Carlos Ruiz, ermitaño: “Huimos de la soledad y del silencio por temor al vacío”

  • El hermano Carlos, sacerdote getafense hoy ermitaño en Galicia, nunca imaginó su vida actual. Su familia no era practicante… Pero la gran paradoja de su vocación de retiro permanente es que ahora se ve más capacitado para ayudar a los demás. En Misión reflexiona sobre cómo vivir la soledad para que sea virtud y no un riesgo.
  • Por Javier Lozano
  • Fotografía: Dani García

El padre Carlos Ruiz, conocido como hermano Carlos, vive una vida de silencio y soledad, no como una huida de un mundo lleno de ruido, sino como un espacio de discernimiento para hacer el bien a quien se le acerca. ¿Se puede ayudar a los demás alejándose de ellos? Esta paradoja es parte esencial de su vocación de ermitaño diocesano, una variante reciente de una antigua vocación de la Iglesia. 

Reside desde hace tres años en Alba (Pontevedra), al pie del Camino de Santiago, inspirado por san Carlos de Foucauld en su vocación eremítica. Pasa 18 horas del día en soledad y silencio, dedicado a la oración, la adoración y el estudio. En las seis restantes atiende a los peregrinos que entran en su casa. Su retiro le ha abierto una vía inesperada por la que muchos conocen a Dios.

¿Cómo pasó de sacerdote diocesano a eremita?

Desde que me ordené, siempre hubo una llamada dentro de la llamada. Hubo varios momentos clave. El último fue conocer a san Carlos de Foucauld. Al leer su vida y sus escritos, sentí una fuerte correspondencia en mi corazón con esa llamada contemplativa a separarme del mundo, no para aislarme, sino para estar más disponible.

¿Disponible para qué?

Para vivir desde la soledad y el silencio una disponibilidad al Espíritu Santo, que por definición es indefinida, pues sopla donde quiere. Lo vi como una disponibilidad para el servicio. Por ejemplo, aunque no es lo que me trajo aquí, mi casa está al pie del Camino de Santiago y cuando abro los portones algunos se asoman. Les ofrezco la bendición del peregrino, oro por ellos y a veces les digo alguna palabra del Señor que les toca el corazón. En tres años tengo ya decenas de historias muy fuertes. 

¿Cómo son estas personas?

Muchos traen una carga y experimentan que Jesús la toma y que no están solos. Aquí la gente llora mucho. Es un toque del Señor, porque bastantes habían pedido una señal a Dios. Un húngaro luterano indiferente a la fe acaba de decirme que se ha convertido al catolicismo y que ha recibido la Confirmación y la Comunión. 

¿Cómo organiza su día?

Voy con el sol. Me levanto un par de horas antes de que amanezca. Es un tiempo de silencio y de oración, sobre todo para la Palabra de Dios y la Adoración Eucarística. Luego rezo laudes y estudio. A las 9:30 tengo un tiempo de trabajo, que puede ser físico, intelectual o estar con peregrinos hasta las 12:30. Después rezo y tengo un tiempo de retiro. Vuelvo a trabajar a las 16:00 hasta que preparo la Santa Misa y rezo vísperas. Y entro de nuevo en el silencio sobre las 19:00.

Vive una vida de retiro, pero también misionera. ¿Cómo las compagina?

La clave es reservar con fidelidad los tiempos de soledad. Si eso no se defiende, se disuelve. Intento comprender a ese peregrino que me llega como un lugar de encuentro con Jesús. Yo no salgo de la contemplación cuando entro en el servicio. Tampoco cuando estoy en la soledad dejo el servicio, pues me llevo en mi interior a la gente con la que he tratado. Son dos momentos, pero no dos cajones. 

¿Tanto ruido y velocidad nos impiden parar y escuchar a Dios?

Claramente. Pero, aunque hay un ruido externo, lo más preocupante es el ruido que nos provocamos nosotros mismos. Las redes sociales o estar chequeando el móvil genera desasosiego. Somos incapaces de entrar en un coche e ir en silencio. Esta tendencia a meter ruido en nuestra vida viene del miedo al dolor y al vacío.

Hábleme de ese miedo.

Está directamente relacionado con el aburrimiento, algo de lo que también huimos. Parece cosa de niños o de inmaduros, pero el aburrimiento es una de las experiencias fundamentales del ser humano. Es la forma en que sentimos dolor ante un vacío de propósito. Cuando nos falta ese propósito, intentamos llenarlo haciendo cosas inútiles. En cambio, cuando tienes claro tu propósito, el aburrimiento desaparece.

¿De dónde proviene el miedo al silencio y a la soledad?  

Del temor a la nada, a la muerte óntica, al vacío total y a la pérdida de sentido. Por eso, cuando la vida tiene un propósito, asumes bien la soledad. No olvidemos que el propósito es la razón por la que Dios me tiene hoy aquí en esta vida. Propósito y Dios van de la mano. Si estás con Dios, ya no hay soledad. 

¿La falta de sentido nos impide vivir en plenitud?

Efectivamente. Por miedo a la soledad y al silencio nos echamos en los brazos de cualquier cosa que nos quite la sensación de dolor, cuando justamente el dolor es un aliado. Ya decía Antonio Machado: “Dolor, tú eres nostalgia de la vida buena”. Esto se convierte en una dinámica de adicción, pues llenamos nuestra vida intentando tapar el dolor, cuando no es un enemigo; nos dice que estamos hecho para algo más. 

¿Ocultarlo no resuelve el problema?

Aunque tapemos el síntoma, el problema sigue ahí. Seguimos sin aquello para lo que hemos sido creados. Ese es el drama. 

Entonces, ¿el silencio y la soledad pueden ser algo bueno?

El silencio y la soledad por sí solos no son buenos. Lo mejor es una buena compañía. Pero insisto en “por sí solos”. Hay una corriente que está afectando a la Iglesia a través de retiros horrorosos que se basan en el silencio por el silencio. En esos retiros te proponen ser discípulo del silencio de la nada. Es un nihilismo que se ve también con la meditación trascendental. No estamos hechos para el silencio por el silencio y la soledad por la soledad. Nuestra religión es la de la Palabra, no del silencio. La clave, y esto es lo importante, es que estamos hechos para un silencio que dé espacio al otro. Sobre todo, al Otro con mayúscula. Jesús nos ha dado su Palabra y el silencio es el que permite acogerla. Es un silencio relacional. Ahí está la diferencia.

¿Es posible aplicar esta soledad buena en las familias?

No sólo es posible, sino esencial. La soledad cristiana es relacional, lo que es paradójico, pero no contradictorio, porque esa soledad a la que tú te retiras, aunque sea una hora para rezar en una iglesia, es una soledad para estar con Él. Pasa lo mismo con el silencio para escucharlo a Él. Y a esto los cristianos lo llamamos oración personal.

¿A usted qué gracias le ha traído vivir así la soledad?

Una relación mucho más íntima con el Señor. Tener más tiempo te permite estar más con Él. También ha aquietado mi corazón y mi mente. Y ha hecho que tenga una relación con los demás menos ansiosa y por lo tanto más gratuita, donde puedo de verdad darme. 

Denos algún consejo de su vida eremítica que nos pueda ayudar.

A mí me ayuda enfocarme totalmente en cada persona que llega y estar disponible. Para ello es necesario que no todo el tiempo esté ocupado, porque si no es imposible estar disponible. Es fundamental que la mirada no esté puesta en uno mismo. La atención es importante, que el otro sepa que estás ahí, no sólo físicamente. Y otra cosa sería no intentar hacer todo el bien que uno puede hacer, sino hacerlo todo lo bien que uno puede hacerlo. 

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.


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