
El escritor polaco Jan Dobraczyński, en su libro La sombra del Padre, ha narrado en forma de novela la vida de san José. Con la imagen de la sombra define la figura de José, que hacia Jesús es la sombra a la tierra del Padre celestial: lo custodia, lo protege y no se separa nunca de Él para seguir las pasas. José, la sombra del Padre celestial, estimaba el silencio desde su más tierna niñez. El silencio le hablaba con más claridad que las voces, y exigía siempre el mismo: esperar. A su lado transcurría la vida intranquila y ruidosa. Se sentían tantas palabras innecesarias, tantas quejas dichas a la ligera, tantas certezas que no significaban realmente nada en cada momento de su vida. Jose esperaba, esperaba el que le tenía que decir el silencio, porque era el hombre que estimaba el silencio con todo su corazón. Y siendo San José el hombre del silencio, paradójicamente, acontece el Custodio de la Palabra. José es el auténtico custodio de la Palabra encarnada que es Jesús. Y, de hecho, él no necesita decir ninguna palabra, porque deja que la Palabra hable a través suyo.
La Palabra habla a aquel que es la sombra del Padre celestial a través de aquella forma misteriosa y maravillosa que tiene Dios de comunicar su voluntad que son los sueños. La obediencia de Josep es modelo de respuesta llena a Dios, porque, sí, obedece la Palabra, pero la Palabra revestida y como encarnada en el sueño, en lo más profundo del alma. Los sueños permiten que la Palabra habite en su vida, que tome completa posesión. Por eso el evangelio nos muestra la obediencia de Josep como una obediencia inmediata (él no se queda allá discutiendo o haciendo comentarios), puesto que la Palabra comunicada en sus sueños no necesita de una ulterior interpretación. El sueño divino nace de una Palabra que ya Josep se ha hecho muy suya, que ya ha escuchado con todo el corazón, y que ahora cumple de una manera inmediata. Golpea mucho como el Evangelio de hoy Josep acoge Maria sin condiciones. Se refía totalmente de las palabras del ángel. Decide actuar por la reputación, la dignidad y la vida de Maria. Esto nos revela Josep como el hombre que no busca razones, sino que acoge. Con su creatividad de artesano soluciona los difíciles problemas con que la vida les prueba. Al llegar a Belén y no encontrar un alojamiento donde Maria pueda dar a luz, con coraje y creatividad prepara un establo y lo condiciona para que acontezca un lugar acogedor para el Hijo de Dios que viene al mundo (cf. Lc 2,6-7). Ante el peligro inminente de Herodes, que quiere matar el Niño, una vez más, en sueños, Josep es alertado para defender el Niño, y en plena noche organiza la fuga en Egipto (cf. Mt 2,13-14).
En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiado” a partir de aquella región de sombra que es la plegaria y son los sueños, como Maria en la Anunciación y Jesús a Getsemaní.
Los dos, José y Maria, como esposos, eligen custodiar la Palabra y, al hacerlo así, acontecen la pareja de esposos ideal, bellísima de contemplar y de imitar. En realidad son ellos quienes son custodiados por la Palabra (y por sus sueños), viviendo por ella, con ella y en ella.
Quien es la Palabra, al mismo tiempo, ha tomado los disparos de Josep. Jesús de Nazaret ha sido educado en la fe, en la religión de su pueblo, por Josep. José habría sentido ciertamente resonar a la sinagoga, durante la plegaria de los Salmos, que el Dios de Israel es un Dios de ternura, que es bueno con todo el mundo y «su ternura se extiende sobre todas las criaturas» (Sl 145,9). José educó Jesús en el camino de la fe, de una auténtica interpretación de la Ley, que no es la observancia legalista, sino una interpretación abierta, amplia, tejida de sueños, viendo en la Ley, en la Torah, el don de Dios por su pueblo que llega a convertirse en gracia detrás gracia, es decir, en el sueño del Amor de Dios y la misericordia por la salvación de todo el mundo. José es el hombre que ha dejado de banda él mismo, las propias ambiciones y ha elegido servir Dios, servir aquel Hijo de Dios que él custodiaba y acompañaba en sus primeros pasos.
Como descendente de David, corría por sus venas sangre real, sangre que, aun así, no se desvirtuaba por su existencia de obrero. Podemos imaginarnos cómo a su taller su trabajo era hacer realidad las cosas que soñaba: haciendo las cosas con cuidado y precisión, sin prisas, daba su vida. Siempre ponía todo el corazón, su trabajo era la fuente de su alegría y su oración. Sant Josep era un naggar, un tekné, es decir, un artesano altamente habilidós, capaz de ejercer una diversidad de oficios y trabajos manuales, como la carpintería, la forja, la construcción. Aunque hacía muchas cosas, se aplicaba siempre y no libraba nada sin antes haberlo acabado con cuidado.
Como cristianos tenemos la responsabilidad de proteger Jesús y Maria, del mismo modo que lo hizo san José. Reflexionamos que ellos también son confiados a nuestra responsabilidad, a nuestra cura, a nuestra custodia. Cómo afirma la carta apostólica “Patrios Abrocho” del Papa Francisco, “cada necesidad, cada pobre, cada sofrent, cada moribundo, cada forastero, cada encarcelado, cada enfermo son “el Niño” que Josep continúa custodiando, de una manera misteriosa, a través de nosotros”. El Hijo de Dios cada día continúa viniendo al mundo débil y pequeño. Cada día tiene necesidad de Josep para ser defendido, protegido, cuidado y crecido. Actuaremos nosotros ante ellos como José, la sombra del Padre celestial, custodint-*los, protegiéndolos, o preferiremos ser indiferentes, pasar de largo? Nosotros somos el sueño de Dios.

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