«Te dirijo, ¡Oh Dios mío!, una ardiente plegaria, que todos aquéllos y aquéllas que quieren ser discípulos del humilde Hermano Carlos, reciban la gracia de una fe profunda en tu Iglesia. En un siglo atravesado por ideologías contestatarias, por la constante crítica a cualquier autoridad, guarda el corazón de mis hermanos y hermanas para que miren a la Iglesia como la fe de un niño, y esperen más allá de las personas que la constituyen, más allá de la realidad humana que es su materia, la divina realidad de tu Sacramento. Dales, Señor, la alegría de la firmeza de la fe de la Iglesia, la fuerza de resistir a quienes quieren llevarlos a una crítica vana. Que recuerden que la calumnia e incluso la maledicencia, son siempre faltas graves contra la caridad, y tanto más grave cuando se trate de la Iglesia».
Fue durante un viaje por Marruecos en 1883 cuando San Carlos de Foucauld descubrió el Islam y los musulmanes. Marcado por la piedad de los fieles de la religión del Libro, tuvo una experiencia espiritual decisiva durante la Noche del Destino (Laylat-ul al-qadr) que fue sin duda el primer paso de su conversión a la fe católica pocos años después. El amor sincero de Charles de Foucauld por los musulmanes y el mensaje universal del Islam nunca vaciló a lo largo de una vida dedicada a Dios ya sus hermanos en humanidad. Nuestro encuentro con los hermanos monjes de Notre-Dame de l’Atlas, un monasterio muy ligado a la figura del ermitaño de Béni Abbès, tiene por tanto una resonancia muy particular. Recitar el dhikr y cantar los poemas del Cheikh al-Alawi durante una sesión de sama’a (canto espiritual sufí) en el recinto de la capilla Charles de Foucauld fue para todos nosotros una experiencia de intensa emoción. . Al recitar la shahada (profesión de fe musulmana) y versos del Corán frente al retrato del santo varón, su rostro de infinita dulzura, su sonrisa benévola y su mirada rebosante de amor, tuve la impresión de perpetuar la obra y la voluntad de quien quiso mezclar pasajes del Corán en sus oraciones, según sus palabras al Abbé Huvelin que lo condujo al camino de Cristo en 1886. Como recuerda uno de los hermanos monjes, el Espíritu Santo estaba con nosotros durante este acontecimiento inolvidable y, sin duda, también estuvo presente la barakah (bendición) de nuestros shaykhs sufíes. El Padrenuestro recitado en lengua árabe ha culminado este encuentro espiritual, que no ha sido un simple encuentro de cortesía entre cristianos y musulmanes sino una verdadera comunión entre hermanos en Dios, entre hijos de Adam honrados por el Todopoderoso, alabado sea Él. Doy gracias a Dios por haber podido vivir momentos tan preciosos con mis hermanos cristianos y doy gracias a quienes hicieron posible este encuentro.
La fraternidad universal fue el objetivo y la principal motivación de este viaje en el marco de las Jornadas de la Convivencia en Paz, que coincidieron con el aniversario de la canonización de San Carlos de Foucauld por el Papa Francisco el 15 de mayo de 2022, pero también con el martirio de los monjes de Tibhirine, 21 de mayo de 1996. La emoción también fue intensa durante la misa en su memoria, al final de la cual cada hermano en humanidad ofreció la paz de Cristo a su prójimo, así mismo al final de la oración colectiva, los musulmanes ofrecen el Salam a su prójimo. La paz es un compartir, un sentimiento de pertenencia mutua a la misma familia, la de la humanidad. El otro punto culminante fue la visita al memorial de los mártires de Tibhirine que recorre la historia de estos hombres de Dios sacrificados en el altar de la intolerancia y del odio, cuando eran sólo Amor, y cuyo corazón estaba enteramente vuelto hacia el Otro. Nos reunimos ante la tumba del padre Albert Peyriguère, que dedicó su vida a trabajar por el bien de los demás, vida de un auténtico santo, considerado como tal por los habitantes de los pueblos de los alrededores. El fascinante carisma que emanaba de su retrato me recordaba al de Shaykh al-Alawi, cuya presencia evocaba la de Cristo con sus discípulos, según el célebre testimonio del doctor Carret. Atrapados por la bendita presencia del Padre, recitamos la Fatiha, primera sura del Corán, por el eterno descanso de su alma. Las hermanas nómadas Cécile, Marie… (Misioneras Franciscanas de María), perpetuaron magníficamente la obra del Padre Peyriguère y Charles de Foucauld cuidando a los hombres, mujeres y niños de la cordillera del Atlas, ofreciéndoles una vida y una educación viviendo entre ellos en tiendas de campaña seis meses al año, a pesar de las difíciles condiciones, el frío y los peligros, la edad avanzada y el agotamiento, se sacrificaron hasta el final por su prójimo, su única prioridad en este mundo. Estos hombres y mujeres encarnaron plenamente el mensaje universal de Cristo dedicando sus vidas al servicio de la humanidad, independientemente de su religión, origen o condición social, haciendo del sacrificio por los demás un medio de realización espiritual y un camino difícil pero tan regio hacia la divina presencia. Sus historias me recordaron los de muchos personajes sufíes que han dedicado y aún dedican su vida al servicio de la humanidad. He visto a hermanos sufíes acoger a desempleados vengan de donde vengan y sean quienes sean, y así aspirar al amor universal de todas las criaturas de Dios, otros recorren las panaderías de su pueblo después de la oración del alba, para recoger el pan que no se ha vendido y repartirlo al pobre. Estos personajes excepcionales están animados por el mismo amor espiritual por Dios y sus criaturas, y sus zaouias (centros sufíes), al igual que los monasterios, son verdaderos oasis de paz y convivencia abiertos a todos, sin distinción. Los Sufís y los monjes lograron crear lugares de refugio y consuelo espiritual para el Hombre, en un mundo cada vez más sin sentido y cuyos valores son cada vez más ilusorios y antihumanos, benditas cavernas en las que todos podemos encontrar una fraternidad y un auténtico amor hecho de compartir, alegría y benevolencia. Los nómadas del Atlas encuentran refugio en cuevas para protegerse de los lobos, la nieve y el frío, y yo encontré esta bendita cueva en la zaouia, como San Carlos de Foucauld que quiso crear «zaouia de oración y hospitalidad». Puedo afirmar que el monasterio de Notre Dame de l’Atlas es uno, y también contiene el simbolismo extraordinario de una cueva que visitamos y en la que los siete mártires de Tibhirine encuentran la felicidad eterna bajo la cruz de un Cristo vivo y el corazón misericordioso de la Virgen María. Este simbolismo está directamente relacionado con el de los ahl al-Kahf, la gente de la cueva a la que está dedicada una sura homónima del Corán (al-Kahf). El simbolismo de la cueva no es otro que el corazón, el que Charles de Foucauld lució en su túnica de ermitaño, y que representa la presencia divina de la paz y la misericordia. Dentro de este refugio universal, que cada uno puede crear primero dentro de sí mismo, luego en un lugar dedicado a convivencia en paz, cristianos y musulmanes se aman en Dios y su fe puede fortalecerse por la presencia recíproca de sus hermanos en la humanidad. Porque la verdadera fraternidad es esta «agua de Dios» que buscan cristianos y musulmanes, y que reposa en el pozo contiguo al memorial de Tibhirine. Esta “primavera pura” de la que hablaba Emir Abdelkader, uno de los más grandes sufíes del siglo XIX, conocido como el protector de los cristianos, quien también pronunció estas magníficas palabras: “Si los musulmanes y los cristianos hubieran querido prestarme atención, hubiera puesto fin a sus peleas; habrían llegado a ser, exterior e interiormente, hermanos.”
En Notre Dame de l’Atlas, encontré infinitamente más que monjes cristianos: encontré verdaderos hermanos, hermanos en Dios, hermanos en humanidad. En el corazón de las montañas del Atlas, donde el agua, la tierra y el viento cantan sus infinitas melodías, encontré esta fraternidad universal que tanto falta en nuestro mundo desorientado, tomé de la fuente pura del Amor que Cheikh Khaled Bentounès, maestro espiritual de la cofradía Alawiyya e iniciadora de estos días de convivencia en paz, evocada en estas bellísimas palabras: “reconectar con la calidez de la melodía del canto, fuente de vida, que la Tierra dirige a los cielos, le toca hasta ahora- mujeres y hombres videntes y sabios para llenar el vacío medio y tejer el manto del entendimiento para sanar los males de este siglo.” Como esta mujer nómada de sonrisa radiante y generosidad contagiosa que conocimos en los altos valles del Atlas y que trabajaba pacientemente en su telar, debemos reencontrarnos con los valores universales, educar los corazones con amor y paciencia, para germinar esta cultura de la convivencia auténtica juntos, y construir un mundo donde la gran familia humana logre trascender las diferencias y los malentendidos para cumplir su única misión aquí abajo: sembrar las semillas de la paz y recoger los frutos de la fraternidad universal.
Ali Benziane, poeta, escritor, embajador de JIVEP 2023 en Marruecos, 24 de mayo de 2023
«Al ser la enseñanza del Padre Voillaume reflejo y expresión de una vida contemplativa llevada a cabo en el corazón de las masas, muchos laicos, sacerdotes y religiosos encontraron en ella un eco adecuado a sus aspiraciones y posibilidades reales de oración. Porque
«en realidad, la contemplación no es algo dado solamente a cartujos, clarisas, carmelitas… Ella es con frecuencia el tesoro de personas ocultas en el mundo […]. La gran necesidad de nuestra época, en lo que a la vida espiritual se refiere, es poner la contemplación en los caminos […]. Nosotros creemos que la vocación de estos contemplativos arrojados en el mundo y en la miseria del mundo, que son los Hermanitos de Charles de Foucauld, tiene en este aspecto una alta significación, y que se pueden esperar de ellos luces nuevas, en el dominio de la vida espiritual…» (J. y R. Maritain, Liturgie et contemplation, Brujas 1959, 76-78).
Estas consideraciones, que pertenecen a Jacques y Raïsa Maritain, están referidas a
«aquellos que, viviendo la vida del buen cristiano en el mundo» con todo lo que de ello se sigue, «están dispuestos a ir más lejos, porque su corazón arde por ir más lejos, y se encuentran impedidos por muchos temores y obstáculos más o menos ilusorios» (Le paysan de la Garonne, París 1966, 337).
Pues bien, estamos convencidos de que, en este sentido, la experiencia de las Fraternidades, compartida, iluminada y expresada por René Voillaume, tiene mucho que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo».
JM,Recondo, El camino de oración en René Voillaume
Cuentan que fue lo último en salir de sus labios antes de cruzar el umbral: “Nunca podremos amar lo suficiente”. Corría el verano de 1910 y el viejo abate Henri Huvelin moría en París con fama de confesor excepcional. Pudo haberse dedicado a menesteres de mayor prestigio, pero eligió gastar la vida en un rincón de la iglesia de San Agustín. Las crónicas hablan de un confesionario siempre iluminado, largas colas en la sacristía y el recibidor del número 6 de la calle Laborde (su propio hogar) colmado de personas esperando su turno. Reclamaban ser escuchadas y recibir un pequeño impulso para el camino. Y sabían que en el padre Huvelin lo terminaban encontrando.
Aunque lo frecuentaron otros espíritus ilustres, la historia recuerda a este cura (uno de tantos) por su relación con Charles de Foucauld. A instancias de su prima Marie de Bondy, Foucauld se decidió a visitarlo “uno de los últimos días de octubre (de 1886), creo que entre el 27 y el 30”, según él mismo refiere. El hombre que entró aquella mañana en San Agustín no llegaba a los treinta, era aún vizconde y militar, y regresaba de un lustro agitado entre Argelia y Marruecos. El desencanto y la disipación que regían su voluntad empezaban a ceder ante a una inquietud existencial cada vez más lúcida. Pero para entonces Charles arrastraba doce años de aguda desolación. Más tarde, echando la vista atrás, reconocería a un amigo: “Creo que nunca he pasado por un estado de ánimo tan lamentable. Viví como se puede vivir cuando se apaga la última chispa de fe”.
La súplica de Foucauld
Una vez en el templo, pasó largo rato en soledad, repitiendo esa súplica que le rondaba los últimos meses: “Dios mío, si existes, déjame conocerte”. Después se alzó y trató de entablar conversación con el abate Henri, dejando claro que no albergaba mayores pretensiones porque no tenía fe. El sacerdote le instó a descargar su alma en confesión. Quizá desconcertado, Charles obedeció. Parecía que aquel hombre no estaba dispuesto a perderse en un intercambio de palabras desapasionadas: había advertido ya la inmensidad de su sed y deseaba escuchar cuán ancho era el arenal que venía atravesando. Con la mera invitación del padre Huvelin, sobrevino la ansiada conversión. Al abandonar la iglesia, Foucauld llevaba consigo una fuente viva para todos los desiertos que estaban por venir. Y un amigo que nunca lo dejaría de su mano.
A pesar de lo distante del tiempo y las circunstancias, podemos imaginar el impacto que este encuentro hubo de producir en ambos. Se convirtió en un momento extraordinario que, sin embargo, no lo era tanto. Se trataba solo de una mañana entre las miles que el abate pasó escuchando e instruyendo a quienes se le acercaban. Un día y otro. Y después otro más. El oído perpetuo, la palabra pronta. Una voz al otro lado que suena familiar, un rostro ignorado. Siempre una pena nueva, una paz pendiente. Y así cada hora hasta que llegó la de su muerte. Entonces, aquel confesor que no había hecho otra cosa (en todo y con todos) se despide con un suspiro inesperado: “Nunca podremos amar lo suficiente”.
Más allá del confesionario
La paradoja que estas palabras representan en relación con el periplo vital de quien las pronuncia no nos resulta ajena. Durante siglos, el ministerio de la escucha, mejor o peor ejercido, se concentró simbólicamente en la figura del sacerdote y en la vía sacramental, aunque basta afinar un poco el juicio histórico para descubrir creyentes de toda condición volcados en este servicio más allá del confesionario. Desde luego, en parroquias, monasterios y conventos, pero también en la vida cotidiana y familiar.
Así lo demuestra la delicada compañía que Marie brindó ininterrumpidamente a su primo Foucauld desde la vocación laical. Bien mirado, cualquiera de los dos, Henri y Marie, podría haber sido en la actualidad voluntario en uno de los numerosos centros de escucha que configuran un nuevo campo abierto a todos para el apostolado del oído. En ellos se constata que aquello que el abate Huvelin y muchos otros llevaron a cabo con su propia entrega (esa escucha paciente, exigente, incondicional e inspiradora) se ha transformado en un leitmotiv del sentir eclesial de nuestro tiempo.
Urgida a la escucha
Habrá pocas épocas en que la Iglesia haya sido tan explícita y sistemáticamente urgida a la escucha. Quienes revisiten nuestros documentos y nuestro quehacer dentro de unas décadas, se percatarán enseguida de la insistencia en salir al encuentro y recibir al que llega, el apremio por abrirse al mundo y acoger sus reclamos, el afán de acompañar a todos sin excepción. Va implícito en ello un amplio sentido de la escucha como actitud cardinal para nuestra vida y misión. Una actitud en la que, al menos a priori, hemos decidido echar el resto de nuestro esmero.
Puede sorprender tanto empeño, tanta literatura y tantas apelaciones al respecto. Para algunos será el signo inequívoco de un déficit más o menos estructural (“la Iglesia ‘no sabe’ escuchar”); para otros, un imperativo misionero ante una realidad cada vez más crítica (“a Iglesia ‘debe’ escuchar”); y habrá quien vea en ello una prueba de buena disposición hacia los sedientos de nuestro tiempo (“la Iglesia ‘quiere’ escuchar”). Sea como fuere, lo errado sería ignorar que en el tímpano del cristiano vibran las entrañas de su fe. Somos por vocación hijos del ‘shemá’, servidores de un Dios a quien comenzamos a oír paseándose por el jardín a la hora de la brisa (cf. Gn 3,8) y terminamos de escuchar cuando el Espíritu y la Esposa gritan “¡ven!” (cf. Ap 22,17). En nombre de Cristo, que nos abre el oído y desata nuestra lengua (cf. Mc 7,31-37), lo escuchamos y nos escuchamos, para pronunciar después en cada herida una palabra de aliento (cf. Is 50,4).
La intrahistoria eclesial
Lo hacemos hoy y lo hemos hecho siempre: por ese cauce oculto discurre la intrahistoria de una Iglesia que vive más de lo escondido que de lo visible. Solo en algunos casos, como el del padre Huvelin, esas aguas subterráneas emergen por un instante, revelando su fuerza de eternidad. Con todo (he aquí la paradoja), nada nos libra al final del suspiro del abate. Por más que en lo secreto de nuestra entrega cultivemos una escucha solícita y denodada, a la que siga una palabra cordial y verdadera, nunca habremos amado lo bastante.
En realidad, no tiene por qué haber en esto resignación o desaliento, pues la indigencia de ese lamento postrero porta en sí el don de la samaritana (por el Dios inmenso que nos escucha más allá de toda medida) y el ardor del samaritano (por el corazón fraterno que desearía llegar a todos los afligidos). Nunca es suficiente. Y es bueno que no lo sea.
Al leer este importante artículo, que transcribo, renueva en mi el deseo, durante tantos años de docencia, de que la cultura religiosa llegue a las aulas como formación básica de todo ciudadano, especialmente en estos tiempos de interacción cultural. Esperemos que las autoridades académicas sean conscientes de esto y reorienten los planes académicos. He aquí el artículo editorial:
«A nadie le es ajeno el significado del término diálogo. Estamos muy acostumbrados a ejercer esta actividad de forma cotidiana. El diálogo es fundamental en nuestras vidas y sin él resulta prácticamente imposible la convivencia. No serán tantas las personas que, a primera vista, entiendan el significante interreligioso, pero después de adentrarse en este nuevo número de TH, serán capaces de comprender la dimensión de semejante palabra, más aún, de su importancia al unirse al término diálogo.
De entre todas las posibles vías de acercamiento al concepto diálogo interreligioso, hay una sobre todas que resalta por su importancia, por ser el fundamento de todas las demás; sin ella sería imposible un desarrollo adecuado de esta actividad. Nos estamos refiriendo a la acción educativa, ya que el diálogo interreligioso comienza por la educación.
No cabe duda de que la escuela se encarga cada vez más de fomentar la actividad del habla entre el alumnado, de consignar formas de comunicación entre los miembros de la comunidad educativa. Es un empeño que en los últimos tiempos protagonizan las leyes que regulan esta importante actividad de la sociedad. El diálogo está presente en las aulas, entre el profesorado, con las familias, se procura también que exista con la administración. Dialogar es tener presente que tan pronto se ejerce la función de emisor como la de receptor (en ambos casos de forma activa), para que pueda fluir la comunicación de manera significativa.
Volviendo al ámbito de la escuela y al segundo término que titula esta revista, se tiene presente el hecho religioso para poder estudiarlo, por su repercusión histórica, literaria, artística o social; las distintas asignaturas lo abordan por estar incluido en el desarrollo de sus saberes básicos. De entre todas ellas, la asignatura de Religión lo aborda de manera concreta y específica dentro del marco que ofrece la ley para su impartición católica, evangélica, judía y musulmana. Nuestro sistema educativo actual plantea esta materia de cuatro maneras diversas, discriminando al alumnado en función de la elección de las familias, que responden a sus creencias o intereses y dejando fuera a aquellas que no quieren saber nada de un estudio de lo religioso de carácter confesional. Esto ha llegado al extremo de dejar a sus hijas e hijos al margen, en un espacio al que la última ley ha dado en llamar, “atención educativa”, sin objetivos ni proyecto.
Hace tiempo que muchas y muchos pensamos que una materia sobre el hecho religioso encierra muchas posibilidades para el aprendizaje de una realidad humana que supera las fronteras y que se expande por todo el mundo. Lo evidente sería estudiar las distintas religiones desde una perspectiva cultural, pero se impone hacerlo solo de forma confesional.
El diálogo interreligioso solo será posible si cada una, cada uno, se abre a conocer no solo lo propio de su religión o tradición religiosa de su entorno, sino a las distintas maneras en las que el ser humano está tratando de encauzar su dimensión espiritual.
La escuela es un buen lugar para fundamentar las bases de este diálogo, que no son otras que las del conocimiento. Conocer nos lleva a acercarnos al semejante, conocer nos conduce a comprender su contexto, conocer nos acerca a entender su espiritualidad.
¿Para cuándo una clase de religión impartida de forma académica, con todas las características que tienen las demás asignaturas, que incluya el aprendizaje de las religiones, de las creencias e increencias, para que, teniendo un saber general sobre todo ello, se formen personas abiertas al diálogo, al diálogo interreligioso?»
Con este folleto, quiero hacer comprender de forma sencilla y a la gente común qué es una revolución social armada, cuál es su trasfondo ideo-teológico y cómo la vive un sacerdote que quiere leerla desde el evangelio. De paso, el lector común se percatará de cuán profunda y concreta es y debe ser la Doctrina social de la Iglesia. Este folleto no tiene ninguna exigencia científica. Puede que muchos detalles no sean exactos, pero el contenido esencial sí es exacto, porque fui testigo vivencial y activo de esa página de historia nicaragüense.
Yo era un campesino pobre del centro de Italia. Cultivábamos la finca de un terrateniente. En 1948, después de la II guerra mundial, oía que ponían en la prisión a los campesinos que reclamaban tierra para sus familias, sin que comprendiera mayor cosa. Aquello, creo, no entró en mí como resentimiento contra los ricos terratenientes sino simplemente quedó como recuerdo de infancia, sin trascendencia… o, tal vez, sí.
Entré al Seminario menor de los franciscanos de Asís; profesé como franciscano en julio de 1958 y fui ordenado sacerdote en 1962. Haciendo los estudios teológicos junto a un fraile nicaragüense, me nació el deseo de ir misionero a Nicaragua. Los superiores me dejaron partir en 1973. Tenía 37 años de edad.
Viajé en el transatlántico Rossini, que partía de Nápoles y llegaba hasta Santiago de Chile, pasando por el Canal de Panamá. El trayecto Panamá – Nicaragua lo hice en Ticabus.
Durante el largo viaje de 13 días, ocurrieron dos episodios que, por no haberlos entendido en el momento, delataron mi “inocencia social”. Uno se dio en pleno océano atlántico, el 11 de septiembre. Observé con curiosidad cómo un grupo de hombres y mujeres escuchaban alegremente excitados la voz también excitada de un enorme aparato radio. Muchos meses más tarde me enteré que estaban escuchando la noticia del bombardeo de la Moneda, en Santiago de Chile, de parte de Pinochet. El otro episodio, entre lo trágico y lo cómico, me pasó en la frontera de Nicaragua. Llevaba una caja de libros, escritos en italiano; uno de los libros era de Carlos Carretto, titulado “Lo que cuenta es amar”; pero en italiano el que se escribe che. ¡Se armó un lio, por aquello del Che Guevara! Y eso que ¡yo era todavía ideológicamente inocente! Ni sabía de la revolución cubana.
–Otro episodio, ¡Pero de signo muy distinto!
Al llegar a la terminal de Managua, estaba esperándome un buen hermano fraile. Me dijo que, camino al convento, me llevaría a dar una vuelta por el casco urbano, completamente arrasado por el terremoto del año anterior. La gente comentaba que el terremoto había sido un castigo de Dios, porque era la ante vigilia de Navidad y estaban bailando. Pasmado, contemplaba esa ruina total: casas de 1 o 2 pisos arrasadas sin misericordia, causando miles de muertos, toda gente de clase media-pobre. De repente, en medio de tantos escombros se apareció un edificio de más de 10 pisos, enterito, sin un rasguño. Casi grité ¿y este? El buen fraile no se dio cuenta de mi asombro, y con el tono de un guía turístico distraído, respondió: “Ese es el Banco de América”. No hablé más: ¡Ese escenario tan contrastante me hizo perder la inocencia social e ideológica!
Como un relámpago en el cerebro, comprendí que Centroamérica era como ese escenario: miles de casas pobres arrasadas y un Banco de América en el medio, fuerte y seguro, como quien dice ¿Y qué? ¡El dinero es mío y hago con él lo que quiero!
En ese mismo momento me vino una inspiración (creo que venía del Espíritu Santo): “Emplearé toda mi vida de misionero para encontrar, en medio de la desigualdad imperante, explicaciones favorables a los pobres, liberando a Dios de la calumnia de ser él causa de los sufrimientos; buscaré una filosofía y una teología de la historia que demuestren que las desgracias de los pobres se originan en mentes egoístas, y que la muerte de los pobres en el terremoto no viene de Dios sino de la irresponsabilidad y del robo de los que construyeron mal los edificios”. Este folleto, junto a los cuatro ya imprimidos, dice que esa inspiración no fue vana.
1) NAVIDAD DE 1974 EN LA MANAGUA DE ANASTASIO SOMOZA
En diciembre de 1974, se dio la primera acción llamativa del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) en la Capital: la toma de la casa de Chema Castillo, en la que estaba reunido todo el gobierno de Somoza. La cosa iba en serio, decía la gente con cierta satisfacción. Empezaron las negociaciones. Mons. Miguel Obando y Bravo, arzobispo de Managua, hacía de mediador. Todo se terminó, después de unos días, con la liberación de los rehenes y con la salida de los guerrilleros hacia el aeropuerto, rumbo a Cuba.
Este hecho me introdujo a un primer conocimiento de lo que es una revolución social armada “en pleno desarrollo”. Para mientras, ya llevaba algo más de un año de estar en Nicaragua, había aprendido cómo y por qué había comenzado la cosa. En 1961, un grupo de universitarios nicaragüenses dejó los estudios para “ir a la montaña”, con el propósito de derrocar al régimen de Somoza; el cual a opinión de muchos se había vuelto insoportable. Incluso los empresarios empezaban a querer botar a Somoza porque, desde sus privilegios de poder absoluto, el General hacía competencia desleal a los negocios de los privados. Más tarde, eso me sirvió para ubicar las razones de los intentos, anteriores al FSLN, de derrocar a Somoza de forma violenta; venían de parte de este sector de los nicaragüenses. También, más tarde, me hizo entender la razón por la cual, a la vista de la victoria final del FSLN, este sector económicamente privilegiado se subió al tren de la revolución, y por qué después de unos meses de la victoria final se bajó del tren, al darse cuenta que el Gobierno revolucionario iba en serio.
2) ¿QUÉ HABRIAN HECHO USTEDES?
La revolución desde las montañas bajaba rápidamente a las ciudades. Nos interpelaba a cada uno con urgencia, obispos, curas y ciudadanos de todos los estratos. ¡Tomar o dejar! Hay que parcializarse: ni vivir se puede como neutrales; para los cristianos era cuestión de discernir si la revolución era de Dios o no; para el discernimiento había que ubicar con claridad el lugar moral de la revolución: si era justa o no, si de verdad era para liberar a los pobres, cuánto el evangelio reclamaba esta liberación; y, finalmente, si esta liberación era lícita alcanzarla con las armas.
Ciertos acontecimientos significativos ayudarán mucho al discernimiento de los lectores de este librito.
3) NOTICIAS DE CATACUMBAS
Los templos se habían vuelto lugares importantes para expresar las exigencias populares ante el Gobierno, de parte de los simpatizantes y colaboradores de la revolución sandinista. Cuando el Gobierno cerró los medios de comunicación adversos, a los párrocos se nos pidió que permitiéramos usar el ambón como “micrófono” para dar noticias. Según la hora de los varios Noticieros, los templos se llenaban de gente sedienta de saber lo que estaba ocurriendo a lo largo y ancho del país; especialmente las madres querían conocer los boletines de guerra. Yo aprovechaba también. Un día oí algo que me quedó bien grabado: el periodista anunciaba que se había formado una asociación de mujeres que colaborarían difundiendo el programa de la revolución. Lo que más se me quedó fue una frase: “¡Sabemos que cuando las mujeres entran en una lucha, esta llegará a ser ganada!”.
4) GRUPO DE REFLEXIÓN
Éramos un grupito de Religiosos (as) y laicos, entre los cuales dos franciscanos, Fray Uriel Molina y un servidor, y cuatro jesuitas (dos de ellos, Armando López y Francisco Moreno, cinco años después morirán mártires, asesinados por el ejército salvadoreño, en la UCA de El Salvador). Rezábamos un poco, hacíamos el análisis coyuntural de la realidad “revolucionaria” y acordábamos escribir algo en los periódicos, para aportar luces que sirvieran a la gente y, eventualmente, en el ambiente eclesiástico. Entre teólogos eminentes latinoamericanos se empezaba a hablar de la teología de la liberación, gran parte de cuyos planteamientos compartíamos.
En ámbito pastoral, además de comunicar nuestras convicciones, que procurábamos iluminar con el evangelio y con la enseñanza de la Doctrina social de la Iglesia, encontramos un gran apoyo en las CEBs (Comunidades Eclesiales de Base). Las considerábamos una forma eficaz de impulsar y vivir el Reinado de Dios, reino de amor, justicia, paz, verdad y vida, y así contribuir a su construcción.
5) CANASTA DE FRUTAS MADURAS
Intenté convencer a los grupos parroquiales que, sin dejar su grupo, confluyeran en la CEB, porque ésta era la célula – base de la Iglesia. Se formó un buen grupo en mi parroquia, como en otras parroquias de Nicaragua. Cada sábado, por la tarde, nos reuníamos en la casa de alguno de los miembros, turnándonos. El anfitrión preparaba una breve lectura bíblica y hacía una oración de introducción a partir de la misma. A continuación, se leían las lecturas del domingo siguiente y se comentaban entre todos. A mí este comentario resultaba muy útil para centrar el mensaje de la homilía dominical.
Voy a contar lo que nos pasó un sábado.
Era a mediados de septiembre de 1977, las lecturas eran del domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo C. Ese sábado nos tocaba reunirnos en casa de doña Panchita. Resultó que doña Panchita había estado enferma las cuatro semanas anteriores. Al enfermarse me mandó pedir que le llevara la comunión todos los días; pero le contesté que todos los días yo no podía, que me comprometía a llevarle la comunión solo los sábados. Doña Panchita era una santa mujer, de las buenas de verdad, amada por todo el mundo; de vez en cuando, con mucha humildad y sencillez, nos contaba alguna visión que había tenido. Todos la escuchábamos con natural escepticismo, a pesar de la veneración que le teníamos.
El primer sábado que llegué con la comunión, me contó que había tenido una visión, no estaba durmiendo: había visto una canasta de frutas maduras. Preguntándome sobre qué significaría la visión, yo tiré a acertar y le dije que tal vez, por estar enferma, el Señor quería que comiera mucha fruta. Se conformó. Al segundo sábado me dijo que la visión se había repetido; lo nuevo fue que ella había claramente entendido que no se trataba de comer frutas, debía tener otro significado, decía ella. Decepcionado, me callé. Al tercer sábado, la tercera visión, y el cuarto sábado la cuarta visión: la misma canasta de frutas maduras. Yo estaba perdiendo mi escepticismo.
En ese cuarto sábado, nos tocaba la reunión en casa de doña Panchita. Ella se había levantado de la cama y lo primero que hizo fue contarnos eso de las cuatro visiones de la canasta de frutas maduras; preguntó a los hermanos qué significado podía tener aquello, pero nadie supo decir algo. Nadie sabía de canastas bíblicas.
Pasamos entonces a la dinámica acostumbrada de la reunión. Doña Panchita pidió disculpa por no haber podido preparar la lectura bíblica antes de la oración porque había estado enferma todo el mes. Ella, como acostumbraba en ciertas ocasiones, haría su lectura abriendo la Biblia al azar y haría la oración en base a lo que saliera. Abre y lee el título de la página y se asusta. Hizo que una hermana leyera ese título: “Amós 8, cuarta visión, canasta de frutas maduras”. A todos se nos hizo la piel de gallina. Leímos el texto: “El Señor puso ante mis ojos una canasta de frutas maduras, y me dijo ¿Qué ves, Amós? Yo respondí: una canasta de frutas maduras. Yahvé me dijo: “También está maduro mi pueblo de Israel, el fin ha llegado; ya no le perdonaré más. Ese día habrá en el palacio lamentos en vez de alegres cantos. Serán tantos los muertos, que quedarán tendidos en cualquier parte. A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes; y dicen: ¿Cuándo pasará la fiesta de la luna nueva, para que podamos vender nuestro trigo? …Venderemos hasta el deshecho. Vamos a reducir la medida, aumentar el precio y falsear las balanzas. Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan solo por algún dinero, por un par de sandalias. Pero no, pues Yahvé jura que jamás ha de olvidar lo que ustedes hacen. Por eso la tierra ha temblado y están de duelo sus habitantes…en ese día, dice Yahvé, yo mandaré ponerse el sol en pleno medio día y las tinieblas se extenderán sobre la tierra en día claro. Cambiaré sus fiestas en velorio…haré que todo el mundo se vista de saco…ese día habrá tanto pesar como en los funerales de un hijo único; y el porvenir no será menos amargo. Llegará el día, dice Yahvé, en que mandaré al país hambre, mas no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra de Yahvé…mas no la encontrarán” (Amós 8, 1 – 12). Esto parecía un reportaje periodístico detallado de lo que estaba aconteciendo en Nicaragua en esos meses decisivos de la revolución sandinista, las frutas habían madurado y ya tenían que caer al suelo.
Sigamos ahora el desarrollo de esa reunión sabática-
Después del asombro colectivo, pasamos a la primera lectura del domingo XXV, del ciclo C. Don Jorge tomó el leccionario y se preparaba a leer, cuando gritó ¡Fray Mauro! Nos asustamos. Es que esa primera lectura llevaba el encabezado de “Amós 8, cuarta visión, canasta de frutas maduras”. Señor, ¡qué es esto! Acabamos de leer el mensaje. Dije para mí mismo: sería interesante que la homilía de mañana fuera sobre esta experiencia de hoy; cómo Dios se preocupa por el pobre, y el mal uso que se hace de la riqueza tiene consecuencias dramáticas. Sin embargo, había que ver si el evangelio lo justificaría. Y sí, el evangelio lo consentía, siendo el del administrador previsor pero deshonesto en el manejo de la riqueza. Los ricos deben convencerse que los bienes no son de ellos, siendo solo administradores; de los bienes que producen pueden guardar para sí solo lo necesario para vivir y servir a los necesitados; aquellos que los producen en grandes cantidades deben hacerse amigos de los pobres, para que los acojan bien en el paraíso. ¡Que sean administradores previsores y honestos!
Ese domingo, pues, preparé bien y escribí la homilía y la leí desde el ambón, contando la visión de doña Panchita, con el respectivo mensaje. Al finalizar la Misa, se me acercó un conocido periodista que me pidió lo que yo había escrito, y el favor de publicarlo el lunes en La Prensa, que era el periódico más difundido entre los nicaragüenses. Así que el lunes siguiente, todo el mundo pudo leer lo que le había pasado a doña Panchita y a la CEB de la parroquia franciscana de la Centroamérica.
Nosotros estábamos claros que todas esas coincidencias no podían ser casuales sino causales, y la causa era el Espíritu que habla al pueblo, cuando este pone atención solidaria a la lucha de los pobres que se quieren liberar.
6) MIL DÓLARES
Algo bueno de Somoza. La ciudad de Managua hervía. Pequeños pero muchos fuegos que se propagaban como chispas en un cañaveral: los sandinistas tomándose los barrios, y marchas populares de todo tipo y por todos lados. También en la Colonia Centroamérica, los jóvenes organizaban marchas contra el Gobierno, y las marchas pasaban justo frente a la iglesia. A alguien se le ocurrió decir que los frailes iban al frente de esas marchas. Novedades, el periódico de Somoza, nos acusó públicamente de ser comunistas sublevadores. Reaccionamos denunciando formalmente de calumnia al periódico. El juez dictaminó que se retractara la calumnia en la misma página del periódico y, además, lo mejor, se nos indemnizara con mil dólares.
Por muchas razones, y también a raíz de este episodio, diez años después, cuando vine a vivir en Guatemala y conocí su realidad y la de El Salvador, pude pronunciar una sentencia: “Somoza era veinte veces menos inhumano que estas autoridades”. De hecho, en El Salvador y Guatemala ya había ocurrido el asesinato de decenas de mártires, entre miembros del clero, religiosos (as) y laicos catequistas, en cambio, en Nicaragua no hubo persecución violenta, ni en plena revolución.
7) REVOLUCION ARMADA ¿LEGÍTIMA?
Mientras tantos jóvenes luchaban en la montaña y tanta gente los apoyaba con varios medios, nuestro grupo de reflexión buscaba la justificación de tal modalidad de cambio: escuchando la gente común, consultando la Sagrada Escritura y buscando las luces del Magisterio. Las CEBs eran una mina preciosa para eso. Yahvé se reveló a Moisés como el liberador de su pueblo oprimido, liberador con medios eficaces: era cuestión de legítima defensa. Se nos ensanchó el corazón cuando alguien en el grupo nos leyó el n. 31 de la encíclica POPULORUM PROGRESSIO: “Como es sabido, la insurrección revolucionaria engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas, salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase gravemente el bien común del país”. Pablo VI aplica a todo un pueblo agredido el principio moral universalmente reconocido de la legítima defensa. Legítima defensa personal, familiar, nacional y, ahora, también popular. El pueblo puede defenderse legítimamente de sus autoridades que lo oprimen sin remedio. Nuestro grupo pretendía ser más severo que el Papa, porque a las tres condiciones que hacen de la revolución armada el menor mal, como dice la Encíclica, añadimos dos más: que el proyecto revolucionario sea verdaderamente liberador y que tenga posibilidad concreta de éxito. El proyecto sandinista se estaba realizando con todas las condiciones.
El 2 de junio de 1979, faltando mes y medio a la victoria de la revolución, los obispos de Nicaragua escribían: “Declaramos el derecho del pueblo nicaragüense a la insurrección revolucionaria. Para ello, nos apoyamos en la fidelidad del Evangelio y en la doctrina tradicional de la Iglesia” (cf. Carta de los obispos, 17 de nov. De 1979).
8) LA TEOLOGIA DE LA LIBERACION
En la reflexión teológica de nuestro grupo se avanzaba sobre el mismo binario de la teología de la liberación, llegando a la misma conclusión. Nos extrañaba y dolía constatar que en medio de gran parte del clero estas luces no se percibían, sea porque desconocida y más todavía por aversión ideológica. Habrá que llegar al 1986, cuando el papa Juan Pablo II escribió con las siguientes palabras a los obispos de Brasil, después de la “Visita ad limina”: “Estamos convencidos de que la teología de la liberación es no solo oportuna sino útil y necesaria. Dicha teología debe constituir una nueva etapa de aquella reflexión teológica iniciada con la tradición apostólica y continuada con los grandes Padres y Doctores, con el Magisterio ordinario y extraordinario, y con el rico patrimonio de la doctrina social de la Iglesia, expresada en documentos que van desde la Rerum Novarum a la Laborem excercens” (9 de abril de 1986).
Es de estos años (2014) el reconocimiento oficial de la Teología de la liberación de parte de toda la Iglesia, con el libro sobre la teología de la liberación escrito como coautores por Gustavo Gutiérrez y el cardenal Müller, Prefecto de la Congregación por la doctrina de la fe. ¡Mejor tarde que nunca! Puedo confesar que una de las pocas cosas que me han hecho sufrir en cuarenta y tres años de estar en Centroamérica ha sido la dureza de cerviz y de corazón con la cual el mundo eclesiástico adversa cosas tan evidentes; mientras millones de pobres sufren y mueren a manos de opresores y abusadores. Demasiadas veces se me ha asomado a la mente la parábola del buen samaritano, representando a muchos eclesiásticos aquel sacerdote y aquel levita. En Italia, adonde yo regresaba cada dos años desde Centroamérica, los guerrilleros de Nicaragua eran considerados con desprecio entre gente de Iglesia, como si fueran muchachos que no queriendo trabajar se divertían a disparar metralleta. Yo ¡mejor me callaba!
Mientras tanto, en Nicaragua, los jóvenes morían por legítima defensa y los sacerdotes que legitimaban la revolución queriendo socorrer al herido junto al camino eran alejados del País.
9) EL IMPERIO DEL NORTE
Con la revolución sandinista, estaba hecho un tigre enjaulado. No le cabía en la cabeza cómo un pueblo pobre e insignificante pudiera desafiar al imperio, resistiéndose a ser su patio trasero. Se puede imaginar todo lo que el imperio hubiese querido hacer, en los años 70s. Las intentó todas; lo que le podía salir bien ante la opinión mundial era el de azuzar a los Países del trifinio: El Salvador, Guatemala y Honduras, para que se unieran declarando guerra a Nicaragua. El Imperio proporcionaría todo el apoyo que fuera necesario: estrategia militar, recursos en dinero, armas y “consejeros”. Lo mismo que acababa de hacer con la invasión de la isla de Grenada, en El Caribe. Seguirá intentándolo también después de la victoria sandinista del 19 de julio de 1979, armando a los Contras (ejército integrado por antiguos soldados de Somoza, que buscaban regresar y neutralizar las conquistas sandinistas en favor del pueblo) y minando los puertos del pobre país. Hasta que todos los países de Centroamérica, con la solidaridad internacional (Isla de Contadora, Grupo de apoyo, Esquipulas I y II), se fueron disociando del “sueño estadounidense”. Un signo de los tiempos. Tal vez, el golpe más duro para esa política de prepotencia será la futura condena de la HAYA (el tribunal de la ONU). El 27 de junio de 1986, la HAYA, a una denuncia de agresión que Nicaragua había interpuesto, responde con la sentencia condenatoria contra E.U., en los siguientes términos: “La Corte de la Haya rechaza la justificación de auto defensa colectiva presentada por los E. U. en relación a las actividades militares y para militares contra el Nicaragua y en el mismo suelo nicaragüense, objeto de esta controversia. Decide que E.U., armando, equipando y sosteniendo las fuerzas de la CONTRA, … atacando el territorio nicaragüense…poniendo minas en las aguas internas y territoriales de la República de Nicaragua durante los primeros meses del 1984, DECIDE que E.U. ha violado el Derecho internacional y tiene la obligación inmediata de cesar y de abstenerse de todas aquellas acciones que puedan constituir violación al Derecho Internacional. DECIDE también que E.U. tiene la obligación de indemnizar la República de Nicaragua”.
El día siguiente de conocerse la sentencia, lejos de decidir indemnizar a Nicaragua, el Congreso estadounidense declara incompetente el Tribunal de la Haya y asigna la cantidad de cien millones de dólares más, para continuar la guerra contra el pobre país. ¡De veras que la soberbia es mala consejera! Bien lo dijo un experto de Harvard cuando se le hizo la siguiente pregunta: “Reagan ha dicho que la sentencia de la HAYA son papeles sin importancia, usted ¿qué piensa?”. He aquí la respuesta: “La justicia tiene su rumbo, y no es el rumbo de Reagan”.
“Te excomulgan los niños, los poétas,
los pobres de la tierra, Reagan.
Diré a tu pueblo que limpie de una vez
tus botas de cow boy.
La estrella de Sandino
te espía desde la montaña,
la mentira que te esfuerzas
de dar al mundo (y al Papa)
es la droga más grande…
Puedes tenerlo todo,
pero te falta el Dios de Jesucristo,
a quien otro imperio mató.
Juro por la sangre de América Latina
que tú serás el último (grotesco) emperador”.
(Líneas entresacadas del poema
“Ode a Reagan”, de Mons. Casaldáliga).
10) LOS POBRES, DESTINATARIOS Y PROTAGONISTAS
“Vine para anunciar la buena noticia a los pobres” (Lc. 4, 16). Los pobres son y deben ser los primeros destinatarios de todo lo de Dios. Así pensó Jesús después de haber pasado con ellos 18 años en el taller y en los campos de Nazaret, entre los cuales forjó su personalidad y su vocación. Allí, encalleció sus manos, compartió sus angustias y discernió el proyecto de humanidad que, desde el primer comentario profético en la sinagoga de Nazaret, emprendió solo y, más tarde, junto a los doce apóstoles, y pronto, con la Iglesia que el Espíritu Santo iba formando, para toda la humanidad. Estamos en esto, debemos estar en esto, so pena de extraviarnos del camino cristiano. Nos salvamos en la medida que nos adhiramos a la persona de Jesús y nos solidaricemos con los pobres. Este es el verdadero motivo de mi sentir positivo sobre la revolución nicaragüense. Durante la lucha, me solidaricé con el ideal y, después, con la concretización del mismo. En futuro, el pueblo seguirá siendo el protagonista de sus gustos políticos, sin embargo, lo podrá hacer en base a que ha podido conocer la alternativa ideológica y política, muy diferente de la única que se le había impuesto hasta hora, desde el poder conservador, liberal y neoliberal, estructuralmente favorable a las clases de poder y de privilegio.
Esto es un paso poderoso hacia la verdad y, por tanto, siendo un bien, hacia la verdadera libertad y el verdadero amor: porque el amor puede ser auténtico solo en la libertad integral.
Cristo es el verdadero libertador, empezando su plan desde los pobres. El que libera a los pobres por amor y da la vida por la defensa de sus derechos fundamentales es mártir “in odium fidei”, en odio a la fe, es mártir del evangelio de Cristo. Lo que durante la revolución queríamos gritarles a los calumniadores de los pobres nicaragüenses, Papa Francisco lo proclamó para toda la Iglesia, en ocasión de la beatificación de Mons. Romero, el 23 de mayo de 2015.
11) UN “VALIENTE” MIEDOSO!
Debía ser el año 1977. La guerra en las ciudades iba y venía. Yo siempre le he tenido miedo a los bombazos; hasta las castañuelas de la gritería de la Purísima me daban sobresaltos. Una noche se desataron los gatillos de todas las metralletas que había en Managua, disparando en todas las direcciones, en medio de las casas de la Centroamérica. Me escondí en una especie de sótano que teníamos en el convento y empecé a rezar, más por nervios que por devoción. Era la primera experiencia de balacera feroz: era el ejército que quería sacar a los combatientes sandinistas que se habían infiltrado en la Colonia. En los últimos años de la segunda guerra mundial, en Italia, había visto pasar sobre mi cabeza, cientos de bombarderos que iban a bombardear las ciudades cercanas, pero volaban muy alto y para mí era más bien un espectáculo. Pero estas balas las imaginaba cruzar toda calle, meterse en los recovecos de las casas, hasta llegar a mi sótano. Luego me dijeron que la balacera había dilatado una media hora, pero a mí me pareció que habían estado disparando toda la noche. Lo bonito sucedió la mañana siguiente. Pensé que era mi deber ir a socorrer los heridos, ungir con los santos óleos a los moribundos y hacer oración junto a los muertos, que según mi percepción tenían que ser decenas. Iba con hábito franciscano. Para mi alegría y alivio, no hubo muertos ni heridos. Solo encontré los Guardias de Somoza quienes me dijeron con tono brusco qué estaba haciendo por allí. Me dio un poco de pena cuando la gente, muy aliviada y admirada por mi salida temprana, empezó a hablar de mi valentía. Es que no habían oído cómo batían mis dientes la noche anterior.
Desdichadamente, el resultado de las balaceras revolucionarias en todo el país no era así de incruento. Al menos, una tercera parte de los que se metían a la lucha armada de la revolución morían en combate: decenas de miles de jóvenes. No se puede no lamentar también la muerte de los soldados que daban su vida por defender de buena fe a la patria. ¡Que el Señor los tenga a todos en su paz!
12) ¡EL GOLAZO DE LA IDEOLOGÍA!
Los amigos del norte de América, en los años setentas, empezaron a bombardear al mundo con eslóganes tendientes a convencer que las ideologías son malas. En esta propaganda, los eclesiásticos se tiraban de cabeza, creyendo dar gloria a Dios; porque el mensaje subliminal era que “las ideologías” son el comunismo. Para eso no escatimaban esfuerzos de ningún tipo, privilegiando los temas devocionales cristianos. Hasta inventaron las apariciones de una “Virgen de la rosa”, que se aparecía en Nueva York y daba mensajes anticomunistas.
Pero no. La ideología es un paso necesario en el pensamiento de una persona que quiera influir en lo social y quiera llegar a concretizar su visión social del mundo. En la III Asamblea, en Puebla – México (1980), los Obispos latino americanos dieron de la ideología la siguiente definición: “Entre las múltiples definiciones, llamamos aquí ideología a toda concepción que ofrezca una visión de los distintos aspectos de la vida, desde el ángulo de un grupo determinado de la sociedad. La ideología manifiesta las aspiraciones de ese grupo, llama a cierta solidaridad y combatividad y funda su legitimación en valores específicos…Una ideología será, pues, legítima si los intereses que defienden lo son y si respecta los derechos fundamentales de los demás grupos de la nación. En este sentido positivo, las ideologías aparecen como necesarias para el quehacer social, en cuanto son mediaciones para la acción” (Puebla, 535).
Ahora bien, los derechos básicos de los pobres son primarios, según Jesús, y pueden ser concretados solamente con la mediación de una ideología. Es de esta mediación que los “predicadores anti-ideológicos” quisieran privar a los pobres, para que no hagan realidad sus legítimos derechos. El truco es evidente, que quede una única ideología: la de ellos, la del neo liberalismo, la de los poderosos empobrecedores. Pero, como la verdad es Cristo (cf. Lc. 4, 16), nadie la puede detener. Es así como con la mediación de su ideología, el sandinismo conquistó la liberación en Nicaragua y, con ella, los derechos básicos de los pobres y de los que se solidarizan con ellos. La doctrina social de la Iglesia inspira cualquier ideología liberadora (cf. Puebla, 538).
Con todo y eso, el golazo los anti-ideológicos lo han metido en la mente de los incautos, y los hinchas de lo mundano, entre los cuales hay muchos eclesiásticos, siguen aplaudiendo. Hay que esperar que el árbitro divino ayude a anular pronto este gol, metido a fuerza de mentiras y calumnias.
13) “RETIRO” DE ASALTO
Esos días en Managua se salía muy poco a la calle, solo por pura necesidad. De boca en boca llegó a nuestro oído que Edén Pastora, el Comandante Zero, había tomado de asalto el palacio de Gobierno con muchísima gente dentro. Afortunadamente, creo que no hubo muertos. Lo interesante de este asalto fue cómo fue preparado. Un grupo de guerrilleros disfrazados de seminaristas, con hábito y todo, se fueron a hacer un “Retiro” de varios días en una casa cercana al palacio; y de allí planearon el asalto. Un retiro-mentira, que, en realidad según la moral, no fue mentira. Porque, mentira es “esconder la verdad a quien tiene derecho de saberla”; pero ¿Quién tenía derecho de saber la verdad de esos “seminaristas”?
14) “HE VENIDO A TRAER LA GUERRA”
La verdad no admite contradicción; dos personas que se adhieren a dos cosas fundamentales y opuestas no pueden vivir de acuerdo, habrá guerra: entre el padre y el hijo, la madre y la hija, la nuera y la suegra (cf. Mt. 10, 34), mucho más entre una clase social y otra. A nosotros que apoyábamos los ideales de la revolución sandinista nos acusaban de dividir la sociedad, de propiciar el odio de clase. Nada de eso. La sociedad ya estaba dividida: la clase de los poderosos y los acomodados contra la clase de los desposeídos; entre los que lo tenían todo y de sobra contra los que no tenían ni para sobre vivir, mucho menos para ir a la escuela o al hospital. La guerra ya estaba; la visibilidad y el dramatismo del conflicto está a cargo de aquellos que se oponen a los derechos básicos de los pobres (cf. Encíclica Populorum progressio, 31). Y ¡no se trata de odio sino de justicia! Y la justicia es el primer acto de caridad, hacia los pobres, que de otra manera seguirían sufriendo y muriendo; y caridad también hacia los mismos responsables de la injusticia para que se conviertan y vivan y dejen vivir en paz, sin seguir cargando su conciencia de pecados “mortales”. Algunas autoridades eclesiásticas pretendían que dejáramos de apoyar las organizaciones populares, que sostenían la revolución. Pero, desobedecimos en conciencia: el evangelio no nos permitía dejar botado al herido junto al camino. Diez años después, Juan Pablo II escribirá lo siguiente: “Signos positivos del mundo contemporáneo son la creciente conciencia de solidaridad de los pobres entre sí, así como también sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario social, no recurriendo a la violencia (yo añado: la legítima defensa puede y a veces debe ser violenta – cf. Gaudium et Spes 78, 4 – pero eso no es verdadera violencia sino legítima defensa) más presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o la corrupción de los poderes públicos. La Iglesia, en virtud de su compromiso evangélico, se siente llevada a estar junto a esas multitudes pobres, a discernir sus justas reclamaciones, y a ayudar a hacerlas realidad, sin perder de vista el bien de los grupos en función del bien común” (Encíclica Sollicitudo rei socialis, 39).
15) PUEDE QUE ME MATEN ¿Y QUÉ?
En una de las tantas tomas de templos como elemento de protesta generalizada, Fray Uriel Molina y los frailes del barrio El Riguero, ocupados en otro asunto urgente, me pidieron acompañar a los muchachos ocupantes del templo, por el peligro que el ejército entrara e hiciera daño a los jóvenes. Con el hábito franciscano puesto, me planté firme en medio de la puerta grande; es que, a unos centenares de metros, en el aire, ensordecían los motores de un helicóptero militar, con la boca grande del cañón orientada hacia la puerta grande. Yo permanecía impertérrito en medio de ella. Ahora, bromeando, digo que me sentía como David frente a Goliat. Sin embargo, pensé algo muy serio. En esos minutos que enfrenté a la boca del cañón sentí un gran coraje. Pensaba: “puede que el cañón dispare de un momento a otro y me haga añicos. Siento miedo, pero vale la pena todo esto. ¡Cuántos pobres mueren por mil causas; los opresores se organizan cada vez más para apretar la soga al cuello de los niños, los ancianos, los enfermos por falta de medicina, ¡porque son demasiado caras! No hay de otra, ¡Venga lo que venga!”. Incluso, como en las películas del Far West, casi le grité al cañón: “¡dispara, cobarde!”. Supongo que los guerrilleros han sentido esto con mucha más intensidad.
El helicóptero se fue sin disparar. Me sentí mejor. Pero, comprendí algo importante. Comprendí el amor arrollador de la madre cuando carga el niño en los brazos: lo lleva a la emergencia. Que nadie se le interponga. Es un tigre. Y eso por amor, no odia a nadie, solo lleva una sobre carga de amor. Y si alguien se le interpone, le grita; tampoco es por odio sino por una sobre carga de indignación, que también es amor. Me viene espontáneo a la mente el pasaje evangélico que relata las andanadas de invectivas de Jesús contra los fariseos. Nada de odio; indignación pura; por amor de todos los que necesitan entender la verdad. Porque solo la verdad libera; la mentira enreda: a uno, a las víctimas, a los victimarios y a todo mundo (cf. Jn. 8, 32). Ese día entendí también un poco más la psicología del mártir. El, tanto está compenetrado del espíritu de Jesús y de su proyecto de humanidad que todo lo demás cuenta mucho menos, incluso su vida. ¡Su esperanza está llena de inmortalidad! Hoy, sin titubeos, decimos que esta psicología martirial invade toda persona que vive y lucha por la justicia y la solidaridad, porque el Espíritu de amor es el mismo.
Me alegré ese día en el Barrio EL Riguero por descubrir en mí también un talante de profeta; ¡“profetita”!, pues.
16) Y ME SALIÓ UNA PROFECÍA
Esto no es tan serio. 1979, febrero. Tenía que viajar a Guatemala, adonde me habían enviado para ayudar en la formación de los pos novicios, en San Buenaventura, zona 12 de la capital. La revolución estaba como la “fruta madura” de doña Panchita, el régimen de Somoza no daba más. Pero, ¿Cómo serán los últimos estertores? Algunos “devotos y devotas” de la Colonia Centroamérica me acompañaron al aeropuerto de Managua y se lamentaban “como se llora por la muerte de un hijo único”. Para consolarlos y consolarme, saqué el boleto y profeticé: “No lloren; tengo el boleto de ida y vuelta; les aseguro que dentro de siete meses nos veremos aquí celebrando el triunfo de la revolución”. Era inicio de febrero, el 10 de agosto estaba de regreso, viajando junto a los jóvenes frailes nicaragüenses que estaban conmigo en el Seminario de San Buenaventura. Celebramos la victoria en Nicaragua. ¿Después de cuántos meses? ¡Profetita loco! Es que cuando uno está tan adentro de la realidad, rápido saca todas las coordinadas y encuentra el punto. De allí, los profetas bíblicos. Es como una madre, que conoce al hijo tan bien que le descubre fácil lo que anda en el corazón. Simplemente, yo intuía que Somoza no podía aguantar más, 6 meses me parecían pocos y 8 me parecían demasiado.
17) DISPARAR COMO LLORANDO
Una de las tareas más ingratas para un Cura cruzando una revolución es aconsejar a los combatientes en legítima defensa: propia, de los hijos y de la patria. Los jóvenes, especialmente en el combate contra los CONTRAS (ejército de antiguos guardias somocistas, organizados y armados por el Imperio, en Honduras), venían a hacer bendecir la medalla de la Virgen que su mamá les había recomendado llevar en la guerra. Muchos también se confesaban y me pedían consejo cómo comportarse en la batalla. Les decía lo que había aprendido en el estudio de la moral sobre la legítima defensa. La premisa era que hicieran entrar en su corazón la compasión por los soldados del ejército de Somoza, porque ellos también eran víctimas de tantas cosas. A continuación, algunas actitudes concretas: si se dan las circunstancias favorables, hay que pedir al enemigo que se rinda. Si lo hace, tomarlo prisionero y tratarlo con el respeto que merece toda persona; si no se rendía y avanzaba de forma agresiva y amenazadora; entonces no quedaba más que disparar eficazmente, pero casi llorando. Tenía que emplear bastante tiempo para hacer entender esto. Disparar a matar no con odio como quien quiere destruir al otro, sino como quien no tiene otra opción y tiene en la mente y en el corazón la vida propia, de sus seres queridos y de todo un pueblo injustamente agredido. La voluntad del ser humano, especialmente del cristiano, debe siempre estar en el bien, en la vida. Muchos de esos jóvenes se iban más serenos. Muchos regresarían en un ataúd. El Señor, que comprende la complejidad de las situaciones humanas los tenga a todos en su paz: los soldados de Somoza y los sandinistas.
18) GOZAR POR EL “EFECTO SECUTO”
En la confesión, tuve también que explicar muchas veces la página de moral, muy complicada por cierto, que trata del tema de gozar por el “efecto secuto”. Traducido al español: gozar por las consecuencias positivas de un hecho negativo: gozar no por el hecho en sí sino por sus consecuencias positivas. Por ejemplo, si en una aldea, hay un hombre que es el terror de todo mundo, especialmente de las muchachas; pasa el día asaltando, amenazando y cometiendo los crímenes que se le antojan. Llega la policía y en un intercambio de disparos mata al delincuente. Todos se alegran. Los cristianos se van a confesar porque “gocé por la muerte del fulano”. Yo Confesor respondo: “yo también”, y explico esta página de la moral. La gente comprende y queda en paz. Es que la alegría no debe ser porque ese hombre ha muerto sino porque “ya no va a haber zozobra en el pueblo, ya las niñas no van a ser violadas y tantos padres quedarán tranquilos”. Esto es gozar por las consecuencias positivas. Y esto es bueno, es cristiano. El reto, en estos casos, es que de veras uno se alegre por las buenas consecuencias y no por venganza. Si ese hombre se hubiese convertido, nadie tendría derecho ya de quitarle la vida ni nadie tendría que alegrarse por si alguien se la quitara.
Anna Kurian – Con la canonización de «Mama Antula» el 11 de febrero, el Papa Francisco habrá canonizado la cifra récord de 912 santos desde el inicio de su pontificado. Aunque las canonizaciones son fruto de un proceso muy largo, que puede durar varias décadas o incluso siglos, podemos esbozar algunos rasgos del panorama de los «santos de Francisco»
Si excluimos a los 813 mártires italianos de Otranto, masacrados en 1480 por los turcos y canonizados en una única ocasión por Francisco en 2013, el Pontífice argentino habrá elevado a la gloria de los altares a 99 santos desde el inicio de su pontificado. Y algunas de estas canonizaciones parecen más personales de Jorge Mario Bergoglio, el primer papa sudamericano y el primer papa salido de los jesuitas.
Por ejemplo, no es baladí que Mama Antula sea la primera santa argentina de la historia de la Iglesia, ya que difundió la espiritualidad ignaciana en el país natal de Francisco en el siglo XVIII. Al parecer, el Papa argentino, que también decretó su beatificación en 2016, ha impulsado esta causa en el dicasterio, donde se estudian más de 2 mi expedientes. Del mismo modo, llama la atención que desde 2013, después de Italia, el segundo país con más santos es Brasil, con 31. Pero si tuviéramos que ofrecer un panorama de los santos de Francisco, este podría ser:
Testigos clave
Charles de Foucauld
Antoine Lorgnier – AFP | East News
Desde 2013, grandes testigos católicos han sido canonizados, entre ellos la Madre Teresa de Calcuta (2016), el arzobispo Óscar Romero (2018), el cardenal John Henry Newman (2019) y Charles de Foucauld (2022), el «hermano universal». Este último es muy querido por el Papa Francisco, ya que fue uno de los inspiradores de su encíclica Fratelli tutti. «Francisco es el Papa de las periferias y va a canonizar a Carlos de Foucauld, el santo de las periferias», ha dicho el postulador de la causa, el padre Bernard Ardura.
Pontífices
El pontífice argentino también ha elevado a los altares a tres de sus predecesores: Juan XXIII (2014), Pablo VI (2018) y Juan Pablo II (2014), tres papas del siglo XX y del Concilio Vaticano II. Estas elecciones son especialmente llamativas dadas las numerosas referencias del Papa Francisco al Concilio, cuyos frutos considera que aún no se han desplegado. Especialmente simbólica fue la ceremonia de canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII, que reunió en la plaza de San Pedro nada menos que a cuatro papas, con Benedicto XVI saliendo de su retiro para la ocasión.
El primer matrimonio
Luis y Celia Martin
El Papa más prolífico en el reconocimiento de santos ha honrado perfiles muy variados: ha incluido en el catálogo de santos al primer matrimonio canonizado juntos, Luis y Celia Martin (2015), padres de Teresa del Niño Jesús. También ha incluido a dos niños, hermano y hermana, Jacinta y Francesco Marto (2017), los dos pastores videntes de las apariciones de Fátima. Se podría pensar que estos perfiles estaban cerca del corazón del 266º Papa, que a menudo ha confiado que la monja carmelita de Lisieux era su santa favorita, y que ha expresado su particular apego a Fátima, que ha visitado dos veces.
Perfiles atípicos
En los santos de Francisco han destacado perfiles atípicos, como el del carmelita Tito Bransma (2022), un holandés que fundó la primera escuela europea de periodismo y fue mártir del nazismo. El pontífice argentino también ha querido ofrecer modelos de orígenes más raros, dando a Sri Lanka su primer santo en la persona de Joseph Vaz (2015), o canonizando al primer laico de la India, Lazarus Devasahayam Pillai (2022). Aunque estas canonizaciones de figuras lejanas no son nada nuevo en la Iglesia, resuenan con la conocida atracción del Papa Francisco por las periferias.
Canonizaciones equipolentes
En varias ocasiones, Francisco ha utilizado un procedimiento excepcional, decretando canonizaciones llamadas «equipolentes», sin reconocer un milagro o sin ceremonia de canonización. Este procedimiento particularmente raro, al que se recurre sobre todo cuando los hechos se refieren a un pasado lejano, ha permitido sin duda al Papa promover a figuras a las que tenía especial apego, como Pierre Favre (2013), miembro del primer grupo de jesuitas que trabajó con san Ignacio de Loyola en el siglo XVI.
Santos ecuménicos
Recientemente, en mayo de 2023, el Pontífice anunció una iniciativa histórica: los 21 mártires cristianos, entre ellos 20 coptos ortodoxos, asesinados por Daech en Libia en 2015, serán incluidos en el Martirologio Romano. Aunque la Iglesia católica y la copta tienen santos de los primeros siglos en común, estos serán los primeros santos reconocidos por ambas Iglesias desde la ruptura del siglo V. Un signo que representa el «ecumenismo del martirio» del que habla a menudo el Papa Francisco.
Una persona como Pablo Fontaine Aldunate (13 de junio, 1925 – 3 de febrero, 2024), cura, religioso, hermano de camino, guía y compañero de tantos y tantas, merecería un gran número de homenajes de agradecimiento. Simplemente por que lo queremos, simplemente por ser quién fue y vivir cómo vivió. Este es mi sencillo homenaje para él. Formador de numerosas generaciones de jóvenes, pastor en cárceles y junto a los pobres, animador de liderazgos políticos y vinculados al mundo del trabajo, acompañante de enfermos; entre tantas facetas que Pablo ejerció a lo largo de su longeva vida. En Pablo se hacía patente una segunda piel, que quienes pudimos compartir, vivir y aprender junto a él fácilmente podíamos reconocer como el evangelio. Su segunda piel, aquella que iba por fuera, era el evangelio de Jesús: teñido de compasión, paciencia, escucha y una delicada atención por el otro. Una permanente inclinación al otro hacía de Pablo una persona tan única como procurada. Incansable a sus 97 años y ya instalado en Santiago, Pablo continuaba enviando por videos, mensajes, reflexiones bíblicas y saludos de esperanza a su pueblo en La Unión; dónde desde hoy 5 de febrero descansa su cuerpo. Vale la pena conocer la vida de Pablo y honrar la bondad de alguien portador de una fina y bella humanidad en estos nuestros días de confuso horizonte. Son muchas las facetas de Pablo y me parece que vendría bien recordar tres que no por ser más virtuosas destacaban y hacían de Pablo ser quien era: su humor, su capacidad de escucha y su testarudo afán misionero. Todo ello lo vivía en una misma presencia. Lo denso era gracioso, lo corto era eterno, lo suyo era para los demás. No había momento en que no estuviera pensando en la necesidad del otro, de los presos, de los pobres, de los agentes pastorales, de los migrantes, de los vecinos en su población El Maitén, de los jóvenes y de los hermanos de congregación. Pablo fue siempre un hermano, con mayúsculas. Sin distinción ni prejuicios. Pudiendo haber desarrollado mucho más una vida intelectual, no lo hizo. Una vocación literaria; tampoco. Aunque esta última no necesitaba de sendas publicaciones, pues se daba naturalmente a través de su palabra. Pablo entero era una prosa, un cuento y una poesía. Su hablar era ya literatura. Una exquisita literatura. Y tan llena de humor, de un humor que, sin exagerar, lograba situar en un plano espiritual. Era una forma alegre y livianamente profunda de tratar los temas que duelen y los conflictos humanos. Pablo siempre encontraba esa hebra nazarena para unir, encaminar, liberar, sanar. Lo anterior, creo, no fue por azar, sino como para otros de su generación (entre ellos Mariano Puga, Ronaldo Muñoz, el chico Baeza o Pierre Dubois) fue una opción. La opción por los pobres, baluarte de una teología y mirada eclesial latinoamericana, se hizo carne de modos distintos en quienes la asumieron tan profunda y generosamente. En Pablo esta tomó el rostro de la escucha atenta y el servicio humilde, donde enfocó todas sus fuerzas y capacidades. Sobrellevando sin sobresaltos ni en primeras líneas la honda vinculación entre fe y vida, entre evangelio y política, entre espíritu y pan; Pablo se hizo literalmente hermano. En ese sentido se impregnó de la espiritualidad nazarena promovida por Carlos de Foucauld: esperanza en la masa, evangelio en el corazón del mundo y una vida creyente oculta y de trabajo, mezclada con otros «como uno más”. Está la tentación de decir que con Pablo se muere una forma de ser y vivir en Iglesia, a mí me parece que no. Pablo mismo se reinventó varias veces a lo largo de su vida sabiendo que de eso se trata el seguimiento de Jesús. Ordenado cura en el preconcilio, militante de la Iglesia de los pobres y con una postura crítica y cercana al Grupo de los Ochenta, núcleo inicial de Cristianos por el Socialismo, Pablo nunca perdió la brújula del Evangelio. Su preocupación eran las personas y su respuesta al rostro herido del otro. “Esa” forma eclesial respondió a un contexto que ya no existe, y Pablo no se quedó en nostalgias ni mirando tiempos pasados, muy por el contrario, hasta el último día pensaba en el mañana. Teniendo casi 99 años seguía siendo joven. Anclado en el hoy seguía soñando, esperando y preguntando. Siempre preguntando. Con Pablo no muere nada, sino que se fortalece aquello que Jesús defendía en la buena nueva de Lucas: quien ponga la mano en el arado y mire para atrás no es apto para el reino de Dios.