- por Evaristo Villar
Evaristo Villar es un nombre clave en la historia de la Iglesia de base en España. Sacerdote y teólogo, impulsó la revista Éxodo y participó en distintos movimientos cristianos de base, siendo figura destacada en la fundación de Redes Cristianas. En el año del 20 aniversario de esta iniciativa, reflexiona sobre una Iglesia que, años después del Vaticano II, sigue instalada en la encrucijada. Una reflexión que se articula en torno a cuatro ejes principales.

Vivimos un «cambio de época», más que una simple época de cambios. Lo dijo el Papa Francisco y, hoy, en 2026, lo confirmamos con una mezcla de perplejidad y esperanza. Mientras el Foro de Davos prioriza el lucro sobre las personas, el imperio multiplica sus guerras y una «fragilización del orden mundial» sacude los cimientos de la cooperación internacional, la Iglesia navega entre la llamada a la sinodalidad y la tentación de replegarse sobre sí misma. En este contexto de incertidumbre geopolítica y polarización eclesial, una pregunta emerge con fuerza inusitada: ¿Cuál será la forma pública del cristianismo en el futuro?
Redes Cristianas, que este 2026 cumple 20 años, no quiere limitarse a celebrar un aniversario. Quiere abrir un proceso. Por eso ha lanzado el I Premio Redes Cristianas: «Atrévete a Soñar», una invitación abierta a personas, comunidades y colectivos a reflexionar y responder por escrito, si fuera el caso, a este gran interrogante. No es un gesto nostálgico, sino profético: una llamada a abrirse creativamente al futuro desde las raíces del Evangelio.
1. Una Iglesia en red para un mundo fragmentado
En tiempos donde la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías redefinen lo humano, la tentación de una Iglesia-fortaleza, rígida y patriarcal, autorreferencial, es grande. Frente a ella, Redes Cristianas propone un modelo radicalmente distinto: el de una Iglesia en red, democrática, participativa e inclusiva. Lejos de los palacios episcopales, en la «periferia» geográfica y existencial, este movimiento ha tejido una constelación de más de 200 grupos —comunidades de base, parroquias abiertas, asociaciones de teología, colectivos de espiritualidad comprometida— que no esperan instrucciones desde arriba, sino que disciernen juntos el camino.
Como recordaba Unamuno, «la tradición no se hereda, se conquista». Y esa conquista, pasa, hoy, por reconocer que la riqueza está en la diversidad. Mientras algunos sectores eclesiales miran al pasado con nostalgia, Redes Cristianas sabe que el pasado no nos dirige, nos empuja. La fuerza de la fe no reside en los templos de piedra, sino en las comunidades vivas que se atreven a ser fermento en la masa de una sociedad líquida y desorientada.

2. La opción por los pobres: termómetro del Evangelio
En un mundo donde la brecha entre ricos y pobres se ensancha y las políticas migratorias se endurecen, Redes Cristianas sigue poniendo en el centro a los últimos: migrantes, trabajadoras precarias, personas LGTBI+ discriminadas, vendedores del Top Manta. No es una moda progresista, es la savia del Evangelio. Es la convicción de que sólo desde abajo se anuncia la Buena Noticia.
El Papa Francisco lo expresó con fuerza en Evangelii Gaudium: “El amor al pobre es una dimensión ineludible del amor cristiano, el pan cotidiano de nuestra vida de fe” (ns.197-198). Y, como con ironía profética escribió Chesterton, «el cristianismo ha muerto muchas veces, pero ha resucitado de nuevo porque tenía un Dios que sabía cómo salir del sepulcro»(cfr. El hombre eterno (2004), Ediciones Cristiandad. p. 323). La historia demuestra que los intentos de domesticar la fe acaban fracasando; lo que perdura es la fuerza liberadora del Evangelio, especialmente cuando brota de los pobres.
3. Reforma o inmovilismo: la tensión permanente
La tensión que hoy sacude a la Iglesia no es nueva. Está inscrita en el ADN de toda institución que quiere ser fiel y, a la vez, viva. Desde los primeros concilios hasta el Vaticano II, la Iglesia ha sido siempre escenario del debate entre guardianes de un museo y cultivadores de una plaza abierta. Lo mismo ocurre en la política, en la universidad, en la cultura: la pugna entre el inmovilismo que atornilla y la creatividad que alumbra.
En este 2026, mientras León XIV convoca a los cardenales para confirmar el camino de la reforma emprendida por Francisco, la tentación de algunos es ralentizar el paso o cambiar de rumbo. Pero como cantaba Machado: “No hay camino, se hace camino al andar”. Redes Cristianas lo tiene claro: el cristianismo del futuro no está escrito en ningún documento cerrado, se construye día a día, con pasos pequeños, comunitarios, a veces contradictorios, pero siempre hacia adelante.

4. Escribir el mañana
Este aniversario no es un punto final, ni siquiera un punto y aparte. Es una coma, un guion, un signo de interrogación abierto. ¿Qué cristianismo queremos construir? La invitación está lanzada: reflexionar, escribir, soñar despiertos. No se trata de un ejercicio académico, sino de un gesto profundamente pedagógico y comprometido.
El Evangelio nos recuerda que “no se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, y alumbra a todos” (Mt 5,15). Cada texto, cada testimonio, cada experiencia compartida puede ser esa lámpara que ilumine un camino común en medio de tanta oscuridad.
Celebrar 20 años es, para Redes Cristianas, abrir de par en par las ventanas para que entre el aire fresco de la calle, de las periferias, de los excluidos. Porque el futuro del cristianismo no se decidirá en los despachos vaticanos ni en las sacristías bien ordenadas. Se decidirá allí donde alguien, con nombre y rostro, se atreva aún hoy a pronunciar con hechos las más antiguas y nuevas palabras: renovación con esperanza.
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