
A partir del estilo de vida del hermano Carlos nos preguntamos lo que haría nuestro Señor en cada uno de los momentos, buenos y menos buenos, que nos surgen diariamente. Es un camino espiritual sencillo y práctico para afrontar los momentos de todo tipo que nos surgen a diario, reflexionando, pensando qué haría Jesús en cada momento, actuando con el amor que Dios nos ha dado, con esa alegría que debemos manifestar por estar en paz y siempre pensando en los demás antes que en uno mismo, poniéndonos siempre en el último lugar. La imitación de Cristo es el camino espiritual que nos ofrece la vocación y el apostolado del hermano Carlos.
Conocemos bien el itinerario espiritual del hermano Carlos y sabemos cómo entendió el anuncio del Evangelio y el apostolado. Evangelizar para este pionero de tiempos nuevos, es desear el bien espiritual y material de todos los hombres, desear la libertad de espíritu y su propia tranquilidad, es poner en práctica todas las posibilidades cristianas escondidas, pero a su vez presentes y activas en el mundo. Todo por el amor de Dios. No es poca cosa en cuanto las personas y su cultura son “sagradas” para este marabout occidental.
Carlos de Foucauld, a pesar de su formación y cultura, intentó no colonizar y no en poca medida saca fuerzas de flaqueza en los intensos momentos de oración, meditación y contemplación que le llevan a una actitud de infancia espiritual “abandonándose al Padre” porque Él sabe lo que necesitamos en cada momento. El abandono en las manos de Dios le exige momentos de soledad, silencio, y aislamiento en su pequeña ermita en Tamanrasset donde celebraba la eucaristía adorando a Dios sobre el altar, cayendo de rodillas, agradeciendo, bendiciendo, derritiéndose en lágrimas de gratitud, llenas de admiración. Permanecía dispuesto a abrazar la menor indicación de Dios para que en todo momento se cumpliera su voluntad en él y en todas las criaturas. Dejando siempre a Dios ser Dios.
La novedad evangelizadora de Carlos de Foucauld era la evangelización con el testimonio de su vida donde la palabra ocupa un segundo lugar y poniendo empeño en dar ejemplo de humildad a las personas que le rodeaban. A pesar de las dificultades, que fueron muchas y de toda índole, su modo de evangelizar no fue colonizando a un pueblo indígena, sino acercándose a ellos, ayudándoles en todo lo que podía, ofreciéndole lo poco o mucho que tenía, que era su amor hacia los demás como Jesús lo hacía y lo hace con cada uno de nosotros que creemos en Él. Dándoles a conocer la paternidad divina y la fraternidad humana.
El hermano Carlos se acercaba a las personas, creyentes o no, cristianos o musulmanes, ofreciéndole su amistad, su confianza, su servicio demostrándoles que Cristo les ama. Este estilo evangelizador, además de gratuidad, es un proceso lento, y no siempre el fruto responde a las expectativas humanas. Muchas veces el hermano Carlos meditó y oró sobre el texto evangélico del grano de trigo que debe pudrirse para dar fruto. Los medios de la evangelización serán pobres y se basarán en una espiritualidad de humillación, sufrimiento, abandono, paciencia y persecución. Los mismos pasos que anduvo el bienamado y Señor Jesús.
El hermano Carlos sentía la pasión por el Evangelio. Quería proclamar la buena noticia del evangelio desde los tejados. Anuncia el Evangelio con esa misma pedagogía que tenía Jesús a través de la vida y el testimonio. El cristiano, imitando a su Maestro, no puede dejar de decir lo que ha visto y oído (Hechos 4,20).
A Carlos de Foucauld le daba igual el tiempo y el lugar, tenía que evangelizar, tenía que presentar a los hombres el anuncio de la buena noticia y esa buena noticia es precisamente que la palabra de Dios no es una palabra abstracta, sino encarnada en palabra humana. Para poder realizar esta tarea es necesario en todo momento el acompañamiento del Espíritu Santo, que le dio a él y nos da a nosotros la sabiduría, la inteligencia y la fortaleza de acercarnos para poder conocer el verdadero valor de las criaturas del Señor, para conocer lo que el mundo exige y espera de nosotros con sencillez de vida y espíritu de oración.
Las virtudes fundamentales de caridad, humildad y amabilidad y bondad, están hoy en día deterioradas por la falta de empatía hacia las personas. Hoy desgraciadamente es el lenguaje uno de los motivos por los cuales no llegamos a entendernos con algunas personas porque no se acercan a los problemas y sufrimientos del mundo, con mucha frecuencia los que creemos que estamos más cerca de Dios, nos encontramos encerrados en nosotros mismos, en nuestras propias preocupaciones eclesiásticas y estructurales. Sin embargo el lenguaje no fue un impedimento para el hermano Carlos, para acercarse a las personas del lugar, de hecho realiza un diccionario con las palabras de los nativos para poderse entender mejor con ellos.
Pero la Iglesia, algunas veces habla un idioma distinto al que habla el común de las personas, utiliza figuras e imágenes extrañas al pueblo. La Iglesia tiene que aprender a escuchar para entender las preguntas de la gente y dar respuesta de acuerdo con el Evangelio. Jesús escuchó al pueblo y contestó a sus preguntas como hizo el hermano Carlos. Tenemos que leer y releer el Evangelio sin detenernos, de manera que tengamos el espíritu, los hechos, las palabras y los pensamientos de Jesús delante de nosotros, a fin de que un día podamos pensar, hablar y actuar como él lo hizo. En definitiva tenemos que volver a la sencillez cristiana, para que el mundo nos entienda. Debemos volver a las fuentes.
Hay que preguntarse a qué personas tenemos que evangelizar, y la respuesta sería fácil, a toda persona que no conoce a Cristo. El hermano Carlos vivió sus últimos años rodeado de un ambiente creyente en el Dios único y verdadero. Hoy la situación se ha tornado más difícil en nuestro entorno en cuanto el agnosticismo y la increencia campan por doquier. En la actualidad hay que evangelizar a personas cuya vida comprometida en labores sociales sea mejor que la nuestra y que nos sirva de ejemplo, o que muestre una gran consideración por sus semejantes, o que sea mucho más generoso o asimismo puede ser una persona que no pertenezca a ninguna iglesia, que quizá nunca haya entrado en una, o que pertenezca a otra religión. Este es el hombre concreto al que hay que anunciarle que Dios es Padre y nos ama.
El apostolado del hermano Carlos es el de la bondad, él ponía empeño en que las personas cuando lo vieran en su manera de hablar y actuar dijeran: “Este hombre es tan bueno que su religión tiene que ser buena”. Esto es lo que tenemos que intentar conseguir en nuestros ambientes y en nuestros quehaceres. Si alguien le preguntaba al hermano Carlos el por qué de ser tan bueno, él respondía que estaba sirviendo a una persona más buena que él. Quería que las personas dijeran si así es el siervo, cómo será su Señor. La tarea del sacerdote, en el caso del hermano Carlos, es la de mostrar a Jesús en la hospitalidad y en la bondad para que todos los que le trataban comprendieran la bondad del Hijo de Dios.
Es necesario actuar con moderación y sencillez en la vida diaria, esforzándonos para que otras personas nos imiten, salvando, por caridad cristiana, el abismo abierto por las diferencias que existen en el mundo. Sobre todo, hay que actuar con constancia, sin caer en el desánimo. Siempre hay trabajo que hacer con el ejemplo, la bondad y la oración, entablando relaciones más estrechas con personas que están alejadas de la fe, para llevarlas con paciencia, dulzura y bondad a una vida más cristiana. Debemos entablar relaciones amistosas con personas contrarias a nuestra religión, a fin de llevarles al conocimiento de Dios por el ejemplo de nuestra virtud. Es necesario que tengamos este trato con ellos, manteniendo relaciones de afecto cordial, a fin de que sientan hacia nosotros confianza, y así puedan conocer y vivir nuestra fe. Esta es la obra que debemos realizar y la que realizaba el hermano Carlos.
Debemos ver a Jesús en cada una de las personas que se nos presentan en la vida. Debemos hacer con los demás lo mismo que nos gustaría que hicieran con nosotros. Debemos saber que Dios nunca nos abandona. Debemos enseñar al prójimo y hacer el bien a los demás, respetando a nuestros hermanos más humildes, porque son los preferidos de Jesús, son los más sencillos y puros y no muestran vanidad. Nos tenemos que mezclar con ellos como Dios quiere e hizo en su Encarnación.
El hermano Carlos oyó y siguió el mandato misionero de Jesucristo: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). A él le cupo sembrar; a Dios dar el crecimiento a su debido tiempo.
Nosotros, en definitiva, debemos anunciar a Jesucristo, aquí y ahora, permaneciendo atentos a los signos de los tiempos para constatar las huellas de la activa presencia de Dios en la historia humana y ser capaces de distinguirla en medio de nuestra propia rutina cotidiana.
MARÍA DEL CARMEN PICÓN SALVADOR
http://www.carlosdefoucauld.es/Boletin/173/Iesus-Caritas-173-Vida-diaria.htm
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