El discípulo de Jesús, el testigo del Evangelio, la persona habitada por el Espíritu, ha hecho de Dios su absoluto, gracias a una experiencia personal y transformadora de su vida. De ahí que sea una persona abierta, acogedora, clarividente, reconciliada con las cosas, con los demás y con el mismo, libre de todo aquello que hace inhumano a nuestro mundo y a nuestra vida. Así, ver desde la fe, es vivir en una actitud contemplativa. Es buscar siempre lo esencial de las cosas y no perderse en la superficialidad de los detalles, sintonizando con el fondo de las situaciones y de las personas.
Ser testigo no es evadirse del mundo, sino esforzarse en descubrir su sentido para transformarlo. El testigo es un ser dividido entre el tiempo y la eternidad. Su experiencia de la resurrección de Cristo le ilumina la realidad para buscar constantemente la eternidad a través del tiempo. Su búsqueda no es trascendente, en el sentido de que es extrínseca al tiempo y al espacio, sino que es una esperanza y una búsqueda de más ser, cuya plenitud no puede reducirse únicamente, como lo ha hecho el marxismo o el existencialismo ateo, a la suma de esfuerzos prometéicos. La persona no es libre cuando se deja llevar por el capricho o por el humor. Tiene que regirse por leyes y normas racionales. Pero, tampoco sería libre si estas normas se le imponen desde fuera. Debe fijárselas ella misma, pero partiendo de la libertad y no del capricho. La libertad constituye una tarea. No tenemos necesidad de Dios para conceder permisos o imponer prohibiciones, pero sólo el reconocimiento de nuestra condición de criaturas puede fundamentar el deber de realizar racionalmente la libertad, siendo Dios el fundamento último de la misma.
La libertad de elección compromete directamente a la persona, que tiene que decidirse libremente en un sentido o en otro. Destruirá su libertad si se deja llevar por los caprichos del azar. Lo único que puede dar sentido a su elección es decidirse por la libertad. Nosotros elegimos lo que queremos ser, el proyecto de nuestra forma constitutiva. Se trata de elegir una jerarquía de valores, un orden de preferencias, que, a nuestro parecer, garantiza mejor la libertad. En esto consiste la opción fundamental de nuestra libertad. Por esto, nuestras acciones vienen determinadas por nuestras opciones.
El ser humano, al sentirse religado a Dios, no debe absolutizarse ni como individuo ni como sociedad, situando a las personas y a las cosas, los acontecimientos y los proyectos en su debido lugar, dentro de una perspectiva adecuada y justa. Pero esta fe no anula la responsabilidad personal, sino que la fundamenta y reclama. La libertad implica, de un lado, dependencia total, dado que el ser humano recibe la facultad de la libre elección como un don, y de otro, independencia total, dado que, al elegir, la persona no tiene más posibilidad que la libertad.
La libertad interior del testigo, le proporciona espíritu ante las realidades personales y sociales que le rodean y por esto mismo es capaz de decir «no». El testigo es un personaje incómodo, insobornable, y, al mismo tiempo, lleno de bondad, mansedumbre y autenticidad, que le impiden convertirse en un intransigente y francotirador. El testigo, el pobre de Dios, el que no posee nada como propio, se presenta ante los otros como hermano. Es portador de Paz, Reconciliación y Fraternidad con todos y la misma naturaleza. Su estilo de vida radical, movido por el Espíritu de Jesús, brota del amor y le lleva a tener una predilección por los más pobres. Es solidario con ellos, renuncia a toda posesión innecesaria, denuncia la riqueza opresora y lucha contra la miseria.
El testigo comparte con sus hermanos más desfavorecidos cuanto es y cuanto tiene. Se solidariza con los grupos marginados, reconociéndolos en su más grande dignidad, la de ser hijos de Dios. Ser testigo es optar personal y políticamente por el Reino de Dios. Esto lleva, incluso, a luchar por el cambio de las estructuras de la colectividad en todo aquello que causan, justifican o colaboran con la injusticia. Frente al mal, el testigo no debe resignarse, porque la fuerza del amor, que supera escatológicamente el sufrimiento y la muerte, está operando ya por todas partes, y, por tanto, se debe dar testimonio de esta presencia, configurando un futuro de justicia y paz.
El motivo último de la actuación del testigo es realizar la voluntad de Dios. Jesús no basaba la justicia evangélica ni en una ‘ética formal del deber’, ni en una ‘ética material de los valores’ Para él, sólo la obediencia a Dios da sentido a la acción. Esto no quiere decir que el testigo prescinda de las leyes o de las adquisiciones de las ciencias humanas. Las asume, las atraviesa, pero va más allá. Para el testigo, Dios es el Padre universal, por eso relativiza el poder y no acepta cualquier idolatría que, en la sociedad, quiera ocupar el lugar absoluto de Dios. Lo único sagrado para él, por ser la imagen viva de Dios, es el ser humano.
El Reino de Dios es una buena noticia para los pobres: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios«1. No se trata de la pobreza, sino de los pobres reales, no porque sean más virtuosos o piadosos, sino porque son pobres y sufren la injusticia. La llegada del Reino de Dios es el centro del Evangelio de Jesús. La vuelta de Cristo (Parusía) será la plenitud del Reino. Por eso, la Parusía será la realización definitiva de la justicia y el ejercicio pleno de la soberanía de Dios, que generará la fraternidad universal. La Parusía del Señor, tal como la presenta el Nuevo Testamento, es, sobre todo, una llamada a perseverar en la esperanza del Reino de Dios, a no abandonar la solidaridad con los crucificados de la tierra. La Parusía es para los testigos consuelo y esperanza en medio de las dificultades y persecuciones: «Estad siempre alegres en el Señor. El Señor está cerca«2. El anuncio del Reino de Dios, por parte de Jesús, no está disociado de la realidad de este mundo, sino que la penetra en todas sus dimensiones. La dedicación al ser humano constituye la manifestación sensible de la llegada del Reino de Dios. La superación de la pobreza, el hambre y el sufrimiento en este mundo guardan relación con el reinado y reino de Dios. La justicia liberadora de Dios somete la praxis vital de las personas a una instancia crítica. El amor salvífico de Dios, que es universal, no admite barreras, sectarismos, ni idolatrías.
El testigo cristiano rompe los límites de los nacionalismos estrechos y construye la fraternidad humana en medio de un mundo de lucha de intereses. Cree en la comunión y no en el enfrentamiento. En contraste con los valores promovidos por el sistema social o religioso imperantes, el testigo cristiano afirma y vive las bienaventuranzas como los valores más hondos de la persona. El testigo mira el mundo como Jesús lo miró. Y, como mira con amor, sufre y llora como Jesús lloró. Llora porque hace suyo el destino de los demás. No rechaza a nadie. No se retira ni se impone. No se cansa ni se amarga, porque ama con la misma fuerza que movía a Jesús. Los testigos de Jesús prefieren sufrir que ocasionar dolor a los otros. Conservan la comunión cuando otros la rompen. Renuncian a imponerse y soportan silenciosamente el odio y la injusticia.
Para el tiempo en que el Reino de Dios ha irrumpido pero no ha llegado a la plenitud, las exigencias del ‘Sermón de la Montaña’ constituyen una antítesis ante cualquier orden jurídico-normativo. Las exigencias de Jesús tienen la función de criterios. Sirven como elementos clarificadores para la conciencia moral en orden al Reino y procuran la libertad interior en el uso del derecho. El objetivo es conseguir el hombre nuevo a imagen de Jesús. Por tanto, estas exigencias morales son para todos, pues nadie está excluido del reino de Dios. Lo que Jesús pide a todos es someterse y confiarse a Dios. Se trata de ponerse sin reservas a su servicio, negándose a sí mismo, tomando la propia cruz y siguiéndole. Esta opción fundamental por el Reino y la soberanía de Dios, que es en última instancia la fe, no es sólo una exigencia, sino también y sobre todo, un don: respuesta del hombre a la acción de Dios que lo capacita para responder. La fe en la acción salvífica de Dios por medio de Jesucristo constituye el fundamento y el sentido de la realización ética de la libertad. Se trata de una vida que brota de la opción por Dios. La fe da un horizonte de sentido que determina la acción moral.
El criterio último del testigo es Jesús crucificado, que es el Cristo vivo. Cristo es el valor supremo de la ética cristiana. La tarea moral del testigo consiste en ir labrando día a día, con esfuerzo lento y laborioso, esa imagen de Cristo que se le ha esculpido por la fe y el bautismo. El testigo no se mueve por ideas o principios. Es la misma persona de Jesús, su Espíritu, el que lo lleva a dar testimonio en el mundo de los valores del Reino de Dios. Con la renovación y transformación interior, el testigo es y llegará a ser un día en plenitud otro Cristo. No es el testigo quien fundamenta a la verdad, sino que es la verdad quien fundamenta al testigo. Es el Espíritu quien da testimonio en nosotros. El testigo progresa en la verdad, participando en ella y dando testimonio de ella hasta el martirio si fuera necesario. Pero en la vida cristina no es habitual ir hasta la persecución física y menos hasta el martirio. La persecución es habitualmente más sutil, más psicológica. Son las contradicciones que nos vienen a causa de Cristo y del Evangelio, y que vienen a veces de personas y sectores que uno no espera. Urge extinguir la voz del que une la denuncia al testimonio. La historia es testigo de los atropellos cometidos a las personas, creyentes o no, que han levantado su voz en defensa de los más desfavorecidos, hasta entregar su vida en servicio de la comunidad humana.
Jesús de Nazaret, el testigo del Padre, el sencillo y humilde de corazón, fue tan molesto, que decidieron acallar para siempre su voz y acabar con su presencia. Jesús trató de apagar la mecha de los conflictos no con las armas de la fuerza que se impone, sino con las armas morales de la verdad, la autenticidad y el amor; fuerzas espirituales más molestas aún para los enemigos, porque los alcanzan en su interioridad, llegando al fondo de su ser. Jesús fue un radical. Planteó la conversión a Dios, el cambio de vida y las actitudes éticas y religiosas desde su raíz, estableciendo su Evangelio como único absoluto. El testigo cristiano que intenta vivir con radicalidad el Evangelio de Jesús, sin quererlo, crea conflictos en su entorno. La vida evangélica no deja indiferente. Sin acusar a nadie, deja al descubierto las intenciones. Así, el testigo puede encontrarse con la soledad y la incomprensión: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra, y sus propios familiares serán los enemigos de cada cual«3. «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin se salvará«4. La razón última de la ética del testigo es realizar la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias.
Jesús proclama bienaventurados a los testigos que sufren, no sólo a causa de su nombre, sino también cuando sufren por una causa justa, pues escondido en ella late el rostro de Aquel que espera reconocimiento y gratitud. Sufrir persecución por causa de Jesús y reaccionar ante los perseguidores con crispación y agresividad destructiva, es estar en discordancia con el Evangelio. Supone querer defender la causa de Jesús con las mismas actitudes antievangélicas que se están combatiendo. Jesús murió perdonando y amando a sus torturadores. El martirio es el testimonio de la fe consagrado por el testimonio de la sangre.
El Hermano Carlos de Foucauld es una persona fascinante, pues estamos delante de “un místico en estado puro” (Louis Massignon), de un apasionado de Jesús “que hizo de la religión un amor” (Abbé Huvelin). “El es un faro que la Providencia nos da para iluminar nuestro tiempo” (Ives Congar). El es una senda indiscutible del Espíritu y de la presencia de Dios para hombres y mujeres de hoy.
El Cardinal José Saraiva Martins, una semana después de la beatificación, publicó en el “Osservatore Romano”, un largo articulo con el título: “El beato Carlos de Foucauld, Profeta de la Fraternidad Universal”. Así concluye: “Al sondear las raíces más hondas de la vida interior de Carlos de Foucauld, uno se da cuenta que, pocas espiritualidades, como la suya, son adecuadas al mundo de hoy. La espiritualidad de él nos lleva a la esencia del cristianismo, y ayuda a descubrir la pobreza evangélica, no en su vago sentimentalismo, pero en su fuerza radical, revelando a las personas tan fascinadas por el consumismo el verdadero sentido de Dios. El Hermano Carlos puede guiarnos a comportarnos hoy como verdaderos hermanos de todos los hombres, sin distinción, no por un vacío humanitarismo, pero gracias a la comunión de amor con el Corazón de Cristo”.
A lo largo de su vida, el Hermano Carlos tuvo poca influencia – si dejamos de lado la exploración de Marruecos. A pesar de sus esfuerzos no logró tener discípulos ni alcanzó a ver aceptadas ni reconocidas sus propuestas. “Fue un monje sin monasterio, un maestro sin discípulos, el penitente que sostuvo en su soledad la esperanza de un tiempo que no iba a ver (René Bazin). No fue “un hombre para su tiempo”. Pero, pasados algunos años después de su martirio, comienza una irradiación que no cesa de crecer, y hoy podemos decir que es “un hombre para nuestro tiempo”. Han surgido múltiples agrupaciones, en estructura religiosa o seglar, de religiosos y religiosas, de sacerdotes y de laicos y laicas que se remiten a su figura y quieren vivir, seguir su espíritu: Hermanitas y Hermanitos de Jesús, del Evangelio, del agrado Corazón, de la Encarnación, de Nazaret, Fraternidades Carlos de Foucauld, Jesús Cáritas… Están presentes en las barriadas, ciudades portuarias, arrabales de las megalópolis. Viven en pequeñas casas abiertas en las que se adora el Santísimo y siempre es acogido el prójimo. Pero ese silencio y hospitalidad suyos no hacen ruido, por ello no son noticia y pocos saben que existen. ¿Cuantos supieron en Nazaret que Dios estaba conviviendo con ellos en la casa de al lado?
¿Qué ha hecho de extraordinario el Hermano Carlos para ejercer tanta influencia y desde la desde la sede del apóstol Pedro en Roma, en el día 13 de noviembre de 2005, ser reconocido como exponente auténtico de la fe en Cristo, modelo posible de vida cristiana y testigo adelantado de una fraternidad universal, que religa a todos los hombres en una familia?
Lo mismo que para San Pablo, modelo de todos los convertidos, también para el Hermano Carlos la conversión, fe y descubrimiento de su misión futura fueron uno mismo acto. “En el mismo momento en el que creí que existía Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa más que vivir para Él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe”.
Descubrir la forma y exigencias concretas de esa vocación duró largos años y lo llevó por rodeos lejanos y meandros dolorosos. En 1890 ingresa en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Francia, pasando luego al priorato que esta abadía tiene en Akbés (Siria, 1890-1896) Aquí le nace un deseo profundo de revivir el evangelio en su gestación silenciosa: “la vida de Nazaret”. No nos solemos percatar de que el cristianismo se refiere casi exclusivamente a lo que Jesús dijo, hizo, padeció y experimentó en los tres últimos años de su vida. Pero, ¿que hubo antes? Si él es el Hijo de Dios encarando, como fue esa existencia de 30 años de trabajo en Nazaret, su participación en nuestro destino, su oración, su relación con los hombres, su propio misterio interior?¿Cual es el equivalente de ese misterio suyo en nuestra vida?
Volver a la raíz para estar enraizados y no desarraigados, volver a los inicios para tener principios y fundamentos, es una necesidad originaria del hombre. Esto en cristiano significa volver a Nazaret y a Belén para ver a surgir Jesús, surgir con él y aprender con él a poner los fundamentos da la propia fe en el Padre, de la personalísima relación con él, de la misión de la Iglesia en el mundo. A Nazaret y a Belén volvió san Jerónimo y fueron los primeros lugares que visitó Pablo VI cuando salió de los muros del Vaticano. Allí están la raíz y savia de la revelación divina, de la experiencia cristiana y de la fraternidad universal que deriva de ellas.
El Hermano Carlos une este descubrimiento de la gracia con su primera pasión de naturaleza: África, el Islam, el desierto, una presencia itinerante, colaboradora y fraterna con las poblaciones saharianas de Marruecos y Argelia. Ya sacerdote, ermitaño, misionero itinerante, se instala primero en Béni-Abbés, luego en el Hoggar y finalmente con los tuareg en Tamanrasset. ¿Qué intenta hacer allí, él solo? Ser como Jesús en Nazaret, sin pretender otra cosa que convivir, ofrecer hospitalidad, ser una alabanza incesante delante de Dios y una intercesión perenne a favor de los hombres. Tres son los centros de su vida: 1.Vivir el Evangelio, para que Jesús viva en nosotros “Es necesario empaparnos del espíritu de Jesús, meditando sin cesar sus palabras y sus ejemplos. Que sean en nosotros como la gota que cae y recae sobre una piedra siempre en el mismo lugar”. “Toda nuestra existencia, todo nuestro ser, debe gritar el Evangelio sobre el tejado. Toda nuestra vida debe respirar a Jesús, todos nuestros actos deben gritar que le pertenecemos, deben presentar la vida evangélica”. 2. Amar la Eucaristía para que Jesús esté en nosotros, como él está en el Padre – la eucaristía es un océano de amor donde el se pierde enteramente y para siempre. “El vivió una fe eucarística plena, despojada y desbordante” ( Mons. Lorenzo Chiarinelli, obispo de Viterbo). 3. Abrazar lapobreza como forma suprema de atención, solidaridad y amor al prójimo pobre.
Al rededor de estos tres quicios (Evangelio, Eucaristía, Pobreza) giran las actitudes fundamentales que moverán todo su hacer y estar: fraternidad, cercanía, solidaridad. Su ermita estuvo siempre abierta a todos: “Dar hospitalidad a todo el que llega, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano”. Así se convierte en hermano universal, más allá de razas, culturas, religiones. “Quiero habituar a todos estos habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a mirarme como su hermano, el hermano universal”.
Silencio de oración y alabanza ante Dios a la vez que convivencia y promoción de los tuareg, cuya lengua y cultura conoce a la perfección. Recoge siete mil versos de su poesía, anotados en cuadernos a lo largo de los años pasados en el desierto. Rescribe poemas y proverbios y los traduce al francés. Elabora en cuatro tomos un “Diccionario francés-tuareg y tuareg-francés, además de una gramática. El 28 de noviembre de 1996 escribe en sus notas: “Final de las poesías tuaregs”.Tres días más tarde, el 1 de diciembre de 1916 era asesinado en su ermita de Tamarasset. La guerra y la violencia acabaron con aquel hombre que había sido todo él don y paz.
¿Quedaría apagada para siempre aquella voz y sofocado aquel fuego? Su legado fue recibido y mantenido por cuatro grandes nombres: Luis Massignon, el gran conocedor del mundo árabe y de la mística; René Bazin, el académico que con su célebre biografía de 1921 acercó su figura de héroe y místico a las generaciones nuevas; Père J.M. Peyriguère que revive con iniciativas personales el espíritu del Hermano Carlos; René Voillaume, orientador de las “Fraternidades” que surgen a partir de 1933, a la vez que extiende a todos los cristianos la vocación de Nazaret con su obra clásica: “En el corazón de las masas” (1950) y a través del Padre Congar influye decisivamente en el Concilio Vaticano II para hacer presente y programático el desafío: “la Iglesia y la pobreza en el mundo”.
La vida espiritual del Hermano Carlos, su lectura de la Biblia y su propuesta evangélica nos son accesibles en sus múltiples pequeños escritos, cuya edición completa en francés abarca 17 volúmenes. Su oración “Padre, me pondo en tus manos” es ya un texto clásico, recitado y memorizado por millones de creyentes.
Mirando la situación de nuestro mundo y de nuestra Iglesia, encontramos en la vida, y en la espiritualidad del Hermano Carlos una luz preciosa y fecunda que nos puede iluminar y guiar en situaciones que hoy tenemos que enfrentar.
Hoy se habla mucho del “retorno de lo sagrado”, de una “nueva era” para la humanidad, de un reflorecer de la religiosidad de nuestros pueblos. El Hermano Carlos, que pasó por un periodo largo de indiferencia y ausencia de Dios, y por una admiración, casi fascinación por la mística musulmana, finalmente se encontró con su Dios en el secreto del confesionario, sin ruido, en un murmullo, un reconocimiento confesado de vivir solamente para este Dios aún por descubrir. Pero él ha sido seducido para siempre. Antes de su conversión, Carlos presintió que Dios no se comprueba, sino que se encuentra: y para encontrarlo hay que buscarlo, tener hambre de Él, necesidad de Él, como un pobre. Casi se puede decir que Carlos rezó antes de creer: pasaba largas horas repitiendo una extraña oración: “Dios mío, si existes haz que te conozca”. El Dios que él encuentra va tomar un rostro humano en este Jesús de Nazaret cuyo país él visita, allá en Galilea. Es el descubrimiento de un Dios pobre, desprovisto, humilde, siempre en ese lugar imposible de arrebatarle: el último. El Dios de las alturas hay que buscarlo en lo más bajo. El Absoluto de Dios encontrado en la horizontalidad de la encarnación de Jesús y traducido en el amor servicial a todos. El Hermano Carlos resucitó para todos la figura fraternal y tierna de Jesús en Palestina, acogiendo en su corazón, por cualquier camino, a los obreros y a los sabios, a los judíos y a los extranjeros, a los enfermos, a las mujeres y a los niños, tan simplemente que lo hizo comprensible y accesible para todos.
Nuestro mundo secularizado, creyéndose liberado de todas las utopías, busca afanosamente donde saciar su sed de paz, de felicidad, de bienestar, y se crea sustitutos – el dinero, el poder, el placer – que respondan a sus aspiraciones. Sin embargo, no se puede olvidar que el Hermano Carlos era un intelectual que utilizaba la experiencia especialmente geográfica y lingüística con enorme amplitud y agudeza, tanto antes como después de su conversión. A pesar de que en sus escritos espirituales no aparezca explícitamente esta dimensión, no olvidemos que la instrucción cultural, constituye para él una plataforma de evangelización para los tuaregs. No hay en él escisión entre el científico y el creyente, sino integración de ambas dimensiones a través de una larga marcha espiritual, en que los dones explícitamente místicos, no tendrán lugar o al menos no brillarán como independientes de una vida oscura y abyecta. En este sentido, su vida puede ser también un ejemplo para los hombres de hoy. Es posible mantener una atención mundana-científico-cultural en el interior mismo de la experiencia de una fe viva.
Nuestro mundo casi aterrorizado ve renacer nacionalismos, fundamentalismos e intolerancias que destruyen la unidad humana y siembran violencia y muerte a donde llegan. Necesita ese mundo personas que, como el Hermano Carlos, le hablen de “Fraternidad Universal”, se nieguen a utilizar y ni siquiera creer en otra fuerza, que la fuerza del amor, de la solidaridad, la amistad, el respeto, como única fuente de convivencia y claves de toda relación humana. Él nos enseña que junto con un apostolado necesario en que el apóstol debe revestirse del medio que debe evangelizar y casi desposarlo, hay otro apostolado que pide una simplificación de todo el ser, un rechazo de todo lo anteriormente adquirido, de nuestro yo social, una pobreza un poco vertiginosa, que torna totalmente ágil para salir al encuentro de cualquiera de nuestros hermanos sin que ningún “bagaje” innato o adquirido nos impida correr hacia él: todo de todos, derribando todas las fronteras. Viviendo en el seno de una población que no comparte a su fe, a él le gustaría comunicarles la suya. Él que estaba animado por el fuego del Evangelio, va a callarse, en este respeto infinito del otro y descubrir que él está llamado a gritar el Evangelio con toda su vida: esta es sin duda alguna la herencia más bella que él haya podido dejarnos. Él se contentará de hablar al Bienamado en la Eucaristía celebrada y contemplada a través del Evangelio meditado continuamente.
Nuestro mundo, construido para unos pocos y muchísimas veces sobre la explotación y destrucción de miles de personas, resultó dejando de lado a millares de seres humanos que ya no cuentan, ni siquiera como amenaza, a quienes se niega hasta el mismo derecho de existir. Hermano Carlos nos viene a recordar con toda la fuerza de su vida, las palabras de Jesús, juicio para toda vida humana: “No hay palabra del Evangelio que me haya hecho una impresión tan profunda y transformado tanto mi vida como esta: “Todo lo que hacen a uno de estos pequeños me lo hacen a Mí” (Mt 25,40). Si pensamos que estas palabras son de la Verdad increada, de la misma boca que dijo: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”… como no esforzarnos para ir a buscar y amar a Jesús en esos pequeños, en los pecadores, en los más pobres”. ¡Que hermosa síntesis cristológica y eucarística! “Los pobres y los pequeños son según Jesús los predilectos de Dios y los destinatarios de su evangelización. También san Pablo nos dice que en las comunidades primitivas había pocos ricos, pocos sabios, pocos poderosos y pocos nobles. El Vaticano II descubrió de nuevo y reafirmó este aspecto. Después del Concilio se ha hablado mucho de la opción preferencial por los pobres. La teología de la liberación se ha inspirado en este mensaje. La gran mayoría de la humanidad vive actualmente por debajo del umbral de la pobreza. Espero que su beatificación replantee la urgencia de hacer frente al desafío de la pobreza y nos muestre la respuesta evangélica, vivida por Carlos de Foucauld de modo ejemplar, que el mundo actual debe dar” (Cardinal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Revista 30 Días, enero-febrero 2005).
Para el Hermano Carlos la opción por los pobres es también compromiso vital con la justicia. Denuncia con vigor profético las injusticias del colonialismo: “Ay de ustedes hipócritas, que escriben en los sellos: libertad, igualdad, fraternidad, derechos del hombre, y luego clavan el hierro en el esclavo; que condenan a las galeras a quienes falsifican billetes de banco y permiten luego robar los niños a sus padres y venderlos públicamente; que castigan el robo de un pollo y permiten el robo de un ser humano. Hay que impedir que no se pierda ni uno de los que Dios nos ha confiado”. En otro texto más conocido: “Hay que amar la justicia y odiar la iniquidad. Cuando el gobierno temporal comete una grave injusticia en contra de quienes estamos encargados (soy el único sacerdote en un radio de 300 km.), es preciso decirlo, ya que representamos la justicia y la verdad, y no tenemos derecho de ser “centinelas dormidos”, “perros mudos” (Is 55,19), “pastores indiferentes” (Ez 34).
Nuestra Iglesia, que pasado el fervor de Concilio Vaticano II, no logra reencontrar el camino de una unidad respetuosa y acogedora de posiciones diferentes, necesita volver a Jesús como a su fuente, y presentar su Persona como criterio para discernir y evaluar cualquier propuesta y cualquier posición. El Hermano Carlos aparece como un testigo en su casi obsesión por la unidad entre todos los seres humanos y su insistencia continua en mostrar el amor hecho entrega y servicio como la única fuerza capaz de transformar el mundo y hacer que la comunidad de Jesús sea un signo en medio de él. .“No estoy aquí para convertir de golpe a los tuaregs, sino para intentar comprenderles… Estoy convencido de que Dios, en su bondad, acogerá en el cielo a los que han sido buenos y honrados, sin necesidad de ser católico romano o evangélico. Los tuaregs son musulmanes. Estoy persuadido que Dios nos recibirá a todos si nos lo merecemos”.
Jon Sobrino, teólogo jesuita salvadoreño sintetiza nuestras expectativas delante del futuro de la Iglesia de América Latina y de la V CELAM: “Ojalá en Aparecida alzamos vuelo, sin censuras y con magnanimidad; sin rencores y con esperanza; pero, es importante retomar el rumbo y orientarnos a un «nuevo Medellín». En Aparecida deberá nacer mucho de «nuevo», pero, también mucho de Medellín. No olvidemos jamás la opción por los pobres, por las comunidades de base, por la teología de la liberación que es la teología de los pobres. Nuestra Iglesia, más que nunca necesita de presbíteros, religiosos y religiosas que asuman la causa de los indígenas, de los afro-descendientes, de los campesinos, de los excluidos de las ciudades; necesita de laicos y laicas que trabajen por los derechos humanos; necesita de campesinos que estudien la Biblia y avancen en la teología; romerías populares y memoria de los mártires; innumerables vidas escondidas y magníficas; obispos dedicados a su pueblo y que se mantengan «en rebelde fidelidad»… Y una larga letanía de cosas buenas que hacen los pobres y quienes que con ellos se solidarizan”. Así se cumplirá la profecía de Mons. Oscar Romero, nuestro obispo mártir: “Nuestra Iglesia jamás abandonará solo el pueblo que sufre”.
A los presbíteros, principalmente a los diocesanos, la Fraternidad Sacerdotal nos ofrece un camino sencillo con un mínimo de estructuras (Directorio 59s), pero que se revela muy eficaz para la vida y ministerio presbiteral: la espiritualidad centrada en la Eucaristía celebrada y adorada, las reuniones periódicas – la gracia del encuentro, el día de desierto, la revisión de vida, el mes de Nazaret, la vivencia de la amistad: “somos tan pocos, necesitamos amarnos mucho”. No olvidemos que el Hermano Carlos como nadie vivió el ministerio presbiteral como servicio a los últimos, para llevar “el banquete a los más abandonados”, en el espíritu de nuestro Maestro y Señor que lavó los pies de sus discípulos. Jamás olvidemos que ministerio significa “minus-stare”, estar bajo a todos, en el último lugar, para servir a todos como Jesús.
El Hermano Carlos fue también precursor de la “caridad pastoral”, expresión feliz del Vaticano II para caracterizar la vida y el ministerio presbiteral. Consiste en ser sacramento, icono, transparencia de Jesús profeta, sacerdote y pastor del pueblo de Dios. Ya no hay peligro de que el presbítero se crea importante, si sienta categoría, pues su función es precisamente señalar y desaparecer, señala por su vida y cede el paso a la presencia viva de Jesús el Buen Pastor Resucitado. Una expresión preciosa del Hermano Carlos: “El sacerdote es una custodia. Su función es mostrar a Jesús. Él debe desaparecer para mostrar a Jesús. Esforzarme en dejar un buen recuerdo en el alma de todos os que vienen a mí. Hacerme todo para todos: reír con los que ríen, llorar con los que lloran, para conducirlos a todos a Jesús. Ponerme con condescendencia al alcance de todos, para atraerlos a todos a Jesús”. Cuando el Hermano Carlos fue asesinado aconteció algo inexplicable: la custodia con el Santísimo fue encontrada al lado de su cuerpo. El Bienamado Hermano y Señor su puso junto a su discípulo herido de muerte.
La seducción de Dios en el Hermano Carlos tomó forma de una herida de amor que se excedió en generosidad a través de un largo viaje interior y exterior que lo llevó hasta al final de él mismo. “Necesitamos cambiar mucho para quedarnos los mismos” (Mons. Helder Camara). ¡Que amplio desierto es el corazón humano! El último mensaje escrito por el Hermano Carlos el día 1 de diciembre de 1916 es una llamada al amor, convencido de que el Bienamado Hermano y Señor Jesús es el amor, el amante, el amado. “Nuestro anonadamiento es el medio más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas. Es lo que san Juan de la Cruz repite casi en cada línea. Cuando se puede sufrir y amar se puede mucho, se puede más de lo que puede en ese mundo; se siente que se sufre, no siempre se siente que se ama. Pero se sabe que se querría amar, y querer amar es amar. Si se considera que no se ama bastante, y es verdad, ¡nunca se amará suficientemente! Pero el Buen Dios que sabe de qué barro nos ha amasado, y que nos ama más de lo que una madre puede amar a su hijo, nos ha dicho, Él que no miente, que no rechazará a quien acuda a Él”. Segundo Galilea habló en un retiro: ”En nosotros hay más amor que podemos expresar. Pero las personas que nos rodean necesitan saber y percibir que nosotros las amamos”.
El Hermano Carlos de Foucauld nos deja una herencia que hay que hacer fructificar, desafíos que tomar. Él nos deja una obra inacabada. ¿Vamos nosotros a encerrarla en un museo religioso o arremangarnos los brazos para seguir en el surco trazado? Los grandes desafíos evangélicos siguen estando abiertos delante de nosotros:
Desafío de la mansedumbre y de la no-violencia evangélica en un mundo cada vez más injusto y violento.
Desafío de reafirmar la centralidad del amor fraterno que hay que vivir en el seno de una comunidad samaritana, acogedora y abierta para todos.
Desafío de una fraternidad vivida a escala planetaria, por encima de toda manifestación de odio étnico y de revancha, por encima de todo sentimiento de superioridad nacional o cultural. ¡Fraternidad universal indispensable para que “otro mundo sea posible!”
Desafío de evangelizar sin imponer, sin juzgar, sin condenar, ser testigo de Jesús respetando y valorando a otras experiencias religiosas.
Desafío de asumir y mantener en toda la Iglesia la opción por los pobres y establecer alianzas con los hombres y mujeres de buena voluntad que luchan por la justicia y por los derechos humanos.
Desafío, sobre todo, de “gritar el Evangelio con la vida”, como forma más comprometida y inculturala de evangelizar. Los hombres y mujeres de hoy necesitan más de testigos que de maestros, y solo aceptan los maestros cuando testigos. “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: ‘Puesto que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena’. Si me pregunta por qué soy tierno y bueno, debo decir: ‘Porque yo soy el servidor de Alguien mucho más bueno que yo. Si ustedes supieran qué bueno es mi Maestro Jesús”.
Que hayamos querido o no la beatificación del Hermano Carlos, estamos atrapados en la trampa de su propio mensaje y de su obra inacabada.
No se trata pues de poner nuestro beato en los altares, de llevar su medalla al cuello, de honorar sus reliquias, sino de ponernos a su escuela, es decir a la escuela de Jesús, su Bienamado Maestro Jesús. “Volvamos al Evangelio. Si no vivemos el Evangelio, Jesús no vive en nosotros”. “Es necesario tratar de impregnarnos siempre del espíritu de Jesús, leyendo y releyendo, meditando y remeditando sin cesar sus palabras y sus ejemplos: que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae y recae sobre una losa, siempre en mismo lugar”.
Si queremos caminar tras los pasos de Carlos, no hay otro camino que el que pasa por Jesús de Nazaret, Aquél que tomó el último lugar. “Yo no puedo concebir el amor sin una necesidad, una imperiosa necesidad de conformidad y sobre todo de compartir todas las penas, todas las dificultades, todas las durezas de la vida… ¡Ser rico, a mi gusto, vivir dulcemente de mis bienes, cuando Vos habéis sido pobre, viviendo penosamente de un rudo trabajo! Yo no puedo, Dios mío. Yo no puedo amar así… No conviene que el servidor sea mayor que el Maestro”. Por fin, una recomendación muy oportuna del Hermano Carlos que el “Osservatore Romano” publicó al lado de su foto en el día de la beatificación: “No hay que mirar a los santos sino a Aquel que hace a los santos. Admiramos a los santos para seguir Jesús”.
Los hermanos de Filipinas, en su relato a nuestra asamblea me hicieron acordar una recomendación que Mons. Luciano Méndez de Almeida (dos veces secretario general y presidente da la CNBB – Conferencia Nacional do Obispos de Brasil) hizo a nosotros: “Yo sé que ustedes de la Fraternidad tienen el carisma de la discreción. Pero les pido que sean menos discretos, pues muchos sacerdotes necesitan de la Fraternidad y en ella ingresarían si la conocieran. Tienen sed de espiritualidad. Nosotros sabemos que el éxito de la evangelización depende, en gran parte, de la espiritualidad y de la mística de quien evangeliza”. ¿Puede haber espiritualidad más radical y más comprometida con Jesús, con el Evangelio y con los pobres que la del Hno. Carlos?
Nazaret. Convento de las Clarisas. Capilla del Santísimo Sacramento. En la madrugada del día 8 de noviembre de 1897 encontramos arrodillado a los pies del Santísimo a Carlos de Foucauld, se levantó cuando le despertó su ángel, como lleva haciendo desde que le acogieron como recadero en el convento.
Es éste el cuarto día de un retiro de diez en le hará adorar mejor a Dios, cumplir mejor su voluntad, y consolar el corazón de Jesús.
Había pensado no escribir más pero la sequedad en la que se encuentra al hacer oración y la recomendación del padre Huvelin, le ha hecho retomar los cuadernos donde apunta sus reflexiones, oraciones y meditaciones, con muy pocas tachaduras, escritura firme, amplia, de un solo trazo.
“YO, MI VIDA PASADA. MISERICORDIA DE DIOS
Mi señor Jesús: dadme ideas, dadme palabras. Si en las meditaciones precedentes me sentía impotente, ¡cuánto más en ésta! No es la materia lo que falta…Al contrario ¡ella me aplasta!¡Cuántas misericordias, Dios mío!(…)¡Ay, Dios mío! Todos tenemos que cantar tus misericordias, nosotros, creados para la gloria eterna y rescatados por la sangre de Jesús, por vuestra sangre, mi señor Jesús, que estáis a mi lado en este Tabernáculo; pero si todos debemos hacerlo, ¡cuánto más yo! Yo que he estado desde mi infancia rodeado de tantas gracias(…)”
Encontramos en ésta larga meditación su autobiografía espiritual, hasta la llegada a Nazaret. En la que él mismo se compara con el hijo pródigo, parábola paradigmática de la misericordia de Dios.
Él, que en el transcurso de su adolescencia perdió la fe, y vivió de manera muy liberal, se encontró a los 27 años recorriendo el camino de vuelta a casa de las maneras más insospechadas:
“¿Por qué medios, Dios de bondad, me habéis hecho conoceros?¿de cuantos rodeos os habéis servido?(…) Esta oración: Dios mío, si existís, haced que os conozca. Todo esto era vuestra obra, Dios mío, vuestra obra solamente…Una hermosa alma os secundaba, pero por medio de su silencio, dulzura, bondad y perfección; ella se dejaba ver, era buena y esparcía su perfume atrayente, pero no obraba.(…) me dirigí para recibir clases de religión al padre Huvelin, yo pedí lecciones, él me hizo arrodillarme, confesarme y me envió a comulgar acto seguido…”
En este momento dice que desde el momento que conoció a Dios no pudo hacer otra cosa que vivir para él, pues es un hombre que en palabras del padre Huvelin: “Hace de la religión un amor.”
Segundo Fotograma:
Beni-Abbés. Sudoeste de Argelia. Capilla de la fraternidad del Sagrado Corazón. 21 de junio de 1903.
El hermano Carlos se ha ordenado Sacerdote y ha decidido llevar el banquete eucarístico a “los más abandonados”. El mismo dirá que lleva una “vida de monje silencioso y escondido, mi vida de Nazaret” en medio de aquellos que le conocen como “el marabout”. Donde entre múltiples obras de caridad, atiende a los militares y rescata también esclavos. Quiere acostumbrar a todos los habitantes cristianos, musulmanes y judíos e idólatras a mirarle como su hermano –el hermano universal.
Allí se ha reencontrado con su amigo Henri Laperrine, que ahora es Comandante superior de los oasis saharianos. Éste le ha descubierto una anécdota que conmueve al marabout y que copia en su diario:
“Después de la matanza de la misión Flatters, una mujer tuareg tuvo una hermosa actitud, oponiéndose a que se rematara a los heridos, los recogió y cuidó en su casa y después de su curación los hizo evacuar a Trípoli. Ésta alma, ¿acaso no está preparada para el Evangelio?”
Resuena aquí aquella pregunta del Evangelio: ”¿y quién es mi prójimo?; el que practicó la misericordia”. Este acto definirá los últimos años de su vida, y partirá, por puro amor, a conocer y entablar amistad con los Tuaregs.
Tercer Fotograma:
Tamanrasset. El Hoggar. 2 de enero de 1908. En su refugio de 8 metros tiene su capilla, su mesa de trabajo, su biblioteca, sus papeles, está clavado en su lecho, no puede moverse sin sentir asfixia, apunta en su diario:
“Estoy enfermo. Obligado a interrumpir mí trabajo. Jesús, María, José, os entrego mi alma, mi espíritu, mi vida.”
Esta atacado de escorbuto, pero no lo sabe. Había repartido todos sus víveres pues:
“El año es duro en el país, hace diecisiete meses que no llueve, es la hambruna total, para un país que vive sobretodo de la leche. Las cabras están secas como la tierra.”
Sus vecinos tuaregs le salvan, ¿hay mayor vivencia de la misericordia? Éste gesto le conmueve. El 24 de enero escribe:
“Se han buscado para mí todas las cabras con un poco de leche, en esta terrible sequía, a cuatro kilómetros a la redonda.”
Aquí encontramos su segunda conversión, que provocará una ruptura con los métodos misioneros de esa época proponiendo el apostolado de la amistad.
Cuarto Fotograma:
1 de agosto de 1916. Tamanrasset. Justo cuatro meses antes de su muerte, escribe una carta a Louis Massignon; en la que muestra cómo y por qué debemos practicar la misericordia:
“Piensa mucho en los demás y ora mucho por ellos. Dedícate a la salvación del prójimo con los medios que están en tu mano: la oración, la bondad, el ejemplo(…)Cuando se da una limosna a un pobre, cuando se hace el bien al alma de un pecador es a Jesús a quien s hace.(…) Pienso que no hay una frase del Evangelio que me haya producido una impresión más profunda y haya transformado mi vida más que ésta: << Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis>>. Basta pensar que estas palabras fueron pronunciadas por la verdad increada para sentirse empujados a buscar y amar a Jesús en <<estos pequeños>>”
El Papa autoriza los decretos de nuevos beatos, entre ellos Juan Pablo I
El Santo Padre ha autorizado a la Congregación para las Causas de los Santos, promulgar el decreto sobre la curación milagrosa atribuida a la intercesión de Juan Pablo I, junto a la de la colombiana María Berenice Duque Hencker, dos mártires y otros Siervos de Dios.
Ciudad del Vaticano
El Papa Francisco ha recibido esta mañana en audiencia al Cardenal Marcello Semeraro, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y ha autorizado a la Congregación a promulgar los Decretos relativos al milagro atribuido a la intercesión del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo I (Albino Luciani), Sumo Pontífice; nacido el 17 de octubre de 1912 en Forno di Canale, (hoy Canale d’Agordo, Italia) y fallecido el 28 de septiembre de 1978 en el Palacio Apostólico (Estado de la Ciudad del Vaticano). Asimismo, ha autorizado el decreto del milagro atribuido a la intercesión de la Venerable Sierva de Dios María Berenice Duque Hencker (nacida Ana Julia), Fundadora de la Congregación de las Hermanitas de la Anunciación; nacida el 14 de agosto de 1898 en Salamina (Colombia) y fallecida el 25 de julio de 1993 en Medellín (Colombia).
Dos nuevos mártires
En el mismo decreto, el Papa ha autorizado reconocer el martirio de los Siervos de Dios Pedro Ortiz de Zárate, sacerdote diocesano, y Juan Antonio Solinas, sacerdote profeso de la Compañía de Jesús, asesinados por odio a la fe el 27 de octubre de 1683 en el Valle del Zenta (Argentina).
Virtudes heroicas de los Siervos de Dios
Además, el Santo Padre ha reconocido las virtudes heroicas del Siervo de Dios Diego Hernández González, sacerdote diocesano; nacido el 3 de enero de 1915 en Javalí Nuevo (España) y fallecido el 26 de enero de 1976 en Alicante (España); del Siervo de Dios Giuseppe Spoletini (en el siglo: Rocco Giocondo Pasquale), sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores; nacido el 16 de agosto de 1870 en Civitella (hoy Bellegra, Italia) y fallecido el 25 de marzo de 1951 en Roma (Italia); de la Sierva de Dios Magdeleine de Jésus (en el siglo: Élisabeth Marie Magdeleine Hutin), Fundadora de la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús; nacida el 26 de abril de 1898 en París (Francia) y fallecida el 6 de noviembre de 1989 en Roma (Italia); de la Sierva de Dios Elisabetta Martinez, Fundadora de la Congregación de las Hijas de Santa María de Leuca; nacida el 25 de marzo de 1905 en Galatina (Italia) y fallecida el 8 de febrero de 1991 en Roma (Italia).
Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858-Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916), en francés Charles de Foucauld, fue en su madurez un místico contemplativo, referente contemporáneo de la llamada «espiritualidad del desierto». Su personalidad polifacética se manifestó en su carácter de militar en Argelia y de explorador y geógrafo en Marruecos, y más tarde en su búsqueda espiritual, en su itinerario trapense por Francia y el Imperio otomano y en su sacerdocio en el Sahara argelino, donde transcurrieron los últimos quince años de su vida. Descendiente de una familia aristocrática que portaba el título de «vizconde de Foucauld», Carlos quedó huérfano de padre y madre a los seis años y debió migrar con su abuelo al desatarse la guerra franco-prusiana. En 1876 ingresó en la Academia de Oficiales de Saint-Cyr donde llevó una vida militar disipada. Enviado como oficial en 1880 a Sétif, Argelia, fue despedido al año siguiente por «indisciplina, acompañada de notoria mala conducta», aunque más tarde fue reincorporado para participar en la guerra contra el jeque Bouamama. En 1882 se embarcó en la exploración de Marruecos haciéndose pasar por judío. La calidad de su trabajo de reconocimiento y registro de los territorios marroquíes le valió la medalla de oro de la Sociedad de Geografía de París y la adquisición de gran fama tras la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc (1883-1884). En 1886 se volvió una persona espiritualmente muy inquieta que reiteraba la oración: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca», mientras entraba y salía de la iglesia repetidamente. Su encuentro y confesión con el sacerdote Henri Huvelin el 30 de octubre de 1886 produjo un cambio decisivo en su vida. Para cuando la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc (1883-1884) lo catapultaba a la fama como «descubridor de mundos», a Foucauld ya no le interesaba nada de eso. En noviembre de 1888 peregrinó a Tierra Santa tras las huellas de Jesús de Nazaret, lo que causó un fuerte impacto en él. Entró en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en 1890 y pasó varios años en la Trapa de Cheikhlé en el Imperio otomano, donde puso por escrito muchas de las meditaciones que serían el corazón de su espiritualidad, incluyendo la reflexión que daría origen a la célebre Oración de abandono. Entre 1897 y 1900 vivió en Tierra Santa, donde su búsqueda de un ideal de pobreza, de sacrificio y de penitencia radical lo condujo cada vez más a llevar una vida eremítica. Ordenado sacerdote en Viviers el 9 de junio de 1901, decidió radicarse en Béni Abbès, en el Sahara argelino, donde combatió lo que él denominó la «monstruosidad de la esclavitud». Quiso establecer una nueva congregación, pero nadie se le unió. Vivió con los bereberes y desarrolló un estilo de ministerio basado en el ejemplo y no en el discurso. Para conocer mejor a los tuaregs, estudió su cultura durante más de doce años y publicó bajo un seudónimo el primer diccionario tuareg-francés. La obra científica de Foucauld como lexicógrafo es referencial para el conocimiento de la cultura tuareg. El 1 de diciembre de 1916, Carlos de Foucauld fue asesinado por una banda de forajidos en la puerta de su ermita en el Sahara argelino. Pronto se estableció una verdadera devoción en torno a su figura: nuevas congregaciones religiosas, familias espirituales y una renovación del eremitismo y de la «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX se inspiraron en sus escritos y en su vida. El 13 de noviembre de 2005 fue proclamado beato durante el papado de Benedicto XVI. Las contribuciones de Foucauld alcanzan campos tan variados como la geografía y la geología, la geopolítica, la lexicografía, y el diálogo interreligioso, en tanto que su conversión, su búsqueda espiritual y su mística del desierto fueron su mayor legado al cristianismo contemporáneo.
Argel (Agencia Fides) – “Charles de Foucauld sigue siendo una figura ejemplar para nuestro mundo y un testigo del Evangelio. Su vida estuvo marcada por la oración, la adoración, el sentido profundo de la Eucaristía, pero también por la presencia de Jesús en los más pobres. Superó las barreras de la afiliación religiosa, se hizo hombre para todo el mundo”. Son las palabras que escriben los Obispos de Argelia en una carta que recuerda el centenario de la muerte de Charles de Foucauld (1858-1916), que se celebrará el 1 de diciembre de 2016, y motivo por el cual se le dedicará un año entero, conjuntamente con el Jubileo de la Misericordia. Las celebraciones iniciaron el 4 de diciembre de 2015, en El Meniaa, donde descansa su cuerpo desde 1929, y culminarán el 1 de diciembre de 2016. Durante este tiempo, “todos estamos invitados, en cada diócesis, a celebrar su memoria y a aprender más acerca de su vida y de su testimonio”. Una exposición permanente se mantendrá abierta durante todo el año en la iglesia de El Meniaa cerca del cementerio donde está enterrado, y otra exposición itinerante pasará por diferentes localidades. En la carta, los obispos recorren la vida de Charles de Foucauld, los frutos de su trabajo, hasta llegar a su beatificación, en 2005, así como mencionan “su deseo de ser el “hermano universal”, siguiendo el ejemplo de Jesús, abierto a la acogida de todos, de cualquier sector social, religión o etnia”. Los obispos terminan con esta pregunta: “¿Lo seguiremos en su arduo camino de imitación de Jesús, como uno de los testimonios por excelencia de la misericordia de Dios más allá de todas las fronteras?”. Charles de Foucauld (Hermano Carlos de Jesús) nace en Francia, en Estrasburgo, el 15 de septiembre 1858. Huérfano a los 6 años, creció con su hermana Maria, bajo los cuidados de su abuelo, orientándose hacia la carrera militar. Durante la adolescencia, perdió la fe. Durante una peligrosa exploración a Marruecos, el testimonio de fe de los Musulmanes despierta en él la pregunta sobre la existencia de Dios. Al regresar a Francia, comienza una búsqueda encontrando la fe a los 28 años. En una peregrinación a Tierra Santa descubre su vocación: seguir e imitar a Jesús en su vida de Nazaret. Vive durante 7 años en la Trapa, primero en N.S. de las Nieves, después Akbes, en Syria. Y después de esto vive solo en la oración y adoración, con gran pobreza, cerca de las Clarisas de Nazareth. Ordenado sacerdote a los 43 años (1901) parte al desierto del Sahara,en Argelia, viviendo una vida de oración con el incesante deseo de ser, para cada persona “el hermano universal”, imagen viva del Amor de Jesús. En el atardecer del 1 de Diciembre de 1916, fue asesinado por una banda de bandidos. (SL) (Agencia Fides 12/03/2016)
Martina pertenece a las Hermanitas de Jesús presentes en Málaga, y comparte su vivencia ante la noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld.
Me llamo Martina, soy hermanita de Jesús, una congregación Inspirada en la vida del Hermano Carlos de Foucauld, fundada por la Hermanita Magdeleine en 1939 en Argelia, apoyándose en un grupo de nómadas musulmanes pobres. Con ellos experimentó una confianza recíproca entre personas de pueblos y religiones diferentes, una forma de vida contemplativa sencilla marcada por la precariedad y la amistad. Luego el Espíritu Santo la condujo a fundar pequeñas fraternidades por todo el mundo, en lugares de división o exclusión. En Málaga la fraternidad empezó en los años 50 en las chabolas de la playa san Andrés, y luego las hermanitas se fueron con los vecinos hasta la Palmilla, como una familia más. Hoy somos cuatro hermanitas en un piso de la Palmilla, y Elisa en una residencia de personas mayores donde sigue muy comprometida.
¿Cómo definiría a Carlos de Foucauld?
Es una personalidad sumamente rica. Fue una oveja perdida que experimentó todo el cariño y la alegría del Padre que vino a buscarlo. Luego nunca desesperó de nadie, nunca excluyó ni al más perdido. Fue el hermano de los más abandonados, el «hermano universal». Fue un aventurero de Dios, apasionado por Jesús de Nazaret pobre. Imitándole, y dejándose guiar siempre más allá por el Espíritu, el Evangelio y la realidad, volvió a ser un profeta que abrió otras maneras de vivir misión, evangelización, contemplación, y hasta la relación al «Corpus Christi».
¿Cuál es tarea que lleva a cabo en Málaga su congregación?
El compartir concreto de una condición social sencilla nos sitúa como simples vecinas, sin poder, pero atentas a lo que está pasando a cada uno de los que vienen a nuestra casa, o que encontramos en su casa, en la calle, o en la cárcel. Compartimos nuestro cariño, acompañándolos a los servicios sociales, a unas citas, contactando asociaciones… Nuestra mirada quiere creer en el otro, en sus capacidades y en su valor, pues la oración nos va aprendiendo a ver más allá de lo visible… ¡Cuántos tesoros de fe o de humanidad aquí o en la cárcel! El que adoramos diariamente en el Santísimo está aquí y actúa entre los más pequeños…
¿Qué aporta la espiritualidad de Carlos de Foucauld, su legado, a la realidad concreta de Málaga?
El hermano Carlos nos ofrece a todos un camino para abrirnos a la llamada de Dios hoy: volver al Evangelio, conformando nuestros sentimientos y actitudes a los sentimientos y actitudes de Jesús. Así nos convertimos en «Evangelios vivos», gritando el Evangelio con nuestra vida, siendo hermanos y hermanas de los extranjeros, de los marginados y de los más afectados por la crisis. Sabríamos recibir de ellos y dialogar, percibiendo los momentos propicios para un compartir recíproco sobre la fe. Ya no habría ninguna separación entre el amor a Jesús y el amor a sus hermanos y hermanas, que son su mismo Cuerpo. Tras el largo ayuno eucarístico y comunitario que vivimos durante el confinamiento, eso podría renovar y ampliar nuestra relación con el Santísimo en su dimensión de unidad con la Iglesia y el mundo.
¿Cómo recibe la noticia del avance de su proceso de canonización?
En los albores del siglo XX, Carlos de Foucauld tuvo esta intuición de que los laicos podían tener un papel imprescindible en la evangelización de los ambientes más inaccesibles… Con su canonización se va a proclamar que sus intuiciones son una luz para todo el mundo. ¡Cuánta sal tendrá la vida ordinaria! Así que, ¡nos alegramos!