Teilhard de Chardin: El camino hacia una eucaristía cósmica


[Por Juan V. Fernández de la Gala] En este año 2023 celebramos el centenario de uno de los textos más conocidos del jesuita y paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin. Fue escrito en tono de plegaria en dos momentos cruciales de su vida y sabemos que, en 1951, proyectaba ya una tercera versión. Él lo llamó La misa sobre el mundo (La Messe sur le Monde) y se recogió sucesivamente en dos de sus obras: El sacerdote e Himno del universo. Se trata, sin duda, de una de las piezas más impactantes de la literatura mística del siglo XX.

La primera versión está escrita en el frente de batalla de Verdún durante la Primera Guerra Mundial. Teilhard fue camillero y su misión consistía en recoger a los heridos, prestarles los primeros auxilios físicos y espirituales y derivarlos al hospital de campaña o al cementerio. Aquello fue, en sus propias palabras, “un bautismo de realidad” en el barro de las trincheras, en el dolor y en la fragilidad humanas y, sobre todo, una pregunta acuciante sobre el sentido que podemos dar al sufrimiento y a la muerte. La segunda versión del texto está firmada en 1923 en China, en el desierto de Ordos, cerca de la frontera norte con Mongolia. Teilhard participaba entonces en una expedición científica que estudiaba las características geológicas de los barrancos y de las estepas más áridas de Asia. La guerra de Europa y el exilio de China fueron los dos paisajes de la desolación que marcan su escrito. Es verdad que, entre líneas, flota también sobre esos párrafos inolvidables el frescor de los bosques de álamos que bordean el río Aisne, cerca de Verdún, los castaños amarillentos de sus paseos en Sussex o los acantilados de la isla de Jersey. Todos estos paisajes conforman en la memoria del jesuita una “composición de lugar” que nos conduce a la presencia inefable de Dios en lo más agreste de la naturaleza y en la áspera desnudez de las rocas, imágenes que a un paleontólogo le hablan indefectiblemente de la larga y misteriosa historia de la Tierra y de la extensión inabarcable del tiempo geológico, que supera ampliamente la estrecha vida de un hombre.

En ambos casos se encontraba Teilhard inmerso en la escueta precariedad del nómada y, como sacerdote, privado de la posibilidad de celebrar la eucaristía. Trata entonces de celebrarla en el interior de su corazón, poniendo como altar el propio paisaje que aparecía ante sus ojos con las primeras luces del día, antes de sumergirse en las tareas de su jornada científica. Y ahí es donde sucede el milagro, porque descubre  ̶ y nos descubre también a nosotros ̶  que el sacrificio de la misa se extiende mucho más allá del templo o de la pequeña parroquia donde se celebra. Y se extiende, además, en todos los sentidos de la existencia: se extiende en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se extiende en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas y las futuras, en virtud de lo que la doctrina tradicional de la Iglesia ha llamado la “comunión de los santos”.

No es difícil intuir el peso que en esta devoción teilhardiana pudieron tener las catequesis domésticas que Pierre Teilhard y sus hermanos recibieron muy tempranamente de su madre, Berthe de Dompierre. Bajo la férula amable de su propio ejemplo, Berthe inculcó a sus hijos dos prácticas piadosas particulares: la comunión espiritual y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Como puede verse, la mística de Teilhard, con esa fama de heterodoxa y rompedora, se basa en estas dos devociones que la tradición católica asume desde antiguo, aunque es verdad que Teilhard las actualiza de acuerdo con los nuevos paradigmas y las eleva a una altura teológica antes no alcanzada.

Ya desde el Concilio de Trento, la tradición más piadosa del cristianismo recomendaba a los fieles la práctica de la “comunión espiritual”, una fórmula devocional que podía ser usada en caso de tener limitaciones materiales o morales para recibir el pan eucarístico de la comunión. San Alfonso María de Ligorio popularizó desde el siglo XVIII una de las oraciones más conocidas, que expresaba ferviente y llanamente el deseo de recibir a Jesús sacramentado con disponibilidad de corazón. Pienso que Teilhard fue puliendo el texto devocional de su Misa sobre el mundo basándose en esa misma idea. Para un místico como él, capaz de sentir la presencia de Dios de modo tan misteriosamente vívido, la ausencia del pan y el vino no podía impedir que un sacerdote pudiera, en el interior de su corazón, celebrar eucarísticamente la presencia de Dios en la materia, en los acontecimientos, en las creaturas, en el prójimo y en el interior de cada uno de nosotros, reviviendo y gustando interiormente su sentido de ofrenda, de consagración y de comunión.

Respecto a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, muy presente en el hogar de la familia Teilhard y difundida ampliamente por la Compañía de Jesús, basta con repasar las imágenes y tropos que Teilhard utiliza en su texto para desembocar abiertamente a la iconografía propia de esta devoción popular: el corazón como asiento de los sentimientos y el fuego en el que arde como expresión de su amor. Un amor extremo, como puntualiza el evangelio de Juan y “una devoción con la que mi madre no dejó jamás de nutrirme”, como afirma Teilhard en El corazón de la materia.

Hasta aquí los fundamentos devocionales de esta visión eucarística de Teilhard que a tantas personas ha conmovido, incluyendo a Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI. Los dos primeros citaron sus palabras en diversas alocuciones públicas, pero evitando expresamente mencionar al autor, que estaba entonces bajo la alargada sombra de sospecha del Santo Oficio.

Siempre se ha dicho que una de las características de un texto sublime es que es capaz de arraigar de modo distinto en el ánimo de cada lector, colmando necesidades diversas. suscitando sugestiones y connotaciones diversas en cada persona y en cada momento. Si resumo aquí algunas de las mías, lo hago a sabiendas de que no agotarán las posibilidades de un texto tan sugestivo y lamentando que este medio no permita compartir también las intuiciones que el texto de La misa sobre el mundo habrá podido despertar seguro en quienes ahora leen amablemente estas líneas. Para poder valorar con justicia el grado de profetismo de Teilhard, no olviden que estamos entre 1918 y 1923, en el pontificado de Benedicto XV, un papa temeroso de la modernidad y de la ciencia, y que nos falta todavía medio siglo para arribar al soplo revitalizador del Concilio Vaticano II.

Aquí están algunos de los que intuyo como hallazgos teilhardianos:

  • Disolver viejas dicotomías escolásticas. Las visiones teológicas de Teilhard tratan de armonizar nuestra desconcertante pluralidad con la invitación divina a la unidad fraterna o la marea de los afectos que mueven el mundo con la convulsión de los odios y añadamos todas esas viejas dualidades platónicas que la escolástica no supo resolver: el cuerpo frente al alma, la materia frente al espíritu, Dios frente al mundo y el barro de la realidad terrena frente a ese mundo angélico y celeste que desde tiempos medievales nos gustaba señalar con el dedo en alto.

Teilhard, que se considera a sí mismo más hijo del suelo que del cielo, nos reconcilia con la materia, proclamando su bondad natural y su misterio evolutivo y no duda en darle rango de sacralidad, recordándonos la aceptación manifiesta de Dios que recoge el libro del Génesis: “y vio Dios que era bueno”. Llega a llamarla “mano de Dios y carne de Cristo” por sostener de modo tangible la presencia de Dios en el mundo.

  • Reconciliar ciencia y teología. Si en su ensayo El grupo zoológico humano intentó transitar un puente entre teología, biología y física, en La Misa sobre el mundo, brevísimo texto lleno de poesía y de mística, incorpora las intuiciones de tres paradigmas científicos que la doctrina de la Iglesia miraba aún con el recelo de la novedad. Por un lado la teoría evolutiva, que desde Darwin empieza a encontrar ya esos días formulaciones nuevas desde la bioantropología y la genética. Por otro, las ideas que, a partir de la teoría general de la relatividad, empezaban a debatirse sobre un universo en expansión desde una explosión de energía inicial, creadora de todo lo que existe. En tercer lugar, esboza ya la idea que empezaba a vislumbrarse en los círculos científicos de interpretar la biosfera como una entidad viva, como un gran cuerpo, como un superorganismo en el que todos los procesos están conectados para garantizar su autorregulación, una idea que después encontraría en James Lovelock su mejor formulación: la hipótesis Gaia.
  • Unificar la teología. Por primera vez, muchos conceptos teológicos que la tradición epistolar paulina y la reflexión escolástica medieval nos mostraban como un mosaico parcialmente inconexo de verdades de fe, independientes y bien diferenciadas, Teilhard acierta a conectarlos como la totalidad coherente de una sola verdad, dilatando su significado y su relevancia teológica. Descubrimos con él que la creación, la encarnación, la redención, la consagración, la centralidad de la eucaristía, la providencia, la comunión de los santos, la presencia de Dios en el mundo o el mandamiento del amor no son realidades distintas, sino aspectos indisolubles y necesarios de una misma visión y que, a su vez, encajan sin estridencia alguna con la evolución cósmica y biológica, la génesis histórica de las religiones, el misterio de la muerte y el sufrimiento, la investigación científica o el trabajo humano como prolongación libre y creativa del poder creador de Dios. Pocos autores poseen esta capacidad de Teilhard de generar modelos integradores de pensamiento o de formular explicaciones unificadas.
  • Expandir la teología. Además de unificarlos, Teilhard profundiza en la idea de que estos procesos (y su interpretación teológica) no son momentos puntuales en la historia de la salvación ni se limitan al ámbito espacial de la biosfera, sino que desbordan el espacio y el tiempo para devenir procesos cósmicos y continuamente actualizados.

Así, la metáfora paulina de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, en donde las diversas partes anatómicas no pueden desentenderse, la extiende Teilhard, dilatándola, a toda la creación, que es, en efecto, un cuerpo material, biosférico, al mismo tiempo diverso y coordinado y necesitado de un alma que le otorgue consistencia y sentido.

Los símbolos eucarísticos del pan y el vino se expanden también más allá de su condición de frutos de la tierra, más allá de su presencia en aquella cena de la Pascua judía de hace más de dos milenios y se cargan de un sentido más amplio. El pan como representación de todo lo que esforzadamente germina, crece, florece, madura y se multiplica en el mundo. El vino como representación de todo lo que mengua o decrece, de la sangre derramada, de lo que nos causa dolor y sufrimiento, de la enfermedad, la decrepitud, la decepción, la traición y la muerte; ese cáliz que nos gustaría apartar, pero que asumimos siguiendo el ejemplo de Jesús en Getsemaní.

Estas y otras brillantes extensiones conceptuales de Teilhard no solo dan hondura espaciotemporal a los horizontes de la fe en Dios, sino que, además, los sustraen del contexto angélico en que los colocó la escolástica y los plantan en la realidad tangible de la materia. Así, por ejemplo, la consagración sacramental del pan y el vino se incardina en una interpretación mucho más amplia que refleja el modo en que la dimensión sobrenatural conecta con la realidad natural y la ilumina, es decir, nos habla de la consagración definitiva de toda la creación, que se reencontrará con Dios en su trayecto evolutivo hacia el punto omega.

De este modo, Cristo resucitado acabará siendo el alma del gran cuerpo místico que es la realidad universal. La cosmogénesis, la biogénesis y la propia historia del ser humano no son más que los pasos evolutivos previos a la cristogénesis, la gran consagración en la que todos estamos inmersos.

Para Teilhard, vivimos en el seno de una gran eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el punto omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Llegados a ese momento, nuestra desintegración física no será el final: será sólo el requisito para poder perdernos en el horizonte inmenso de la misericordia de Dios, ya sin la pesada oposición de nuestros átomos, para ser una sola cosa con Él.

PARA PROFUNDIZAR EN LA MISA SOBRE EL MUNDO:

El texto puede descargarse libremente en esta dirección: https://www.bubok.es/libros/238364/LA-MISA-SOBRE-EL-MUNDO-de-Pierre-Teilhard-de-Chardin

Aquí puede escucharse una videoadaptación abreviada del mismo: https://youtu.be/qjpEzrDuftU

Y la editorial Sal Terrae, en su colección El Pozo de Siquén, publicó en español la obra del jesuita Thomas M. King La misa de Teilhard: una aproximación a “La misa sobre el mundo” (Bilbao, 2022): https://gcloyola.com/testimonios-e-iglesia/3988-la-misa-de-teilhard-9788429330687.html

El sueño de la santidad de Carlos Carretto

Al menos una vez en la vida hemos soñado con convertirnos en santos, con ser santos.

Fatigados por el peso de nuestras contradicciones, por un momento hemos vislumbrado la posibilidad de hacer la unidad y la luz en nosotros.

Horrorizados por nuestro propio egoísmo hemos, por lo menos en el deseo, roto las cadenas condicionantes de los sentidos y hemos vislumbrado la posibilidad de una libertad verdadera y un amor autentico.

Hastiados de una vida burguesa y perezosa, nos hemos visto por los caminos del mundo portadores de un mensaje de luz y de fraternidad, capaces de ofrecer en el altar del amor gratuito el testimonio de una vida en la cual el primado de la pobreza y el amor hubieran facilitado las comunicaciones y las relaciones con los hermanos.

Es entonces cuando Francisco, de alguna manera, ha entrado en nuestras vidas.

Es difícil que exista cristiano –ya sea católico, protestante, ortodoxo- que no haya identificado el concepto de santidad en el hombre con la figura de Francisco de Asís y no haya, de alguna manera, deseado imitarlo.

Así como Jesús es el fundamento, Maria, la madre y Pablo, el apóstol de la gente, Francisco es el tipo que encarna en toda la Iglesia la figura ideal del hombre que intenta la aventura de la santidad  y la expresa en un modo verdaderamente universal.

Quien ha pensado que es posible la santidad en el hombre, la ha visto en la pobreza y en la dulzura de Francisco, se ha unido a su plegaria en el Cantico de las Criaturas, ha soñado la superación del límite causado por la incredulidad y el miedo, más allá del cual se puede amansar a los lobos y hablar a los peces y a las golondrinas.

Diré que Francisco de Asís está en el fondo de cada hombre, tocado por la gracia, como se encuentra en el fondo de cada hombre el llamado a la santidad.

Y a Francisco, en todos los tiempos, si bien esta encarnado en la historia, se lo puede poner fuera de la historia.

Se lo puede poner con los primeros cristianos itinerantes por los caminos del Imperio Romano llevando consigo la dicha de un mensaje verdaderamente nuevo, se lo puede poner en el medioevo como reformador y restaurador de una Iglesia debilitada por las luchas políticas y minada por los compromisos; se lo puede poner en la época del barroco a reclamar con su inusitada pobreza y humildad el orgullo de los clérigos por su sacerdocio más dominador que al servicio del pueblo. Se lo puede poner hoy como el tipo de hombre moderno que sale de su angustia y de su aislamiento para reanudar el discurso con la naturaleza, con el hombre y con Dios.

Sobre todo con Dios.

Y me explico.

Si es verdad, como lo es, que estamos atravesando la época más atea de todos los tiempos, es igualmente cierto que con muy poco se puede revertir la situación.

Un pequeñísimo catalizador puede provocar un desbarajuste en un mar saturado de elementos preparados y purificados del sufrimiento y la seriedad de la búsqueda. Ya estamos acostumbrados a ver más conversiones entre “los de lejos” que entre “los de cerca”, y cuando me toca hablar de Dios, los más interesados en oírme son aquellos que lo han negado siempre.

A menudo el “todo no”, que se condensa hasta lo inverosímil en el fondo de la búsqueda libre y autentica, explota en un “todo si” bajo el relámpago provocador del Absoluto.

La desazón que experimentamos es más grande de lo que parece por la primera impresión y hace mucho más daño de lo que pensamos.

A la larga destruye la dicha, quita la paz: nos vuelve nerviosos y malvados.

Terminamos odiando todo y a todos.

Para no pensar en ello tomamos un poco de alcohol o fumamos un cigarrillo.

Sin embargo, el daño sigue y opaca el horizonte de la vida.

Si se presenta ante nuestros ojos el edificio de nuestra escuela o el establecimiento donde trabajamos o si vislumbramos nuestra propia casa, que hemos construido con tanto esfuerzo, nos vienen ganas de no entrar y el mismo trabajo cotidiano nos parece inútil.

Hasta el campanario de nuestra iglesia ha perdido el poder de hablar y de entusiasmarnos. Solo nos parece interesante la huida o el deseo de probar algo nuevo, aunque sea peligroso, y nos disponemos de buen grado a cualquier tipo de aventura prohibida.

También hay menos buenos: las madres están ausentes para sus hijos y los padres siempre tienen algo que hacer lejos de la casa. Es el inicio de la pendiente y el resultado de que no podemos escapar de esto es el hastió, la desconfianza en la sociedad y en el trabajo, la aridez del corazón, el deseo de placer físico como subrogado de los valores ya destruidos o en peligro.

Basta hacer desfilar bajo la mirada el elenco de las películas que se producen en esta época, basta pasar una noche en una estación de tren convertida en dormitorio público de los sin techo, basta estar a cualquier hora en el servicio ambulatorio neuropsiquiatrico de cualquier hospital de la ciudad, donde confluyen los drogadictos en busca de metadona, para convencernos de que hemos llegado a un punto de ruptura de una gravedad excepcional y de una amplitud jamás experimentada.

Como una epidemia que se viene incubando desde hace tiempo, el mal ha invadido el cuerpo entero. Esta arriba, abajo, adentro, fuera; está en todas partes.

He vuelto a ver en estos días el muro de Berlín, este absurdo que se prolonga en el tiempo mientras alrededor todo sucede como si nada.

He advertido como este muro no era más que un signo externo de tantos otros muros que dividen a los hombres y las cosas. El muro está dentro de nosotros y divide a ricos y pobres, al pueblo de los pueblos, al hijo del padre, al hombre del hombre, al hombre de Dios.

Estamos divididos, partidos hasta en lo profundo de las vísceras como el muro de Berlín entre alemán y alemán, como Jerusalén entre hebreos y árabes, como el hombre solo en el cosmos que lo circunda.

Todavía todo esta inmóvil pero a punto de saltar por los aires.

Si, lo creo: podremos estar en la vigilia del Apocalipsis… a menos que…

He subido a lo alto del Speco di Narni a pasar unos meses de soledad. Una vez más me he dejado tentar por el desierto que fue siempre para mí la alcoba de mi amor por lo Absoluto de Dios y el lugar donde aflora la caridad. Esta soledad franciscana vale la soledad de las dunas de Beni Abbes o el áspero desierto de Asserkrem. En el fondo todo nace de la misma raíz porque cuando el P. De Foucauld buscaba el desierto africano hacia lo mismo que Francisco cuando buscaba el silencio de las Cárceles del Monte Subacio o la aspereza del Sasso Spicco en La Verna.

Lo que importa es Dios, y el silencio es el ambiente próximo a Él.

He buscado esta ermita porque es uno de los lugares privilegiados del mundo franciscano, donde el santo residió en varias ocasiones y donde todo está fusionado en una unidad perfecta. Bosque, piedra desnuda, arquitectura, pobreza, humildad, simpleza, belleza, forman una de las obras maestras con las que se expresa el franciscanismo dando a los siglos un ejemplo de paz, oración, silencio, respeto ecológico, belleza, victoria del hombre sobre las contradicciones del tiempo.

Al mirar estas ermitas, morada de los hombres pacificados por la oración y la dichosa aceptación de la pobreza, se tiene la respuesta a los angustiantes contrastes que atormentan a nuestra civilización.

Vean lo que dicen estas piedras, vean que la paz es posible. No busquen el lujo para hacer sus casas sino lo esencial. Entonces la pobreza se convertirá en belleza y armonía liberadora como pueden ver en esta ermita. No destruyan los bosques para hacer establecimientos que aumentaran la desocupación y la desesperación. En todo caso, ayuden a los hombres a reinsertarse en el campo, a gozar del trabajo artesanal y bien hecho, a experimentar la dicha del silencio y del contacto con la tierra y con el cielo. No acumulen dinero por el que la devaluación y la rapiña les tenderán una trampa; mantengan abierta, en cambio, la puerta del corazón, al dialogo con el hermano y al servicio del más pobre.

No prostituyan su trabajo construyendo objetos que duran media temporada, consumiendo la poca materia prima que aún tenemos; en lugar de eso, hagan baldes como el que ven aquí sobre este pozo, que saca agua desde hace siglos y todavía está en uso.

Hablan mal del consumismo para llenarse la boca de palabras y hacer callar su mala conciencia y, al mismo tiempo, son sus fieles siervos, incapaces de novedad y fantasía.

Y luego…

Sáquense de encima el miedo al hermano y vayan a su encuentro inofensivos y bondadosos. Es un hombre como ustedes, necesitado de amor y de confianza, al igual que ustedes.

No se preocupen por “la comida o el vestido” (Mt 6,25) , estén tranquilos que no les faltara nada. Busquen antes el Reino de Dios y su Justicia (Mt 6,33) y el resto les será dado por añadidura. “Bástele a cada día sus propios problemas”  (Mt 6,34)

En resumen, esta ermita habla.

Habla y dice que la fraternidad es posible.

Habla y dice que Dios es padre, que las criaturas son hermanas, que la paz es alegría.

Es suficiente quererlo.

Prueben, hermanos, prueben y verán que es posible.

El Evangelio es verdadero.

Jesús es el Hijo de Dios y salva al hombre.

La no violencia es más constructiva que la violencia.

La castidad es más atractiva que la lujuria.

La pobreza es más interesante que la riqueza.

Porque no lo intentamos?

NOTA: Del libro Yo, Francisco de 1980. Aquellos que deseen leerlo completo pueden hacerlo, gracias a Google, en el siguiente enlace:

http://books.google.com.ar/books?id=2sG0yvhfed0C&printsec=frontcover&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

MUJERES ARTÍFICES DE LA HUMANIDAD

Primer día de trabajo de la Conferencia Internacional «Mujeres en la Iglesia: artífices de humanidad» en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Seis ponentes de distintos Ateneos presentaron la actualidad del mensaje de otras tantas mujeres, cinco santas y una venerable, que en sus vidas a menudo problemáticas encarnaron valores como el diálogo, el perdón, la inventiva, la entrega a los últimos, la conciliación de una intensa vida interior con el compromiso social… Leer todo:

https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2024-03/mujeres-congreso-testimonio-santas-humanidad-artifices.html

Comunidades cristianas advierten por la “brutalidad del ajuste” (Argentina)

“Sólo se preocupen de que cierren las cuentas y no miren a los hermanos heridos por las medidas que se van tomando”, sostienen en su crítica al gobierno.

Grupos cristianos criticaron al gobierno.

Curas en Opción por los Pobres, comunidades cristianas de base y otros espacios interreligiosos expresaron que se encuentran “alarmados por la brutalidad del ajuste” provocado por las políticas del gobierno de Javier Milei y advirtieron que la situación que se vive en los barrios populares es “muy preocupante”.

En un texto, que continúa recibiendo adhesiones, los referentes religiosos adhirieron a la declaración de los obispos de Merlo-Moreno, Juan José Chaparro y Oscar Miñarro, quienes –en una carta con ocasión de la Cuaresma- lamentaron que los responsables del Gobierno nacional “sólo se preocupen de que cierren las cuentas y no miren a los hermanos heridos por las medidas que se van tomando”.

“Estamos profundamente alarmados por la brutalidad del ajuste puesto en marcha por el gobierno nacional que recae principalmente sobre los sectores populares, los trabajadores y los jubilados”, dice la declaración.

El pronunciamiento lleva también la firma del Equipo de Pastoral Social y de Cáritas de esa misma diócesis.

Se suma ahora el apoyo de un nuevo grupo de religiosos, encabezados por Cristian@DeBase, Curas en Opción por las y los Pobres, Comunidades Eclesiales de Base, Fraternidad Laica Carlos de Foucauld, Espacio Interreligioso Patrick Rice y Católicas por el Derecho a Decidir. 

Asimismo expresaron su apoyo la Comisión Política de la Iglesia Pentecostal Dimensión de Fe, el Colectivo de Teología de la Liberación Pichi Meisegeier, la Sala de la Memoria de Nuestros Mártires de Chamical, La Rioja, el Colectivo Kevin O’Neill por Memoria, Verdad y Justicia para los Mártires Palotinos, Grupo por la Memoria de Orlando Yorio, DDHH San Oscar Romero y la Fundación Isla Maciel, entre otros. 

“Desde nuestras profundas convicciones y fe cristiana queremos adherir a la declaración difundida por la diócesis de Merlo-Moreno. Hacemos nuestras las palabras que comparten los obispos sobre la actual situación que estamos atravesando. Estamos profundamente alarmados por la brutalidad del ajuste puesto en marcha por el gobierno nacional que recae principalmente sobre los sectores populares, los trabajadores y los jubilados. Bien se dice que sólo se preocupan de que cierren las cuentas y no miran a los hermanos y hermanas heridos por las medidas que se van tomando”, dice la declaración.

“Día a día crece la cantidad de personas que acuden a comedores y merenderos populares con el agravante de que el gobierno nacional cortó las partidas presupuestarias necesarias para garantizar su atención”.

Asimismo, advierten que “la situación que se vive en las barriadas populares es muy preocupante”, ya que “día a día crece la cantidad de personas que acuden a comedores y merenderos populares con el agravante de que el gobierno nacional cortó las partidas presupuestarias necesarias para garantizar su atención”.

“Este es un punto de inflexión que como cristianos y cristianas no podemos dejar de denunciar. El hambre nunca espera”, reflexionaron.

En el pronunciamiento, reivindicaron “el rol que debe tener el Estado en garantizar la igualdad de oportunidades, la redistribución de la riqueza y el cumplimiento de los derechos inalienables de las personas” y expresaron que “la justicia social, corazón de la Doctrina Social de la Iglesia, es un medio para construir una sociedad verdaderamente justa”.

Rechazamos que se mida la vida en términos de ganancias o pérdidas. Nunca lo que se haga en beneficio de la vida puede ser una pérdida. Así solo lo pueden entender quienes adoran al dios del mercado. Nosotros y nosotras somos creyentes de quién ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Esta invitación que nos hace Jesús nos incluye a todos y todas sin ningún tipo de discriminación, exclusión o descarte”, agregaron en otro tramo de la declaración.

En el marco de la implementación del protocolo “antipiquetes” del ministerio de Seguridad, rechazaron ”la criminalización de la protesta social” y exigieron que “se respeten todos los derechos y garantías constitucionales vigentes”.

“Renovamos también nuestro compromiso de estar junto a nuestro pueblo, en especial a los más frágiles y más pobres. Como nos convocó el beato Enrique Angelelli seguimos andando nomás convencidos y convencidas que la ‘salvación es comunitaria’ y que la paz social es fruto de la justicia social”, concluye el texto, que sigue recibiendo adhesiones en cristianosdebase@gmail.com.