
Para finales de marzo de 1912 está prevista la llegada a Tamanrasset de “los miembros de la misión de estudios del ferrocarril transahariano”. Este proyecto – que hoy lo podríamos estimar meramente utópico – fue seriamente estudiado por el gobierno francés en vistas a unir Argelia con Nigeria; para Foucauld era también una cuestión evidente: “Habría que ser ciego para no comprender que esto se impone”, escribió muchas veces. Pero, para él se trata de una preparación indirecta a la evangelización; he aquí su pensamiento escrito en la misma carta: “Estoy muy contento, pues el ferrocarril en estas regiones es un potente medio de civilización, y la civilización un potente medio para la cristianización (…) Mi alegría por el Transahariano es a causa del bien de las almas”.
Nota: El proyecto ferroviario francés pretendía comunicar el Mediterráneo con el río Níger, controlando así el comercio desde el Golfo de Guinea, con más de 3.000 km de raíles. Fue hacia 1881 cuando se aprobó la propuesta de Adolphe Duponchel, presidente de la Societé de Géographie del Languedoc, para la unión de los territorios franceses de África y la expansión colonial por medio del ferrocarril. Este colosal proyecto no podía calificarse como una “aventura” francesa, sino que formaba parte del ideario de la época: desarrollar grandes vías de comunicación y penetración colonial. Los británicos estudiaron largos tendidos como los de El Cairo-Ciudad del Cabo, los italianos se plantearon el de Trípoli-Camerún-Congo y los españoles un túnel que enlazaría Algeciras con Ceuta, completado con un recorrido ferroviario Ceuta-Dakar, para dar salida al comercio desde Europa hacia África y América del Sur (Morales, 1919).
Foucauld está convencido de que lo que hoy en día se llama desarrollo y que él llama muy rápidamente la civilización – el progreso material no trae necesariamente la civilización – es un factor que lleva a la cristianización. Su entusiasmo por el proyecto es máximo: El Transahariano es una alegría profunda para mí, no solamente por el bien moral que puede aportar a la población si hacemos por ésta lo que debemos, sino porque estaremos más cercanos” escribe el 19 de febrero a su prima; el espera ver con vida el final de estos trabajos. Por otra parte piensa que esta unión permitirá realizar otros proyectos; escribe lleno de entusiasmo y de imaginación: “Es muy posible que el Hoggar llegue a ser una estación sanitaria muy frecuentada cuando el ferrocarril esté terminado, pues tiene buen tiempo imperturbable, un aire seco muy sano…”(Ibíd.).
Lo que se puede afirmar es que para Foucauld, el progreso material y el acceso al desarrollo, lejos de ser obstáculos al anuncio del evangelio, lo favorecen. No lo hacen de manera automática, pero permiten un progreso y un desarrollo de la persona que pueden abrir al evangelio; lo que humaniza y va en el sentido de la escucha del Espíritu.
Esta perspectiva es fundamental en Foucauld. es en esta línea que continúa sus fatigosos trabajos sobre la lengua tuareg, que estudia “por fuerza”, como escribió a su obispo el 14 de octubre de 1904, de manera apasionada y terca, y esto durante años y años. E. F. Gautier, un geógrafo agnóstico y anticlerical que conoció en 1905, se preguntó, estupefacto, cuales eran las razones de este “inmenso trabajo”; Gautier no tiene respuesta para encontrar la motivación que Foucauld si tenía: para la evangelización, para poder proponer a los tuaregs los textos evangélicos en su propia lengua; y Gautier señala estrictamente la pasión intelectual de Foucauld: “El fuego sagrado sin el que nada se realiza, el fuego sagrado laico, intelectual, la rabia de comprender”. Y Massignon en 1959, rindiendo homenaje a Foucauld – en la Sorbona – comenzó por recordar, citando a Gautier, el espíritu científico de su amigo, haciendo notar que no se puede separar la mirada evangelizadora y el “fuego sagrado laico, intelectual”.
Foucauld fue reconocido en vida como un verdadero científico, como alguien que se enfrenta a la realidad, que confronta los hechos y los acontecimientos, que reconoce al otro, al diferente, con toda la riqueza y todo el misterio que es. deseo de evangelización, si; pero al mismo tiempo, inmersión en la lengua, una lengua “más diferente de lo que creía”, escribe a su prima el 20 de septiembre de 1908. La creía muy pobre y simple: por el contrario es rica y menos simple que creía”.
Foucauld no confunde nunca los dos dominios, pero los articula el uno al otro. Lo que sirve para la tarea civilizadora, sirve para la tarea evangelizadora. Esto se puede ver bien en los consejos que da al amenokal del Hoggar, Moussa Ag Amastan, que viene a verle en la primavera de 1912 – estos consejos de alguna manera políticos los anotó en su libreta el día de Pascua de 1912. Primera recomendación: “Rodearse de personas capaces y no tener a su alrededor ineptos”, seguidas de otras del mismo estilo: “No pedir y no aceptar regalos”; “Pagar las deudas y no contraer nuevas”, esto son preceptos de moral natural, laica se podría decir.
Al mismo tiempo pone al musulmán, aunque sea tibio, en frente a su Dios: “Sólo Dios es grande. Quien se cree grande, o que busca serlo, no conoce a Dios”. Moussa se comporta frecuentemente, de hecho, en prevaricador “tacaño” y “mentiroso”, escribe Foucauld el 16 de mayo al capitán Charlet, a quien confía que uno de los “defectos más graves de los jefes principales indígenas” es interceptar “para su provecho los dones que vienen de nuestra parte”. “Deseo que hasta el último de los tuaregs sea siempre pagado por nosotros, lo reciba todo directamente de nosotros, sin intermediarios indígenas”; y Foucauld le recuerda a Moussa “el segundo deber” después del deber de “amar a Dios”: Amar a todos los hombres como a uno mismo”. Y pide especialmente en nombre de Dios de “disminuir el número de sus esclavos”.
Cf. Testamento de Carlos de Foucauld, Jean François Six, Maurice Serpette, Pierre Sourisseau, Ediciones San Pablo
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