DIOS ES LA SOLEDAD DEL DESIERTO


«Carlo Carretto era un zapatero experto. En 1968,
cuando yo era un joven estudiante, pasé unos meses con él en
el Sahara, en Beni-Abbès. Carlo pasaba horas sentado en un
taburete de zapatero […] En 1971, continuando mi propio
viaje espiritual, realicé mis primeros votos de Hermanito del
Evangelio, y desde entonces viví casi siempre en nuestra
fraternidad de Nueva York. Extraña vocación la nuestra, que
te nutre del desierto y después te arroja en un cuartito de la
ciudad […] En Nueva York descubrí otro desierto, otro paisaje
vacío y desolado: el de la soledad. El sufrimiento de la gente de
la calle, de los vagabundos, de los drogadictos, de los enfermos
mentales… Era un nuevo Sahara, el lugar de otra peregrinación
en la nada en la búsqueda del Todo […]
El desierto no es un lugar geográfico, lo remite a
menudo, sino sobre todo una dimensión fundamental de
nuestra vida, la dimensión fundamental de la vida de cada uno
de nosotros. Sin embargo, casi siempre nos negamos a
enfrentar necesariamente este viaje y pasamos las vida
huyendo. Huimos frente al silencio de Dios rellenándolo con
piedad, moralismo y clericalismo hasta sofocarlo. Huimos a la
vista del pobre, deslumbrándonos con teorías, excusas y
pretextos. A menudo somos generosos, pero tenemos
demasiado miedo a la soledad, del silencio, de la pobreza. El
desierto es un mirada de verdad de nuestra vida y, en lugar de
acogerlo y descubrir el Todo por el camino de la nada,
escapamos… ¡El vacío da terror! ¡Mejor huir que abandonarse!
En las Bienaventuranzas, corazón de la enseñanza de
Jesús, la condición de vacío se exalta como manifestación de lo
divino. Quien no posee es bienaventurado… quien se vacía está
pleno… quien tiene sed es fecundo… quien necesidad es
afortunado. La felicidad se encuentra en el extremo opuesto de
donde la buscamos a menudo: ¡qué torpes somos! Es en este
vacío interior del hombre que vive las bienaventuranzas donde
las sandalias del peregrino y las pantuflas del vagabundo se
vuelven una sola cosa. No hay verdadero desierto si no es la
del hombre despojado, desnudo de las Bienaventuranzas.
Vacío, desnudez, pobreza… No se trata de realidades creadas
artificialmente. Están allí, las llevamos dentro, pero no
queremos verlas. La ceguera voluntaria es nuestro pecado más
grande. Es una manera sutil de huir. El desierto de las
Bienaventuranzas nos obliga a ver nuestro vacío, aunque dé
miedo, aunque haga mal; y a veces nos hace muchísimo mal.
Los pobres de este mundo son el paisaje de nuestro paisaje
interior; por eso a menudo evitamos fijar la mirada en ellos.
Porque nos vemos a nosotros mismos. Porque nos
descubrimos hijos de Job, tierra seca, agostada. Y un día
descubrimos que este espacio de vacío (podemos llamarlo
desierto o bienaventuranza, es lo mismo) no es el lugar de
pasaje para llegar a Dios, sino el punto de llegada. El desierto
que creíamos era el camino es, en cambio, el destino final. No
hay una tierra prometida más allá de todas las dunas
superadas. La peregrinación, el exilio… son la patria esperada.
Dios está en el corazón del desierto atravesado, en el corazón
del viaje, del exilio. El Todo no está más allá de las dunas de
la Nada, sino en su centro. El Todo está en la “Nada”. Dios
acampó en el desierto. Dios es el desierto. Dios es la soledad
del desierto. Y el corazón se podrá relajar, descubriendo que en
ese vacío se encuentra la perfecta alegría. La comunión que
buscamos toda la vida no es lo contrario a la soledad. Es sobre
todo la afirmación luminosa de la soledad: soledad descubierta
bajo una luz divina y transformada en abandono. Por esto un
monje del siglo cuarto, que no había visto las películas de
Hollywood, decía que el amor auténtico es hijo del “desierto”.
Y la peregrinación continúa: cada vez más verdadera, cada vez
más exigente, cada vez más interior […] Gracias, Carlo, por
aquellas sandalias. Las necesito todavía. Quién sabe cuánto
debo caminar todavía; estoy al principio. Tenías razón: para
este viaje el hilo de hierro es mejor que la cola de pegar».
GIORGO GONELLA, “Prólogo”
en CARLO CARRETTO, Il deserto nella città.


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3 comentarios en “DIOS ES LA SOLEDAD DEL DESIERTO

  1. Me he preguntado si Carlos Carreto, hace milagros. Leí su obra Cartas del Desierto, en los años cercanos a su muerte. El 27 de diciembre 2024 en la cena por la Sagrada Familia, comenté sobre este libro con un amigo sacerdote, busque en la web antes de acostarme y me encontré este comentario del día y me pareció el mas verdadero de los que encontré . Tenía mucho tiempo de no comentar sobre lo que significa para mí la vida y obra del hermano Carlos. Es tiempo de renovar lo aprendido.

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