Libros y semblanza sobre Louis Massignon

Resulta imposible resumir en unos minutos la vida y obra de Massignon sin que quede terriblemente mutilada

Louis Massignon (1883-1962) ha sido un genio singular, un erudito, considerado uno de los espíritus más excepcionales de la sabiduría contemporánea. De personalidad muy rica y polifacética y con un pensamiento versátil, todos los conocimientos científicos en filología, historia, geografía, arqueología que enseñó y practicó en distintas universidades de Francia y el mundo árabe, en sus manos se trasformaron en una ciencia de la compasión y en formas de salvaguarde y acogida en pro de una Hospitalidad Universal.

Su vida estuvo unida siempre a los problemas del Cercano Oriente Realizó diversas misiones diplomáticas en la política árabe de Francia, luchando por la descolonización y los oprimidos en Egipto, Madagascar y Marruecos. Siendo durante un tiempo “el alter ego” y rival de Lawrence de Arabia. Massignon tuvo el mérito de haber cambiado la visión europea del Islam.

También estuvo presente en múltiples ámbitos culturales de su tiempo, como la escritura, la filosofía, la justicia y la religión contando con grandes amigos en todos ellos. Entre sus amistades ocupó un lugar privilegiado de Charles Foucauld cuya amistad se mantuvo durante toda la vida a través de una correspondencia epistolar fluida (80 cartas), y un encuentro personal en Paris , donde pasaron una noche en adoración del Santísimo y prometieron pedir cada día uno por otro durante el Ángelus. Foucauld fue su inspirador espiritual y maestro, ayudándole a perfilar su vocación y al que llamará “hermano mayor”, “hermano en la fe”.

Enamorado del islam, fue uno de los más grandes orientalistas en una época en que esta disciplina era todavía relativamente desconocida. Fue un católico que entendió el estudio y conocimiento riguroso del Islam, como expresión de servicio cristiano y que removió cielo y tierra para lograr el encuentro pacifico entre cristianos y musulmanes

Atraido por las doctrinas filosóficas musulmanas llegó a un profundo conocimiento de la mística sufí, Llevó a cabo en su tesis doctoral un magistral estudio” la pasión de Al Hallaj“ místico y mártir sufí que murió crucificado en Bagdad en el año 922. A partir de este momento no cesará de buscar puntos de contacto entre las dos religiones.

Podríamos decir que se acercó al Islam con una actitud franciscano –foucauldiana a través de la oración, la fraternidad y la renuncia a la voluntad de poder, como habían hecho antes Francisco de Asís y Foucauld. Al final de su vida lo llamaran también “Cheik admirable” en recuerdo al gran Teólogo y filósofo catalán Raimon LLull cuyas intuiciones evangelizadoras básicas iban también en esta línea. Había sido hermano franciscano terciario además de Hermano de la Unión del Sagrado Corazón de Carlos de Foucauld

Massignon fue también un profeta para nuestro tiempo por su sentido de las “realidades ocultas”.

– Fue discípulo de Gandhi, siendo el Presidente de la asociación de “Amigos de Gandhi” y este le había hecho comprender el concepto de “la no violencia” en la vida y obra de Jesús, —que proponía sin imponer y no ejercía presión psicológica-y del que debían aprender los que ejercían el apostolado evangelizador, para no caer en proselitismos. Su método de “descentramiento” consistía en centrarse en el otro tal y como es sin imponer ni tratar de cambiar como es.

-Fue un “solitario”, “un eremita” a contracorriente de la sociedad en que vivía. Se introdujo en el camino de “la soledad creadora”, gracias al profundo estudio de la vida del místico Al Hallaj qué fue un buscador individual, independiente, un caminante solitario y un navegante por estelas no conocidas del desconocido mar de la existencia, que se yergue como un símbolo significativo de la tolerancia y libertad de pensamiento.

SINTETIZANDO

Gran parte de las experiencias espirituales, místicas, religiosas y políticas de Massignon tienen un centro común que gira en torno de la idea de HOSPITALIDAD entendida esta como el derecho “a que toda persona se puede sentir en su casa sea cual sea el lugar de la Tierra en el que se encuentra”

Esta idea de hospitalidad estaba fundamentada tanto en la hospitalidad abrahamica con el extranjero, como en la vida de Jesucristo “quien pidió hospitalidad y murió en una cruz aceptando incluso la violencia de sus verdugos.

Abraham emblematiza toda la vida y obra de Massignon: la imagen del que sale fuera de sí, del desposeído, del emigrante, siendo además su persona, símbolo de ecumenismo ya que es el tronco común del que salen las tres Religiones del libro.

LA INTERCESION entre diferentes religiones fue vivida por Massignon como una necesidad urgente

Él experimentó en su persona el poder místico e interreligioso durante su conversión al cristianismo. Tenía 25 años cuando en el Cairo fue hecho prisionero. Durante el encierro, la desesperación lo lleva al borde del suicidio, del que es salvado, desde una íntima distancia, por la irrupción de un extraordinario renacimiento y recibimiento interiores que lo sobrepasan, relata su experiencia mística como «La visitación del Extranjero”.  .

Es por ello que años más tarde en 1934 fundó en el Cairo la BADALIYA (sustitución en árabe) asociación o solidaridad de oración, sacrificio y sustitución , no de conversión, “como una unión de oraciones entre almas débiles y pobres que intentan amar a Dios y rendirle gloria en el Islam permaneciendo como hermanos universales” con el propósito de cooperar con los musulmanes en el conocimiento de Jesús y Maria nexo común entre ambos y que en 1947 Pio XII bendijo y autorizo por escrito para poder pasar al rito católico melquita giego. La Badaliya tuvo presencia no sólo en varias ciudades del Norte de África, sino también en Europa y Estados Unidos. Pero sobre todo su influjo es indeleble en la «primavera eclesial» del Concilio Vaticano II

Pero lo que ahora queremos subrayar es que sin la fuerza inquebrantable de este hombre por mantener la obra y el carisma de Carlos de Foucauld, hoy probablemente su familia espiritual, no sería la que es .Es bajo las balas de Macedonia, que se entera de la muerte de su “hermano mayor”. Con treinta tres años de edad, muy conmocionado, se considera como un hijo que tiene que continuar la obra de su padre y empieza todas las gestiones necesarias para hacer que la herencia foucauldiana sobreviva, lo que no interesaba a nadie en ese momento.

En 1917 publica el Directorio, escrito por Foucauld en 1909 con adiciones 1913 e impulsa la Unión de hermanos y Hermanas del Sagrado Corazon constituida en 1901 y que tiene su primera sesión 6 de abril de 1925. Acude a René Bazin, para que publique la biografia de Foucaud, que resulta un éxito editorial, convirtiéndose en la pieza clave para que se conozca el testimonio de Foucauld.

Durante diez años se dirigen a Massignon numerosos lectores de Bazin que s’interesan por los diversos proyectos de Foucauld.

Sorprende que el primero grupo que surge del padre Foucauld bajo la guía de Suzanne Garde, francesa-tunecina de 27 años el Grupo Carlos de Foucauld, sea una fundación que estrictamente laica, cosa que en aquel momento, 1923, era revolucionario.

La primera congregación religiosa fue la de las Hermanitas del Sagrado Corazón, fundada en Agosto de 1933, gracias a una viuda de 43 años, la Sra. Macoir-Capart.

El 8 de septiembre de 1933, el padre René Voillaume, con otros 4 crea los Hermanitos de la Soledad, que pronto pasarán a ser los Hermanitos de Jesús y más tarde en 1956 Los hermanos del Evangelio

En 1939 nacen las Hermanitas de Jesús con la Hnta Magdaleine

En 1936 Massignon reúne en torno así un grupo de la asociación Foucauld que quieren practicar el Directorio como regla de vida y surgir la Sodalidad del Directorio que en 1958 en confiada a Jean Francois Six y pasa a ser Union Sodalicio Carlos de Foucauld.

Hoy en día están repartidas por todo el mundo en 321 fraternidades, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad. Siendo como hemos visto Massignon un eslabon esencial entre su amigo Foucauld y el posterior nacimiento de las Fraternidades

¿Quién era Louis Massignon?

 28 jun 2021, 00:19  0 Comentarios

Este gran islamólogo francés era un escritor comprometido y un católico devoto. También fue un místico en la encrucijada del catolicismo y el islam. Miembro de la Academia de El Cairo, Massignon dejó su huella en los círculos intelectuales musulmanes, que aún lo citan entre los grandes orientalistas.

«Este hombre era de una complejidad inmensa y de una singularidad total», dice François Angelier, productor de France Culture y excelente conocedor de Louis Massignon. Experto en el islam, arqueólogo, experto diplomático, profesor del Colegio de Francia y de la Escuela Práctica de Altos Estudios (EPHE sus siglas en francés), Louis Massignon (1883-1962) fue también escritor -amigo de Paul Claudel, Jacques Maritain y François Mauriac- y místico, en la encrucijada del catolicismo y el islam. Criado en un catolicismo intransigente, del que se alejó durante su juventud a causa de sus inclinaciones homosexuales, volvió a él tras una profunda conversión una noche de 1908 en un barco en Mesopotamia, momento que llamó «la Visitación del Extranjero». «Fue el poder espiritual del islam lo que le hizo volver a sus raíces», dice François Angelier.

Sin embargo, «aunque su vida espiritual regía todas las facetas de su vida, Massignon sigue siendo más conocido hoy en día como profesor del Collège de France», señala Manoël Pénicaud, antropólogo del CNRS de Aix-en-Provence, especialista en diálogo interreligioso y autor de una nueva biografía sobre Louis Massignon (1). Según Manoël Pénicaud, todas las acciones de este hombre paradójico, cuyas elecciones son a veces difíciles de comprender, estaban respaldadas «por la esperanza de una reconciliación escatológica entre los hijos de Abraham, con vistas a la resurrección final».

Massignon fue también el primero en intentar una aproximación espiritual a la homosexualidad -según una visión culpable de la misma- a la que alude a menudo en su enorme correspondencia. Entre sus Tres Oraciones de Abraham (2), una es «Sobre Sodoma», las otras dos son «Sobre Israel» y «Sobre Ismael».

Durante la guerra de Argelia, Massignon denunció las «dos formas de terrorismo» y en 1954 fundó la peregrinación cristiano-musulmana de los Siete Durmientes en Vieux-Marché (Côtes-d’Armor) para promover la paz en el Magreb. Vinculado a la presencia francesa en Argelia durante su juventud, fundó el Comité Francia-Maghreb y militó por la liberación de los presos políticos. Asimismo, después de haber estado a favor del sionismo, al que vio nacer en los años 20, se opuso a la creación del Estado de Israel (1948) y abogó por el entendimiento entre judíos y árabes.

Casado con una prima (con la que tuvo tres hijos) en 1914, tras pedir que se le liberara de su voto de castidad hecho el año anterior, se hizo terciario franciscano en 1931 (con el nombre de Hermano Abraham), antes de ser ordenado secretamente sacerdote casado en la Iglesia melquita en 1950. Murió en 1962, seis meses después de los acuerdos de Evian.

¿Cuál fue su contribución a la islamología?

Por su inmensa erudición y su singularidad, atrajo a prestigiosos alumnos y formó a una generación de islamólogos como Henry Corbin, Louis Gardet, Jacques Berque y André Miquel. «El actual florecimiento de las traducciones de los grandes místicos del islam y de los estudios dedicados a ellos se debe a Massignon», subraya Florence Ollivry, que acaba de defender una tesis doctoral entre París y Montreal sobre Louis Massignon. «Fue él quien estableció el campo de estudio ‘mística musulmana’ dentro de la universidad francesa», continúa. «En una época en la que la mística musulmana se consideraba de origen judío o cristiano, demostró que los primeros místicos musulmanes utilizaban un léxico coránico».

Miembro de la Academia de El Cairo, Massignon también ha dejado su huella en los círculos intelectuales musulmanes, que aún lo citan entre los grandes orientalistas. Pero, como recuerda Pierre Lory, islamólogo y director de estudios de la EPHE, «los musulmanes desconfían un poco de él porque Massignon escribió mucho sobre Mansur Al Hallaj, al que consideran un hereje». Louis Massignon fue el primero en traducir en una lengua europea a este místico sufí persa del siglo X, que pretendía reencontrarse con el origen del Corán. «Su ambición era entrar en la intimidad de los místicos musulmanes, despojándose por completo de sus conocimientos occidentales y haciéndose huésped de los musulmanes», prosigue Pierre Lory. Este concepto de hospitalidad (el anfitrión puede ser el que recibe y el que es recibido) es esencial en la obra de Massignon. Apoyándose en la figura de Abraham, no deja de defender que «para comprender al otro, no hay que anexionarse a él, sino convertirse en su huésped».

El otro concepto clave de su pensamiento es la sustitución, inspirada en el escritor Joris-Karl Huysmans. Para ello, Massignon fundó en 1934 la Badaliya (que en árabe significa «sustitución», «intercambio») con la egipcia Mary Kahil. Según Jacques Keryell, de 90 años, que ha escrito varios libros sobre Louis Massignon y la Badaliya, los miembros de esta asociación internacional de oración se comprometen a «hacer de toda su vida una vida en Cristo» y a «ofrecerse en intercesión por los musulmanes».

¿En qué sentido puede ayudar su obra al diálogo islámico-cristiano?

Ciertamente, recuerda Pierre Lory, «Massignon escribía en la época del colonialismo, cuando los musulmanes eran débiles y estaban dominados». Pero según el franciscano Gwenolé Jeusset, de 85 años, que ha vivido durante mucho tiempo en países donde el islam es mayoritario, el pensamiento de Massignon sigue siendo pertinente porque «habla del Islam desde dentro, abriéndose a los musulmanes y no partiendo de los prejuicios occidentales». Este pensamiento está en consonancia con la declaración conciliar Nostra aetate, lo que no es de extrañar ya que Pablo VI conocía bien al islamólogo. Según Manoël Pénicaud, «no se trata solo de estimar el Islam, sino de comprenderlo desde dentro, cuestionando su relación con la alteridad religiosa y experimentando una relación de hospitalidad».

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(1) Louis Massignon, Le « catholique musulman », Bayard, 450 p., 23,90 ?.

(2) Publicadas después de su muerte, estas tres oraciones han sido publicadas de nuevo por la editorial Cerf en 1997.

Claire Lesegretain

¿Sigue siendo actual el testimonio de Carlos de Foucauld?

 31 dic 2020, 08:48  0 Comentarios

Xavier Gufflet es Hermano del Evangelio. Su congregación se inspira en la espiritualidad de Carlos de Foucauld, y nos presenta lo que constituye el corazón de la misma: el apego a Jesús y la lectura reiterada del Evangelio, que nos llaman al encuentro con comunidades humanas diferentes.

La posible canonización de Carlos de Foucauld ha suscitado recientemente algunas controversias. ¿Tiene aún algo que decirnos hoy Carlos de Foucauld?

Carlos de Foucauld puede enseñarnos muchas cosas, pero nada nuevo. Es su insistencia en Jesús y el Evangelio lo que es valioso para nosotros actualmente. Él le decía a Louis Massignon que leer una y otra vez el Evangelio debería ser como la gota que cae sobre una losa día tras día, que acaba dejando su huella. Una lectura regular y continua del Evangelio deja en nosotros la huella del espíritu del Evangelio.

Carlos de Foucauld se convirtió a los 28 años. ¿Podemos decir que consideraba a Jesús un amigo cercano?

Efectivamente, y este vínculo tan íntimo con Cristo es la fuente de toda su vida. El abad Huvelin le había enseñado a Jesús y él nos lo enseñó a nosotros, enseñándonos también el gusto de leer y meditar el Evangelio.

Sin embargo, incluso después de su conversión, su recorrido fue bastante caótico: primero pensó en ser trapense, después partió a Tierra Santa? ¿Le costó seguir a Cristo?

Yo no hablaría de un recorrido caótico. Creo más bien que necesitó una formación. Estuvo siete años en un monasterio trapense, después fue a Palestina donde permaneció tres años. Para él fueron dos etapas formativas en ámbitos diferentes. Ya ordenado sacerdote, en 1901, encontró su plenitud al volver a entrar en contacto con el mundo que lo marcó durante su exploración de Marruecos. Se instaló en Béni-Abbès, cerca de la frontera marroquí. Entre los tuaregs encontró un equilibrio. Los militares desplazados a Béni-Abbès, como también los tuaregs, dieron testimonio de su alegría y felicidad después de su largo periodo de preparación, primero en el monasterio trapense y después en Tierra Santa. Para él, cuestionar sus decisiones no era algo negativo, lo llamaba un «cambio de pista». Fue Dios el que le llamó al monasterio trapense y, después, a Palestina o al Sahara. Su relación con Dios le ayudaba a avanzar y cambiar.

Carlos de Foucauld vivió feliz entre los musulmanes. ¿Cómo se inscribe la figura de Jesús en este recorrido?

Por el carisma de fraternidad. Carlos de Foucauld meditó mucho el capítulo 25 del evangelio de Mateo sobre el juicio final. Para él, encontrarse con el otro es encontrarse con Jesús. No contraponía el tiempo que pasaba orando ante el Santísimo Sacramento con el tiempo durante el cual acogía a los que llamaban a su puerta. Esta disponibilidad y su mirada sobre Jesús y los hombres le daban una unidad de vida extraordinaria.

¿Por qué pasaba tanto tiempo en adoración delante del Santísimo Sacramento?

Fue Marie de Bondy quien le ayudó a entrar en esta espiritualidad. Pero cuando estuvo en la Trapa descubrió otra espiritualidad, marcada por los oficios comunitarios. En Béni-Abbès se levantaba muy pronto para poder estar durante mucho tiempo ante el Santísimo Sacramento antes de que la gente llamara a su puerta. Asimismo, a partir de 1904, cuando vivió entre los tuaregs, se levantaba pronto para celebrar la misa antes de recorrer los 30 o 40 km que hacía a diario en camello. Siempre conservó ese tiempo de soledad con Jesús. Solo dejó de levantarse temprano cuando ya no tuvo fuerzas. Pero él ya vivía lo que san Pablo nos pide: rezar siempre, y esta última época no se opone a las anteriores.

Usted es Hermano del Evangelio. ¿Ha aprendido a vivir el Evangelio con Carlos de Foucauld?

Sí; y no he acabado de aprender. Carlos de Foucauld nos ha enseñado el contacto con la gente y es lo que yo vivo donde me encuentro. Como nos pide el papa Francisco, hay que entrar en contacto con las «periferias», no tener solo un conocimiento teórico de las mismas. Para Carlos de Foucauld era necesario ir hacia los más alejados. Es lo que hizo en Marruecos y con los tuaregs.

Xavier Gufflet, Hermano del Evangelio. Entrevista realizada por Sophie de Villeneuve.

La Familia espiritual Carlos de Foucauld

Una familia numerosa

Los orígenes.

A la muerte de Carlos de Foucauld en Tamanrasset, el 1º de diciembre de 1016, hay 49 inscritos, -uno de ellos el mismo Carlos- en la lista de miembros de la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, en lo que trabajó para ponerla en marcha en los últimos años de su vida, y para la que escribió el Directorio. «Y todo quedó destruido a su muerte», escribe el P. Laurain, secretario de la Unión, y todos piensan que el grupo se va a extinguir apenas iniciado.

Todos excepto uno, Luis Massignon, un islamólogo que alcanzará fama mundial. Conoció a Carlos de Foucauld por primera vez en 1909, y mantuvo correspondencia con él hasta su muerte. Hace todo lo que puede para mantener con vida la Unión tan querida por su “hermano mayor”. Y lanza la Asociación Carlos de Foucauld, para la que obtiene la autorización del cardenal Amette. Y, sobre todo, “requisa”, según sus propias palabras, al novelista René Bazin para que escriba una biografía del hno. Carlos. Este libro, aparecido en 1921 con el título de Charles de Foucauld, explorateur au Maroc, ermite au Sahara, es el primero en trazar el retrato y en presentar lo esencial del mensaje de P. de Foucauld. De esta biografía es de donde van a surgir grupos y congregaciones. Todos encontrarán apoyo y consejos en la Asociación y en Massignon.

Massignon se irá distanciando poco a poco de la Asociación, pero continuará animando hasta su muerte un grupo de hombres y mujeres, laicos, religiosos, religiosas y sacerdotes, que se inspiran en la espiritualidad del Directorio. En 1947 le da al grupo el nombre de Sodalidad del Directorio. Este grupo de los orígenes se llama hoy Unión-Sodalidad y cuenta con miembros en todos los continentes.

Los primeros grupos

Cuando aparece el libro de René Bazin, son los laicos los primeros que escuchan la llamada que el hno. Carlos había hecho varias veces: «Harían falta cristianos como Priscila y Aquila, que hiciesen el bien en silencio».

Ya en 1923 Suzanne Garde  empieza a pensar en una presencia en el norte de África: «La evangelización la harían las mujeres. Comenzando por un dispensario, un taller, con todo lo que pudiera hacernos amables para los árabes». El Grupo Charles de Foucauld comienza así en Argelia, primero en Tlemcen y luego en El-Bayad, y a partir de 1945 en Dalida, cerca de la frontera con Túnez. Llegada la guerra de independencia se repliega a Francia, y en 1968 se establece en Bon Encontre, cerca de Agen.

Por los mismos años nacía en Túnez el grupo de Infirmières de Notre Dame de Cartaghe  (Enfermeras de Ntra. Sra. de Cartago), bajo el impulso del obispo de Cartago y Túnez. El mismo obispo había dado en 1924 “el hábito de Carlos de Foucauld” a Charles Henrion y a Émile Malcor. Los últimos miembros del grupo de enfermeras tendrán que replegarse a Francia en 1961 (con el P. Henrion), y se establecen en Villecroze, en el Var. Actualmente vive una hermana, en una residencia de ancianos, pero el grupo como tal no existe ya.

Siempre en el mismo período, en 1927 el P. Albert Peyriguère se establece en Marruecos (primero había intentado vivir en Argelia con un compañero, siguiendo la Regla escrita por Carlos de Foucauld en 1899). Allí se quedará en el Atlas Medio marroquí, hasta su muerte en 1959; el P. Michel Lafon continuará esta presencia de “monje-misionero”, según la expresión de C. de Foucauld que el P. Peyriguère había hecho suya.

Algunos años más tarde aparecen las primeras comunidades religiosas. En agosto de 1933, en torno a la Hna. Marie-Charles nace la fraternidad de Hermanitas del Sagrado Corazón, cerca de Montpellier. Un mes más tarde, Rene Voillaume y otros cuatro hermanos  toman el hábito de los Hermanitos de Jesús, y fundan su primera fraternidad en Argelia. En 1939, en Argel, pronuncian sus votos como Hermanitas de Jesús la Hta. Magdeleine y una compañera, y se establecen en Touggourt, entre los nómadas. Con distintos matices los tres grupos quieren ser comunidades contemplativas y misioneras. Los Hermanitos de Jesús y las Hermanitas del Sagrado Corazón vivirán primero de una forma más bien “monástica”; Los años que siguieron a la segunda guerra mundial, para los primeros, y el Concilio Vaticano II, para las segundas, traerán un cambio de estilo de vida y la constitución de pequeñas fraternidades en ambientes populares, como ya vivían las Hermanitas de Jesús. La palabra clave es “Nazaret” como forma de vida religiosa: para buscar el rostro de Dios, seguir el camino que Jesús siguió, el de compartir la vida ordinaria en el día a día. Se establecen fraternidades en los cuatro vientos del planeta, en ambientes desfavorecidos o degradados.

Hay que mencionar también, aunque el grupo ya no existe, a la Union des Nazaréennes de Charles de Foucauld (Unión de Nazarenas de C. de Foucauld), fundada en 1947 por Magdalena de Vimont, en Burdeos. Quedó impactada por la lectura del Directorio y por el contacto con los enfermos mentales, a los que se dedicó primero el grupo.

Publicación de En el corazón de las masas, y nuevas iniciativas

En 1950 el P. Voillaume publica En el corazón de las masas. Este libro presenta el modo de vivir de los Hermanitos de Jesús y su manera de seguir al P. de Foucauld y de entender su mensaje. Y porque parece que es necesario explicar lo que en ese momento aparece como novedad, insiste sobre la vocación de todo cristiano a una vida de amistad con Dios y sobre los caminos a tomar para una vida “contemplativa” en el corazón del mundo. La influencia de este libro será considerable y será traducido a numerosas lenguas; a través de él conocerán muchos a C. de Foucauld y su espiritualidad. El P. Voillaume ayudará con sus consejos a los grupos que apareen en este período.

También en 1950 Mons. de Provenchères, obispo de Aix-en-Provence, reconoce oficialmente la Fraternidad Secular Charles de Foucauld (llamada al principio “Fraternidad Charles de Foucauld”). Pero de hecho, muchos años antes en varias ciudades de Francia grupos de cristianos (hombres y mujeres, solteros y casados, laicos y sacerdotes) habían adquirido la costumbre de reunirse con regularidad para ayudarse a seguir a Jesús y a vivir el Evangelio con el espíritu de C. de Foucauld. La Fraternidad Secular está hoy muy viva en todos los continentes, y cada año nacen grupos nuevos. Es el grupo más numeroso de la “Familia”. En el seno de este grupo, algunos sacerdotes se acostumbraron a reunirse aparte con el deseo de dar a su vida y su ministerio presbiteral el estilo evangélico de C. de Foucauld. Así nació en 1951 la Unión sacerdotal, que en 1976 tomará el nombre de Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas. Hoy está presente en todos los continentes.

Por los mismos años, algunas jóvenes cristianas sienten la llamada a una vida contemplativa vivida en celibato, vinculada con votos, conservando sus compromisos socio-profesionales y sin adoptar la forma de una vida religiosa en comunidad. Así nace en 1952, en torno a Margarita Poncet la Fraternidad Iesus Caritas, que será reconocida oficialmente como Instituto Secular femenino. De este grupo nacerá en 1991 la Fraternidad Charles de Foucauld, asociación de mujeres laicas comprometidas con el celibato.

A partir de la experiencia de los Hermanitos de Jesús, el P. Voillaume piensa en unas comunidades que pudieran encargarse de extender la Buena Nueva entre las poblaciones más desfavorecidas y preocuparse de su promoción humana. Y funda en 1956 los Hermanitos del Evangelio, y luego, en 1963, las Hermanitas del Evangelio.

La reunión de Beni-Abbés de 1955 y la Asociación.

Ante este florecimiento de grupos vinculados al P. de Foucauld, se ve la necesidad de una «reunión que concrete la unidad fraternal dentro del respeto a las distintas vocaciones, en la fidelidad común al mensaje dejado por el Hno. Carlos» (hermanita Magdeleine). Por otra parte, en el contexto de la descolonización algunos grupos, sobre todo en Francia, tratan de hacer de Carlos de Foucauld el defensor de la “civilización cristiana” contra la marcha hacia la independencia de los pueblos del Magreb. Surge también el deseo de crear una Asociación representativa que pueda responder y explicar que el mensaje del “hermano universal”no se debe deformar para utilizarlo con fines contrarios a sus intenciones.

Así pues, se organiza una reunión en Beni-Abbés, del 14 al 16 de noviembre de 1955. En torno a Mons. Mercier, obispo del Sahara, anfitrión del encuentro, y de Luis Massignon, participan Mons. de Provenchères, obispo de Aix-en-Provence, amigo y protector de los distintos grupos desde el principio,  Mons. Duperray, obispo de Montpellier, el P. Peyriguère y representantes –muchos de ellos, fundadores- de los distintos grupos existentes en el momento. La oración y el intercambio marcan este encuentro-peregrinación. Allí se decide la creación de la AssociationCharles de Jesús –Père de Foucauld. Su objetivo: «expresar la unidad de la espiritualidad que anima a los distintos grupos que quieren ser seguidores del pensamiento religioso y la espiritualidad del Hermano Carlos; dar a conocer la figura y los escritos de su fundador; defender, llegado el caso, su memoria y el sentido de su mensaje contra las deformaciones a las que están expuestos». Se decide también que el boletín Iesus Caritas será el lazo de unión entre todos los grupos, expresando su espiritualidad común.

La asociación se llama hoy Asociación Familia Espiritual Carlos de Foucauld (“Association Famille Spirituelle Charles de Foucauld”). Normalmente, está abierta a acoger nuevos miembros. No es una característica esencial, pero resulta interesante destacar que todos estos grupos nuevos han nacido fuera de Francia, primero en Europa, y luego en otros continentes.

La “Familia” sigue creciendo.

El 15 de agosto de 1966 es la fecha del nacimiento oficial de las Hermanitas de Nazaret, en Gante (Bélgica). Se trata de un grupo de jóvenes, comprometidas con el mundo obrero en la JOC, que quieren inspirarse al mismo tiempo en el mensaje de C. de Foucauld y en el del Cardenal Cardijn: encontrar una forma de vida religiosa marcada por el compartir la vida de los medios populares, y anunciar, con su modo de vivir y actuar, a toda persona con la que se encuentran,  que «su vida vale más que todo el oro del mundo».

También al principio de los años 60, en Cataluña (España), Pedro Vilaplana queda impresionado por la lectura del Itinerario espiritual de Carlos de Foucauld (de J.-F. Six) y por las cartas del P. Peyriguère. En torno a él se forma una comunidad de jóvenes que se consagran al Señor en el matrimonio –cada hogar constituye una fraternidad- o en una vida de celibato vivida en pequeñas fraternidades. Los primeros compromisos se hacen en 1968, constituyendo la Comunitat de Jesús.

En 1969, en la diócesis de Foligno (Italia), el obispo reconoce una pequeña comunidad surgida en su diócesis, la Comunità dei Piccoli Fratelli di Jesús Caritas, fundada por Giancarlo Sibilia. Se trata de sacerdotes que desean vivir en comunidad monástica con una fuerte vida fraternal, ejerciendo su ministerio pastoral para las diócesis.

A miles de kilómetros de allí, en Haití, nacen los Hermanitos y Hermanitas de la Encarnación (los primeros en 1976; las segundas en 1985), en torno a Francklin Armand y Emmanuelle Victor. En ese país, marcado por la pobreza y toda suerte de dificultades, quieren hacerse «campesinos con los campesinos a causa de Jesús y de su  Evangelio», y trabajar en la promoción y evangelización del mundo rural.

En la diócesis de Bangui, en la República Centroafricana, arranca en 1977 una comunidad religiosa femenina, las Hermanitas del Corazón de Jesús, En un país de los más pobres del planeta, sacudido por los disturbios políticos durante años, una presencia fraternal, entregada a la oración, acogedora para toda persona, poniéndose al servicio de la gente, constituye un espacio de paz muy bien venido.

En 1980 se constituye en Canadá una comunidad monástica, los Hermanitos de la Cruz, fundada por el P. Michel Verret (hno. Michel Marie de la Croix). Siguiendo a C. de Foucauld, quieren vivir en el marco del monasterio una vida fraterna “familiar”, abierta a la acogida y al acompañamiento de toda persona que se presente.

El último grupo recibido en la familia es un grupo fundado en Vietnam a principio de los años 80, con miras a convertirse en instituto secular. El nombre vietnamita cuyas iniciales son AEPS, significa Hermanos y Hermanas para el servicio. El grupo tiene una rama masculina y otra femenina, así como una rama de asociados.

¡Ahí está la gran familia de un hombre que murió solitario! ¡Y la familia de los y las que encuentran en Carlos de Foucauld un inspirador para su vida no se termina con la lista de miembros de la Asociación! Existen otros grupos, que frecuentemente se integran en la “Familia” en el plano local. Hay grupos que desaparecieron, otros que se están formando. Y muchas personas que no forman parte de ninguna organización, reconocen en C. de Foucauld a alguien animado por un soplo de Evangelio y de humanidad, que les llega a ellos también y los pone en marcha.

En cuanto a la Asociación, actualmente se reúne en Asamblea cada dos años. Es una ocasión para que los responsables de los distintos grupos s encuentren y se comuniquen. Entre asambleas, hay un equipo elegido por la Asamblea, que se encarga de la coordinación. Durante muchos años,  mientras vivían en este mundo, Mons. de Provenchères, el P. Voillaume o la Hta. Magdeleine marcaron fuertemente estas reuniones y la vida de la Asociación. Actualmente los responsables, que se suceden según las normas, mantienen estos encuentros con regularidad; tratan de ahondar juntos en el mensaje del hno. Carlos y de descubrir la riqueza y la variedad de las respuestas que presenta cada grupo. ¡Saben que son distintos, pero animados por un espíritu común, como el arco iris, que necesita todos los colores para alcanzar su esplendor

Seamos santos

Carlos de Foucauld Por Jacqueline Kelen, escritora.  12 ene 2022,

La santidad es a la vez don y elección, gracia y voluntad. Es una exigencia para todos nosotros, no para obtener gloria o recompensa, sino para llegar a ser lo que somos: imagen y semejanza de Dios. ¿Tenemos que querer ser santos? 

Ser santo no es tener una estatua o un icono en una iglesia, sino cumplir la propia vocación de cristiano. Hablando al hombre que en adelante se llamará Abraham, el Señor le dice: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1). Y Jesús exhorta a sus discípulos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

Una llamada inquietante

¿Hemos olvidado estas vívidas y poderosas palabras o les tenemos miedo? En una época en la que la felicidad, el bienestar, la seguridad y la gratificación son las principales preocupaciones, la llamada a la santidad suena un tanto inquietante, incluso desasosegante. Contemplar tal camino suscita muchos recelos porque, si se emprende esta ardua senda, que es de amor tanto como de renuncia, se experimentará el trastorno, la prueba, el vértigo y el abandono, habrá que subir paso a paso una escalera que se pierde en las nubes?

El hombre del mundo moderno que consume y gasta sin contar, vive espiritualmente muy por debajo de sus posibilidades. Deja a los demás un destino considerado raro, si no excepcional, y prefiere llevar su vida libre de todo riesgo, ¡como si uno estuviera a salvo de Dios! Se contenta con ser un individuo mortal, limitado a su condición terrenal, olvidando que fue creado «a imagen y semejanza» de Dios.

En el siglo II, el adagio de Ireneo de Lyon, retomado por los Padres de Oriente y Occidente, expone claramente la vocación del cristiano: «Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios». Nada menos. Se entiende que esta participación en la vida divina no tiene nada que ver con la ideología atea de un hombre arrogante que se cree Dios

La pequeña vía de la santidad

Así, todos los cristianos, sin excepción, están llamados a un camino de santificación que el sacramento del bautismo inaugura. Es un gran reto, una gran lucha. Pero por su encarnación, Cristo se convierte en mediador, guía y apoyo de cada uno. En el verano de 1897, Teresa de Lisieux, que llevaba nueve años en el Carmelo, confió a la priora «Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad». Es entonces cuando descubre ese «caminito recto, muy corto, un caminito nuevo» en el que el amor de Jesús actúa como «ascensor al cielo». La aspiración del alma a la santidad no sólo es legítima, sino también deseable. El deseo se convierte en un deber, la llamada se convierte en una exigencia y ya brilla como una promesa.

Ciertamente, a lo largo de la historia del cristianismo, los teólogos y predicadores hablan mucho más del hombre pecador y miserable que del hombre llamado a la santidad, y los fieles, resignados a su triste destino o aliviados de tal carga, se contentan con hacer penitencia, con implorar la misericordia y el perdón de Dios. Sin embargo, como repite el Evangelio en varias parábolas, todos están invitados a trabajar en la viña del Maestro, a hacer fructificar los talentos que se le han confiado, a ir al banquete de bodas, es decir, a realizar el Reino y a unirse a la santidad divina

Todos necesitamos consuelo o ayuda. Los santos que han conocido las mismas dificultades que nosotros están a nuestro lado, se relacionan con nosotros, escuchándonos.

Espejos de Cristo

Las grandes figuras del cristianismo nos ayudan a comprender lo que significa una vida santa. El término «santo» no es un título de gloria o una recompensa, sino que designa un camino enteramente dirigido hacia Dios, lleno de fervor y fidelidad, según el primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». (Mt 22,37). Dicho itinerario se desarrolla y fortalece con la práctica de las virtudes llevadas a su excelencia, entre las que se encuentran las tres principales: la fe, la esperanza y la caridad. Es, en efecto, un camino heroico, de valor y confianza, de abnegación y sacrificio. «Para ir a Dios, dice Juan de la Cruz, hay que vaciarse de todo lo que no es Dios».

La santidad de una persona no puede juzgarse por fenómenos espectaculares (levitación, estigmas), ni puede reducirse a mortificaciones intensas, lo que sería confundir el fin y los medios. Se reconoce por sus frutos, por lo que irradia. Un santo es aquel que, en cualquier circunstancia y arriesgando su vida, responde a Dios en este mundo, refleja un poco de su belleza, de su amor infinito. En su lenguaje sencillo y verdadero, el Cura de Ars decía: «Los santos son como otros tantos espejitos en los que se contempla Jesucristo. Y añadió: «Donde los santos pasan, Dios pasa con ellos».

La santidad que debe coronar el amor a Dios guía y gobierna toda existencia santa donde se combinan la acción y la contemplación.

Si no, ¿por qué ser cristiano?

Desde el Carmelo de Dijon, la joven Isabel de la Trinidad (1880-1906) escribió: «Me encanta pensar que es por Él por quien lo he dejado todo». Y en otra carta, fechada en septiembre de 1903 y dirigida a una amiga, exclama: «Quiero ser una santa, una santa para hacerle feliz. Pídele que me haga vivir sólo del amor». Sumergida en un entorno completamente diferente, la ciudad comunista de Ivry donde era trabajadora social, Madeleine Delbrêl (1904-1964) dio testimonio de la misma caridad en nombre de Cristo: «Hay personas a las que Dios toma y aparta. Hay otros a los que deja en la masa, a los que no «retira del mundo». [?] Son personas con una vida ordinaria. La gente que te encuentras en cualquier calle. [?] Nosotros, gente de la calle creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, este mundo en el que Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad».

No debemos olvidar que los santos no nacen perfectos. Muchos de ellos llevaron una existencia descuidada o pecaminosa al principio: Agustín de Hipona, María la Egipcia, Margarita de Cortona, Francisco Javier, Carlos de Foucauld? Además, los más grandes santos siempre se declaran muy indignos y dicen que están entre los siervos inútiles. Saben bien, estos peregrinos del absoluto, que la progresión es interminable y que frente a la perfección divina no son casi nada. Así, sin un loco deseo de Dios y sin una profunda humildad, no hay santidad. ¿Es necesario querer ser santo? Por supuesto. Sin orgullo ni ostentación, y sin esperar ninguna ganancia. Si no, ¿por qué bautizarse, por qué llamarse cristiano? Y sobre todo, ¿de qué sirve el amor de Aquel que nos ha creado y nos espera?

Convertirse en santo es un imperativo, no una opción entre otras. Se trata de reclamar nuestra mejor parte y también de hacernos merecedores de ella. Y si hay una opción, está muy claramente establecida por el Señor (Dt 30, 19): «Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida».