Doble cátedra eclesial

[Por: Víctor Codina, SJ]

Santo Tomás de Aquino distingue en la Iglesia una doble cátedra: la cátedra pastoral que corresponde a los obispos y la cátedra magisterial de los maestros de teología. Ambas cátedras no son paralelas sino convergentes, confluyen hacia el Misterio de la fe cristiana, aunque muchas veces haya tensión entre ambas cátedras. En los dos pontificados anteriores al papa Francisco, hubo más de 100 admoniciones a teólogos…

Pero esta cátedra magisterial no se limita solamente a los profesores universitarios de las facultades de teología, sino que se extiende a mujeres que han sido nombradas doctoras de la Iglesia sin haber sentado cátedra como Catalina de Sena, Teresa de Jesús, Teresa del Niño Jesús, Edith Stein… y a otros maestros espirituales como Francisco de Asís, maestro Eckhart, Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Carlos de Foucauld, Madeleine Delbrêl, Roger Schutz, Teresa de Calcuta…

Más aún, si recordamos que Jesús en el evangelio exulta de gozo porque el Padre ha ocultado los misterios del Reino a los sabios y prudentes de este mundo y los ha revelado a los pequeños y sencillos (Lc 10,21; Mt 11,25; Jn 7,48), podemos preguntarnos si no podemos extender a los pobres el magisterio de la cátedra teológica. Si todos los bautizados han recibido la unción del Espíritu y el sentido de la fe, como afirma el Vaticano II (LG 12), en los pobres se realiza de modio especial. 

El papa Francisco afirma que la religiosidad y piedad popular es un lugar teológico privilegiado, es decir una fuente de conocimiento verdadero del Evangelio de Jesús y que los pobres tienen mucho que enseñarnos (EG 126; 197-201).

Si esto es así, todos deberíamos acudir a la cátedra y magisterio teológico de los pobres para comprender mejor el evangelio. ¿Sucede esto así? No siempre, aunque en algunos casos se puede repetir lo que el obispo poeta Pedro Casaldáliga afirmaba de monseñor Romero: “Los pobres te enseñaron a leer el evangelio”.

¿Cuál es el modo de evangelización del hermano Carlos?

En una carta enviada a Joseph Hours el 25 de noviembre de 1911, Foucauld expone a su amigo como se debe proceder para lo conversión de los musulmanes:

«Primeramente, preparar el terreno en silencio por la bondad, un contacto íntimo, el buen ejemplo; entrar en contacto, hacerse conocer de ellos y conocerlos; amarlos desde el hondo del corazón, hacerse estimar y amar de ellos; destruir de este modo los prejuicios, obtener confianza, ganar autoridad, o que requiere tiempo; luego, hablar en particular a los mejor dispuestos, muy prudentemente, poco a poco, diversamente, dando a cada uno lo que es capaz de recibir. Los musulmanes son incapaces de discutir. La fe no puede nacer en ellos, con la ayuda de la gracia, sino de la autoridad que se tenga sobre ellos y de la vista de las virtudes cristianas practicadas delante de ellos. Antes de hablarles del dogma cristiano, hay que hablarles de la religión natural, llevarlos al amor de Dios, al acto de amor perfecto. Cuando sean capaces de hacer actos de amor perfecto y de pedir a Dios de todo corazón la luz, estarán muy cerca de convertirse. Cuando vean que son cristianos hombres más virtuosos que ellos, más sabios que ellos, que hablan de Dios mejor que ellos, estarán muy cerca de decirse a sí mismos que acaso estos hombres no están en el error, y de pedir a Dios la luz«.

Para los tiempos en que vivía Foucauld este es un gran avance en relación a la religión de cristiandad y hay que valorar la actitud de base, pero habría que descartar la actitud de superioridad y reconocer en los pueblos no cristianos todo lo bueno que el Creador ha depositado y enriquecerse en el diálogo mutuo a un nivel de fraternidad y no de superioridad, como los discípulos de Foucauld lo estan practicando allí donde se encuentran.

El místico itinerante

El olvido de si

Mientras hay quienes buscan fama, riqueza y poder, otros se conforman con la humildad y lo pequeño, con pasar desapercibidos sin hacer mucho ruido. El Olvido de sí es esa situación en la que la persona se olvida de sus problemas y necesidades para vivir pendiente de la voluntad de Dios, ofreciéndose y dando su amor a los demás. Además, es el título de una preciosa novela que narra la aventurada existencia de Charles de Foucauld, un noble francés que un día decidió abandonar su disoluta vida y emprender el camino del desprendimiento y búsqueda espiritual. Su autor, Pablo d´Ors (Madrid, 1963), sacerdote y escritor que ya ha confirmado sus cualidades literarias con anteriores títulos como El estupor y la maravilla (Pre-Textos, 2007), El amigo del desierto (Anagrama, 2009), Sendino se muere (Fragmenta editorial, 2011) o la exitosa Biografía del silencio (Siruela, 2012).

En 1883 Charles de Foucauld era un joven vividor y atolondrado, como cualquiera de ahora, aunque la educación que recibió iba, en vano, dirigida a formarlo como noble. Cuando lo expulsaron del colegio, comenzó a dilapidar todo el patrimonio familiar. Eran unos años en los que «comía y engordaba para llenar el vacío que tenía dentro» (p. 37). Pero a la sensualidad y extravagancia, sucedieron el afán del mundo y la aventura que lo convertirían en un nuevo hombre.

Amo la conversión porque me permite tener un antes y un después en mi biografía. Hay un eje en mi vida: un punto al que mirar retrospectivamente y desde el que evaluar cualquier horizonte.

Suele decirse que los caminos del Señor son inescrutables, algo que se confirma en el caso de Foucauld. Paradójicamente, el vizconde francés reconoce que nunca habría accedido al cristianismo sin haber sentido previamente fascinación por el Islam. «Fue la devoción de los musulmanes, la sencillez de su dogma y de su moral, lo que algún tiempo más tarde me conduciría al aprecio de mi propia tradición religiosa» (p. 61), asegura. Pero para iniciar su camino de conversión fueron esenciales algunas personas y algunos acontecimientos, como la guerra, la que se libró contra la tribu de los Ouled Sidi Cheikh en Orán.Sin embargo, un hombre y un libro fueron las principales mediaciones de las que Dios quiso servirse para convertirlo. El hombre se llamaba Henri Huvelin y era sacerdote; el libro se titulaba Elevaciones sobre los Misterios y estaba escrito por Bossuet. A partir de ese momento, la novela se revela como la odisea del hombre contemporáneo en busca del sentido de su existencia.

Ahora sé que escribo para contar al mundo que he sido amado con un Amor incomprensible y sobrehumano. Escribo porque me sé amado, ninguna otra razón justifica mi aventura.

Charles_de_Foucauld

Esta obra tiene mérito y merece por derecho propio un espacio entre los títulos del año por varios motivos. El primero de todos es por la narración tan perfectamente hilada y construida que consigue no solo que el lector se introduzca de lleno en la historia, sino que esté convencido de que la novela está escrita en primera persona por el propio protagonista. Y es que d´Ors ha sabido captar tan magistralmente la voz y el espíritu de Foucauld, que ha querido mantenerse a un margen, lo que engrandece su figura de escritor y de persona. Además, El Olvido de Sí es magistral por la historia que ambiciona contar: novelar la intensa vida de Foucauld, localizándola en espacios tan diversos como la Francia del XIX, Roma, Tierra Santa, el Sáhara o Siria e incluyendo más de un centenar de personajes tan curiosos y fascinantes como su protagonista.

Al margen de la historia, El olvido de sí (Pretextos, 2013) es una apasionante novela de aventuras en la que disfrutaremos con las vicisitudes y con las pruebas que se le imponen a este personaje. Su técnica narrativa es la de los cuentos tradicionales, pues de Foucauld se encuentra ante una encrucijada de la que sabe que un camino, y solo uno, conduce al “tesoro prometido”.

Aunque pueda parecer que Jesús de Nazaret y su ejemplo de vida, son el verdadero protagonista de El olvido de sí, este libro nos sirve para encontrarnos como personas independientemente de la religiosidad, pues lo que importa es el hombre y su camino de perfección. Quien lo lea puede estar seguro de que no va a encontrar en esta novela adoctrinamiento religioso, sino la reflexión de alguien que cavila como ser humano hasta encontrar su verdadera vocación tras duros avatares, ásperas dificultades y peligrosas tentaciones que nos recuerdan a las novelas bizantinas en las que sus quijotescos protagonistas al final comprenden que lo mejor es dedicarse a los pequeños quehaceres, a lo sencillo porque ahí es donde radica el verdadero sentido de la vida.

El Olvido de Sí es un libro por el que Pablo D´Ors debe sentirse orgulloso porque hace honor justicia a la grandeza de su personaje. Sin duda alguna, es uno de los grandes descubrimientos literarios de este año.

PUBLICADO EL 01/05/2013

El adiós del «cura obrero» – Mariano Puga -Ver video: https://youtu.be/N7WE2cMrGx8

Muere Mariano Puga, el cura obrero que luchó contra la dictadura

A los 88 años y rodeado de sus más cercanos de la comunidad La Minga en la Villa Francia, el sacerdote falleció producto de un cáncer linfático. El compromiso con la defensa de los Derechos Humanos y su lucha incansable por mayor igualdad se mantuvo hasta sus últimos días.

Claudia Carvajal G.  Sábado 14 de marzo 2020 

La madrugada de este sábado, la comunidad La Minga  informó del fallecimiento de Mariano Puga Concha, sacerdote diocesano conocido como un férreo defensor de los Derechos Humanos, particularmente durante el periodo de la dictadura cívico militar en Chile.

Nacido el 25 de abril en Santiago, hijo de Mariano Puga Vega y Elena Concha Subercaseux, estudió Arquitectura y fue justamente esa carrera la que lo puso en contacto con la extrema pobreza cuando, durante el desarrollo de un taller, conoció el campamento San Manuel ubicado en la ribera del Zanjón de la Aguada. Ello lo llevó a abandonar los estudios universitarios y optar por el sacerdocio en el Seminario Diocesano, donde fue ordenado sacerdote en 1959.

Titulado como Doctor en Teología Moral, ejerció también la labor docente en la Pontificia Universidad Católica hasta que en 1972 se enroló en el movimiento Cristianos por el Socialismo, cuyo objetivo era la disminución de la desigualdad social y la injusticia económica, inspirado en la teología de la liberación. Fue también parte del conjunto de religiosos conocido como Grupo de los 80, que adhirieron públicamente a la construcción del socialismo presentados por el entonces presidente Salvador Allende.

Luego del Golpe de Estado, en junio de 1974, fue capturado y conducido a Villa Grimaldi y a Tres Álamos, episodios que él mismo sindicaría como las peores detenciones que sufrió durante su lucha contra la dictadura de Augusto Pinochet.

Mariano Puga huelga hambre

Condecorado como Héroe de la Paz por la Universidad Alberto Hurtado, su carrera sacerdotal no estuvo exenta de críticas. Las más fuertes vinieron cuando participó de la misa en la que diez condenados por delitos contra los derechos humanos y que cumplían sentencia en Punta Peuco pidieron simbólicamente perdón por los crímenes cometidos durante la dictadura. En el momento, Puga aseguró que “no puede haber perdón si no hay reparación, aporte a la justicia y aporte de la información que ellos manejan y no han planteado a los Tribunales”.

Pese a sufrir un cáncer linfático que incluso lo hizo dejar Chile por unos meses, Mariano Puga no se mantuvo al margen del movimiento social iniciado el 18 de octubre en nuestro país y solo cinco días después y en medio del estado de Emergencia decretado por el Gobierno, el también conocido como “cura guerrillero”, difundió una carta pública en la que interpeló a las autoridades a actuar ejerciendo liderazgos y a la sociedad misma a no bajar los brazos y exigir mayor igualdad. “¡El despertar no tiene que morir nunca más! Hasta que volvamos a ser seres humanos“.

Internado la primera semana de marzo en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, difundió desde allí otro texto instando a los sacerdotes a acercarse a la gente y formar parte de este movimiento social. ““Después de tanta solidaridad compartida, con estos hermanos crucificados, ¿se justifica que solo dos presbíteros hayan acompañado a ese PUEBLO el día que denunciábamos su dolor? “¿De qué vale la fe si no tiene obras?” (St 2, 14), ¿Con qué Cristo comulgamos?”, dice la misiva publicada por nuestro medio, aludiendo a la falta de religiosos durante la celebración de una misa por las personas privadas de libertad desde octubre.

Mariano Puga
Com La mInga

Mariano Puga, el cura obrero, el cura guerrillero, murió a los 88 años. Según informó la Comunidad La Minga, su velorio se llevará a cabo desde las 17 horas de este sábado en la capilla Cristo Liberador de Villa Francia. El domingo 15 a las 11.30 horas, saldrá el cortejo fúnebre desde la misma capilla en dirección a la Plaza Los Héroes donde, a partir de las 15 horas se realizará la Cena del Señor en la Iglesia San Francisco de la Alameda. Luego, a las 18.30 se efectuará un encuentro en José Arrieta con Tobalaba para luego finalizar con una Fiesta de la Resurrección en Villa Grimaldi en la que se podrán presentar libremente manifestaciones de las distintas artes.

SER DISCÍPULO-MISIONERO A LA MANERA DE CARLOS DE FOUCAULD



«Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me consideren su hermano, el hermano universal» (Charles de Foucauld)

Homilía misa en honor del Beato Carlos de Foucauld, pronunciada por el Cardenal Jean-Pierre Ricard, el domingo 4 de diciembre de 2016 en la Iglesia del Sagrado Corazón de Burdeos.

Queridos hermanos y hermanas,

Siguiendo a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Papa Francisco nos recordó que la evangelización, la misión, no es una opción para un cristiano. Todo el que se bautiza debe ser apóstol, testigo. El Papa Francisco habla de “discípulos misioneros”. Escribe en su exhortación La alegría del Evangelio: “ En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28, 19). Cada bautizado, sea cual sea su función en la Iglesia y el nivel de educación de su fe, es un sujeto activo de evangelización … Esta convicción se transforma en una llamada dirigida a cada cristiano, para que nadie renuncie a su compromiso evangelizador, porque si realmente ha experimentado el amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para ir a anunciarlo, no puede esperar » haber recibido muchas lecciones o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que ha encontrado el amor de Dios en Jesucristo; ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino siempre que somos “discípulos-misioneros” . Sabéis que esta reflexión sobre la importancia de ser discípulos misioneros hoy está en el centro del cuestionamiento de nuestro sínodo diocesano. Y creo que es una gran gracia que profundiza nuestra reflexión sobre la misión que hoy escuchemos al Beato Carlos de Foucauld. Vivió y viene a contarnos cosas fundamentales. Anoto algunas:

La misión no es principalmente una cuestión de estrategia o marketing mediante el cual uno querría colocar un producto. Es sobre todo una pasión, una cuestión de amor. El padre de Foucauld no hizo muchas conversiones ni bautismos. Sabe que aún no ha llegado el momento de la cosecha. Pero ama a este pueblo tuareg en medio del cual vive y al que no quiso abandonar ni siquiera ante el peligro. Ora por él y lo lleva ante Dios. Es cierto que no lo idealiza. Sabe ver sus faltas. Pero ama a estos hombres y mujeres y desea que algún día puedan abrirse a la luz del evangelio.

Charles de Foucauld sabe que, si es necesario un testimonio explícito, a veces es necesario preparar lenta y extensamente los caminos del Señor, como hizo Juan el Bautista con Jesús. El servicio, la hospitalidad, el compartir, la cercanía preparan este camino del Evangelio. El padre de Foucauld está habitado por esta convicción de que la evangelización no se hace por proselitismo sino, como dice el Papa Francisco, por contagio, por atracción. Es el amor fraternal, la compasión, el cuidado de los demás lo que abre los corazones. Sus contemporáneos no se equivocaron. Si pudimos darle al Padre de Foucauld el hermoso nombre de «hermano universal», es porque muchos sintieron en él esta cualidad de corazón en la vida más cotidiana. Fue él quien estuvo en el origen de esta denominación. En 1902 escribió a su primo: “Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me consideren su hermano, el hermano universal”. Unos meses antes de su muerte, escribió: “Debemos hacernos aceptar a los musulmanes, convertirnos para ellos en el amigo confiable, a quien acudimos cuando tenemos dudas o tenemos dolor; en cuyo cariño, sabiduría y justicia contamos absolutamente. Sólo cuando lleguemos allí podremos hacer el bien a sus almas «.

Para él, la misión implica el conocimiento del otro, de los demás, de su cultura, de su lengua, de su mentalidad. Quiere familiarizarse con aquellos entre los que vive. Escribe un diccionario tuareg-francés. Recopila datos y tradiciones de la cultura de esta población de Hoggar. Sabe que un enfoque evangelístico puede requerir una larga compañía y una lenta familiarización con aquellos a quienes se llega.

Es en la celebración de la Eucaristía y en la adoración eucarística donde el Padre de Foucauld dibuja este amor que tiene por su pueblo. Sabemos lo vital que fue para él la celebración de la Misa. Ofreció al Señor su sufrimiento por no poder celebrar la Eucaristía cuando se encontraba solo, sin ayudante, hasta que recibió el permiso de Roma para poder celebrarla incluso solo. La adoración eucarística también fue muy importante para él. Contempla a Cristo y se une al sacrificio de Cristo que se ofrece al Padre por todos los hombres. La vida eucarística y la misión siempre han estado profundamente ligadas en la Iglesia. Una renovación de la vida eucarística (celebración y adoración) provoca siempre un mayor dinamismo misionero y una renovación apostólica permite descubrir aún más claramente la fuente de la que procede, la vida eucarística. Estoy muy feliz de que haya una capilla consagrada al Padre de Foucauld en esta Iglesia del Sagrado Corazón que ha querido ofrecer la adoración eucarística perpetua en Burdeos en los últimos años.

Finalmente, nuestro Beato viene a recordarnos que la fecundidad de la misión es parte del don de uno mismo. Su vida entera es un testimonio particularmente fuerte de estas palabras de Cristo en el Evangelio: “En verdad, en verdad, de cierto os digo, que si el grano de trigo que cae a la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. Quien ama su vida, la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí también estará mi siervo. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará ”(Jn 12, 24-26). Vemos cuánto se da la vida del padre Charles de Foucauld. Así será hasta el martirio, donde se verá inducido a unirse a la pasión de su Señor, por este pueblo al que no quiso abandonar, aun a riesgo de su propia vida. Esta muerte, se preparó para ella. Escribió: “Si algún día los paganos pudieran matarme, ¡qué hermosa muerte! Mi queridísimo hermano, qué honor y qué alegría, si Dios quisiera escucharme ”. Será asesinado por una banda armada, que quería saquear el fuerte en el que se encontraba. Y cerca de él se hallará una hostia consagrada en la arena. Charles de Foucauld se unió a Cristo en su muerte para estar en su resurrección.

Podemos preguntarnos esta mañana: ¿y nosotros?

¿Tenemos esta pasión por dar testimonio del evangelio?
¿Qué amor por la gente hay en nosotros?
¿Cómo nos estamos sirviendo? ¿Somos hermanos universales? ¿Tenemos un corazón hospitalario, acogedor y misericordioso?
¿Sabemos escuchar, entender a los que conocemos, incluso si nos desconciertan? ¿Sabemos entrar en la paciencia y la esperanza de Dios?
¿Qué lugar tiene la celebración eucarística, la adoración, el amor a la Eucaristía en nuestras vidas?
¿Cómo entramos día a día en esta dinámica de entrega?

El Adviento es verdaderamente ese tiempo de conversión que se nos da para responder personalmente a estas preguntas. No dudemos en pedir en oración al Beato Carlos de Foucauld que entre en su acto de entrega y confianza para la misión. Amén.

  • Jean-Pierre cardenal Ricard

Arzobispo de burdeos

Carlos de Tamanrasset, un guía en nuestros desiertos

François Vayne, periodista y escritor – La Vie

¿Qué podemos retener hoy de la vida de Charles de Foucauld y su “apostolado de la bondad”? François Vayne, periodista y escritor, da testimonio de su relación personal con este ex soldado que se convirtió en explorador, luego ermitaño y artesano del diálogo islámico-cristiano.

Un poco antes de la fiesta de Pentecostés, nos enteramos de la próxima canonización del Beato Carlos de Foucauld, «confesor de la fe», tras el reconocimiento de un milagro obtenido por su intercesión. Al mismo tiempo que este anuncio, la Sala de Prensa de la Santa Sede dio a conocer que Pauline Jaricot podría ser beatificada. Estas dos grandes figuras católicas francesas, el oficial libertino que se convirtió en ermitaño silencioso en el Sahara y el fundador laico de la Obra Pontificia para la Propagación de la Fe, parecen a primera vista oponerse en su concepción de la misión. Se juntan en realidad por su común deseo de llevar el Evangelio a partir de la espiritualidad del Corazón de Jesús, lejos de ciertos modelos clericales en boga en el siglo XIX. Los “Reparadores del Corazón incomprendido y despreciado de Jesús”, fundado por Pauline Jaricot, como la “Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús”, que Charles de Foucauld hubiera querido ver desarrollarse durante su vida, anunciaron el Llamamos a la santidad universal lanzada por el Concilio Vaticano II, este «nuevo Pentecostés» que devolvió a los fieles laicos su dignidad de bautizados responsables del testimonio del Evangelio en la vida cotidiana. Si en Pentecostés Jesús desaparece de nuestros ojos, ¿no es para que seamos su corazón y su rostro, su presencia en la sociedad, como pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo?

Esto es lo que el símbolo del Corazón y la Cruz de Jesús, lucido por el padre de Foucauld en su hábito religioso, quiso significar con anticipación. El beato y futuro santo da así su verdadero significado a este símbolo bordado a veces en banderas francesas para apoyar causas políticas nacionales. En lugar de ondear el Sagrado Corazón en estandartes, ¿no es más importante vestirse con él interna y espiritualmente? Esto es lo que aprendí durante mi juventud argelina, en la escuela del «hermano universal», pocos años después de los conciertos de trompeta para la Argelia francesa.

Su canonización consagrará este modelo evangélico que bien podría transformar el perfil de la Iglesia católica en los próximos años, como en la época de San Francisco.
Nacido de un padre desconocido al final de la guerra de Argelia, estoy muy vinculado espiritualmente a Charles de Foucauld: él es mi guía y mi protector. Cuando todavía era un niño en Argel, mi madre me regaló una foto de él, en la parte posterior de la cual mi padre invisible, que se fue a Francia, había escrito estas palabras: «Él te protegerá y te amará por mí». Es aún más importante en mi vida que, habiendo crecido en la pequeña comunidad cristiana de Argel, después de la independencia, he escuchado a menudo el ejemplo del «hermano Charles» mencionado en relación con nuestras relaciones con nuestros amigos musulmanes. Para nosotros, él ya es santo desde hace mucho tiempo. Malentendidos de índole política, en relación con la colonización, parecían haber pospuesto sine die su canonización. La Santa Sede probablemente no quiso causar malentendidos con el gobierno argelino. El testimonio de los 19 benditos mártires de Argelia, que derramaron su sangre junto a muchos musulmanes víctimas de la violencia durante la década negra de la guerra civil, sin duda habrá arrojado luz sobre el mensaje fraterno de Charles de Foucauld que reclamaron. , mis amigos de Tibhirine en particular. Christian de Chergé firmó su célebre testamento el 1 de diciembre, aniversario de la muerte violenta de Charles de Foucauld.

Menos de diez años después de la serie de asesinatos de religiosos en Argelia, el hermano Carlos fue beatificado en Roma el 13 de noviembre de 2005. Esta celebración en la que tuve el placer de participar destacó un estilo profético de vida cristiana, desnuda, radiante, que hace la religión un amor. Su canonización consagrará este modelo evangélico que bien podría transformar el perfil de la Iglesia católica en los próximos años, como en la época de San Francisco. El apostolado de la bondad, el abandono espiritual y la presencia discreta entre los pequeños, son los tres secretos, creo, de esta renovación eclesial «foucaultiana» que se ofrece, como oportunidad actual, a la institución clerical romana.

Al contemplar, en mi adolescencia, los seis exvotos que dejó Charles de Foucauld en el santuario de Nuestra Señora de África, que domina la bahía de Argel, admiré las etapas de su vida misionera. «Mi apostolado debe ser el de la bondad», dijo el ex oficial de caballería entrenado en Saumur, que luchó con sables la rebelión de Sheikh Bouamana contra la presencia colonial, en el sur de Orán, con el futuro general Lapperine. El arma de Dios es, por tanto, su bondad, comprendió a partir de la lectura del Evangelio, haber dejado el ejército para convertirse en explorador de Marruecos, luego en trapense y finalmente en ermitaño en medio de los tuareg, artesano del diálogo islámico. Tres años en Nazaret le habían familiarizado con la ternura de Jesús y quería «gritar el Evangelio por la vida», tejiendo con cada uno relaciones de amistad, como lo hizo en particular en Tamanrasset con amenokal, Moussa Ag Amastan, director de una confederación tuareg. Ya no pensaba en convertirse, sino en amar. «Estoy seguro de que el buen Dios dará la bienvenida al cielo a los que fueron buenos y honestos sin ser católicos», escribió sobre los musulmanes que lo rodearon, sin ningún motivo ulterior de proselitismo, precursor de este Concilio Vaticano II y su más famoso documento sobre libertad religiosa, Dignitatis Humanæ. «No se trataba de predicar, sino de ser a la manera de Cristo», me explicó uno de sus discípulos, el padre René Voillaume, durante su última entrevista, que me concedió en abril de 1999 para el diario La Croix.

Charles de Foucauld puso su apostolado de bondad bajo el signo del Corazón de Jesús, recibiendo allí con amor filial su confianza en la paternidad divina, fuente inagotable de fraternidad universal. «Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos a que me consideren su hermano», le escribió a su prima Marie de Bondy, practicando una espiritualidad de entrega a la voluntad del Padre celestial, a imitación de Jesucristo. Esta espiritualidad se profundizó en su ermita de Assekrem, en el sur de Argelia, cuando fue salvado del hambre por los tuaregs que le trajeron leche de oveja en 1908. Se ofreció como pobre a Dios en total entrega de sí mismo. «Padre mío, me entrego a ti. Haz lo que quieras conmigo. Hagas lo que hagas conmigo, gracias. Estoy dispuesto a todo, acepto todo, siempre y cuando se haga tu voluntad en mí, en todas tus criaturas, no quiero nada más mi Dios pongo mi alma en tus manos, te la doy mi Dios … ” Aproximadamente a los doce años, balbuceé por primera vez su Oración del Perdón aprendida de memoria, en medio de las dunas de arena. Fue en El-Goléa, con mi madre y algunos de sus amigos, frente a la tumba del hermano Charles. Allí, un niño rubio perdido en la inmensidad sahariana, entendí que tenía un padre que me amaba desde toda la eternidad, recibí el corazón de un hijo en el Hijo para ser mi hermano para todos. En el desierto había escuchado al Señor decirme también: “Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado ”(Sal 2, 17).

Después de haber trabajado en Roma durante siete años, me gusta ir a rezar con las Hermanitas de Jesús, en Tre Fontane, frente al altar eucarístico del Padre de Foucauld, preservado con amor por ellas. Esta reliquia evoca el tercer secreto del hermano Carlos, después del Evangelio y del Sagrado Corazón: el Santo Rostro de Jesús. Símbolo del Verbo Encarnado, lo adoró internamente en el sacramento de la Eucaristía, don que Jesús hizo de sí mismo y que nos revela el amor infinito de su Padre por cada ser humano. Conmovido profundamente por estas palabras de Cristo puestas en relación, «Todo lo que le hagas a uno de estos pequeños, es a mí a quien lo haces» y «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre», dijo. Amaba a Jesús en los pequeños, en las profundidades de esta Amazonia norteafricana que era para él la región bereber del Sahel. Al no poder celebrar la Misa durante meses, porque la regla exigía que el sacerdote tuviera un monaguillo, creía intensamente en el resplandor de la presencia eucarística que santifica misteriosamente a los que viven cerca.

La única partícula de nobleza que le importa a un cristiano, ¿no es la de la santidad diaria?
Charles Eugène de Foucauld de Pontbriand se fue transfigurando gradualmente por la adoración, convirtiéndose en Charles de Tamanrasset, otro Cristo, como Francisco de Asís, Bernadette de Lourdes, Ignace de Loyola o Thérèse de Lisieux … La partícula de la única nobleza que cuenta para un cristiano , ¿no es la de la santidad diaria?

Murió a los 58 años el 1 de diciembre de 1916, asesinado por rebeldes Senoussi de Libia, aliados con Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, nos recuerda que la ofrenda de nuestra vida a Dios es la única forma de dar fruto, según el Evangelio. parábola, como el grano de trigo que cae en tierra. Además, puede ayudarnos a sentir la urgencia de un despojo de uno mismo, de una purificación del culto y de una vuelta al Evangelio, a dar testimonio en silencio en el corazón de nuestros desiertos, en la sociedad secularizada, donde estamos inmersos. Su canonización será una promesa en este sentido para toda la Iglesia.

NAZARET: LUGAR Y MOMENTO PARA LA CONTEMPLACIÓN

Aurelio Sanz Baeza nos ofrece unas hondas reflexiones fruto del servicio que ofreció a la Fraternidad Sacerdotal en el retiro de Navidad celebrado en La Moraleja (Madrid) durante los días 26 al 29 del pasado diciembre 2007.

«A los seis meses Dios envió al ángel Gabriel donde una joven virgen que vivía en una ciudad de Galilea llamada Nazaret, y que era prometida de José, de la familia de David. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel en su casa y le dijo: “Alégrate tú, la Amada y Favorecida; el Señor está contigo.” Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué quería decir aquel saludo.

Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande, lo llamarán Hijo del Altísimo y Dios le dará el trono de David, su antepasado; reinará sobre el pueblo de Jacob por siempre y su reino no terminará jamás.”

María dijo entonces al ángel: “¿Cómo podré ser madre, si no tengo relación con ningún hombre?”

Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será santo y lo llamarán Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel: a su vejez ha quedado esperando un hijo, y la que no podía tener familia se encuentra ya en el sexto mes de embarazo; porque para Dios nada es imposible”.

Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor; que se haga en mí lo que has dicho”. Después de estas palabras el ángel se retiró»[1].

Nazaret es el lugar donde Dios decide hacerse hombre, a través de una mujer, María. Ella nos da a  Jesús de Nazaret, un hombre real, no virtual. Es el hombre de Dios que da sentido a la gratuidad, porque Dios no tiene estrategias con los hombres: no proporciona un proceso educativo, ni social, ni virtual. Él es puro Amor, un Amor de veinticuatro quilates, cien por cien puro, sin conservantes ni colorantes, sin condenas y sin premios de consolación.

El amor de Dios pasa por Nazaret para quedarse, para habitar en las entrañas de una virgen. El fruto de todo ello es Santo, es Hijo del Altísimo, es Hijo de Dios. Aquí Dios no se esconde: Dios habita entre nosotros, en el silencio y en la Palabra hecha carne.

María en Nazaret pasa sin hacer ruido. Las intuiciones de Carlos de Foucauld en su estancia en Nazaret nacen también en el silencio y en el servicio humilde, sencillo, no reconocible socialmente. Para María, para el hermano Carlos, Nazaret es un lugar y un momento contemplativo: el lugar y el momento que convertirán a otras situaciones y etapas de sus vidas en espacios contemplativos. Aprenden en Nazaret a vivir ese día a día con amor hacia lo pequeño y hacia los pequeños.

En Nazaret enseña María a Jesús, y en Nazaret el hermano Carlos es enseñado por Jesús.

Nosotros estamos llamados a vivir como Jesús, no a aparentar que vivimos como Jesús, convirtiendo en sólo virtual el sentido de Dios (cómo lo experimentamos, cómo lo adoramos, cómo lo amamos, cómo lo transmitimos) Es nuestra vida la que tiene que evangelizar, no nuestras palabras. La palabra adoctrina; la vida convence. Dejarnos enseñar en Nazaret, dejarnos trabajar, dejarnos crecer.

Nada de esto es posible si no vamos por la vida, por nuestras reuniones, por nuestras visitas, por nuestras celebraciones con una actitud contemplativa. Nos podemos convertir en ejecutores de una liturgia sin corazón, mantenedores fieles de una tradición y olvidar a quien nos llamó, a quien nos enamoró, a quien anunciamos.

Ser contemplativos en el día a día de nuestro trabajo y dedicación pastoral no nos evade de la realidad. “Debéis estar impregnados del Evangelio de Jesús hasta el punto de ser capaces, con toda independencia, de afirmar frente a las potencias y a las ideologías de este mundo los valores que son verdaderamente indispensables para garantizar la trascendencia y los derechos esenciales de la persona humana. No podéis callar a lo hombres lo que Cristo les diría si él pudiese expresarse por vuestra boca y testimoniar por vuestras actitudes. Para eso os ha escogido y llamado”[2]. Necesitamos volver a Nazaret como la gran intuición del hermano Carlos: volver al evangelio, allí donde nace la esperanza de Dios depositada en María. Una esperanza de Dios que verá su luz en Belén.

Nazaret es hablar poco de uno mismo y más de Dios con nuestra vida, con nuestras cosas, con nuestras casas, con nuestras pertenencias, con nuestros proyectos.“Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida del desierto, tanto como la vida pública, deben ser una predicación del evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida debe gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, que hace ver a Jesús, que brilla como una imagen de Jesús…”[3] Para el hermano Carlos es Jesús el centro de su vida y nos invita a ello desde la contemplación. Él habla de tres maneras de contemplar a Dios: en los momentos y la vida de Jesús, en la Sagrada Eucaristía y en los misterios de su vida[4], cuando no encontramos los porqués y sí muchos para qué. Sus intuiciones han dado a la Iglesia de Jesús un medio de encontrarse con él, con el propio Dios, en medio del silencio y tantas veces entre los ruidos de nuestro Nazaret cotidiano. Intuiciones que nos ayudan a ser testigos de Dios sin hacer proselitismos, sin forzar situaciones, sin usar los sentimientos de la gente y, sobre todo, sin hacer ruido en beneficio de nuestro ego.

Nazaret no es nunca una huida o esconderse de la realidad. Nazaret es dar la cara por Jesús y por los últimos. “Como puede resultar  un contrasentido  “vida oculta”, se puede también comprender mal la expresión “predicar el evangelio en silencio”. En sus mismas cartas donde el hermano Carlos emplea estas expresiones él habla de relaciones de amistad, de contactos. ¿Hay entonces que callarse? Sobre esta cuestión dice Antoine Chatelard que hay que responder a la vez sí y no. No, pues Nazaret es el lugar de la comunicación, de la escucha, del compartir y de la amistad, el lugar donde la Palabra se transmite en las conversaciones ordinarias con los hombres. Sí, pues Nazaret es el silencio, porque Nazaret es gritar la buena nueva desde los tejados, callándose, sin predicar, amando”[5]. Como sacerdotes de la Fraternidad tenemos todo un reto si no hemos hecho un camino, tanto en el plano espiritual como en el psicológico, del cual estemos convencidos que conduce a un encuentro auténtico con el Señor, en la contemplación y en la adoración, y en nuestras entregas y servicios al Pueblo de Dios y a la sociedad. Nuestro ministerio sacerdotal no es una forma monástica ni conventual: somos hombres en medio del mundo. Cuando Nazaret nos convence, deja de ser una idea, algo virtual o un anexo, y nos hace crecer con nuestros vecinos, pared con pared, nuestras comunidades, nuestros hermanos de fraternidad. Nazaret nunca puede ser estático en nuestras vidas, pues sería sinónimo de instalación o acomodación. Jesús, dado por María, es en Nazaret vecino, cohabita, convive, está junto a su gente, es ciudadano. No trata sólo con ellos, está con ellos. Y esta actitud le hará estar luego siempre con los últimos; le hará mirar sin juzgar, mirar para ayudar y ser útil, escuchando a los hombres y mujeres y escuchando a su Padre.

Nazaret nos ayuda a convivir sin juzgar, a vivir en contemplación con nuestros espacios personales y los espacios de los demás: su corazón, sus ilusiones, su vida. El espíritu Nazaret, pues, nos insta a revisar la vida contemplándola, para amar la vida propia y la de los demás como el gran regalo amoroso de Dios, cuando experimentamos la gratuidad. Sólo estamos en Nazaret cuando lo desidealizamos y aceptamos a Jesús por vecino o compañero de nuestro hogar, de nuestras horas y de nuestro futuro, como copiloto de nuestro vehículo o acompañante en nuestras visitas o nuestras reuniones.

NAZARET: LUGAR PARA LA FAMILIA Y EL COMPARTIR. NAZARET, LA PUERTA DEL DESIERTO DE JESÚS

“Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía, se desarrollaba y se hacía cada día más sabio; y la gracia de Dios estaba con él”[6].

Nazaret es el lugar de crecimiento de Jesús, de desarrollo personal, de ganar en sabiduría, de presencia y experiencia de Dios, de aceptar su gracia. Todo esto lo irá viviendo Jesús hasta su paso por el desierto.

En nuestra actitud como sacerdotes de la Fraternidad, cuando nos sentimos de pleno en Nazaret, descubrimos que Dios está entre los hombres, tanto la gente que nos rodea, como nuestros propios hermanos de Fraternidad, como en el acontecimiento o situación en las cuales los hombres y mujeres actúan construyendo el Reino o mostrándonos dónde está la verdad y la justicia.

No es difícil situarnos en Nazaret como creyentes, como ciudadanos o seres humanos. La prueba está cuando nos descubrimos fuera de Nazaret, con el corazón en otro lado o las ideas no muy claras. Nuestras faltas de fe, esperanza o de caridad nos alejan de ese espíritu que el hermano Carlos quería dar a su vida cuando descubrió que Jesús le había salvado, que nació y murió por él, que le amó hasta el extremo y lo hizo para sí el gran amor de su vida. Esta amistad con Jesús le lleva a vivir la caridad como un valor del compartir, de generar una familia desde sus intuiciones, de sentir a sus vecinos como sus hermanos. ¿Qué habría pasado en el hermano Carlos si él tuviera a otros hermanos junto a él y con ellos hiciera comunidad? Desde aquí, tal es nuestro caso, nosotros participamos de lleno en la vida de los demás, y los demás en la nuestra. “Hay un obstáculo constante en nuestra caridad fraterna, obstáculo que se encuentra en cada momento en nosotros mismos y que conocéis bien: nuestra terquedad congénita y casi inexplicable a juzgarlo todo y entenderlo desde nuestro punto de vista y en función de nuestro temperamento y prejuicios; la estrechez constantemente renovada de nuestros juicios, y la vista mezquina de las cosas”[7].La realidad es que no hemos sido llamados a formar una familia de padres e hijos, sino a dar sentido a nuestra entrega de amor a través de la convivencia, el servicio y, como sacerdotes de la Fraternidad, compartir la vida en la revisión y el amor fraterno, estemos cerca o lejos los unos de los otros. A veces, por no crear conflicto, por huir de él o esquivarlo, ni ayudamos ni nos ayudamos a madurar  ¿Nos dejamos situar en Nazaret por los demás? ¿Aceptamos que alguien “nos ponga en nuestro sitio”?

“A través de lo que vive la gente y le presenta la vida, Carlos de Foucauld va aprendiendo lo que Dios quiere de él. Nazaret no es para él un molde cerrado; es un camino abierto donde avanza con su Maestro, siempre atento a lo que el Señor le va pidiendo. Así, progresivamente, y a través de su vida, nos explicita su intuición nazarena. Allí, en las calles e Nazaret, percibe cómo, al adoptar la condición social de los insignificantes, Jesús nos revela el rostro del Padre: un Dios fraternal,  hermano de los últimos”[8]. Por eso el hermano Carlos es un auténtico anunciador, sin adoctrinar; un auténtico hermano universal que respeta a cada miembro de su círculo de amistades, que está, como Jesús, con los últimos, los que él consideraba en su tiempo y espacio como los más desfavorecidos (lejos de Occidente, en un país pobre, colonizado, etc.) Para nosotros, ¿quiénes son los últimos? ¿Cómo nos enseñan a estar en Nazaret? Nuestro actuar y estar con los últimos, ¿se reduce a un consultorio o un dispensario donde los demás vienen a buscar ayuda, o es donde nosotros encontramos la ayuda para caminar los caminos que no hemos elegido, las situaciones que no hemos creado, los tiempos que no hemos programado?

Nazaret nos enseña a ser familia, a hacer familia, a tener en común con las personas algo más que un idioma, una ideología o unas características sociales. Nazaret nos invita a bajar de nuestro escaño para ser parte de la mesa de los pobres. “Seamos tan pequeños como Jesús. Jesús nos dice que le sigamos, sigámosle, compartamos su vida, sus trabajos, sus ocupaciones, sus humillaciones, su pobreza, su abajamiento”[9].

“En la vida pública de Jesús, existe también este aspecto de misterio, de secreto, de no-visibilidad, de rechazo a lo espectacular, que no puede ser desdeñado. En toda su vida, hasta su muerte, sigue siendo Jesús de Nazaret. El hermano Carlos ha dado valor a este aspecto insistiendo sobre la oscuridad, el incógnito del Verbo Encarnado, que durante los treinta años de Nazaret fue a los ojos de todos uno de tantos. Lo oculto de su vida era su relación única con el Padre, su ser divino, es decir, lo esencial. A pesar de las apariencias, Carlos de Foucauld siguió siendo fiel a esta intuición hasta su muerte, en todos los lugares y actividades, en el alejamiento o la cercanía a los hombres”[10].

De Nazaret sale Jesús para el desierto. Todos conocemos bien el sentido bíblico del mismo y la situación de Jesús ante él. De Nazaret sale buscando y con deseo de escuchar al Padre. No explica sus razones ni intenta convencer a nadie. Ni siquiera después, en la vida pública, hará una invitación al mismo a sus discípulos. Pero sí les animará a hablar al Padre en lo escondido, a orar para no caer en la tentación, a no dormirse, a escuchar su voz como las ovejas escuchan la de su pastor. Curiosamente, en el hermano Carlos se da una situación semejante. “Nazaret sigue siendo el motivo que le ha introducido a entrar en la Trapa y, más tarde, a salir de ella. Para ser conforme a Jesús de Nazaret, abraza el sacerdocio; y por el mismo motivo abandona su amada Palestina para marchar al desierto del Sáhara”[11].

¿Sabemos salir de lo establecido –mi parroquia, mi diócesis, mis organigramas- para encontrarnos ante lo desconocido –el desierto donde me encuentro solo, el miedo a enfrentarme conmigo mismo, a reconocer cómo soy-? ¿Adónde van las llamadas al desierto que recibimos, dónde terminan? ¿En el archivo de nuestra memoria, en un bonito día de excursión, en una autocomplacencia? ¿En la aceptación de qué es hoy la voluntad del Padre sobre nosotros al escucharle en el silencio del corazón?

Carlos de Foucauld, como Jesús, no huye al desierto: sigue la voz de su corazón e intenta que esté en armonía con la voz de Dios. No esquiva los vaivenes de su vida: es consciente de sus limitaciones, de su pasado, y del gran amor que Jesús es para él. Acabo con esta reflexión de Willigis Jáger: “¿Qué ocurre cuando alguien se adentra honestamente en el desierto? Jesús estaba entre los animales, nos dice la Escritura en el relato de los cuarenta días del desierto de Jesús. Quien entra en el desierto no encontrará ninguna puesta del sol romántica. Se enfrentará a sus propias bestias. Se encontrará consigo mismo. Se encontrará con todos los problemas sin resolver, con su sombra; dicho en la terminología cristiana, con los demonios y el diablo. Y no se trata de rechazarlo todo y resistirse, sino mirarlo cara a cara, tal como nos lo muestra Jesús en su estancia en el desierto, cuando fue tentado. El desierto, la soledad, nos obliga a mirarnos y aceptarnos. Ni siquiera debemos echar al demonio; es nuestro hermano y quiere ser tratado como tal. El demonio tampoco es el montón de basura donde echar nuestra porquería”[12]Por eso es bueno ser conscientes de que no debemos culpar a nadie de nuestras situaciones, que Nazaret está donde hay vida, donde nos movemos, donde nos abandonamos, donde reímos y donde lloramos, donde trabajamos y donde descansamos. Si creemos en el espíritu de Nazaret, seguro que nos llamará el desierto, aunque éste nos asuste. Tenemos pleno derecho a ello, a dudar, a guardar las distancias,  a ser confortados desde la misericordia de Dios y a abandonarnos en él.

¿Qué “comodidades” e “incomodidades” experimentamos en Nazaret? ¿Y en el desierto? ¿Nos sentimos vivos en ellos? ¿Nazaret es “para un momento”, sólo a ratos?

Para Orar y Revisar

1. ¿Tratamos de vivir Nazaret o sólo es una referencia ocasional en nuestros encuentros de fraternidad? ¿Creo y valoro en mi vida esa clave de identidad en la espiritualidad del hermano Carlos?

2. ¿Salimos de nuestro yo para escuchar al “ángel” que nos saca de nuestras lecturas, de nuestra televisión, de nuestro descanso, de nuestro tiempo libre y que nos anuncia con sus problemas o impertinencias que Dios nos está llamando?

3. ¿Olemos a Jesús u olemos a incienso, a populismo, a cultivo de imagen, a ortodoxia para no ser señalados?

4. ¿Cómo nos rodeamos de comodidades? ¿Nos dejamos arropar por Dios, por los demás, como en la casa de Nazaret?

5. ¿Cómo miramos a nuestros hermanos sacerdotes? ¿Nos creemos más pobres, más simpáticos, más progresistas, más fieles, mejores pastores u oradores, intelectualmente más sólidos, más simpáticos o con mejor don de gentes? ¿Hacemos juicios internos?

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[1] Lc 2,26-38 

[2] René Voillaume, Evangelio, Política y Violencia, Málaga, 1973, 22.

[3] Carlos de Foucauld, Obras Espirituales. Antología de Textos. 59, San Pablo, Madrid, 1998

[4] Cfr. Ibídem, 62

[5] Michel Lafon, Vivre Nazareth aujourd’hui, Fayard, 1985, 27.

[6] Lc 2,39-40

[7] René Voillaume, Hermano de todos, Narcea, Madrid, 1978, 56-57,

[8] Federico Carrasquilla en Yo soy tu hermano. En las huellas de Nazaret, Benito Cassiers, Santiago de Chile, 2007, 75.

[9] Carlos de Foucauld, Obras espirituales. Antología de textos, 51, San Pablo, Madrid, 1998

[10] Antoine Chatelard, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset, San Pablo, Madrid, 2003, 286.

[11] Luigi Borriello, El mensaje espiritual de Carlos de Foucauld, Sal Terrae, Santander, 1981, 48.

[12] Willigis Jäger, Adonde nos lleva nuestro anhelo. La mística del siglo XXI, DDB, Bilbao, 2005, 164.