* «Beato Charles de Foucauld, misionero del Sahara, Hombre activo con los enfermos y necesitados, a la vez que contemplativo de Jesús en la custodia. «Cuanto más se ama, más se ora». Entregaste tu vida en manos de un jovencito que disparó su arma y dejó tu cuerpo tendido en el suelo. Tu sangre hoy es semilla de nuevos cristianos y de innumerables conversiones a la fe del que dio su vida para que nosotros tengamos la Vida verdadera, sin odios ni rencores sino en la caridad y misericordia con el hermano que uno sabe en su corazón equivocado. Beato Charles de Foucauld, enséñanos a tener un corazón escandalosamente misericordioso y ardiente de amor como lo tuviste tú en este mundo terreno»
Carlos García Malo / Camino Católico.-“La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse”, decía el Beato Carlos de Foucauld, quien pasó de ser un aristócrata francés y militar mujeriego a un claro modelo de santidad y de quien hoy la Iglesia celebra su fiesta.
Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo, Francia, en una familia aristocrática en 1858. A los seis años quedó huérfano y junto con su hermana fueron criados por su abuelo. Más adelante estudió con los jesuitas en Nancy y París. Ingresó al servicio militar, pero años después fue dado de baja por mala conducta y se marchó con su amante. Por aquel tiempo se produjo una revuelta y Carlos volvió al ejército. Cuando todo acabó, renunció a su puesto para estudiar árabe y hebreo.
Carlos de Foucauld, de unos 5 años de edad, junto a su madre y su hermana menor (ca. 1863). Fotografía expuesta en la iglesia de San Agustín (París).
En 1883, haciéndose pasar por judío, realizó una expedición por el desierto de Marruecos, hizo mapas de los oasis y recibió la medalla de oro de la Sociedad Francesa de Geografía. Asimismo exploró Argelia y parte de Túnez.
En 1886 tuvo una experiencia profunda de conversión. Le impactó la vida entre los seguidores del Islam y el ver que aquellas personas se tomaban muy en serio su religión. En cambio, él había tenido una historia de derroche de dinero y en aventuras.
Con la ayuda de un sacerdote y después de una sincera confesión, optó por una vida más austera, durmiendo en el piso y orando por horas. Peregrinó hasta Tierra Santa y pasó por muchos retiros espirituales. Con el tiempo ingresó al monasterio Notre Dames-des-Neiges de los monjes trapenses y tomó el nombre de Marie-Alberic. Fue enviado al Monasterio de Akbes en Siria y luego a estudiar a Roma. Sin embargo, optó por retirarse de los trapenses ya que los pueblos africanos alejados de la fe estaban constantemente en sus pensamientos.
Volvió de peregrino a Tierra Santa y retornó a Francia. Tras estudiar un tiempo para el sacerdocio, fue ordenado en 1901.
Ya como sacerdote se fue a vivir cerca de Marruecos con la intención de anunciar el Evangelio. Comenzó a comprar esclavos para liberarlos y evangelizaba en la tribu nómada de los Tauregs. Escribió varios libros sobre ellos y tradujo los Evangelios a su lengua. Logró establecerse en el corazón del desierto del Sahara en Tamanrasset (Hoggar, Argelia).
En 1909 fundó la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón con la misión de evangelizar las colonias francesas de África. Los bereberes, personas pertenecientes a etnias al norte de África, decían que su bondad producía sentimientos amistosos hacia los franceses.
Sin embargo, el 1 de diciembre de 1916, el Beato Carlos de Foucauld murió en la puerta de su ermita por un disparo de fusil debido a una revuelta antifrancesa de los bereberes de Hoggar.
“Creo necesario morir como mártir, despojado de todo, tendido en el suelo, desnudo, cubierto de heridas y de sangre, de forma violenta y con una muerte dolorosa”, expresó en una ocasión, como presintiendo su muerte.
Diez congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual han surgido de su testimonio y carisma. Fue beatificado por Papa Benedicto XVI en 2005 y su fiesta litúrgica se celebra cada 1 de diciembre.
Pidamos por intercesión del Beato Charles de Foucauld la gracia de tener un corazón misericordioso:
Beato Charles de Foucauld,
misionero del Sahara,
apóstol de los tusregs.
Fuiste vizconde de Foucauld en Francia…
alejado de Dios en tu juventud te dejaste llevar por el mundo.
Última fotografía en vida de Carlos de Foucauld (ca. 1914-1915).
Fue el ardor de una oración musulmana la que te llevó de nuevo a la fe;
y después de muchas búsquedas
te entregaste a la Trinidad dentro de la Iglesia católica.
«Dios, si existes, házmelo saber».
Tu deseo era llevar con tu testimonio la fe a África.
Hombre activo con los enfermos y necesitados,
a la vez que contemplativo de Jesús en la custodia.
«Cuanto más se ama, más se ora».
Místico de nuestros tiempos,
cuántos hombres y mujeres han abrazado tu espiritualidad
y te han seguido por el camino de la entrega y del amor.
Entregaste tu vida en manos de un jovencito
que disparó su arma y dejó tu cuerpo tendido en el suelo.
Tu sangre hoy es semilla de nuevos cristianos
y de innumerables conversiones a la fe
del que dio su vida para que nosotros tengamos la Vida verdadera,
sin odios ni rencores sino en la caridad
y misericordia con el hermano que uno sabe en su corazón equivocado.
Beato Charles de Foucauld,
enséñanos a tener un corazón escandalosamente misericordioso
y ardiente de amor como lo tuviste tú en este mundo terreno. Amén.
Desde hace dos años Europa vive enzarzada en la primera gran guerra de este siglo XX1. Sus ecos habían llegado al corazón de África. Los lugares defendidos por los franceses están en peligro y todo occidental amenazado 2. Los radicales musulmanes siembran el pánico a lo largo de toda la frontera de Argelia. Desde Tripolitania, los senusi organizan la guerra santa. Mientras tanto, termina el día en Tamanrasset, el 1 de diciembre de 1916, y Carlos de Foucauld, protegido en su fortín, después de haber escrito al viejo amigo general Laperrine y a su hermana María de Blic, ahora, sentado ante una caja que le servía de mesa, a la luz anémica de una vela, terminaba de escribir a su prima María de Bondy palabras que definen toda una vida:
1 El 3 de agosto de 1914 Alemania había declarado la guerra a Francia, invadido Bélgica y atacado Lieja. La noticia llega a Tamanrasset el 3 de sep- tiembre de ese mismo año.
2 Los Senusi, de la tribu de Ajjer, serán los que den muerte a Carlos. Habían sido fundados por Mohammed Ibn Ali es-Senoussi, en el siglo XIX. Tenían como misión librar al oriente árabe de la influencia extranjera y exter- minar a los cristianos. Y constituirán un peligro para las posiciones francesas. Están apoyados por Turquía y Alemania. Cf. SERGIO C. LORIT, Carlos de Fou- cauld. La llamada del desierto, Madrid, Ciudad Nueva, 1986, p. 142, nota 3; JAVIER M. SUESCUN, Carlos de Foucauld en el Sahara, entre los tuareg, Bilbao, DDB, 1994, p. 68.
«...nuestro anonadamiento es el medio más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas. Es lo que San Juan de la Cruz repite casi a cada línea. Cuando se puede sufrir y amar se puede mucho, se puede lo más que es posible en este mundo» 3. Caía la noche fría cuando oyó llamar a la puerta del fortín. Atravesó el patio y, asomado al corredor oscuro, gritó: —«¿Quién es?» —«El correo», respondió desde fuera la voz bien conocida de El Madani, un haratino al que Carlos había dado de comer muchas veces. Carlos enfiló corredor adelante, para abrir la puerta… Al hacerlo, fiado de que le traía el correo, se lanzaron sobre él. Todo sucedió en media hora… De rodillas, atado con los codos detrás de la espalda, era custodiado por un joven tuareg, Sermi Ag Tohra, de quince años. Alguien gritó: «vienen los árabes» (los mi- litares del fuerte Motylisnki), se creó un momento de confusión, y sonó una descarga. «El tuareg que estaba al lado del morabito le puso el cañón de su fusil junto a la cabeza e hizo fuego. El morabito ni se movió, ni gritó. Yo no le creía herido. Sólo minutos después vi correr la sangre, y que todo el cuerpo del morabito, inclinándose lentamente, caía hacia un lado. Estaba muerto» 4. Años atrás, estando en Nazaret, en las clarisas, a los pocos meses de haber llegado allí para vivir la vida escondida y silenciosa, escribía proféticamente, un 6 de junio de 1897, palabras de un dramatismo lamentablemente certero: «Piensa que debes morir mártir, des- pojado de todo, extendido en tierra, desnudo, desfigurado, cubiertode sangre y de heridas, violenta y dolorosamente muerto…, y desea que eso sea hoy» 5.
3Ib., p. 120; ANTOINE CHATELARD, Carlos de Foucauld. El camino de Ta- manrasset, Madrid, San Pablo, 2003, p. 271; también puede verse la cita de esta carta en J. F. SIX, Carlos de Foucauld. Itinerario Espiritual, Barcelona, Herder, 1988 (4.ª ed.), p. 304, y la fuente en la que se apoya: G. GORRÉE, Sur les traces du père de Foucauld, París, La Colombe, 1953, p. 291.
4 Testimonio de primera mano de un testigo de excepción, Paul Embarek, que durante mucho tiempo fue su compañero y ayudante, pero al que tuvo que despedir en alguna ocasión por su comportamiento no ejemplar. Cuando Paul desaparecía, o cuando lo despidió en 1906, Carlos no podía decir la Eucaristía, y esto era un sufrimiento especial para el enamorado de Cristo Eucaristía. Había vuelto a contar con los servicios de Paul en 1914. Lo van a buscar los senusi al poblado y lo traen al fortín, lo sientan cerca del «morabito» y observa todo lo que pasa. El testimonio completo, detallado, son dos páginas y está recogido en BAZIN, o.c., pp. 388-389.
La muerte del Carlos de Foucauld es el final lógico de una vida entregada, abandonada en manos de Dios, expuesta hasta el extre mo. Es la muerte que le asemeja de forma definitiva a su Maestro, al que siempre quiso parecerse en todo. Se cumple otra vez la his toria de los que aman hasta dar la vida, porque nunca se protegieron tanto que estuvieran a salvo. Al fin sólo queda la confianza, el abandono en manos del Padre 6: «Padre mío, me pongo en tus manos; Padre mío me abandono a ti, me confío a ti; Padre, Padre mío, haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, te doy las gracias; te agradezco todo, estoy dispuesto a todo; lo acepto todo; te agradezco todo; con tal que tu voluntad se cumpla en mí, Dios mío; con tal que tu voluntad se cumpla en todas tus criaturas, en todos tus hijos, en todos aquellos que tu corazón ama, no deseo nada más, Dios mío; en tus manos entrego mi alma; te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, me entrego en tus manos con infinita confianza, pues tú eres mi Padre» 7.
5 CARLOSDE FOUCAULD, Escritos Espirituales, Madrid, Studium, 1964 (2.ª ed.), p. 127. El texto continúa: «Para que yo te haga esta gracia infinita, sé fiel en las vigilias y llevando la Cruz. Considera que esta muerte es a la que debe conducir toda tu vida: ve por esto la poca importancia que tienen tantas cosas. Piensa a menudo en esta clase de muerte para prepararte y para juzgar las cosas en su verdadero valor». Ib., pp. 127-128.
6 Nos sobrecoge el testimonio reciente de la muerte del Hermano Roger de Taizé, asesinado el 16 de agosto pasado por una mujer perturbada. Al día si- guiente, en Colonia, delante de muchos jóvenes, el arzobispo de Pamplona, monseñor Fernando Sebastián comparaba la muerte del Hermano Roger con la de Carlos de Foucauld. Dos hombres que se entregaron por un sueño de paz y reconciliación y que mueren violentamente, sin hacer ruido. Cuando se lleva- ban al Hermano Roger, el hermano que dirigía los cantos entonó: «Bonum est confidere: Es bueno confiar en el Señor». Queda el abandono y la confianza, en toda ocasión. Ese es el mensaje de los dos hermanos universales Carlos de Foucauld y Roger de Taizé.
2. ITINERARIO VITAL DE UN AVENTURERO
Resaltaremos algunos hitos fundamentales en el recorrido de su agitada vida; giros fundamentales, desconcertantes incluso para los más allegados, como su director y amigo el abate Huvelin, o su familia, especialmente su prima María de Bondy y su hermana, María de Blic. Son estos giros, esta «inconstancia» (vista desde fuera), la que requiere un análisis por nuestra parte que llegue a comprender la raíz y la posible lógica de tal movilidad.
Señalaremos los principales lugares en los que recorre un cami no interior, que es el que nos interesa desentrañar… La obra que despierta el interés por Carlos de Foucauld sale a la luz pocos años después de su muerte, en 1921. Tiene el mérito de haber dado a conocer al mundo a un hombre escondido en las entrañas más recónditas de África. Se trata de la vida que escribe Bazin, escrita en un estilo hagiográfico y ampuloso, canonizando y moralizando, omitiendo datos escabrosos y adelantando, al contar los excesos, la santidad posterior, como pasando demasiado rápido y con vergüenza sobre las etapas menos edificantes; resulta ingenua en algunos momentos, pero aporta datos de primera mano, está escrita con mucha admiración, y logró su propósito de dar a conocer y lanzar la figura de Carlos al mundo entero. A partir de la obra de Bazin, las biografías y los escritos acerca de su espiritualidad se multiplicarán de año en año 8.
7 Es la más famosa oración de Carlos de Foucauld que rezan (algo recor- tada) todas las noches los Hermanitos de Jesús antes de acostarse. La escribe Carlos a propósito del versículo de Lucas 23,46: «Padre mío, a tus manos en- comiendo mi espíritu». CARLOSDE FOUCAULD, Escritos Espirituales, p. 32.
8 Perteneciente a la Academia Francesa, RENÉ BAZIN contaba con la con- fianza del hermano Carlos. Éste había escrito a Massignon el 11 de abril de 1916: «El señor René Bazin, sus pensamientos, están en gran armonía con los míos». La biografía sale en 1921, cinco años después de la muerte de Foucauld. Los Escritos Espirituales, publicados también por BAZIN, aunque muy escasos,
La vida y la evolución espiritual de Carlos de Foucauld no pueden ser fácilmente descritas de forma lineal, al modo biográfico cronológico, como tradicionalmente se podía entender. Su vida está constituyen una riqueza grande. A partir de la biografía de BAZIN, como hemos dicho, no es fácil abarcar la bibliografía acerca de Carlos de Foucauld. Resal- tamos la exhaustiva bibliografía de J. F. Six, muy completa hasta la fecha de su publicación, en 1958. 25 páginas muy pedagógicamente organizadas: en Carlos de Foucauld. Itinerario Espiritual, Barcelona, Herder, 1988 (4.ª ed.) (primera edición francesa de 1958), pp. 337-361.
En adelante se puede consultar la bibliografía de una buena obra reciente, escrita por un conocedor de la figura de Carlos y hermanito de Jesús (vive en Tamanrasset desde 1945), que, además de los principales escritos en fran- cés, aporta las biografías y escritos publicados en castellano: ANTOINE CHATE– LARD, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset, Madrid, San Pablo, 2003, pp. 333-338.
A continuación me permito presentar unida la bibliografía que hace de base al presente artículo en lo referente a la biografía y escritos de Carlos de Fou- cauld, y que aparecerán citados, en su mayoría:
BIOGRAFÍA Y ESPIRITUALIDAD
RENATO BAZIN, Carlos de Foucauld, Madrid, Editorial Voluntad, 1926 (del original francés: Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Saha- ra, Paris, Plon, 1921); RENÉ VOILLAUME, En el corazón de las masas, Madrid, Studium, 1968 (6.ª ed.) (primera edición francesa: París, Cerf, 1950); MIGUEL CARROUGES, Carlos de Foucauld. Explorador místico, Madrid-Buenos Aires, Studium, 1957; JEAN FRANÇOIS SIX, Carlos de Foucauld. Itinerario Espiritual, Barcelona, Herder 1988 (4.ª ed.) (edición original francesa, París, Seuil, 1958); JEAN FRANÇOIS SIX, «Foucauld (Charles de), 1858-1916», en Dictionaire de Spiritualité, 5 (París, 1964) 729-741; SERGIO C. LORIT, Carlos de Foucauld. La llamada del desierto, Madrid, Ciudad Nueva, 1986 (obra original italiana de 1964); ROGER QUESNEL, Carlos de Foucauld. Las etapas de una búsqueda, Bilbao, Mensajero, 1967; LUIGI BORRIELLO, Sulle orme di Gesù di Nazaret. Evoluzione Interiore e Doctrina Spirituale di Carlo de Foucauld, Napoli, Edi- zione Dehoniane, 1980; LUIGI BORRIELLO, El mensaje espiritual de Carlos de Foucauld, Santander, Sal Terrae, 1981; JAVIER M. SUESCUN, Carlos de Foucauld en el Sahara, entre los tuareg, Bilbao, Desclee de Brouwer, 1994; JOSÉ LUIS VÁZQUEZ BORAU, Carlos de Foucauld y la espiritualidad de Nazaret, Madrid, BAC, 2001; ANTOINE CHATELARD, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanras- set, Madrid, San Pablo, 2003.
ESCRITOS
HERMANO CARLOSDE JESÚS, Directorio, Barcelona, Herder, 1963 (versión original francesa de 1961, París, Seuil); CARLOSDE FOUCAULD, Escritos Espiri- tuales, Madrid, Studium, 1964 (prefacio de René Bazin); CHARLESDE FOUCAULD, Contemplación. Textos inéditos, Salamanca, Sígueme, 1969; CHARLESDE FOU– CAULD, Escritos Espirituales, I, Salamanca, Sígueme, 1981.
llena de cambios de rumbo, de saltos inesperados y su personali- dad, vista en la distancia, es una constante interpelación. De haber vivido a su lado, nos habría espantado en muchos momentos, por la dureza, la imprevisibilidad y la radicalidad, todo ello revestido y tejido, no obstante, de un humanismo claro, sin embargo, su inter- pelación más incisiva se refiere a la fuerza interior que le movía, a la fuente de la que nacía una vitalidad tan ardiente. La pregunta por quién o qué movía sus pasos nos trasladará al secreto de su vida y de su muerte.
Dios es el artesano que, con materiales diversos, reciclando nuestros desperfectos y deshechos rehace la historia y la conduce. Nada queda fuera de esta tarea de reconstrucción, de segundo naci- miento: nuestro pecado, nuestros errores forman parte misteriosa del entramado que hará de base a un nuevo proyecto. Al fin, la pregunta clave no se refiere a la intachabilidad de nuestra vida, sino al amor, no a la perfección sino a la aceptación de su voluntad en el presente, a la fe en que Él es capaz de rehacer y regalar nuevamente la vida. La pregunta de Jesús a Pedro se hace crucial y única: «¿Me amas?» El amor será el que vertebre y saque a luz nuevamente a aquel que estaba perdido y vacío, y le devuelva la posibilidad de una historia de amor apasionado y fecundo, otorgando sentido, incluso a las pérdidas pasadas, haciendo de él un hombre integrado 9.
Leemos su historia:
2.1. Infancia y primera juventud
Carlos Eugenio de Foucauld de Pontbriand nacía el 15 de septiembre de 1858, en Estrasburgo, hijo de María Isabel Beau- det de Morlet y de Francisco Eduardo de Foucauld, vizconde de Foucauld.
9 BOFF ha planteado esta concepción de la vida como integración, al hablar de la santidad, en la cual, el hombre más santo es el más integrado, no el más perfecto. LEONARDO BOFF, San Francisco de Asís. Ternura y Vigor, el capí- tulo 5: San Francisco: La integración de lo negativo de la vida —el santo:
¿un hombre perfecto o un hombre integrado?—, Santander, Sal Terrae, 1982, pp. 185-215. Un capítulo interesante que plantea el cambio de paradigma en la concepción de la santidad.
Su madre infundió en los niños una piedad sincera, hecha de gestos más que de palabras; este influjo de su madre nunca se le borrará. El recuerdo que Carlos tiene de su infancia no es triste, a pesar de perder muy temprano a sus padres, en un mismo año. Su madre muere el 13 de marzo de 1864, a los treinta y cuatro años de edad y su padre el 9 de agosto del mismo año. Su hermana, María, y él quedan bajo la tutela de su abuelo materno, el coronel de Ingenieros retirado Carlos Gabriel de Morlet, que tenía sesenta y siete años. El abuelo tenía debilidad por el nieto: cariñoso, vivo, laborioso y re- suelto. A causa de la guerra de 1870, con la derrota de Francia, como tantos otros viven el exilio, y se trasladan al oeste de Francia y luego a Suiza: se establecen en Nancy en 1870. Carlos recuerda de esta época su Primera Comunión. Su prima, María Moitessier, que será figura clave en la evolución interior de Carlos, le regala Élévations sur les Mystères, meditaciones sobre el evangelio, que le influirá más adelante. Va a la escuela Episcopal de San Arbogat, dirigida por sacerdotes de la diócesis de Estrasburgo, y más tarde asiste al Instituto, donde empieza a perder el orden, el trabajo regular y la fe.
Con el título de bachiller, el abuelo quería que Carlos entrase en la Escuela Politécnica, pero él se fue a lo más fácil, quería entrar en la Academia de Oficiales de Saint Cyr, porque las oposiciones no tenían tanta dificultad. Se traslada a París. Los exámenes a la Escuela Militar tienen lugar en 1876. Entra con la nota más baja, a punto de ser rechazado por su obesidad precoz. Toda esta época es el «descenso hacia la muerte». Aparte de perder la práctica religiosa, va perdiendo el sentido de la vida. En la preparación para las Escuelas Superiores de París, con los jesui- tas, le despiden por actitud inadecuada y mala conducta. Lo único que le sostiene es el cariño de su abuelo: «A los diecisiete años yo era todo egoísmo, vanidad, impiedad, malos deseos; estaba como enloquecido… En cuan- to a holgazanería, llegó a tal punto que hube de ser despedido (…) hice padecer lo indecible a mi pobre abuelo, negándome al trabajo… De la fe no quedaba huella en mi alma» 10.
2.2. Carrera militar
Este período de la vida de Carlos está marcado por una pérdida decisiva: su abuelo muere el 3 de febrero de 1878. El dolor con que vive esta ruptura es mucho mayor que el que experimenta de niño a la muerte de sus padres. Años más tarde sigue vivo el dolor por la partida del abuelo que con tanta ternura le trató.
Las seguridades y las comodidades de las que se vio rodeado no aseguraron un lugar firme y ahondan el vacío que se va creando dentro de él. Un creciente sentimiento de soledad que le acompaña en adelante; soledad amarga y dura en este momento, y que más adelante será la base de su búsqueda interior: «…es duro estar solo; y sin embargo es a eso a lo que estoy condenado por necesidad. Entonces tú serás todavía feliz y estarás tranquilo con tu familia (…) yo no lo soy y proba- blemente no lo seré nunca» 11.
Se revela aquí un cierto instinto de apego y una valoración en cierto modo absorbente de la amistad. Este apego y afán de poseer se ve acrecentado, unido a su libertad económica. Más adelante, cuando se enfrente a la vaciedad y futilidad de las cosas, y descubra la sencillez de la vida en Marruecos y la «riqueza» de las personas por sí mismas, irá recibiendo duros golpes de atención que van preparando el salto. Por el momento, en la Academia, el vacío y la noche que se asientan en él no hacen sino acrecentar su espíritu caprichoso. Un poso de tristeza y aburrimiento que no consiguen ahuyentar las fiestas y la buena vida.
En esta época de Saint Cyr, comparte habitación y fiestas con Antonio de Vallombrosa, más tarde marqués de Morés (que morirá también asesinado en África). Era raro el día en que uno de los dos no era arrestado, como testimonia el general Laperrine.
10 Carta a un amigo, del 24 de febrero de 1893, citada en BAZIN, o.c., p. 14.
11Ib., pp. 70-71.
Al salir de la Escuela de Caballería se traslada a Pont-à-Mous- son, donde no mejoró su actitud.
En el año 1880 el Regimiento 4.º de Húsares, del que era tenien- te, es destinado a Argelia, pasando a ser el 4.º de Cazadores de África. Se establece en Setif. Le reprochan que viva maritalmente con una joven francesa y, a pesar de las advertencias, se niega a romper su ritmo de vida. Carlos abandona a sus compañeros, rompe con su carrera y pide el retiro temporal del ejército. Se marcha a Evian.
Por este tiempo sucede un hecho que variará determinantemente el resto de su vida: la Insurrección de Bou-Amama, en el Sud Ora- nés, el año 1881. Su antiguo regimiento es reclamado para la lucha. A Carlos de Foucauld algo se le remueve por dentro y le sacude violentamente el pensamiento de que sus compañeros están arries- gándose en la guerra mientras él permanece tranquilo en Evian. El teniente Foucauld escribe al Ministerio del Ejército pidiendo unirse a sus compañeros y aceptando las condiciones que se le impongan. Es muy revelador el testimonio del general Laperrine, que for- maba parte de la expedición y que tanto aparecerá posteriormente en la vida de Carlos en África, y que fue siempre un gran amigo:
«Entre los peligros y las privaciones de las tropas expedi- cionarias, este literato alegre se reveló como un soldado y como jefe; soportando gozoso durísimas pruebas, exponiendo su vida, e interesándose con abnegación por sus hombres» 12.
Los árabes le impresionaron vivamente. Decide estudiarlos me- jor; se propone hacer un viaje por el sur. Pide permiso para ello y le es denegado. Y, como en tantas otras ocasiones, Carlos, que antes del permiso ya tiene tomada la decisión, presenta su dimisión, nos dice él mismo: «para satisfacer libremente ese deseo de aventuras»; regresa a Argel y se dispone a preparar todo lo necesario para el viaje por Marruecos.
12 LAPERRINE, Les étapes de la conversión d’un housard, citado en BAZIN,
o.c., p. 23.
2.3. Explorador en Marruecos
El lenguaje del placer va dejando lugar al del deseo y el atractivo. Algo ha cambiado sustancialmente en este hombre en su paso por África, que ha desenterrado el coraje y la capacidad del sacrificio por un ideal. Ha surgido un reto, un desafío que le pone en vilo y le lanza a la empresa convocando todas las fuerzas malgastadas y dispersas antaño. Quiere hacer algo nuevo, algo que los demás no han hecho, y lo quiere hacer aún siendo consciente del riesgo claro que supone. Viaja a Argel, donde se encuentra en junio de 1882, para preparar la expedición, y trabaja 16 horas diarias entre libros, para ser lo más eficaz en sus pasos. Esta aventura se presenta como una clara respues- ta a un vacío prolongado de sentido y de interés. ¿Encontrará Carlos aquello que le devuelva un norte, un motivo por el que luchar?
Lo que es cierto es que la misma preparación del viaje ya había logrado sacar de él un valor y tenacidad extraordinarios y una vo- luntad decidida de llegar hasta el final, cueste lo que cueste. La divisa de la familia Foucauld era «Nunca hacia atrás»: «Cuando se parte anunciando que se va a hacer algo, no se debe regresar sin haberlo hecho…» 13
«El viaje, desde la salida de Argel hasta la vuelta a tierra fran cesa, duró once meses y trece días, o sea, desde el 10 de junio de 1883 hasta el 23 de mayo de 1884. Después de haber intentado en vano penetrar en Marruecos por el Oeste, como todos los judíos de Nemours le disuadiesen de aventurarse en el Rif, se embarcó para Tánger y por allí entró en tierra salvaje. Los viajeros van montados sobre mulas, llevando escaso equipaje. Encamínanse hacia el Sur, al principio con algunos rodeos, para visitar, por ejemplo, la fértil comarca de Sesguen, donde hasta entonces sólo había entrado un cristiano, a quien nunca se vio volver. Andan casi todo el día» 14.
Para hacer este viaje ocultando su condición de cristiano, pasan- do lo más desapercibido posible, Carlos sólo tenía dos opciones de disfraz: el traje árabe y el judío. Entonces los judíos eran comercian- tes a los que se toleraba. Carlos se disfrazará de judío, y será durante
13 SUESCUN, o.c., p. 9; CHATELARD, o.c., p. 30.
14 BAZIN, o.c., p. 40.
La brújula, el barómetro, el sextante fueron sus compañeros… Mientras iba de camino «llevaba un cuadernito de cinco centímetros cuadrados escondido en el hueco de la mano izquierda, y en la derecha un lápiz de dos centímetros» 15, con el que apuntaba todas las incidencias del camino y las mediciones. Luego, en lugar a sal- vo, iba pacientemente pasando las notas tomadas en cuadernos más grandes. Un ingente trabajo hecho con la paciencia infinita de un artesano concienzudo.
Más adelante haría de nuevo un viaje a Marruecos, en 1885, para completar datos. El 14 de septiembre de 1885 embarca en Port Vendres para Argel y el 23 enero de 1886 llega a Niza 16. Terminamos este apartado de la exploración de Marruecos con el documento más significativo, de Duveyrier, por el que se con- cedía a Carlos de Foucauld la medalla de oro de la Sociedad Geo- gráfica Francesa. Tuvo lugar en la sesión del 24 de abril de 1885. Carlos no estaba presente. El texto no sólo reconoce los logros en el campo de la geografía, sino el valor y el sacrificio en las condi- ciones en que tales descubrimientos fueron hechos:
«Lo ha llevado a cabo sin ayuda del gobierno, a su costa, y haciendo junto con el sacrificio de su porvenir en la carrera militar otro sacrificio mayor aún, si es posible. Se ha resigna- do a viajar bajo el disfraz de judío entre poblaciones que consideran al judío como un ser útil, pero inferior. Asumiendo valientemente este papel, ha renunciado absolutamente a su bienestar, y sin tienda, sin lecho, casi sin equipaje ha trabaja- do durante once meses en medio de pueblos que, habien- do desenmascarado más de una vez al actor, lo han colocado en dos o tres ocasiones frente al castigo que merecía, es decir, la muerte (…) En once meses, un hombre solo, el vizconde de
15 BAZIN, o.c., p. 36.
16Ib., pp. 48 y 51.
Foucauld ha doblado, por lo menos, la extensión de los itine- rarios hasta el presente más cuidadosamente delineados sobre Marruecos. Ha perfeccionado los 689 kilómetros de sus pre- decesores y les ha añadido otros 2.250. En cuanto a la geogra- fía astronómica, ha determinado 45 longitudes y 40 latitudes, y cuando contábamos por unas cuantas docenas las altitudes conocidas, él nos aporta 3.000. Gracias a M. de Foucauld se abre, cual podéis comprender, una nueva era, y no sabe uno qué admirar más: si los resultados, tan hermosos como útiles, o el sacrificio, el valor y la abnegación a cuyas expensas los ha obtenido este joven oficial francés» 17.
2.4. El año que cambió su vida: 1886
El descubrimiento de los lugares y de la geografía de Marruecos no parece tan decisivo como el descubrimiento del alma de sus pobla- dores. Carlos de Foucauld hará un viaje sorprendente exteriormente, lleno de peligros, pero, desde el día en que nació en él el deseo irre- frenable de emprenderlo, otro viaje ha ido abriéndose paso en él, un auténtico descubrimiento también de su propia geografía interior: un hallazgo más desconcertante y transformador, que tuvo su origen al sur de Marruecos, en la zaoüia 18 de Tisint. Las dificultades, la sole- dad, el peligro de muerte influyeron, pero lo que más le marcó fue la fe de hombres que vivían en continua presencia de Dios 19.
En este estado lo encuentra el año 1886 en París, año decisivo en el que convergen tantos caminos, tantos vacíos y decepciones, y
17Ib., pp. 42-43; el texto más amplio de la presentación de Duveyrier en CHATELARD, o.c., p. 30.
18 «Una zaoüia es la sede de una confraternidad religiosa musulmana. En ella se juntan los fieles para orar en común. En ella acogen a los peregrinos y practican la antigua hospitalidad con los pobres y los peregrinos», MIGUEL CA– RROUGES, Carlos de Foucauld, explorador místico, Madrid-Buenos Aires, Stu- dium, 1957, p. 139. Carlos buscará establecer en África una zaoüia cristiana de oración y hospitalidad.
19 A. CHATELARD, o.c., p. 31. «La vista de esta fe, de estas almas viviendo en continua presencia de Dios me hizo entrever algo más grande y más autén- tico que las ocupaciones mundanas». Carta a Henry de Castries, 8 de julio de 1901.
que le inclinan, bajo la atenta mirada de personas cercanas muy queridas a un cuestionamiento de su rechazo de la fe. Si había per- sonas inteligentes que él admiraba y que vivían tan intensamente la fe, tal vez aquella religión no fuera tan absurda. Comienza a repetir durante largas horas la oración que recomendará a sus amigos: «Dios mío, si existís, haced que yo os conozca». Aun sin fe, va a las iglesias a rezar al Dios al que pregunta si existe 20.
Después de un viaje por el sur de Argelia, que emprende en julio de 1885 y termina el mismo año, para revisar y contrastar sus notas sobre Marruecos, vuelve a Francia a principios de 1886. Allí se reencuentra con la bondad y la fe de su prima: «…poco a poco llegué a decirme que la fe de un alma tan grande, la que yo veía cada día muy cerca de mí en tan her- mosas inteligencias, en mi familia misma, quizá no era tan incompatible con el sentido común como me había parecido hasta entonces. Era a finales de 1886. Experimenté entonces una profunda necesidad de recogimiento. Me pregunté enton- ces en lo más profundo de mi alma si realmente la verdad quizá era conocida por los hombres… Entonces hice una ex- traña oración: pedía al Dios en el que aún no creía, que si existía se me diese a conocer… Pocos meses después de este gran cambio pensé entrar en un convento, pero tanto el señor Huvelin como mi familia me empujaban al matrimonio… Dejé pasar el tiempo» 21.
En carta a Henry de Castries afirma cómo comienza a sentirse atraído a ir a la iglesia: «…empecé a ir a la iglesia sin tener fe, y no me hallaba bien más que allí, repitiendo durante largas horas esta extraña oración: “Dios mío, si existís, haced que yo os conozca”» 22.
20 Cf. Carta a Henry de Castries del 14 de agosto de 1901.
21 Carta a Henri Duveyrier, 21 de febrero de 1892, relatando su conversión de 1886. Cf. CHATELARD, pp. 34-35.
22 Carta a Henry de Castries, 14 de agosto de 1901: «Me vino la idea de que era menester estudiar esta religión, donde acaso se encontraba la verdad de que yo desesperaba, y me dije que era mejor tomar lecciones de religión
A fines de 1887 y principios de 1888 aparecen en las librerías Itinerarios en Marruecos y Reconocimiento de Marruecos, con gran aceptación por parte del público. Hace un viaje para conocer Tierra Santa; en 1888, a mediados de diciembre, llega a Jerusalén, y al año siguiente regresa a París. El 20 de octubre está en el monasterio trapense de Nuestra Señora de las Nieves para un retiro de una semana. Decide ingresar trapense.
2.5. La Trapa más pobre
En el año 1890 entra en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, luego se traslada a la de Akbés en Siria, por deseo de mayor pobreza. Toma el nombre de hermano María Alberico. Hace su profesión reli- giosa en Akbés el día de la Candelaria, un 2 de febrero de 1892. Carlos cuenta su propia vida de forma somera a Duveyrier, en un documento único, que ya hemos citado, aclarándole los motivos por los que ha entrado en la Trapa, ya que Duveyrier le expresa su extrañeza y la incomprensión total de los votos que acaba de pro- nunciar. El valor de esta carta es que está dirigida a un no creyente y con toda paciencia y profundidad le hace un recorrido por su vida y las razones que le han llevado a esta decisión 23.
No busca en la Trapa estar en paz de forma egoísta, aunque, sin buscarla, la ha encontrado. Y apunta una motivación fundamental- mente cristológica: quiere llevar una vida lo más parecida posible a la de Jesús en la tierra. Él fue un pobre artesano, despreciado, humilde y trabajador, y especialmente los tres últimos años le tocó vivir el rechazo, la ingratitud y la persecución, hasta morir en la cruz.
católica, como había tomado de árabe. Como había buscado un buen “thaleb” que me enseñara el árabe, busqué un sacerdote instruido que me informara sobre la religión católica (…) Dios terminó la obra de mi conversión, que tan poderosamente había empezado por esta gracia interior tan fuerte que me im- pulsaba casi irresistiblemente a la Iglesia».
23 CHATELARD, o.c., en un anexo al final del libro transcribe completa la carta de Carlos de Foucauld a Henri Duveyrier, del 21 de febrero de 1892. Carlos acababa de hacer sus votos el 2 de febrero, en Akbés, Siria. Un docu- mento excepcional en primera persona que hay que leer. Su estancia en la Trapa se prolonga de 1890 a 1896. Desde muy temprano, en la Trapa, han nacido en él deseos de crear en torno a sí un grupo de compañeros con los que vivir las inquietudes de vida que le van quemando dentro, al estilo de Na- zaret. Este deseo le acompañará toda la vida, y tan sólo se verá cumplido años después de su muerte. Este principio de Congrega- ción que comienza a plantearse tiene por objeto «llevar la misma vida de Nuestro Señor en la forma más exacta posible, viviendo exclusivamente del trabajo de las propias manos, sin aceptar nin- guna donación, ni espontánea, ni solicitada, y siguiendo al pie de la letra todos los consejos del Divino Maestro, sin poseer nada, dando a todo el que pida, no reclamando nada, privándose de todo lo posible…; agregar a este trabajo mucha oración…; no formar más que grupos reducidos…; diseminarse sobre todo en los lugares y países donde no es conocido y amado Nuestro Señor Je- sucristo» 24.
La fama de Carlos había crecido entre sus hermanos y entre los superiores. Algunos llegaban a pensar en él como posible futuro superior. Piensan que estudie teología para proponerle que se ordene sacerdote. Él hace ver a Huvelin sus inquietudes: «¡Si me hablan de estudios manifestaré que estoy gus- tosísimo de seguir metido hasta el cuello en las mieses y en los bosques, y que siento repugnancia extrema de cuanto pueda alejarme de este último lugar que vine buscando, de este abatimiento, en que deseo hundirme cada día más, a ejem- plo de Nuestro Señor (…); y después, en último extremo, obedeceré» 25.
Al poco tiempo de esta carta, meses después de la profesión, llega la orden de comenzar la teología. Va creciendo la inquietud interior, invitándole a la soledad, a más pobreza, a ir más allá. Huvelin le dice (29 de enero de 1894) que estudie la teología hasta el diaconado, que practique las virtudes, sobre todo la humil- dad, y que ya se verá más adelante. Le da largas. Y afirma algo que
24 VÁZQUEZ BORAU, o.c., p. 15. Citando una carta del 4 de octubre de 1893.
25 Carta escrita a Huvelin, citada en BAZIN, pp. 91-92.
repite en otras ocasiones: «Por otra parte, no has sido hecho en absoluto para dirigir a los demás» 26.
El tiempo corre al igual que crecen las inquietudes y anhelos de Carlos, se acercan los cinco años que darían paso a la profesión so- lemne. Expresa su deseo de partir. Es el 15 de junio de 1896 (fecha de la carta) cuando Huvelin consiente con pena que deje la Trapa: «Esperaba yo, amado hijo, que hubiera hallado usted en la Trapa lo que buscaba; que hubiera hallado pobreza, humildad y obediencia bastantes para poder imitar a Nuestro Señor en su vida de Nazaret. Pensaba que, al entrar allí, hubiera podido decir: Haec requies mea in saeculum saeculi! Mucho siento que así no haya sido. Hay un impulso muy fuerte hacia otro ideal, y poco a poco, por la fuerza de ese movimiento, es usted empujado a salir de ese marco donde se halla fuera de su lugar» 27. Por ahora, le aconseja que viva a las puertas de un convento en Cafarnaún o Nazaret 28.
2.6. Nazaret: meta soñada
a) Un sueño cumplido
Después de pasar por Roma, obtenida la dispensa necesaria por parte de los superiores de la Orden, emprende el camino a Tierra Santa. Cuando desembarca en Jaffa tiene treinta y ocho años. Ahora ya no será el vizconde de Foucauld, ni el teniente Foucauld, ni el hermano María Alberico, a partir de este momento se convierte en el hermano Carlos de Jesús. Ha renunciado a formar parte de una gran Orden religiosa, para hacerse más insignificante, para ir a un lugar más escondido, más último.
26 Carta de Huvelin, 29 de enero de 1894. Citada en VÁZQUEZ BORAU, o.c., pp. 15-16.
27 BAZIN, o.c., p. 98.
28 Cf. CHATELARD, p. 121.
Vivirá en una cabaña de tablas utilizada para trastos, rechazando la casita del jardinero. Será recadero de las monjas, ayudará en la sacristía, dado que no tenía gran destreza para la albañilería u otros oficios manuales. Poco a poco las monjas le dejan más tiempo para sus reflexiones y oración. Carlos vive feliz en Nazaret, a imitación de Cristo, su deseo de vida escondida largamente soñada. Más adelante, cuando le nazca el deseo de ser sacerdote, para mejor servir, lo justificará con el ejemplo humilde de nuestro Señor, y el sacerdocio será la forma más adecuada de parecerse a Jesús. En Nazaret tampoco pasa desapercibido a sus convecinos. En 1898 va a Jerusalén a ver a la abadesa de aquel monasterio de clarisas, la fundadora, Madre Isabel del Calvario, que será figura clave en la aceptación por parte de Carlos de la ordenación sacer- dotal. A pesar de que había dicho: «ser sacerdote: eso es ponerme de manifiesto, y yo he nacido para la vida oculta» 29, va cediendo, de modo que, pese a la insistencia de Huvelin para que permanezca en Nazaret, a primeros de 1900 se presenta en Francia, a fin de preparar todo lo necesario para la ordenación. Al mismo tiempo se pregunta dónde podría ejercer el ministerio sin perder su vocación eremítica.
b) Las tentaciones de Nazaret
Resulta interesante leer este período a la luz de lo que Chatelard llama las tentaciones de Nazaret. Cuáles serían estas tentaciones:
1. Ir a pedir limosna: con el fin de echar una mano a las cla- risas que lo necesitaban realmente y, a pesar de que ellas no se lo habían pedido, él se plantea ir fuera a pedir para ellas. Huvelin le desaconseja salir de Nazaret.
2. Volver a la Trapa: es una tentación que Carlos llama de orgullo, tentación de hacer bien a las almas, piensa que tal vez en Akbés podría haber sido superior en poco tiempo y haber podido ayudar a los religiosos y a los pueblos del contorno. Siente la ten- tación de «hacer algo», de «trabajar», de «resultados». Es funda-
29 BAZIN, o.c., p. 144.
mentalmente cuestión de «eficacia», y, a pesar de que se da cuenta de que es tentación, no obstante ahí está el peligro. De hecho reco- noce que no tiene lo que se necesita para ser Superior 30. Huvelin insiste en que permanezca en Nazaret.
3. La tentación de la visibilidad (los peligros de Jerusalén): Llama Chatelard «peligros de Jerusalén» a la tentación que surge precisamente en contacto con la abadesa de aquel lugar, la Madre Isabel, que va a ser la figura clave que influirá en la aceptación por parte de Carlos de ser ordenado sacerdote. Ella tenía ganas de co- nocerle para comprobar la veracidad de las cosas que decían de él, convenciéndose de que tiene delante de sí a una persona extraordi- naria. Ella le invita a recibir compañeros. Carlos se anima a escribir dos nuevas reglas.
Mientras tanto, la voz de Huvelin sigue en la misma dirección, escribiendo palabras llenas de sabiduría, en las que trata de ahuyen- tar este afán de eficacia que ha sobrevenido a Carlos: «Sí, silencio, sí, el silencio de Nazaret, se está bien en Nazaret para obedecer en silencio. ¿Y el bien que hay que hacer? Se hace el bien por lo que se es, mucho más que por lo que se dice… se hace el bien siendo de Dios, para Dios. ¡Sí la estabilidad, sí esto ibi! Quedarse allí, recoger estiércol, dejar que penetren, que crezcan y se afiancen en el alma las gracias de Dios, defenderse de la agitación del continuo volver a empezar. Es cierto que somos y seremos siempre principian- tes, pero al menos siempre en la misma dirección y en el mismo sentido» 31.
Vuelve a Nazaret y agradece a Huvelin que le haya defendido de estas tentaciones de inconstancia.
30 «Ya veo que es una tentación: no tengo nada de lo que se necesita para ser Superior, ni autoridad, ni firmeza, seguridad de juicio, ni experiencia, ni ciencia, ni perspicacia, ni nada de nada (…) en mi caseta de tablas, a los pies del sagrario de las Clarisas, en mis jornadas de trabajo y mis noches de oración, tengo precisamente lo que buscaba y deseaba desde hace ocho años, de tal modo que resulta visible que Dios me había preparado este lugar (…) Pero la tentación existe». Carta a Huvelin de 16 de enero de 1898, citada en CHATE– LARD, o.c., p. 89.
31 Carta de Huvelin, 18 de julio de 1899, citada en CHATELARD, o.c., p. 100.
4. Mejor en otra parte: Carlos vive mal con la popularidad, y no lleva bien el ser conocido. Tampoco siente que su trabajo sea tan útil a las monjas. Surge, en este contexto, pensar en servir a los demás, en romper los muros ideológicos de su concepción monás- tica y servir a los enfermos en un hospital. Admite tener menos oración; juzga que ganará su alma si es por servir a los demás.
5. Triunfo del genio propio, ¿desobediencia?: Este es uno de los capítulos más contradictorios de su vida. Pretende comprar el monte de las Bienaventuranzas, y acaba implicando económicamen- te a su familia. El impulso que siente es tan grande que llega a afirmar que es mayor que el que tuvo por explorar Marruecos, o por entrar en la Trapa y más incluso que el deseo de fundar una Con- gregación. Esta seguridad nos resulta sensiblemente desproporciona- da, pero Carlos no duda de que sea voluntad de Dios 32. Sin embargo su director afirma lo contrario: «No creo que esa idea de sacerdote ermitaño venga de Dios» 33.
La respuesta de Huvelin a este proyecto es un no categórico y otra vez: «¡Quédese en Nazaret!», pero Carlos de Foucauld se pre- senta en París el 17 de agosto para preparar su ordenación. Cena y duerme en casa del abate Huvelin, que sólo puede justificar la ac- titud irrefrenable del ermitaño de Nazaret por «algo muy fuerte que le empuja». Y reconoce que lo único que puede hacer por él es admirarlo y quererlo, como reconociendo en la trayectoria de su dirigido un destino misterioso, todavía escondido, pero que le arras- tra con una fuerza irresistible.
En este momento ya se plantea dónde podrá ejercer el ministe- rio, y se pregunta por qué no en Argelia. Las fechas de estos últimos años son las siguientes: el 5 de marzo de 1897 había llegado a Nazaret como un pobre desconocido. Allí había permanecido hasta el 1900. Viaja a París y luego a Nuestra Señora de las Nieves el 29 de septiembre, para prepararse al diacona- do y al sacerdocio. El 9 de junio de 1901 tiene lugar la ordenación sacerdotal en la capilla del Seminario de Viviers, por Monseñor Mon- téty, arzobispo de Béryte, con la presencia de Monseñor Bonnet.
32 Carta a Huvelin del 30 de marzo de 1900.
33 Carta del 20 de mayo de 1899, en CHATELARD, p. 111.
2.7. Beni Abbés: un ermitaño abierto a todos
Las voces interiores que le susurran convertirse en un apóstol, le hacen plantearse la ausencia de sacerdotes en Marruecos y Argelia. Este «abandono» se convierte nuevamente en un desafío para el intrépido buscador de retos aparentemente imposibles. Pide al obispo del Sahara, desde Nuestra Señora de las Nieves, el permiso necesario para emprender su actividad, con el deseo de hacer bien a las almas, acompañar a los soldados, evitar que sus almas se pierdan y santificar a los pueblos infieles, poniendo en medio de ellos a Jesús en el Santísimo Sacramento 34.
En 1898 había escrito la Regla, en la que se refiere a sus com- pañeros como ermitaños del Sagrado Corazón; ahora, en 1901, cam- bia ermitaños por hermanitos. La soledad de los ermitaños da paso a la idea de hermandad y fraternidad. Quiere seguir siendo monje, pero hermano de Jesús y de los hombres. No se conforma con estar sólo con Jesús, a solas con él, quiere hacer lo que a él le agrada, y lo que él más quiere es la salvación de los hombres. Como conse- cuencia lógica, la forma de salvarlos es yéndose a vivir con ellos, estando en medio de ellos, en sus mismas condiciones de vida, sien- do su hermano y su amigo. ¿Dónde hay más necesidad, más penuria, más abandono? Allí le gustaría estar. El 28 de octubre de 1901, al caer la tarde de un día abrasador, vio Carlos las primeras palmeras de Beni-Abbés. Aquí estará hasta el año 1903. En 1904 se dedica a viajar por el sur. La capilla que construye la dedica al Sagrado Corazón de Jesús; la vivienda se llama «La Fraternidad del Sagrado Corazón de Je- sús». Está empeñado en ser y aparecer entre ellos como hermano universal. Las gentes llaman a la casa de Carlos «La fraternidad» (Jaua, en árabe). Sin embargo, en Beni Abbés como en Tamanrasset, le conocerán como el marabout 35.
34 Cf. BAZIN, pp. 158-159.
35 «Esta palabra francesa, de origen árabe, sirve entre los musulmanes para designar a los letrados en religión y a los hombres de Dios. La palabra francesa retraducida al árabe como “marabú” designa únicamente a los sacerdotes y religiosos cristianos y, en femenino, a las religiosas. La etimología de la pala-
Construye una pared alrededor del patio y cerca el terreno; había decidido vivir enclaustrado y no salir de esos límites sin un motivo importante.
Veremos que estas exigencias cambiarán con el tiempo. Era un sacerdote solitario, perdido en un oasis del Sahara, abandonado en la confianza en Dios, pensando en una familia de Hermanos del Sagrado Corazón, misioneros que no predicarían el evangelio, sino a través de la oración, la caridad y la pobreza. Una de sus preocupaciones y actividades en esta época fue la liberación de esclavos, tal como hizo con José y con Pablo Embarek (testigo principal de su muerte). Hizo lo posible porque la abolición de tal práctica fuera una realidad. Sin embargo, su deseo de llegar donde sentía que más falta hacía, le empuja más al sur, entre los tuareg. Pide permiso a Mon- señor Guerin, prefecto Apostólico del Sahara, permiso que le es concedido. También dan su beneplácito Huvelin y las autoridades militares. Allí vivirá sin enclaustrarse.
2.8. Tamanrasset: entre los tuareg
A Tamanrasset llega el 11 de agosto de 1905. Elige este lugar, el poblado de los cien fuegos, la principal tribu, en plena montaña, apartado de los centros importantes. Quiere hacer todo lo posible por ayudar a los pueblos de estas comarcas, olvidándose de sí mismo, y visitar a las pequeñas colo- nias de agricultores del Hoggar para hacerse cercano. Moussa, el amenokal de los tuareg del Hoggar 36, está contento de que Carlos se instale aquí; él está también en la base de la elec- ción de este lugar.
bra evoca la idea de “atar juntos”, vincular a una persona o a un lugar, como en francés “religieux”. El hermano Carlos se complacía en este apelativo, que él mismo utilizaba. La palabra no tenía aún el sentido peyorativo que tomará más tarde en África, como hechicero, brujo, con el verbo marabouter». CHATE– LARD, o.c., pp. 151-152.
36 «La confederación del Hoggar, lo mismo que las demás confederaciones tuareg, era gobernada por un jefe electo, el amenokal, elegido entre los nobles. El amenokal de los Hoggar era Moussa ag Amastane, sucesor de dos jefes ene-
La presencia de Carlos en Tamanrasset fue interrumpida en distintas ocasiones por viajes a Argel, a Francia, a Asekrem. Al comienzo de su estancia en Tamanrasset ha tenido que des- pedir a Paul Embarek, su catecúmeno. Sin él no puede decir misa. Se da cuenta de que no viene la gente de los alrededores, les cuesta romper el hielo. Y se propone visitarlos él, aprovechando la llegada de Motylinsli, con el que estudia las historias de la gente y su mane- ra de expresarse. El material recopilado formará la obra Textes toua- regs en prose 37. Este trabajo será la base de sus posteriores estudios de la lengua y de los diccionarios tuareg.
El año 1908 está marcado por la enfermedad. Permanece clava- do en el lecho, sin poder moverse, y tiene la sensación de que se acaba, que el fin se acerca. Entrega su alma, su espíritu, su vida a la Sagrada Familia… La enfermedad que tiene es escorbuto, produ- cida por falta de alimentación adecuada; está anémico. A fuerza de dar a los demás se había ido descuidando a sí mismo. A la mala alimentación se une el exceso de trabajo. En el 1910 pierde la cercanía de su amigo el general Laperrine, que se va a Francia y mueren tres amigos fundamentales: monseñor Guérin, en Ghardaïa; Lacroix, en Argel, y el P. Huvelin, en París 38. Dedica interminables horas a la redacción del diccionario de la lengua tuareg (tamahac). Desea adelantar el trabajo para estar más con la gente y dedicarse a la oración y a la lectura de autores espirituales. Una parte importante del año 1911 (7 de julio al 15 de diciem- bre) la pasa en la ermita del Asekrem, a cuatro días de camello desde Tamanrasset, donde se han trasladado numerosos tuareg nó- madas buscando superar el hambre, y donde Carlos vive una soledad muy querida.
migos de los franceses, más hábil que sus predecesores y más inteligente tam- bién, Moussa entró en negociaciones con los jefes militares de los oasis, antes aún de haber sido elegido amenokal. A principios de 1904 sellaba un tratado de amistad con Francia y se hacía proclamar jefe de los tuareg Hoggar en In- Salah, obteniendo el perdón para el antiguo amenokal, Attisi, que se había retirado hacia el sudeste, a la región de los tuareg Azdjers», ibídem, p. 41.
37 CARLOS DE FOUCAULD-A. DE CALASSANTI-MOTYLINSKI, Textes touaregs en prose (dialecto de l’Ahaggar), Argel, Carbonnel, 1922. Edición reciente en Aix-en-Provence, Edisud, 1984. Citado en CHATELARD, o.c., p. 245.
38 CHATELARD, o.c., p. 249.
Hacia el 1913 el frío de las gentes se ha disipado. Se ha conver- tido en referencia importante para los franceses y los tuareg de la región. Cuida la amistad con ellos. Ha logrado también su deseo de fundar una Cofradía, la «Unión de oraciones para la Evangelización de los Pueblos», que reúne a 49 miembros. Este fue uno de los cometidos de su última estancia en Francia, en 1911.
Los últimos años en Tamanrasset son de un trabajo durísimo, mantiene el ritmo de 10,45 horas diarias. El 24 de junio de 1915 termina el diccionario tuareg-francés, con 2.028 páginas. A pesar de que le insisten en que se traslade de lugar por la inseguridad creciente en la zona, decide permanecer en Tamanras- set. No obstante, se determina hacer un fortín para almacén y gra- nero, posible lugar de refugio de las gentes del lugar, capaz de resistir el asedio. En la construcción colabora la gente del pueblo.
Tres días antes del 1 de diciembre de 1916 termina las poesías tuareg. Carlos ha definido su misión como misionero aislado en una carta dirigida a René Bazin, en la que sueña con el día en que la población sea amiga y confiada, y un poco preparada para recibir el cristianismo: «Mi vida consiste en estar en relación lo más posible con cuanto me rodea y prestar todos los servicios que puedo. A medida que se establece la intimidad, siempre o casi siempre a solas, hablo brevemente del buen Dios…» (16 de julio de 1916) 39.
3. EL MENSAJE DE UN EXPLORADOR DE DIOS
La espiritualidad de Carlos de Foucauld está íntimamente ligada a su propia biografía, de modo que el impacto de su personalidad deja en la penumbra sus escritos. Aun teniendo de él muchos manuscritos: comentarios bíblicos, reflexiones, notas sobre la vida de Nazaret, so- bre la oración, el proyecto de vida de la fraternidad soñada, etc., es su vida la que ejerce mayor atractivo. Algunos han comparado a Carlos
39 Citado en VÁZQUEZ BORAU, o.c., p. 59.
de Foucauld con Francisco de Asís, también lo hace Six en su Itine- rario Espiritual con Teresa del Niño Jesús. Dos figuras que marcan una renovación-revolución en la manera de entender la espiritualidad cristiana de su tiempo: son tres palabras nuevas.
3.1. Imitar a Cristo
«El evangelio me enseñó que el “Primer mandamiento” consiste en amar a Dios con todo mi corazón, y que hacía falta encerrarlo todo en el amor; todos saben que el amor tiene por efecto la imitación… No me sentía destinado a la imitación de la vida pública en la predicación: por tanto, debía imitar la vida escondida del humilde obrero de Nazaret…» 40
Aparecen aquí algunos de los elementos claves de su espiritua- lidad: amar a Dios con todo el corazón; la imitación; la vida escon- dida del humilde obrero de Nazaret. Voillaume afirma que en estas líneas está contenida «admirablemente no sólo la vocación del Padre (Foucauld), sino la idea matriz de su espiritualidad» 41.
En el artículo primero de sus Consejos, dentro del Directorio de la unión de los hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Je- sús 42, expresa de forma clara su idea de la imitación de Jesús pro- puesta a sus seguidores:
«Los hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús tomarán como regla preguntarse en todas las cosas qué pen- saría, diría, haría Jesús en su lugar, y hacerlo. Harán conti- nuos esfuerzos para hacerse más y más semejantes a nuestro Señor Jesús, tomando como modelo su vida de Nazaret, que nos da ejemplos para todos los estados. La medida de la imi- tación es la del amor. “Si alguno quiere servirme, sígame”» 43.
40 Carta a H. de Castries, 14 de abril de 1901. Citada en R. VOILLAUME, En el corazón de las masas, Madrid, Studium, 1968 (6.ª ed.), p. 113.
La persona de Jesús, no es tan sólo un recuerdo, un sentimiento,
«Jesús es un ser vivo cuyas huellas quiere seguir apasionadamen- te» 44, no sólo interiormente. Aquí está el radicalismo y la peculiar llamada que experimenta Carlos, «quiere también una conformidad exterior de estado de vida» 45. Digamos que en el exceso de la amis- tad se halla el querer parecerse en todo, exigencia de un amor tam- bién profundamente humano, como fue la vida de Carlos: nada es- tática, siempre mordiendo el polvo de los caminos y del desierto, siempre queriendo vivir enraizado en el corazón de Jesús y llegar al corazón de sus gentes.
Pero lo cierto es que esta imitación tan material que le lleva incluso a querer vivir físicamente en la ciudad de Nazaret, tal como vivió Él, es una particularidad interesante de la vida de Carlos de Foucauld 46. Esta material imitación de las condiciones de vida de Jesús, tal como él las entendía, va, a lo largo de la vida de Carlos, siendo entendida más como una conformidad interior, de corazón, de alma. Con el tiempo relativizará algunos aspectos que fueron esenciales en épocas pasadas. Esto mismo es lo que le lleva a dejar Nazaret, sintiendo que Nazaret es cualquier lugar 47.
A la humildad de la vida escondida de Jesús, Carlos une un deseo permanente de abyección, que, no estando presente en la vida de Nazaret, encuentra su raíz en el Crucificado por amor. La vida de Nazaret fue pobre, dura, humilde, laboriosa, pero no abyecta. Esta palabra nos provoca cierta sospecha de exageración, cuando insiste
44 VOILLAUME, p. 119.
45Ibídem.
46 Leer el comentario de VOILLAUME acerca de la necesidad para todo cris- tiano de ser «otro Cristo». Esta vocación tan minuciosamente próxima a las condiciones materiales de Jesús es algo propio de algunos, entre ellos Carlos de Foucauld, cf. o.c., nota a pie de página, p. 119. Y obedece a una etapa con- creta de la evolución de Carlos, que resulta, para algunos, expresión de un amor imperfecto aún, como él mismo reconoce al partir de Nazaret. Cf. Ib., p. 122.
47 «In de Foucauld tutto conduce all’imitazione pratica di Gesù Cristo po- vero e sofferente. Questa imitazione deve farsi nell’amore, perchè Gesù Cristo stesso è povero e sofferente per amore, e l’imitazione perfecta vuole non so- lamente la similitudine dell’azione esteriore, ma soprattutto la conformità in- tima del sentimento», H. MONIER-VINARD, «La spiritualité du P. de Foucaud», en Revue d’Ascetique et de Mystique, 9 (1928), p. 408. Citado en BORRIELLO, tesis citada, pp. 270-271.
en buscar humillaciones, desprecios, oprobios, descalificaciones, ridiculizaciones, etc., que podrían incluso parecer poco humilde al que las persigue. Ciertamente, no es entendible este afán si no es desde la clave de un amor loco, apasionado por Jesús 48.
Todo lo que supone la abyección requiere, por la historia pasa- da, un discernimiento de raíz, que en el caso de Carlos va siendo clarificado y curado de exageración 49.
Está claro que las vidas más provocadoras y removedoras, aqué- llas que han pronunciado una palabra que merece ser retomada y que suscita novedad, han sido las de personajes nada condescendien- tes con la moda, nada esclavos de su imagen pública, hombres y mujeres ridículos y locos en cuanto extraños a los protocolos de lo comercial y prudente.
3.2. Nazaret: Deseo apasionado por la vida escondida y el último lugar
Al principio, el anhelo por vivir la vida de Nazaret le lleva a la misma ciudad donde vivió Jesús. Pero Nazaret se convierte más que en un lugar físico, en su proyecto de vida. Dejando el lugar, siente la llamada a vivir en cualquier sitio la vida de Nazaret: con- templativo en medio de los hombres, viviendo como ellos, no ais- lado. Su celda estará abierta a todos; será, en adelante, un eremita peculiar en medio de un pueblo no cristiano al que Carlos no predi- ca nunca. Su apostolado principal es la presencia amigable, orante,
48 Nos resultan curiosas algunas escenas de las que fueron testigos los habitantes de Nazaret: «vestido con una chilaba a rayas, llena de remiendos, hecha jirones, recogiendo las basuras en las calles de Nazaret, objeto de las risas de todos los chiquillos, encontrando su alegría en las burlas y en las piedras que le tiraban…». O aquella ocasión en que cuando un predicador, que estaba de paso en las clarisas terminó de comer, pensando que Carlos tendría hambre voraz, le dijo «siéntate y come bien, por lo menos esta vez…», LORIT, o.c., pp. 87-88.
49 Creo muy recomendables dos obras clarificadoras a este respecto, para entender el fenómeno del rigorismo, la ascesis y la libertad: ANSELM GRÜN, Portarse bien con uno mismo, Salamanca, Sígueme, 2001: sobre el rigor y la misericordia; y A. GRÜN, No te hagas daño a ti mismo, Salamanca, Sígueme, 2002: sobre la libertad interior y la maduración a través de las heridas.
hospitalaria, pobre, sacrificada. Ha acudido al desierto no para huir, todo lo contrario, se planta en medio de un territorio inhóspito, lleno de peligros y de penurias, con las armas de la confianza, el ardor de su corazón y la terquedad de un espíritu dispuesto a llegar al final.
Nazaret es pobreza de alma y disponibilidad a Jesús y como Jesús. Deseando gustosamente ocupar el último lugar, para entrar así en el corazón de lo humano sin poder, sin prepotencia, como uno de tantos.
Las notas fundamentales de la vida de Nazaret, que permanecen en el tiempo y en el proceso de Carlos de Foucauld, podríamos recogerlas en cuatro puntos 50:
1. º Vida escondida de humildad, pobreza, oración y mortifi- cación.
2. º Deseo ardiente de cooperar a la obra de la salvación del Redentor por la entrega en el amor. Esta vinculación a la obra re- dentora la centra en la vivencia eucarística.
3. º Su trato cercano, fraternal, amistoso con todos, lleno de gestos sencillos, entre ellos como uno de tantos, sin alardes. Tal como viviría la familia de Nazaret en contacto con sus vecinos.
4. º A pesar de reflejar tantas veces el anhelo de vivir del tra- bajo de sus manos, las circunstancias no se lo permitieron. Vivió siempre de lo que le enviaba su familia. Habría sido difícil mante- nerse de otro modo en Beni-Abbés y en Tamanrasset.
3.3. Hermano universal: una caridad sin medida ni fronteras. Un canto a la amistad
Se hace prójimo de los que están más lejos de toda presencia cristiana. Cuando más adelante no puede ir a Marruecos, se inclinará por bajar al sur y vivir entre los tuareg:
50 Cf. VOILLAUME, o.c., p. 132; cf. también las características de la Congre- gación que quiere fundar, llevando lo más fielmente la vida humilde de Jesús: trabajar con sus manos, no vivir de limosnas, no tener propiedad alguna, repar- tirlo todo, vivir al día, etc., en SIX, o.c., pp. 119-120.
«Yo no estoy aquí para convertir a los tuareg, sino para tratar de comprenderlos» 51.
Los árabes pusieron a Carlos el sobrenombre de «hermano uni- versal»:
«Compartamos, compartamos, compartamos todo con ellos (los pobres) y démosles la mejor parte, y si no hay bastante para los dos, démosles todo. Es a Jesús a quien se lo damos (…) y si después de haberlo dado todo, para él, a él en sus miembros, morimos de hambre, bendita suerte (…). Y si, sin llegar a morir, cayésemos enfermos por la necesidad, por haber dado demasiado a Jesús en sus miembros, ¡bendita, dichosa enfermedad! Seríamos felices, favorecidos, privilegiados, qué gracia de Dios, qué dicha, estar enfermos por ese motivo» 52.
Carlos está preocupado por hacerse próximo a ellos y ganarse su confianza 53. Se da cuenta de que tiene que alejarse de los soldados para que no le identifiquen con la presencia impuesta del país coloni- zador. Ha de hacerse pequeño y accesible, indefenso, uno de ellos, para que le admitan en confianza. Vemos que en gran medida logrará este cometido; especialmente durante la enfermedad de 1908, que lo deja sin poder moverse y teniendo que ser atendido. Aquellos a los que quería servir le sirvieron, le cuidaron. Tendrá que pasar por la impotencia de verse al límite, sin fuerzas, aceptando la hospitalidad y el cariño de los otros. Esa hospitalidad que le conmovió desde el pri- mer momento en los meses de la exploración de Marruecos.
51 L. LEHURAUX, Au Sahara avec le Père Charles de Foucauld, Paris,
St. Paul, 1946, p. 115. Citado en CHATELARD, o.c., p. 268.
52 De una meditación en Nazaret. Citado en CHATELARD, o.c., p. 256.
53 «Vamos de manantial en manantial, a los lugares de pastos más frecuen- tados por los nómadas, nos instalamos allí entre ellos, pasando varios días con ellos, tratando de familiarizarlos con nosotros, de crear confianza y amistad… Los indígenas nos reciben bien; pero no es sincero; ceden a la necesidad.
¿Cuánto tiempo necesitarán para tener los sentimientos que simulan? Quizá no los tengan nunca (…). ¿Sabrán distinguir entre los soldados y los sacerdotes, ver en nosotros, servidores de Dios, ministros de paz y de caridad, hermanos universales? No lo sé. Si hago lo que debo, Jesús repartirá gracias más abun- dantes y ellos comprenderán», BAZIN, o.c., p. 265.
Nos enseña Carlos que la verdadera evangelización no nace como una imposición desde arriba, como ofrecimiento de segurida- des incuestionables, como ayuda compasiva que llega desde el lado de los que ostentan el poder. La verdadera evangelización consiste en lograr entrar en el alma de las gentes y escuchar ahí quieto, hacerse hermano de todos, para compartir de igual a igual las rique- zas de las que cada uno es portador. Carlos no puede dejar de ha- cerse presente como aquél que está cautivado por Jesús de Nazaret, y todo lo que su vida irradia y tiene de fuerza es un reflejo de su Bien Amado Jesús. Situándose a su nivel, tendrá acceso al corazón de estas gentes y aunque no lleguen a abrazar la fe, sin embargo, sabrán que Jesús estuvo entre ellos y su presencia era amor, no recelo, sonrisa, no juicio, mano tendida, no amenaza.
El mejor pasaporte de Carlos de Foucauld fue siempre su cordia- lidad y su fidelidad en la amistad. Era un hombre cariñoso y cercano, al que las gentes se podían aproximar para charlar y ser escuchados. Su apostolado era el de la bondad y la amistad. Al médico que llega enviado al Hoggar, Rober Herisson, le recomienda «ser humano, ca- riñoso, estar siempre alegre. Hay que reír siempre, incluso para decir las cosas más simples. Yo, ya ves, me río siempre y enseño mis feos dientes. La risa pone de buen humor a tu interlocutor, acerca a los hombres, permite comprenderse mejor y alegra un corazón sombrío. Cuando estés entre los tuareg, has de sonreír siempre» 54.
Una parte importante de sus escritos son las cartas. La principal destinataria es su prima María de Bondy, que recibe, entre 1889 y 1916, setecientas treinta y ocho cartas, y su hermana, María de Blic, trescientas cincuenta y ocho, entre 1872 y 1916. Las cartas a Henry de Castries, por ejemplo, o la carta a Duveyrier explicándole las razones de haber entrado trapense, son cartas llenas de humanidad y cariño.
Cuando Suescun escribe su biografía sobre Carlos, viaja al Hoggar y entrevista a una viejecilla tuareg que conoció a Foucauld y a Moussa, el amenokal. Dice de Carlos que «era un hombre de paz, amigo de los pobres y amigo de todos. Era muy cariñoso» 55.
54 Citado en JAVIER M. SUESCUN, o.c., p. 81.
55Ib., p. 80.
Una relación que conmueve es precisamente la que mantiene con el amenokal, aún hoy tenido entre los tuareg como un gran jefe y guerrero, hombre piadoso. Hay dos cartas de Moussa que reflejan la fuerza de la amistad que les unía en lo humano y también en lo espiritual. Carlos se convirtió en consejero y compañero espiritual del jefe tuareg.
Cuando Moussa vuelve de Francia, en 1910, donde ha permane- cido varios días enviado por Laperrine y Foucauld para que conozca el país, escribe al Hermano Carlos, nada más llegar a Argel y co- mienza así la carta:
«Desde Argel para el Hoggar, día 20 de septiembre de 1910.
Al honorable, al excelente, a nuestro amigo y querido entre todos, señor marabut Abed Aïsa (servidor de Jesús), el sultán Moussa ben Mastane te saluda y te desea la gracia de Dios y su bendición.
¿Cómo vas? Si tú deseas tener noticias nuestras, como nosotros deseamos las vuestras, te diré que estamos bien, gra- cias a Dios, y que no tenemos más que buenas noticias que darte. Acabamos de llegar de París, después de un feliz viaje. Las autoridades de París han estado muy atentas con nosotros. He visto a tu hermana y he visto también a tu cuñado. He visitado sus jardines y sus casas. ¡Y tú, tú estás en Tamanras-
set como el pobre!
A mi llegada te comentaré todas las noticias en detalle.
Ouani ben Lammiz y Soughi ben Chitach te saludan (dos nobles que acompañaron al amenokal).
Saludos» 56.
La carta es importante por la impresión que causa en el jefe tuareg el contraste entre el nivel de vida de la familia y la elección que ha hecho Carlos de vivir en la extrema pobreza y desprotec- ción de Tamanrasset. Cuando Moussa visita los lugares familiares entiende mejor el valor de la presencia de Carlos entre los hombres del desierto. Crece la admiración y el respeto por el Marabut del
56Ib., p. 75.
Corazón Rojo en el alma del jefe de los tuareg. La carta es revela- dora, además, de la amistad entrañable y sincera que les unirá hasta el final. El hermano Carlos supo cuidar sus amistades a base de de- dicación y verdadero respeto.
Cuando el 13 de diciembre de 1906 informan a Moussa de que su amigo, el marabut, ha sido asesinado, con la herida aún sangrante y las lágrimas en los ojos, escribe a María de Blic una carta llena de desgarro:
«Alabanza al Dios único.
A la señoría de nuestra amiga María, hermana de Carlos, nuestro marabut que las traidoras y engañadoras gentes de Adjjer han asesinado, de parte de Moussa Ag Amastane, jefe de los tuareg del Hoggar.
Que la salud esté con nuestra desolada amiga María. Desde que he sabido de la muerte de nuestro amigo, vues-
tro hermano Carlos, mis ojos se han cerrado; todo es oscuri- dad para mí; he llorado y he derramado muchas lágrimas. Estoy sumido en un gran duelo. Su muerte me ha llenado de pena.
Estoy lejos del lugar donde los traidores y cínicos ladro- nes le han matado, es decir, ellos le han matado en el Hoggar y yo me encuentro en Adrar, pero si a Dios le place, matare- mos a las personas que han matado al marabut hasta que hayamos cumplido nuestra venganza.
Salude de mi parte a vuestras hijas, a vuestro marido y a todos sus amigos, y dígales que Carlos, el marabut, no sólo ha muerto para vosotros, sino también para todos nosotros. Que Dios le conceda su misericordia y que un día nos encontremos con él en el Paraíso. 20 de diciembre de 1335 del calendario musulmán; 13 de diciembre de 1916» 57.
Lo que seguro nunca aprobaría Carlos sería el tono de venganza que expresa Moussa.
57 LORIT, o.c., pp. 76-77.
3.4. Pasión por Jesús Eucaristía
Mientras estaba en la Trapa de Akbés, la vida eucarística se convierte en el centro. Cuando piensa en la Fraternidad que sueña iniciar, la adoración del Santísimo ocupa lugar fundamental, porque encarna la presencia de Jesús escondido. La presencia de Jesús es el secreto de esta vida de Nazaret, alimentarse de Él sostiene este tra- bajo invisible, cotidiano.
En sintonía con el anonadamiento de Cristo, también en la Eu- caristía, se pide al creyente, al discípulo, vivir desposeído, humilde, obediente, pobre, etc. Conforme a la actitud que emana de este misterio de abajamiento y abyección.
En Tamanrasset, al igual que en Beni-Abbés, pasaba largas horas en adoración eucarística. Vive con Jesús un diálogo permanente de amigo a amigo, que dura en la noche y en las largas marchas por el desierto. La Eucaristía es el principal alimento de su vida contem- plativa.
También en su devoción eucarística se ha dado un proceso, una evolución. Ahora ya no considera tan esencial para sus Fraternida- des la adoración perpetua. De hecho, por la fuerza de los aconteci- mientos, los primeros años de vida en Tamanrasset no pudo contar con la reserva eucarística. Su devoción eucarística se vio depurada en su amor a Jesús, y más volcada y unificada en la caridad. Es señal de madurez. El ermitaño que adora, se hace hermano univer- sal, que acoge y venera al Dios que vive en el corazón de cada criatura, sin negar la riqueza incalculable del Sacramento 58.
3.5. Fecundidad del fracaso 59
La vida de este buscador del último lugar estuvo marcada por la cruz y el fracaso.
Si leyéramos su vida en términos de obras eficaces, tal vez nos llevaríamos una gran decepción. A menos de un siglo de su muerte,
58 Cf. VOILLAUME, o.c., p. 131.
59 Para este tema del fracaso o la infecundidad, véase el capítulo de CHA– TELARD, «La fuerza en la debilidad», o.c., pp. 255-272; y SIX, «La victoria eter- na del Amado», o.c., pp. 309-315.
lo que nos impacta de este aventurero es la fuerza de su entrega, la pasión de su amor por Cristo y por el último lugar, más que el resultado de sus empresas. De hecho, no puede ser considerado un autor brillante de obras espirituales, ni fundador en vida de ninguna congregación, ningún compañero que le durase más de unos meses, no convirtió muchos infieles, como Francisco Javier. Todo lo que Carlos es y hace «da la impresión constante de algo inacabado» 60. La sensación que da el relato de su vida es el de una lógica conmovedoramente fecunda en la infecundidad. Hay algo de él que nos atrae poderosamente en el corazón de su improductividad (al menos improductividad en lo que se refiere a frutos misioneros
palpables).
Ciertamente, la vida de Carlos estuvo llena de paradojas y du- das: el deseo de clausura y la disponibilidad a los cercanos, el tra- bajo manual y la amistad, la teología y la sencillez, el sacerdocio y la pobreza-humildad, etc. Pero fue dejando que las circunstancias le fueran marcando caminos, le deshicieran sus proyectos, incluso después de haber luchado por ellos vivamente contra viento y ma- rea. Ciertamente, como reconoce J. F. Six, al final de sus días, el rostro de Carlos parece «burilado por el viento de arena. Su alma ha sido largamente trabajada por Dios, gastada por Él» 61.
Pero la lectura de su vida desde el prisma de la infecundidad no es sólo nuestra lectura, Carlos mismo siente en algunos momentos esta sequedad y oscuridad que a los creyentes del siglo XXI no nos es desconocida: «sequedad y tinieblas. Todo me es penoso: sagrada comunión, rezos, oración, todo, todo, hasta decir a Jesús que le amo… Tengo que agarrarme a la vida de fe. ¡Si por lo menos sintiera que Jesús me ama! Pero no me lo dice jamás» 62. Nos recuerdan mucho el camino final de Teresa del Niño Jesús las palabras que Carlos escribe: «Estoy tan frío que no me atrevo a decir que amo, sino que quisiera amar» 63.
60 SIX, o.c., p. 309.
61Ib., p. 310.
62Ib., p. 311. Es cierto que hemos elegido un momento puntual de su vida, en Nazaret, con las Clarisas, pero la mayor frecuencia de sus expresiones es de un emocionado reconocimiento de la Presencia de Dios.
63Ib.
4. LA FAMILIA QUE CARLOS NO CONOCIÓ64
Carlos de Foucauld no tuvo seguidores en vida, aunque lo deseó ardientemente. Tan sólo la «Unión de oraciones para la evangeliza- ción de los pueblos» o «Unión Sodalidad Carlos de Foucauld». Fue Luis Massignon el que recogió el testigo de esta Unión creada por Carlos en su vida (Viviers, 1909), y que a su muerte contaba con 49 miembros, incluido él mismo. El coordinador, desde 1960, ha sido el sacerdote J. F. Six.
En 1933 René Voillaume inició el primer grupo de Hermanitos de Jesús. También en 1933 comenzó un grupo de mujeres Herma- nitas del Sagrado Corazón, dedicadas más a la contemplación. En 1939 nacían las primeras Hermanitas de Jesús, con la hermanita Magdeleine de Jesús 65. A partir de ellos son miles los miembros pertenecientes a familias sacerdotales, religiosas, seculares y asocia- ciones que viven bajo la inspiración de la vida y el espíritu de Carlos de Foucauld.
5. UN PROVOCADOR QUE INTERPELA
Carlos de Foucauld fue un nómada toda su vida (aunque él re- comendara a Moussa que favorezca la permanencia, la vida seden- taria, para afianzarse como pueblo) 66 y la clave de su movilidad hay
65 Se puede leer la historia de la fundación de las hermanitas de Jesús a través de los diarios de la hermanita Magdeleine, llenos de vibrantes aventuras de fe, en Desde el Sahara al mundo entero. La historia de las hermanitas de Jesús tras las huellas del hermano Carlos de Foucauld, Madrid, Ciudad Nueva, 1985.
66 Cuando Bazin escribe la biografía tiene el privilegio de contar con los manuscritos originales, todo el material de primera mano e, incluso, los papeles que quedaron esparcidos y revueltos por el suelo a la muerte de Carlos. Entre esos papeles, un documento muy valioso y curioso, un cuaderno de notas ín- timas, que llevaban este epígrafe: «Lo que he de decir a Moussa y Cartas escritas a Moussa». Entre esas notas había indicaciones tan simples y sencillas, que no me resisto a señalar: rodearse de personas honradas; no conservar bribones a su lado (…) Reducir sus gastos. Hacerse pequeño (…) No pedir ni
que buscarla en su ardiente deseo de parecerse a Jesús, de ocupar el último lugar junto a los «últimos», los más pobres de entre los pobres y en una fuerza poderosa que lo arrastraba más allá de lo aparentemente sensato o prudente.
Ambos ejes vitales (imitación de Jesús y ardiente caridad) harán de él un hombre en permanente estado de vigilia, disponible para cruzar terrenos inexplorados en busca de miserables o desprotegidos a quienes hacerse cercano, en medio de los cuales vivir. Esta movi- lidad también hacía de la puerta de su morada destino de peregrina- ción en busca de pan, consuelo, libertad.
Nuestra cultura religiosa no soporta fácilmente este desarraigo que supone estar pronto para partir. Pese a la aparente fragilidad de nuestras instituciones actuales, pese a los radicales y profundos cambios de nuestro tiempo y la canonización cultural del fragmento y de lo efímero, de la belleza epidérmica, del disfrute instantáneo, sin embargo, no es la nuestra una cultura que acepte positivamente el reto de la movilidad interior. Crece en nosotros el pánico a «po- nernos en camino», a quedarnos sin nada, a fiarnos de Otro, a ex- plorar nuevas formas de hacernos cercanos al «otro», para conquis- tar de esa forma la única posible paz duradera: «hacerse todo a todos», «hacerse uno con los más pobres».
Crece la amenaza de fundamentalismos (de todos los signos, políticos y religiosos) que arraigan a la persona en verdades incues- tionables, evitando la incertidumbre del pensamiento propio y el vaivén de lo inseguro. Afirmando con cincel sagrado lo que divide frente a lo que une, nombrando lo diferente como lo erróneo, lo de fuera como lo peligroso, creciendo la dificultad para el diálogo y la empatía. Todo acercamiento al «otro» está bajo sospecha de traición de lo «propio y auténtico».
Nuestro tiempo es tiempo de paradojas y contradicciones pues- tas al descubierto cuando se nos acerca la figura desamparada y sin
aceptar regalos (…) Cuando se encuentra cerca de algún oficial, ir con fre- cuencia a verlo enteramente solo, pues muchas cosas se tratan mejor cara a cara (…) Jamás mentir a nadie (…) Jamás alabar a nadie en su presencia; la adulación es una bajeza propia de los thalebs árabes; no ser lento y perezoso; saber aprovechar el tiempo». Pues bien, el tercero de estos consejos es «Fa- vorecer la vida sedentaria». Para consultar el contenido de esos papeles encon- trados por el suelo, cf. R. BAZIN, o.c., pp. 291-296.
brillo del amigo de los tuareg, ahondando el drama de nuestro ale- jamiento de los más míseros. En su vida retorna el reto de la mística, el riesgo de creer en un Dios que ha fascinado a muchos que lo dejaron todo y se perdieron en territorios lejanos con la sola brújula ardiente de Su mirada. Retorna el reto del acercamiento entre los pueblos y, por tanto, la distancia creciente, abismal en muchos ca- sos, y dolida del Sur, de los de Abajo, de los más míseros, también la distancia del mundo árabe respecto a occidente, dramática y cruel- mente presente a través de un nefasto embajador: el terrorismo is- lámico.
Son muchas las palabras que nos sugiere la mirada de Carlos, el marabut de las manos caídas, indefenso de palabras grandes, armado de gestos silenciosos que no convirtieron a muchos, pero fueron misteriosa semilla depositada como un sueño del mañana en la tierra común de todos, hasta que la humanidad despierte de su división y su desgarro.
La fecha prevista para la beatificación de Carlos de Foucauld era el 15 de mayo de 2005, día de Pentecostés. En esos días murió Juan Pablo II y fue elegido Papa Joseph Ratzinger: Benedicto XVI. La fecha de su beatificación será el próximo 13 de noviembre de este 2005, en la Basílica de San Pedro 67.
Carlos de Jesús descansa silencioso en El Golea, junto a la igle- sia de los Padres Blancos, sin hacer ruido, tal como vivió. Las letras de la inscripción de la losa están algo gastadas, pero los vientos del desierto no borrarán la memoria del amigo de los tuareg. El desierto mantiene erguida la memoria de los que han sabido vivir y marchar- se entregando la vida. Nunca borrará sus huellas.
67 Cuando se publica este artículo, dicha beatificación ya se ha producido (n. ed.).
Manuel Pozo Oller, Vicario Episcopal para la Acción Pastoral y el Clero de la Diócesis de Almería ha sido el encargado de la ponencia en la quinta sesión del Curso de Formación Permanente 2017 Pensar la Evangelización. Su ponencia se centró en la figura de Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858 – Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916) y llevó por título ¿Qué aporta Carlos de Foucauld a la evangelización actual? En el centenario de su muerte.
Manuel Pozo: “Las intuiciones de Foucauld pueden sernos útiles para la acción pastoral”
El ponente empezó haciendo una precisión hermenéutica dirigida principalmente a los sacerdotes presentes. Para Manuel Pozo supone un “empeño especial recuperar tres de los aspectos que son santo y seña de la ordenación sacerdotal: los sacerdotes somos presbíteros diocesanos seculares”. Esto quiso dejarlo claro antes de presentarnos la figura de un Carlos de Foucauld frente al que hay que tener, en cierta medida, una actitud crítica para situarlo correctamente “y para ver las intuiciones que, de él, pueden sernos útiles para la acción pastoral”. Por ello “hay que tratar de redescubrir y reinventar dichas intuiciones de Carlos de Foucauld para vivir la novedad permanente del Evangelio”.
Partiendo de esta premisa, el Vicario Episcopal analizó la “fundamentación teológica de la acción pastoral” del místico francés. Para Carlos de Foucauld “Dios es el Absoluto”. El francés es un hombre “descreído e ilustrado” pero su conversión le hace “abrazar un estilo radical de vida evangélica”. En su persona experimenta una “peregrinación desde la razón hasta el corazón”. Al mismo tiempo, también peregrina “hacia el testimonio del silencio. Se trata de un silencio de alabanza, de escucha y de compromiso”. Su conversión profunda le llevará a descubrir la vocación de la consagración.
La teología de Foucauld también se basa en el “misterio del Verbo humanado”. La encarnación tiene su raíz “en la bondad de Dios”. Por tanto “Dios muestra su soberanía en Jesucristo”. Por ello tratará de “buscar a Cristo encarnado para vivir configurado con él”. Y en último término “la perfección es ser como el Maestro y por tanto hay que encarnarse como se encarnó el Maestro”.
Respecto al “misterio de la Visitación”, nos explica Manuel Pozo que Foucauld considera que “la Iglesia entera tiene que estar preparada para salir al encuentro del que la necesita”. “Tiene que ser una Iglesia en salida”.
Otro de los aspectos fundamentales en la teología de Foucauld es el de la figura de Jesucristo “el Bienamado”. En este aspecto, según el ponente, el francés muestra sus carencias en la formación teológica. Respecto a Jesucristo plantea la “imitación”: el viaje a Nazaret supone por ejemplo pisar la misma tierra que pisó el Señor. Foucauld “se enamora de Jesucristo y sólo vive para su amor”. Su “proceso de búsqueda está marcado por la imitación”.
Finalmente, Carlos de Foucauld destaca que “Jesús es el Salvador”. “Jesús se encarnó para salvarnos. Por tanto todo está en función de la salvación”. Manuel Pozo reconoce la importancia que tiene recuperar este aspecto esencial en la Evangelización: “Hemos de ofrecer el Evangelio con vehemencia, no con timidez”. Aquí aparece un doble aspecto de “oblación e inmolación” para la salvación de las almas.
Tras explicar los aspectos esenciales de la teología de Carlos de Foucauld, la ponencia analizó el “itinerario espiritual” que llevó a nuestro protagonista de Nazaret a la concepción de “Hermano Universal”. “La vida humilde y oculta en Nazaret”, dice Pozo, “es una vida de oración y trabajo”. “Nazaret es un camino que se descubre bajando”, dirá Foucauld, y supone sencillez, descubrir el valor de la vida en sí, de las pequeñas cosas, es el tiempo de la paciencia.
A partir de aquí, el francés “va descubriendo poco a poco que tiene que ofrecer lo que vive a todos”. Lo que le convierte en un “hermano universal”. Lo importante es “construir una fraternidad universal que ha de estar abierta para acoger la diversidad”.
El siguiente aspecto es destacar que “la Eucaristía es Jesús”. Por ello, según Pozo, “hay que eucaristizar toda nuestra vida. Jesús salvador se manifiesta al hermano en la Eucaristía y en los pobres”. “La Eucaristía”, comenta, “supone la presencia de Jesús en medio de la comunidad cristiana, en medio de los fieles”.
Y como había comentado, el siguiente paso es compartir “la vida total con los pobres”. Es lo que hará Carlos de Foucauld en el Sahara argelino durante los últimos quince años de su vida. Como explica Manuel Pozo, para el francés “el encuentro con el Señor se hace a través de los pobres”. “Para el hermano Carlos”, añade, “la mayor pobreza es no conocer a Dios ni tener deseos de buscarle”. Un hecho que desgraciadamente nos suena bastante en nuestra sociedad actual.
Foucauld se considera un “pobre al encuentro del otro” y eso obliga a la acción pastoral “a allanar las diferencias” con el otro. Hay que ofrecer toda la hospitalidad posible, dar a los que nada tienen, atender a los necesitados… Con gozo reconoce el propio Foucauld que a su casa la llamaban “la Fraternidad”.
Manuel Pozo considera que el mandato misionero de evangelizar fue aplicado por Foucauld de una manera especial puesto que fue “un misionero que no colonizó”. El místico francés centró dicho mandato en la propia persona, en el propio agente evangelizador. Por ello le parecía “una premisa previa e indispensable para el anuncio del Evangelio” el tener “amistad con el Señor”.
Después de cultivar esa amistad con el señor, la acción pastoral también debía ser “el apostolado de la amistad” que ayuda a tejer nuevos caminos de apostolado. También plantea el “apostolado de la bondad y el buen ejemplo”. Pozo cita aquí al propio Foucauld: “Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida del desierto, lo mismo que la vida pública, deben ser una predicación del evangelio por el ejemplo”.
Para el hermano Carlos “hay que civilizar” antes que “evangelizar” y también considera esenciales “las conversaciones como medio excelente de evangelización”. Hay que hablar mucho con todos aquellos a los que se trata de llevar el mensaje del Evangelio. En este sentido, Foucauld también insiste en que “no se puede evangelizar si no se comprende la cultura”. Por ello trabajará por aprender el idioma y las costumbres de su zona de influencia. Incluso se atreverá a iniciar una traducción al árabe del Evangelio.
Según Manuel Pozo, Carlos de Foucauld “entiende su vida como una inmolación total”. Es su sacrificio “como ofrenda total a Dios”. Sirven de síntesis las palabras que la hermanita Magdeleine de Jesús dedicó al propio Foucauld: “He encontrado en él todo el ideal que soñaba, el Evangelio vivido, la pobreza total, el arraigo en medio de las poblaciones abandonadas y sobre todo el amor en toda su plenitud”.
Yolanda Gomila es miembro de la Fraternidad de Carlos de Foucauld en Málaga. Así han vivido la noticia de que será pronto canonizado.
Mi nombre es Yolanda Gomila Álvarez y pertenezco a la Fraternidad de Carlos de Foucauld, que tiene su origen en la Fraternidad Jesús Cáritas, en el año 1952 (Francia), con la ayuda de René Voillaume. A lo largo de los años en diversas Asambleas Generales Internacionales, la Fraternidad hizo un proceso de discernimiento de su propia identidad. Será en la asamblea Internacional del 7 de agosto de 1991 (Bayona), Francia, donde se inicia un nuevo camino, constituyéndose la Fraternidad de Carlos de Foucauld. Compuesta de mujeres que han escogido vivir para Dios en el celibato, miembro de la gran familia Asociación General de las Familias del Hermano Carlos de Jesús, ha encontrado y profundizado su misión propia en el seno de la Iglesia y se desarrolla en distintos países y continentes. La Fraternidad ayuda a sus miembros a discernir el proyecto de Dios en su vida, a tener una mirada contemplativa sobre los acontecimientos y la historia, según el carisma de Charles de Foucauld; que ella les invita a mantener un estilo de vida simple y a compartir con los pobres y los pequeños, inspirándose en la vida de Jesús de Nazaret; que en unión con la Iglesia Local, les sostiene en sus compromisos en los sectores socialmente difíciles. El deseo es que la Fraternidad sea cada vez más testimonio del Absoluto de Dios, por fundirse ”en el corazón de las masas”, fermento evangélico de comunión, lugar de revisión de orientación de la vida social, siguiendo las huellas de Jesús, invitando a la Fraternidad, en la perspectiva del Tercer milenio, a testimoniar sin miedo que Jesús es Salvador de toda la humanidad, que las mujeres tienen una misión específica para dar a la Iglesia, Esposa de Cristo, un rostro cada vez más conforme a este gran misterio.
La Fraternidad llegó a Málaga como Jesús Cáritas en 1958 y será en 1991 cuando pasará a llamarse Fraternidad Carlos de Foucauld. Actualmente somos tres personas.
¿Cómo definirías a Carlos de Foucauld?
Foucauld es el padre del desierto contemporáneo. Para encontrar el sentido de la vida hay que descalzarse como hizo Moisés en el monte Sinaí. Hay que entrar en el silencio del corazón. Charles, vincula el desierto a la conversación amorosa del alma con Dios, para que después se pueda encontrar con el amor de Dios en la propia vida y con la misión.
Foucauld, es el ideal de la evangelización a través de la vida, “pregonar el Evangelio a través de su propio vivir”. Vida que encuentra todo su sentido en el servicio más desinteresado. Vida ofrecida, en acción de gracias y en comunión, a todos los sedientos de Vida.
Foucauld “es Nazaret”. De Foucauld releva la extrema humildad de vida que debió haber llevado Jesús en “el pobre taller del carpintero José” con todas “las inconveniencias de la gente pequeña” y los bienes que resultan de vivir completamente apartado del “crédito, la influencia, los honores y el poder”.
Foucauld se “inculturó”. Él cultivó la amistad con todos los que se acercaban a su casa, Las personas con las encuentra también tienen libertad y dignidad y los invita al diálogo más que a imponer sus propias convicciones; se encuentra con la libertad de Dios, que se ha manifestado a esas personas por unos medios que le son desconocidos.
Foucauld es oración contemplativa, crear una relación de amistad, de confianza, de intimidad con el Modelo Único, él lo llamó “Mi Bien amado Hermano y Señor”. Connotación de fraternidad y adoración.
Foucauld es la “desolación”. No tuvo ningún seguidor. No logró convertir a ningún musulmán, visto desde los parámetros habituales, fue un total fracaso. Hoy su familia espiritual es inmensa, Charles es hoy lo que quiso ser entonces: el hermano Universal.
¿Cuál es la tarea que lleva a cabo en Málaga la fraternidad?
Al no tener obras propias, desde la Fraternidad de Carlos de Foucauld (F.C.F.) intentamos estar allí donde vemos que nos necesitan, sobre todo con los más más pobres. De las tres personas que estamos en Málaga, una está jubilada y las otras dos trabajamos y vivimos en fraternidad; estamos en las parroquias de los barrios donde vivimos, colaborando con mayores, talleres de costura, animando la liturgia, Cáritas, adultos, talles de niños, apoyo escolar, acompañando, escuchando a las familias del barrio, etc. Se trata de la necesidad de la evangelización a través de la simple presencia; por un intento de aprender de las realidades a las que hemos sido enviadas, porque en todas germina inequívocamente la semilla del Verbo. Y colaboramos con el crecimiento de tales semillas presentándonos abiertamente como amigas, porque la amistad, en cuanto cercanía abordable y gozosa, permitirá que las semillas contenidas en el campo de nuestra tarea consigan el crecimiento humano y espiritual. Sabemos que nuestra labor no es ruidosa, no es llamativa. Pero no importa, intentamos compartir con los demás lo que hemos recibido; un sentido de la vida basado en el amor, una experiencia de saberme amado en las coordenadas más apremiantes de nuestra existencia; ser fieles a nosotras mismas y ser hermanas de todos/as. Queremos que las personas conozcan a Jesús; apoyándonos en las palabras del papa Francisco, podemos concluir «No hay mayor libertad que la dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera». (EG 280)
¿Qué aporta la espiritualidad de Carlos de Foucauld, su legado, a la realidad concreta de Málaga?
1. Una manera de situarse, de estar.
2. Una mirada liberadora y humanizadora sobre nosotros mismos y sobre nuestros hermanos/as.
3. Una relación con Jesús, honda y profunda, personal y comunitaria, que engloba las otras dos.
No digo que esto sea todo, quizá para alguno/a hay algún aspecto que le parece esencial y que no se refleja aquí, pero a mí me convence y creo que da razón de lo que intento vivir.
Para explicar lo que aporta nuestra espiritualidad a nuestra realidad, me he centrado en tres historias, que Jesús nos cuenta y que nos transmite Lucas.
Son historias de tres personajes muy distintos entre ellos y que nos hablan de salvación, de encuentro gozoso, de vida nueva.
Tres aspectos que nos ayudarán a formular lo que aporta nuestra espiritualidad:
– junto con los pobres
– como pobres
– mirados por Jesús
¿Cuáles son estas historias?
La primera es Lucas 16,19 ss.: Lázaro “echado a la puerta del rico…” el abandonado, al que nadie ve salvo los perros, al que no le tocan ni las migajas. Jesús nos invita a “sentarnos”. Y nos invita, en primer lugar, a verlo; no a mirar, sino a verlo, que es fijar la vista con atención, con cuidado, con interés; y, en segundo lugar, la invitación es a sentarnos a su vera… Precisamente, a este sentarse junto a los Lázaros de nuestra sociedad es a lo que somos invitados por Jesús, y sentarnos de una manera propia, nuestra.
“Amar a algunos hombres, los que Jesús quiera, amarlos con amistad, con ternura, como personas» (C. de Foucauld)
“ Esta amistad hace buscar espacios para acoger y ser acogidos, espacios de escucha, de vida para percibir el paso de Dios en nuestra historia, ir hacia los que están más solos, más abandonados.
“La caridad fraterna y universal… recibir a cualquier ser humano como a un hermano bien amado” (C. de Foucauld)
Un segundo personaje… es el publicano anónimo de Lucas (18,9 ss.). O sea, nosotros en nuestra verdad más íntima.
Cuántas veces jugamos a fariseos satisfechos, cuidadores de nuestra imagen, que torcemos el “morro” dando gracias de no ser como “esos”.
Reconocer nuestras “sombras”, nuestras heridas, nuestro sufrimiento, intentar abrirlos poco a poco a los otros, abrirlos a Dios, es camino de humanización, de liberación.
Es camino de abandonarse, dejar obrar a Dios que actúa en nosotros a través de la vida y de la experiencia que la misma vida trae consigo. Trabaja en nosotros vaciados y despojados…
Nuestra tercera persona es Zaqueo (Lc 19, 1ss.). El bueno del publicano (que también fue salvado) no se atrevía a levantar los ojos en el templo. A Zaqueo quien le mira, levantando los ojos, es Jesús y este ser mirado le hace cambiar de vida y, también, ser salvado. Dejarse mirar por Jesús es el tercer rasgo que quería compartir con vosotros. Me resuenan las palabras de René Voillaume: “Todo consiste, realmente, en verter toda oración en el corazón de Jesús. Y cuando no podáis más, contentaros con abrir vuestro vacío al Señor para que Él llene con su propia oración…”
¿Cómo recibe la noticia de su próxima canonización?
Ha sido y es un momento de fiesta para su muy numerosa familia espiritual, entre ellas nosotras, y también para la Iglesia que sirve a Dios y a los pobres. Lo sabíamos desde siempre, pero es necesario este reconocimiento por lo que significa para todas nosotras, porque hemos encontrado una forma de vida, un ejemplo de búsqueda en el camino de la fe, un modo de entrega a Jesús por quien finalmente Charles fue encontrado. En el corazón de Charles habitaba Jesús, el Señor y sus hermanos los musulmanes, en su mente sólo había preocupación porque a nadie le faltara la libertad, la alegría y el pan. Tenemos la esperanza de un sueño que tenía el Hermano Charles de Foucauld y era el de futuro de “resucitados”, mujeres y hombres audaces y libres amantes apasionados de la vida y arriesgados defensores de la dignidad y lo derechos humanos; bienaventurados en la pobreza de su espíritu solidario; bien dispuestos a entregar sus vidas en el día a día de sus responsabilidades, como “el grano de trigo que no teme morir para dar fruto abundante de bien común”.
El futuro de la Iglesia es el desierto, Nazaret es la fraternidad universal, Jesús, gritar el evangelio con la vida, el último lugar, una Iglesia de resucitados, el abandono en Dios
(Antonio Aradillas).- Vaya por delante, y con conocimientos y experiencias ascéticas, místicas, como poeta y sacerdote comprometido con la pastoral entre los obreros, que Antonio López Baeza , el autor de «Carlos de Foucauld, la fragancia del Evangelio», es un «cura del Vaticano II y escritor de arraigada afición».
Editado recientemente por PPC en su colección «Sauce 199» al que aquí y ahora hago grata y «cum laude» referencia, se ha propuesto nada menos que intentar responder a preguntas como estas: ¿Qué tiene Carlos de Foucauld, quien tras su conversión se retiró durante casi cuarenta años al desierto para atraer tan poderosamente a muchos de los espíritus más perspicaces de nuestra época?
¿Cuál es el núcleo esencial del mensaje de este creyente, vizconde, convertido en sirviente de las monjas Clarisas de Nazaret, después monje trapense, ermitaño y misionero en el Sáhara, por haber conseguido hacer de la fidelidad a Dios y a su propia personalidad una misma e idéntica realidad?
¿Quién sabe hasta donde llevará el camino abierto por este hombre de Dios, con quién habrá que contar en el alba del siglo XXI, con tantos ingredientes en su vida, imprescindibles en el seguimiento de Jesús de Nazaret, y «materia e imitación» en el cofre de su vida ejemplar, y con decidido empeño de que el esquema de su santidad consiste en no separar nunca, ni para nada, la fe en Dios de la fe en el hombre?
Apartados como «la contemplación y servicio a los pobres, «la adoración al Eterno», «escuela de servicio»,» volvamos al evangelio»,» encontrar en mí mismo al Dios que me busca»,» sólo es digno de fe un Ser Supremo que hace de su superioridad un servicio», «ser humanos a la manera divina»,» elocuencia del silencio enamorado,»el evangelio más allá del catecismo y del Derecho Canónico»,» el sacramento del último lugar»,» bajar para encontrarse con Dios», «no vivimos para tenernos que morir»,» la alegría de tener hermanos en todas partes», «la alegría de la fe», » la felicidad humana y su fecundidad dependen del amor», » para sacar amor de donde no hay amor», «sencillez en todas las manifestaciones eclesiales», «la familia humana y la familia celestial», «la fraternidad de los ricos a través de la fraternidad con los pobres», «la llamada del desierto», «la condición peregrinante de la Iglesia»,»una mirada de amor sobre el mundo y la vida», «la vida no me pertenece si no es compartida», » hablar de los derechos humanos es un deber de los evangelizados», » evangelizar con la simple presencia», » cuidar al máximo el diálogo interreligioso», «el buen entendimiento de la catolicidad», «misión no colonizadora»… y otras ideas con letras capitulares, siembran de estrellas azules las páginas del libro que comento, con destellos de pastoral franciscana y como infalibles repuestas de luz y de salvación.
De entre las «profecías» anticipadas por Carlos de Foucauld que se destacan en el primer centenario de su muerte (a.1916), el autor del libro destaca estas: el futuro de la Iglesia es el desierto, Nazaret es la fraternidad universal, Jesús, gritar el evangelio con la vida, el último lugar, una Iglesia de resucitados, el abandono en Dios…
¡De no ser así, no será Iglesia la Iglesia de Cristo…¡
Aunque tal exclamación no alentara, por ahora, sino todo lo contrario, el posible proceso de beatificación- canonización de Carlos de Foucauld, al igual que la de otros, es ocioso advertir que los profetas no aspiran de por sí a ser inscritos en los listados oficiales del Año Cristiano. Les basta y les sobra con que sus nombres sean invocados, y sus obras imitadas por el resto del pueblo de Dios. Todo muy franciscano, actual y, sobre todo, evangélico.
“La vida de Jesús está marcada por ser de Nazaret. Durante su vida pública hasta la cruz, siempre es nombrado como Jesús de Nazaret. No es solo una etapa de su vida, no es la preparación a su misión, sino que es ya su misión; desde ahí realiza la voluntad de su Padre”
Benito Cassiers (86) murió de COVID 19 en el Hogar para ancianos Villa Padre Hurtado, ubicado en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, el pasado 13 de junio. Se fue, como 231 personas informadas ese día por el Minsal en Chile, en el día previo a la celebración de Corpus Christi, pan partido para la vida de los demás. De esa misma manera, Benito fue alimento para sus vecinos en Renca, para sus compañeros de trabajo en la cooperativa SERVATEC que agrupó a un centenar de personas del rubro de la construcción y para la Coordinadora Cultural de Huamachuco, entre otros muchos que lloraron su partida a la distancia debido a la pandemia.
Benito, belga de nacimiento, eligió ser hermanito de Jesús en Chile inspirado por el testimonio de Carlos de Foucauld, recientemente fue reconocido como camino de santidad para la Iglesia católica. La noticia emanada desde el Vaticano describe a Foucauld como “sacerdote diocesano; nacido en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858 y muerto en Tamanrasset (Argelia) el 1 de diciembre de 1916”.
Proveniente de una familia noble, queda huérfano a los 6 años. Se cría con su abuelo, pierde la fe, tiene una juventud licenciosa, entra al ejército y confecciona el primer mapa de Marruecos. Su contacto con el mundo árabe lo hace preguntarse nuevamente por Dios y la relación entrañable con su prima lo empuja a los templos, donde reza: “Dios, si existes, haz que lo sepa”. Su conversión se desencadena durante el encuentro con un sacerdote que le ofrece el sacramento de la reconciliación. Allí nace Carlos de Jesús, que se fascinó con la vida que Cristo vivió los treinta años que pasó en Nazaret. Esa vida la buscó en La Trapa, como sirviente de las clarisas en Tierra Santa y finalmente como ermita en Argelia, donde murió por un disparo. No dejó ningún seguidor en vida. Años más tarde, el sacerdote René Voillaume y la hermanita Magdalena Hutin toman la espiritualidad vivida por este místico itinerante y fundan, respectivamente, a los hermanitos y a las hermanitas de Jesús, respectivamente.
Nöel Merand (83), hermano de Jesús y vecino en la población Huamachuco en Renca desde hace 42 años, explica así la espiritualidad: “La vida de Jesús está marcada por ser de Nazaret. Durante su vida pública hasta la cruz, siempre es nombrado como Jesús de Nazaret. No es solo una etapa de su vida, no es la preparación a su misión, sino que es ya su misión; desde ahí realiza la voluntad de su Padre”. Y, para él, Nazaret es la calle Las Garsonias y el trabajo que tuvo como soldador al arco durante décadas. La noticia de la canonización significa para él seguir viviendo en pos de Jesús “en medio de los vecinos, en el caminar junto al pueblo de Dios en el lugar donde estoy, en la población”.
En El Evangelio de la amistad en Carlos de Foucauld se pretende mostrar como las categorías amistad y bondad fueron básicas en la propia experiencia vital del hermano Carlos y en su dimensión misionera en medio de los tuareg, los hombres azules del desierto del Sahara, de religión musulmana. En un momento de crisis personal del Explorador de Marruecos, la bondad y el testimonio personal de su prima, junto al aprecio del vicario de la parroquia de san Agustín de París, el padre Huvelin, hicieron que se preguntara por la fe cristiana y finalmente se convirtiera. Más tarde, una vez encarnado en Tamanrasset (Argelia), su Nazaret, establecerá amistad con todos y tendrá amigos entre los tuareg, interesándose por su cultura, recogiendo las historias que se transmiten por las noches alrededor del fuego, realizando el diccionario tuareg-francés, clamando contra toda injusticia colonizadora e interesándose por el bienestar de su pueblo.
El libro está estructurado en dos partes: En la primera se trata de cómo fue la vivencia de la amistad en Carlos de Foucauld, para llegar a ser amigos de todos y en qué consiste el apostolado de la amistad. En la segunda parte se trata de los fundamentos y de las actitudes para vivir la misión como amistad. Foucauld tenía plena conciencia que trabajaba para el establecimiento de la fe y de la comunidad cristiana, si bien era consciente que tenía que pasar mucho tiempo, quizá siglos. Pero mientras esto no llegue quería que musulmanes y cristianos fuesen amigos. Esto no era una pre-evangelización, ya que mientras Jesús vivía en Nazaret durante la mayor parte de su vida como hijo del carpintero ya era evangelizador de su Padre. Preparando y abriendo caminos de amistad ya se va haciendo presente el Reino de Dios.
Charles de Foucauld, el hombre que escogió la soledad del Sáhara para estar más cerca de Dios y de los tuaregs, había renunciado a toda ambición de poder terreno. No le faltaron antes prestigio e influencia en los círculos diplomáticos y militares franceses, y sus orígenes sociales le hubieran ayudado para forjarse una carrera eclesiástica. Su renuncia venía del convencimiento de que la humildad es inseparable de la fe, pues ser creyente es incompatible con el orgullo y el deseo de la estima de los hombres. De ahí su afirmación de que para creer es necesario humillarse. Con todo, no se limitó a seguir los pasos de otros cristianos, en los que primaba la meditación y el estudio. Estos aspectos no faltaron en la existencia de Foucauld, aunque habrían resultado incompletos sin el amor a Dios y al prójimo, sin la armonía entre la vida activa y la contemplativa. Sobre este particular, escribió: «Cuánto más se ama, mejor se reza».
Charles de Foucauld (1858-1916) nació en Estrasburgo (Francia) y murió en Argelia.
Foucauld descubrió en la vida escondida de Jesús en Nazaret un modelo para conjugar la acción y la contemplación. Uno de los episodios más trascendentales de su biografía es su estancia en la ciudad de Jesús entre 1897 y 1900. Se trata de un período en el que aún no era sacerdote y muy probablemente hubiera deseado permanecer allí el resto de su vida. Contemplar similares cielos y paisajes a los que acompañaron a Jesús niño, adolescente y joven podía considerarse una especie de paraíso particular. Luego estaba su jornada diaria, donde compatibilizaba el trabajo manual al servicio de una comunidad de clarisas con las prácticas de piedad: Misa, rosario, liturgia de las horas… Tampoco faltaban en esta agenda largos períodos de meditación personal para ahondar en los evangelios y anotar cuidadosamente todas las mociones que llegaban a su espíritu.
No es exagerado afirmar que Nazaret podía haber sido el Tabor de Charles de Foucauld, e incluso pasó por su cabeza en aquella época construir una cabaña en otro monte de Galilea, el de las bienaventuranzas, para dedicarse a la contemplación. Diecinueve siglos atrás Pedro ya había querido hacer tres cabañas en el Tabor. Se estaba tan bien allí, con Jesús, Moisés y Elías, que el apóstol se olvidó de sí mismo. Una voz le devolvió a su realidad: «Este es mi Hijo el amado: escuchadle» (Mc 9, 7). Esta invitación a seguir la voluntad de Jesús también la escuchó Foucauld, de un modo más sosegado y paulatino, en su cabaña de madera junto al convento de las clarisas de Nazaret. Había llegado allí para imitar la vida escondida y pobre de Jesús, para trabajar por el día y orar largamente durante la noche. Vive momentos de una intensa paz, en los que exclama: «Dios mío, todo se calla, todo duerme, estoy aquí a tus pies».
El eremitorio de Foucauld en Nazaret.
La oración de la noche se nutre de la lectura de los evangelios. Pasajes breves, o como mucho medio capítulo, a modo de gotas de agua que van cavando la roca de su entendimiento. Las gotas son las palabras y los ejemplos de Jesús que deben impregnar toda vida cristiana. Las anotaciones de Foucauld abarcan los cuatro evangelios, pero el que algunas enseñanzas de Jesús solamente aparezcan en algún evangelio en concreto, también le sugiere algo. Un ejemplo, el de esta cita, repetida a menudo en sus escritos: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mi me lo hicisteis» (Mt 25, 41). Aquí hay todo un programa de vida que llevará a Charles de Foucauld a dejar su particular Tabor, aunque no lo hará para caer en el activismo de las obras que dejan poco tiempo para la espiritualidad. Tendrá siempre muy claro que a Dios se le glorifica verdaderamente no porque lo que se hace sino por lo que se es. Quien ha leído con frecuencia a grandes autores espirituales que comentan el Evangelio, como San Juan de la Cruz, aprende que la auténtica sabiduría reside en el amor.
Foucauld pretende «ser el amigo de todos, buenos y malos, el hermano universal». No precisará de vibrantes y eruditas predicaciones, aunque sea capaz de hacerlas. Su forma de anunciar el Evangelio, al que ha abierto su entendimiento en el silencio de la noche, será, sobre todo, la amistad y la cercanía con las personas. La vida de Foucauld es un luminoso ejemplo de que la caridad consiste, más que en dar, en compartir: sufrimientos, desgracias, esperanzas, alegrías… Los años de contemplación en Nazaret marcarán para el ermitaño del Sáhara una escuela del aprendizaje de saber vivir con otras personas.
¿A qué aspira Foucauld en su soledad de Nazaret? A ser alguien que conoce, ama, imita y sirve más y mejor a Jesús. Medita con frecuencia el Evangelio de Mateo, y allí encontrará una de las directrices con la que guiará su vida: «Buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6, 33). Quien practica esto, no tiene por qué inquietarse acerca de si es preferible la vida activa o la contemplativa. Escribe en un comentario a este pasaje: «Busquemos solo a Dios, su bien, su gloria, su servicio; y nuestro bien y el del prójimo se nos dará por añadidura».
Entrevista al cardenal Walter Kasper sobre el cristiano que en los primeros años del siglo XX construía sin ayuda tabernáculos para «transportar» a Jesús al desierto argelino
por Gianni Valente
En los primeros años del siglo XX, a un francés amante de la literatura y de la vida aventurosa, famoso explorador, le aconteció vivir una de las aventuras cristianas más sugestivas del siglo pasado. Charles de Foucauld, el monje que sin ayuda construía tabernáculos en el desierto argelino para «transportar» a Jesús a los que no lo conocían ni lo buscaban, que murió a manos de los mismos tuáregs con los que había decidido vivir, en el silencio y en la oración, sin haber conseguido que ni uno de ellos se hiciera cristiano, será proclamado beato de la Iglesia este año. En las filas cada vez más nutridas de los canonizados, De Foucauld parece a simple vista pertenecer a la categoría de los santos extremos, los que vigilan las tierras de frontera de la aventura cristiana en el mundo. Y, sin embargo, precisamente su historia irrepetible constituye un don de aliento y consuelo. 30Días ha hablado de esto con el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, que es además un viejo amigo de Charles de Foucauld.
Este año Charles de Foucauld será proclamado beato. En 1905, hace justo cien años, llegaba a Tamanrasset, su meta definitiva, en el desierto argelino. Sé que siente usted predilección por la figura de De Foucauld y que ocupa un puesto especial en su vida de cristiano y de sacerdote. ¿Cómo lo conoció? WALTER KASPER: En mis años de profesor de Teología en la Universidad de Tubinga me veía a menudo con un grupo de sacerdotes miembros y amigos de la comunidad “Jesus Caritas”, sacerdotes que seguían la espiritualidad de Charles de Foucauld. Participaba regularmente en sus reuniones mensuales que comprendían varios momentos: révisión de vie, lectura y meditación de la Sagrada Escritura, celebración y adoración eucarística y, por último, una cena fraternal. Fascinado por la figura de Charles de Foucauld fui a Argelia, a la montaña de Hoggar, donde había vivido él, y allí, en una cabaña en medio a la soledad de la montaña, hice mis ejercicios espirituales. Me acuerdo de que todas las tardes un ratoncito de ojos vivaces me visitaba para comer un poco de mi pan. En Tamanrasset, aunque también en otras partes, por ejemplo en Nazaret o aquí en Roma, me ha llamado siempre la atención la vida de las Pequeñas hermanas de Charles de Foucauld, su vida en la pobreza evangélica entre los pobres y su vida de adoración eucarística. Para comprender mejor la espiritualidad de Charles de Foucauld me han ayudado mucho los escritos de René Voillaume; algunos aspectos de esta espiritualidad han entrado también en mi libro Jesús, el Cristo. En aquellos años, en los que participaba usted en las reuniones de los grupos “Jesus Caritas”, ¿qué es lo que más le impresionaba de Charles de Foucauld? ¿Por que consideraba interesante y actual su vida? KASPER: Me veía con ese grupo de sacerdotes en una casa de monjas franciscanas que estaba en las afueras de Tubinga, en una zona muy bonita. Me conmovió la auténtica espiritualidad evangélica, espiritualidad de Nazaret, espiritualidad del silencio, de la escucha de la Palabra de Dios, de la adoración eucarística, de la sencillez de la vida y del abrazo fraternal. Más tarde comprendí la actualidad y la ejemplaridad del testimonio de Charles de Foucauld para los cristianos y el cristianismo en el mundo de hoy. Charles de Foucauld me parecía interesante como modelo para realizar la misión del cristiano y de la Iglesia no sólo en el desierto de Tamanrasset, sino también en el desierto del mundo moderno: la misión mediante la simple presencia cristiana, en la oración con Dios y en la amistad con los hombres. Si lo juzgamos por los resultados inmediatos, De Foucauld parece un perdedor. Durante su vida en el desierto no hubo conversiones al cristianismo entre los tuáregs. ¿Qué sugiere proponer su historia ahora? KASPER: El filósofo y teólogo judío Martin Buber ha dicho que el éxito no es uno de los nombres de Dios. Tampoco Jesucristo en su vida terrenal tuvo éxito; al final murió en la cruz, y sus discípulos, menos Juan y su madre María, se alejaron y lo abandonaron. Humanamente hablando, el Viernes santo fue un fracaso. La experiencia del Viernes santo forma parte de la vida de todos los santos y de todos los cristianos. Esto puede ser de consuelo para muchos sacerdotes que sufren por la falta de resultado inmediato, porque en nuestro mundo occidental, pese a todos los esfuerzos pastorales realizados, las iglesias están cada vez más vacías los domingos y la sociedad más descristianizada. Muchos tienen la impresión de predicar a oídos sordos. En esta difícil situación, el ejemplo de Charles de Foucauld puede ser de gran ayuda para muchos sacerdotes.
El cardenal Walter Kasper
¿De qué manera se expresa esta ayuda? KASPER: Podemos aprender que no se trata de nuestra misión o, por así decirlo, de nuestra empresa misionera, de una hegemonía cultural o de la ampliación de un imperio eclesial con estrategias sofisticadas y perfeccionadas de pedagogía, psicología, organización o cualquier otro método. Debemos hacer, por supuesto, lo que podamos, y podemos usar incluso métodos modernos, pero al final se trata de la misión de Dios mediante Jesucristo en el Espíritu Santo. Nosotros somos sólo el recipiente y el instrumento mediante el cual Dios quiere estar presente; al final es Él quien debe tocar el corazón del otro; sólo Él puede convertir el corazón y abrir los ojos y los oídos. Así, en la presencia, en la oración, en la vida sencilla, en el servicio y en la amistad humana, como la que vivió Charles de Foucauld con los tuáregs, el Señor mismo está presente y actúa. Hemos de confiar en Él y dejarle la decisión de cómo, cuándo y dónde quiere convencer a los demás y reunir a su pueblo. Esto era lo que De Foucauld vio que había sucedido en su historia personal. KASPER: Escribe en una meditación de noviembre de 1897: «Todo esto era obra tuya, Señor, y solamente tuya… Tú, Jesús mío, mi salvador, tú lo hacías todo, dentro de mí y fuera de mí. Tú me has atraído a la virtud con la belleza de un alma en la que la virtud me pareció tan bella que cautivó irremediablemente mi corazón… Me has atraído a la verdad con la belleza de esa misma alma». No podemos desde luego considerar a Charles de Foucauld el único modelo de misión para todas las situaciones, hay también otros santos ejemplares, como por ejemplo Francisco Javier, Daniel Comboni y muchos más, que representan otro tipo y otro carisma misionero. Las situaciones misioneras son diversas al igual que los retos y las respuestas. De todos modos, creo que Charles de Foucauld no es sólo un modelo para la misión en el desierto entre los musulmanes, sino también en el desierto moderno. Es emblemático que Teresa de Lisieux haya sido proclamada patrona de las misiones, ella, una joven monja carmelita, que no salió del Carmelo y no estuvo nunca en un país de misión; y, sin embargo, prometió dejar caer una lluvia de rosas desde el cielo después de su muerte. No son raros los llamamientos a la misión, pero a menudo parecen abstractos y a veces incluso agotadores. KASPER: También los cristianos somos hijos de nuestro tiempo; queremos planificar, hacer, organizar, controlar los resultados… Charles de Foucauld nos sugiere otra manera: imitar y vivir la vida de Jesús en Nazaret. Podríamos preguntarnos: Jesús, treinta años de vida oculta en Nazaret de los 33 que vivió, ¿fue acaso un tiempo perdido? Precisamente la realidad cotidiana, la realidad ordinaria es el verdadero espacio donde se manifiesta el don de la vida cristiana. Al respecto podemos recordar un pasaje importante de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, en el párrafo 31, donde el Concilio habla de la misión de los laicos y dice que los laicos son fieles que viven en el siglo, es decir, en las condiciones ordinarias como el trabajo y las otras actividades diarias. «Allí, en las condiciones ordinarias de su vida manifiestan a Cristo por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad». A veces tenemos la idea equivocada de que para ser una laico comprometido en la misión se ha de ser un empleado eclesiástico, que en lo que le es posible participa en las tareas del sacerdote, se muestra activo en la liturgia, etcétera. Pero lo más importante es vivir el Evangelio en la vida diaria, en la oración, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento, ser hermano de todos y estar convencido –como dice san Pablo– de que la misma Palabra de Dios, si es recibida y vivida por nosotros, corre y convence. Muchos reconocen que los cristianos son hoy minoría. Y dicen que por ello hay que moverse, ser creativos, reavivar nuestra acción. ¿Le convence este planteamiento? KASPER: Me convence sí y no. Sí, si los cristianos se despiertan, son conscientes de su situación, de los nuevos retos y de su misión. No podemos contentarnos del status quo y seguir como si no pasara nada. Esto vale sobre todo para la Europa occidental, que vive una profunda crisis de identidad, mientras que antaño estaba marcada claramente por el cristianismo. Europa debe despertarse de su indiferencia, que es una falsa tolerancia. Pero, por otro lado, existe el peligro de comportarse como los propagandistas de un lobby minoritario, o sea, sectario. En este sentido, no al fanatismo militante como lo vemos en muchas viejas y nuevas sectas, que hoy son un nuevo reto en todo el mundo. Sobre todo a partir del Concilio Vaticano II hace falta una estilo dialogante, es decir, una actitud de respeto también con aquellos que son definidos lejanos, que tal vez mantienen un vínculo tenue, pero resistente, con la Iglesia, y una actitud de respeto hacia la cultura moderna, cuya legítima autonomía reconoce el mismo Concilio. No queremos y no podemos imponer la fe, que por su naturaleza no puede ser impuesta; queremos –como dice el Concilio Vaticano II en el párrafo 1 de la constitución pastoral Gaudium et spes– compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, y, mediante esta vida de participación, dar testimonio de nuestra fe. ¿Y De Foucauld tiene que ver con esto? KASPER: Esta actitud era típica de Charles de Foucauld. Recordemos su amistad con los tuáregs y sobre todo con su jefe Musa ag Amastan. Él no hacía nada para convencer y conseguir prosélitos. Como máximo podía llevar a Cristo cerca de ellos, llevando el tabernáculo al desierto. Pero luego no ideaba estrategias elaboradas. Vivía simplemente su vida de oración y de trabajo. Sólo después de su muerte encontró discípulos, discípulos que hoy viven en medio de los más pobres compartiendo con ellos las experiencias diarias. Recientemente, en los debates sobre las raíces cristianas de Europa, algunos pensadores laicos le han reprochado a la Iglesia su timidez a la hora de defender y proponer verdades y valores. ¿Qué piensa de estas acusaciones? ¿Qué diría De Foucauld? KASPER: La acusación dirigida a menudo contra la Iglesia en su conjunto carece de fundamento; el Papa y muchos episcopados europeos se han expresado claramente y con fuerza en favor de la identidad cristiana en Europa. Pero al mismo tiempo es verdad que en algunos ámbitos y círculos dentro de la Iglesia existe cierta timidez y debilidad a la hora de defender y proponer la verdad y los valores cristianos. Esta actitud nace a menudo de una fe frágil que ha perdido sus certidumbres, su determinación, que confunde la tolerancia con la indiferencia. Charles de Foucauld no gritó grandes consignas: su conducta nace de una convicción totalmente distinta. Parte de una fe sólida y vivida, que en sí misma, incluso sin grandes palabras, era un testimonio fuerte y valiente, pero también humilde, del mensaje cristiano y de sus valores. Sin pretensiones de posesión, sin actitudes de desafío. Escribe a finales de 1910: «Jesús es suficiente. Allí donde está, no falta nada. Quien se apoya en él es fuerte gracias a su fuerza invencible». Un testimonio de este tipo puede llevar a los demás a reflexionar, a hacerse preguntas, puede suscitar admiración y, si Dios concede la gracia, también el deseo de compartir esta vida según los valores cristianos. De hecho, nuestra defensa de la identidad cristiana de Europa será convincente sólo si vivimos los valores que defendemos. No son las palabras, es la vida lo que convence. Como reconocía De Foucauld en un escrito de julio de 1899, «se hace el bien con lo que uno es, más que con lo que uno dice… Se hace el bien cuando se es de Dios, se pertenece a Él». Y cuando esto sucede, no hay que inventarse nada. Basta «quedarse donde uno está, dejar penetrar, crecer y consolidar en el alma la gracia de Dios, defenderse de la agitación».
Charles de Foucauld en la ermita en el desierto de Tamanrasset donde custodiaba el tabernáculo con el ostensorio
También las peticiones de perdón por los pecados pasados han sido consideradas por algunos como una manifestación de debilidad. ¿Qué piensa usted de estas afirmaciones a la luz de la figura de De Foucauld? KASPER: Charles de Foucauld tenía razón cuando pedía perdón por su vida derrochada antes de su conversión. Nos muestra que un nuevo inicio siempre es posible, por gracia divina. También nosotros en cada celebración eucarística comenzamos con un acto penitencial; esto sería algo impensable en una reunión de partido, de una empresa o de cualquier asociación. Haciendo esto, expresamos nuestra debilidad, lo cual es un acto de sinceridad, pero al mismo tiempo manifestamos la fuerza del mensaje cristiano de la misericordia y del perdón, es decir, de la posibilidad que Dios pueda realizar un cambio y dar un nuevo inicio también a una historia humana sin salida y sin esperanza. Escribe De Foucauld en una meditación: «No hay pecado tan grande, ni criminal tan empedernido, al que tú no ofrezcas en voz alta el paraíso, como le dijiste al buen ladrón, al precio de un instante de buena voluntad». Pedir perdón no es por tanto una debilidad sino una fuerza; es expresión de una esperanza que no olvida, no reniega o retrata el pasado y que al mismo tiempo no se siente encadenada al pasado y puede mirar al futuro. Pedir perdón es expresión de la libertad cristiana, libertad que nosotros conocemos en Cristo. Pedir perdón no es una acción politically correct, sino que tiene que ver con la naturaleza de la Iglesia y con su mensaje. ¿Qué tienen en común los tuáregs de África con nosotros, hombres de las realidades urbanas? KASPER: De Foucauld lleva a Jesucristo hasta «aquellos que no lo buscan». Podemos decir que, en ciertos aspectos, la situación de los tuáregs de Argelia es semejante a la de nuestros contemporáneos en la realidad urbana, es decir, a nuestra misma situación, si bien exteriormente la diferencia es manifiesta; allí se trata de pobreza material, aquí de pobreza espiritual. El desierto es, por supuesto, distinto, pero el punto común reside en el hecho de que ni ellos ni nosotros estamos de verdad “en casa” en ningún lugar; estamos en camino, somos nómadas. Además, tenemos en común cierta letargia. A menudo vagamos sin una meta concreta ni una sólida esperanza. Somos, pues, un pueblo en el que la predicación del Evangelio y la conversión son difíciles. En esta situación, Charles de Foucauld nos da una respuesta profética pero también exigente, en el fondo la única respuesta posible: una vida evangélica que manifiesta la alternativa profética del Evangelio, haciendo que sea de nuevo interesante y atractivo. De este modo Charles de Foucauld es una figura luminosa, y puede ser también un válido remedio frente al peligro de un aburguesamiento y de un tediosa banalización de la Iglesia. Para De Foucauld los pobres son los destinatarios predilectos de la promesa de Cristo. ¿No le parece que esta percepción de la predilección de los pobres se ha ofuscado? KASPER: Los pobres y los pequeños son según Jesús los predilectos de Dios y los destinatarios de su evangelización. También san Pablo nos dice que en las comunidades primitivas había pocos ricos, pocos sabios, pocos poderosos y pocos nobles. El Concilio Vaticano II descubrió de nuevo y reafirmó este aspecto; después del Concilio se ha hablado mucho de la opción preferencial por los pobres. La teología de la liberación se ha inspirado en este mensaje, pero a veces lo ha hecho con fines ideológicos; al hacer esto, se ha vuelto ambigua. Esto no significa, sin embargo, que el mensaje haya dejado de ser válido y actual. Todo lo contrario. La gran mayoría de la humanidad vive actualmente por debajo del umbral de pobreza, y esto es verdad sobre todo en África, donde Charles de Foucauld vivió, entre los pobres. Espero que su beatificación replantee con un significado de ningún modo ideológico, la urgencia de hacer frente al desafío de la pobreza, tanto material como espiritual, y nos muestre la respuesta evangélica, vivida por él de modo ejemplar, que el mundo actual debe dar.