La Biblia, Averroes y Borges: misterio, razón, perplejidad

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William Blake, «Dios creando el universo» (The Ancient of Days setting a Compass to the Earth), 1794, grabado coloreado en acuarela, Fitzwilliam Museum, Cambridge University. | William Blake

Hay libros que amanecen en la inteligencia y libros que amanecen en el alma. Mientras que ningún libro habita ambos territorios con tanta naturalidad como la Biblia. Sin ser filosofía, filosofa; tampoco es literatura, aunque su belleza poética sostiene generaciones; tampoco es simple memoria histórica, aunque su trama realiza la fundación de la de Occidente. La Biblia enseña que el lenguaje no se agota en representar lo que vemos, sino que intenta acercarse al Misterio.

Julio César Crivelli (*)

¿Se puede nombrar a Dios con palabras? ¿Cómo transmitir el Misterio? ¿Se puede entender la Biblia? ¿Acaso la Biblia está sujeta a la Razón?

Estas preguntas configuran la historia de las religiones, pero también la de la filosofía y la literatura. Averroes, filósofo andalusí del siglo XII, creyó que la razón podía acompañar a la revelación (Averroes, Fasl al-Maqal (Doctrina decisiva), trad. M. Cruz Hernández, Madrid: Taurus, 1986).

No sabemos si Averroes conoció la Biblia cristiana y la Torá, pudo conocerlas dada la existencia de las comunidades sefaradí y cristiana en Córdoba. Sin citas explícitas en sus obras, surge que se refiere a las tres religiones del Libro. De todos modos, el Corán tiene muchísimos pasajes comunes con la Biblia y la ToráBorges, escritor del siglo XX, advirtió que el Misterio nunca se entrega por completo al pensamiento (La búsqueda del absoluto, en Otras inquisiciones, Buenos Aires: Sur, 1952).

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Este ensayo recorre ese triángulo singular: Biblia – Averroes – Borges, donde cada vértice ilumina al otro. Averroes afirma que el Misterio debe traducirse en concepto. Borges sospecha que solo hay perplejidad frente a lo sagrado. El Misterio de la Biblia permanece inasible como un faro que nos guía pero que es imposible alcanzar. ¿Estamos cerca o lejos de la Biblia? No lo sabemos, ni lo sabremos.

Libro y límite

En el Génesis, Dios crea el Universo con la palabra (Génesis 1: Dios crea por la Palabra), es un Dios sin nombre que paradójicamente crea con la palabra y que jamás revelará su nombre. “Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: «YO SOY me ha enviado a vosotros» (Éxodo 3:14). Y que prohíbe la imagen; “No te hagas ninguna imagen, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra” (Éxodo 20:3-8).

Dios es puro “Ser,” no está sujeto a la sucesivo, a “existir” (Lat. ex–sisto/sistere, “estar afuera”), Dios no está sujeto a las categorías de la conciencia. No está sujeto al espacio, es infinito; ni al tiempo, es eterno. Para Kant, espacio y tiempo no son propiedades del mundo “en sí” sino formas a priori de nuestra sensibilidad: son la estructura mediante la cual los datos sensibles se nos aparecen. El espacio es la forma de la intuición externa (la disposición de los objetos entre sí) y el tiempo la forma de la intuición interna (la sucesión de estados de la conciencia). Por eso, según Kant, las intuiciones espacio-temporales hacen posible la experiencia empírica universal y necesaria, aunque no nos informan sobre las cosas en sí mismas, sino sobre cómo las percibimos. El espacio es la forma a priori de la intuición externa. El tiempo es la forma a priori de la intuición interna. No son conceptos empíricos ni conceptos discursivos: son intuiciones puras. La geometría se funda en la intuición pura del espacio; la aritmética, en la del tiempo (Kant Immanuel, 1787, Crítica de la Razón Pura, Doctrina trascendental de los elementos, Estética trascendental).

Las Escrituras nos recuerdan que lo dicho nunca contiene por completo lo que quiere decir. Desde la Expulsión perdimos el lenguaje angélico, ese lenguaje con el que “hablábamos con Dios” y solo nos quedó la representación.

Los conceptos y las imágenes son representaciones del mundo, reflejo inexacto, inmóvil, incompleto de un caos que, para ser cosmos, (Gr, Kósmos; Orden), debe estar sometido al tiempo -sucesivo y medible-, y al espacio limitado, también medible. Vivimos en un mundo supuesto, en un cosmos construido con la representación que es falsa, inexacta, como el reflejo de los espejos:

“Dios ha creado las noches que se arman/ de sueños y las formas del espejo/ para que el hombre sienta que es reflejo/ y vanidad. Por eso nos alarman.” (Borges, Los Espejos, El hacedor, 1960.)

Un Dios sin nombre y sin imagen, sin tiempo y sin espacio, es reconocimiento de un desborde permanente; un desborde del lenguaje, un desborde de la consciencia y de la Razón. Misterio de la luz y de la sombra.

Los rabinos enseñaron que la Torá tiene 70 rostros (Talmud, Sanedrín 34a: “Setenta rostros tiene la Torá”), el número 70 combina el 7 (perfección espiritual) y el 10 (plenitud o totalidad), lo que lo convierte en símbolo del Misterio inasible de Dios. San Pablo sostuvo que “la letra mata, el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6.), o sea que el concepto es un reflejo muerto y la vida es puro misterio.

Ambos reconocen que el texto es más grande que cualquier lector. La hermenéutica, el arte de leer lo que yace detrás de lo dicho, nace de esa infinitud controlada. La Biblia exige comprender lo que el texto permite y callar donde la razón se vuelve soberbia.

El profeta Isaías recuerda al lector que “los pensamientos de Dios no son los nuestros” (Isaías 55:8.). Esa distancia no clausura la búsqueda, seguiremos intentando “entender” a Dios; nuestro sino es intentar aunque sea imposible el hallazgo. El lenguaje intenta acercar lo que permanecerá lejano; el texto funciona como puente, pero también como frontera.

La Biblia es una deriva del Misterio: También es lenguaje, pero igual que Él está más allá de la palabra. Aquí está el escenario donde entran Averroes y Borges: frente a un Libro que habla con voz humana de una verdad que está más allá de lo humano. Un Libro que exige la razón y el temblor. Un Libro que jamás se termina porque nunca se deja poseer.

(*) Julio César Crivelli es coleccionista de arte y presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes

Dios está presente en todas partes

«Existe en la tradición cristiana cierta mentalidad, reforzada por siglos de expectativas, que opina que si uno quiere mejorar de vida, ha de entrar en una comunidad monástica. Si alguien piensa que sólo puede rezar en un entorno monástico, es que no ha comprendido las increíbles posibilidades de la vida ordinaria. Dios está tan presente en nuestras casas como lo puede estar en cualquier monasterio. No hay que ir a ninguna parte para buscar el misterio último».

(Thomas Keating, ocso)

El icono ruso que revela el misterio de la Trinidad

Estimadísimo tanto por cristianos de Oriente como de Occidente, el icono de Rublëv es una de las imágenes más profundas de la Trinidad jamás producida

«Es lo más absurdo e impropio representar en iconos a Dios Padre con una barba gris y al Hijo Unigénito en Su seno con una paloma entre ellos, porque nadie ha visto al Padre según Su Divinidad, y el Padre no tiene carne […] y el Espíritu Santo no es en esencia una paloma, sino en esencia Dios» (Gran Sínodo de Moscú, 1667).

Para la Iglesia ortodoxa rusa, la representación de la Santísima Trinidad en el arte ha sido un tema de controversia durante los últimos mil años. A pesar de que el Concilio de Nicea en 787 permitió la representación artística de Dios, la Iglesia ortodoxa rusa no estaba satisfecha con las imágenes populares de Dios Padre y Dios Espíritu Santo.

Sentían que el hombre de barba gris y la paloma no podían hacer justicia al insondable misterio del Dios trino. En lugar de estas imágenes difundidas de Dios, eligieron usar el icono de la Trinidad de Andrei Rublëv como la manera apropiada de representar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Este icono ruso es difícil de entender para los que no pertenecen a la tradición ortodoxa y a primera vista no parece representar a la Santísima Trinidad.

¿Por qué el icono tres ángeles?

La escena central del icono proviene del libro de Génesis, cuando Abraham da la bienvenida a tres extranjeros en su tienda.

«Apareciósele Yahveh [a Abraham] en la encina de Mambré … Levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a su vera. Como los vio acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra … Luego tomó cuajada y leche, junto con el becerro que había aderezado, y se lo presentó, manteniéndose en pie delante de ellos bajo el árbol» (Génesis 18, 1-8).

El icono de Rublëv representa esta escena con tres ángeles, similares en apariencia, sentados alrededor de una mesa. En el fondo está la casa de Abraham, así como una encina que se encuentra detrás de los tres invitados.

Aunque que el icono representa esta escena en el Antiguo Testamento, Rublëv utilizó el episodio bíblico para hacer una representación visual de la Trinidad que encaja dentro de las estrictas directrices de la Iglesia ortodoxa rusa.

El simbolismo de la imagen es complejo y pretende resumir las creencias teológicas de la Iglesia en la Santísima Trinidad. En primer lugar, los tres ángeles son idénticos en apariencia, lo cual corresponde a la creencia de la unidad de Dios en tres Personas.

Sin embargo, cada ángel lleva una prenda diferente, trayendo a la mente cómo cada Persona de la Trinidad es distinta. El hecho de que Rublëv represente a la Trinidad usando ángeles es también un recordatorio de la naturaleza de Dios, que es espíritu puro.

Rublëv pintando
Andréi Rubliov pintando los frescos de la iglesia del Salvador del monasterio Andrónikov en Moscú (miniatura del siglo xvi).

El simbolismo de las figuras

Los ángeles son mostrados de izquierda a derecha en el orden en que profesamos nuestra fe en el Credo: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El primer ángel lleva una ropa interior azul, que simboliza la naturaleza divina de Dios y una prenda púrpura exterior, apuntando a la realeza del Padre.

El segundo ángel es el más familiar, ya que lleva la ropa típicamente usada por Jesús en la iconografía tradicional. El color carmesí simboliza la humanidad de Cristo, mientras que el azul es indicativo de su divinidad. La encina detrás del ángel nos recuerda el árbol de la vida en el Jardín del Edén, así como la cruz sobre la cual Cristo salvó al mundo del pecado de Adán.

Por su parte, el tercer ángel lleva una prenda azul (divinidad), así como una vestidura verde por encima. El color verde apunta hacia la tierra y la misión de renovación del Espíritu Santo. El verde es también el color litúrgico usado en Pentecostés en la tradición ortodoxa y bizantina.

Los dos ángeles a la derecha del icono tienen una cabeza ligeramente inclinada hacia el otro, ilustrando el hecho de que el Hijo y el Espíritu vienen del Padre.

En el centro del icono hay una mesa que se asemeja a un altar. Colocado sobre la mesa hay un tazón o cáliz de oro que contiene el ternero que Abraham preparó para sus invitados y el ángel central parece estar bendiciendo la comida. Todo eso nos recuerda el sacramento de la Eucaristía.

El icono que muestra el Misterio

Aunque no es la representación más directa de la Santísima Trinidad, es una de las visualizaciones más profundas jamás producidas. En las tradiciones ortodoxa y bizantina permanece como la principal manera de representar al Dios Trino.

El icono es incluso muy estimado en la Iglesia católica romana y es utilizado con frecuencia por los catequistas para enseñar a otros sobre el misterio de la Trinidad.

La Trinidad es un misterio y siempre lo será mientras estamos en la tierra. Sin embargo, a veces nos vislumbramos algo en la vida divina de Dios, y el icono de Rublëv nos permite un breve segundo mirar detrás del velo.

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