La semilla de la Comunidad de Taizé: cuando la bicicleta de Roger llegó a la colina

FUENTE: VATICAN NEWS

Hace 81 años, en plena Segunda Guerra Mundial, el franco-suizo Roger Schutz, de 25 años, se detuvo en el pueblo de Borgoña y, tras comprar una casa abandonada, comenzó a acoger y esconder a judíos y refugiados con su hermana Geneviève..

Alessandro Di Bussolo – Ciudad del Vaticano

Hace 81 años llegó a Taizé en bicicleta, Roger Schutz, un franco-suizo de 25 años. Taizé, un pequeño y remoto pueblo de Borgoña, en una colina cercana a Cluny. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Después de intentar ser escritor, Roger se había matriculado en Teología, pero desde hacía años, durante una larga enfermedad, había madurado el deseo de crear una comunidad, en la que pudiera vivir concretamente, en la oración y la reconciliación entre los cristianos propuesta en el Evangelio, acogiendo a los más necesitados.
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20 de agosto de 1940: llegada de Roger a Taizé

Aquel 20 de agosto de 1940, buscaba una casa donde empezar a realizar su sueño. Lo que le convenció de que Taizé era el lugar adecuado fue la invitación a comer de una mujer del lugar, Henriette Ponceblanc, que le dijo durante la comida: «Quédate aquí, estamos muy solos». Al joven Schutz le pareció que era Cristo quien hablaba a través de esta mujer, y decidió instalarse en el pueblo, comprando, con un pequeño préstamo, la casa abandonada de una señora que vivía en Lyon.

Roger (a la derecha) con el padre y la hermana Geneviéve (de pie)

Roger (a la derecha) con el padre y la hermana Geneviéve (de pie)

Un hogar para judíos y refugiados de guerra

Cuando estalló la guerra, Roger se dio cuenta de que, al igual que su querida abuela materna Marie-Louise había hecho durante la Primera Guerra Mundial, tenía que ayudar a la gente que estaba «pasando por el calvario». Y Taizé estaba muy cerca de la línea divisoria que partía Francia en dos, por lo que estaba bien situado para acoger a los que huían de la guerra. Así que empezó a acoger y esconder a los fugitivos, especialmente a los judíos, y propuso a su hermana Geneviève que le ayudara a acogerlos. Alertados de que la Gestapo les había descubierto, mientras en noviembre de 1942 Roger acompañaba a los refugiados indocumentados hasta la frontera suiza, decidieron quedarse en Ginebra.LEA TAMBIÉN26/12/2020

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Los primeros hermanos: Roger, Pierre y Max

Allí se les unieron dos estudiantes de Lyon, Pierre Souvarain y Max Thurian, que habían leído el folleto escrito por el joven suizo «Note explicative», en el que explicaba su ideal de vida. Fue el primer núcleo de la futura comunidad ecuménica de Taizé: los tres volvieron a Francia en 1944 y obtuvieron el permiso para moverse libremente por el país para ayudar a los más necesitados. Ayudaron a los prisioneros alemanes en dos campos cercanos y a algunos niños huérfanos, de los que Geneviève era responsable.

Semana Santa de 1949 y el compromiso de siete hermanos para toda la vida

Poco a poco otros jóvenes se unieron a los primeros hermanos y en la Pascua de 1949, en la iglesia de Taizé, habilitada para la oración comunitaria, gracias a la autorización del Nuncio Angelo Giuseppe Roncalli (el futuro Papa Juan XXIII), siete hombres se comprometieron juntos de por vida al celibato, a la vida en común y a una gran sencillez de vida.LEA TAMBIÉN20/08/2020

Taizé: El hermano Roger y la continuidad de un encuentro

Insertar una vida espiritual donde existen las fracturas del mundo

Su sucesor en la guía de la comunidad, hermano Alois Loserm de 67 años, y de origen alemana, recordó el año pasado, en ocasión del 80º aniversario de la llegada de frérè Roger a Taizé,  que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero la primera intuición de Roger, dijo en una entrevista con L’Osservatore Romano, «sigue siendo profundamente relevante: insertar una vida espiritual, una búsqueda de Dios, donde se encuentran las fracturas del mundo».  LEA TAMBIÉN20/08/2020

Comunidad de Taizé: “Una parábola de comunión”

Una Comunidad que se abre a los jóvenes

Todavía hoy los Cien Hermanos de Taizé acogen a los refugiados en la colina «y algunos hermanos -recordó el prior- viven en pequeñas fraternidades en lugares especialmente desprotegidos en el mundo actual». Pero sobre todo abren las puertas de la Comunidad, cada año, a miles de jóvenes de todos los continentes, y esto «es otro gran avance que todavía hoy nos sorprende», dijjo el Prior. Jóvenes que no vienen a formar parte de un nuevo movimiento ecuménico, sino que, como quería Roger, vienen «a sacar de las fuentes de la fe». El hermano Roger murió el 16 de agosto de 2005 a los 90 años, a manos de una mujer trastornada, 

Oración en la Iglesia de la Reconciliación

Oración en la Iglesia de la Reconciliación

Al final de la oración, los hermanos escuchan a los jóvenes

Las tres oraciones comunes de la Comunidad, en la Iglesia de la Reconciliación, permanecen siempre en el centro de los encuentros de jóvenes, acompañadas de los cánones conocidos y cantados en las iglesias de todos los continentes. Jóvenes de todo el mundo acuden a la colina de Taizé para vivir una semana especial: encuentro, cantos, oración, silencio, que conducen casi espontáneamente a un redescubrimiento del sentido de la vida. Al final de la oración en la gran iglesia o en las ferias de los encuentros europeos de fin de año, el hermano Roger se encontraba a menudo con los jóvenes. 

Jóvenes en un pequeño grupo de reflexión en Taizé

Jóvenes en un pequeño grupo de reflexión en Taizé

Frérè Roger (1998): no son padres espirituales, sino hombres de la escucha

En Taizé escuchamos», dijo el fundador de la Comunidad, «mis hermanos y yo no somos padres espirituales, pero somos hombres que escuchan, a veces podemos decir algunas palabras, les decimos a los jóvenes que se cuestionen y que busquen en su interior. Buscar y escuchar es ya el principio de la curación. Después los jóvenes vuelven a salir, van a lugares y ambientes tan diferentes. Algunos vuelven a sus familias donde rezan y buscan la fe, otros donde no hay nada, donde no pueden hablar ni ser escuchados. Muchos confían a los hermanos que experimentan «la gran ansiedad del futuro». Qué tipo de futuro tendré, qué tipo de trabajo, cómo lo encontraré y cómo me ganaré la vida. Es una gran ansiedad en Europa. Les diría que intenten adaptarse y encontrar una libertad interior, que es absolutamente necesaria. La sencillez de la vida es nuestra respuesta. Una vida hecha de poco, casi nada, y luego caminar, construir una familia, construir una comunión».

Un «invitado especial» en el Sínodo de los Jóvenes 

Frérè Alois también habló de la escucha,  lo dijo durante el Sínodo de los Obispos dedicado a los jóvenes en octubre de 2018, en el que fue el único «invitado especial». Desde que entró en la comunidad de la colina de Borgoña, a los veinte años, siempre se encuentra con los jóvenes que suben con sus tiendas, cantan los cánones compuestos por los hermanos y piden hablar con ellos al final de las oraciones.

Una «pastoral de la escucha» en la Iglesia, para consagrados y laicos

Los jóvenes buscan un hogar en la Iglesia, quieren estar en casa, quieren ser acogidos tal y como son», dijo en el 2018 el hermano Alois, «y cuando hay confianza, los jóvenes también escuchan el mensaje del Evangelio». Pero lo primero es buscar esta confianza con los jóvenes, y también acogerlos en la oración común. Escuchar juntos la Palabra de Dios, guardar silencio juntos y escuchar a los jóvenes que quieren hablar con alguien personalmente. Buscan en la Iglesia un oído, un corazón, que les acoja con humanidad. Creo que tal vez podamos tener un ministerio de la escucha más fuerte en la Iglesia, un ministerio que no sólo sea ejercido por los sacerdotes, religiosos y religiosas, sino también por los laicos, mujeres y hombres que están en la Iglesia para acoger, escuchar y luego acompañar a los jóvenes».

La muerte del hermano Roger: ¿Por qué?

En muchos de los mensajes que recibimos el año pasado se comparaba la muerte del hermano Roger con las de Martin Luther King, Monseñor Romero o Gandhi. Con todo, no se puede negar que hubo una diferencia. Estos últimos se encontraban involucrados en un combate de origen político, ideológico, y fueron asesinados por sus adversarios, que no podían soportar sus opiniones ni su influencia.

Algunos dirán que es inútil buscar una explicación al asesinato del hermano Roger. El mal frustra siempre toda explicación. Un justo del Antiguo Testamento decía que lo odiaban «sin razón», y San Juan puso semejante afirmación en boca de Jesús: «Me odiaron sin causa».

Sin embargo, tratando al hermano Roger, hay un aspecto de su personalidad que me llamó siempre la atención, y me pregunto si ello no explica por qué fue agredido. El hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El hermano Roger la «veía», por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él «veía a través».

Tomaré el ejemplo de la unidad de los cristianos. Para el hermano Roger era evidente que si esta unidad era querida por Cristo, tenía que poder ser vivida sin demora. Los argumentos que se le oponían tuvieron que parecerle artificiales. Para él, la unidad de los cristianos era ante todo una cuestión de reconciliación. Y en el fondo tenía razón, ya que nosotros, por el contrario, muy pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a pagar el precio de la unidad. Una reconciliación que no nos afectara en nuestra propia carne, ¿merece llevar tal nombre?

Decían de él que no tenía un pensamiento teológico. Pero, ¿acaso no veía él mucho más claro que aquellos que decían eso? Los cristianos, desde hace siglos, han tenido la necesidad de justificar sus divisiones aumentando artificialmente lo que les oponía. Sin darse cuenta entraron en un proceso de rivalidad y la evidencia de dicho fenómeno se les ha ido de las manos. No han podido «ver a través». La unidad les parecía imposible.

El hermano Roger era un hombre realista. Tenía en cuenta aquello que quedaría irrealizable, sobre todo desde el punto de vista institucional. Pero él no podía detenerse en ello. Esa inocencia le daba una fuerza persuasiva muy particular, una especie de dulzura que no se daba nunca por vencida. Hasta el fin, vio la unidad de los cristianos como una cuestión de reconciliación. Y la reconciliación es un camino que cada cristiano puede hacer. Si todos lo realizaran de verdad, la unidad estaría muy cerca.

Había otro aspecto de esa manera de ver del hermano Roger en el cual se podía palpar todavía mejor su personalidad en toda su radicalidad: todo aquello que podía sembrar una duda sobre el amor de Dios le era insoportable. Aquí tocamos el tema de la comprensión inmediata de las cosas de Dios. No era un rechazo a reflexionar, sino que sentía muy fuerte en sí mismo que un cierto lenguaje que se considera correcto, por ejemplo sobre el amor de Dios, podría, en realidad, oscurecer lo que personas no prevenidas esperaban de este amor.

Si el hermano Roger insistió tanto sobre la bondad profunda de cada ser humano, habría que verlo con la misma óptica. No se hacía ilusiones acerca del mal. Por naturaleza, era más bien vulnerable. Pero tenía la certeza de que si Dios ama y perdona, significa que rechaza volver sobre el mal. Todo perdón verdadero despierta el fondo del corazón humano, este fondo que está hecho para la bondad.

Esta insistencia sobre la bondad impresionaba a Paul Ricoeur. Nos dijo un día en Taizé que era ahí donde él veía el sentido de la religión: «Liberar el fondo de bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta». En el pasado, algunas predicaciones cristianas recalcaban constantemente que la naturaleza humana era fundamentalmente mala. Se hacía para garantizar la pura gratuidad del perdón. Pero dicha prédica llevó a que mucha gente se alejara de la fe, incluso si escuchaban hablar del amor, tenían la impresión de que ese amor tenía reservas y que el perdón que se anunciaba no era total.

Lo más precioso de la herencia del hermano Roger se encuentra, quizás ahí: ese sentido del amor y del perdón, dos realidades que eran evidentes para él y que captaba con una inmediatez que, a menudo, se nos escapaba. En este campo era verdaderamente el inocente, siempre sencillo, desarmado, leyendo en el corazón de los demás, capaz de una extrema confianza. Su bellísima mirada lo transparentaba. Si él se sentía tan a gusto con los niños, era porque ellos vivían las cosas con la misma inmediatez; ellos no pueden protegerse ni pueden creer en algo que es complicado; sus corazones van directo hacia lo que les conmueve.

La duda no estaba jamás ausente en el hermano Roger. Por eso le gustaba tanto la frase: «¡No dejes que me hablen mis tinieblas!» Porque las tinieblas son las insinuaciones de la duda. Pero esta duda no tapaba la evidencia con la que él sentía el amor de Dios. Quizás, la duda, reclamaba un lenguaje que no dejase convivir ninguna ambigüedad. La evidencia de la que hablo no se sitúa a nivel intelectual, sino más profundamente, a nivel del corazón. Y, como todo lo que no puede ser protegido por fuertes razonamientos o certezas bien construidas, esta evidencia era necesariamente frágil.

En los evangelios, la simplicidad de Jesús incomoda. Algunos de los que le escuchaban se sentían cuestionados. Era como si los pensamientos de sus corazones hubieran sido develados. El lenguaje claro de Jesús y su manera de leer los corazones constituía, para ellos, una amenaza. Un hombre que no se deja atrapar por los conflictos aparece como peligroso para algunos. Este hombre fascina, pero la fascinación puede volverse fácilmente hostilidad.

El hermano Roger fascinó ciertamente por su inocencia, por su percepción de inmediatez, por su mirada. Creo que él vio en los ojos de algunos que la fascinación podía transformarse en desconfianza o en agresividad. Para alguien que lleva sobre sí mismo conflictos irresolubles, su inocencia debió volverse insoportable. No bastaba con insultar a este inocente. Hacia falta eliminarlo. El doctor Bernard de Senarclens escribió: «Si la luz es demasiado viva, y pienso que la que emanaba el hermano Roger podía encandilar, no siempre es fácil soportarla. Entonces no queda otra solución que apagar esa fuente luminosa suprimiéndola.»

Quise escribir esta reflexión porque me permite sacar a la luz un aspecto de la unidad de la vida del hermano Roger. Su muerte ha sellado misteriosamente lo que él siempre fue. Porque no lo mataron por una causa que él defendía. Lo mataron por lo que era.

hermano François, de Taizé

Oración de Frère Alois de Taizé

Dios de compasión

Gracias por la vida de Frère Roger.

En un mundo a menudo desgarrado por las violencias,creó con su vida y la de sus hermanos una parábola de comunión.

Gracias por su testimonio del Cristo Resucitado,y por su lealtad hasta la muerte.

Envía sobre nosotros tu Santo Espíritu, para que nosotros también seamos testigos de reconciliación en nuestra vida diaria.

Haznos criaturas de unidad entre los cristianos cuando se separen.

Portadores de paz entre los pueblos cuando se oponen.

Danos saber vivir en solidaridad con los más pobres, cerca o lejos.

Con frère Roger nos gustaría decirte: Dichoso quien sabe abandonarse en ti, oh Dios,en la confianza del corazón.

Tú nos guardas en alegría, sencillez, misericordia.

Oración de Frère Alois.