Meteora, seis monasterios suspendidos en el aire

Fotografia: Detalle del acceso  al monestiro de Roussanou. Wikimedia Commons sota llicència C. C. 4.0

Alba Martorell Cid

Vista des d'un dels monestirs.
Fotografia: Vista desde uno de los monestiros. Wikimedia Commons sota llicència C. C. 4.0.

Meteora, en el centro de Grecia, es uno de los principales centros espirituales de la Iglesia Ortodoxa Griega, con monasterios suspendidos en formaciones rocosas.


Hay pocos lugares en el mundo donde la geografía y la espiritualidad parezcan tan inseparables como en Meteora. En el centro de Grecia, cerca de los pueblos de Kastraki y Kalambaka, decenas de inmensas agujas de roca se alzan repentinamente sobre la llanura de Tesalia. En la cima de algunas de estas formaciones, se conservan los monasterios de Meteora, uno de los principales centros espirituales de la Iglesia Ortodoxa Griega y una de las imágenes más emblemáticas del cristianismo oriental.

Cada año, cientos de miles de personas recorren sus carreteras y escaleras para contemplar un paisaje único, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1988. Para muchos es una visita imprescindible durante un viaje a Grecia; para otros, sigue implicando una peregrinación hacia un lugar de silencio y retiro que mantiene viva una tradición monástica de más de seiscientos años.

Para Maria Rosa Ocaña, miembro de la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Serbia, delegada en diálogo interreligioso, miembro del GTER y colaboradora en Catalunya Religió, Meteora “es un lugar al que se va por ascetismo, para estar más cerca de Dios. Es silencio, oración y contemplación”, resume. Según explica, la fuerza del paisaje no es solo estética: las grandes rocas que sostienen los monasterios expresan el deseo de los monjes de separarse del mundo para dedicarse plenamente a la vida espiritual.

Los orígenes de Meteora

Las cuevas y simas de la región, como la de Teopetra, habían sido habitadas durante la prehistoria; pero la literatura griega y los mitos clásicos no hacen referencias explícitas al conjunto paisajístico de Meteora. Los primeros indicios de ermitaños que se instalan en este lugar se encuentran en los siglos IX y X. Buscaban un lugar inaccesible donde poder vivir alejados del mundo para dedicarse a la oración continua, siguiendo la tradición de los antiguos Padres del Desierto de Egipto y Siria, considerados los fundadores del monaquismo cristiano oriental.

Aquellos primeros ascetas habitaban cuevas naturales y pequeñas cavidades excavadas en la roca. Solo bajaban periódicamente hasta una pequeña iglesia situada a los pies de las montañas para celebrar conjuntamente la liturgia. La vida monástica organizada comenzó más adelante, en el siglo XIV, en un contexto de inestabilidad política provocada por la descomposición del Imperio Bizantino y la expansión otomana.

Hacia 1344, el monje Atanasio de Meteora, procedente del Monte Athos, el gran centro del monaquismo ortodoxo, fundó el Gran Meteoro, el primer monasterio del conglomerado. Esta denominación, que en griego significa ‘suspendido en el aire’, acabaría identificando todo aquel paisaje.

Durante los siglos XV y XVI se vivió la época de esplendor. Nobles, emperadores bizantinos y gobernantes de los principados rumanos financiaron la construcción de nuevos conventos, iglesias y bibliotecas. En su momento de máximo desarrollo hubo veinticuatro monasterios, además de numerosas ermitas y celdas eremíticas repartidas entre las rocas.

La tradición monástica ortodoxa

Meteora no es un museo al aire libre. Ocaña explica que Meteora “fue el centro monástico más importante de la ortodoxia después del Monte Athos”. No obstante, de los veinticuatro monasterios históricos, solo seis continúan en funcionamiento: el Gran Meteoro, Varlaam, San Nicolás Anapafsas y la Santísima Trinidad, habitados por comunidades masculinas; y Roussanou y San Esteban, que hoy son conventos de monjas. El resto fue desapareciendo progresivamente.

A diferencia del monaquismo occidental, los monasterios de Meteora no forman parte de una orden religiosa. Pertenecen a la Iglesia Ortodoxa Griega y siguen la tradición espiritual oriental inspirada en san Basilio el Grande, una de las figuras más importantes del cristianismo de los primeros siglos. Cada monasterio es una entidad con autonomía, regida bajo la autoridad del obispo correspondiente y en comunión con el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla.

Cada uno conserva su propio calendario litúrgico y celebra con especial solemnidad la fiesta de su titular, momento más importante del año para la comunidad. Destacan la Transfiguración del Señor el 6 de agosto, celebrada en el Gran Meteoro y en Roussanou; san Nicolás el 6 de diciembre; la Santísima Trinidad el lunes después de Pentecostés, y san Esteban el 27 de diciembre. Estos días los monasterios celebran largas vigilias, la Divina Liturgia y acogen numerosos fieles ortodoxos.

¿Qué pasó con los otros monasterios?

Las causas son diversas. Algunos quedaron abandonados durante los siglos XVII y XVIII como consecuencia de la disminución de vocaciones. Otros sufrieron los efectos de guerras, saqueos o incendios. Durante la Segunda Guerra Mundial, varios edificios fueron bombardeados o expoliados por las tropas alemanas e italianas, mientras que la Guerra Civil Griega terminó de acelerar su decadencia.

En algunos casos, solo se conservan las ruinas; en otros, pequeñas capillas excavadas en la roca o restos de las antiguas cisternas y dependencias monásticas. Todavía hoy, caminando por los senderos de Meteora, es posible descubrir vestigios de aquella extensa red de hermandades que un día convirtió estas montañas en uno de los grandes epicentros de la ortodoxia.

Una peregrinación vertical

Durante siglos, llegar a los monasterios era una auténtica prueba física. No había escaleras excavadas en la roca ni carreteras. Maria Rosa recuerda que este aislamiento respondía también a una opción espiritual. Hasta bien entrado el siglo XX, “tenían que subir con cuerdas, redes y cestas”. Aquel sistema, más que una simple dificultad de acceso, simbolizaba la separación entre la vida monástica y el mundo.

Las escaleras actuales, construidas principalmente durante el siglo XX, han facilitado enormemente las visitas, pero la llegada a los monasterios sigue exigiendo un cierto esfuerzo. Para muchos, la subida mantiene un valor simbólico: la ascensión recuerda que toda búsqueda espiritual implica dejar atrás, aunque sea temporalmente, los ritmos de la vida mundana.

Meteora invita a alzar la mirada

“Prácticamente todos los grandes monasterios de tradición ortodoxa custodian reliquias de santos y son lugares de peregrinación”, recuerda Ocaña. En este amplio mapa, Meteora ocupa un lugar destacado, junto a otros sitios como Tierra Santa, el Monte Athos, Ostrog, Rila o las grandes lavras de Ucrania y Rusia.

Para quien quiera comprender esta espiritualidad desde dentro, Ocaña recomienda una lectura convertida en un clásico de la literatura religiosa oriental: Relatos sinceros de un peregrino ruso a su padre espiritual, editado en catalán por Sebastià Janeras (Pagès Editors, 2012). La obra narra el camino de un peregrino anónimo que recorre Rusia buscando aprender a vivir la oración incesante, una búsqueda interior que resume buena parte del espíritu de la peregrinación ortodoxa.

Con todo, las rocas de Meteora aún hoy transmiten la misma intuición que llevó a los primeros ermitaños a establecerse allí hace más de mil años: a veces, el silencio, la belleza y la altura pueden ayudar a orientar la mirada hacia lo trascendente. En un mundo cada vez más acelerado, estos monasterios suspendidos en el aire son, sobre todo, una invitación a alzar la mirada.

Fuente: Monasterios de Meteora, patrimonio espiritual en Grecia | Catalunya Religió: Portal religioso de Cataluña | Alba Martorell Cid


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