JESÚS ENTREGANDO SU VIDA, MANIFIESTA LA MÁS ABSOLUTA PLENITUD DE VIDA

El sacerdote Aurelio Sanz, de la Fraternidad Iesus Caritas de Murcia nos ofrece este Via Crucis por si nos puede interesar:

https://drive.google.com/file/d/1K3vOb6Et3ZGWwB2WqhkNJcywoNKYLPTw/view?usp=sharing

VIERNES SANTO (B)

Jn 18,1-19,42

Las tres partes en que se divide la liturgia de este viernes expresan perfectamente el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando en este día de Viernes Santo. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho insólito que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión es la celebración de una muerte, en la que podemos descubrir la Vida.

No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No es el dolor lo que nos salva. Tampoco debemos apelar a la voluntad de Dios. Dios ni programó ni permitió ni aceptó la muerte de Jesús. Menos aún la exigió para poder perdonar nuestros pecados. Ese amor, manifestado en el servicio a los demás, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad. Mientras el cristianismo siga siendo un ropaje exterior, nos podemos sentir abrigados y protegidos, pero no nos cambia interiormente; y por tanto no nos salva.

¿Qué añade la muerte de Jesús al mensaje de Jesús? Aporta una dosis de autenticidad. Sin esa muerte y sin las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil, para los discípulos, dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del AMOR. En la muerte, Jesús dejó absolutamente claro que el servicio incondicional a los demás era más importante que la misma vida biológica.

La muerte de Jesús, como resumen de su vida, nos lo dice todo sobre su persona. Nos dice todo sobre nosotros mismos, si queremos ser humanos como él. Además, nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro. Sobre Jesús, nos dice que fue plenamente humano. Una trayectoria humana, que comenzó como la de todos, nos demuestra que las limitaciones humanas, incluida la muerte, no impiden al hombre alcanzar su plenitud.

La buena noticia de Jesús fue que Dios es amor. Pero ese amor se manifiesta de una manera desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de lo que podemos llegar a comprender, que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo. Un Dios que se anonada, se deshace, se aniquila para dejarnos ser nosotros mismos, no puede ser atrayente. Como no aceptamos ese Dios, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y da acá, que desplegamos no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús. Por eso el Dios de Jesús nos desconcierta y despista.

Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es muy complicado tener que descubrirlo en lo hondo de mi ser, pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en el fundamento de mi ser, siendo parte de mí en lo que tengo de fundamental. Nos descoloca un Dios que es impasible al dolor humano, sin darnos cuenta de que al aplicar a Dios sentimientos, le estamos haciendo a nuestra imagen, fabricándonos nuestro ídolo. Nuestra imagen de Dios siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más.

Un Dios que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un “ego” más potente sino para quedar identificados con Él, no puede ser atrayente para nuestra conciencia de individuos separados. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo, pero si muere da mucho fruto”. Este es el nudo gordiano que es imposible desenredar. Es el Rubicón que no nos atrevemos a pasar. Como decía el Maestro Eckhart: un Dios hecho nada no puede identificarse conmigo si estoy lleno de mí mismo y creyéndome el ombligo del mundo.

La muerte de Jesús deja claro que su objetivo es imitar a Dios. Si Él es Padre, nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre de tal modo que viendo al hijo se descubra cómo es el padre. Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es don total, entrega incondicional a todos y en toda circunstancia. No solo no hemos entrado en esa dinámica, la única que nos puede asemejar a Jesús, sino que vamos en la dirección contraria, cuando buscamos en nuestra relación con Dios seguridades, incluso para el más allá.

La muerte en la cruz no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria. La suprema gloria de un ser humano es hacer presente a Dios en el don total de sí mismo, sea viviendo, sea muriendo para los demás. Dios está solo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Él. Si el amor se da en el dolor, allí está Él también. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz es la certeza de un amor autentico, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le podía costar la vida, es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino fundamental en su vida. Lo esencial no es la muerte, sino la actitud de Jesús, que le llevó a una total fidelidad. El que le mataran, podía no tener mayor importancia; pero que le importara más la defensa de sus convicciones que la vida, nos da la verdadera profundi­dad de su opción vital. Había experimentado la verdadera Vida y comprendido que la vida biológica tenía solamente un valor relativo.

Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su consumación. En ese instante puede decir: Yo y el Padre somos uno. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Dios está allí donde hay verdadero amor. Si seguimos pensando en un dios ausente del sufrimiento humano o exigiéndolo para poder perdonarnos, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Dios está en el dolor dándole verdadero sentido y convirtiéndolo en plenitud.

Al adorar la cruz esta tarde debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Debemos tener muy claro que es un signo que nos permite descubrir la realidad de una vida entregada a los demás. Poner la cruz en todas partes, incluso como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz, y vivir en el más refinado hedonismo, indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar.

La muerte de Jesús es el resumen de su vida. Se trata de una muerte que manifiesta sin ambages la verdadera Vida, que es fruto del amor. Pero no se trata tanto de la muerte física cuanto de la muerte al yo y al egoísmo. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro «falso yo» sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco celebrar su “resurrección”.

Fray Marcos

Introducción al día del Desierto

Desierto de la Paz (Murcia)

 Aurelio Sanz

El desierto es un lugar, un espacio. Es el tiempo que, en gratuidad, nos da el Señor; no un tiempo que le damos como ofrenda. Estamos acostumbrados a realizar un día de desierto mensualmente, pero también es una situación en la vida que puede durar no sólo un día, sino semanas o meses. 

Es bueno empezar el desierto haciendo silencio interior, eliminando los ruidos internos, aunque éstos nos sorprendan una y otra vez a lo largo de la jornada. Debemos vaciarnos, desnudando el corazón ante Dios, presentándonos ante él vacíos, para que sea él y sólo él quien nos llene. Los discípulos de Emaús no van de camino haciendo desierto: están llenos de ruidos interiores. Sólo cuando saben escuchar a Jesús lo reconocen.

Para silenciarnos puede ayudar comenzar repitiendo alguna jaculatoria, bien de la Biblia (“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, “Habla, Señor, que tu siervo escucha”, “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”…) o alguna expresión personal.

Es importante el silencio externo: que los sonidos de la naturaleza sean un espacio contemplativo, así como la luz solar, la luna, las estrellas, el frío o el calor, el campo, la montaña, el mar, las plantas. Son espacios contemplativos, pero no objeto de nuestra poesía o admiración. Sólo en el silencio podremos escuchar a Dios: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El desierto es búsqueda, no huída: buscar y dejarnos llevar por él, abandonarnos en nuestro guía.

El hermano Carlos vive en el desierto porque su vida es una continua búsqueda; un discípulo de Emaús cuyo acompañante estaba muy lejos. Carlos de FOUCAULD sabe escuchar a Dios y de él vive permanentemente enamorado. El desierto no es adoración, sino búsqueda y escucha. Por eso, el hermano Carlos hará de la Adoración el momento de encuentro amoroso con Jesús, el bien amado, y el espacio perfecto de unión con él.

Quien hace verdadero desierto no pretende hacer una terapia, ni reforzar su autoestima, ni un día de excursión, ni una manera de estar en paz consigo mismo o con la naturaleza.  Podemos regresar del desierto más preocupados o inquietos que al ir a él. “Cuando Dios habla, nos quedamos mudos” (José SÁNCHEZ RAMOS). Poco a nada podemos decir: sólo contemplar, sentirnos queridos por él.

En el desierto dejamos de “mirarnos el ombligo”, para no caer en la actitud del fariseo: “Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres…”. El desierto es el lugar donde Dios nos enseña a valorarnos más, a valorar mucho más a los demás cuando de nuevo nos encontramos con ellos. El verdadero fruto del desierto se nota en la vida, cuando ésta se hace problema, cuando es gozo y alegría, como las pequeñas semillas que están en la tierra o en la arena del desierto y que generan plantas verdes, hermosas, cuando llueve.

En el desierto podemos encontrar mucha paz o mucho desasosiego: encontrarnos con nuestra realidad nos puede dar miedo, y tenemos el riesgo de convertir el desierto en una evasión. Sólo si sabemos apreciar el amor de Dios, que nos escucha, perderemos los miedos y estaremos pisando tierra. “Nada te turbe, nada te espante. Dios no se muda, todo se pasa. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta” (Teresa de Jesús). Y así se fortalece nuestra esperanza.

El desierto no es el lugar para escribir nuestras memorias, ni nuestros pensamientos, aunque éstos estén cargados de fe y de buenos sentimientos. Tampoco para leer, ni la Biblia, ni textos de espiritualidad. Tampoco para rezar, ni el rosario ni la Liturgia de las Horas. Es tiempo gratuito para el Señor, sólo para él, no para nosotros mismos. Leer, rezar, escribir, podemos hacerlo en otros momentos. Un buen desierto nos ayudará después a preparar una buena Revisión de Vida o a tomar decisiones que antes no teníamos claras.

En el desierto saboreamos la presencia de Dios fuera de la Eucaristía y del factor humano: su cercanía, hasta su abrazo. Sólo eso, en actitud de escucha y de búsqueda, es lo importante. Así es como el Señor nos habla, con el lenguaje del Dios Amor que mira a sus hijos con ternura, sin malas  miradas ni recriminaciones o reproches.

También saboreamos lo material, nuestros cuerpos, lo que nos rodea, la comida o el agua que llevamos o encontramos como un gran regalo. Hasta el momento de comer debe ser un acto contemplativo, sintiendo que el alimento es naturaleza hecha por Dios que nos nutre. “En esa naranja, en esa manzana, está el mundo” (José SÁNCHEZ RAMOS). Y el agua, obra de Dios que nos calma la sed, nos refresca y nos purifica. Por eso es bueno comer y beber muy despacio. Hay que llevar lo necesario, ni mucho ni poco, para no preocuparnos si va a faltarnos, para que no nos provoque ansiedad la falta de agua si hace mucho calor.

Al desierto no vamos a mortificarnos ni inmolarnos, ni a encontrar nuestro bienestar. No es unas pequeñas vacaciones. Vamos a buscar a Dios, a escuchar su voz, a gozar de su presencia. Todo ello nos hará estar después más cerca de los demás. 

                                                Buen desierto, hermanos.

BOUBA – Wenbenedo

Su nombre te suena, seguro, por las noticias que damos del proyecto WEND BE NE DO en Burkina Faso. Bouba (Aboubakar SAWADOGO) se nos fue el martes, 10 de marzo de 2015, por la tarde,y fue enterrado en la noche. Vivía con sus abuelos, inmerso en la pobreza de cualquier familia del país. El proyecto le proporcionaba lo mejor para su vida. Otros chiquillos del proyecto, como él, han ido saliendo adelante, mejorando su salud y estado general. Bouba no. El VIH y la desnutrición, a pesar de todos los esfuerzos, ha acabado con su corta vida: 17 años, aunque su apariencia era la de un niño de 8. Bouba nos tenía ganado el corazón desde que apareció en la fiesta de los niños en enero de 2012 vestido como en un día cualquiera. Los niños, ese día, se ponen su “ropa de los domingos”; juegan, bailan, reciben sus regalos, comen juntos, se les da caramelos, refrescos… Es uno de los días más importantes en el proyecto tanto para los niños como para los adultos. A la vuelta a su casa, Bouba llevaba media botella de cocacola para su abuelo. Este hecho nos ha hecho reflexionar mucho, profundizar en la calidad humana de personas que no cuentan para nada; nos ha hecho casi “mitificar” a Bouba como ejemplo de generosidad y de alguien por quien merecía la pena partirse la cara por él; nos ha marcado de una manera profunda acerca de nuestro sentido de la posesión de las cosas y qué hacemos con ellas, de a qué personas dedicamos nuestro tiempo y qué respuestas esperamos. El dolor por su muerte es muy grande: es como perder a un hijo. Sentimientos parecidos como los que vivimos cuando alguien de Torre Nazaret nos deja. Cuesta mucho al principio aceptar que esto ocurra, y piensas en cómo lo podrías haber hecho mejor. En el caso de Bouba te sobrepasa. Queríamos traerlo a España cuando fuera mayor de edad, y proporcionarle aquí un buen seguimiento de su medicación, un hogar, unas relaciones humanas dignas, una alimentación adecuada y unos estudios. Teníamos un reto importante por los problemas para el visado en el espacio Schengen, pero eso nos parecía algo fácil cuando los objetivos son importantes.Bouba nos ha enseñado, como tanta gente sencilla en el mundo, a olvidarnos de nuestras pequeñas manías personales en el cuidado de nosotros mismos, a no estar atados a nuestras cómodas casas o eficaces medios para el trabajo. Y nos duele, claro que nos duele, que Bouba ya no sea un maestro vivo. Mas gente como él son quienes cambian el mundo para que otros salgamos de nuestra seguridad, comodidad, diversas formas de egoísmo -muchas veces camufladas, enmascaradas en gestos de seres sociales políticamente correctos-; gente como él que nos ayuda y nos seguirá ayudando a apostar una y otra vez por proyectos no brillantes ni con el éxito asegurado. El proyecto ha hecho por él todo lo que ha podido. Buscar culpables sería una insensatez, pero no deja de preocuparnos el porqué en África siguen muriendo niños por hambre, por enfermedades que en Occidente se pueden tratar; niños soldados entrenados para matar a su propia familia -no es el caso de Burkina Faso-, que se les manipula para ser esclavos de un sistema injusto, malo allí y malo aquí, y que traduce nuestra solidaridad muchas veces en un fracaso aparente, cuando no la certeza de que muchos de ellos buscarán el sueño occidental víctimas de la mafia de la trata de seres humanos en su travesía a Europa en pateras o esperando la oportunidad de saltar la valla de Melilla. La muerte de Bouba no es un eslabón perdido en nuestra carrera por atajar el sida, el hambre, la falta de escuelas, etc. Es un aliciente importante en el esfuerzo de cada día para que haya justicia. El proyecto no ha fracasado con Bouba. Perdió su ojo derecho como consecuencia de un citomegalovirus (HHV-5) por su infección de VIH (transmisión madre-hijo) Desde el proyecto se le implantó una prótesis y fue para él una forma de seguridad personal para desarrollar su vida con normalidad. Perder un ojo no fue obstáculo para seguir sus estudios, desde el plan de escolarización del proyecto, jugar con sus amigos y acudir a las actividades en WEND BE NE DO. Pero la desnutrición y el curso de su enfermedad han sido la causa de su ida.Algunas personas hemos aprendido de las intuiciones de Carlos de FOUCAULD que sólo desde los pequeños y con ellos y ellas se puede llegar a ser feliz y a contagiar a nuestro entorno de esa alegría no exenta tantas veces de lágrimas y de dolor. Recordaremos siempre a Bouba con la camiseta del Real Madrid que le trajo Carlos LLANO y siempre ha estado limpia para la ocasión de vernos y de comunicar tantas cosas sin necesidad de palabras; limpia como su alma y su mirada confiada con un solo ojo; una luz que no se ha apagado ni para nosotros ni para sus compañeros de WEND BE NE DO.Confiamos en otro mundo posible, en el que nuestros hijos no vean a los niños del Tercer Mundo como seres extraños, sino como iguales. Confiamos en el fin de la pobreza causada por Occidente, desde el tiempo de la colonización, seguida por la sobre-explotación de sus recursos naturales, asegurada por la deuda externa, y como un espacio comercial para las armas, fabricadas todas en nuestros demócratas, desarrollados y civilizados países occidentales. Y Bouba nos va a ayudar a ello. Aurelio SANZ BAEZA
Perín, Cartagena, 15 de marzo 2015

http://www.wendbenedo.es/index.php?option=com_content&task=view&id=30&Itemid=59

Desierto de la Paz (Murcia)

LA CASA DE ORACIÓN DEL MONTE EN MURCIA

La Casa de Oración Desierto de la Paz, en la Sierra de la Fuensanta, en Murcia, a doce kilómetros de la ciudad, está abierta para quienes desean pasar en ella jornadas, momentos, tiempos, de silencio y contemplación, con austeridad y recogimiento.

Tras la muerte de Pepe SÁNCHEZ RAMOS, su fundador y alma, existe en la actualidad  una asociación –la Asociación Desierto de la Paz- con una junta directiva, compuesta en su mayoría por personas de las fraternidades del hermano Carlos en Murcia y Cartagena, que coordina el uso de la misma y que intenta continuar el estilo para la que fue creada.

“El marco general: una casa de campesinos, básicamente adecuada para nuestra vida. Queremos mantener su sencillez y austeridad. También un estilo de provisionalidad que ayude a no quedar atrapados o establecidos. Un modo de vivir que estimule la creatividad desde los elementos imprescindibles.

Situada en medio de la naturaleza. Con los mil regalos que ella nos ofrece. Con los estímulos positivos que de ella recibimos en orden a volver a encontrar nuestras raíces. Déjate enseñar por ella.

Nacida desde la experiencia cristiana e inspirada en la Sabiduría de Jesús de Nazaret, Palabra definitiva del Padre a la humanidad. Pero abierta a toda persona que busca su plena armonización desde el camino interior.

Pensada como una escuela viva de contemplación, donde aprender a escuchar, a mirar y a vivir desde el corazón. Lugar donde experimentar la Bondad y la Amistad incomparable de nuestro Padre en nuestra historia personal y concreta y en la historia actual de la humanidad.

La primera Casa de Oración cristiana fue la Casa de Nazaret. En ella Jesús iba creciendo en madurez, en sabiduría y en la experiencia de ser amado. En ella, Jesús fue descubriendo los valores esenciales de la vida humana”. (Pepe SÁNCHEZ RAMOS)

La casa, junto con las ermitas donde se puede permanecer en estancias prolongadas, el zendo, los servicios comunes, el entorno del monte y del  desierto cercano al mismo, son un medio y espacio de búsqueda y encuentro con Dios, de interiorización, de experiencia de silencio, de soledad, de vida de oración, de trabajo manual y de vida fraternal en el respeto mutuo entre las personas que la usan.

Os invitamos desde nuestra asociación a conocer el Desierto de la Paz y poder crecer por dentro como Jesús crecía a la escucha de la voluntad del Padre.

En la normativa interior se especifica el modo de “pasar por ella” y aprovechar el regalo de Dios que sale al encuentro.

                                                                                  Aurelio SANZ,

                                                                       fraternidad sacerdotal de Murcia