
¡Pobre ermitaño del Kbab! No lo dejan solo ni un instante en todo el santo día, mañana y noche. ¿Y su silencio? Lo podéis ver aquí: sin interrupción llaman a la puerta y gritan «Marabut». Suerte, sin embargo, que está la noche. ¡Ah! que es agradable de parecerse a nuestro Cristo: durante el día, los pobres y los enfermos; por la noche, encontrarse y conversar con el Padre. La misa la digo a solas, pero solo, no lo estoy nunca… Soy, estando a solas, todo el Cuerpo Místico que ruega y se inmola …
No hay más que una cosa que sea verdadera y buena: la voluntad del Maestro. La cual consiste en servirlo de la manera que él escoge para hacerse servir por nosotros.
Al cabo de veinticinco años, aquí me tenéis, en esta pequeña ermita, siendo el más feliz de los hombres, sin desear nada, sin esperar nada … sino sólo el cielo, con el corazón aplastado por el peso de tanta alegría y de tanto honor que el Maestro me ha procurado con esta magnífica vocación. Contemplación y caridad: rezar, inmolarse, hacer gestos de bondad; recomenzar en medio de estas almas el magnífico gesto de Cristo, cuya obra redentora giró en torno de estas tres palabras: rezar, inmolarse, hacer bien.
Desde el comienzo de mi vocación, me impuse quince años del nisi granum frumenti del Evangelio y diez años de acción silenciosa y solitaria en El Kbab mismo, antes de aceptar emprender ninguna actividad. Las obras del buen Dios tienen que madurar en el silencio y quizás en el aplastamiento de quien las emprende. Están a punto de acabarse los quince años. También los diez años de El Kbab tocan a su término. Que pueda yo querer solo aquello que el buen Dios quiere, y hacer solo eso, ya que su fuerza habrá decidido cooperar con mi debilidad.
En el fondo, no hay sino una verdadera espiritualidad, que es la más rica, la que preserva ilusiones: saber la riqueza incomparable de cada instante que nos es dado, sobre todo cuando este instante nos pone delante del pobre y del desventurado, delante del que sufre; no se tiene que saber de nuestro cristianismo para no saber que, bajo las apariencias del desventurado, está el Cristo que viene a nosotros, que se nos da, que quiere que nosotros le demos de comer y le vistamos, que quiere ser consolado y reconfortado por nosotros. Abandonarse a Cristo… para que él recomience en nosotros su vida, vuelva a decir sus palabras, sienta nuevamente sus sentimientos, realice sus acciones otra vez… en el fondo no ser nosotros… ser el Cristo que vive en nosotros.
¡Ah! ¡cómo salvaba el Cristo de la vida oculta, ah! como es el Cristo de la vida oculta, el Cristo de la eucaristía… Abrid de par en par vuestra alma a toda la nostalgia que siente este Cristo de hacer suyas otras almas. Sabeos el trampolín desde donde él se lanza y queráis serlo… Que vuestra espiritualidad, centrada completamente en la eucaristía, sea una unión con el Cristo salvador.
Mi vocación se me muestra bien clara: perfilar la espiritualidad y la doctrina misionera del padre de Foucauld. Los que querrán hacérsela suya y dedicarle su vida, se buscarán, se encontrarán. Cuando se hayan encontrado, si desean trabajar juntos, tendrán que concretar la fórmula para la organización de su grupo y los cuadros que contengan sus deseos de cooperación.
Fragmentos de textos extraídos del libro «Padre Peyriguère» de Michel Lafon. Publicaciones de la Abadía de Montserrat, 1974
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