«La oración de la obra bien hecha»


ANTONIO LÓPEZ BAEZA
El fin de todo obrar, para el creyente, no es la obra en sí misma, sino Tú, Señor, tu Persona,
tu Gloria, y la comunión con tu Ser Divino que aguarda en toda obra bien hecha.
I. Señor, Tú sabes que es verdad: nada quiero que Tú no quieras, ni nada deseo hacer si Tú no
lo haces conmigo.
Cuando obro sin ti, obro frecuentemente contra mí. No es obrar verdadero el que en ti no echa
raíces. Tú eres la buena tierra en la que mi vida da cosecha de frutos apetecibles. Tu voluntad
de amor acoge mi entrega en el trabajo de cada día, para hacerla vida compartida, alabanza de
tu Nombre, alegría del bien común. Es así como la liturgia de tu Iglesia me ha enseñado a
rezar: «Señor, que tu Gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro
trabajo comience en ti , como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin».
No te extrañe, pues, Señor, que con insistencia te suplique: «Que tu Gracia inspire mis obras».
Lo que significa, en primer lugar, pedirte que nunca haga yo nada contrario a tu voluntad.
Pero, ¡ay, Señor!, ¿no es ésta una súplica demasiado atrevida? ¿Le resulta siempre posible al
hombre peregrino actuar de acuerdo con tu voluntad eterna? Me inclino a pensar que no. El
humano es demasiado frágil, demasiado incompleto, para que sus obras alcancen a ser
perfectas. ¿No es éste el testimonio de tu apóstol cuando reconocía de sí mismo que el bien
que quiero no lo hago, y el mal que no quiero sí lo hago?
¿Acaso, Señor, tu Poder no es más grande que nuestra flaqueza? ¿Por qué, pues, me dejas
hacer el mal que no quiero? ¿No queda afeado mi testimonio sobre tu Amor y tu Gracia
cuando los demás constatan lo defectuoso y dañino de mi obrar en el mundo?
¿Tal vez, Señor, lo que importa no es que, aun constatando mi pecado (y cuanto más lo
constate, mejor), siga deseando con todo mi corazón realizar lo mejor posible tu voluntad de
bien? ¡Ah, sí, Señor: Tú me pides más la pureza de intención que la perfección en mi obrar! Y
bien parece, Señor, que la obra más perfecta a tus ojos no es la del orgullo de haber actuado
bien, sino la de confiar en tu infinita misericordia, reconociendo que sin ti no podemos hacer
nada justo y recto.
Con todo, Señor, te seguiré pidiendo: «Inspira Tú todas mis acciones». Que no las inspire el
orgullo de la razón ni la ambición de la carne. Inspira Tú mis acciones de cada día para que,
partiendo siempre de ti, pueda yo descubrir mejor lo que en ellas se opone a tu plan de
salvación, y permanezcan así dentro de tu eficacia liberadora.
Tu inspiración -la presencia animadora de tu Espíritu- es ya, de entrada, una fuerza positiva en
todo mi hacer, aunque con frecuencia se vea trabada por otras fuerzas negativas que también
operan en mí, propias de mi existencia peregrina, todavía no plenamente identificada con tu
Amor. ¡Que nunca me falte tu inspiración, ya que sé muy bien que, mientras camine en este
mundo, tampoco me ha de faltar el peso de mis torpezas!
Estoy convencido, Señor, convencidísimo, de que, si tu Gracia me inspira, yo pasaré por el
mundo haciendo el bien sin darme cuenta de que lo hago. Por lo demás, nunca es más
auténtico el bien que aquel que permanece oculto, enterrado en los surcos de la historia,
incluso para el mismo que lo realiza. Seré así instrumento tuyo, cauce de tu Bondad para que
venga tu Reino a nosotros.
Sólo si tu Gracia sostiene mi obrar, seré testigo de la Esperanza. ¡Es tan fácil desalentarse ante
los propios fallos y los de los demás … ! ¡Resulta tan difícil ese estar siempre volviendo a
empezar, reconstruyendo ruinas, aceptando derrotas sin derrotismos … !
Pero, como tantas veces nos has permitido constatar, y nunca podremos agradecerte
suficientemente, tu inspiración los dones de tu Espíritu- acude en nuestro auxilio, nos
fortalece e ilumina, especialmente cuando la tarea encomendada, cuando los valores
evangélicos a defender, se nos hacen cuesta arriba, y tenemos que permanecer en la brecha,
contra corriente de los valores y criterios de este mundo que pasa. Tu inspiración es entonces
la firmeza en nuestro caminar vacilante.
La verdad es ésta: tu Gracia nos inspira, nos sostiene y acompaña siempre que reconocemos
nuestra pobreza y la ponemos gozosamente a tus pies. Y así, Señor, nuestras obras son tus
Obras; no porque sean acabadas, perfectas, deslumbrantes, convincentes para todo el
mundo…. no, ¡qué va!; sino porque Tú has querido tener necesidad de mi debilidad, hasta
hacerla portadora de tu ternura inquebrantable.
Tu Gracia -que no ha sido estéril en mí- me ayuda a saberme y presentarme débil entre los
débiles, consciente de que sólo Tú haces maravillas con la pequeñez de tus siervos.
II. Tú eres la fuente de todo buen hacer. La ciencia, el arte, la política, la educación, la vida
doméstica… sólo sirven al bien común cuando, consciente o inconscientemente, se nutren de
tu voluntad de salvación universal. De ti manan las energías de la verdad, la bondad, la
belleza, la unidad … : formas éstas de tu Gracia en camino hacia la plenitud de la vida
humana.
Tú eres la fuente de todo buen hacer. Quienes no se nutren de esa fuente producen monstruos
de crueldad y sombras de aniquilación. Los genocidios, las vejaciones no infrecuentes a la
humanidad y a la naturaleza, los atropellos a la dignidad sagrada de la persona, representan el
vómito de cuantos despreciaron las fuentes de aguas vivas para cavar en su lugar cisternas de
aguas corrompidas.
Tú eres la fuente de todo buen hacen El que bebe de ella, él mismo se hace fuente para los
sedientos de vida que puedan acudir a él. Es el testigo de tu salvación siempre operante, que
alcanza a dar a otros de sí mismo, de sus propias entrañas habitadas por la alegría de tu Amor
imperecedero. Y no puede limitarse a dar consejos o buenas palabras, porque en él salta para
muchos la fuente que mana hasta la vida eterna.
Es la persona transformada en ángel de luz, que ayuda a otros muchos a encontrar su senda
iluminada. Es el trabajador en la vida ordinaria que sabe que la obra realizada desde el
corazón es en sí misma bendición e iluminación para cuantos de ella se benefician. Es, en
suma, el jornalero de la viña, que se siente bien pagado, sin cifrar la importancia en la
cantidad del salario recibido, sólo por el hecho de haber hecho bien lo que tenía que hacer,
poniendo alma y vida en cada minuto de la tarea encomendada por el Señor de la vida.
Repitámoslo sin cansancio: ¡Tú eres la fuente de todo buen hacer! El que ha bebido de esas
aguas caudalosas, límpidas, renovadoras, tiene la mirada transparente para descubrir los
destellos de tu Amor también en la obra bien hecha por otros, incluso por otros que no son de
los suyos (tal vez, que no son de los tuyos). El que ha bebido de la Fuente de Todo Bien,
donde manan las corrientes de la inmarchitable hermosura, alcanza a ver tu presencia desnuda
en el conjunto de la entera actividad humana, sin detenerse en ideologías ni creencias. ¡Tu
Resurrección hermosea desde dentro toda obra que hunde sus raíces en un corazón enamorado
de su propio hacer en comunión con el Hacedor único!
¡En ti está la fuente de todo buen hacer! El hacer nuestro de cada día, que nos hace y nos
rehace, que nos crea y nos recrea, cuando no le faltan sus dimensiones de gratuidad y de
trascendencia. El que obra con estas cualidades -gratuidad y trascendencia- crece él mismo en
el desarrollo de su actividad. Y al cuidar los detalles mínimos de su quehacer escondido, está
poblando el mundo de belleza multiforme, en armonía con la belleza del universo.
Una obra bien hecha es, a su vez, semilla de otras muchas obras bien hechas. En cambio, la
tarea realizada para salir del paso, hija de convencionalismos y rutinas, o llevada a cabo con
intereses de venideras recompensas, deviene trampa y atolladero para el humano que no supo
desaparecer en su propia acción.
En realidad, somos lo que hacemos. Somos según hacemos. Conviene, pues, y no poco, que
nuestro ser se alimente en las fuentes de un hacer sereno y generoso, humilde y constante,
audaz y creativo, pero, sobre todo, muy sobre todo, atento y contemplativo al paso del Señor
por el tejido de nuestros días y nuestras tareas.
Se trata de conectar con el hacer mismo de Dios en su constante Creación. El buen hacer del
Padre, que Él quiere sea también el buen hacer de sus hijos, llamados a completar su obra en
el mundo.
III. La finalidad de nuestro obrar en el mundo no es la obra en sí misma, sino Tú, Señor: tu
Persona, tu Gloria, tu Irradiación, tu Diafanía -que diría Teilhard de Chardin- en el Universo.
La meta última de toda tarea humana es llegar a la comunión con el Ser divino, que alienta en
todo para todo trascenderlo.
Cuando mi obrar no me pone en comunión directa contigo, algo que depende de mi voluntad
falla, Señor. Y es que no puedo encontrarte a ti en lo que hago, si mi intención busca otra cosa
distinta de ti: éxito, prestigio, riqueza, seguridades…
Yo amo al que me ama, y el que me busca me encuentra (Prov 8,17), reza tu revelación. Y es
que, con mi actividad, Señor (siendo como es tan importante para un hombre el motor y el
norte de su entrega), es como mejor podré manifestar mi forma de buscarte y si es a ti a Quien
deseo sobre todas las cosas. Dime lo que por encima de todo anhelas como fruto de tu trabajo
diario, y te diré quién eres. De modo que no basta con desearte interiormente; ¡he de desearte
también en mi forma y talante de moverme en el mundo! Preciso es que todas mis acciones
revelen mi libertad interior que siempre tiende a ti.
Permíteme decírtelo (aunque sólo sea un deseo -¡pero mi deseo más ardiente!-): Tú eres el fin
de todo cuanto hago, porque no puedes dejar de ser el fin de todo cuanto soy. Cuando te busco
con mi acción, bajo a las raíces de mi ser más auténtico y toco las claves del universo. Cuando
eres Tú la forma y perfección de mi tarea, yo sé que en el acto mismo de mi entrega ¡ya lo
tengo todo! ¡Todo! Te tengo a ti. Me tengo a mí. Tu amor allí presente convierte en universal
y eterno el instante más pequeño. La eternidad se da en el tiempo exacto de la obra bien
hecha.
Así es como mi actuar entre los hombres no se pierde lejos de su belleza y utilidad, en sí
mismo y para los otros. Mi trabajo me pone en contacto vivificador con las raíces de mi
existencia. Mi vocación en el Mundo y en la Iglesia, no me las doy yo a mí mismo, aunque sí
redescubro en mi entrega de amor a lo inmediato pequeño las razones que la sustentan.
Para que mi trabajo sea oración es imprescindible poner todo mi ser en la obra que realizo.
Porque, aunque Dios está presente en todas las cosas, yo no me encuentro con Él cuando
actúo de forma trivial y rutinaria, ya que, al obrar de esa manera, estoy asfixiando la imagen
del Creador, que pugna por resplandecer en mí a través de mi dedicación consciente y
amorosa. (¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho mediante la gracia de la
concentración en el aquí y ahora?).
Orar es entrar en comunión con la obra de Dios, que no cesa de hacer nuevas todas las cosas y
de ensanchar constantemente las dimensiones del universo (y las mías propias). De modo que
la monotonía, el desaliento y otras formas de decadencia o desinterés no pueden tener nunca
cabida en una actividad realizada contemplativamente.
Cuando el amor contemplativo mueve mi entrega, podré conocer el cansancio -que es
humano-, pero nunca el sinsentido que pretende corroer el valor de la propia entrega -que es
diabólico-. Muy al contrario, el mismo cansancio reconforta. La entrega total es en sí misma
un descanso.
¡Qué gozo saber, Señor, que mi obra bien hecha –con todos los límites que acompañan
siempre a lo humano- lleva algo de ti a mis hermanos! Pero mi alegría mayor es saber que mi
obra bien hecha es toda ella una alabanza a tu Nombre, una rendida adoración del misterio de
tu Presencia escondida en el corazón de todos los seres, acontecimientos, acciones. Sólo
necesito hacer contemplativamente lo que en cada momento me demanda la vida, para saber
que este mundo está bañado por la luz de tu Misericordia.
Cuando mi actividad es alabanza, adoración, comunión, contemplación de amor… te siento
tan dentro de mí, Señor, que sólo tengo que silenciar todos mis pensamientos y sentimientos
para escuchar la canción de mi corazón y saber que Tú eres su Inspirador.

ANTONIO LÓPEZ BAEZA


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