Terrorismo de Estado y territorio: el plan sistemático para desterrar a los pobres

Por Euge Murillo


A 50 años del golpe, la presentación del libro de Roberto Baschetti “Movimiento Villero Peronista” y los testimonios de quienes formaron parte de la militancia en los barrios populares recuperan una gesta invisibilizada: la de las villas en dictadura que se organizaron para resistir.

“No había agua ni luz y entonces las villas eran un lugar de militancia muy fuerte”, dice Fátima Cabrera recordando su paso por la Villa 31 de Retiro en los 70´ y en un intento por reponer las historias de militancia en los barrios populares del país con plena conciencia de que son escenas en la recámara de la historia. La erradicación de la villas como práctica estatal sistémica comenzó a ejecutarse a finales de los 60´, en el contrapeso tuvieron un rol protagónico los curas villeros referenciados en el padre Mujica y el Movimiento de Villeros Peronistas, una organización nacional que tuvo dos encuentros multitudinarios en Santa Fe y Córdoba.

El domingo se presentó en el marco de la Feria del Libro de Derechos Humanos en la Ex Esma y a 50 años del Golpe Militar el libro “Movimiento Villero Peronista” de Roberto Baschetti, allí estuvieron el autor, la diputada nacional de Unión por la Patria Fernanda Migno y Fátima Cabrera, quien es también una sobreviviente de la dictadura y quien reconoce que este libro es un trabajo necesario de hacer para la construcción de una memoria activa.

Sus recuerdos oscilan entre las visitas a la capilla del barrio, las empanadas que hacía su abuela para recibir a Mujica y la lucha para que la erradicación de las villas no desarticulara por completo la organización social que se había consolidado en el corazón de los barrios en donde “no estaba lo básico”. A sus 9 años abandonó su Tucumán natal expulsada por el cierre de los ingenios azucareros y junto a su familia se instaló en Retiro donde comenzó a a ir a la capilla del barrio y muy tempranamente se convirtió en la primera catequista de la villa: “El movimiento villero peronista fue una gran organización, incluso tuvo dos congresos, uno en Santa Fe -que yo no pude ir porque mi madre no me dejó porque era muy chica- y el de Córdoba. Ahí sí pude ir y se debatió durante días temas relacionados a la vivienda y a la política”, cuenta en diálogo con Página12.

Los dos congresos nacionales sucedieron en 1973 y 1974 y se reunieron cientos de delegados y delegadas de todo el país para discutir sobre la creación de cooperativas y empresas populares en donde los mismos habitantes de las villas pudieran construir sus viviendas sin intermediarios. La tarea de resolver los problemas en los barrios era cotidiana y se combinaba con las ideas de revolución del momento: “Yo era chica, pero para mi el impacto de tener que hacer cola para una canilla de agua era muy fuerte. No teníamos luz. Los incendios se producían por las velas”, dice el testimonio de Fátima que integra el capítulo del libro “Militantes Villeros. Historias de vida”. En esos tiempos en los que Fátima se convertía en la primera catequista de la Villa 31 y recibía con su abuela al padre Mujica, el barrio se llamaba Eva Perón y estaba compuesto por Inmigrantes, Güemes, YPF, Comunicaciones, Laprida y Saldías. En 1970 se inaugura la parroquia Cristo Obrero en Comunicaciones y allí es donde Fátima comenzó su trabajo más intenso en la villa.

Las ideas de revolución y la militancia vecinal

Baschetti recupera un movimiento a través de un enorme archivo con testimonios de villeros y villeras de variados territorios del país con una práctica de solidaridad y de trabajo comunitario que desarma la estigmatización y la invisibilización en la historia de los barrios populares en el país.

Según pudo reconstruir Baschetti, el surgimiento del MVP no fue posible sin el accionar de los integrantes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) que actuaron como agentes de articulación entre los habitantes de las villas y los jóvenes laicos de clase media (estudiantes universitarios y profesionales) que estaban vinculados a la tendencia revolucionaria del peronismo. Esta articulación formó el Movimiento de Villeros Peronistas en 1973 con las elecciones ganadas por Héctor Cámpora. En el congreso de Córdoba se acordó una postura política que marcaría todo el movimiento hasta su caída en la dictadura del 76. “El Movimiento Villero Peronista es una organización político reivindicativa identificada por la doctrina peronista, que nos damos los compañeros de todas las villas de la República, para participar activamente en el gobierno popular de Juan Domingo Perón. Guiados por el espíritu revolucionario de la compañera Evita y comprometidos a continuar el proceso de Liberación Nacional por el cual dieron su vida tantos compañeros”

Erradicación de las villas

A partir del 76´ se implementaron planes de erradicación violentos en los que se utilizaban camiones de basura para trasladar a las familias y topadoras para demoler sus hogares: “A un montón de familias en los barrios se las llevaba en camiones y se los dejaba en algún lugar del Gran Buenos Aires, eso fue el terrorismo de estado en el tema de vivienda y territorio”, cuenta Fátima. Alberto Chejolán tenía 34 años cuando fue asesinado en 1974 en las cercanías de la Plaza de Mayo cuando participaba de una protesta por la erradicación de las villas: “El 25 de marzo de 1974 estábamos reclamando las condiciones de las viviendas del plan de Lopez Rega, cuánto tendríamos que pagar y disputar los acuerdos, y en esa protesta fue asesinado el vecino Alberto y un montón de compañeros cayeron presos. Inmediatamente después, el 11 de mayo de ese mismo año fue el asesinato del padre Mujica que nos marcó muchísimo”, cuenta Fátima.

Para ella y la mayoría de la militancia en las villas la muerte de Mujica significó la antesala de la dictadura, fue un intento por “acallar la voz de los pobres” y sin duda un golpe muy grande para la organización que se estaba dando en los barrios. El crimen ocurrió el 11 de mayo de 1974 en el barrio de Mataderos, a la salida de la iglesia de San Francisco Solano, donde el sacerdote acababa de oficiar misa.

A fines de 1974, Fátima se fue a Villa Soldati a unas viviendas destinadas a jubilados y se conectó con sacerdotes “muy comprometidos”, algunos de ellos pertenecientes a la Fraternidad Carlos de Foucauld y es allí donde conoce a los padres Carlos Bustos, Mauricio Silva y Pablo Gasserri que fueron desaparecidos en dictadura.

“En octubre de 1976 estaba saliendo de una reunión de la comisión vecinal y me secuestran junto al padre Patricio Reis que era irlandés”, recuerda Fátima que sobrevivió gracias a que pudo intervenir la embajada de Irlanda y la familia del sacerdote.

La resistencia en los barrios

En los testimonios que recopila Baschetti están los que muestran el tipo de organización que había en las villas: “No éramos dirigentes, éramos vecinos. Pero eso era un laburo militante’, cuentan Leonardo ‘Bichi’ Martínez y Alfredo ‘Mantecol’ Ayala. Criados en villas de Beccar, militantes en los ’70, detenidos-desaparecidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) sobrevivientes y otra vez militantes por los pasillos de los barrios Sauce y Uruguay, repasan su historia entre mate y mate, en la primera conmemoración del Día Nacional de la Identidad Villera (…) La fecha se instauró por ley en 2014 en homenaje al cura villero Carlos Mugica nacido un 7 de octubre.

Silvia Vázquez también es sobreviviente de la dictadura, vivió en la Villa 20 de Lugano y fue parte de la organización en torno a la vivienda: “La decisión fue que no hubiera más villas en la ciudad de Buenos Aires; no querían que existieran y los vecinos hicieron una resistencia. En ese entonces, las villas estaban compuestas más que nada por población del interior de Argentina; no había migrantes”, cuenta además, que en plena dictadura los militares se instalaron en el Centro de Salud de la villa y tiraron abajo una guardería modelo: “La había construido el gobierno peronista, a la iglesia no la pudieron tirar porque estaba el padre Héctor Batán”.

Maria Eva Camelli, Doctora en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires realizó muchas investigaciones en relación al movimiento villero de los 70 y en especial en el marco del «Primer Plan de Radicación para la Villa 31» como un antecedente de la defensa del derecho a la ciudad. Mientras el Estado buscaba el desalojo -algo que se puede percibir cotidianamente en la Ciudad de Buenos Aires- la resistencia villera proponía la radicación definitiva en las tierras que ya habitaban. Su enfoque refuerza la idea de que los villeros no solo resistían con el cuerpo frente a las topadoras, sino con proyectos técnicos y urbanísticos propios, como los planos de viviendas presentados ante Perón en 1974.

La historia de estas resistencias demuestra que el problema de la vivienda en Argentina tiene raíces profundas en el terrorismo de Estado pero también en la capacidad de resistencia de los sectores populares. Frente a un modelo que históricamente intentó “limpiar” la pobreza desplazándola a los márgenes, el MVP propuso la radicación como un acto de soberanía. La memoria de Fátima y el archivo de Baschetti abren ese pliegue de la historia y lo expanden a 50 años del golpe militar.


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