Vista panorámica del Gran Rollo de Isaías. Foto: Wikimedia Commons.
A veces la historia y el conocimiento mudan por azares casi cómicos. El hallazgo de la principal colección de manuscritos judíos del cambio de era se debió a una cabra díscola que obligó a un pastor beduino a ir en su búsqueda cerca de Khirbet Qumrán. Al lanzar una piedra dentro de una cueva, Muhammed ed-Dib escuchó vasijas de cerámica rompiéndose, lo que le llevó a explorar el interior y encontrar grandes tinajas de arcilla con manuscritos envueltos cuidadosamente en lino.
Este descubrimiento desencadenó una serie de expediciones arqueológicas sistemáticas. Entre 1949 y 1956, bajo la dirección del padre Roland de Vaux, de la Escuela Bíblica Francesa y el Museo Rockefeller, se exploraron once cuevas, en competencia muchas veces con los beduinos, quienes habían hecho de la venta de manuscritos un modo de vida. Se descubrieron más de 900 manuscritos diferentes, la mayoría incompletos. La cueva 4, descubierta en 1952, resultó la más prolífica, con unos 15.000 fragmentos de más de 500 rollos diferentes. Los manuscritos, datados entre el siglo III antes de la era común (a. e. c.) y el año 68 de la nuestra, se dividieron en tres categorías principales: textos bíblicos, pseudoepígrafos y documentos sectarios. Fueron escritos y copiados por los miembros de un grupo judío, relacionado con los esenios, que se retiró al desierto por desacuerdo con las autoridades del templo de Jerusalén y su ortopraxis, que consideraban poco estricta. Se encontraron copias de todos los libros de la Biblia hebrea excepto del de Ester. Su hallazgo proporciona evidencia textual 1.000 años más antigua que los manuscritos hebreos medievales masoréticos, como el códice de Alepo o el de Leningrado del siglo XI, con algunos manuscritos, como 4QDanielc (datado en el 124 a. e. c.), muy próximos a la época de su creación. De alguna manera, Qumrán ha devenido en la piedra de Roseta para el estudio del judaísmo y la Biblia en el cambio de era.
Entre los manuscritos bíblicos, destaca el Gran Rollo de Isaías; es el único manuscrito bíblico de Qumrán prácticamente completo. Está compuesto por 17 hojas de pergamino cosidas con hilo de lino, con una longitud total de 7,34 metros y una altura de entre 22 y 27 centímetros. Contiene 54 columnas con los 66 capítulos del libro de Isaías en hebreo, en el mismo orden que conocemos. El pergamino estaba elaborado con piel de cabra según estrictas reglas rituales mediante el curtido y estiramiento de la piel. El texto se escribió únicamente en el lado de la carne. El proceso de curtido y preparación era complicado y costoso, lo que subraya la importancia que la comunidad de Qumrán otorgaba a estos textos. Su datación, mediante análisis paleográfico y pruebas de carbono 14, lo sitúa entre los años 125 y 100 a. e. c., aunque estudios recientes con inteligencia artificial han sugerido que algunos manuscritos de Qumrán podrían ser aún más antiguos de lo estimado inicialmente.
Fragmento de una de las 17 hojas de pergamino que componen este importante manuscrito. Foto: Museo de Israel en Jerusalén / Eli Pozner.
Su relevancia estriba en que testimonia la fidelidad de la transmisión textual bíblica a través de los siglos. Aproximadamente el 95 % del texto coincide con el masorético medieval, base de las traducciones modernas de la Biblia hebrea y el texto tradicional judío. Este acuerdo demuestra el cuidado meticuloso con el que los escribas copiaron y preservaron las Escrituras durante más de 1.000 años. El 5 % restante presenta variantes que abren una ventana fascinante al proceso de formación y evolución del texto bíblico. Se han identificado más de 2.600: diferencias ortográficas, errores de copia, correcciones de escribas posteriores y, lo más significativo, algunas lecturas diferentes que afectan al significado. Una característica notable del Gran Rollo es su uso de grafía plena, que emplea consonantes auxiliares para indicar los sonidos vocálicos del hebreo. Esto contrasta con otros manuscritos bíblicos de Qumrán y con el texto masorético de Isaías, que utilizan una grafía consonántica defectiva. Esta particularidad permite a los investigadores conocer con mayor precisión cómo se pronunciaba y entendía el texto en la época del Segundo Templo.
El libro de Isaías era muy popular en Qumrán, como demuestran las más de 21 copias halladas —es el segundo texto más representado después de los Salmos—. Además, se descubrieron seis pesharim o comentarios interpretativos, lo que indica que la comunidad leía y reinterpretaba este texto profético aplicándolo a su realidad. Esta importancia se refleja también en el Nuevo Testamento: Isaías es el profeta más citado, evidenciando la autoridad canónica especial de la que disfrutaba en el judaísmo del Segundo Templo. Actualmente, el Gran Rollo de Isaías se preserva en el Santuario del Libro del Museo de Israel en Jerusalén, un edificio diseñado específicamente para albergar los manuscritos del mar Muerto. Por su 60 aniversario, además, el museo inaugura el 23 de febrero una muestra excepcional dedicada a él. Y gracias a un proyecto de digitalización en colaboración con Google, está disponible en línea con imágenes de alta resolución, permitiendo estudiar este tesoro arqueológico.
William Blake, «Dios creando el universo» (The Ancient of Days setting a Compass to the Earth), 1794, grabado coloreado en acuarela, Fitzwilliam Museum, Cambridge University. | William Blake
Hay libros que amanecen en la inteligencia y libros que amanecen en el alma. Mientras que ningún libro habita ambos territorios con tanta naturalidad como la Biblia. Sin ser filosofía, filosofa; tampoco es literatura, aunque su belleza poética sostiene generaciones; tampoco es simple memoria histórica, aunque su trama realiza la fundación de la de Occidente. La Biblia enseña que el lenguaje no se agota en representar lo que vemos, sino que intenta acercarse al Misterio.
Julio César Crivelli (*)
¿Se puede nombrar a Dios con palabras? ¿Cómo transmitir el Misterio? ¿Se puede entender la Biblia? ¿Acaso la Biblia está sujeta a la Razón?
Estas preguntas configuran la historia de las religiones, pero también la de la filosofía y la literatura. Averroes, filósofo andalusí del siglo XII, creyó que la razón podía acompañar a la revelación (Averroes, Fasl al-Maqal (Doctrina decisiva), trad. M. Cruz Hernández, Madrid: Taurus, 1986).
No sabemos si Averroes conoció la Biblia cristiana y la Torá, pudo conocerlas dada la existencia de las comunidades sefaradí y cristiana en Córdoba. Sin citas explícitas en sus obras, surge que se refiere a las tres religiones del Libro. De todos modos, el Corán tiene muchísimos pasajes comunes con la Biblia y la Torá. Borges, escritor del siglo XX, advirtió que el Misterio nunca se entrega por completo al pensamiento (La búsqueda del absoluto, en Otras inquisiciones, Buenos Aires: Sur, 1952).
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Este ensayo recorre ese triángulo singular: Biblia – Averroes – Borges, donde cada vértice ilumina al otro. Averroes afirma que el Misterio debe traducirse en concepto. Borges sospecha que solo hay perplejidad frente a lo sagrado. El Misterio de la Biblia permanece inasible como un faro que nos guía pero que es imposible alcanzar. ¿Estamos cerca o lejos de la Biblia? No lo sabemos, ni lo sabremos.
Libro y límite
En el Génesis, Dios crea el Universo con la palabra (Génesis 1: Dios crea por la Palabra), es un Dios sin nombre que paradójicamente crea con la palabra y que jamás revelará su nombre. “Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: «YO SOY me ha enviado a vosotros» (Éxodo 3:14). Y que prohíbe la imagen; “No te hagas ninguna imagen, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra” (Éxodo 20:3-8).
Dios es puro “Ser,” no está sujeto a la sucesivo, a “existir” (Lat. ex–sisto/sistere, “estar afuera”), Dios no está sujeto a las categorías de la conciencia. No está sujeto al espacio, es infinito; ni al tiempo, es eterno. Para Kant, espacio y tiempo no son propiedades del mundo “en sí” sino formas a priori de nuestra sensibilidad: son la estructura mediante la cual los datos sensibles se nos aparecen. El espacio es la forma de la intuición externa (la disposición de los objetos entre sí) y el tiempo la forma de la intuición interna (la sucesión de estados de la conciencia). Por eso, según Kant, las intuiciones espacio-temporales hacen posible la experiencia empírica universal y necesaria, aunque no nos informan sobre las cosas en sí mismas, sino sobre cómo las percibimos. El espacio es la forma a priori de la intuición externa. El tiempo es la forma a priori de la intuición interna. No son conceptos empíricos ni conceptos discursivos: son intuiciones puras. La geometría se funda en la intuición pura del espacio; la aritmética, en la del tiempo (Kant Immanuel, 1787, Crítica de la Razón Pura, Doctrina trascendental de los elementos, Estética trascendental).
Las Escrituras nos recuerdan que lo dicho nunca contiene por completo lo que quiere decir. Desde la Expulsión perdimos el lenguaje angélico, ese lenguaje con el que “hablábamos con Dios” y solo nos quedó la representación.
Los conceptos y las imágenes son representaciones del mundo, reflejo inexacto, inmóvil, incompleto de un caos que, para ser cosmos, (Gr, Kósmos; Orden), debe estar sometido al tiempo -sucesivo y medible-, y al espacio limitado, también medible. Vivimos en un mundo supuesto, en un cosmos construido con la representación que es falsa, inexacta, como el reflejo de los espejos:
“Dios ha creado las noches que se arman/ de sueños y las formas del espejo/ para que el hombre sienta que es reflejo/ y vanidad. Por eso nos alarman.” (Borges, Los Espejos, El hacedor, 1960.)
Un Dios sin nombre y sin imagen, sin tiempo y sin espacio, es reconocimiento de un desborde permanente; un desborde del lenguaje, un desborde de la consciencia y de la Razón. Misterio de la luz y de la sombra.
Los rabinos enseñaron que la Torá tiene 70 rostros (Talmud, Sanedrín 34a: “Setenta rostros tiene la Torá”), el número 70 combina el 7 (perfección espiritual) y el 10 (plenitud o totalidad), lo que lo convierte en símbolo del Misterio inasible de Dios. San Pablo sostuvo que “la letra mata, el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6.), o sea que el concepto es un reflejo muerto y la vida es puro misterio.
Ambos reconocen que el texto es más grande que cualquier lector. La hermenéutica, el arte de leer lo que yace detrás de lo dicho, nace de esa infinitud controlada. La Biblia exige comprender lo que el texto permite y callar donde la razón se vuelve soberbia.
El profeta Isaías recuerda al lector que “los pensamientos de Dios no son los nuestros” (Isaías 55:8.). Esa distancia no clausura la búsqueda, seguiremos intentando “entender” a Dios; nuestro sino es intentar aunque sea imposible el hallazgo. El lenguaje intenta acercar lo que permanecerá lejano; el texto funciona como puente, pero también como frontera.
La Biblia es una deriva del Misterio: También es lenguaje, pero igual que Él está más allá de la palabra. Aquí está el escenario donde entran Averroes y Borges: frente a un Libro que habla con voz humana de una verdad que está más allá de lo humano. Un Libro que exige la razón y el temblor. Un Libro que jamás se termina porque nunca se deja poseer.
(*) Julio César Crivelli es coleccionista de arte y presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes
El profesor Juan A. Marcos participó en las Jornadas sobre Biblia y Literatura: Analizó la presencia de las mujeres bíblicas en la obra de San Juan de la Cruz desde una perspectiva no patriarcal
El profesor Juan Antonio Marcos Rodríguez, ha impartido la conferencia “Las mujeres bíblicas en Juan de la Cruz: hacia una hermenéutica no-patriarcal”, en el marco de la Jornada sobre Biblia y Literatura: “La Biblia como fuente de Luz: la influencia bíblica en los Místicos españoles”, organizada por el Instituto Universitario de Ciencias de las Religiones (Universidad Complutense) y el Instituto Español Bíblicoy Arqueológico de Jerusalén, y celebrada en la Facultad de Filología de la UCM el día 29 de octubre de 2025. En dicha jornada participaron como ponentes, entre otros, el actual director del Instituto Bíblico de Jerusalén, así como diversas profesoras de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense.
La ponencia del profesor Juan A. Marcos supuso un recorrido por la personalidad anti-patriarcal de Juan de la Cruz, así como su relación transformadora con las mujeres bíblicas, explorando cómo su lectura espiritual de las Escrituras desafió las estructuras de poder de su época. Para ello se evocó la biografía no-patriarcal del gran místico, así como su íntima conexión con las mujeres en general (siguiendo el consejo de Teresa: ‘Todos los hombres deben ser más amigos de mujeres’), a la par que algunas figuras bíblicas como la Magdalena (‘tres en una’, según las percepciones de la época), las tres Marías y la oración, y la samaritana. Sin olvidar dos polaridades claves del discurso sanjuanista: el yo poético en femenino y el yo autobiográfico en todo.
San Juan de la Cruz, en la línea de la tradición patrística, buscó siempre una ‘inteligencia espiritual’ de los textos bíblicos, más allá de la letra. La experiencia mística se convirtió para el místico abulense en fuente de inteligencia escrituraria. Pero al mismo tiempo, nuestro místico, fue más lejos: en su radical identificación con un personaje femenino, dentro de una sociedad patriarcalista, está asumiendo un papel y un rol subversivo, e implícitamente está poniendo en tela de juicio las mentalidades y universos religiosos en los que le tocó vivir. La Magdalena, esa mujer que camina sola, desafiando normas sociales y religiosas, simboliza la ruptura del orden patriarcal. Al presentarse ‘sin compañía’, pone de manifiesto su dependencia absoluta de Dios, rechazando cualquier proteccionismo masculino. La experiencia contemplativa del místico es una apuesta por esa misma libertad (interior), por el protagonismo de la pura gracia, subvirtiendo así el modelo meritocrático y patriarcal religioso dominante.
A su manera, el padre Charles de Foucauld anticipó la renovación bíblica del siglo XX …
El 1 de diciembre de 2016 se celebró el centenario de la muerte de Charles de Foucauld (1858-1916). La espiritualidad que surge de su vida y de sus escritos ha marcado a la Iglesia, especialmente a la católica, de formas muy variadas. A lo largo de sus escritos y su correspondencia surge una conexión personal con las Sagradas Escrituras. En un momento turbulento por la investigación crítica, su lectura frecuente de los Salmos y los Evangelios, meditados, orados, comentados, traducidos, anticipa el renacimiento bíblico del siglo XX.
«Mi vida sigue en profunda calma, durante el día trabajo mientras está despejado, en la mañana y en la tarde y parte de la noche leo y rezo, […] al despertar… meditar por escrito sobre los Santos Evangelios y los Salmos ”(Carta al Padre Henri Huvelin, 16 de enero de 1898). De los cientos de páginas escritas por Charles de Foucauld podemos extraer su relación con la Biblia, más precisamente con los cuatro evangelios (1).
Imitar a Jesús
Busca y encuentra allí principalmente a la persona de Jesús a quien llama su Amado. Analiza el comportamiento y las enseñanzas para imitar a quien se ha convertido en la Luz de su existencia.
«Jesús dijo, esta es su primera palabra a sus apóstoles, su primera palabra a todos los que tienen sed de conocerlo: ‘Venite et videte’. Empiece por «venir» siguiéndome, imitándome, practicando mis enseñanzas, y luego «verás», disfrutarás de la luz, en la misma medida que habrás practicado … «Venite et videte»: He visto tanto en mi experiencia la verdad de estas palabras ”(Carta a Henri de Castries, 14 de agosto de 1901).
“La Pasión, el Calvario, es una declaración suprema de amor … Es para llevarnos, para atraernos a amarlo libremente, porque el amor es el medio más poderoso para atraer el amor. El amor, porque amar es el medio más poderoso para hacerse amar … Puesto que así nos hizo su declaración de amor, imitémoslo haciéndolo nuestro ”(CH. FOUCAULD, La Bonté de Dieu, Méditacions sur les saints Évangiles, Nouvelle Cité, París 1996, 194) .
«Encuentre tiempo para leer algunas líneas de los santos evangelios […] para empaparse del espíritu de Jesús leyendo y releyendo, meditando y revisando constantemente sus palabras y sus ejemplos; que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae y cae sobre una losa, siempre en el mismo lugar ”(Carta a Louis Massignon el 22 de julio de 1914).
«Es según el evangelio de Jesús, según las palabras de Jesús, los ejemplos de Jesús, los consejos de Jesús, las enseñanzas de Jesús que seremos juzgados» (CH. FOUCAULD, L’imitation du Bien-Aimé, Méditacions sur les saints Évangiles, Nouvelle Cité, París 1997, 204). Charles de Foucauld expone así la esencia de su relación con la Biblia. No es una biblioteca para estudiar, sino un conjunto de textos que conducen a la persona de Jesús; no principalmente para analizar su personalidad sino para traerle una mirada amorosa; no principalmente por fascinación con una figura importante de la historia pasada, sino para actualizar el contacto con un hombre vivo que se ha convertido en su contemporáneo. Un goteo diario que da sentido a cada día. Una conversación con un amigo que conoce tan bien el corazón humano que conviene ir a la escuela para avanzar hacia Dios por el camino más seguro.
Foucauld ya no siente la distancia entre el pasado y el presente. Con los oídos agudos, parece estar escuchando físicamente al Amado. Lo ve, le habla, a veces deslizándose en el tête-à-tête de Jesús con su Padre o con los humanos hasta tal punto que ya no sabemos si es él quien habla o Jesús. Uno de los ejemplos más llamativos de esta inclusión de Foucauld en el corazón de Cristo se encuentra en su comentario sobre “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 24,36): “Padre mío, me pongo entre Tus manos ; Padre mío, a Ti me encomiendo; Padre mío, a Ti me entrego; Padre mío, haz de mí lo que quieras «. Este comentario se ha convertido en la famosa oración de abandono de Charles de Foucauld, incansablemente retomada por quienes confían en el Padre Universal para vivir cada día. En Nazaret
Cualquiera que esté acostumbrado a leer la Biblia y las páginas escritas por poetas o creyentes, judíos o cristianos, historiadores o investigadores, arqueólogos o agnósticos, entiende hasta qué punto Foucauld representa una relación completamente original e inimitable con la Biblia. Escuchar algunas líneas de los comentarios de Foucauld es suficiente para identificar al autor.
Cuando escribe la mayoría de sus cuadernos de meditaciones sobre la Biblia, Charles de Foucauld vive en la choza de un jardinero con las Clarisas de Nazaret. Una alegría intensa lo anima. Se libera de la mirada de la sociedad francesa sobre el vizconde de Foucauld de Pontbriand, hijo de una acomodada familia aristocrática, sobre el oficial que llevó una gran vida antes de dimitir del ejército a los 24 años, sobre el joven explorador del Marruecos coronado con la máxima distinción por la Sociedad Geográfica a la edad de 27 años. El que redescubrió su fe un día de octubre de 1886, a los 28 años, se convirtió en monje en Francia y luego en Siria, viviendo en la pobreza en las proximidades de musulmanes más pobres que él, en quienes encontró lo que había descubierto en Marruecos, “la visión de esta fe, de estas almas que viven en la presencia continua de Dios me hizo vislumbrar algo más grande y más verdadero que las ocupaciones mundanas” (Carta a Henri de Castries, 8 de julio 1901).
Foucauld está feliz de vivir en Tierra Santa, en Nazaret, el pueblo de José y María. Se ve a sí mismo como un miembro de esta sagrada familia: sus conciudadanos son los lugareños, ayer de la religión judía, hoy de la religión musulmana.
Nunca quita la vista de este Jesús nazareno, un judío de Galilea, poco apreciado por las autoridades religiosas de su tiempo, escandalizado por la forma en que la religión oficial ha distorsionado la Alianza de amor entregada por Dios a su pueblo, reduciéndola a prácticas sin alma. Su Jesús, su compatriota de Nazaret «apareció como el último obrero … debo ser tan pequeño como mi maestro, estar con él, caminar detrás de él, paso a paso, como un siervo fiel, un discípulo fiel … un hermano fiel» (El último lugar, págs. 52-53); «No hizo más que descender encarnando, descender haciéndose niño, descender obedeciendo, descender haciéndose … pobre, abandonado, exiliado, perseguido, torturado, poniéndose siempre en el último lugar» (Viajero en la noche, p. 208). Foucauld ve en el comportamiento de Jesús en Nazaret no solo la pobreza ordinaria y actual, sino una búsqueda de la abyección, para el último lugar.
Escribió en la capilla, para estar seguro de la proximidad de Jesús, a menudo durante la noche, en adoración ante el Santísimo Sacramento: “Ahí estás, Señor Jesús … ¡Qué cerca estás, Dios mío! mi Salvador ! mi Jesús, mi hermano, mi Esposo, mi Amado! […] Es una gran locura si creemos que hay algo mejor para su gloria que ir a sus pies … Amémoslo tanto como sea posible, eso es todo lo que puede hacer. necesitamos en el tiempo y en la eternidad … Cuando amamos, ¿no encontramos bien, perfectamente empleado todo el tiempo que pasamos cerca de lo que amamos? (El último lugar, págs. 81-83, escrito en 1897). Mantendrá este hábito. Posteriormente, es en la capilla donde escribirá su monumental diccionario de la lengua tuareg, los poemarios, dibujando como un profesional para mostrar y tocar lo que habla. Ante la hueste, como sumergido en la presencia de Cristo.
Nazaret! Foucauld lo descubrió físicamente después de su conversión. Siguiendo el consejo del Padre Huvelin, su consejero espiritual – solíamos decir «director de conciencia» – se convirtió en peregrino en Tierra Santa. Desde noviembre de 1888 hasta febrero de 1889, siguió los pasos de Jesús, reanudando sus viajes, Evangelio en mano, de Nazaret a Jerusalén, cruzando Samaria o por el Jordán. Siempre tan concreto, encarnado, arraigado. Reconociendo en Jesús la revelación y el sentido de su existencia, volvería diez años después a Nazaret y Jerusalén, pasando la mayor parte del tiempo leyendo, meditando y rezando el Evangelio. Concretamente, emocionalmente, afectuosamente, se hace contemporáneo de Cristo. De 39 a 42 años: estamos en 1897-1900.
Algunos no dejarán de interpretar la relación de Foucauld con la Biblia como una especie de literalismo, una abolición de la distancia indeleble entre el texto bíblico y quien lo lee para comprender su significado. En la raíz de su práctica encontramos sus años como monje trapense, en Notre-Dame des Neiges (Ardèche) y luego en Akbès, en Siria (1890-1896). Allí descubrió la lectio divina, continua, silenciosa, personal, complementada por el Oficio Nocturno donde se leen extensos pasajes de los Padres de la Iglesia comentando la Escritura. Notó la diversidad entre los Padres. De ahí su decisión de 1898: «Por eso emprendo esta lectura de la Biblia pequeña y humildemente, con el deseo de leerla de cabo a rabo sólo con miras a Dios, a conocerle mejor». amarlo y servirlo … ”(Pequeños comentarios sobre la Santa Biblia). Traducir y comentar
¿De qué fuente saca Charles su lectura meditativa? La Vulgata antigua en latín. Mantendrá la costumbre de combinar el tabernáculo y la Biblia latina en su pequeña capilla. Las dos tablas. Seguramente también una o más traducciones al francés. Pero, ¿por qué sólo el latín, el que aprendió árabe, que se hizo pasar por rabino y fue recibido en las comunidades judías de Marruecos que practican el hebreo, y que está interesado en toda la ciencia de su tiempo? ¿Por qué no parece interesado en el trabajo científico de su tiempo?
Probablemente porque estos tocaron toda la Biblia, viéndola como una biblioteca para ser analizada y triturada según hipótesis científicas. También porque Foucauld se comporta como un católico fiel a Roma. Sin embargo, en su tiempo, a raíz del Concilio de Trento (1545-1563), los Papas reconocieron como único texto «auténtico» el de la Vulgata latina (este texto es la base de las traducciones católicas). Conscientes de las dificultades y variaciones de interpretación, se reservan el derecho de comentarlo a los especialistas. La Iglesia jerárquica se reconoce a sí misma como la única dueña responsable de transmitir la Biblia a los fieles. Esta actitud, sostenida firmemente en oposición a los protestantes, continuó hasta el Concilio Vaticano II. Los catecismos basaban la fe en la “doctrina cristiana” o en las “verdades para creer” y no principalmente en la persona de Jesús. La Biblia se resumió en «historias santas».
Sin mencionarlo, Foucauld imita sin embargo a Martín Lutero que había traducido la Biblia al idioma del pueblo, el alemán, en 1534. Contribuye con su parte a la difusión del Evangelio traduciéndolo al idioma tuareg o tamacheq (2). También escribió un catecismo con el asombroso título (para nosotros): El Evangelio presentado a los pobres negros del Sahara (unas 80 páginas, que prólogo de estas líneas: «Sagrado Corazón de Jesús, Tu indigno servidor te ofrece esta pobre obra, destinada a tus hijos. Deja que tus rayos caigan sobre ellos. No los dejes en la sombra de la muerte. En Beni Abbès, 1903 «. Cada lección se basa en largas citas de los Evangelios; comienza y termina con el frase: “Dios mío, haz que todos los hombres vayan al cielo.” El objetivo es claramente positivo: deseando gritar el Evangelio a los más pobres, se da los medios, ¡aunque nadie los use!
Otro elemento que arroja luz sobre el entorno intelectual de Charles de Foucauld: su relación con la ciencia bíblica, comenzando por la multiplicación de traducciones. En 1880, el protestante de Ginebra Louis Segond publicó una excelente versión. El de John Nelson Darby en 1885 es mucho más literal. En 1906, la Biblia hebrea fue traducida por un equipo dirigido por el Gran Rabino Zadoc Kahn. Y luego está la Santa Biblia de Canon Crampon (1826-1894). El obispo Charles Guérin, prefecto apostólico de Ghardaïa, se lo habló a Foucauld, quien se interesó por él y ordenó la versión en siete volúmenes.
Lectura crítica, lectura creyente
Además de las traducciones, en el siglo XIX se desarrolla la crítica bíblica (3). La época estuvo marcada por un lado por el racionalismo y, por otro, por la resistencia tanto de la jerarquía católica como del fundamentalismo protestante. Sin embargo, historiadores, teólogos y eruditos bíblicos de todas las religiones han tratado de combinar la fe, la espiritualidad y los estándares científicos. Debemos citar aquí al protestante Adolf von Harnack, cuya traducción francesa de la Esencia del cristianismo apareció en 1902. Más allá de la «ganga» de la cultura griega, quiso encontrar el mensaje del Evangelio, para él esencialmente moral. Alfred Loisy lo discutió en El Evangelio y la Iglesia (1902). Pero en ambos hay el mismo movimiento fundamental. “Esta mezcla de conocimiento extenso y fervor profundo, exigencia intelectual y compromiso existencial se corresponde bien con las aspiraciones de esta época. Rechazando alternativas ruinosas, combinando fe y ciencia, combinando una crítica del texto bíblico con una lectura creyente, este es el ideal que el protestantismo liberal nunca ha dejado de perseguir, rechazando tanto el oscurantismo como la irreligión. En este punto, se puede pensar que Harnack fascinó a sus oyentes y lectores ”(André Gounelle). En Jerusalén, la Escuela Bíblica, fundada en 1888 por la dominicana Marie-Joseph Lagrange, intentó combinar historia, arqueología y fe. A estos estudios e iniciativas hay que añadir otra dimensión más interior. En 1893, en la encíclica Providentissimus Deus, León XIII elogió a quienes extrajeron lo mejor de su alimento espiritual de la Sagrada Escritura, y de esto el hermano Carlos es un testigo eminente.
Se distanció de la fe desde los quince años, sobre todo por sus lecturas en las que a menudo se ridiculizaba o sospechaba de la religión. El clima cultural de la época era de cientificismo y secularismo. El anticlericalismo está creciendo. Alistado en el ejército de 1876 a 1882, dedicado por completo a su exploración de Marruecos desde 1882 hasta abril de 1885, donde recibió la medalla de oro de la Sociedad Geográfica, es difícil imaginarlo apasionado por los debates sobre la Biblia que agitó a una pequeña parte de los intelectuales franceses.
Cuando redescubrió la fe en octubre de 1886, tenía 28 años. Toda su energía se centra en el corazón del cristianismo, la persona de Jesús, revelador del Dios único. El padre Henri Huvelin (1830-1910) le aconsejó que siguiera los pasos de Cristo. Fuertemente culto, asociado de la filosofía, el griego y las letras, antiguo alumno de la École normale supérieure, apreciado por Carlos que lo eligió como consejero espiritual, el abad no parece haber estado involucrado en los debates bíblicos en curso.
Foucauld, fiel a Roma, respeta los principios católicos de la época: apego a la Vulgata latina como texto «auténtico», uso exclusivo de Biblias traducidas por católicos, preferiblemente acompañadas de citas de los Padres de la Iglesia, desconfianza de con respecto a una lectura personal del Antiguo Testamento susceptible de interpretaciones desviadas. Sin embargo, no era ajeno a los estudios bíblicos de su época. Tras su conversión, obtuvo algunas obras académicas: en primer lugar La vida de N.-S. Jesucristo de Abbé C. Fouard (1880), luego La religion primitiva de Israel de M. V.-G. Roux (1872), varios libros de F. Vigouroux: La Biblia y los descubrimientos modernos (1885), Manual bíblico (1890), El Nuevo Testamento y los descubrimientos arqueológicos modernos (1896), un Estudio sobre las religiones semíticas de M.- J. Lagrange (1903) etc. Pero, recordemos, persiguió un objetivo personal cuando se acercó a la Biblia: conocer e imitar al Señor Jesús, convertir su forma de ser para vivir en su presencia. Su obra titulada El modelo único nos convence de ello (4).
Lectura frecuente de las Escrituras
Con motivo de una conmemoración ecuménica de los 500 años de la Reforma Protestante, el Papa Francisco visitó Suecia a finales de octubre de 2016. En una entrevista preliminar con La Civiltà cattolica (28 de octubre de 2016) , expresa dos convicciones que Foucauld compartía y que la Iglesia católica podría aprender de la tradición luterana: la capacidad de “reforma”, que es “fundamental porque la Iglesia es semper reformanda”, y la proximidad a la Escritura: «Lutero dio un gran paso para poner la Palabra de Dios en manos del pueblo«. El Papa añade: “La proximidad es buena para todos. La distancia, por el contrario, nos enferma. […] También los cristianos nos enfermamos de divisiones ”. Sólo el regreso al Evangelio puede dar nueva vida a los cristianos y producir las renovaciones necesarias.
Foucauld claramente lo ha vivido y alentado durante más de cien años. El Concilio Vaticano II confirmó en gran medida esta orientación como una perspectiva católica que reemplazó a la de finales del siglo XIX. La constitución conciliar Dei Verbum n ° 25 (1965) proclama: «El santo Concilio exhorta enérgicamente y de manera especial a todos los cristianos […] a adquirir mediante la lectura frecuente de las divinas Escrituras» un conocimiento eminente de Jesucristo «(Ph 3.8). […] Que se acerquen, pues, de todo corazón al mismo texto sagrado, ya sea a través de la sagrada liturgia, que está llena de palabras divinas, o mediante una lectura piadosa, o mediante cursos hechos para éste o por otros. métodos que […] se están difundiendo loablemente a lo largo de nuestro tiempo. Pero la oración, recordemos, debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura para que se establezca un diálogo entre Dios y el hombre, porque “a él nos dirigimos cuando rezamos; es a él a quien escuchamos, cuando leemos los oráculos divinos «(San Ambrosio)«.
Anticipado en este punto como en muchos otros, Foucauld venía dando el mismo consejo desde 1908 en el Directorio que pretendía para la Unión, su sueño, una especie de red formada por cristianos conscientes de ser todos llamados a convertirse en evangelios vivos, anunciadores del Evangelio del Amor, cualquiera que sea su condición, casados o no, ordenados o no, como la pareja Priscila y Aquila. “Estos cristianos [están invitados a] ser una predicación viva: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida evangélica; viéndolos, hay que ver qué es la vida cristiana, qué es la religión cristiana, qué es el Evangelio, qué es Jesús. […] Deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús deben, sin libros y sin palabras, conocer el Evangelio con la vista de su vida ”(Directorio, artículo 28, n ° 6). Cien años después de su muerte, Charles de Foucauld todavía decía a los cristianos, y a cada uno de ellos: «cuando los vean, la gente lejos de Jesús debe ver lo que es Jesús … El que pasó haciendo el bien» (5). .
Es imposible concluir sin sorprenderse de la resistencia que muchos católicos todavía muestran hoy ante los desarrollos y los consejos más juiciosos sobre su relación con la Biblia, la meditación de los Evangelios y la preferencia radical por La Revelación bíblica como fundamento de la conversión, la fe y la evangelización diarias (6).
(1) Charles de Foucauld escribió meditaciones basadas en la Biblia hasta el final de su vida, pero la mayoría de ellas antes de 1901 y su ordenación sacerdotal. El libro El Espíritu de Jesús (2005), págs. 11-39 y 46-51, felizmente presentado a sus Meditaciones y Explicaciones del Evangelio (1896-1915). Éditions Nouvelle Cité ha publicado 17 volúmenes de sus escritos a los que se suma correspondencia con familiares, infancia, bachillerato, juventud o amigos de la familia. Para descubrir cómo Foucauld leyó la Biblia y en particular los Evangelios, utilice los siguientes títulos: Al más pequeño de mis hermanos (1974), Quién puede resistir a Dios (1980), Comentario de San Mateo (1989), La Bonté de Dieu (1996) ), La imitación del amado (1997), Solo en vista de Dios (1999), Meditaciones sobre los salmos (2002), Llorando el evangelio (2004), Hermanito de Jesús (2003), El espíritu de Jesús (2005).
(2) Charles de Foucauld sigue siendo el especialista de esta lengua a la que dedicó gran parte de su tiempo desde 1905. Es autor del Diccionario Tuareg-Francés (4 volúmenes), de una colección de Poesías Tuareg y Proverbios (seis mil versos, dos volúmenes), un diccionario abreviado tuareg-francés de nombres propios, etc.
(3) Sobre la crítica bíblica, ver Anne-Marie Pelletier, “Exégesis moderna y contemporánea” en Collectif, Le Grand Livre de la Théologie, Éd. Eyrolles, 2014, especialmente págs. 83-89; Gérard Billon, “Herencia y rupturas en un ambiente católico” y Élisabeth Parmentier, “Herencia y rupturas en un ambiente protestante” en “Lire La Bible aujourd’hui. ¿Cuáles son los desafíos para las iglesias? », Cahiers Évangile n ° 141, 2007, págs. 36-63. Sobre las grandes traducciones del siglo XIX, ver Gérard Billon, Jacques Nieuviarts, «Traducir la Biblia al francés«, Cahiers Évangile n ° 157, 2011, pp. 26-33.
(4) Compuesto en Nazaret en 1898-1899, autógrafo dado al Padre Huvelin el 20 de abril de 1906, publicado en El Cairo en 1917. Texto completo disponible en el sitio http://thomasjch.com/modele.html
(5) Así concluyó Pierre Sourisseau en una conferencia impartida el 1 de diciembre de 2015 en la Iglesia Saint-Augustin (París) http://centenaire.charlesdefoucauld.org/Paris-90 (consultado el 21/04/2017). Acaba de publicar una biografía monumental: Charles de Foucauld, Éd. Salvator, 2016. Véase también Maurice Bouvier, Le Christ de Charles de Foucauld, “Jesus and Jesus Christ” n ° 89, Desclée-Mame, 2004.
(6) Para medir hasta qué punto Charles de Foucauld es un anticipador, consulte los nueve temas de reflexión dedicados a él en el sitio http://thomasjch.com/foucauld.html