Sembrando chispas…


Quién era esa mujer, que se autodenominaba ‘ una herramienta retorcida y oxidada’en las manos del Señor? No le gustaba hablar de sí mismo, evitaba las entrevistas y los medios de comunicación, prefería ir a los Pigmeos de la selva de Camerún, a los Tapirapé y Caiapos de Brasil, a los Highlanders de Vietnam así como a los refugiados en Macao, los aborígenes de Australia y enfermos de lepra, por nómadas del Sahara o por trabajadores del circo, por gitanos o por presos o por víctimas de la prostitución. Le encantaba hablar de ellos, de sus amigos, no de sí mismo. De ellos quiso dar a conocer su belleza, a veces oculta por las heridas de la vida. Para ellos, muchas veces ignorados y despreciados, significaba toda la ternura de un Dios que se hace Niño, que viene a compartir nuestras miserias y nuestras riquezas. En ellos supo encontrar esa imagen de Dios, a veces cubierta por tanto ‘polvo’, ¡pero siempre una imagen divina!

Ahora, ahondando en sus escritos, la siento aún más cercana que nuestro último abrazo en 1989. Descubro por qué fue capaz de vivir un amor divino y humano al mismo tiempo, me acerco a su secreto, ese que apenas dejó escapar, sin hablar nunca de ello explícitamente: ¡la profundidad de su relación con Dios! Ese Dios que había ‘invadido’ su corazón hasta convertirla en ‘ una pequeña chispa de su amor’. Una vida vivida en íntima amistad con la persona de Jesús y cuanto más profunda era la intimidad, más quería comunicarlo, hacerlo aparecer, irradiar a todos.

‘ Una chispa inicia incendios forestales, ¿por qué no debería iniciar incendios en todo el mundo? ‘ El solía decir. Y así sembró chispas más allá de las fronteras de edad, nacionalidad, carácter… más allá de las barreras de las diferencias de ambiente, cultura, etnia, más allá de las diferencias de credo, en una búsqueda incesante de unidad, de amor capaz de acoger al otro en su realidad concreta. Apasionada de Dios y del hombre, supo captar la chispa divina presente en todos.

Alérgica a todo lo que separa, crea muros… ella inventó la ‘estrella de la corriente’ para ir más allá de las fronteras más cerradas, ir a visitar la Iglesia… para cruzar ríos o bosques y llegar a esas pequeñas etnias muchas veces diezmadas por la violencia o enfermedad, ‘ el hombre más incomprendido, el más despreciado, el más pobre’ para decirle ‘el Señor Jesús es tu hermano y te ha elevado a él… y vengo para que aceptes ser mi hermano y amigo’. Su experiencia única de fundar la fraternidad en el desierto argelino, sola entre sus primeros amigos los nómadas del Sahara, en confianza mutua, hizo su experiencia que es posible vivir ‘una amistad verdadera, un afecto profundo entre personas que no pertenecen a la misma religión, ni al mismo ambiente, ni a la misma raza, ni al mismo ambiente’. No se dejó bloquear por sus carencias, por su pobreza, pero consciente de no ser más que un instrumento se dejó llevar por el Señor de la mano y ‘seguida ciegamente’. Quería ‘ser uno de ellos’, como Jesús en Nazaret, levadura mezclada con masa, entrando sin miedo en todos los ambientes, incluso derribando las barreras que la vida religiosa de la época planteaba con el mundo secular. ‘ Nómada entre nómadas, trabajadora entre trabajadoras… pero ante todo humana entre los seres humanos’ , dejándose evangelizar por los pequeños y los pobres, sin la ilusión de tener siempre algo que aportar.

En un mundo donde las culturas se entrelazan cada vez más y el diálogo se vuelve más profundo y verdadero, pero donde también se crean cada vez más barreras debido a ideologías y violencias muchas veces escondidas detrás del nombre de Dios, en un mundo donde los ‘pequeños’ son cada vez más el desecho de la sociedad, esta mujer frágil y enferma desde la infancia puede ofrecernos una manera sencilla de ser también ‘chispas de amor’ y traer un ‘rayo de luz’ que calienta hasta la habitación más fría y oscura de la soledad.

pd paola francesca


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