con Jesús, para poder irradiar el Evangelio por medio de la vida. Carlos de Foucauld siempre asoció a la vida de Nazaret la intensa actividad redentora del Sagrado Corazón. El deseo impaciente del oscuro obrero de Nazaret de salvar, por la inmolación de sí mismo, debía desbordar en el silencio de sus relaciones con el Padre. Por eso, lo que debemos desear, primariamente y ante todo, es la total comunión con la vida del Sagrado Corazón, que es el fin mismo de nuestra vida y que exige, igualmente, los contactos con los hombres, para ser vivida en plenitud” (R. VOILLAUME, Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 192).

5. La amistad en el proceso de la misión

Veamos ahora unas páginas extraídas de una biografía del obispo Pedro Casaldáliga donde la presencia silenciosa de una Fraternidad de Hermanitas de Jesús del padre Foucauld, entre los indios tapirapé, a treinta kilómetros de Santa Terezinha, del Mato Grosso (Brasil), que nos mostrará la importancia de la amistad en el proceso de la misión:

“Los tapirapé se han dedicado siempre a la caza, la pesca y a una agricultura muy rudimentaria, pero desde hace unos años la artesanía se ha convertido en una buena fuente de ingresos complementarios. La casa de un artesano se conoce rápidamente porque tiene en la puerta un par de loros desplumados, la imagen de estos, con más piel que plumas, es patética. Los tapirapé aprecian mucho estas aves porque utilizan las plumas que cada año renuevan por hacer las grandes mascares características de la tribu. Awaetekatoi me enseña algunas de sus obras: sencillas, rústicas y bien acabadas. Es un tipo poco hablador pero muy simpático y acogedor. Cuando le pregunto por Casaldáliga hace una profunda inspiración, se acaricia pausadamente el mentón puntiagudo y dice: ‘Dom Pedro tiene la misma palabra que los tapirapé. Nosotros lo consideramos tapirapé’. Le pregunto si creen en el mismo Dios y clavándome sus ojos pequeños, negros y vivos sentencia: ‘Su Dios y el Dios de los tapirapé son el mismo Dios’. La opinión de Awaetekatoi no sorprende a Casaldáliga: ‘Recuerdo que en una de las primeras visitas al poblado, hace muchos años, me presentaron un viejo pâxé, una clase de sacerdote-médico, el hombre de culto de la medicina tradicional. Cuando llegué el pâxé me bendijo, me cogió las manos y me sopló insistentemente para espantar a los malos espíritus que yo pudiera traer. Me sentí sacudido porque pensé que yo podría ser un extranjero e incluso un conquistador, un invasor, ¿verdad? noté que hablaba algo en aras de estos pueblos que habían sentido la presencia de unos invasores que traían malos espíritus para sus tierras y sus culturas’.

  Todavía no he visto en todo el poblado un solo signo religioso que pueda reconocer. No hay ninguna iglesia, ni ninguna cruz, pero hace más de cuarenta años que se instaló una misión de las hermanitas de Foucauld, las que trabajaban con el padre Jentel y que forman parte del equipo de la prelatura de Casaldàliga. Actualmente viven aquí las hermanitas Odile y Genoveva, que todo el mundo conoce como ‘Veva’. Ella fue la primera religiosa que llegó al poblado y ha vivido de cerca todos los conflictos que han afectado los tapirapé. Como todos los pueblos indios, estos también tienen problemas de tierra, en este caso dificultades en lograr que el gobierno haga la demarcación del territorio donde siempre han vivido y especialmente que los grandes propietarios de la región la respeten. Veva y Odile viven en una cabaña más del poblado. En su interior descubro la primera señal de su condición religiosa: cuando entramos estaban rezando en una discreta capilla de poco más de dos metros cuadrados que tienen en un rincón. Nuestra llegada hace que dejen inmediatamente la oración. Las hermanitas de Foucauld son una fraternidad contemplativa, pero su estilo de vida les lleva a estar siempre al servicio de los demás; por lo tanto, aunque sea la hora de la oración, lo abandonan si entra alguien a la casa. Otra característica de estas religiosas es la firme convicción que no pueden ni quieren enseñar nada a nadie: la gente ha de aprender por ella misma, ellas sólo quieren compartir. Veva nos invita a comer arroz y pescado del lago Tapirapé. Es una mujer de setenta y cinco años que ha pasado más de la mitad de su vida entre estos indios y parece como si, del contacto, se le hubiera pegado incluso una cierto parecido físico. El sol de la región le ha dorado y arrugado la piel, tiene los cabellos cortos, lisos y plateados, una mirada bondadosa y unas manos grandes y endurecidas por el trabajo. ‘Nosotros queremos respetar y no imponer, me dice. Cuando llegamos a este poblado la situación era muy difícil, intentamos ayudarles, pero no nos limitamos a darles medicinas, sino que les hicimos ver que había una salida, que no estaba todo acabado’.

  En Silo Félix me habían explicado la dramática historia de los tapirapé y como las hermanitas de Foucauld los salvaron; también me dijeron que ellas no me explicarían nunca lo que habían hecho. No pido a Veva que me explique la historia, pero insisto en saber cual es la filosofía de vida que las impulsó a hacer lo que hicieron. ‘Para dar confianza a los tapirapé, añade Veva, decidimos asumir la vida que hacían, porque entre ellos se había creado el sentimiento de que sus creencias estaban equivocadas y empezaban a despreciar su propia lengua y a pensar que su sistema de vida era malo. Entonces, nosotras, para hacerles ver que su vida sí que tenía un sentido, decidimos asumir todo el que hacían y todo el que tenían’. ‘Nosotros tenemos la gran suerte de la presencia de las hermanitas de Foucauld, dice Casaldáliga. Es una presencia misionera de testimonio y de plena encarnación. En aquella época todavía no se usaba la palabra inculturación entre los misioneros, porque la Iglesia asumió la necesidad de inculturación hace muy pocos años, mucho después de que lo hicieran las hermanitas’. Inculturación. Una palabra que ahora tiene mucho sentido pero que era extraña cuando las hermanitas de Foucauld llegaron al poblado tapirapé. La inculturación para aquellas dos monjas llegó en el momento en que decidieron no intentar convertir los indios al cristianismo, sino que más bien fueron ellas las que se convirtieron a la manera de vivir de los tapirapé. Lo hicieron simplemente como una respuesta a la realidad que veían y como una consecuencia lógica del estilo de vida que la orden las impone. No era habitual a la sazón encontrar misioneros que actuaran de aquella manera, y descubrir esta realidad impresionó profundamente a Casaldáliga, que ha aprendido mucho de estas dos monjas” (F. ESCRIBANO, Descalç sobre la terra vermella, Edicions 62, Barcelona 2001, 120-133).

6. Los métodos misioneros y la no-violencia de Jesús

Algunos meses antes de su muerte, Massignon escribía a un amigo sacerdote diciéndole «la gran deuda que tenía con Gandhi por haberle hecho comprender la no-violencia de Jesús». Massignon comprendió que los métodos misioneros, incluso los más modernos y sutiles, se oponen al método no-violento de Jesús, que proponía sin imponer y no utilizaba la acción psicológica. Se trata de reconocer al otro tal como es y de no tratar de imponerse. Esta no-violencia pide una extrema fuerza interior, pues se verifica en el hecho de considerar al otro como un ser responsable al que se le pueden asignar tareas. Massignon criticaba ferozmente los métodos proselitistas pues veía una violación y especialmente una violación de los más pobres, de los corazones de niño con los que uno fácilmente puede abusar.

La única bienaventuranza de Jesús, del Sermón de la Montaña, que es común a Mateo y a Lucas es esta:

“Dichosos los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los cielos. Felices vosotros cuando, por causa mía, os maldigan, os persigan y levanten toda clase de calumnias. Alegraos y mostraos contentos, pues vuestra recompensa es grande en el cielo. De esta misma manera trataron a los profetas que hubo antes de vosotros” (Mt 5, 1-16; Lc 6, 20-23)

Ser perseguido por causa del bien no significa necesariamente tener que andar escondido, escapar del país, ser perseguido por los poderes públicos, etc. La persecución es la contradicción que nos viene a causa de la justicia, a causa del Reino, a causa de Jesús. La persecución no es siempre algo físico, y habitualmente no es física. El martirio es algo extraordinario: Es la persecución llevada al extremo. Normalmente la persecución es más sutil, más psicológica. Son las contradicciones que nos vienen por actuar de una manera recta, y nos llegan, a veces, de personas y sectores que uno no esperaría.

7. Ser testigos de la bondad

Resulta que la presencia de una persona buena no deja indiferente, lo que pasa es que lo que para una persona es virtud, para otras es debilidad. Donde uno ve generosidad sin límites, otros condenan el exceso vituperando su inmoderación. La sensibilidad a flor de piel es tildada de enfermedad; la falta de ambición, de flaqueza; la sinceridad sin reservas, de necedad, cuando no de infantilismo. Así, personas que han sido consideradas modelos de perfección para edificación de un mundo imperfecto, pasan por excéntricos, inmaduros, casos clínicos. Se admite la bondad extrema si es en un momento dado, pero no si es permanente.

Soren Kierkegaard describía de esta manera al testigo de la bondad:

“Un testigo de la bondad es una persona cuya vida transcurre desde el comienzo hasta el fin ajena a todo lo que se denomina goce… Un testigo de la bondad es una persona que da testimonio de esa bondad desde un estado de pobreza, viviendo en la mediocridad y en la humillación; una persona a quien nadie aprecia en lo que vale, a quien se aborrece, a quien se desprecia, se insulta y escarnece…; y finalmente es crucificado, decapitado, quemado en la hoguera o asado en la parrilla, y su cadáver es abandonado por el verdugo sin darle sepultura- ¡así se entierra a un testigo de la bondad!- o sus cenizas arrojadas a los cuatro vientos…” (Cf. S. KIERKEGAARD, El concepto de angustia, Ediciones Orbis, Barcelona 1984).

8. Descripción de una persona buena

Me ha llamado poderosamente la atención la descripción que hace Jaime Vandor sobre la persona buena y que transmitimos aquí por su alto grado de percepción:

“Entendemos por persona buena quien es capaz de convertir su generosidad en norma y pasión, bondadoso en grado sumo, sincero y veraz en todas las ocasiones, que se entrega y nada busca para sí. Demasiado noble para este mundo, paga por ello: es incomprendido, combatido, a veces escarnecido. Un tipo que, aunque poco frecuente, si existe, pero o pasa desapercibido, o es tenido por insensato, utópico, inepto para nada, equivalente a la frase popular que dice ‘de tan bueno es tonto’. Quien lo da todo es un excéntrico y, como mínimo, un problema para su familia. Sin embargo, pese a sus ‘extralimitaciones’, esta persona que comparte el sufrimiento del prójimo, aportando ayuda y consuelo, ha de constituir para nosotros un ideal hacia el cual tender” (J. VIANDOR, Valores humanos: la cualidad esencial, El Ciervo, Barcelona 1997, nº 550).

Son aquellas mujeres y hombres que iluminan la existencia de las personas que las rodean. Gracias a ellas la vida es más alegre y esperanzada. Son personas-faro.

9. ¿Quiénes son las personas-faro?

1) Son personas cuyo objetivo en la vida no es el dinero, ni el poder, ni la gloria. Procuran no hacer daño, buscan, por el contrario, pasar haciendo el bien. Tienen los ojos y los oídos abiertos para detectar las necesidades de sus prójimos.

2) Han aprendido a dialogar, empezando por la escucha, que es su característica más visible. Y como saben escuchar, han aprendido a hablar con las palabras precisas y en las ocasiones oportunas. Y también a callar…

3) Son personas de paz que la irradian a su alrededor. No echan leña al fuego de las discordias. Son capaces de mediar en los conflictos, buscando cauces de diálogo en los enfrentamientos. No intentan imponer ninguna solución, sino que se prestan a ayudar a que la encuentren quienes están sumergidos en la discordia.

4) Han aprendido a no juzgar. Buscan en cada ser humano lo bueno que hay en ellos. Pueden enfrentarse a los abusadores, pero sin faltarles al respeto en su dignidad de personas. En su forma pacífica objetan, empleando la no violencia activa, sean cuales sean las consecuencias que les acarreen sus acciones. Son sujetos morales que tienen a su conciencia personal como regla inmediata de su conducta responsable.

5) Aportan su voz y su participación en la toma de decisiones de los grupos donde conviven. Son capaces, sin renunciar a sus convicciones básicas, de ceder en parte para llegar a acuerdos o consensos. Pero no tienen miedo, si lo ven necesario, a mantener su posición, aunque sea minoritaria, contra viento y marea. Defienden el derecho al disenso, tanto para ellos mismos, como para quienes discrepen de su postura.

6) Pueden tener muchos o pocos conocimientos y no valoran a las personas en función de los mismos. Pero todas estas personas-faro coinciden en haber alcanzado un nivel de sabiduría bastante considerable. Es un saber-sabor que nace de las experiencias de su vida, de las buenas y, sobre todo, de las dolorosas. Esa sabiduría les capacita para vivir el presente, sin refugiarse en el pasado, ni huir hacia el futuro. Saben distinguir entre las cosas esenciales de las accesorias, que muchas veces quitan el sueño al común de los mortales.

7) Estas personas-luz no son perfectas. Son humanas y, por tanto, limitadas. Es posible que descubramos en ellas incoherencias en el propósito básico de su vida. Sus detractores se aprovechan de ellas para descalificarlas. Cuando lo hacen, la sabiduría de esas personas sale a relucir. Son capaces de agradecer las críticas como medio para superarse. Y sonríen, pues son capaces de perdonarse a sí mismas y de seguir su camino, procurando no volver a caer. Aunque saben que, probablemente volverán a hacerlo.

8) Muchas de esas personas–faro pasan desapercibidas. Los medios de comunicación de masas las suelen ignorar, aunque esporádicamente pueden aparecer en algunas situaciones especiales. Su estilo de vida choca demasiado con esos falsos valores que nos inculca el pensamiento único. Claro que ellas prefieren pasar desapercibidas y tratan por todos los medios de conseguirlo. A veces, hasta las más próximas desconocen que viven al lado de alguna persona con esas características. Y sólo cuando fallecen o cuando desaparecen de nuestro entorno, es cuando nos damos cuenta del vacío que dejan en nuestra existencia. Una luz cálida se ha apagado, dejándonos más fríos y más solos… ¿Quiénes son esas personas? La Biblia los llama justos. La Iglesia los denomina santos. (Cf. P. ZABALA, Personas-faro, Acontecimiento 95, Madrid 20010/2, 15)

¿Cómo vivió la amistad Foucauld en medio de los tuareg?

Vamos a poner el ejemplo de cómo vivió la amistad Carlos de Foucauld en medio de los tuareg, desde que llegó a Tamanrasset el año 1904, hasta que murió en su pueblo de adopción el 1º de diciembre de 1916. El día de Navidad de 1911 escribe a su prima María de Bondy:

he establecido no solamente conocimiento, sino también amistad con las poblaciones nómadas que he encontrado. Desde mí vuelta aquí, mi vida transcurre rezando al buen Dios y recibiendo uno tras otro a todos mis vecinos. Hacía falta que viese a todos mis pobres vecinos, que comienzan a ser viejos amigos, pues llevo aquí ya siete años en Tamanrasset.

El 12 de julio de 1912, en una carta al padre Voillard le dice:

La confianza que me dispensan los tuareg vecinos va en aumento; los viejos amigos cada vez son más íntimos; se forman nuevas amistades.

¿Y qué hace Foucauld? Hago los servicios que puedo, tratando de mostrar que les quiero; cuando la ocasión parece favorable, les hablo de la religión natural, de los mandamientos de Dios, de su amor, de la unión a Su voluntad, del amor al prójimo. No creo que haya que ir rápido: esto les alejaría.

  Ignorantes como son, sólo pueden recibir el Evangelio por autoridad; pero, ¿qué autoridad es necesaria para que la acepten y rechacen la que conocen, aman y veneran?: una autoridad que sólo se puede conseguir después de un largo tiempo, gracias a un contacto íntimo, una gran virtud y la bendición divina.

Se trata, ciertamente, de una autoridad moral y no de una coacción; de una ascendencia espiritual y no de una presión psicológica. Foucauld se referirá a su propia conversión, a la influencia que ejerció sobre él, en aquel momento, su prima María, “por su silencio, su amabilidad, su bondad”. “Ella era buena y expandía su perfume atrayendo, pero sin actuar”, son palabras del hermano Carlos. En la meditación del 8 de noviembre de 1897, cuando era sirviente de las Clarisas de Nazaret, donde relata su conversión, explica que “llegó a la verdad gracias a la bondad de esta persona”, refiriéndose a su prima. Se decía: “Si esta persona es inteligente, la religión en la que cree no debe ser una locura como pensaba”. Esta no-acción de María de Bondy, su bondad silenciosa, es para él un modelo, el modelo que debe y quiere seguir para la conversión de sus hermanos tuareg, el modelo que propone a aquellos y aquellas que tengan el deseo de consagrarse a la evangelización. María de Bondy había dejado tiempo para hacer su obra, y Foucauld cree en el trabajo del tiempo: “Es necesario ir lentamente y discretamente” escribe a su prima el 15 agosto de 1912.

En una carta enviada a su amigo Joseph Hours el 8 de septiembre de 1913, expone para las misiones de Francia con los incrédulos y ateos los mismos métodos que ha preconizado para los países musulmanes de ultramar: “la amistad, la confianza, la simplicidad y, la moderación en nuestra vida”. Constata como las religiones no cristianas son resistentes y habla frecuentemente de las “dificultades” que se pueden encontrar en la evangelización de todos estos seres profundamente religiosos. A Mons. Caron, obispo de la congregación de los Padres Blancos, el 11 de marzo de 1909 ya le había manifestado lo siguiente: “La conversión de los infieles es a menudo difícil”, y un año antes, el 1º de febrero de 1908, ya le había dicho al superior de los Padres Blancos, Mons. Levinhac, que el trabajo pedirá mucho tiempo: “Pasarán quizás siglos entre los primeros golpes de pico y la cosecha”.

Cuando Foucauld habla que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana, hay que recordar lo que le expuso a su amigo Joseph Hours sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. En concreto su carta dice así:

Primeramente, preparar el terreno en silencio por la bondad, un contacto íntimo, el buen ejemplo; entrar en relación, hacerse conocer de ellos y conocerlos; amarlos desde lo hondo del corazón, hacerse estimar y amar de ellos; destruir de este modo los prejuicios, obtener confianza, ganar autoridad, que requiere tiempo; luego hablar especialmente a los mejor dispuestos, muy prudentemente, poco a poco, diversamente, dando a cada uno lo que es capaz de recibir. Los tuareg son incapaces de discutir. La fe, con la ayuda de la gracia, nada más puede nacer en ellos, gracias a la autoridad que se tenga sobre ellos y del testimonio de las virtudes cristianas practicadas delante de ellos. Antes de hablarles del dogma cristiano, hay que hablarles de religión natural, llevarlos al amor de Dios, al acto de amor perfecto. Cuando sean capaces de hacer actos de amor perfecto y de pedir a Dios de todo corazón la luz, estarán muy cerca de convertirse. Cuando vean que los cristianos son hombres más virtuosos que ellos, más sabios que ellos, que hablan de Dios mejor que ellos, estarán muy cerca de decirse a sí mismos que acaso estos hombres no están en el error, y de pedir a Dios la luz.

Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” van juntos: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respetar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad. Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, no una bondad “interesada” o “instrumentalizada” para conseguir conversiones. Foucauld no va tras el triunfo de una causa, sino que practica la bondad.

  El padre Huvelin, instrumento providencial de su conversión y director espiritual mientras vivió, le había invitado especialmente a esta evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet de notas, que escribió en Tamanrasset, en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”:

Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena. Si se me pregunta porqué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÚS! Quisiera ser tan bueno que se pudiese decir: ¿Si así es el servidor, cómo debe ser el Maestro?

Estas palabras Foucauld las entendía bien, pues el padre Huvelin y su prima María habían actuado con él antes de su conversión con la misma bondad silenciosa: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.

          Por todo lo aquí dicho, la amistad es un camino para la evangelización, ya que para Foucauld, como dice en el Art. 28 del Directorio, los seguidores de Jesús deben ser un “quinto Evangelio,

una predicación viva: cada uno de ellos tiene que ser un modelo de vida evangélica. Viéndoles, se debe ver en qué consiste la vida cristiana, que es la religión cristiana, lo que es el Evangelio, quien es Jesús…deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, especialmente los infieles, deben, sin libros ni palabras, conocer el Evangelio por su manera de vivir.

 Es decir, cada uno de nosotros tiene que ser como un “quinto evangelio”, anunciando con su vida a Jesús. Esta manera de actuar es no actuar, la cima del respeto por el otro; este es el modo que preconiza Foucauld ante los otros métodos:

Esta acción por el ejemplo es más fuerte, pues no genera desconfianza, ya que toda apariencia de engaño o de seducción desaparece. ¿En qué se caracteriza este ejemplo? En la bondad: Esta bondad hay que tenerla para todo el mundo.

 Estamos delante de la concepción esencial de la misión para Foucauld: Predicar con el ejemplo, pasar haciendo el bien como Jesús de Nazaret. Y en el Artículo XXVIII del Directorio se nos recuerda:

Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida del amor que acompaña nuestros actos, en la medida en que Jesús vive en nosotros, en la medida en que nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros…La persona hace el bien en la medida de su santidad: tengamos siempre presente esta verdad”.

Y cuando, a continuación Foucauld analiza el punto de la “bondad” dice entre otras cosas:

Por su ejemplo los seguidores de Jesús de Nazaret deben ser una viva predicación: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida evangélica. Al verlos se debe apreciar lo que es la vida cristiana, lo que es la religión cristiana, lo que es el Evangelio, lo que es Jesús.

Y continúa:

El ejemplo es la única obra exterior mediante la cual pueden obrar sobre las almas completamente rebeldes a Jesús, que no quieren escuchar las palabras de sus servidores, ni leer sus libros, ni recibir sus bendiciones, ni aceptar su amistad, ni comunicar de ningún modo con ellos; sobre aquellas no cabe más acción que por el ejemplo; pero esta acción por el ejemplo es tanto más fuerte cuanto no suscita ninguna desconfianza, quedando apartada toda apariencia de engaño o de seducción”.

Para terminar cito el punto 7º del Artículo XXVIII de su Directorio:

  7º.Que los hermanos y hermanas sean buenos. Que sean buenos para obedecer a Jesús, que ha dicho: «El primer deber es amar a Dios; el segundo, amar al prójimo»; la manifestación del amor a los hombres es la benevolencia, la bondad, el hecho de desearles el bien y hacérselo en la medida posible. Que sean buenos para imitar a Jesús «amaos los unos a los otros como yo os he amado». Que sean buenos para ser verdaderamente sus discípulos: «Amáos los unos a los otros; en esto os reconocerán como discípulos míos». Que sean buenos, porque éste es uno de los medios de hacer bien a las almas: «Sembrad amor, recogeréis amor», ha dicho S. Juan de la Cruz. El mejor medio de hacerse querer, es amar uno mismo; y ser amado es el medio de que sigan los ejemplos, escuchen las palabras, valoren los consejos, crean las afirmaciones, adopten sus creencias. Que los hermanos y hermanas sean buenos para hacerse amar y para hacer que se ame todo lo de ellos: su religión, su Maestro. Hay que tener esta bondad para todos; todos son hijos del Padre celestial, todos son imagen de Dios y miembros de Jesús. Teniéndola para los que nos rodean, también para los infieles, estemos en medio o lejos de ellos. Tantas desconfianzas, prejuicios, diferencia de costumbres, a veces tanto odio y desprecio, los tienen alejados de nosotros; para poder hacer bien a sus almas es necesario empezar por apaciguarlos, ir a ellos, ser buenos con ellos, suscitar confianza con el testimonio de la bondad. Los que se resisten a la bondad y la miran como algo interesado, se rinden a la evidencia de los ejemplos; los que se mantienen demasiado lejos para ver los ejemplos, cerrando fácilmente sus ojos ante ellos, se dejan arrastrar por las muestras de bondad. El buen ejemplo y la bondad, los dos son necesarios, grandes medios ambos para hacer bien a las almas, en todas partes y especialmente en país infiel. Que los hermanos y hermanas establecidos entre infieles, los atraigan mediante su bondad y la de Jesús. Que estando allí para trabajar en el aumento del número de los cristianos fervorosos, se hagan amar de ellos y hagan amar a Jesús por su bondad.

CARLOS DE FOUCAULD «APÓSTOL DE LA AMISTAD»

El acceso a Dios, que es lo importante en toda acción misionera, se puede realizar de muchas maneras. Citemos las tres más importantes: a) a través de la belleza de la realidad, descubriendo el orden y la armonía; b) a través del amor desinteresado por el hermano, trabajando por la justicia y la paz; y, c) a través de la amistad, que es distinta de la caridad, ya que ésta es indiscriminada y se abre a todos los seres humanos, y, en cambio, la amistad implica preferencia por una persona determinada. De todos modos la amistad incluye un componente universal ya que se ama a un ser humano como se quisiese amar a toda la especie humana. En la auténtica amistad no debe haber ni dominio ni dependencia, como la imagen original y perfecta de la esencia de Dios, que tenemos en la Trinidad. Es lo que dice Jesús: “Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). Así, toda amistad auténtica, presidida por el afecto, pero preservada de la dominación y de la dependencia, es una experiencia espiritual donde Dios se hace presente, ya que es Él quien posibilita la proximidad de dos seres humanos sin que peligre la autonomía de cada uno. En este sentido, la amistad  sostiene la vivencia espiritual.

1. Carlos de Foucauld apóstol de la amistad

Carlos de Foucauld además de intentar durante toda su vida no hacer distinción de personas y ser “hermano universal”, vivió la experiencia de amistad también con aquellas personas a las que había sido enviado. Así, hay que señalar la especial relación que le unió con Moussa ag Amastane desde el primer momento de su encuentro en junio de 1905. Gracias a éste, Foucauld pudo instalarse en Tamanraset. Moussa es el único tuareg que ha expresado en diferentes cartas sus sentimientos sobre el marabú Carlos de Foucauld. En una de estas, enviada después de la muerte del hermano Carlos, a su hermana la Sra. de Blic, como se puede leer en el libro de R. BAZIN, Charles de Foucauld Explorateur du Maroc Ermite au Sahara, París 1921, 466, dice:

Desde que me he enterado de la muerte de nuestro amigo Carlos, su hermano, mis ojos están cerrados, todo esta oscuro para mí y he llorado. He llorado mucho y estoy de duelo riguroso. Su muerte me ha dado mucha pena… Carlos, el marabú, no está muerto solamente para vosotros, ha muerto también para nosotros. Que Dios le de misericordia y nos podamos reunir en el paraíso”.

Carlos de Foucauld, el año 1910, en una carta al padre Laurain escribe:

“Algunas visitas sinceras entre las capas más diversas de esta población, algunos me tienen mucha confianza, y con otros, si bien no tengo comunicación íntima, si hay relaciones amistosas. Esto es significativo, dada la extensa distancia que existe entre esta nación y nosotros” (Lettre au père Laurain, 27.11.1910).

            El hermano Carlos también conoce y tiene relación de amistad con otros tuareg, como le dice a su amigo Garnier en 1913 (Lettre à Garnier 23.02.1913, Archivos de la Postulación):

“He aquí, como mínimo, cuatro ‘amigos’ en los que puedo confiar del todo. ¿Cómo nos hemos hecho amigos?, de la misma manera que surge la amistad entre nosotros. No les he hecho ningún regalo, pero han comprendido que tienen en mí un amigo fiel, que me entregaba a ellos. Los que trato aquí como buenos y verdaderos amigos son: Ureg ag Uksem, jefe de los Dag-Ghali, su hermano Abahag Chikat ag Mohamed, un hombre de sesenta y seis años que no sale mucho, y el hijo de este último: Uksem ag Chikat (que yo llamo mi hijo). Hay otros con los que tengo simpatía, pero con estos puedo contar para muchas cosas. A estos cuatro les puedo pedir cualquier cosa, información o servicio y estoy seguro que harán todo lo posible por conseguirlo”.

2. Foucauld ya no habla de hermanos, sino de “amigos”

En 1904 trató de llegar a ser hermano de todas aquellas personas que no podían entender su deseo de fraternidad. Pasado el tiempo, su enfermedad de 1908 fue crucial para su “segunda conversión”, pues era incapaz de hacer nada y se pudo recuperar gracias a la ayuda de los tuareg (Cf. J. L. VÁZQUEZ BORAU, Beato carlos de Foucauld, Edibesa, Madrid 2010, págs 72-77). Así, poco a poco se fueron creando vínculos entre ellos, convirtiéndose algunos en amigos.

Según la opinión del hermano Antoine Chatelard, sucesor de Foucauld en Tamanrasset, Foucauld podía desear ser hermano de todos, pero no podía  ser el amigo de todos, como lo expresa en una carta a su amigo Henry de Castries:

“Pasé todo el año 1912 en este poblado de Tamanrasset. Los tuareg son para mí, una compañía muy consoladora, no puedo dejar de decir lo buenos  que son conmigo y como he encontrado también en ellos personas rectas. Uno o dos de ellos son amigos de verdad, una cosa tan extraña y preciosa en todas partes” (Lettres à Henry de Castries, Grasset, París 1938, 8. 01. 1913, 196)

Y el 18 de diciembre dice en una carta a su prima: «Mis vecinos tuareg siguen siendo muy buenos conmigo, y por parte de los familiares de Uksem, me muestran mucho  afecto y una gran confianza” (Lettres à Mme de Bondy, DdB, París 1966, 225).

            La amistad pide reciprocidad y tiene grados. Se van produciendo fuertes vínculos entre él y quienes lo acogieron. Al padre Voillard, en la carta del 12 de julio de 1912, que ya hemos citado anteriormente, le dice:

“La confianza que me conceden los tuareg del poblado es cada vez más grande. Las amistades se vuelven más íntimas, y las nuevas amistades que se forman, también lo son. Intento prestar el máximo servicio”. (CH. DE FOUCAULD, Correspondances sahariennes, París, Cerf  1998, 863).

El comandante Meynier pasa por Tamanrasset a principios de 1914 y confirma lo dicho:

“En este período, el Padre de Foucauld está unido en amistad real con dos o tres familias tuareg,  cosa conocida por todos los funcionarios del Sahara central. ¿Sus relaciones con ellos eran como las que hubiera podido tener con cualquier familia distinguida de sus amigos de Francia? De hecho hemos visto, mediante la lectura de su cuaderno de notas, que su relación es muy familiar” (A. CHATELARD, És possible ser germà universal i amic? L’experiència de Charles de Foucauld, Conferencia en la  Sala Casaldàliga, Barcelona 10. 06. 2010).

Ahora bien, tanto sus amigos  musulmanes, como los ateos o agnósticos, como por ejemplo sus grandes amigos Gabriel Tourdes y Henry Laperrine, o sus amigos  judíos y protestantes de Francia, que visitó con el joven Uksem, todos forman parte de la misma relación de hospitalidad y de amor fraternal. Todos estos hombres y mujeres, muchos amigos de juventud, amigos del Sahara, tanto tuareg como franceses, musulmanes o cristianos, creyentes o no, todos los que contaba entre sus amigos, ejercieron en él, una influencia que dio forma a la evolución de su pensamiento y a su comportamiento humano, así como su fe y sus prácticas religiosas. Gracias a ellos y sin que lo notase se dejó humanizar, como se dejó moldear y convertir. Remarcable reciprocidad para aquel que al inicio, sólo pensaba en dar y en convertir!  Foucauld da testimonio  en medio de la lucha, de la violencia y de la desconfianza, que otro tipo de relación es posible y que la debemos realizar en el respeto, la aceptación y el amor. Incluso superó, en términos de actitud y relación, sus propias posiciones teóricas sobre el Islam. Su relación con el Islam no es tanto el descubrimiento de otra religión, que ya la conocía, si no el encontrarse con hombres y mujeres concretos, donde deposita toda su energía por entender y hablar su lenguaje y poder comprender su cultura.

3. La presencia silenciosa del apóstol

En el verano de 1919 el padre Albert Peyriguère, una vez finalizada la I Guerra Mundial y restablecido de las heridas de guerra, se reincorpora al trabajo de profesor en el seminario, sin estar del todo recuperado. Físicamente debilitado y ­espiritualmente inquieto, se expresa de este modo en una carta del 23 de agosto de 1919 a un amigo del campo de concentración:

“He vuelto a mi trabajo del seminario, pero las fuerzas, aún no recuperadas de las sacudidas ­de la guerra, me han traicionado… Ruega encarecidamente a Dios por mí. Me parece, en algunos momentos, que el Señor me llama a pertenecerle más plenamente» (A. PEYRIGUERE, Los caminos de Dios, Nova Terra, Barcelona 1968, 50).

Peyriguère ya no es el mismo, la guerra le ha cambiado. Se siente atraído hacia una vida más profunda y por otro lado le asalta una fuerte ambición de conquista. Su  salud le impone un largo período de descanso y como algu­nos de sus compañeros habían partido hacia África para ingresar en la congregación de los Padres Blan­cos, dirige su mirada hacia allí, en un intento de ser coherente con sus aspiraciones de apóstol y su salud:

«La guerra ha despertado en mi, mejor dicho, ha precisado ciertas aspiraciones hacia una vida más dura, más conquistadora; la verdadera vida del evangelizador que despojado de todo, va siempre avanzando a través de los grandes es­pacios, hablando del Buen Maestro a las pobres almas que no le conocen. Mi corazón ya no está en  Europa, y todos ­mis sueños me llevan hacia esa inmensa África donde millones de pobres almas esperan al misionero. Si, si mi salud me lo permite, espero ingresar en los Padres Blancos; todos los demás ministerios ya no me dicen nada y me parecen demasiado ‘caseros'» (Ibid. 66).

Se pone a la búsqueda de un lugar para descansar y desempeñar algún pequeño ministerio, mientras se restablece su salud. Después de diversas consultas Mons. Lemaitre, arzobispo de Cartago, le acogerá en Túnez. De esta forma el padre. Peyriguère realiza la primera toma de contacto con el mundo del Islam. Tenía treinta y siete años cuando llegó a África, el mes de diciembre de 1920, justo cuatro años después de la muerte del hermano Carlos.

Es nombrado capellán del internado de Sillonville, al sur de la península de Capbon, donde permanecerá dos años en condiciones que le permiten descansar y reflexionar. Consciente de que está de paso y que debe partir ya definitivamente a realizar su apostolado entre los infieles, ingresa en los Padres Blancos. Y es aquí, en un ambiente de tranquilidad y de profunda reflexión, donde se va a realizar un encuentro que ­va a ser definitivo en la orientación de la vocación del padre Peyriguère.

Aparece en Francia, en aquel año 1921, el libro de René Bazin Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Sahara. No tardó en leerlo el padre Peyriguère, porque ya en su correspondencia sostenida con su amigo de guerra, se deja entrever cómo ha captado y le ha impresionado el mensaje del padre Foucauld. Aquello era lo que tanto tiempo le había tenido intranquilo, era la expresión de su vivencia interior:

«Me parece que el apostolado directo no le será posible por ahora. Pero tranquilícese, hay una manera de ser apóstol que está inmediatamente a su alcance y que puede ser fecunda. Lo quiera o no, sus ejemplos y sus palabras, tendrán una influencia directa a su alrededor, a corto o a largo plazo, no importa… Nada se pierde en el mundo moral y cuando los hombres tienen ante los ojos el espectáculo de un hogar verdaderamente cristiano, en donde, lejos de las pequeñeces, de las vulgaridades que a ellos les esclavizan, sientan arder de verdad la llama del ideal, no es posible que de una forma u otra no se sientan arrastrados hacia él… Serán el punto luminoso y ardiente, desde donde irradiará el ideal sobre las pobres almas del vecindario, tan hundidas en la materia, y estos no podrán dejar de sentirse impresionados de la misma manera que seria imposible encontrarse a pleno sol sin sentirse inundados de luz y de calor» (Ibid. 66).

De nuevo otro hecho, insalvable, desviará su camino; una grave disentería compromete definitivamente y sin remedio su deseo de ingresar en los Padres Blancos. Pero su espíritu se deja llevar, porque ante todo está su deseo es cumplir la voluntad de Dios, y se expresa de esta forma en una carta del 3 noviembre1921:

“De momento la cosa apenas marcha. He sido agraciado con una disentería que me tiene agarrado desde hace cuatro meses; me agota y adelgazo continuamente. Tal vez el severo régimen a que estoy sometido logrará dominarla del todo. Pida que sepa aceptar esta prueba, no tanto en si misma, sino porque me obliga a detenerme en relación al cumplimiento de mis sueños y me hace temer que tendré que renunciar a ellos. Que sepa aceptar siempre la voluntad de Dios… En cuanto al apostolado repítase a si mismo estas palabras de un sacerdote que me ha influido mucho en estos últimos tiempos: ‘Se puede hacer más apostolado por lo que se es, que por lo que se dice o por lo que se hace'»(máxima del padre Huvelin, citada por R. Bazin en su libro sobre Carlos de Foucauld) (Ibid. 78).

Y de qué manera tan delicada le hablará a su amigo, en una carta del 2 enero de 1922,y el padre Foucauld de su espiritualidad de Nazaret, que consiste fundamentalmente en ser “amigo de todos”:

«Ojala su hogar, en medio del árido desierto que es el mundo para el corazón del Maestro, sea aquel acogedor oasis en el que Jesús pueda poner el pie y encontrar un poco de reposo y un poco de amor; está tan olvidado en todas partes, Él, que es tan necesario a las almas. Ojala que su hogar sea también como el centro desde donde irradie mucha bondad para hacer que Jesús sea amado… Luego sea en su pueblo ‘mensajero de paz’, manténgase totalmente apartado de las querellas. Con una firmeza incansable sepa tomar partido por el bien y contra el mal… Ignore las divisiones y los partidismos para ser amigo de todos en la medida de lo posible, sin capitulación y sin debilidad» (Ibid. 81).

El padre Peyriguère, después de su periplo personal, se instala en El Kbab y sabe lo que quiere ser y para lo que ha sido llamado. Estas son sus palabras:

“El padre Foucauld alcanza toda su talla en la Iglesia de las misiones y ante el apostolado cristiano, por haber dicho y vivido el significado y la densidad mística, el significado y la densidad apostólica de las presencia silenciosa del apóstol, en realidad de todo cristiano, allá dondequiera que esté: he aquí el alma y la esencia del mensaje foucauldiano” (A. PEYRIGUERE, El tiempo de Nazaret, Nova Terra, Barcelona 1967, 87)

Ser apóstol en Nazaret es sumergirse plenamente en el misterio de la encarnación, tal como lo vivió Foucauld.  Peyriguère se hace berebere para llevar el mensaje de salvación a sus hermanos bereberes. Es al mismo tiempo bucear en el misterio de la propia persona, para ir desposeyéndose de todo lo superfluo y encontrar, en lo más íntimo del ser, el misterio de la encarnación. Peyriguère siente la llamada misionera que nace de su misma esencia cristiana:

“Todo cristiano ha de ser misionero, todo cristiano ha de ser salvador con Jesús. Ser cristiano en su pensamiento es, para cada persona, saberse y aceptarse como responsable en su propia alma y en su propia vida de los destinos del misterio de la Encarnación, pero también saberse y aceptarse responsable del misterio de los demás y del mundo entero” (Ibid. 84-85).

El misterio de la Salvaci6n, a través del misterio de la Encarnación como fruto y consecuencia del misterio del Amor de Dios, es lo que querrá vivir el padre Peyriguère en su ermita de El Kbab. Para ello se hará berebere, será uno más, intentará identificarse hasta el último detalle, ropa, comida, lenguaje, para que, tal como él mismo dirá con un deje de intima satisfacción y de sencillez evangélica, que a través de él, este nuevo berebere, Cristo puede ser también berebere y también a través de él sus hermanos bereberes puedan descubrir a su hermano Jesús. Esta vocación de exploración y adelanto, esta vocación de encarnación profunda y total que llevará con verdadero tesón y fidelidad hasta las últimas consecuencias, y en la que quedan recogidas todas sus ansias de justicia y amor a los más pobres, de ternura y heroísmo, de tenacidad y humildad, de búsqueda en los grandes espacios del espíritu, parece hecha a su medida y no la abandonará jamás.

El padre Peyriguere, en su Testamento espiritual, escrito el l0 de febrero de 1959, pocos días antes de su muerte, se expresa así:

“El mensaje del padre Foucauld es de una riqueza muy densa y compleja. Más que una espiritualidad particular, es simplemente, nos atrevemos a decirlo, una visión del Misterio Cristiano… tal como se ha mostrado a los Padres de la Iglesia, ante todo un mundo al que había que convertir tal como debe ser propuesto a los hombres de Dios si queremos que nos escuchen. Muchos son los que vienen a beber de su fuente. Todos, por diferentes que sean unos de otros, deben tener el derecho de inspirarse en el padre Foucauld. Perdidos en la muchedumbre, aislados y viviendo este ideal cada uno en su estado de vida, tal vez alguno o alguna viviéndolo en común, a ellos nos dirigimos. Se adhieran o no abiertamente, en el anonimato o nominalmente, al padre Foucauld, el hecho es que están en su línea. Esta doctrina misionera del padre Foucauld no está simplemente destinada a los sacerdotes y religiosos. También los seglares pueden ser llamados a hacerla suya y a informar con ella su vida. ¡De qué manera, a cada instante, Foucauld nos recuerda que todo cristiano es responsable del destino del Misterio de la Encarnación, en si mismo, sin duda alguna, pero también en el mundo entero! Para él nuestra vocación cristiana se nos ha dado como una vocación de salvadores. El mismo ha llevado en sí la magnífica obsesión de integrar la preocupación misionera en el cristianismo tal como la ha vivido y propuesto que se viva. A pesar de que ciertas expresiones que parecen más bien dirigidas a los sacerdotes y religiosos, nuestro lenguaje se dirige a todos los seglares, estén donde estén y sea cual sea su estado de vida” (A: PEYRIGUER, El tiempo de Nazaret, o. c., 185-186).

4. Vivir una amistad desinteresada

Para René Voillaume, los seguidores de Foucauld, a través de su presencia silenciosa, manifiestan, por su manera de amar, ese respeto misterioso por la libertad de la inteligencia y del corazón que hallamos en Dios: esa paciencia incansable de la misericordia divina, que está humildemente sentada a la puerta del peca­dor o del incrédulo, y allí espera. Y  “manifestar a alguien una amistad enteramente desinteresada, amándole por sí mismo, sin intentar convencerle o traerle a la fe, aunque, desde luego, sin ocultarle nuestra fe, puede ser a menudo la única manera de revelarle la plenitud del amor que reside en Dios”(Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 337).

Y en otro pasaje Voillaume afirma:

“Siguiendo a Foucauld, sus seguidores deben dar testimonio, en medio del mundo, de una vida de intimidad con Jesús, para poder irradiar el Evangelio por medio de la vida. Carlos de Foucauld siempre asoció a la vida de Nazaret la intensa actividad redentora del Sagrado Corazón. El deseo impaciente del oscuro obrero de Nazaret de salvar, por la inmolación de sí mismo, debía desbordar en el silencio de sus relaciones con el Padre. Por eso, lo que  debemos desear, primariamente y ante todo, es la total comunión con la vida del Sagrado Corazón, que es el fin mismo de nuestra vida y que exige, igualmente, los contactos con los hombres, para ser vivida en plenitud” (R. VOILLAUME, Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 192).

5. La amistad en el proceso de la misión

Veamos ahora unas páginas extraídas de una biografía del obispo Pedro Casaldáliga donde la presencia silenciosa de una Fraternidad de Hermanitas de Jesús del padre Foucauld, entre los indios tapirapé, a treinta kilómetros de Santa Terezinha, del Mato Grosso (Brasil), que nos mostrará la importancia de la amistad en el proceso de la misión:

“Los tapirapé se han dedicado siempre a la caza, la pesca y a una agricultura muy rudimentaria, pero desde hace unos años la artesanía se ha convertido en una buena fuente de ingresos complementarios. La casa de un artesano se conoce rápidamente porque tiene en la puerta un par de loros desplumados, la imagen de estos, con más piel que plumas, es patética. Los tapirapé aprecian mucho estas aves porque utilizan las plumas que cada año renuevan por hacer las grandes mascares características de la tribu. Awaetekatoi me enseña algunas de sus obras: sencillas, rústicas y bien acabadas. Es un tipo poco hablador pero muy simpático y acogedor. Cuando le pregunto por Casaldáliga hace una profunda inspiración, se acaricia pausadamente el mentón puntiagudo y dice: ‘Dom Pedro tiene la misma palabra que los tapirapé. Nosotros lo consideramos tapirapé’. Le pregunto si creen en el mismo Dios y clavándome sus ojos pequeños, negros y vivos sentencia: ‘Su Dios y el Dios de los tapirapé son el mismo Dios’. La opinión de Awaetekatoi no sorprende a Casaldáliga: ‘Recuerdo que en una de las primeras visitas al poblado, hace muchos años, me presentaron un viejo pâxé, una clase de sacerdote-médico, el hombre de culto de la medicina tradicional. Cuando llegué el pâxé me bendijo, me cogió las manos y me sopló insistentemente para espantar a los malos espíritus que yo pudiera traer. Me sentí sacudido porque pensé que yo podría ser un extranjero e incluso un conquistador, un invasor, ¿verdad? noté que hablaba algo en aras de estos pueblos que habían sentido la presencia de unos invasores que traían malos espíritus para sus tierras y sus culturas’.

           Todavía no he visto en todo el poblado un solo signo religioso que pueda reconocer. No hay ninguna iglesia, ni ninguna cruz, pero hace más de cuarenta años que se instaló una misión de las hermanitas de Foucauld, las que trabajaban con el padre Jentel y que forman parte del equipo de la prelatura de Casaldàliga. Actualmente viven aquí las hermanitas Odile y Genoveva, que todo el mundo conoce como ‘Veva’. Ella fue la primera religiosa que llegó al poblado y ha vivido de cerca todos los conflictos que han afectado los tapirapé. Como todos los pueblos indios, estos también tienen problemas de tierra, en este caso dificultades en lograr que el gobierno haga la demarcación del territorio donde siempre han vivido y especialmente que los grandes propietarios de la región la respeten. Veva y Odile viven en una cabaña más del poblado. En su interior descubro la primera señal de su condición religiosa: cuando entramos estaban rezando en una discreta capilla de poco más de dos metros cuadrados que tienen en un rincón. Nuestra llegada hace que dejen inmediatamente la oración. Las hermanitas de Foucauld son una fraternidad contemplativa, pero su estilo de vida les lleva a estar siempre al servicio de los demás; por lo tanto, aunque sea la hora de la oración, lo abandonan si entra alguien a la casa. Otra característica de estas religiosas es la firme convicción que no pueden ni quieren enseñar nada a nadie: la gente ha de aprender por ella misma, ellas sólo quieren compartir. Veva nos invita a comer arroz y pescado del lago Tapirapé. Es una mujer de setenta y cinco años que ha pasado más de la mitad de su vida entre estos indios y parece como si, del contacto, se le hubiera pegado incluso una cierto parecido físico. El sol de la región le ha dorado y arrugado la piel, tiene los cabellos cortos, lisos y plateados, una mirada bondadosa y unas manos grandes y endurecidas por el trabajo. ‘Nosotros queremos respetar y no imponer, me dice. Cuando llegamos a este poblado la situación era muy difícil, intentamos ayudarles, pero no nos limitamos a darles medicinas, sino que les hicimos ver que había una salida, que no estaba todo acabado’.

          En Silo Félix me habían explicado la dramática historia de los tapirapé y como las hermanitas de Foucauld los salvaron; también me dijeron que ellas no me explicarían nunca lo que habían hecho. No pido a Veva que me explique la historia, pero insisto en saber cual es la filosofía de vida que las impulsó a hacer lo que hicieron. ‘Para dar confianza a los tapirapé, añade Veva, decidimos asumir la vida que hacían, porque entre ellos se había creado el sentimiento de que sus creencias estaban equivocadas y empezaban a despreciar su propia lengua y a pensar que su sistema de vida era malo. Entonces, nosotras, para hacerles ver que su vida sí que tenía un sentido, decidimos asumir todo el que hacían y todo el que tenían’. ‘Nosotros tenemos la gran suerte de la presencia de las hermanitas de Foucauld, dice Casaldáliga. Es una presencia misionera de testimonio y de plena encarnación. En aquella época todavía no se usaba la palabra inculturación entre los misioneros, porque la Iglesia asumió la necesidad de inculturación hace muy pocos años, mucho después de que lo hicieran las hermanitas’.  Inculturación. Una palabra que ahora tiene mucho sentido pero que era extraña cuando las hermanitas de Foucauld llegaron al poblado tapirapé. La inculturación para aquellas dos monjas llegó en el momento en que decidieron no intentar convertir los indios al cristianismo, sino que más bien fueron ellas las que se convirtieron a la manera de vivir de los tapirapé. Lo hicieron simplemente como una respuesta a la realidad que veían y como una consecuencia lógica del estilo de vida que la orden las impone. No era habitual a la sazón encontrar misioneros que actuaran de aquella manera, y descubrir esta realidad impresionó profundamente a Casaldáliga, que ha aprendido mucho de estas dos monjas” (F. ESCRIBANO, Descalç sobre la terra vermella, Edicions 62, Barcelona 2001, 120-133).

6. Los métodos misioneros y la no-violencia de Jesús

Algunos meses antes de su muerte, Massignon escribía a un amigo sacerdote diciéndole «la gran deuda que tenía con Gandhi por haberle hecho comprender la no-violencia de Jesús». Massignon comprendió que los métodos misioneros, incluso los más modernos y sutiles, se oponen al método no-violento de Jesús, que proponía sin imponer y no utilizaba la acción psicológica. Se trata de reconocer al otro tal como es y de no tratar de imponerse. Esta no-violencia pide una extrema fuerza interior, pues se verifica en el hecho de considerar al otro como un ser responsable al que se le pueden asignar tareas. Massignon criticaba ferozmente los métodos proselitistas pues veía una violación y especialmente una violación de los más pobres, de los corazones de niño con los que uno fácilmente puede abusar. 

La única bienaventuranza de Jesús, del Sermón de la Montaña,  que es común a Mateo y a Lucas es esta:

“Dichosos los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los cielos. Felices vosotros cuando, por causa mía, os maldigan, os persigan y levanten toda clase de calumnias. Alegraos y mostraos contentos, pues vuestra recompensa es grande en el cielo. De esta misma manera trataron a los profetas que hubo antes de vosotros” (Mt 5, 1-16; Lc 6, 20-23)

Ser perseguido por causa del bien no significa necesariamente tener que andar escondido, escapar del país, ser perseguido por los poderes públicos, etc. La persecución es la contradicción que nos viene a causa de la justicia, a causa del Reino, a causa de Jesús. La persecución no es siempre algo físico, y habitualmente no es física. El martirio es algo extraordinario: Es la persecución llevada al extremo. Normalmente la persecución es más sutil, más psicológica. Son las contradicciones que nos vienen por actuar de una manera recta, y nos llegan, a veces, de personas y sectores que uno no esperaría.

7. Ser testigos de la bondad

Resulta que la presencia de una persona buena no deja indiferente, lo que pasa es que lo que para una persona es virtud, para otras es debilidad. Donde uno ve generosidad sin límites, otros condenan el exceso vituperando su inmoderación. La sensibilidad a flor de piel es tildada de enfermedad; la falta de ambición, de flaqueza; la sinceridad sin reservas, de necedad, cuando no de infantilismo. Así, personas que han sido consideradas modelos de perfección para edificación de un mundo imperfecto, pasan por excéntricos, inmaduros, casos clínicos. Se admite la bondad extrema si es en un momento dado, pero no si es permanente.

Soren Kierkegaard describía de esta manera al testigo de la bondad:

“Un testigo de la bondad es una persona cuya vida transcurre desde el comienzo hasta el fin ajena a todo lo que se denomina goce… Un testigo de la bondad es una persona que da testimonio de esa bondad desde un estado de pobreza, viviendo en la mediocridad y en la humillación; una persona a quien nadie aprecia en lo que vale, a quien se aborrece, a quien se desprecia, se insulta y escarnece…; y finalmente es crucificado, decapitado, quemado en la hoguera o asado en la parrilla, y su cadáver es abandonado por el verdugo sin darle sepultura- ¡así se entierra a un testigo de la bondad!- o sus cenizas arrojadas a los cuatro vientos…” (Cf. S. KIERKEGAARD, El concepto de angustia, Ediciones Orbis, Barcelona 1984).

8. Descripción de una persona buena

Me ha llamado poderosamente la atención la descripción que hace Jaime Vandor sobre la persona buena y que transmitimos aquí por su alto grado de percepción:

“Entendemos por persona buena quien es capaz de convertir su generosidad en norma y pasión, bondadoso en grado sumo, sincero y veraz en todas las ocasiones, que se entrega y nada busca para sí. Demasiado noble para este mundo, paga por ello: es incomprendido, combatido, a veces escarnecido. Un tipo que, aunque poco frecuente, si existe, pero o pasa desapercibido, o es tenido por insensato, utópico, inepto para nada, equivalente a la frase popular que dice ‘de tan bueno es tonto’. Quien lo da todo es un excéntrico y, como mínimo, un problema para su familia. Sin embargo, pese a sus ‘extralimitaciones’, esta persona que comparte el sufrimiento del prójimo, aportando ayuda y consuelo, ha de constituir para nosotros un ideal hacia el cual tender” (J. VIANDOR, Valores humanos: la cualidad esencial, El Ciervo, Barcelona 1997, nº 550).

Son aquellas mujeres y hombres que iluminan la existencia de las personas que las rodean. Gracias a ellas la vida es más alegre y esperanzada. Son personas-faro.

9. ¿Quiénes son las personas-faro?

1) Son personas cuyo objetivo en la vida no es el dinero, ni el poder, ni la gloria. Procuran no hacer daño, buscan, por el contrario, pasar haciendo el bien. Tienen los ojos y los oídos abiertos para detectar las necesidades de sus prójimos.

2) Han aprendido a dialogar, empezando por la escucha, que es su característica más visible. Y como saben escuchar, han aprendido a hablar con las palabras precisas y en las ocasiones oportunas. Y también a callar…

3) Son personas de paz que la irradian a su alrededor. No echan leña al fuego de las discordias. Son capaces de mediar en los conflictos, buscando cauces de diálogo en los enfrentamientos. No intentan imponer ninguna solución, sino que se prestan a ayudar a que la encuentren quienes están sumergidos en la discordia.

4) Han aprendido a no juzgar. Buscan en cada ser humano lo bueno que hay en ellos. Pueden enfrentarse a los abusadores, pero sin faltarles al respeto en su dignidad de personas. En su forma pacífica objetan, empleando la no violencia activa, sean cuales sean las consecuencias que les acarreen sus acciones. Son sujetos morales que tienen a su conciencia personal como regla inmediata de su conducta responsable.

5) Aportan su voz y su participación en la toma de decisiones de los grupos donde conviven. Son capaces, sin renunciar a sus convicciones básicas, de ceder en parte para llegar a acuerdos o consensos. Pero no tienen miedo, si lo ven necesario, a mantener su posición, aunque sea minoritaria, contra viento y marea. Defienden el derecho al disenso, tanto para ellos mismos, como para quienes discrepen de su postura.

6) Pueden tener muchos o pocos conocimientos y no valoran a las personas en función de los mismos. Pero todas estas personas-faro coinciden en haber alcanzado un nivel de sabiduría bastante considerable. Es un saber-sabor que nace de las experiencias de su vida, de las buenas y, sobre todo, de las dolorosas. Esa sabiduría les capacita para vivir el presente, sin refugiarse en el pasado, ni huir hacia el futuro. Saben distinguir entre las cosas esenciales de las accesorias, que muchas veces quitan el sueño al común de los mortales.

7) Estas personas-luz no son perfectas. Son humanas y, por tanto, limitadas. Es posible que descubramos en ellas incoherencias en el propósito básico de su vida. Sus detractores se aprovechan de ellas para descalificarlas. Cuando lo hacen, la sabiduría de esas personas sale a relucir. Son capaces de agradecer las críticas como medio para superarse. Y sonríen, pues son capaces de perdonarse a sí mismas y de seguir su camino, procurando no volver a caer. Aunque saben que, probablemente volverán a hacerlo.

8) Muchas de esas personas–faro pasan desapercibidas. Los medios de comunicación de masas las suelen ignorar, aunque esporádicamente pueden aparecer en algunas situaciones especiales. Su estilo de vida choca demasiado  con esos falsos valores que nos inculca el pensamiento único. Claro que ellas prefieren pasar desapercibidas  y tratan por todos los medios de conseguirlo. A veces, hasta las más próximas desconocen que viven al lado de alguna persona con esas características. Y sólo cuando fallecen o cuando desaparecen de nuestro entorno, es cuando nos damos cuenta del vacío que dejan en nuestra existencia. Una luz cálida se ha apagado, dejándonos más fríos y más solos… ¿Quiénes son esas personas? La Biblia los llama justos. La Iglesia los denomina santos. (Cf. P. ZABALA, Personas-faro, Acontecimiento 95, Madrid 20010/2, 15).

J. l. Vázquez Borau