
Massignon fue un visionario de las realidades ocultas. Discípulo de Gandhi y siendo el Presidente de la asociación de “Amigos de Gandhi”, este le había hecho comprender el concepto de “la no violencia” en la vida y obra de Jesús, que proponía sin imponer y no ejercía presión psicológica y del que debían aprender los que ejercían el apostolado evangelizador, para no caer en proselitismos. Su método de “descentramiento” consistía en centrarse en el otro tal y como es sin imponer ni tratar de cambiar como es.
Fue un “solitario”, “un eremita” a contracorriente de la sociedad en que vivía. Se introdujo en el camino de “la soledad creadora”, gracias al profundo estudio de la vida del místico Al Hallaj qué fue un buscador individual, independiente, un caminante solitario y un navegante por estelas no conocidas del desconocido mar de la existencia, que se yergue como un símbolo significativo de la tolerancia y libertad de pensamiento.
Gran parte de las experiencias espirituales, místicas, religiosas y políticas de Massignon tienen un centro común que gira en torno de la idea de «hospitalidad» entendida esta como el derecho “a que toda persona se puede sentir en su casa sea cual sea el lugar de la Tierra en el que se encuentra”. Esta idea de hospitalidad estaba fundamentada tanto en la hospitalidad abrahamica con el extranjero, como en la vida de Jesucristo, quien pidió hospitalidad y murió en una cruz aceptando incluso la violencia de sus verdugos.
Abraham emblematiza toda la vida y obra de Massignon: la imagen del que sale fuera de sí, del desposeído, del emigrante, siendo además su persona, símbolo de ecumenismo ya que es el tronco común del que salen las tres Religiones del libro.
La intercesión entre diferentes religiones fue vivida por Massignon como una necesidad urgente. Él experimentó en su persona el poder místico e interreligioso durante su conversión al cristianismo. Tenía veinticinco años cuando en el Cairo fue hecho prisionero. Durante el encierro, la desesperación lo lleva al borde del suicidio, del que es salvado, desde una íntima distancia, por la irrupción de un extraordinario renacimiento y recibimiento interiores que lo sobrepasan, relata su experiencia mística como «La visitación del Extranjero”.
Es por ello que, años más tarde en 1934, fundó en el Cairo la Badaliya (sustitución en árabe) asociación o solidaridad de oración, sacrificio y sustitución , no de conversión, “como una unión de oraciones entre almas débiles y pobres que intentan amar a Dios y rendirle gloria en el Islam permaneciendo como hermanos universales” con el propósito de cooperar con los musulmanes en el conocimiento de Jesús y Maria nexo común entre ambos y que en 1947 Pio XII bendijo y autorizo por escrito para poder pasar al rito católico melquita giego. La Badaliya tuvo presencia no sólo en varias ciudades del Norte de África, sino también en Europa y Estados Unidos. Pero sobre todo su influjo es indeleble en la «primavera eclesial» del Concilio Vaticano II.
Pero lo que hay que subrayar es que sin la fuerza inquebrantable de este hombre por mantener la obra y el carisma de Carlos de Foucauld, hoy probablemente su familia espiritual, no sería la que es .Es bajo las balas de Macedonia, que se entera de la muerte de su “hermano mayor”. Con treinta tres años de edad, muy conmocionado, se considera como un hijo que tiene que continuar la obra de su padre y empieza todas las gestiones necesarias para hacer que la herencia foucauldiana sobreviva, lo que no interesaba a nadie en ese momento.
En 1917 publica el Directorio, escrito por Foucauld en 1909 con adiciones en 1913 e impulsa la Unión de hermanos y Hermanas del Sagrado Corazon, que tiene su primera sesión 6 de abril de 1925. Acude a René Bazin, para que publique la biografia de Foucaud, que resulta un éxito editorial, convirtiéndose en la pieza clave para que se conozca el testimonio de Foucauld.

Louis Massignon (1883-1962) es desconocido por muchos católicos en España. En la semblanza que nos ofrece Vázquez Borau asoma, sin embargo, como el hombre providencial que origina el «giro copernicano» por el que el Islam es visto desde la Iglesia con una nueva mirada. Massignon, converso tras una época tormentosa en que experimenta la fragilidad humana hasta el abismo, vive de modo sorpresivo lo que él denomina «la visita del Extranjero». Y queda seducido para siempre. Místico cristiano, descubre la acción insondable de Dios en el alma de un musulmán, Al Hallaj, crucificado en Bagdad en el siglo X. Massignon, entonces, se convierte en un pacificador que promueve la amistad sagrada entre las gentes de diversas religiones, especialmente entre las «Gentes del Libro». Con Mary Khalil funda la Badaliya, una sodalidad cristiana de rito oriental que une a quien quiera en la oración y la vicariedad en favor de los musulmanes. Bajo el influjo espiritual de San Francisco, de Catalina Emmerick, vive su vocación en contacto profundo con San Carlos de Foucauld. Hay quien le ha visto como el mejor fruto de la peculiar misión foucaldiana. Amigo de Gandhi y difusor de sus ideas y su espíritu, se hace pobre, sirve a oprimidos y encarcelados, lucha contra el colonialismo, estudia sin cesar. Otro gran orientalista, Henry Corbin, le trata de maestro. Casado, es, por fin y según el antiguo deseo de San Carlos de Foucauld, ordenado sacerdote por el rito católico melquita. En total, una vida asombrosa y apasionante. Muere en 1962, tres años antes de que el Concilio Vaticano II diera a luz a la Nostra aetate, esa lacónica declaración que ha provocado bajo la guía del Espíritu todo un corpus magisterial, que crece sin cesar, y que, como decíamos más arriba, debe su punto de arranque definitivo a los amores y los dolores de este hermano escondido en el Misterio.
