ENTREVISTA AL HERMANO RENÉ VOILLAUME SOBRE CARLOS DE FOUCAULD


La entrevista apareció en el Boletín
“Nouvelles des Fraternités”, de las Hermanitas de
Jesús, en mayo de 1993.

  • Hermano René, ¿cómo fue vuestro encuentro con
    Carlos de Foucauld?

    Se puede decir que no solamente yo mismo, sino el
    conjunto de la juventud francesa se encontró con Carlos de
    Foucauld gracias a su biografía, escrita por René Bazin,
    habiéndole sido solicitada por Luis Massignon. No sé si
    habéis oído hablar de este último. Era un islamólogo muy
    conocido que, desde su conversión, entró en contacto con
    Carlos de Foucauld.
    Massignon era mucho más joven que Carlos de Foucauld,
    pero estuvieron muy unidos. Durante la guerra de 1914 –
  1. Massignon había sido incorporado a filas en el frente
    de Oriente. Es allí donde se enteró, a través de la prensa,
    que Carlos de Foucauld había sido asesinado en el Sahara.
    Durante su vida, Carlos de Foucauld no fue conocido. Tuvo
    un momento de gloria, si podemos hablar así, cuando
    después de haber explorado Marruecos, público
    Reconnaissance au Maroc. Esto fue una exploración
    geográfica muy precisa, muy detallada y que le valió el
    Premio de la Sociedad de Geografía. Pero después de esto
    pasó a la sombra, se convirtió, desapareció, no dejó su
    dirección a sus amigos, a nadie. Entró en la Trapa y siguió
    su camino…
    Cuando lo mataron en 1916, nada más lo conocían los
    oficiales del Sahara, su familia y algunos sacerdotes en
    Francia que estaban en relación con él. Esto es importante
    señalarlo porque está al origen de todo. Carlos de Foucauld
    tenía la idea de fundar una orden: Los pequeños Hermanos
    del Sagrado Corazón de Jesús. Era un proyecto que
    largamente meditó, pues había escrito los reglamentos con
    toda clase de detalles, como si existiese verdaderamente la
    orden. Era su sueño. Las circunstancias eran tales en el
    Sahara que además de su difícil acceso, debido a la
    conquista, el gobierno de Francia expulsaba a los religiosos.
    Por esto, incluso en el Sahara, los Padres Blancos y el
    mismo Carlos de Foucauld eran muy discretos. (p.10)
    Entonces, hacia el fin de su vida, vió todo el trabajo que
    se podía hacer entre los tuaregs y esto pedía la colaboración
    de laicos; quería escuelas, la formación de las mujeres, la
    educación de los niños, el cuidado de los enfermos… y como
    ninguna religiosa podía ir al Sahara en aquel momento
    pensó que los laicos lo podían hacer bien. Es por eso que
    escribió la regla de la asociación de laicos…
    Luis Massignon era uno de los pocos miembros de esta
    asociación. Desde que Massignon conoció que su amigo
    había sido asesinado vino a París para continuar su obra. Le
    dijeron: “Ahora que Carlos de Foucauld ha muerto, todo se
    ha acabado, él no es conocido. ¿Qué importancia tiene esta
    pequeña asociación de cuarenta personas?”. Pero
    Massignon resistió.
    La persona que se ocupaba de la Asociación en aquel
    momento era el superior general de los Padres del Santo
    Espíritu. Le dijo a Massignon: “El único medio de continuar
    esta obra es que Carlos de Foucauld sea conocido. Hay que
    escribir su vida”. Massignon se dirigió a René Bazín,
    novelista célebre en la época. Era ya mayor y después de
    dudar acepto la tarea.
    Para tener todos los testimonios posibles quiso efectuar
    un viaje a Argelia, a pesar de su edad y de las dificultades
    de los viajes en aquel momento. Fue a ver a los padres
    blancos en Argelia y llegó hasta Beni – Abbès en el Sahara.
    Así tuvo la oportunidad de interrogar (p.11) a muchos
    testigos que conocieron al hermano Carlos: es por esto que
    tiene valor su biografía.
    Carlos de Foucauld murió en 1916. El libro de René
    Bazin salió en 1921. En aquel momento tenía 17 años y
    estaba en la escuela. Como muchos jóvenes leí este libro
    que tuvo una repercusión considerable y Carlos de Foucauld
    fue conocido. Lo que representaba para la Iglesia como tipo
    de vocación era una vida misionera contemplativa. Es así
    como nosotros lo percibimos.
    Desde que leí esta vida tuve el deseo de seguir esta
    vía, pero tenía 17 años… Entré en el Seminario Mayor de
    París en 1923. Es bueno recordar que en aquel momento la
    Iglesia atravesaba un periodo misionero “eufórico”. Fue el
    momento de la fundación de la Acción Católica y las
    vocaciones sacerdotales eran numerosas.
    Es en este contexto que el libro de René Bazin
    apareció. Encontramos el aliento misionero más la
    Eucaristía, la adoración eucarística. No hay solamente los
    hermanitos y las hermanitas; otras fundaciones nos
    precedieron: en primer lugar, una mujer, Suzanne Garde,
    que tuvo que salir del Carmelo de Túnez por razones de
    salud y que se sentía llamada a una vida misionera
    contemplativa. Leyó el libro de René Bazin y encontró la
    llamada de Carlos de Foucauld que textualmente escribió:
    “Quisiera laicas, pero viviendo como religiosas”. Entonces
    ella quiso fundar esto.
    En esta época, los institutos seculares no existían y
    esta intuición era precisamente la del instituto secular:
    laicado con consolación religiosa. Suzanne Garde fundó un
    grupo con jóvenes muchachas y partió hacia África del
    Norte. Este fue el primer ensayo.
    Enseguida hubo bajo el impulso de monseñor Lemaitre,
    arzobispo de Cartago, una fundación en el sur tunecino,
    compuesta por un antiguo abogado convertido, el padre
    Henrion, y un almirante retirado, el almirante Malcore. Los
    dos habían sido ordenados sacerdotes en Túnez y partieron
    al desierto para llevar una vida eremítica.
    Hubo un grupo de chicas, creo que eran cinco,
    originarias todas ellas de Versalles, pues coincide que tanto
    el padre Henrion como estas jóvenes estaban dentro del
    movimiento espiritual y filosófico de Jacques Maritain. Esta
    fundación estaba en la línea carmelitana: era una vida
    eremítica con la adoración del Santo Sacramento. Todo esto
    ha precedido nuestro ensayo.
    Después fue el padre Peyriguère, del que habéis oído
    hablar. Este hizo primeramente un ensayo desgraciado con
    el Padre Chatouville, un padre blanco, desgraciado porque
    ellos habían querido comenzar a aplicar, en un oasis del
    Sahara, la regla de Carlos de Foucauld, que era muy severa
    especialmente desde el punto de la alimentación. El padre
    Chatouville murió. Vino a morir a Vichy.
    El padre Peyriguère vino a rehacer su salud en
    Burdeos, partiendo posteriormente, en 1925, para
    Marruecos. (p.12) Se estableció en medio de una tribu
    bereber viviendo solo la misma vida que llevó Carlos de
    Foucauld en Tamanrasset, es decir, una vida encarnada en
    las tribus bereberes, a su servicio, curando a los enfermos,
    con la adoración al Santo Sacramento, de día y de noche.
    Conocí al padre Peyriguère y también fui a ver al Padre
    Henrion en el sur tunecino, pensando que, en vez de fundar
    una cosa aparte, sería mejor juntarse con lo ya existente.
    Pero el padre Henrion no quería fundar nada y nosotros
    éramos un grupo de unos diez seminaristas orientados en
    este sentido. Es por esto que, poco a poco, con la ayuda de
    los padres blancos, yo hice un noviciado con ellos para
    formarme a la vida religiosa en África, partimos un grupo de
    cinco jóvenes sacerdotes de París y nos establecimos en
    1933 en El-Abiodh Sidi Cheikh, que es un pequeño oasis en
    el sur oranés.
    Nosotros, pues, heredamos no solamente un ideal que
    el hermano Carlos había vivido, sino también su regla, pues
    tuvimos comunicación por los padres blancos del cuaderno
    sobre el cual Carlos de Foucauld escribió su regla. Tomamos
    esta regla, adaptándola, pues no se podía realizar, pero
    tenía grandes intuiciones.
    ¿Qué es lo que no se podía realizar de la regla de Carlos
    de Foucauld?

    Como sabéis bien, cuando se escribe una regla, en
    general, ésta está precedida por una experiencia de vida que
    después se codifica, mientras que con el padre Foucauld
    estaba en su imaginación lo que se tenía que vivir. Y como
    era una persona extrema en todo fue extremo en el amor a
    Cristo: es esto lo que le hace santo…

Descubre más desde FOUCAULD DIALOGOS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario