Charles de Foucauld, en 1916, año de su muerte. La misión que quiso cumplir fracaso en vida, pero empezó a dar frutos después. Foto: @FondsFoucauld – Diócesis de Viviers.
Francisco ha canonizado a Carlos de Foucauld (1858-1916), un santo espiritualmente tan fecundo tras su muerte como fracasado en vida. Nos explica esta paradoja Margarita Saldaña, licenciada en Periodismo y en Teología Dogmática y autora de diversos libros: San José: los ojos de las entrañas, Tierra de Dios: una espiritualidad para la vida cotidiana o Rutina habitada: vida oculta de Jesús y cotidianidad creyente.
-Pertenezco a la familia espiritual de Carlos de Foucauld, como laica consagrada en la primera rama femenina, fundada en 1933, las Hermanitas del Sagrado Corazón. Además, tengo la suerte de formar parte de un equipo de investigación que lleva más de veinte años profundizando en la vida y los escritos de Carlos de Foucauld, particularmente a través de textos inéditos.
Margarita Saldaña (Madrid, 1972) es laica consagrada. Trabaja en una clínica de cuidados paliativos, labor que compagina con el acompañamiento espiritual, los retiros y la formación.
»Esta doble perspectiva, una más carismática y otra más intelectual, me abre un gran horizonte de comprensión de un personaje muy complejo, cuya trayectoria existencial alberga un mensaje de gran actualidad para el creyente de hoy.
-¿No se encuentra lejos del creyente contemporáneo un santo francés que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX?
-Los santos tienen una actualidad permanente, que consiste en su capacidad de haberse dejado trabajar por la gracia. En este sentido, Carlos de Foucauld nos resulta extraordinariamente cercano. A partir de sus caminos siempre abiertos y de sus sombras nunca resueltas, nos indica que es posible ir creciendo cada día en una relación auténtica con Dios y con los demás. Él, que quería ser «hermano universal», descubre y muestra que la vía para llegar a ser hermanos de todos no consiste en la perfección moral, sino en la apertura sostenida de nuestra fragilidad al trabajo de Dios en nuestra pequeñez.
-A Carlos de Foucauld se le conoce como «hermano universal», y así le propone el Papa Francisco al final de la encíclica Fratelli tutti. ¿No está este «título» en contradicción con la imagen de «hermano inacabado» que tú utilizas?
-Más que en contradicción, estas dos imágenes se hallan en profunda continuidad. Cuando en 1901 llega al desierto ordenado sacerdote, Carlos de Foucauld comienza a sentir el deseo de ser hermano de todos, pero progresivamente va descubriendo que la clave de esta relación no la posee él, sino que son los demás quienes le reconocen o no como hermano. La fraternidad universal será un proyecto vital que tirará de él cada vez más lejos, que le llevará a buscar a la gente más abandonada. Y, al mismo tiempo, será un proyecto que nunca llegará a término, porque Carlos experimenta en sí mismo límites que dificultan esta relación, y también porque sus ideas fundacionales no tienen éxito y muere sin compañeros. En cierto sentido, las intuiciones de Carlos de Foucauld van realizándose después de su muerte, a través de su gran familia espiritual y también de ese espíritu de «salida» que el Papa Francisco desea inyectar en toda la Iglesia.
-En tu libro utilizas los términos de «exploración» e «irradiación» para referirte a la vida de Carlos de Foucauld. ¿Qué expresan dichos términos?
-La vida de Carlos de Foucauld puede leerse a partir de estas dos claves, que son también complementarias. Por una parte, su itinerario va a transcurrir por muchísimos paisajes diferentes: de origen noble, educado con cariño por una familia extensa tras la muerte de sus padres, deja de creer, ingresa en el ejército y pasa enseguida a la reserva, hace un viaje científico por Marruecos, recupera la fe cristiana, pasa siete años en la Trapa, busca la radicalidad de los márgenes en Nazaret, es ordenado sacerdote y, en los últimos años, se instala en en norte de África y va al encuentro de los tuaregs.
Charles de Foucauld, con uno de los niños a quienes liberó de la esclavitud. Foto: @FondsFoucauld – Diócesis de Viviers.
»Por otra parte, estas etapas tan diferentes le llevan a explorar otros paisajes interiores e inéditos: sus propios deseos y límites, los secretos de la relación, el sentido de la eucaristía, el valor de la presencia como espacio de misión, etc. En esos lugares, su vida va siendo sencillamente «irradiación» de Jesús, anuncio del Evangelio más por el testimonio que por la palabra.
-Carlos de Foucauld murió sin haber fundado nada y sin realizar prácticamente ninguna conversión. Este aparente fracaso, ¿tiene algo que decirnos hoy?
-Este «aparente fracaso» está directamente conectado con dos misterios de la vida de Cristo que arden en el corazón de Carlos de Foucauld. El primero de ellos es la ineficacia de Nazaret, donde el Hijo de Dios pasa la mayor parte de su existencia humana sumergido en la banalidad de lo cotidiano. En Nazaret no sucede nada extraordinario y, sin embargo, Jesús está ya salvando el mundo por medio de la íntima comunión con el ser humano. Esta vida nazarena no es un fracaso, ni una fase inútil, sino un lugar de revelación.
»Algo semejante sucede con el misterio pascual: Jesús muere solo. La cruz es otro lugar de revelación. Estos dos misterios dotan de sentido la existencia de Carlos de Foucauld y la nuestra: aunque nuestra vida no dé los «resultados» que nos gustaría, puede ser espacio de salvación si nos dejamos habitar y trabajar por Dios.
-¿Qué mensaje tiene Carlos de Foucauld para la Iglesia contemporánea?
-Un santo es un testigo, un compañero de camino, un hermano mayor. San Carlos de Foucauld nos llama insistentemente a volver al Evangelio, a fijar los ojos en Jesús y a dejarnos arrastrar por la pasión de su Corazón: este mundo fisurado por la injusticia, este mundo sediento de salvación, este mundo que Dios ha amado tanto.
»Carlos de Foucauld nos invita a no vivir pendientes de las cifras ni de los resultados, y a no tener miedo de gastar la vida a fondo perdido, porque la auténtica eficacia es aquella del grano de trigo y del puñado de levadura. El testimonio de Carlos de Foucauld es una buena noticia para toda la Iglesia, para todos los bautizados. Su canonización, más que «subirle a los altares» le baja aún más a la tierra para caminar con nosotros tras las huellas de Jesús.
Esta breve biografía del Beato Charles De Foucauld destaca los aspectos más destacados de su espiritualidad y trabajo pastoral. El autor abre su ensayo con un examen en profundidad de los tiempos y la historia del siglo en que vivió el Santo, para luego trazar un perfil biográfico y místico de él. La fascinación que nuestro Beato ejerce todavía hoy en la Iglesia y más allá reside en el hecho de haber “propuesto un retorno puro al Evangelio” (de la introducción). La Obra se inspiró en la beatificación de los mártires de Argelia el 8 de diciembre de 2018.
El 15 de mayo de 2022, Carlos de Foucauld fue proclamado santo por el Papa Francisco en Roma. Mons. Jean-Claude Boulanger, obispo emérito de Bayeux-Lisieux y autor de La oración de abandono – Un camino de confianza con Charles de Foucauld (Artège) presenta a este santo.
“Charles de Foucauld está en el origen de mi llamada al sacerdocio”, confiesa emocionado el obispo Jean-Claude Boulanger, obispo emérito de Bayeux-Lisieux desde junio de 2020 y autor de varios libros dedicados a Charles de Foucauld.
“Cuando se piensa en la frase de Pablo VI según la cual “el hombre contemporáneo cree más en los testigos que en los maestros, en la experiencia que en la doctrina y en los hechos que en las teorías” (Evangelii Nuntiandi), ¿de qué manera Charles de Foucauld ofrece- ¿Existe un modelo a seguir en el mundo actual? ¿Cómo seguir este modelo? Charles de Foucauld pasó, desde su juventud hasta los veintiocho años, por un período que lo conmovió profundamente, una mística “noche de la fe”. Era un joven sin rumbo desde la muerte de sus padres y su abuelo. Estaba en busca de sentido, como muchos de nuestros contemporáneos y, en particular, las generaciones más jóvenes. Tenía más medios para vivir que razones para vivir; nuevamente, entre los jóvenes, este suele ser el caso. Como tal, habla mucho a los jóvenes de hoy. Nos enseña a no desesperarnos de Dios. Incluso dirá: «Dios se vale de vientos contrarios para llevar su barca a puerto».
La gran enseñanza de Charles de Foucauld, dices sobre su oración de abandono, es este acto de ofrecimiento, confianza y sumisión a la acción divina. ¿Qué tan difícil es esta actitud hoy para nosotros los modernos que nos gusta tener el control sobre todo? En una situación que a veces se presta a la desesperación, ¿cómo se pasa, como Charles de Foucauld, del “Padre, por qué me has abandonado?” a «Padre, me entrego a ti»? Mientras se encuentra en un período incierto de su vida, Charles de Foucauld había meditado las últimas palabras de Cristo en la cruz. Lo había entregado todo a Jesús y de pronto le pareció que su vocación estaba en entredicho, porque el abad le había dicho que no estaba hecho para ser monje. Esta palabra de Jesús se convierte en la oración de todos los testigos. No sabe que esta oración se convertirá en el símbolo y la imagen de lo que va a experimentar. Va a abandonarse a Dios, al padre abad, al abad Huvelin.
“Tenía más medios para vivir que razones para vivir; entre los jóvenes, este suele ser el caso”.
Muy a menudo, nos gustaría estar en contacto directo con Dios. Sin embargo, Charles de Foucauld siempre confió en aquellos que la Iglesia le puso en el camino. Aunque a veces reaccionó bruscamente: cuando Huvelin (su guía espiritual) le dijo que no estaba hecho para dirigir a otros ni para fundar una congregación, Charles de Foucauld confió en él mostrando su asombro. Dios se vale de mediaciones humanas si confiamos en la Iglesia para que nos conduzca por el camino de la santidad. Este camino, en lo que a Foucauld se refiere, fue largo: tuvo la impresión de que Dios lo había abandonado, sobre todo cuando ya no tenía discípulos. Se consideró a sí mismo como la aceituna olvidada en el árbol después de la recolección.
No se dice inmediatamente: “Padre, me entrego a ti”. Es una lucha espiritual. Debemos tomar el camino trazado por Charles de Foucauld.
Insistís, a propósito del uso del término “Padre” en la oración de abandono, en la desaparición del padre en el contexto cultural actual, incluso en su muerte. También escribes que “hombre pecador es el que rehúsa la paternidad de Dios”. ¿Cómo concibes esta “crisis de la paternidad” y de la patria potestad en nuestra sociedad actual? ¿Por qué es necesaria para nosotros hoy la figura del Padre? Desde hace varios años acompaño una casa de caridad en mi parroquia y veo que hay una crisis profunda. La crisis que estamos viviendo es que los padres se han convertido en compañeros. No aceptan la paternidad, quieren ser amigos de sus hijos, como ellos. A veces siguen siendo eternas adolescentes. Para ser padre hay que aceptar el despojo y morir al ego. Lo que alegra el corazón de un padre es ver crecer a sus hijos, tomar su autonomía, afirmarse ya veces desafiarla.
“Charles de Foucauld tuvo la suerte de conocer a un verdadero padre a través del padre Huvelin. Cuando murió, pudo decir: “era padre”.
Charles de Foucauld, el que fue abandonado en su infancia (perdió a su padre ya su madre a los 5 años), recibió la gracia, contemplando a Jesús, de contemplarlo como Padre: padre con corazón de madre. “Dios es paternalmente maternal”, dice San Francisco de Sales.
Muchos padres existen hoy sólo a través de sus hijos, esperan todo de ellos. Su pareja es a menudo frágil. Les cuesta aceptar que sus hijos se distancien, se construyan a sí mismos. Charles de Foucauld tuvo la suerte de conocer a un verdadero padre a través del padre Huvelin. Cuando murió, pudo decir: “era padre”.
Recuerdas la muerte de Charles de Foucauld, encontrado muerto de un balazo en la cabeza, el 1 de diciembre de 1916 en Tamanrasset, una especie de mártir de los fanáticos islamistas pero amigo de los musulmanes. ¿Qué enseñanza nos da Charles de Foucauld sobre estas cuestiones? Charles de Foucauld siempre ha querido, un poco como los monjes de Tibhirine, ser amigo de los musulmanes pero también de los incrédulos: soldados, investigadores, tuaregs. En este sentido, siempre hizo la distinción entre el Islam y los musulmanes, a quienes les debe mucho porque fueron ellos quienes, desde su exploración de Marruecos, habían despertado en él esta sed de absoluto. No se dejó engañar por la mezcla política de un cierto Islam que buscaba la dominación. Comprendió lo difícil que era para ellos romper con su forma de vida. Hay que recordar que estuvo muy cerca de los haratins , negros esclavos al servicio de los tuaregs, los pobres entre los pobres.
En el momento de su muerte, en Tamanrasset, los saqueadores pretendían secuestrarlo. Fue un valioso rehén en el momento de la Primera Guerra Mundial para intercambiarlo por otros yihadistas arrestados. El símbolo de esta noche es magnífico. Cuando encontraron su cuerpo, el Evangelio fue arrojado a la arena: estaba meditando la palabra de Dios. Junto a él encontramos al Santísimo Sacramento que adoraba, Dios lo hace tan pequeño y silencioso.
Para él, la evangelización en el mundo musulmán pasa por la Eucaristía celebrada y el Santísimo Sacramento. No habló de cercanía eucarística sino de presencia. Es Jesús quien se da a sí mismo a aquellos entre quienes vivimos. Finalmente, estaba escribiendo una carta a su hermana con la siguiente frase: “Nunca amaremos lo suficiente”.
La espiritualidad de Charles de Foucauld se basa en “tres Es”: Evangelio, Eucaristía, evangelización. Vivió en un contexto particular, entre musulmanes entre los que la palabra «Dios» está presente en cada frase. Nuestro contexto es diferente, quizás más difícil que en el que él se encontraba: es un contexto de secularización donde la palabra “Dios” ha desaparecido. Quería dar su vida, a pesar del peligro, como un grano de trigo que cae en tierra. Nunca dudó que un día los musulmanes reconocerán a Jesús como el Hijo de Dios. No negó a los musulmanes.
“No habló de cercanía eucarística sino de presencia”.
¿Cómo es Charles de Foucauld también una figura esclarecedora en el establecimiento de un laicismo saludable? Charles de Foucauld entendió que uno no impone una civilización o una religión a los demás. No es por la fuerza, sino por “el apostolado de la bondad, de la cercanía”. No son nuestras leyes las que impondrán a los creyentes su forma de vida. Charles de Foucauld sufrió mucho por la presencia colonial de Francia, particularmente en Argelia, donde nuestra cultura fue impuesta por la fuerza. Los líderes tuareg debían aprender francés y hablar este idioma con los funcionarios administrativos. Charles de Foucauld pasó 11 años escribiendo un diccionario tuareg-francés y hablaba la lengua de su pueblo con la perspectiva de que el Evangelio pudiera ser traducido a su idioma.
Imponer nuestra visión hoy a nuestros hermanos musulmanes es dañino. Fundamentalistas siempre habrá, pero creer que la ley puede imponer una forma de vida es tocar la conciencia de los seres humanos. Sólo puede ser invitado a dar el paso, pero no puede ser impuesto por coerción. Charles de Foucauld quedó herido al ver que los laicistas de finales del siglo XIX imponían la construcción de capillas y la destrucción de mezquitas. Hay un sufrimiento al ver cómo se comportaba la Francia de la época (años anticlericales) cultural pero también religiosamente.
El Papa Francisco concluyó su encíclica Fratelli tutti (2020) con una mención a Charles de Foucauld. Tú que eres un apasionado de Charles de Foucauld, ¿has encontrado el espíritu del Beato en la encíclica? ¿Es el Papa heredero de Carlos de Foucauld? Ya lo hablé con él. Es muy aficionado a san Francisco de Asís, que decía que para ser hermano de los pobres y de los pequeños hay que aceptar ser uno mismo. Es el camino de Charles de Foucauld: la primera de las Bienaventuranzas se refiere a los pobres de corazón. Como san Francisco, Carlos de Foucauld necesitaba tiempo para aceptar su pobreza y hacerse pequeño. Sin ser pequeño, uno no puede hacerse amigo de los pequeños. El Papa Francisco traduce bien esta expresión: sólo el pequeño es capaz de hacerse hermano, repite, con Charles de Foucauld. (cath.ch/imedia/at/hl/bh)
Obispo Jean-Claude Boulanger: La oración de abandono – Un viaje de confianza con Charles de Foucauld Ed. Artège.
Una campaña por Charles de Foucauld El obispo John Gordon MacWilliams, obispo de Laghouat, la diócesis argelina donde está enterrado Charles de Foucauld, saluda el anuncio de la canonización y espera poder viajar a Roma para el evento. “Charles de Foucauld no es muy conocido en Argelia, donde los cristianos son una minoría muy pequeña, menos del 1%”, recuerda monseñor MacWilliam. Pero, si la mayoría de los argelinos no lo conocen, “algunos lo ven primero como un exsoldado del ejército francés. Por lo tanto, es una reminiscencia de la época colonial. Para otros, que lo conocen un poco mejor, parece una especie de marabú, un sabio; un hombre de oración. Por otro lado, es muy conocido entre los misioneros, pero también entre los inmigrantes, los estudiantes cristianos subsaharianos y algunos trabajadores o expatriados. “Ahora que la fecha está fijada, vamos a lanzar una campaña para dar a conocer mejor la figura de Carlos de Foucauld”, asegura el obispo MacWilliam. A pesar de las actuales tensiones diplomáticas entre Francia y Argelia, el obispo de Laghouat no cree que la canonización pueda plantear un problema, “porque la canonización es asunto de la Iglesia católica y es importante recordarlo. Carlos de Foucauld es proclamado santo como hombre de Iglesia y hombre de oración.
En sintonía con la espiritualidad Carlos de Foucauld
El Papa Francisco ha escrito el prefacio al libro autobiográfico de Dorothy Day Encontré a Dios a través de sus pobres. Del ateísmo a la fe: mi camino interior (Libreria Editrice Vaticana). Dorothy Day (1897-1980), iniciadora del movimiento del Catholic Worker, fue una periodista, escritora, pacifista y activista estadounidense, conocida por su compromiso en favor de los pobres y contra el armamentismo de toda clase y especialmente el nuclear.
Prefacio del Papa Francisco
La vida de Dorothy Day, tal como ella nos la cuenta en estas páginas, es una de las posibles confirmaciones de lo que el Papa Benedicto XVI ya ha sostenido con vigor y que yo mismo he recordado en varias ocasiones: «La Iglesia crece por atracción, no por proselitismo». El modo en que Dorothy Day cuenta su acercamiento a la fe cristiana atestigua que no son los esfuerzos humanos ni las estratagemas los que acercan a las personas a Dios, sino la gracia que brota de la caridad, la belleza que brota del testimonio, el amor que se convierte en hechos concretos.
Toda la historia de Dorothy Day, esta mujer estadounidense comprometida toda su vida con la justicia social y los derechos de las personas, especialmente de los pobres, los trabajadores explotados y los marginados por la sociedad, declarada Sierva de Dios en el año 2000, es un testimonio de lo que ya afirmaba el Apóstol Santiago en su Carta: «Pruébame tu fe sin obras, y yo te probaré por las obras mi fe» (2,18).
Quisiera destacar tres elementos que emergen de las páginas autobiográficas de Dorothy Day como valiosas lecciones para todos en nuestro tiempo: la inquietud, la Iglesia, el servicio.
Dorothy es una mujer inquieta: cuando vive su camino de adhesión al cristianismo es joven, aún no ha cumplido los treinta, hace tiempo que ha abandonado la práctica religiosa, que le había parecido, como señala su hermano, a quien dedica este libro, algo «morboso». En cambio, creciendo en su propia búsqueda espiritual, llega a considerar la fe y a Dios no como un «parche», por utilizar una famosa definición del teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, sino como lo que realmente debería ser, es decir, la plenitud de la vida y la meta de la propia búsqueda de la felicidad. Dorothy Day escribe: «La mayoría de las veces los destellos de Dios me llegaban cuando estaba sola. Mis detractores no pueden decir que fue el miedo a la soledad y al dolor lo que me hizo volverme hacia Él. Fue en esos pocos años en los que estaba sola y rebosante de alegría cuando le encontré. Finalmente le encontré a través de la alegría y el agradecimiento, no a través del dolor».
Aquí, Dorothy Day nos enseña que Dios no es un mero instrumento de consuelo o de alienación para el hombre en la amargura de sus días, sino que colma en abundancia nuestro deseo de alegría y realización. El Señor anhela corazones inquietos, no almas burguesas que se contentan con lo existente. Y Dios no quita nada al hombre y a la mujer de todos los tiempos, ¡sólo da el céntuplo! Jesús no vino a proclamar que la bondad de Dios constituye un sustituto del ser hombre, nos dio en cambio el fuego del amor divino que lleva a cumplimiento todo lo bello, verdadero y justo que habita en el corazón de cada persona. Leer estas páginas de Dorothy Day y seguir su itinerario religioso se convierte en una aventura que hace bien al corazón y puede enseñarnos mucho para mantener viva en nosotros una imagen verdadera de Dios.
Dorothy Day, en segundo lugar, reservó hermosas palabras para la Iglesia católica, que a ella, procedente y perteneciente al mundo del empeño social y sindical, a menudo le parecía estar del lado de los ricos y de los terratenientes, no pocas veces insensibles a las exigencias de esa verdadera justicia social e concreta igualdad en la que -nos recuerda la misma Day- son ricas tantas páginas del Antiguo Testamento. A medida que crecía su adhesión a las verdades de fe, también lo hacía su consideración de la naturaleza divina de la Iglesia católica. No con una mirada de fideísmo acrítico, casi de defensa de oficio de su propio nuevo «hogar» espiritual, sino con una actitud honesta e iluminada, que sabía discernir en la vida misma de la Iglesia un elemento de irreductible vínculo con el misterio, más allá de las muchas y repetidas caídas de sus miembros.
Dorothy Day señala: ‘Los mismos ataques dirigidos contra la Iglesia me demostraron su divinidad. Sólo una institución divina podría haber sobrevivido a la traición de Judas, a la negación de Pedro, a los pecados de los muchos que profesaban su fe, que deberían haber cuidado de sus pobres’. Y, en otro pasaje del texto, afirma: «Siempre he pensado que las fragilidades humanas, los pecados y la ignorancia de quienes han ocupado altos cargos a lo largo de la historia no han hecho sino demostrar que la Iglesia debe ser divina para perdurar a través de los tiempos. Yo no habría culpado a la Iglesia de lo que consideraba errores de los clérigos».
¡Qué maravilla oír tales palabras de una gran testigo de la fe, de caridad y de esperanza en el siglo XX, el siglo en que la Iglesia fue objeto de críticas, aversiones y abandonos! Una mujer libre, Dorothy Day, capaz de no esconder lo que no teme definir «¡errores de los eclesiásticos!», pero que admite que la Iglesia tiene que ver directamente con Dios, porque es suya, no nuestra, la ha querido Él, no nosotros, es su instrumento, no algo de lo que podamos servirnos. Esta es la vocación y la identidad de la Iglesia: una realidad divina, no humana, que nos lleva a Dios y con la cual Dios puede llegar a nosotros.
Por último, el servicio. Dorothy Day ha servido a los demás toda su vida. Incluso antes de llegar a la fe de forma completa. Y este ponerse a disposición, a través de su trabajo como periodista y activista, se convirtió en una especie de «autopista» con la que Dios tocó su corazón. Y es ella misma quien recuerda al lector cómo la lucha por la justicia es una de las formas en las que, incluso sin saberlo, cada persona puede hacer realidad el sueño de Dios de una humanidad reconciliada, en la que la fragancia del amor supere el nauseabundo olor del egoísmo. Las palabras de Dorothy Day son muy esclarecedoras al respecto: «El amor humano en su máxima expresión, desinteresado, luminoso, que ilumina nuestros días, nos permite vislumbrar el amor de Dios por el hombre. El amor es lo mejor que nos es dado conocer en esta vida». Esto nos enseña algo verdaderamente instructivo incluso hoy: creyentes y no creyentes son aliados en la promoción de la dignidad de toda persona cuando aman y sirven al más abandonado de los seres humanos.
Cuando Dorothy Day escribe que el lema de los movimientos sociales para los trabajadores de su tiempo era «problema de uno, problema de todos», me ha recordado una famosa frase que Don Lorenzo Milani, el sacerdote de Barbiana cuyo centenario de nacimiento se conmemora este año, hace decir al protagonista de Carta a una profesora: «He aprendido que el problema de los demás es el mismo que el mío. Salir de él todos juntos es política. Salir de él solo es avaricia’. Por tanto, el servicio debe convertirse en política: es decir, en opciones concretas para que prevalezca la justicia y se salvaguarde la dignidad de cada persona. Dorothy Day, a quien quise recordar en mi discurso al Congreso de los Estados Unidos durante mi viaje apostólico de 2015, es un estímulo y un ejemplo para nosotros en este arduo pero fascinante camino.
El 12 de mayo, en la catedral, el obispo Franco Giulio Brambilla presidió la misa en memoria del card. Renato Corti, a un año de su muerte. Publicamos a continuación el texto completo con sus palabras.
Las dos perlas de Charles de Foucauld
Primer aniversario de la muerte del Cardenal Renato Corti Obispo Emérito de Novara
En la madrugada de hace unos días tuve una buena inspiración del Espíritu Santo que me sugirió lo que diré esta tarde al recordar al difunto obispo Renato, cuyo primer aniversario de su paso a la vida eterna se cumple hoy.
Charles de Foucauld será canonizado este año, aunque todavía no se sabe la fecha, y recordé que Don Renato, como siempre lo hemos llamado, cuando yo estaba en el seminario en los años de primera y segunda teología y luego otra vez en los años siguientes, ha ilustrado repetidamente la figura de este santo a nosotros ya los jóvenes de las parroquias. En su existencia Charles de Foucauld tuvo una extraña historia, ya que acabó con su vida sin que nadie siguiera inmediatamente su intuición o, como dicen, su carisma. Solo después de algunas décadas, de su intuición nació la forma de vida religiosa que había pensado. Se me ocurrió, pues, de nuevo por aquella buena inspiración, a quién podía dirigirme para obtener el texto de aquellas meditaciones, ya que no lo poseía. El párroco con el que colaboré en Monza hace muchos años, cuando era vicario parroquial en Desio, había invitado en repetidas ocasiones a don Renato a dar un curso a los jóvenes sobre algunas figuras espirituales. Así que finalmente, después de algunas aventuras, obtuve esta serie de meditaciones.
Recojo dos perlas en la figura de Charles de Foucauld y, escuchando estas citas, es como si don Renato todavía nos hablara. Las dos perlas son: la primera, La Conversión de Carlos de Foucauld de 1886, y la segunda, El Misterio de Nazaret que, podríamos decir, es la savia más profunda, el jugo más auténtico de la experiencia espiritual de este nuevo santo.
La conversión
Este ciclo de conferencias publicado en 1982 por la editorial Acción Católica de Milán, lleva el subtítulo «Lecciones de don Renato Corti» . Por lo que se supone que Don Renato había realizado varias intervenciones seguidas. En un momento redescubre entre los muchos textos que ya había estado meditando durante más de una década – en ese momento yo también había leído la gran historia de Jean Francois Six, Itinerario espiritual de Charles de Foucauld (ahora: Morcelliana, Brescia 2000 ) , quizás uno de los textos más bellos publicados sobre esta figura espiritual – nada menos que dos historias de la conversión que el propio Carlo (como se recuerda en las lecciones de Don Renato) describe en flashbacks, es decir, retrospectivamente en 1897, uno en forma de meditación y el otro como carta enviada a un amigo. Así, diez años después, Charles de Foucauld vuelve sobre su conversión, en dos historias -es un fenómeno que sucede a menudo-, porque al principio la conversión sólo se acepta y se vive, luego, una vez realizada, se vuelve más clara y, se puede contar más tarde, después de algunos pasos de consolidación, por así decirlo en flashback.
Primera historia: la meditación personal de Charles de Foucauld sobre su conversión. Carl escribe lo siguiente:
A principios de octubre de 1886, después de seis meses de vida familiar, admiraba, deseaba la virtud, pero no te conocía… ¿Con qué inventos, oh Dios de bondad, te has dado a conocer a mí? ¿Qué subterfugios usaste? ¿De qué dulces y fuertes medios externos?… ¿y qué gracias internas? esa necesidad de soledad y recogimiento, de lectura piadosa, ese deseo de ir a tus iglesias, yo que no creí en ti, esa turbación del alma, esa angustia, esa búsqueda de la verdad, esa oración: «Dios mío [ es esta la frase palpitante que vuelve en todos estos testimonios] ¡Dios mío, si existes, déjame conocerte!” todo esto fue obra tuya, Dios mío, sólo tuya…
La forma del lenguaje, como puede verse, se parece mucho a las Confesiones de Agustín en diálogo directo, casi una confessio laudis :
Un alma hermosa te ayudó [refiriéndose al padre espiritual, Huvelin]; ella no actuó sino que en silencio dejó emanar de ella su dulzura, su bondad, su perfección como un perfume… Entonces me diste cuatro gracias.
La primera era para inspirarme con este pensamiento: como esta alma es tan inteligente, la religión en la que cree con tanta fuerza no debe ser una locura, como yo creo.
La segunda era inspirarme con este otro pensamiento: ¿la verdad, que no se encuentra en la tierra en ninguna otra religión, ni en ningún otro sistema filosófico, se encuentra por tanto en la religión católica, admitiendo que esto no es locura? [Se puede percibir el alma francesa: como buen hijo de Descartes sobre todo quiere conocer a Dios con la razón].
La tercera fue para decirme: “Estudiemos entonces esta religión: tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote culto, y veamos de qué se trata y si tengo que creer lo que dice”.
La cuarta fue la gracia incomparable de dirigirme a Don Huvelin para estas lecciones religiosas. Al permitirme entrar en tu confesionario, uno de los últimos días de octubre, entre 1927 y 1930, creo, Tú me has dado todas las cosas buenas, Dios mío… Pedí lecciones religiosas ; me hizo arrodillarme y confesarme, e inmediatamente me envió a comulgar ( cursivas mías, Charles de Foucauld, Écrits spirituels , 80-82).
Es un relato típico de muchas conversiones francesas que siguen esta parábola: ¡comienzan con el conocimiento y terminan frente a la Eucaristía! Don Renato nos hubiera propuesto con su estilo y su voz, esta historia casi en un susurro…
Segunda historia: la carta a Henri de Castries . El otro texto es la carta a Henri de Castries, un amigo en crisis de fe, un texto más corto, en el que se dice algo hermoso:
Al mismo tiempo, una gracia interior muy fuerte me impulsaba: comencé a ir a la iglesia y solo allí me sentía cómodo y pasaba largas horas repitiendo esta extraña oración: «¡Dios mío, si existes, déjame conocerte!» Me convencí de que debía informarme sobre esta religión en la que quizás se encontraba la verdad que esperaba encontrar, y me dije que lo mejor era tomar lecciones de religión católica. […]
Tan pronto como creí que existe un Dios, comprendí que solo podía vivir solo para Él: mi vocación religiosa nació al mismo tiempo que mi fe : ¡Dios es tan grande! Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él” ( cursivas mías , Carta a De Castries).
¡Es muy significativa la formulación según la cual conversión, vocación y fe son lo mismo ! ¡Parece ver a don Renato, con los ojos centelleantes, mientras lo repite con su voz inconfundible, dejando un largo silencio para dejarlo descender dentro de nosotros!
El secreto de Nazaret
La segunda perla se refiere al hecho de que Charles de Foucauld encuentra su espacio espiritual en África: había estado allí primero en el desierto marroquí como investigador y de joven también escribió su propio estudio sobre esta experiencia en un lenguaje muy moderno. Regresó allí nuevamente porque allí se había encontrado con estos hombres que «creían verdaderamente» y eran musulmanes. Carlo se dejó cuestionar mucho por esto – era un francés en el que siempre quedó un cierto sentido de superioridad – porque en estos lugares había encontrado gente que creía más que él y mejor que él, que estaba en busca de la verdadera religión. Entre los acontecimientos de esos años, también se encuentra un viaje a Tierra Santa: tal vez lo sintió como una forma de regresar a la tierra donde se había hecho adulto. Partiendo de la tierra de Jesús, de Nazaret, y luego ir a los países islámicos. Carlos permaneció en Nazaret durante tres años, seguidos de algún tiempo en Jerusalén. Tras estas experiencias, comprende que Nazaret no es sólo un lugar geográfico, sino que se convierte simbólicamente para él en una forma de relacionarse con la vida de las personas. También para este momento decisivo de su itinerario espiritual propongo dos textos cuyo pasaje final es un atisbo de su método de evangelización.
Carlo había entrado en la trapense para imitar a Cristo [al principio se había hecho trapense] y por la misma razón se fue. […] Carlo llega al convento de las Clarisas de Nazaret. Obtiene alojamiento como sirviente de un convento, viviendo en una choza de madera donde se guardan las herramientas de trabajo. Todo el mobiliario consta de un colchón de paja, un taburete, una mesita. […] Está también extraordinariamente iluminado por el pasaje evangélico de la Visitación, meditado durante un retiro en Efrén: constata que Jesús es el Salvador desde antes de su nacimiento y se pregunta cómo abrirse cada vez más a las exigencias de la evangelización. Con todo esto, un punto queda muy firme: que vivo por todas partes en un Nazaret, por todas partes escondido en Jesús» ( Lezioni di Renato Corti , 29-30).
Este es el misterio de Charles de Foucauld, el misterio de la humildad, del ocultamiento, de la palabra que entra en la tierra. Propongo el pasaje final en el que él, Carlo, habiendo vivido durante tres años en Nazaret -y lo menciono también como recuerdo personal ya que don Renato nos hacía leer directamente los textos del autor- todas las mañanas pasaba dos o tres horas meditando comentando sobre los textos del Evangelio por escrito. Son diez pequeños volúmenes de la editorial Città Nuova que recogen todas estas meditaciones. Algunas páginas son quizás un poco de paja (su padre espiritual le había aconsejado no leer comentarios), pero de vez en cuando algunas páginas brillan con el brillo de una estrella de primera magnitud a la luz de su intuición original: «Tú ¡Me has presentado a Ti, Caballero!». ¿Y qué conoció en Nazaret, Carlos de Foucauld? Conoció y vivió el misterio de la humildad y del ocultamiento, que luego transpuso a su espíritu de evangelización.
Sería igualmente interesante hablar de la pasión evangelizadora, como muchas veces la ha descrito don Renato. Tuvo la oportunidad de comentar, desde diferentes perspectivas, la obra de los primeros evangelizadores, en el libro de los Hechos, en las Cartas de Pablo. Es interesante que los evangelizadores, que van en misión anunciando la Palabra, sólo podrían ir allí volviendo al modo de pensar y practicar la misión por contagio, tal como la describe Charles de Foucauld. ¿Y cómo se realiza en la práctica esta forma de misión? Aquí está el último texto:
Con todas mis fuerzas quisiera demostrarles a estos pobres hermanos perdidos [refiriéndose a los musulmanes] que nuestra religión tiene que ver con la caridad y la fraternidad [es interesante notar cómo la balanza ya ha cambiado, ya no hablamos de religión verdadera, sino de de religión y amor fraterno], que su emblema es el corazón: conversar, dar medicinas, limosnas, hospitalidad en el campamento, mostrarse hermanos, repetir que todos somos hermanos en Dios y que un día todos esperamos llegar a la mismo paraíso, ruega de todo corazón por los tuareg: esta es mi vida (Carta a Henry De Castries, 1904).
Es un pasaje escrito hace más de un siglo, pero muy actual, basta pensar en la encíclica del Papa Francisco «Fratelli tutti». Entonces Carlo revela cuál es su método misionero que paradójicamente es un ministerio evangelizador sin el anuncio de la Palabra. De hecho, dice en un texto inolvidable:
Ante todo preparar el terreno en silencio, con bondad, con contacto, con buen ejemplo; contacto establecido, darse a conocer y conocerlos; ámalos desde el fondo de tu corazón, sé estimado y amado por ellos; con esto, despojándose de prejuicios, ganando confianza, adquiriendo autoridad – y esto lleva tiempo – luego hablando en privado a los mejor dispuestos, con mucha prudencia, poco a poco, a cada uno de manera diferente para dar a cada uno lo que es capaz de recibir… Cuando vean hombres, más virtuosos que ellos, más sabios que ellos, que hablan de Dios mejor que ellos y que son cristianos, ya estarán dispuestos a admitir que tal vez esos hombres no estén en el error y estarán dispuestos a pide a Dios la luz ( cursivas mías, Carta a José Horas, 1911).
La expresión en cursiva recuerda el papel de la amistad en la conversión de Charles de Foucauld. Concluyendo Mons. Corti afirma sucintamente: «el método de su conversión se convierte en el método de evangelización» (p. 35). En resumen, esta es la traducción del misterio de Nazaret según Charles de Foucauld. Así como Jesús no habló durante treinta años, sino que vivió inmerso en la vida cotidiana y por eso hizo madurar la palabra de Dios, esa palabra que era él mismo y que trajo, así el evangelizador debe tener siempre un «pequeño Nazaret», porque las palabras que entonces dirá en la obra de evangelización en la familia, en el hogar, con los hijos, con las personas que ama, en el trabajo, serán más o menos sabrosas, tendrán sabor y color, sólo si no dejar de vivir en Nazaret. El misterio de Nazaret es el Evangelio aceptado, la semilla en el campo que se pudre y renace como planta frondosa para cada tierra y en cada tiempo. Creo que este es también el secreto de la imagen del Evangelio que don Renato dio en su forma de anunciar, casi con un poco de reserva, y que tiene su origen espiritual en lo que hemos meditado.
Carlos de Foucauld ha sido canonizado y propuesto como modelo de vida cristiana. Su personalidad muy fuerte y su camino muy especial aún pueden, un siglo después, inspirarnos y darnos vida hoy. Entre muchos aspectos podemos retener la “espiritualidad de Nazaret” y su dimensión de “hermano universal” como nos recordaba el Papa Francisco.
La “espiritualidad de Nazaret”
Habiendo redescubierto la fe de su infancia después de un largo camino de tres años de investigación y siguiendo el consejo del Abbé Huvelin, partió para una peregrinación de 3 meses en Tierra Santa. Será como una iluminación para él. Este Jesús al que amaba apasionadamente y al que quería imitar en todos los aspectos vivió treinta años, la vida ordinaria de la humanidad. Nazaret no es principalmente la preparación de Jesús para la vida pública, sino la manifestación del misterio de Dios que asumió la condición humana. La imitación de Jesús de Nazaret como la vivió Carlos de Foucauld es un auténtico camino de santidad. Un largo linaje de cristianos se ha inspirado en
él: Albert Peyriguère, René Voillaume (“En el corazón de las masas”), la hermanita Madeleine, Madeleine Delbrel… y tantos otros han encontrado allí inspiración y un camino.
El “hermano universal”
Charles de Foucauld permanecerá 7 años en la trampilla de Akbes en Siria, luego regresará 3 años como ermitaño en Nazaret y será ordenado sacerdote en 1901 con este llamado a llevar a Cristo «a los más lejanos y abandonados de sus hermanos «. Luego partió en 1901 hacia Beni Abbes a las puertas del desierto y luego llegó hasta Tamanrasset en el corazón del país tuareg donde fue asesinado en 1916. Estamos en plena época colonial con las grandes figuras de Lyautey, Laperrine… incluso él a menudo se cruzará en sus caminos. Compartirá la vida de los tuaregs. Serían estos mismos tuaregs quienes en el invierno de 1907 le salvarían la vida, compartiendo con él la poca comida que les quedaba en esta época de hambruna. Carlos de Foucauld irá hasta el final con ellos simplemente compartiendo su vida y dejándoles este enorme diccionario tuareg que todavía tiene autoridad en la actualidad. Y el Papa Francisco concluye la encíclica Fratelli Tutti recordando a una “persona de profunda fe que, gracias a su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos los hombres y mujeres. Este es el Beato Carlos de Foucauld …. En última instancia, quería ser el hermano universal. » (Fratelli tutti Nº 287)
Padre Georges de Broglie
Miembro de la fraternidad interdiocesana Jesús Caritas