La Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld, que es una unión espiritual de personas, (Monasterio invisible en la comunión de los antos con vocación ecuménica), que ya vivan solas o casadas, sean religiosos o religiosas, sacerdotes u obispos, a lo largo y ancho del mundo, bajo el espíritu del Directorio de Charles de Foucauld, hacen el compromiso ecuménico de pedir todos los días por la unión de los cristianos y que las Iglesias, las Religiones y las Naciones se dejen conducir por el Espíritu de Jesús, el Cristo. Fue fundada, como lugar físico de «acogida y oración» en 1978, por José Luis Vázquez Borau, en el Poblado de San Francisco de Huercal-Overa (Almería) y funcionó así hasta 1982. En Pentecostés del año 2006 ha recibido un nuevo impulso que ha hecho que se vayan formando Fraternidades Horeb por todo el mundo. Fue reconocida «ad experimentum» como Asociación privada de fieles, el 19 de junio de 2014, por el Cardenal de Barcelona Mons. Luis Martínez Sistach y el 20 de junio de 2018 el Cardenal Juan José Omella Omella, Arzobispo de Barcelona, firmó el decreto de constitución definitiva de la misma como asociación privada de fieles. Y a partir del 7 de marzo de 2020 la CEHCF forma parte oficialmente de la Familia Espiritual del hno. Carlos. En la actualidad hay presencia de la CEHCF en diez y ocho países del mundo y tiene nueve fraternidades: Tres en España; una en Brasil y cinco en Costa Rica.
Si hay alguna novedad que Foucauld, movido por el espíritu, ha promovido en la Iglesia, es su concepción de “misioneros aislados”: sacerdotes y laicos esparcidos por todas partes, nómadas, en movimiento, en visitación, en diáspora en un mundo refractario a la fe cristiana, y que se esfuerzan en crear “relaciones de amistad”, actuando de tal manera que establezcan el contacto, el diálogo, la amistad entre cristianos y quellos que tienen otras convicciones, sobre todo las convicciones más alejadas de la fe cristiana.
Para Foucauld hay necesidad y urgencia de ver surgir este género de misioneros. Todo bautizado puede llegar a ser un misionero de este tipo. Todo cristiano lo puede ser en su condición humana común, en su familia, barrio, trabajo: Nazaret continúa siendo para él, más que nunca, la referencia para esta tarea de “misionero aislado”: Jesús vivió en Nazaret, en la “Galilea de los paganos”, y no en la santa Jerusalén, ezclado con la población de su pueblo en un intercambio constante y una amistad cotidiana con ella. En los estatutos de 1909, Foucauld escribe que Jesús “vivió en mediodel mundo.Lo que Él ha querido, lo que ha escogido para Él, es deser Llamado ‘el hijo del carpintero, el carpintero hijode María’” (art. IX).
Cuando Jesús volvió más tarde a su propio pueblo, a Nazaret, no fue entendido por su predicación. El “misionero aislado” se encuentra solo en medio de un pueblo que ignora la relación de Dios y del hombre tal y como Cristo la trae; sabe que por el momento no puede hablar claramente y ser escuchado, expresarse en una predicación “abierta” y ser escuchado; sabe que su rol de” apostolado”, su misión propia se realiza en la amistad y la bondad. Sabe que Jesús ya en Nazaret es completamente misionero” de su Padre; que anuncia ya la Buena Nueva; que incluso este primer trabajo misionero es indispensable para la predicación anunciadora del Evangelio (Francisco de Asís, nómada, hacía este anuncio por montañas y valles).
Foucauld pide que cada cristiano, allí donde se encuentre, anuncie el Evangelio en y por su condición cotidiana. Hace falta pues, en relación con esto, abandonar las imágenes de un Foucauld que toma Nazaret como exaltando la sola esfera privada de la pura relación con Dios; como lo dijo bien claramente el Dr. Dautheville que vivió seis meses con él en Tamanrasset en 1908, Foucauld estaba “muyinteresado por los acontecimientos humanos”, implicándose en los asuntos saharianos, la política, y la vida “diseminada” de los tuaregs.
Nazaret es lo opuesto a una religión de repliegue o una doctrina de evasión.
Lector 2.
¿Qué medios utiliza Foucauld para laevangelización?
“Los principales medios recomendados a los hermanos y hermanas para la conversión de las almas, y particularmente para las de los infieles de las colonias de su patria son: 1º el santo sacrificio de la misa; 2º la presencia de la sagrada eucaristía; 3º la santificación personal; 4º la oración; 5º la penitencia; 6º el buen ejemplo; 7º la bondad; 8º el establecimiento de relaciones de amistad con las personas, con el constante deseo de hacer el bien a sus almas; 9º la ayuda prestada a los sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajan por la salvación de las almas fuera del lugar en que se está, y particularmente de los que entre ellos trabajan en la conversión de los infieles de las colonias de la madre patria”6.
( JL VÁZQUEZ BORAU,Conselhos Evangélicos ou Diretório de Carlos de Foucauld, BAC, Madrid 2005)
Despide a los peregrinos tras darles la bendición. Foto cedida por Carlos Ruiz.
Después de 20 años como sacerdote de Getafe, Carlos Ruiz ha abrazado la vida eremítica. Sin WhatsApp ni redes sociales, confiesa estar «mucho más cerca de Dios y de la gente»
«Yo estoy aquí no para evitar a la gente, sino para estar más cerca de Dios y más cerca de las personas», afirma el hermano Carlos María Ruiz. El 29 de octubre, en lugares como Estados Unidos se celebra el Día del Ermitaño, un modo de recordar el hartazgo de tantos que optan por aislarse como pueden de esta sociedad de inmediatez y anonimato. Pero la vida que ha elegido Ruiz no es la de un solitario ni la de un misántropo: «En la Iglesia los ermitaños no buscamos escondernos de la gente. Buscamos a Jesús y, amando más a Jesús, amar más a la gente». Así, destaca cómo «todos los ermitaños que he conocido en estos últimos años son personas cariñosas, con un corazón transparente y expresivo».
Ruiz llegó hasta esta vida después de 20 años como sacerdote diocesano de Getafe. Con los años entró en contacto con la espiritualidad carismática y también con varias comunidades que unían esta forma de vivir la fe con la de la oración contemplativa. «La mezcla de vida monástica y apostólica hizo arder mi corazón», recuerda. Al mismo tiempo, reconoce el impacto que supuso para él ahondar en la figura de san Carlos de Foucauld. Así, poco a poco fue tomando forma la idea de abrazar la vida de eremita diocesano. Tras un proceso de discernimiento, el pasado mes de febrero empezó su nueva vida en Alba, una aldea de Pontevedra, y vinculado a la archidiócesis de Santiago de Compostela. La casa parroquial en la que vive está algo apartada, pero lo suficientemente cercana al Camino de Santiago como para poder acoger a los peregrinos.
«Es un lugar maravilloso, en medio de la naturaleza», afirma. Allí se levanta muy temprano para hacer su oración personal con el salterio, la lectio divina y la Misa; un tiempo de retiro que dura hasta mediodía y luego continúa por la tarde. Después, recibe a personas que acuden a hablar con él o se conecta con otras para el acompañamiento espiritual. «Es una vida muy sencilla, al ritmo de la creación, algo con lo que ha roto la cultura actual», afirma. En Alba, el silencio se extiende incluso a su relación con la tecnología. No tiene redes sociales ni usa WhatsApp, solo correo electrónico y Telegram. Normalmente tiene el móvil apagado, con un horario que se ha impuesto para usarlo. «No chateo, voy a lo práctico. En general, internet me sirve para estar informado de lo que pasa en el mundo y en la Iglesia y rezar por ello», cuenta.
Sin embargo, todo ello no excluye su clara vocación a la acogida, sobre todo hacia los peregrinos a Santiago. «Algunos se acercan a la ermita por curiosidad, otros vienen simplemente a que les selle la credencial y otros llegan con preguntas y quieren hablar. Yo les ofrezco un café y al que quiere le doy la bendición. El Señor toca a muchos en ese momento», dice. También tiene algunas habitaciones disponibles en la ermita, «aunque no es un albergue», precisa.
Ruiz a las puertas de la ermita de Alba, en Pontevedra. Foto cedida por Carlos Ruiz.
Ruiz reconoce que «cuando llegué aquí, los primeros días me preguntaba si alguien iba a querer venir». Resolvió este dilema «cuando me di cuenta de que esto no es una iniciativa mía. El núcleo de esta vida es estar muy lleno de Dios para que pueda vivir en mí y luego lo refleje durante la jornada. Solo así puedo abrir cada mañana sin angustia las puertas de la ermita. No vivo de mis planes o de mis expectativas». Además, «de este modo es como puedes dar una acogida de verdad desde Cristo, no desde tu forma de hacer las cosas. En realidad, todas las vidas deberían ser vividas de esta manera, estés donde estés», señala.
En todos los meses que lleva de ermitaño ha podido entrar en contacto con numerosos peregrinos. «La palabra que más repiten es “exhausto”. Están agotados por la vida que viven; sobre todo por el trabajo, curiosamente. La rueda en la que se han metido los asfixia. La cultura laboral hoy en día es demoledora y a la gente le cuesta mucho poner límites». Por eso recuerda a san Carlos de Foucauld, cuando escribió que «la gente está llena de inutilidades costosas». «Creo que es un diagnóstico acertado —concede Ruiz—. En el fondo, la gente quiere llevar una vida más sencilla, pero la clave es encontrar el modo de pasar de lo prescindible a lo esencial: tienes que desprenderte de algo, tomar la decisión de renunciar a algo concreto». Así se despide en la aldea pontevedresa de Alba este eremita, quien «propone a Jesucristo, que es el único que te puede llenar. A mí lo que me hace feliz no es vivir aislado ni plantar el huerto, es Jesús».
Este testigo de nuestro tiempo anhelaba ser reconocido como hermano de todos
“El hermano universal”, así quería San Carlos de Foucauld que lo reconocieran todos. El nº 287 de la encíclica Fratelli Tutti nos recuerda el papa Francisco sendas cartas a H. de Castries y a M. Blondy donde San Carlos de Foucauld pedía a sus amigos que rogaran por él para que llegase a ser hermano de todos. Y continúa el Papa en el nº287 señalando que solo identificándose con los últimos será hermano de todos.
Examinando esas palabras del Papa encontramos la razón por la que San Carlos de Foucauld está en el Sáhara, entre los Tuareg. Después de la ordenación sacerdotal en Viviers contesta la pregunta de dónde hay que ir a establecer los hermanitos del Sagrado Corazón. “La respuesta es: «No a donde haya más oportunidades humanas de tener novicios, autorizaciones canónicas, dinero, terrenos, ayudas; no, sino allí donde sea más perfecto en sí mismo, lo más perfecto según la palabra de Jesús, lo más conforme a la perfección evangélica, lo más conforme a la inspiración del Espíritu Santo; allí donde Jesús iría: a “la oveja extraviada”, al “hermano” de Jesús “más enfermo”, a los más abandonados, a los que tienen menos pastores, los que “están sumidos en las tinieblas más densas». Así consta en el libro de Antoine Chatelard.
Estas palabras recogidas por el autor en la obra que acabamos de citar, las toma de Carlos de Foucauld: “Seul avec Dieu”, p.79-80. Son la expresión viva y personal de lo que sugiere el papa Francisco en Fratelli Tutti 287. Bien podemos decir que la búsqueda de San Carlos de Foucauld llega a ese punto final porque desde el comienzo de su conversión está guiado por el amor a Jesús, así lo confirma a Henry Duveyrier en una carta fechada el 24 de abril de 1890: «¿Por qué he entrado en la Trapa?… Por amor, por puro amor. Yo amo a nuestro Señor Jesucristo, aunque con un corazón que quisiera amar más y mejor; pero en fin, lo amo y no puedo llevar una vida diferente de la suya, una vida suave y honrada, cuando la suya fue la más dura y desdeñada que jamás existiera».
Podemos, finalmente, citar otro texto que nos aclare la situación actual de la evangelización. Bien podemos decir que no dejamos evangelizar en nosotros al Señor, tal vez porque no nos hemos enamorado de él… pero San Carlos de Foucauld sí era un hombre apasionado por Jesús. Baste esta muestra para percibir la firmeza de quien ama con ternura: «Mi querido, muy querido Padre, nunca, nunca, nunca, permitiré que se publique nada con mi nombre mientras yo viva, y prohibiré formalmente que lo hagan después de mi muerte… no son esos los medios que JESÚS nos ha dado para continuar la obra de la salvación del mundo… Los medios de los que él se sirvió en el pesebre, en Nazaret y en la cruz son: pobreza, abajamiento, humillación, olvido, persecución, sufrimiento, cruz. Esas son nuestras armas, las de nuestro divino Esposo que nos pide que le dejemos continuar en nosotros su vida, Él, el único amante (…) la Verdad única. Nada encontraremos mejor que a Él, y no se ha hecho viejo… Sigamos este modelo único y estaremos seguros de hacer mucho bien, pues ya no somos nosotros los que vivimos, sino Él quien vive en nosotros; nuestros actos ya no son actos nuestros, humanos y miserables sino los suyos divinamente eficaces». Se trata de la respuesta que da San Carlos de Foucauld a Mons. Guerín cuando este le pide que sus trabajos no los publiquen otras personas. Estamos en enero de 1908.
Nos deja San Carlos en estos párrafos una idea muy clara de lo que para Él es la evangelización. Se tiene como consecuencia de vivir apasionados por Jesús y en esa vida será Jesús el que hable, diga, haga o deshaga.