Oración on line por la unión de los cristianos

La Iglesia celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del 18 al 25 de enero de 2022 con el lema, «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (cf. Mt 2, 2). Un texto bíblico que se inspira en la visita de los Reyes Magos al Rey recién nacido en Belén.

MENSAJE DE LOS OBISPOS
«Hemos visto brillar su estrella y venimos a adorarlo»
Con el comienzo del nuevo año la tradicional Semana de Oración por la
Unidad de los Cristianos nos vuelve a interpelar, poniendo como un espejo
ante nuestra vista la falta de unidad que nos aqueja, restando así significado a nuestra presencia en el mundo. El avance de la descristianización
de Europa inquieta la conciencia de las Iglesias y Comunidades eclesiales, preocupadas por la pérdida de identidad cristiana del Occidente, cuya
cultura y comprensión de la vida, del origen y destino del ser humano no
podría entenderse sin la referencia de su propia historia al Evangelio.
La propuesta como lema y motivo de oración para este año de las palabras de los Magos preguntando por el nacimiento del rey de los judíos
(cf. Mt 2, 2), viene a dar al Octavario una motivación que nos devuelve a
la razón de ser de la Iglesia: anunciar el mensaje de salvación universal
que el Resucitado confío a los apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a
los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que
yo os he mandado
» (Mt 28, 19-20a). Nuestras dificultades para mantener
la unidad visible de la Iglesia no pueden hacernos olvidar la urgencia del
mandato de Cristo, porque la salvación es el destino universal de todos
los seres humanos; y para que la salvación alcance a todos es preciso
darles a conocer la verdad que se le ha confiado a la Iglesia. Esta verdad
de vida eterna está contenida en las breves fórmulas del anuncio apostólico o kérygma, que san Pablo recapitula diciendo «que Cristo murió
por nuestros pecados conforme a lo anunciado en las Escrituras; que fue
sepultado y que resucitó al tercer día conforme a esas mismas Escrituras
»
(1 Cor 15, 3-4). En esta formulación del anuncio evangélico está contenida la síntesis del Misterio pascual, revelado por Dios y entregado a los
apóstoles para su anuncio universal, como aclara también san Pablo en
la Carta a los Efesios, al exponer como contenido de este misterio el plan
de salvación de Dios: «Se trata del plan que Dios tuvo escondido para las
generaciones pasadas, y que ahora, en cambio, ha revelado por medio del
Espíritu a sus santos apóstoles y profetas
» (Ef 3, 5). El apóstol aclara en
qué consiste este misterio antes escondido y ahora revelado, y dice que
«los paganos comparten la misma herencia, son miembros del mismo
cuerpo y participan de la misma promesa que ha hecho Cristo Jesús por
medio de su mensaje apostólico»
(Ef 3, 6).
El plan de Dios fue anunciado por los profetas, que contemplaron en la
lejanía de las profecías el futuro de unidad de la humanidad congregada
en Jerusalén. Isaías anuncia con alegría que a Jerusalén llegarán de Oriente
y de las islas y de la lejana Tarsis en Occidente las riquezas de las naciones,
y exclama: «¡Álzate radiante, / que llega tu luz, la gloria del Señor clarea
sobre ti!… Llegan todos de Sabá, / trayendo oro e incienso, / proclamando las gestas del Señor
» (Is 60, 1.6b.9). Algunas profecías pueden haber
influido en la redacción del relato de la llegada de los Magos a Jerusalén
buscando el lugar del nacimiento del rey de los judíos. La liturgia de la
Iglesia aplicó la interpretación de estas profecías a la adoración que los
Magos tributaron a Jesús recién nacido. El texto sagrado vislumbra el esplendor del futuro, cuando la llamada de Dios a los pueblos encuentre la
respuesta de quienes son convocados a la unidad en el reconocimiento y
adoración del único Dios, que «habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras» (Heb 1, 1). Los profetas, en efecto, adelantan el destino universal del anuncio evangélico (cf. Am 9, 12 y Hch 16, 18), que ha de alentar
la predicación apostólica sin limitación alguna (cf. Is 49, 6; 66, 18-20).
Hoy, emplazados ante la urgencia de la nueva evangelización, se constata que el cristianismo se recupera en los países que fueron sometidos a las ideologías totalitarias del pasado siglo XX, que ocasionaron sufrimientos inmensos, que llegaron a alcanzar a naciones enteras, en las cuales la prohibición de la práctica religiosa y la educación atea apartaron de la fe a las nuevas generaciones. Se trata de una recuperación, un objetivo irrenunciable de la nueva evangelización, que al mismo tiempo pugna por recobrar a cuantos en Occidente son víctimas de la ideología
del materialismo relativista, que ha conducido a amplios sectores de la
sociedad al agnosticismo y a la pérdida de la conciencia moral cristiana.
Sin embargo, no podemos perder la esperanza de que el anhelo de trascendencia, que nunca abandona el alma humana, ayude a estos mismos sectores sociales a abrirse a la luz poderosa del Evangelio, simbolizada por la estrella que guio a los Magos hasta Jesús, porque la luz de Cristo
sigue alumbrando las oscuridades de las personas y de los pueblos, sin
que se extinga el hambre de Dios. No podemos perder la fe esperanzada en las palabras proféticas de Jesús resucitado, que alientan la acción evangelizadora a la que Dios nos convoca para dar testimonio de Cristo: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(Mt 28, 20b). La predicación evangélica, por su mismo destino universal,
personificado en los Magos de Oriente, que se postraron en adoración
ante Jesús, proclama el carácter universal de la salvación que el Hijo de
Dios vino a traer a la tierra, y esa universalidad mira tanto a los países
de misión como a las sociedades de los países antes cristianos y hoy en la
frontera del indiferentismo, donde tanto han disminuido las comunidades cristianas confesantes y de práctica religiosa.
El movimiento ecuménico como fenómeno contemporáneo surgió
como obra del Espíritu Santo, impulsando a las Iglesias y Comunidades
eclesiales a afrontar las doctrinas, superar las condenas y aproximar a
los cristianos, poniendo el mayor énfasis en cuanto les une para poder
superar cuanto les separa. El camino propuesto por los grandes apóstoles
del ecumenismo ha sido, con todo acierto, la llamada a la conversión a
Cristo y al encuentro de todos los bautizados en la adhesión a la divina
persona de nuestro Redentor como fundamento de la comunión deseada.
Todos hemos de ser conscientes de que lo acontecido en Cristo, su Pasión,
muerte y Resurrección, están en el centro de nuestra fe, así atestiguado
por las Escrituras, como el mismo Jesús resucitado expuso a los discípulos, desconcertados por los acontecimientos del Calvario, dejándoles el mandato de la misión cristiana como mensaje y tarea, porque con su muerte y Resurrección estaba escrito «también que en su nombre se ha de
proclamar a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, un mensaje
de conversión y de perdón de los pecados
» (Lc 24, 47; cf. 24, 25-27).
Sin renunciar a la búsqueda permanente del acuerdo sobre la fe que
creemos, si ocupamos el tiempo debatiendo la solución de nuestras desuniones y descuidamos el anuncio de la salvación en Cristo tampoco llegaremos a alcanzar la unidad visible que Cristo quiso para su Iglesia. En la medida en que nuestra obediencia en la fe a su mandato sea más fiel
a la voluntad de nuestro Redentor, en esa misma medida el crecimiento
de la Iglesia y su implantación en el mundo ayudarán a reconstruir la
unidad perdida de los cristianos. La nueva evangelización es tarea de
todos, y la misión requiere hoy de las Iglesias y Comunidades un trabajo
de conjunto. Jesús, despidiéndose de sus apóstoles les dijo que contamos
para la misión con el mayor bien divino, que es el «don prometido por
mi Padre (…), la fuerza que viene de Dios» (Lc 24, 49). El Octavario ha de
intensificar la oración al Espíritu Santo para que todos los cristianos nos
dejemos llevar por él a Jesús, porque el Espíritu recibe de Jesús lo que
viene del Padre y lo da a conocer (cf. Jn 16, 13-15).
El año pasado quisimos poner el acento en la dimensión espiritual
del ecumenismo y la necesidad de suplicar a Dios todos los cristianos la
unidad deseada por Cristo para su Iglesia. Este año queremos poner el
acento en el alcance universal del anuncio de la salvación en Cristo y, por
tanto, en el carácter misionero de un ecumenismo que no pierda de vista
el fin último de la evangelización: la congregación en una sola Iglesia de
los pueblos y las naciones, meta a la que tiende la acción misionera de la
Iglesia en el mundo, cuyo culmen es la celebración de la eucaristía. Con
esta intención, tenemos muy presentes a los cristianos representados en
el Consejo de Iglesias del Oriente Próximo, con sede en Beirut, la capital
de un país como El Líbano, en otro tiempo próspero y modelo de convivencia entre las religiones no cristianas y las confesiones cristianas de ritos diversos, un país y una nación hoy sometida a la inestabilidad política y atormentada por la violencia de la guerra y las acciones terroristas. Fueron los cristianos del Próximo Oriente los que eligieron el lema y motivación de la próxima Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, y prepararon y trabajaron el esbozo y posible desarrollo de los materiales.
El grupo internacional designado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (PCPUC) y la Comisión “Fe y Constitución” del Consejo Ecuménico de Iglesias trabajó posteriormente sobre lo hecho, teniendo en cuenta que la elección del texto de san Mateo sobre
la adoración de los Magos da una fuerte proyección universal al anuncio
evangélico, y como consecuencia a la unidad de las naciones congregadas
en torno al recién nacido Salvador universal, Jesucristo, nuestro Señor. Por
esto mismo el grupo internacional sugiere que en la Semana de Oración
tengamos presentes a estos cristianos del Próximo Oriente, que forman
parte de las distintas Iglesias orientales antiguas y ortodoxas bizantinas,
de las Iglesias orientales unidas e integradas como Iglesias particulares en
la comunión católica. En el escenario geopolítico del Próximo Oriente no
faltan las comunidades del Patriarcado latino de Jerusalén ni las comunidades de diversas confesiones cristianas surgidas de la Reforma. Este mosaico de Iglesias y Comunidades eclesiales se esfuerza por mitigar los enfrentamientos políticos y las acciones de guerra y violencia
que no cesan y que tanto han afectado a la sociología cristiana en el gran
escenario de la historia sagrada donde el Verbo de Dios se hizo carne
de nuestra carne, proclamó el reino de Dios y la conversión definitiva a
Dios revelado en su divina persona humanada. En comunión con nuestra carne sufrió la Pasión y la cruz y resucitó de entre los muertos. La Tierra Santa desde muy pronto vio crecer las comunidades cristianas y la
Iglesia madre de Jerusalén se convirtió desde el origen en referencia de
la Iglesia universal. Su sociología desde hace más de medio siglo se ha
visto progresivamente reducida, a causa de los conflictos bélicos del escenario geopolítico del Oriente Próximo, por la emigración y la huida de tantos miles de refugiados que han buscado en Occidente una seguridad de vida que les permita mantener su propia identidad.
Los obispos católicos de Europa no han dudado en promover una comisión de ayuda y respaldo a los cristianos de Tierra Santa. Recibamos con espíritu ecuménico, y abierto a la paz de las religiones en el Oriente Próximo, la orientación que nos proporciona la introducción a los materiales del Octavario de este año, a los que el grupo internacional ha dado forma. Por ello queremos terminar nuestro mensaje haciendo nuestras las palabras con las que el grupo exhorta a los cristianos a tener presentes a nuestros hermanos del Oriente: «Hoy, más que nunca, el Próximo Oriente necesita una luz celestial para acompañar a su pueblo. La estrella de Belén es la señal de que Dios camina con su pueblo, siente su dolor,
escucha su grito y le muestra compasión (…). El camino de la fe es este
caminar con Dios que siempre vela por su pueblo y que nos guía por las
complejas sendas de la historia y de la vida
».
Madrid, 6 de enero de 2022
Obispos de la Subcomisión para las Relaciones Interconfesionales
y Diálogo Interreligioso
Adolfo González Montes
Obispo de Almería, presidente
Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada
Javier Salinas Viñals
Obispo Auxiliar de Valencia
Esteban Escudero Torres
Obispo Auxiliar emérito de Valencia
D. Rafael Vázquez Jiménez
Director del Secretariado


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