La exclamación de Jesús durante la agonía, recogida por los evangelios, “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, no fue un grito de desesperación, sino el comienzo de uno de los salmos más profundos del salterio, que Él, como buen judío, conocía muy bien. El Papa Benedicto XVI lo propuso hoy en su ciclo de catequesis sobre la oración, destacando que el salmo 22 constituye “una oración sincera y conmovedora, de una densidad humana y una riqueza teológica que lo convierten en uno de los Salmos más rezados y estudiados de todo el Salterio”. En él se presenta la “figura de un inocente perseguido y rodeado de adversarios que quieren su muerte; él recurre a Dios en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza”. Su grito inicial, que es el que los evangelios de Mateo y Marcos ponen en boca del moribundo Jesús, “es una llamada dirigida a Dios que parece lejano, que no responde y que parece haberlo abandonado”. En él, “Dios parece muy distante, muy olvidadizo, muy ausente. La oración pide escucha y respuesta, solicita un contacto, busca una relación que pueda darle consuelo y salvación. Pero si Dios no responde, el grito de ayuda se pierde en el vacío y la soledad se convierte en algo insoportable”. A pesar de ello, “el Salmista no puede creer que el vínculo con el Señor se haya roto totalmente y, mientras pide un por qué del presunto abandono incomprensible, afirma que ‘su’ Dios no puede abandonarlo”. En el Gólgota En boca de Jesús, este “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” expresa “toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida”. “Abandonado por casi todos los suyos, traicionado y renegado por los discípulos, rodeado por los que le insultan, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y el aniquilamiento. Por esto grita al Padre y su sufrimiento asume las palabras dolientes del Salmo”. Pero, subrayó el Papa, “no es un grito desesperado, como no lo era el del Salmista, que en su súplica recorre un camino atormentado que llega finalmente a una perspectiva de alabanza, en la confianza de la victoria divina”. El autor del salmo “ve cómo se pone en tela de juicio su relación con el Señor, el énfasis cruel y sarcástico de los que lo están haciendo sufrir: el silencio de Dios, su aparente ausencia. Sin embargo, Dios está presente en la existencia del orante con una cercanía y una ternura incuestionable”. En cierto momento, prosiguió el Papa, “el orante evoca su propia historia personal de relación con el Señor, remontándose al momento particularmente importante del inicio de su vida. Y allí, no obstante la desolación del presente, el Salmista reconoce una cercanía y un amor divino tan radical, que ahora puede exclamar, en una confesión llena de fe y generadora de esperanza: ‘desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios’”. Las imágenes usadas en el salmo, describiendo a los agresores como bestias feroces, “sirven para decir que cuando el hombre es un ser brutal que agrede a su hermanos, algo animal lo posee, parece perder su apariencia humana; la violencia tiene algo de bestial y sólo la intervención salvadora de Dios puede restituir la humanidad al hombre”. Ante ellos, el salmista pide socorro, en “un grito que abre los cielos, porque proclama una fe, una seguridad que va más allá de toda duda, de toda oscuridad y de toda desolación. Y el lamento se transforma, deja lugar a la alabanza en la acogida de la salvación”, dijo Benedicto XVI. “Este Salmo nos ha llevado al Gólgota, a los pies de la cruz, para revivir su pasión y compartir la alegría fecunda de la resurrección. Dejémonos invadir de la luz del misterio pascual y, como los discípulos de Emaús, aprendamos a discernir la verdadera realidad más allá de las apariencias, reconociendo el camino de la exaltación en la humillación y la plena manifestación de la vida en la muerte, en la cruz”. “Así poniendo de nuevo toda nuestra confianza y esperanza en Dios Padre, en el momento de la angustia, le podremos rezar con fe también nosotros y nuestro grito de auxilio se transformará en cantos de alabanza”, concluyó el Papa.
No suelo pasar mucho por este “locutorio virtual”, pero hoy sentí el deseo de dejarme caer por aquí. Para quienes no me conocen, soy el hermano Gerardo Antonio, fraile franciscano, sacerdote, y desde el 2012, bendecido miembro de esta familia espiritual.
Vengo de la menor de las Antillas Mayores: Puerto Rico, donde actualmente resido. En años recientes, he servido en Cuba y en la República Dominicana, experiencias que han marcado mi alma y mi vocación profundamente.
Durante esta Cuaresma, he estado compartiendo escritos desde mi “ermita virtual” (Facebook), pequeños textos para orar y meditar en este tiempo de desierto fértil. Hoy, quiero regalarles el de esta jornada. Que les acompañe, les inspire y les recuerde que no estamos solos en el camino.
¡Paz y Bien!
Cuaresma: El arte sagrado de abandonarse
Hay un momento en el alma donde ya no se lucha…
donde el ruido cede,
donde la voluntad se arrodilla,
y el corazón, sin defensas, se deja caer en Dios.
Ese momento, tan temido y tan sagrado, es el abandono.
No como derrota, sino como acto supremo de confianza.
No como resignación, sino como entrega amorosa a un Misterio que nos envuelve y sostiene.
Esta Cuaresma no se trata solo de ayunar del pan.
Es hora de ayunar del control, del miedo, del ego,
y permitir que Dios sea Dios en nosotros.
Entrar en Cuaresma es adentrarse en el desierto,
no para perdernos, sino para reencontrarnos en las manos del Padre.
Y cuando ya no queda nada que podamos ofrecer…
le entregamos lo más sagrado:
nuestra libertad, nuestra historia, nuestro ser.
Ahí comienza el verdadero milagro:
cuando ya no queremos que Dios haga lo que queremos,
sino que se haga en nosotros su Voluntad amorosa y misteriosa,
aunque no la comprendamos.
El alma que se abandona… vuela.
Porque solo el que se suelta del todo puede ser sostenido por el Todo.
Reza esta oración como quien se desnuda ante el Amor.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lc 23,46) Esta es la última oración de nuestro Maestro, nuestro Amado. ¡Ojala sea también la nuestra! No sólo la oración de nuestro último instante sino la de todos los instantes;
“Padre mío, a tus manos me encomiendo, Padre mío, me confío a ti, Padre mío, me abandono a ti. Padre mío, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy gracias, te doy gracias por todo.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, te doy gracias por todo, con tal que se haga en mí tu voluntad, oh Dios, con tal que se haga tu voluntad en todas tus criaturas, en todos tus hijos, en todo lo que tú amas.
No anhelo nada más, Dios mío. Entrego mi espíritu a tus manos, te lo doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te quiero y me lo exige el amor que te tengo: abandonar todo, sin medida, entre tus manos. Me confío a ti, con inmensa confianza porque tú eres mi Padre”.
San Carlos de Foucauld (1858-1916) ermitaño y misionero en el Sahara Meditaciones sobre los evangelios respecto a las principales virtudes (1896)
El 15 de mayo de 2022, Carlos de Foucauld fue proclamado santo por el Papa Francisco en Roma. Mons. Jean-Claude Boulanger, obispo emérito de Bayeux-Lisieux y autor de La oración de abandono – Un camino de confianza con Charles de Foucauld (Artège) presenta a este santo.
“Charles de Foucauld está en el origen de mi llamada al sacerdocio”, confiesa emocionado el obispo Jean-Claude Boulanger, obispo emérito de Bayeux-Lisieux desde junio de 2020 y autor de varios libros dedicados a Charles de Foucauld.
“Cuando se piensa en la frase de Pablo VI según la cual “el hombre contemporáneo cree más en los testigos que en los maestros, en la experiencia que en la doctrina y en los hechos que en las teorías” (Evangelii Nuntiandi), ¿de qué manera Charles de Foucauld ofrece- ¿Existe un modelo a seguir en el mundo actual? ¿Cómo seguir este modelo? Charles de Foucauld pasó, desde su juventud hasta los veintiocho años, por un período que lo conmovió profundamente, una mística “noche de la fe”. Era un joven sin rumbo desde la muerte de sus padres y su abuelo. Estaba en busca de sentido, como muchos de nuestros contemporáneos y, en particular, las generaciones más jóvenes. Tenía más medios para vivir que razones para vivir; nuevamente, entre los jóvenes, este suele ser el caso. Como tal, habla mucho a los jóvenes de hoy. Nos enseña a no desesperarnos de Dios. Incluso dirá: «Dios se vale de vientos contrarios para llevar su barca a puerto».
La gran enseñanza de Charles de Foucauld, dices sobre su oración de abandono, es este acto de ofrecimiento, confianza y sumisión a la acción divina. ¿Qué tan difícil es esta actitud hoy para nosotros los modernos que nos gusta tener el control sobre todo? En una situación que a veces se presta a la desesperación, ¿cómo se pasa, como Charles de Foucauld, del “Padre, por qué me has abandonado?” a «Padre, me entrego a ti»? Mientras se encuentra en un período incierto de su vida, Charles de Foucauld había meditado las últimas palabras de Cristo en la cruz. Lo había entregado todo a Jesús y de pronto le pareció que su vocación estaba en entredicho, porque el abad le había dicho que no estaba hecho para ser monje. Esta palabra de Jesús se convierte en la oración de todos los testigos. No sabe que esta oración se convertirá en el símbolo y la imagen de lo que va a experimentar. Va a abandonarse a Dios, al padre abad, al abad Huvelin.
“Tenía más medios para vivir que razones para vivir; entre los jóvenes, este suele ser el caso”.
Muy a menudo, nos gustaría estar en contacto directo con Dios. Sin embargo, Charles de Foucauld siempre confió en aquellos que la Iglesia le puso en el camino. Aunque a veces reaccionó bruscamente: cuando Huvelin (su guía espiritual) le dijo que no estaba hecho para dirigir a otros ni para fundar una congregación, Charles de Foucauld confió en él mostrando su asombro. Dios se vale de mediaciones humanas si confiamos en la Iglesia para que nos conduzca por el camino de la santidad. Este camino, en lo que a Foucauld se refiere, fue largo: tuvo la impresión de que Dios lo había abandonado, sobre todo cuando ya no tenía discípulos. Se consideró a sí mismo como la aceituna olvidada en el árbol después de la recolección.
No se dice inmediatamente: “Padre, me entrego a ti”. Es una lucha espiritual. Debemos tomar el camino trazado por Charles de Foucauld.
Insistís, a propósito del uso del término “Padre” en la oración de abandono, en la desaparición del padre en el contexto cultural actual, incluso en su muerte. También escribes que “hombre pecador es el que rehúsa la paternidad de Dios”. ¿Cómo concibes esta “crisis de la paternidad” y de la patria potestad en nuestra sociedad actual? ¿Por qué es necesaria para nosotros hoy la figura del Padre? Desde hace varios años acompaño una casa de caridad en mi parroquia y veo que hay una crisis profunda. La crisis que estamos viviendo es que los padres se han convertido en compañeros. No aceptan la paternidad, quieren ser amigos de sus hijos, como ellos. A veces siguen siendo eternas adolescentes. Para ser padre hay que aceptar el despojo y morir al ego. Lo que alegra el corazón de un padre es ver crecer a sus hijos, tomar su autonomía, afirmarse ya veces desafiarla.
“Charles de Foucauld tuvo la suerte de conocer a un verdadero padre a través del padre Huvelin. Cuando murió, pudo decir: “era padre”.
Charles de Foucauld, el que fue abandonado en su infancia (perdió a su padre ya su madre a los 5 años), recibió la gracia, contemplando a Jesús, de contemplarlo como Padre: padre con corazón de madre. “Dios es paternalmente maternal”, dice San Francisco de Sales.
Muchos padres existen hoy sólo a través de sus hijos, esperan todo de ellos. Su pareja es a menudo frágil. Les cuesta aceptar que sus hijos se distancien, se construyan a sí mismos. Charles de Foucauld tuvo la suerte de conocer a un verdadero padre a través del padre Huvelin. Cuando murió, pudo decir: “era padre”.
Recuerdas la muerte de Charles de Foucauld, encontrado muerto de un balazo en la cabeza, el 1 de diciembre de 1916 en Tamanrasset, una especie de mártir de los fanáticos islamistas pero amigo de los musulmanes. ¿Qué enseñanza nos da Charles de Foucauld sobre estas cuestiones? Charles de Foucauld siempre ha querido, un poco como los monjes de Tibhirine, ser amigo de los musulmanes pero también de los incrédulos: soldados, investigadores, tuaregs. En este sentido, siempre hizo la distinción entre el Islam y los musulmanes, a quienes les debe mucho porque fueron ellos quienes, desde su exploración de Marruecos, habían despertado en él esta sed de absoluto. No se dejó engañar por la mezcla política de un cierto Islam que buscaba la dominación. Comprendió lo difícil que era para ellos romper con su forma de vida. Hay que recordar que estuvo muy cerca de los haratins , negros esclavos al servicio de los tuaregs, los pobres entre los pobres.
En el momento de su muerte, en Tamanrasset, los saqueadores pretendían secuestrarlo. Fue un valioso rehén en el momento de la Primera Guerra Mundial para intercambiarlo por otros yihadistas arrestados. El símbolo de esta noche es magnífico. Cuando encontraron su cuerpo, el Evangelio fue arrojado a la arena: estaba meditando la palabra de Dios. Junto a él encontramos al Santísimo Sacramento que adoraba, Dios lo hace tan pequeño y silencioso.
Para él, la evangelización en el mundo musulmán pasa por la Eucaristía celebrada y el Santísimo Sacramento. No habló de cercanía eucarística sino de presencia. Es Jesús quien se da a sí mismo a aquellos entre quienes vivimos. Finalmente, estaba escribiendo una carta a su hermana con la siguiente frase: “Nunca amaremos lo suficiente”.
La espiritualidad de Charles de Foucauld se basa en “tres Es”: Evangelio, Eucaristía, evangelización. Vivió en un contexto particular, entre musulmanes entre los que la palabra «Dios» está presente en cada frase. Nuestro contexto es diferente, quizás más difícil que en el que él se encontraba: es un contexto de secularización donde la palabra “Dios” ha desaparecido. Quería dar su vida, a pesar del peligro, como un grano de trigo que cae en tierra. Nunca dudó que un día los musulmanes reconocerán a Jesús como el Hijo de Dios. No negó a los musulmanes.
“No habló de cercanía eucarística sino de presencia”.
¿Cómo es Charles de Foucauld también una figura esclarecedora en el establecimiento de un laicismo saludable? Charles de Foucauld entendió que uno no impone una civilización o una religión a los demás. No es por la fuerza, sino por “el apostolado de la bondad, de la cercanía”. No son nuestras leyes las que impondrán a los creyentes su forma de vida. Charles de Foucauld sufrió mucho por la presencia colonial de Francia, particularmente en Argelia, donde nuestra cultura fue impuesta por la fuerza. Los líderes tuareg debían aprender francés y hablar este idioma con los funcionarios administrativos. Charles de Foucauld pasó 11 años escribiendo un diccionario tuareg-francés y hablaba la lengua de su pueblo con la perspectiva de que el Evangelio pudiera ser traducido a su idioma.
Imponer nuestra visión hoy a nuestros hermanos musulmanes es dañino. Fundamentalistas siempre habrá, pero creer que la ley puede imponer una forma de vida es tocar la conciencia de los seres humanos. Sólo puede ser invitado a dar el paso, pero no puede ser impuesto por coerción. Charles de Foucauld quedó herido al ver que los laicistas de finales del siglo XIX imponían la construcción de capillas y la destrucción de mezquitas. Hay un sufrimiento al ver cómo se comportaba la Francia de la época (años anticlericales) cultural pero también religiosamente.
El Papa Francisco concluyó su encíclica Fratelli tutti (2020) con una mención a Charles de Foucauld. Tú que eres un apasionado de Charles de Foucauld, ¿has encontrado el espíritu del Beato en la encíclica? ¿Es el Papa heredero de Carlos de Foucauld? Ya lo hablé con él. Es muy aficionado a san Francisco de Asís, que decía que para ser hermano de los pobres y de los pequeños hay que aceptar ser uno mismo. Es el camino de Charles de Foucauld: la primera de las Bienaventuranzas se refiere a los pobres de corazón. Como san Francisco, Carlos de Foucauld necesitaba tiempo para aceptar su pobreza y hacerse pequeño. Sin ser pequeño, uno no puede hacerse amigo de los pequeños. El Papa Francisco traduce bien esta expresión: sólo el pequeño es capaz de hacerse hermano, repite, con Charles de Foucauld. (cath.ch/imedia/at/hl/bh)
Obispo Jean-Claude Boulanger: La oración de abandono – Un viaje de confianza con Charles de Foucauld Ed. Artège.
Una campaña por Charles de Foucauld El obispo John Gordon MacWilliams, obispo de Laghouat, la diócesis argelina donde está enterrado Charles de Foucauld, saluda el anuncio de la canonización y espera poder viajar a Roma para el evento. “Charles de Foucauld no es muy conocido en Argelia, donde los cristianos son una minoría muy pequeña, menos del 1%”, recuerda monseñor MacWilliam. Pero, si la mayoría de los argelinos no lo conocen, “algunos lo ven primero como un exsoldado del ejército francés. Por lo tanto, es una reminiscencia de la época colonial. Para otros, que lo conocen un poco mejor, parece una especie de marabú, un sabio; un hombre de oración. Por otro lado, es muy conocido entre los misioneros, pero también entre los inmigrantes, los estudiantes cristianos subsaharianos y algunos trabajadores o expatriados. “Ahora que la fecha está fijada, vamos a lanzar una campaña para dar a conocer mejor la figura de Carlos de Foucauld”, asegura el obispo MacWilliam. A pesar de las actuales tensiones diplomáticas entre Francia y Argelia, el obispo de Laghouat no cree que la canonización pueda plantear un problema, “porque la canonización es asunto de la Iglesia católica y es importante recordarlo. Carlos de Foucauld es proclamado santo como hombre de Iglesia y hombre de oración.
Desde su llegada a Nazaret, Carlos de Foucauld, lee y relee y lo recomienda a sus seguidores el libro de Jean Pierre de Caussade el Abandon à la divine Providence, del que extraemos estos tres fragmentos:
Abandono perfecto de Jesucristo
Así pues, si queréis vivir evangélicamente, vivid en pleno y puro abandono a la
acción de Dios. Jesucristo es la fuente de este abandono, y «es el mismo ayer y hoy y siempre»[Heb 13,8], para continuar siempre su vida y no para recomenzarla. Lo que Él hizo, hecho está, y lo que resta, lo va haciendo en todo momento. Cada santo recibe una parte de esta vida divina. Jesucristo es siempre el mismo, aunque sea diferente en cada uno de sus santos. La vida de cada santo es la misma vida de Jesucristo, es un Evangelio nuevo.
El momento presente
El momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios, y el corazón fiel le responde siempre: fiat. Así el alma en todas las alternativas se encuentra en su centro y lugar. Sin detenerse jamás, va viento en popa, y todos los caminos y maneras la impulsan igualmente hacia adelante, hacia lo ancho e infinito: todo es para ella, sin diferencia alguna, medio e instrumento de santidad, en tanto considere siempre que eso que se presenta es lo único necesario [Lc 10,42].
No busca ya el alma con preferencia la oración o el silencio, el retiro o la conversación, la lectura o la escritura, ni la reflexión o el cesar de discurrir; no le preocupa el alejamiento o la búsqueda de libros espirituales, o elegir entre abundancia o escasez, enfermedad o salud, vida o muerte. Simplemente, lo que ella busca en todo momento es la voluntad de Dios; lo único que pretende es el despojamiento, el desasimiento, la renuncia a todo lo creado, sea real o solamente afectiva, no ser nunca nada por sí y para sí, ser siempre en la voluntad de Dios, para agradarle en todo, haciendo de la fidelidad al momento presente su única alegría, como si no hubiera otra cosa en el mundo digna de su atención.
Dios es quien escribe nuestra vida
El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía.
No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.