Desde su llegada a Nazaret, Carlos de Foucauld, lee y relee y lo recomienda a sus seguidores el libro de Jean Pierre de Caussade el Abandon à la divine Providence, del que extraemos estos tres fragmentos:
Abandono perfecto de Jesucristo
Así pues, si queréis vivir evangélicamente, vivid en pleno y puro abandono a la
acción de Dios. Jesucristo es la fuente de este abandono, y «es el mismo ayer y hoy y siempre»[Heb 13,8], para continuar siempre su vida y no para recomenzarla. Lo que Él hizo, hecho está, y lo que resta, lo va haciendo en todo momento. Cada santo recibe una parte de esta vida divina. Jesucristo es siempre el mismo, aunque sea diferente en cada uno de sus santos. La vida de cada santo es la misma vida de Jesucristo, es un Evangelio nuevo.
El momento presente
El momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios, y el corazón fiel le responde siempre: fiat. Así el alma en todas las alternativas se encuentra en su centro y lugar. Sin detenerse jamás, va viento en popa, y todos los caminos y maneras la impulsan igualmente hacia adelante, hacia lo ancho e infinito: todo es para ella, sin diferencia alguna, medio e instrumento de santidad, en tanto considere siempre que eso que se presenta es lo único necesario [Lc 10,42].
No busca ya el alma con preferencia la oración o el silencio, el retiro o la conversación, la lectura o la escritura, ni la reflexión o el cesar de discurrir; no le preocupa el alejamiento o la búsqueda de libros espirituales, o elegir entre abundancia o escasez, enfermedad o salud, vida o muerte. Simplemente, lo que ella busca en todo momento es la voluntad de Dios; lo único que pretende es el despojamiento, el desasimiento, la renuncia a todo lo creado, sea real o solamente afectiva, no ser nunca nada por sí y para sí, ser siempre en la voluntad de Dios, para agradarle en todo, haciendo de la fidelidad al momento presente su única alegría, como si no hubiera otra cosa en el mundo digna de su atención.
Dios es quien escribe nuestra vida
El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía.
No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.
Cada 27 de junio se celebra a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, devoción mariana muy querida por San Carlos (Charles) de Foucauld. Este santo realizó una emotiva reflexión sobre esta advocación y compuso una oración para pedir su protección.
Tras varios años alejado de la fe, convertirse y pasar por los Trapenses. San Carlos (1858-1916) lo dejó todo y se fue a pie hasta Tierra Santa. Allí permaneció en Nazaret por unos tres años ayudado por el convento de las clarisas. Hacía de jardinero y creaba objetos para los peregrinos.
Según la “Familia espiritual Charles de Foucauld”, en una meditación del 30 de junio de 1897, el santo ermitaño reflexionó en Nazaret sobre la Visitación de María, resaltando que en este misterio Ella nos enseña a iluminar, consolar y cuidar.
En este sentido, pidió a la “Madre del Perpetuo Socorro”: Concédeme la gracia “de emplear mi existencia de tal manera que haga el mayor bien posible a Jesús, para glorificarlo tanto como sea posible, para hacer conmigo lo que Él quiera”.
Por otro lado, de acuerdo a los Misioneros Redentoristas, históricos propagadores de la devoción mariana del Perpetuo Socorro, San Carlos compuso una oración en la que indica que se consagró a esta advocación.
Asimismo, en el texto el santo sacerdote recuerda cómo la Virgen lo ha socorrido y guiado. Por lo que, como un niño, le pide su protección y compartir por siempre su amor.
A continuación la oración escrita por San Carlos de Foucauld.
Si el hombre que murió en 1916 hubiera tenido que escribir a la nueva generación, un siglo después de su muerte… Esto es lo que podría haber dicho.
Querido amigo,
Mi hermano,
A los 6 años soy huérfano, de padre y madre. A los 20 le tocó irse a mi abuelo. A medida que avanza la vida, se forma un vacío a mi alrededor. Pero el abandono, el rechazo o el fracaso no tuvieron la última palabra: yo soy la prueba de ello. ¡Que tu vida no termine cuando cumplas 20 años!
Tengo dinero, mucho. Doy grandes fiestas y hago correr el vino como una fuente. Entonces me llaman “el gordo” .Sin embargo, en el corazón mismo de estas celebraciones, siento un inmenso vacío. Toco desesperación. ¿Te gustan las fiestas? Tienes razón !¡Pero trata de desenterrar lo que realmente llena el corazón del hombre!
Fue al observar a los musulmanes orar que se despertó en mí una sensación de trascendencia.La fe no se encuentra sola, sino que brota, por la gracia de Dios, en el contacto con los demás, de las formas más inesperadas.
Mi cuestionamiento se prolongó durante mucho tiempo y mi angustia existencial duró.Me dije: “Dios mío, si existes, déjame conocerte”.Quería hacerle unas preguntas a un sacerdote: primero me pidió que me confesara.Este será el punto de partida de mi conversión: hay que hacer los gestos de la fe para encontrar la fe.Tú también, ponte de rodillas, si quieres vivir de pie.
Mi destino patina. Convertido a los 28 años, me pidieron que esperara tres años antes de convertirme en religioso. Estoy probando La Trappe en Ardèche, pero quiero una vida mucho más radical. Me voy a Siria. Luego Tierra Santa. Me hago jardinero de las Clarisas en Nazaret, pero me encuentran incapaz de tal trabajo. Duermo en un cobertizo de herramientas, en un banco con una piedra como almohada. Me dicen que haría bien en ser sacerdote. Me gustaría llevar a Cristo a Marruecos, y finalmente será en Argelia donde me instale. Ya ves, la santidad no es lineal, fácil… Quiero ser el hermano mayor de los que vacilan, dudan, titubean.
Mi gran intuición es ocupar el último lugar, el de Jesús en Nazaret durante sus treinta años de silencio y trabajo: “No quiero ir por la vida en primera clase, mientras el que amo tiene cruce en última”. Para muchos de nuestros contemporáneos, para muchas personas vulnerables en particular, se sufre este último lugar. Yo, como mi Maestro, la he elegido. Había hecho la loca apuesta de ser el último de mi clase en Saint-Cyr, ¡pero me perdí hasta eso!
Descubrí que este desafío tenía más nobleza en un sentido espiritual.
A pesar de mis peregrinaciones por Tierra Santa y el Magreb, La Trapa sigue siendo para mí una madre y el obispo de Viviers, un padre. Vivo totalmente centrado en la Eucaristía: “¡Es Jesús, todo Jesús!». Que vuestra vida esté hermanada también con una comunidad religiosa y una parroquia, con una diócesis, con amigos felices de celebrar juntos.
“Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos, a verme como su hermano, el hermano universal. Los indígenas comienzan a saber que los pobres tienen un hermano. Entonces soñé con “una pequeña fraternidad de oración y hospitalidad de la que irradie tal piedad que todo el país se caliente e ilumine». Tampoco sueñas con un gran éxito. No esperes levantar un ejército, sino busca transformar la noche soplando sobre estas pequeñas brasas, capaces de encender y calentar nuestro valle de lágrimas.
Escribí una regla de los hermanitos, pero no acogeré una sola vocación. Me doy cuenta de que he estado celebrando misa todos los días en Tamanrasset durante 10 años, ¡pero no he hecho ni una sola conversión! Desde una perspectiva humana, es un fracaso total. Cien años después de mi muerte, sin embargo, veo, desde el Cielo, cientos de religiosos, miles de laicos en todo el mundo que viven, un poco a mi paso, en la escuela del último lugar. Ya ves, no se debe aspirar a ser la hiedra impaciente o la enredadera de Virginia conquistadora, sino el roble tranquilo, el tilo humilde, y más aún el grano de trigo que, si «no muere, queda solo;pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).
La amistad tiene un costo: ¡el de la Vida! Muero, hace 100 años, asesinado. Una realidad para la que estaba preparado: “Vivir hoy como si tuviera que morir mártir, esta noche” había escrito. Dejé un fuerte en la arena, una sotana blanca teñida del color del sagrado corazón que traía puesta, unas cartas… Sobre todo, dejé mi último lugar, el que tanto amaba. Y algunos amigos alrededor del mundo. Y tu ?
A los seis meses Dios envió al ángel Gabriel donde una joven virgen que vivía en una ciudad de Galilea llamada Nazaret, y que era prometida de José, de la familia de David. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel en su casa y le dijo: “Alégrate tú, la Amada y Favorecida; el Señor está contigo.” Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué quería decir aquel saludo.
Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande, lo llamarán Hijo del Altísimo y Dios le dará el trono de David, su antepasado; reinará sobre el pueblo de Jacob por siempre y su reino no terminará jamás.”
María dijo entonces al ángel: “¿Cómo podré ser madre, si no tengo relación con ningún hombre?”
Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será santo y lo llamarán Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel: a su vejez ha quedado esperando un hijo, y la que no podía tener familia se encuentra ya en el sexto mes de embarazo; porque para Dios nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor; que se haga en mí lo que has dicho”. Después de estas palabras el ángel se retiró. (1)
Nazaret es el lugar donde Dios decide hacerse hombre, a través de una mujer, María. Ella nos da a Jesús de Nazaret, un hombre real, no virtual. Es el hombre de Dios que da sentido a la gratuidad, porque Dios no tiene estrategias con los hombres: no proporciona un proceso educativo, ni social, ni virtual. Él es puro Amor, un Amor de 24 quilates, cien por cien puro, sin conservantes ni colorantes, sin condenas y sin premios de consolación.
El amor de Dios pasa por Nazaret para quedarse, para habitar en las entrañas de una virgen. El fruto de todo ello es Santo, es Hijo del Altísimo, es Hijo de Dios. Aquí Dios no se esconde: Dios habita entre nosotros, en el silencio y en la Palabra hecha carne.
María en Nazaret pasa sin hacer ruido. Las intuiciones de Carlos de FOUCAULD en su estancia en Nazaret nacen también en el silencio y en el servicio humilde, sencillo, no reconocible socialmente. Para María, para el hermano Carlos, Nazaret es un lugar y un momento contemplativos: el lugar y el momento que convertirán a otras situaciones y etapas de sus vidas en espacios contemplativos. Aprenden en Nazaret a vivir ese día a día con amor hacia lo pequeño y hacia los pequeños.
En Nazaret enseña María a Jesús, y en Nazaret el hermano Carlos es enseñado por Jesús.
Nosotros estamos llamados a vivir como Jesús, no a aparentar que vivimos como Jesús, convirtiendo en sólo virtual el sentido de Dios (cómo lo experimentamos, cómo lo adoramos, cómo lo amamos, cómo lo transmitimos) Es nuestra vida la que tiene que evangelizar, no nuestras palabras. La palabra adoctrina; la vida convence.
Dejarnos enseñar en Nazaret, dejarnos trabajar, dejarnos crecer…
Nada de esto es posible si no vamos por la vida, por nuestras reuniones, por nuestras visitas, por nuestras celebraciones con una actitud contemplativa. Nos podemos convertir en ejecutores de una liturgia sin corazón, mantenedores fieles de una tradición y olvidar a quien nos llamó, a quien nos enamoró, a quien anunciamos.
Ser contemplativos en el día a día de nuestro trabajo y dedicación pastoral no nos evade de la realidad. Debéis estar impregnados del Evangelio de Jesús hasta el punto de ser capaces, con toda independencia, de afirmar frente a las potencias y a las ideologías de este mundo los valores que son verdaderamente indispensables para garantizar la trascendencia y los derechos esenciales de la persona humana. No podéis callar a lo hombres lo que Cristo les diría si él pudiese expresarse por vuestra boca y testimoniar por vuestras actitudes. Para eso os ha escogido y llamado. (2) Necesitamos volver a Nazaret como la gran intuición del hermano Carlos: volver al evangelio, allí donde nace la esperanza de Dios depositada en María. Una esperanza de Dios que verá su luz en Belén.
Nazaret es hablar poco de uno mismo y más de Dios con nuestra vida, con nuestras cosas, con nuestras casas, con nuestras pertenencias, con nuestros proyectos.
Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida del desierto, tanto como la vida pública, deben ser una predicación del evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida debe gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, que hace ver a Jesús, que brilla como una imagen de Jesús… (3) Para el hermano Carlos es Jesús el centro de su vida y nos invita a ello desde la contemplación. Él habla de tres maneras de contemplar a Dios: en los momentos y la vida de Jesús, en la Sagrada Eucaristía y en los misterios de su vida (4), cuando no encontramos los porqués y sí muchos para qué. Sus intuiciones han dado a la Iglesia de Jesús un medio de encontrarse con él, con el propio Dios, en medio del silencio y tantas veces entre los ruidos de nuestro Nazaret cotidiano. Intuiciones que nos ayudan a ser testigos de Dios sin hacer proselitismos, sin forzar situaciones, sin usar los sentimientos de la gente y, sobre todo, sin hacer ruido en beneficio de nuestro ego.
Nazaret no es nunca una huida o esconderse de la realidad. Nazaret es dar la cara por Jesús y por los últimos. Como puede resultar un contrasentido “vida oculta”, se puede también comprender mal la expresión “predicar el evangelio en silencio”. En sus mismas cartas donde el hermano Carlos emplea estas expresiones él habla de relaciones de amistad, de contactos. ¿Hay entonces que callarse? Sobre esta cuestión dice Antoine CHATELARD que hay que responder a la vez sí y no. No, pues Nazaret es el lugar de la comunicación, de la escucha, del compartir y de la amistad, el lugar donde la Palabra se transmite en las conversaciones ordinarias con los hombres. Sí, pues Nazaret es el silencio, porque Nazaret es gritar la buena nueva desde los tejados, callándose, sin predicar, amando. (5) Como sacerdotes de la Fraternidad tenemos todo un reto si no hemos hecho un camino, tanto en el plano espiritual como en el psicológico, del cual estemos convencidos que conduce a un encuentro auténtico con el Señor, en la contemplación y en la adoración, y en nuestras entregas y servicios al Pueblo de Dios y a la sociedad. Nuestro ministerio sacerdotal no es una forma monástica ni conventual: somos hombres en medio del mundo. Cuando Nazaret nos convence, deja de ser una idea, algo virtual o un anexo, y nos hace crecer con nuestros vecinos, pared con pared, nuestras comunidades, nuestros hermanos de fraternidad. Nazaret nunca puede ser estático en nuestras vidas, pues sería sinónimo de instalación o acomodación. Jesús, dado por María, es en Nazaret vecino, cohabita, convive, está junto a su gente, es ciudadano. No trata sólo con ellos, está con ellos. Y esta actitud le hará estar luego siempre con los últimos; le hará mirar sin juzgar, mirar para ayudar y ser útil, escuchando a los hombres y mujeres y escuchando a su Padre.
Nazaret nos ayuda a convivir sin juzgar, a vivir en contemplación con nuestros espacios personales y los espacios de los demás: su corazón, sus ilusiones, su vida. El espíritu Nazaret, pues, nos insta a revisar la vida contemplándola, para amar la vida propia y la de los demás como el gran regalo amoroso de Dios, cuando experimentamos la gratuidad. Sólo estamos en Nazaret cuando lo desidealizamos y aceptamos a Jesús por vecino o compañero de nuestro hogar, de nuestras horas y de nuestro futuro, como copiloto de nuestro vehículo o acompañante en nuestras visitas o nuestras reuniones.
NOTAS:
Lc 2,26-38
René VOILLAUME, Evangelio, Política y Violencia, pág. 22. Málaga, 1973
Carlos de FOUCAULD, Obras Espirituales. Antología de Textos. 59, San Pablo, Madrid, 1998
Cfr. Carlos de FOUCAULD, op. cit. 62
Michel LAFON, Vivre Nazareth aujourd’hui, pág. 27. Fayard, 1985
Para la revisión de vida:
1 ¿Tratamos de vivir Nazaret o sólo es una referencia ocasional en nuestros encuentros de fraternidad? ¿Creo y valoro en mi vida esa clave de identidad en la espiritualidad del hermano Carlos?
2 ¿Salimos de nuestro yo para escuchar al “ángel” que nos saca de nuestras lecturas, de nuestra televisión, de nuestro descanso, de nuestro tiempo libre y que nos anuncia con sus problemas o impertinencias que Dios nos está llamando?
3 ¿Olemos a Jesús u olemos a incienso, a populismo, a cultivo de imagen, a ortodoxia para no ser señalados?
4 ¿Cómo miramos a nuestros hermanos sacerdotes? ¿Nos creemos más pobres, más simpáticos, más progresistas, más fieles, mejores pastores u oradores, intelectualmente más sólidos, más simpáticos o con mejor don de gentes? ¿Hacemos juicios internos?
DE JESÚS NAZARET: LUGAR PARA LA FAMILIA Y EL COMPARTIR. NAZARET, LA PUERTA DEL DESIERTO
Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía, se desarrollaba y se hacía cada día más sabio; y la gracia de Dios estaba con él. (1)
Nazaret es el lugar de crecimiento de Jesús, de desarrollo personal, de ganar en sabiduría, de presencia y experiencia de Dios, de aceptar su gracia. Todo esto lo irá viviendo Jesús hasta su paso por el desierto.
En nuestra actitud como sacerdotes de la Fraternidad, cuando nos sentimos de pleno en Nazaret, descubrimos que Dios está entre los hombres, tanto la gente que nos rodea, como nuestros propios hermanos de Fraternidad, como en el acontecimiento o situación en las cuales los hombres y mujeres actúan construyendo el Reino o mostrándonos dónde está la verdad y la justicia.
No es difícil situarnos en Nazaret como creyentes, como ciudadanos o seres humanos. La prueba está cuando nos descubrimos fuera de Nazaret, con el corazón en otro lado o las ideas no muy claras. Nuestras faltas de fe, esperanza o de caridad nos alejan de ese espíritu que el hermano Carlos quería dar a su vida cuando descubrió que Jesús le había salvado, que nació y murió por él, que le amó hasta el extremo y lo hizo para sí el gran amor de su vida. Esta amistad con Jesús le lleva a vivir la caridad como un valor del compartir, de generar una familia desde sus intuiciones, de sentir a sus vecinos como sus hermanos. ¿Qué habría pasado en el hermano Carlos si él tuviera a otros hermanos junto a él y con ellos hiciera comunidad? Desde aquí, tal es nuestro caso, nosotros participamos de lleno en la vida de los demás, y los demás en la nuestra. Hay un obstáculo constante en nuestra caridad fraterna, obstáculo que se encuentra en cada momento en nosotros mismos y que conocéis bien: nuestra terquedad congénita y casi inexplicable a juzgarlo todo y entenderlo desde nuestro punto de vista y en función de nuestro temperamento y prejuicios; la estrechez constantemente renovada de nuestros juicios, y la vista mezquina de las cosas. (2) La realidad es que no hemos sido llamados a formar una familia de padres e hijos, sino a dar sentido a nuestra entrega de amor a través de la convivencia, el servicio y, como sacerdotes de la Fraternidad, compartir la vida en la revisión y el amor fraterno, estemos cerca o lejos los unos de los otros. A veces, por no crear conflicto, por huir de él o esquivarlo, ni ayudamos ni nos ayudamos a madurar ¿Nos dejamos situar en Nazaret por los demás? ¿Aceptamos que alguien “nos ponga en nuestro sitio”?
A través de lo que vive la gente y le presenta la vida, Carlos de FOUCAULD va aprendiendo lo que Dios quiere de él. Nazaret no es para él un molde cerrado; es un camino abierto donde avanza con su Maestro, siempre atento a lo que el Señor le va pidiendo. Así, progresivamente, ya a través de su vida, nos explicita su intuición nazarena. Allí, en las calles e Nazaret, percibe cómo, al adoptar la condición social de los insignificantes, Jesús nos revela el rostro del Padre: un Dios fraternal, hermano de los últimos. (3) Por eso el hermano Carlos es un auténtico anunciador, sin adoctrinar; un auténtico hermano universal que respeta a cada miembro de su círculo de amistades, que está, como Jesús, con los últimos, los que él consideraba en su tiempo y espacio como los más desfavorecidos (lejos de Occidente, en un país pobre, colonizado, etc.) Para nosotros, ¿quiénes son los últimos? ¿Cómo nos enseñan a estar en Nazaret? Nuestro actuar y estar con los últimos, ¿se reduce a un consultorio o un dispensario donde los demás vienen a buscar ayuda, o es donde nosotros encontramos la ayuda para caminar los caminos que no hemos elegido, las situaciones que no hemos creado, los tiempos que no hemos programado?
Nazaret nos enseña a ser familia, a hacer familia, a tener en común con las personas algo más que un idioma, una ideología o unas características sociales. Nazaret nos invita a bajar de nuestro escaño para ser parte de la mesa de los pobres. Seamos tan pequeños como Jesús. Jesús nos dice que le sigamos, sigámosle, compartamos su vida, sus trabajos, sus ocupaciones, sus humillaciones, su pobreza, su abajamiento. (4)
En la vida pública de Jesús, existe también este aspecto de misterio, de secreto, de no-visibilidad, de rechazo a lo espectacular, que no puede ser desdeñado. En toda su vida, hasta su muerte, sigue siendo Jesús de Nazaret. El hermano Carlos ha dado valor a este aspecto insistiendo sobre la oscuridad, el incógnito del Verbo Encarnado, que durante los treinta años de Nazaret fue a los ojos de todos uno de tantos. Lo oculto de su vida era su relación única con el Padre, su ser divino, es decir, lo esencial. A pesar de las apariencias, Carlos de FOUCAULD siguió siendo fiel a esta intuición hasta su muerte, en todos los lugares y actividades, en el alejamiento o la cercanía a los hombres. (5)
De Nazaret sale Jesús para el desierto. Todos conocemos bien el sentido bíblico del mismo y la situación de Jesús ante él. De Nazaret sale buscando y con deseo de escuchar al Padre. No explica sus razones ni intenta convencer a nadie. Ni siquiera después, en la vida pública, hará una invitación al mismo a sus discípulos. Pero sí les animará a hablar al Padre en lo escondido, a orar para no caer en la tentación, a no dormirse, a escuchar su voz como las ovejas escuchan la de su pastor. Curiosamente, en el hermano Carlos se da una situación semejante. Nazaret sigue siendo el motivo que le ha introducido a entrar en la Trapa y, más tarde, a salir de ella. Para ser conforme a Jesús de Nazaret, abraza el sacerdocio; y por el mismo motivo abandona su amada Palestina para marchar al desierto del Sáhara. (6)
¿Sabemos salir de lo establecido –mi parroquia, mi diócesis, mis organigramas- para encontrarnos ante lo desconocido –el desierto donde me encuentro solo, el miedo a enfrentarme conmigo mismo, a reconocer cómo soy-? ¿Adónde van las llamadas al desierto que recibimos, dónde terminan? ¿En el archivo de nuestra memoria, en un bonito día de excursión, en una autocomplacencia? ¿En la aceptación de qué es hoy la voluntad del Padre sobre nosotros al escucharle en el silencio del corazón?
Carlos de FOUCAULD, como Jesús, no huye al desierto: sigue la voz de su corazón e intenta que esté en armonía con la voz de Dios. No esquiva los vaivenes de su vida: es consciente de sus limitaciones, de su pasado, y del gran amor que Jesús es para él. Acabo con esta reflexión de Willigis JÄGER: ¿Qué ocurre cuando alguien se adentra honestamente en el desierto? Jesús estaba entre los animales, nos dice la Escritura en el relato de los cuarenta días del desierto de Jesús. Quien entra en el desierto no encontrará ninguna puesta del sol romántica. Se enfrentará a sus propias bestias. Se encontrará consigo mismo. Se encontrará con todos los problemas sin resolver, con su sombra; dicho en la terminología cristiana, con los demonios y el diablo. Y no se trata de rechazarlo todo y resistirse, sino mirarlo cara a cara, tal como nos lo muestra Jesús en su estancia en el desierto, cuando fue tentado. El desierto, la soledad, nos obliga a mirarnos y aceptarnos. Ni siquiera debemos echar al demonio; es nuestro hermano y quiere ser tratado como tal. El demonio tampoco es el montón de basura donde echar nuestra porquería. (7) Por eso es bueno ser conscientes de que no debemos culpar a nadie de nuestras situaciones, que Nazaret está donde hay vida, donde nos movemos, donde nos abandonamos, donde reímos y donde lloramos, donde trabajamos y donde descansamos. Si creemos en el espíritu de Nazaret, seguro que nos llamará el desierto, aunque éste nos asuste. Tenemos pleno derecho a ello, a dudar, a guardar las distancias, a ser confortados desde la misericordia de Dios y a abandonarnos en él.
NOTAS:
Lc 2,39-40
René VOILLAUME, Hermano de todos, págs. 56-57, Narcea, Madrid, 1978
Federico CARRASQUILLA en Yo soy tu hermano. En las huellas de Nazaret, pág. 75, Benito Cassiers, Santiago de Chile, 2007
Carlos de FOUCAULD, Obras espirituales. Antología de textos, 51, San Pablo, Madrid, 1998
Antoine CHATELARD, Carlos de FOUCAULD. El camino de Tamanrasset, pág. 286, San Pablo, Madrid, 2003
Luigi BORRIELLO, El mensaje espiritual de Carlos de FOUCAULD, pág. 48, Sal Terrae, Santander, 1981
Willigis JÄGER, Adonde nos lleva nuestro anhelo. La mística del siglo XXI, pág164, DDB, Bilbao, 2005
Para la revisión de vida:
1 ¿Qué “comodidades” e “incomodidades” experimentamos en Nazaret?
2 ¿Y en el desierto?
3 ¿Nos sentimos vivos en ellos?
4 ¿Nazaret es “para un momento”, sólo a ratos?
5 ¿Cómo nos rodeamos de comodidades?
6 ¿Nos dejamos arropar por Dios, por los demás, como en la casa de Nazaret?
A los seis meses Dios envió al ángel Gabriel donde una joven virgen que vivía en una ciudad de Galilea llamada Nazaret, y que era prometida de José, de la familia de David. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel en su casa y le dijo: “Alégrate tú, la Amada y Favorecida; el Señor está contigo.” Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué quería decir aquel saludo.
Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande, lo llamarán Hijo del Altísimo y Dios le dará el trono de David, su antepasado; reinará sobre el pueblo de Jacob por siempre y su reino no terminará jamás.”
María dijo entonces al ángel: “¿Cómo podré ser madre, si no tengo relación con ningún hombre?”
Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será santo y lo llamarán Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel: a su vejez ha quedado esperando un hijo, y la que no podía tener familia se encuentra ya en el sexto mes de embarazo; porque para Dios nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor; que se haga en mí lo que has dicho”. Después de estas palabras el ángel se retiró. (1)
Nazaret es el lugar donde Dios decide hacerse hombre, a través de una mujer, María. Ella nos da a Jesús de Nazaret, un hombre real, no virtual. Es el hombre de Dios que da sentido a la gratuidad, porque Dios no tiene estrategias con los hombres: no proporciona un proceso educativo, ni social, ni virtual. Él es puro Amor, un Amor de 24 quilates, cien por cien puro, sin conservantes ni colorantes, sin condenas y sin premios de consolación.
El amor de Dios pasa por Nazaret para quedarse, para habitar en las entrañas de una virgen. El fruto de todo ello es Santo, es Hijo del Altísimo, es Hijo de Dios. Aquí Dios no se esconde: Dios habita entre nosotros, en el silencio y en la Palabra hecha carne.
María en Nazaret pasa sin hacer ruido. Las intuiciones de Carlos de FOUCAULD en su estancia en Nazaret nacen también en el silencio y en el servicio humilde, sencillo, no reconocible socialmente. Para María, para el hermano Carlos, Nazaret es un lugar y un momento contemplativos: el lugar y el momento que convertirán a otras situaciones y etapas de sus vidas en espacios contemplativos. Aprenden en Nazaret a vivir ese día a día con amor hacia lo pequeño y hacia los pequeños.
En Nazaret enseña María a Jesús, y en Nazaret el hermano Carlos es enseñado por Jesús.
Nosotros estamos llamados a vivir como Jesús, no a aparentar que vivimos como Jesús, convirtiendo en sólo virtual el sentido de Dios (cómo lo experimentamos, cómo lo adoramos, cómo lo amamos, cómo lo transmitimos) Es nuestra vida la que tiene que evangelizar, no nuestras palabras. La palabra adoctrina; la vida convence.
Dejarnos enseñar en Nazaret, dejarnos trabajar, dejarnos crecer…
Nada de esto es posible si no vamos por la vida, por nuestras reuniones, por nuestras visitas, por nuestras celebraciones con una actitud contemplativa. Nos podemos convertir en ejecutores de una liturgia sin corazón, mantenedores fieles de una tradición y olvidar a quien nos llamó, a quien nos enamoró, a quien anunciamos.
Ser contemplativos en el día a día de nuestro trabajo y dedicación pastoral no nos evade de la realidad. Debéis estar impregnados del Evangelio de Jesús hasta el punto de ser capaces, con toda independencia, de afirmar frente a las potencias y a las ideologías de este mundo los valores que son verdaderamente indispensables para garantizar la trascendencia y los derechos esenciales de la persona humana. No podéis callar a lo hombres lo que Cristo les diría si él pudiese expresarse por vuestra boca y testimoniar por vuestras actitudes. Para eso os ha escogido y llamado. (2) Necesitamos volver a Nazaret como la gran intuición del hermano Carlos: volver al evangelio, allí donde nace la esperanza de Dios depositada en María. Una esperanza de Dios que verá su luz en Belén.
Nazaret es hablar poco de uno mismo y más de Dios con nuestra vida, con nuestras cosas, con nuestras casas, con nuestras pertenencias, con nuestros proyectos.
Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida del desierto, tanto como la vida pública, deben ser una predicación del evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida debe gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, que hace ver a Jesús, que brilla como una imagen de Jesús… (3) Para el hermano Carlos es Jesús el centro de su vida y nos invita a ello desde la contemplación. Él habla de tres maneras de contemplar a Dios: en los momentos y la vida de Jesús, en la Sagrada Eucaristía y en los misterios de su vida (4), cuando no encontramos los porqués y sí muchos para qué. Sus intuiciones han dado a la Iglesia de Jesús un medio de encontrarse con él, con el propio Dios, en medio del silencio y tantas veces entre los ruidos de nuestro Nazaret cotidiano. Intuiciones que nos ayudan a ser testigos de Dios sin hacer proselitismos, sin forzar situaciones, sin usar los sentimientos de la gente y, sobre todo, sin hacer ruido en beneficio de nuestro ego.
Nazaret no es nunca una huida o esconderse de la realidad. Nazaret es dar la cara por Jesús y por los últimos. Como puede resultar un contrasentido “vida oculta”, se puede también comprender mal la expresión “predicar el evangelio en silencio”. En sus mismas cartas donde el hermano Carlos emplea estas expresiones él habla de relaciones de amistad, de contactos. ¿Hay entonces que callarse? Sobre esta cuestión dice Antoine CHATELARD que hay que responder a la vez sí y no. No, pues Nazaret es el lugar de la comunicación, de la escucha, del compartir y de la amistad, el lugar donde la Palabra se transmite en las conversaciones ordinarias con los hombres. Sí, pues Nazaret es el silencio, porque Nazaret es gritar la buena nueva desde los tejados, callándose, sin predicar, amando. (5) Como sacerdotes de la Fraternidad tenemos todo un reto si no hemos hecho un camino, tanto en el plano espiritual como en el psicológico, del cual estemos convencidos que conduce a un encuentro auténtico con el Señor, en la contemplación y en la adoración, y en nuestras entregas y servicios al Pueblo de Dios y a la sociedad. Nuestro ministerio sacerdotal no es una forma monástica ni conventual: somos hombres en medio del mundo. Cuando Nazaret nos convence, deja de ser una idea, algo virtual o un anexo, y nos hace crecer con nuestros vecinos, pared con pared, nuestras comunidades, nuestros hermanos de fraternidad. Nazaret nunca puede ser estático en nuestras vidas, pues sería sinónimo de instalación o acomodación. Jesús, dado por María, es en Nazaret vecino, cohabita, convive, está junto a su gente, es ciudadano. No trata sólo con ellos, está con ellos. Y esta actitud le hará estar luego siempre con los últimos; le hará mirar sin juzgar, mirar para ayudar y ser útil, escuchando a los hombres y mujeres y escuchando a su Padre.
Nazaret nos ayuda a convivir sin juzgar, a vivir en contemplación con nuestros espacios personales y los espacios de los demás: su corazón, sus ilusiones, su vida. El espíritu Nazaret, pues, nos insta a revisar la vida contemplándola, para amar la vida propia y la de los demás como el gran regalo amoroso de Dios, cuando experimentamos la gratuidad. Sólo estamos en Nazaret cuando lo desidealizamos y aceptamos a Jesús por vecino o compañero de nuestro hogar, de nuestras horas y de nuestro futuro, como copiloto de nuestro vehículo o acompañante en nuestras visitas o nuestras reuniones.
NOTAS:
Lc 2,26-38
René VOILLAUME, Evangelio, Política y Violencia, pág. 22. Málaga, 1973
Carlos de FOUCAULD, Obras Espirituales. Antología de Textos. 59, San Pablo, Madrid, 1998
Cfr. Carlos de FOUCAULD, op. cit. 62
Michel LAFON, Vivre Nazareth aujourd’hui, pág. 27. Fayard, 1985
Para la revisión de vida:
1 ¿Tratamos de vivir Nazaret o sólo es una referencia ocasional en nuestros encuentros de fraternidad? ¿Creo y valoro en mi vida esa clave de identidad en la espiritualidad del hermano Carlos?
2 ¿Salimos de nuestro yo para escuchar al “ángel” que nos saca de nuestras lecturas, de nuestra televisión, de nuestro descanso, de nuestro tiempo libre y que nos anuncia con sus problemas o impertinencias que Dios nos está llamando?
3 ¿Olemos a Jesús u olemos a incienso, a populismo, a cultivo de imagen, a ortodoxia para no ser señalados?
4 ¿Cómo miramos a nuestros hermanos sacerdotes? ¿Nos creemos más pobres, más simpáticos, más progresistas, más fieles, mejores pastores u oradores, intelectualmente más sólidos, más simpáticos o con mejor don de gentes? ¿Hacemos juicios internos?
DE JESÚS NAZARET: LUGAR PARA LA FAMILIA Y EL COMPARTIR. NAZARET, LA PUERTA DEL DESIERTO
Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía, se desarrollaba y se hacía cada día más sabio; y la gracia de Dios estaba con él. (1)
Nazaret es el lugar de crecimiento de Jesús, de desarrollo personal, de ganar en sabiduría, de presencia y experiencia de Dios, de aceptar su gracia. Todo esto lo irá viviendo Jesús hasta su paso por el desierto.
En nuestra actitud como sacerdotes de la Fraternidad, cuando nos sentimos de pleno en Nazaret, descubrimos que Dios está entre los hombres, tanto la gente que nos rodea, como nuestros propios hermanos de Fraternidad, como en el acontecimiento o situación en las cuales los hombres y mujeres actúan construyendo el Reino o mostrándonos dónde está la verdad y la justicia.
No es difícil situarnos en Nazaret como creyentes, como ciudadanos o seres humanos. La prueba está cuando nos descubrimos fuera de Nazaret, con el corazón en otro lado o las ideas no muy claras. Nuestras faltas de fe, esperanza o de caridad nos alejan de ese espíritu que el hermano Carlos quería dar a su vida cuando descubrió que Jesús le había salvado, que nació y murió por él, que le amó hasta el extremo y lo hizo para sí el gran amor de su vida. Esta amistad con Jesús le lleva a vivir la caridad como un valor del compartir, de generar una familia desde sus intuiciones, de sentir a sus vecinos como sus hermanos. ¿Qué habría pasado en el hermano Carlos si él tuviera a otros hermanos junto a él y con ellos hiciera comunidad? Desde aquí, tal es nuestro caso, nosotros participamos de lleno en la vida de los demás, y los demás en la nuestra. Hay un obstáculo constante en nuestra caridad fraterna, obstáculo que se encuentra en cada momento en nosotros mismos y que conocéis bien: nuestra terquedad congénita y casi inexplicable a juzgarlo todo y entenderlo desde nuestro punto de vista y en función de nuestro temperamento y prejuicios; la estrechez constantemente renovada de nuestros juicios, y la vista mezquina de las cosas. (2) La realidad es que no hemos sido llamados a formar una familia de padres e hijos, sino a dar sentido a nuestra entrega de amor a través de la convivencia, el servicio y, como sacerdotes de la Fraternidad, compartir la vida en la revisión y el amor fraterno, estemos cerca o lejos los unos de los otros. A veces, por no crear conflicto, por huir de él o esquivarlo, ni ayudamos ni nos ayudamos a madurar ¿Nos dejamos situar en Nazaret por los demás? ¿Aceptamos que alguien “nos ponga en nuestro sitio”?
A través de lo que vive la gente y le presenta la vida, Carlos de FOUCAULD va aprendiendo lo que Dios quiere de él. Nazaret no es para él un molde cerrado; es un camino abierto donde avanza con su Maestro, siempre atento a lo que el Señor le va pidiendo. Así, progresivamente, ya a través de su vida, nos explicita su intuición nazarena. Allí, en las calles e Nazaret, percibe cómo, al adoptar la condición social de los insignificantes, Jesús nos revela el rostro del Padre: un Dios fraternal, hermano de los últimos. (3) Por eso el hermano Carlos es un auténtico anunciador, sin adoctrinar; un auténtico hermano universal que respeta a cada miembro de su círculo de amistades, que está, como Jesús, con los últimos, los que él consideraba en su tiempo y espacio como los más desfavorecidos (lejos de Occidente, en un país pobre, colonizado, etc.) Para nosotros, ¿quiénes son los últimos? ¿Cómo nos enseñan a estar en Nazaret? Nuestro actuar y estar con los últimos, ¿se reduce a un consultorio o un dispensario donde los demás vienen a buscar ayuda, o es donde nosotros encontramos la ayuda para caminar los caminos que no hemos elegido, las situaciones que no hemos creado, los tiempos que no hemos programado?
Nazaret nos enseña a ser familia, a hacer familia, a tener en común con las personas algo más que un idioma, una ideología o unas características sociales. Nazaret nos invita a bajar de nuestro escaño para ser parte de la mesa de los pobres. Seamos tan pequeños como Jesús. Jesús nos dice que le sigamos, sigámosle, compartamos su vida, sus trabajos, sus ocupaciones, sus humillaciones, su pobreza, su abajamiento. (4)
En la vida pública de Jesús, existe también este aspecto de misterio, de secreto, de no-visibilidad, de rechazo a lo espectacular, que no puede ser desdeñado. En toda su vida, hasta su muerte, sigue siendo Jesús de Nazaret. El hermano Carlos ha dado valor a este aspecto insistiendo sobre la oscuridad, el incógnito del Verbo Encarnado, que durante los treinta años de Nazaret fue a los ojos de todos uno de tantos. Lo oculto de su vida era su relación única con el Padre, su ser divino, es decir, lo esencial. A pesar de las apariencias, Carlos de FOUCAULD siguió siendo fiel a esta intuición hasta su muerte, en todos los lugares y actividades, en el alejamiento o la cercanía a los hombres. (5)
De Nazaret sale Jesús para el desierto. Todos conocemos bien el sentido bíblico del mismo y la situación de Jesús ante él. De Nazaret sale buscando y con deseo de escuchar al Padre. No explica sus razones ni intenta convencer a nadie. Ni siquiera después, en la vida pública, hará una invitación al mismo a sus discípulos. Pero sí les animará a hablar al Padre en lo escondido, a orar para no caer en la tentación, a no dormirse, a escuchar su voz como las ovejas escuchan la de su pastor. Curiosamente, en el hermano Carlos se da una situación semejante. Nazaret sigue siendo el motivo que le ha introducido a entrar en la Trapa y, más tarde, a salir de ella. Para ser conforme a Jesús de Nazaret, abraza el sacerdocio; y por el mismo motivo abandona su amada Palestina para marchar al desierto del Sáhara. (6)
¿Sabemos salir de lo establecido –mi parroquia, mi diócesis, mis organigramas- para encontrarnos ante lo desconocido –el desierto donde me encuentro solo, el miedo a enfrentarme conmigo mismo, a reconocer cómo soy-? ¿Adónde van las llamadas al desierto que recibimos, dónde terminan? ¿En el archivo de nuestra memoria, en un bonito día de excursión, en una autocomplacencia? ¿En la aceptación de qué es hoy la voluntad del Padre sobre nosotros al escucharle en el silencio del corazón?
Carlos de FOUCAULD, como Jesús, no huye al desierto: sigue la voz de su corazón e intenta que esté en armonía con la voz de Dios. No esquiva los vaivenes de su vida: es consciente de sus limitaciones, de su pasado, y del gran amor que Jesús es para él. Acabo con esta reflexión de Willigis JÄGER: ¿Qué ocurre cuando alguien se adentra honestamente en el desierto? Jesús estaba entre los animales, nos dice la Escritura en el relato de los cuarenta días del desierto de Jesús. Quien entra en el desierto no encontrará ninguna puesta del sol romántica. Se enfrentará a sus propias bestias. Se encontrará consigo mismo. Se encontrará con todos los problemas sin resolver, con su sombra; dicho en la terminología cristiana, con los demonios y el diablo. Y no se trata de rechazarlo todo y resistirse, sino mirarlo cara a cara, tal como nos lo muestra Jesús en su estancia en el desierto, cuando fue tentado. El desierto, la soledad, nos obliga a mirarnos y aceptarnos. Ni siquiera debemos echar al demonio; es nuestro hermano y quiere ser tratado como tal. El demonio tampoco es el montón de basura donde echar nuestra porquería. (7) Por eso es bueno ser conscientes de que no debemos culpar a nadie de nuestras situaciones, que Nazaret está donde hay vida, donde nos movemos, donde nos abandonamos, donde reímos y donde lloramos, donde trabajamos y donde descansamos. Si creemos en el espíritu de Nazaret, seguro que nos llamará el desierto, aunque éste nos asuste. Tenemos pleno derecho a ello, a dudar, a guardar las distancias, a ser confortados desde la misericordia de Dios y a abandonarnos en él.
NOTAS:
Lc 2,39-40
René VOILLAUME, Hermano de todos, págs. 56-57, Narcea, Madrid, 1978
Federico CARRASQUILLA en Yo soy tu hermano. En las huellas de Nazaret, pág. 75, Benito Cassiers, Santiago de Chile, 2007
Carlos de FOUCAULD, Obras espirituales. Antología de textos, 51, San Pablo, Madrid, 1998
Antoine CHATELARD, Carlos de FOUCAULD. El camino de Tamanrasset, pág. 286, San Pablo, Madrid, 2003
Luigi BORRIELLO, El mensaje espiritual de Carlos de FOUCAULD, pág. 48, Sal Terrae, Santander, 1981
Willigis JÄGER, Adonde nos lleva nuestro anhelo. La mística del siglo XXI, pág164, DDB, Bilbao, 2005
Para la revisión de vida:
1 ¿Qué “comodidades” e “incomodidades” experimentamos en Nazaret?
2 ¿Y en el desierto?
3 ¿Nos sentimos vivos en ellos?
4 ¿Nazaret es “para un momento”, sólo a ratos?
5 ¿Cómo nos rodeamos de comodidades?
6 ¿Nos dejamos arropar por Dios, por los demás, como en la casa de Nazaret?
Christiane Rancé cando fui a Tamanrasset hacía tiempo que había borrado las huellas del padre de Foucauld.
Del hermanito de Jesús sólo quedó un frágil recuerdo que las leyendas iban tergiversando. Sus dos últimos vestigios, los oratorios construidos por sus manos -«la Fragata» en la margen izquierda del wadi y, en la margen derecha, el Bordj donde fue asesinado- ya no oponían nada al rumor ligado a su nombre. : Charles de Foucauld era un agente de inteligencia que actuaba para el ejército francés; no era más monje que judío cuando entró en Marruecos para un reconocimiento que duró un año.En La Croix, más de 100 periodistas trabajan para brindar información veraz y de calidad contrastada.La cruz digital
Y cuando queríamos que estos dos edificios probaran algo, de su fe, de su devoción a los pueblos del desierto o de su obra monástica, era en todo caso siempre en el sentido de esta reputación sulfurosa. En lugar de la capilla donde prosiguió su recorrido interior y vertical, se me mostró, desde el Bordj, el muro de adobe rojo donde se había alojado la bala que lo había matado. El baile, el fuerte, la presencia del ejército con él cuando llegó a Tamanrasset, luego «un pequeño pueblo de veinte fuegos» , su pasado como oficial de Saint-Cyr y Saumur, eso fue suficiente en ese momento para establecer. su reputación como informante.
Como es suficiente para algunos, incluso hoy, desafiar su canonización, con el pretexto de que Charles de Foucauld sería una especie de modelo del colonialismo y el símbolo de los antiguos objetivos imperialistas de Francia en África. ¿Su canonización? “Una negación de la historia” , protestan algunos.
Todo ello explica esto: que se tardó un siglo en pronunciarse su beatificación -fue en 2005 por Benedicto XVI- y dieciséis años más, y el reconocimiento de un milagro, para que Francisco decidiera, este lunes, canonizarlo. Es que, contrariamente a lo que señalan sus críticos –el pasado militar, el título nobiliario, la fortuna–, el padre de Foucauld es sin duda una de las figuras más modernas del catolicismo, adelantada a su tiempo: el que, mucho antes del Concilio Vaticano II. y el reconocimiento de otros caminos de Salvación tan queridos por Juan Pablo II, había escrito: «Cuanto más lejos voy, más creo que no hay razón para buscar hacer conversiones aisladas por el momento. Entonces :“No estoy aquí para convertir a los tuareg de una vez, sino para tratar de comprenderlos y mejorarlos. Y luego quiero que los tuareg tengan un lugar en el paraíso. Estoy seguro de que el Buen Dios acogerá en el Cielo a los que fueron buenos y honrados, sin que sea necesario ser católico romano. Estoy convencido de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos” (1).
Y él, que había llegado al desierto para dar y recibir nada, decidido a “no aceptar nada” de la población, había aprendido a dejar que los demás, los más pobres, los más sencillos, entraran en su vida. Se había convertido a la humildad alabando a Dios por ser objeto de su compasión. Fue su última conversión, la más luminosa de todas.
“Como el grano del Evangelio, escribirá al final, debo pudrirme en la tierra, en el Sahara, para preparar las futuras cosechas. Esta es mi vocación. Su deseo finalmente fue escuchado, y mucho más lejos que solo en suelo africano. El ejemplo de extrema anulación y pobreza, la imitación de la incógnita de Cristo en su vida de Nazaret, su deseo de ser «el hermano universal de todos los hombres» finalmente marcaron profundamente, o al menos anunciaron, la Iglesia del siglo XXI .siglo y el pontificado de Francisco. Charles de Foucauld, que entró en Argelia imbuido de la idea de una acción civilizadora de Francia y de los Evangelios, murió allí renunciando a este cuidado pastoral en favor de la ascesis, la oración y una práctica incandescente de su fe en la aniquilación más absoluta. En otras palabras, toda “la espiritualidad de un apóstol de nuestro tiempo” (1) que está contenida en su magnífica Oración de Abandono : “Padre mío, en tus manos me encomiendo, Padre mío, en Ti me encomiendo (…) .
Probablemente nunca terminaremos de debatir la personalidad del Padre de Foucauld, en un tiempo ardiente de disputas y peleas, cada uno sin querer ver en este camino que abarcaba los extremos, de la alta cuna a la pobreza radical, del libertinaje y el ateísmo a la oración y devoción total a Cristo, que aquello que puede alegar contra el hombre. ¿Qué importa? Lo que cuenta en un santo no es su santidad, sino que santifica la vida; no que sea pura, sino que purifica. El vizconde se ha evacuado para hacer lugar a la Sagrada Hostia – Amor. Ahora bien, ¿quién necesita el mundo para ser salvo, si no Carlos, si no santos?
(1) Extractos de la muy buena antología de textos y cartas de Charles de Foucauld, elegidos y presentados por Antoine de Meaux, Charles de Foucauld. El explorador fraterno, Points Seuil.
Convertido supo volver de una expedición a Marruecos, Charles de Foucauld (1858-1916), que había sido un joven soldado indisciplinado y buscador de placeres, nunca dejó de buscar el rostro del Amado. Peregrino de Tierra Santa, trapense, criado de conventos, luego ermitaño en el Sahara, permaneció siempre fiel a Cristo de Nazaret, buscando entre los musulmanes para convertirse en un «evangelio vivo». Adorando al Santísimo Sacramento y practicando la caridad fraterna, experimentaron del trabajo manual y de la oración, en el terrible esplendor del desierto. Con mucha frecuencia había meditado en estas palabras de Jesús: «Si el grano de trigo echado en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto». Esta antología trató de reconstituir el Diario de camino de quien nunca dejó de ser explorador; quiere ser también una especie de manual práctico, par quiere descobrir la espiritualidad de un apóstol para nuestro tiempo. Antoine de Meaux es escritor, autor de L’Ultime Désert. Vida y muerte de Michel Vieuchange (Phébu)
En un contexto eclesial y cultural alejado del texto bíblico, Charles de Foucauld (1858-1916) eligió formar su vida y su misión en la escuela de la Palabra de Dios. La asidua meditación escrita del Evangelio transformó su existencia y lo condujo realizar actos de amor hacia Dios y hacia sus hermanos, a través de formas de relación acogedoras y respetuosas de la condición de vida de cada hombre y mujer El acercamiento fiel al Evangelio se ha convertido, con el tiempo, en principio inspirador y regla de vida. de otros: el legado que dejó frère Charles fue asumido por los de cerca y por los de lejos y por los grupos eclesiales que lo sucedieron.
Religiosos, laicos y sacerdotes, en sus condiciones de vida y dispersos por el mundo, siguen practicando el modo de entregarse al Evangelio que inauguró Carlos de Foucauld. La familiaridad con la Palabra, acto de amor a Dios y al prójimo, genera actos de bondad y promueve una existencia de fraternidad universal, que es auténticamente eclesial porque es humana según el espíritu del Evangelio.
Amiga espiritual, segunda madre, prima adorada… , a lo largo de su vida, Marie de Bondy velaba por Charles de Foucauld, y fue su testimonio de profunda fe lo que movió a la conversión fulminante de su primo.
Si miramos la extraordinaria vida de Charles de Foucaud, vemos en su sombra una constante presencia, protectora e inspiración: la de Marie de Bondy. Un “alma hermosa”, como él la llamó, que juzgó un papel fundamental en su vida desde su más tierna infancia.
Porque Charles de Foucauld no tenía aún 6 años cuando fallecieron sus padres: primero su madre en marzo de 1864, luego unos meses después de su padre, en agosto del mismo año. Charles y su hermana quedan huérfanos. Están encomendados al abuelo materno, el coronel Charles-Gabriel de Morlet, quien hará todo lo posible para llenar de cariño a los dos niños. También marcará profundamente al futuro santo hasta la elección de hacer como él, la carrera militar. . Asimismo, otras personas de su entorno familiar ejercen una influencia benévola en su educación. De niño, Charles disfrutaba de la compañía de su hermosa y brillante tía, Inès Moitessier.Pero ama aún más la presencia de su hija Marie, que es ocho años mayor que él. A menudo se encuentra con su primo, en el Château de Louye, en el Eure. En su correspondencia, luego evocará los momentos de felicidad compartidos.
Desilusionado, bulímico, dilapidando su fortuna, Charles se acercó a las distracciones más locas. Para finalmente darse cuenta, a la edad de 20 años, de que probablemente lo ha perdido todo.
Cuando, en abril de 1872, Carlos conoció la primera comunión, María lo premió con un libro de Bossuet, Les elevaciones sobre los misterios. Estas meditaciones sobre el Evangelio tendrán un impacto en su camino espiritual mucho más tarde. Porque Charles vivirá mientras tanto una verdadera ruptura tanto familiar como espiritual. De hecho, en 1874, su prima se logró con el conde de Bondy. El joven de repente se siente abandonado tanto por Dios como por quien representaba para él una amiga de corazón y una hermana espiritual. Comienzan entonces doce años de duda y de vida «sin fe alguna»: «Nunca, creo que nunca he estado en un estado de ánimo tan lamentable. Viví como se puede vivir cuando se apaga la última chispa de fe», explicará. escribió más tarde en una carta su amigo Henri de Castries.
Desilusionado, bulímico, dilapidando su fortuna, Charles se acercó a todas las distracciones posibles ya más lugares. Para finalmente darse cuenta, a la edad de 20 años, que probablemente lo ha perdido todo: sus padres, su fe, su relación privilegiada con su prima ahora casada, y finalmente que con su adorado abuelo que acaba de morir…
el hijo pródigo
Cuando in 1884 regresóba de un viaje de cuatro años a Marruecos, sur prima Marie lo recibió como un niño pródigo, muy feliz de encontrarlo de nuevo, como si nada hubiera pasado entretanto. Charles también anuncia su compromiso con Marie-Marguerite Tite, una joven recién convertida. Él tenía entonces 27 años y ella 23. Su familia podía esperar verlo finalmente establecerse y formar una familia. Por el contrario, Marie comprende rápidamente que el motivo del matrimonio no es válido: al casarse con Marie-Marguerite, Charles desea in realidad poner fin a los desórdenes de su propia moral. Decidida, Marie logra desviarlo de este proyecto. El futuro santo le escribió unos años después: “¡Necesitaba ser salvado de este matrimonio y me salvaste! «.
Discreta, Marie vigila constantemente a Charles. Es precisamente su testimonio de fe profunda lo que le cambiará a una vida completamente diferente.
El 19 de febrero de 1886, Charles de Foucauld se instala en París en el número 50 de la rue de Miromesnil. Está a solo unos pasos de la mansión Moitessier, donde viven su tío y su tía, así como la casa de su prima Marie. Charles ya no es el mismo hombre. Viva la soledad y trabaje mucho. Como observó el obispo Jean-Claude Boulanger en El evangelio en la arena , “la experiencia del desierto lo marcó profundamente, ya fuera el desierto de Marruecos o el sur de Argelia y Túnez”. Para reconectarse con su familia, Charles suele cenar con su prima. Fue en esta ocasión que conoció a uno de sus amigos, el Padre Huvelin, gracias al cual experimentó una conversión relámpago .
¡Todo eso fue obra tuya, Dios mío! ¡Tu trabajo solo para ti! Un alma hermosa te apoyó, pero por su silencio, su dulzura, su bondad, su perfección.
Discreta, Marie de Bondy vela constantemente por Charles. Para él, su prima refleja una imagen de santidad. Es precisamente su testimonio lo que le hará cambiar de vida. Diez años más tarde, evocando este período de su vida, Carlos de Foucauld insistirá aquí en que Dios fue «asistido» por su prima María, para traerlo de vuelta al redil:
“Dios mío, me has devuelto a esta familia, objeto del apego apasionado de mis años mozos, de mi infancia.¡Todo eso fue obra tuya, Dios mío!¡Tu trabajo solo para ti!Un alma hermosa te apoyó, pero por su silencio, su dulzura, su bondad, su perfección.Tú me habías atraído a la virtud por la belleza de un alma, en la cual la virtud me había parecido tan hermosa que había cautivado irrevocablemente mi corazón.»
La investigación canónica
En cuyo caso a María, durante la investigación canónica de la causa de beatificación de su prima, confió precisamente esto: «No tenía idea del desarrollo religioso de Carlos hasta el día en que me dijo por cierto: ¡Qué feliz eres de creer! Busco la luz y no la encuentro. Respondí : «¿Crees que esa es una buena manera de buscar por tu cuenta?
La escena evocada por Marie tiene lugar en octubre de 1886, seis meses después del regreso de Charles a la familia. En el fondo, el joven de 28 años tiene una convicción irrevocable: es el amor de Dios lo que quiere descubrir, es él quien puede llenar su alma. Una mañana de octubre, Carlos entró en la iglesia de San Agustín. Por consejo de su prima, desea hablar con el abate Huvelin, a quien había conocido poco antes en una cena en su casa. Mientras esperaba que ese fuera el final último de su confesión, Carlos se inclinó y recitó internamente esta oración:
“Dios mío, si existe, déjame conocerte.»
Lo repite colgante horas hasta que una mano se pose en su hombro para devolverlo a la realidad. Pero cuando mira hacia arriba, no ve a nadie. ¿Una prueba de impresión? Fue entonces cuando vio salir al padre Huvelin del confesionario. Se levantó, se puso de pie y se unió a Dios. “Me gustaría tener algo de luz sobre Él”, explicó. El abad responde: “¡Confesaos! Al darse cuenta de que no podía obtener una respuesta sin obedecer su pedido, Charles confiesa sin protestar. El Padre Huvelin le da la absolución… y de repente, una convicción se apodera de él por dentro: Dios está allí, muy cerca. Y él la llama. “Ay, padre mío, exclamó, ¿qué debo hacer para servir al Señor y difundir esta luz?¿Qué debo dar? A donde deberia ir? Pidiendo calmarse, el monje responde: “Si Dios realmente te llama, el tiempo no tendrá control sobre ese llamado. Si el Padre Huvelin permanece cauteloso, la vocación es muy real.
“¡Nunca podemos amar lo suficiente! »
Desde entonces, Charles de Foucauld y Marie de Bondy siempre hablarán del Abbé Huvelin, su amigo común, como un santo. Después de su muerte en 1910, Carlos escribe lo primero que supo: “El Buen Dios nos quita los apoyos más útiles y más queridos para despegarnos de todo lo que no es él. Nos los quita en apariencia porque en realidad tenemos más que nunca la ayuda de nuestro padre. » El 1 de diciembre de 1916, día de su propia muerte, escribirá todavía estas pocas frases dirigidas a su prima: «Nos damos cuenta de que no amamos suficiente… Como es verdad, nunca amaremos lo suficiente». Son exactamente las mismas palabras que pronunció el abad antes de morir: “Nunca amaremos lo suficiente, Valemos por lo que amamos. »