Presencia del Espíritu


EL ESPÍRITU no puede pasar inadvertido:
es VIENTO, que sopla;
es FUEGO, y abrasa;
es AGUA, y fertiliza y limpia;
es AMOR, y remueve el corazón y las
de todos los sedientos de Justicia.
El espíritu se mueve, y mueve;
es comunicación, y se comunica;
es Alegría, y destierra todo temor.
El Hombre del Espíritu
vive, trabaja, sufre, lucha, ama y espera
con la profundidad del Espíritu,
con la tenacidad del Espíritu,
con la confianza del Espíritu,
con la generosidad que solo puede dar el Espíritu.
No pasa inadvertida la presencia del Espíritu
Corazones que se le abren.
Es un buen Minero que sabe extraer los más ricos tesoros
de las profundidades de cada existencia:
el tesoro de la fe del hombre en sí mismo,
que lo hace audaz y creativo en sus empresas;
el tesoro de la Fe del hombre en sus hermanos,
que lo hace respetuoso, comunicativo, transparente;
el tesoro de la Fe del hombre en Dios,
que le comunica la experiencia de su Amor inquebrantable.
El espíritu es soplo de eternidad
que hace florecer al Cielo en la Tierra.
El Espíritu viene de Dios, y vuelve siempre a Dios,
pero aquel que se deja arrebatar en su corriente

infinita, se hace portador en todos sus gestos,
en todas sus miradas, en todos sus respiraciones,
de una sola Palabra, de un solo Nombre, con poder de
Salvación: Jesús.
El Espíritu no puede pasar inadvertido
a su paso por este Mundo:
el que lo invoca con sincero corazón
se hace el mismo Viento y arrastra;
Fuego, e incendia;
Agua, y prepara los surcos de la Historia
para la cosecha de los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva;
Amor, se hace, sobre todo, Amor,
y nos ayuda a descubrir y disfrutar
la presencia de Dios
como ternura que eleva nuestra carne.
Antonio LÓPEZ BAEZA


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