«Tres pioneros de la fe que miran cara a cara la realidad de su presente respectivo…, que indican un camino para que nosotros podamos ser cristianos mañana. Juan XXIII, que confiaba que Dios sigue actuando en la historia, que supo leer los signos de los tiempos y tuvo la valentía de situar a la Iglesia en el camino del servicio a la humanidad.
Charles de Foucauld, inspirador de la comunidad de los hermanitos (y hermanitas), que en avances sucesivos, trató de dejar atrás las fronteras y los privilegios de los cristianos europeos.
Oscar Romero, que se decidió de manera radical en favor de los pobres y llegó a ser mártir de la Iglesia de los oprimidos».
(Ludwig Kaufmann, Tres pioneros del futuro. Cristianismo de mañana, Ed. Paulinas, Madrid. 1986)
En el número de septiembre, en mi sección Desde la mecedora violeta, que ese mes titulé “Personas anónimas”, hablaba de la buena gente, de alguna de la buena gente, que me había encontrado en el camino de la vida. Entre otras, mencionaba a la hermanita de Jesús, Veva. Ese mismo mes, el 24 de septiembre, Veva murió. Leonardo Boff y Juan Arias escribieron sobre ella en sus respectivos blogs. Hoy quiero compartir con las lectoras y lectores de alandar mi encuentro con esta mujer.
Fue en 1994. Entonces coordinaba yo el departamento de comunicación de Manos Unidas y fue el primero de los viajes que, a partir de ese momento, haríamos con periodistas para ver in situ el trabajo de la organización. En ese viaje, además de otros periodistas de distintos medios, nos acompañaban Juan Arías y Bernardo Pérez de El País.
Fue un viaje inolvidable por muchas cosas: por ser el primero que hacíamos con periodistas y que vivíamos como un reto; por conocer y poder compartir con Pedro Casaldáliga y con el equipo de la Prelazia de Sao Felix de Araguaia el trabajo, el buen trabajo, que estaban haciendo; por poder participar en el proyecto que Pau y Circo tenían por todo el Araguaia y que financiaba Manos Unidas; pero, sobre todo, fue inolvidable porque pudimos acceder, gracias a Casaldáliga, a la aldea de los tapirapé y allí nos encontramos con Veva y sus dos compañeras, hermanitas de Jesús.
Mientras los periodistas hacían su trabajo y se repartían por la aldea, yo estuve en la casa de las hermanitas de Jesús, que en nada se diferenciaba del resto del poblado. Una casa hecha de bloques de cemento y con los techos de hoja de palma. Una única estancia, con el suelo de tierra, que hacía las veces de cocina, comedor, salón de estar y habitación. Sus ropas, sus pocas ropas, colgaban de una cuerda en un extremo de la habitación. La casa de las hermanitas de Jesús tenía, además, una pequeña estancia que hacía de capilla. Una sencilla cruz -sin Cristo- y una vasija de barro era toda la ornamentación que había. En el suelo, una estera donde poder sentarse a orar.
Desde el primer momento me llamó poderosamente la atención la figura de la hermana Veva. Era la que más tiempo llevaba allí: más de cuarenta años Cuando llegó, los tapirapé eran poco más de cuarenta, pero poco a poco fueron recobrando su autoestima y fueron creciendo en número y dignidad. Leonardo Boff lo narra en los apuntes que ha escrito al enterarse de su muerte (http://www.servicioskoinonia.org/boff/):
“Las Hermanitas de Foucauld son testimonio de la nueva forma de evangelización, soñada por tantos en América Latina: en vez convertir a las personas, darles la doctrina y construir iglesias, decidieron encarnarse en la cultura de los indígenas y vivir y convivir con ellos. En nuestro tiempo este camino fue vivido por el Hermano Carlos de Foucauld, que, al principio del siglo XX, se fue al desierto de Argelia, entre los musulmanes, no para anunciar, sino para convivir con ellos y acoger la diferencia de su cultura y de su religión. Eso mismo han hecho las Hermanitas de Jesús entre los indios Tapirapé en el noroeste del Mato Grosso, cerca del río Araguaia.
El día 17 de septiembre de 2002 asistí a la celebración de los cincuenta años de su presencia junto a los Tapirapé. Allí estaba la pionera, la Hermanita Genoveva, que en octubre de 1952 comenzó su convivencia con la tribu.
¿Cómo llegaron allí? Las hermanitas supieron a través de los frailes dominicos franceses que misionaban en tierras del Araguaia, que los Tapirapé se estaban extinguiendo. De los 1500 que había antiguamente se habían reducido a 47, a causa de las incursiones de los Kayapó, de las enfermedades de los blancos y de la falta de mujeres. En el espíritu del Hermano Carlos, de ir para convivir y no para convertir, decidieron unirse a la agonía de un pueblo.
A su llegada, la Hermanita Genoveva oyó del cacique Marcos: “Los Tapirapé van a desaparecer. Los blancos van a acabar con nosotros. Tierra vale, caza vale, pez, vale. Sólo el indio no vale nada”. Ellos habían interiorizado que no valían nada y que estaban condenados a desaparecer inexorablemente.
Ellas fueron donde ellos y les pidieron hospitalidad. Comenzaron a vivir con ellos el evangelio de la fraternidad, en el campo, en la lucha por la yuca de cada día, a aprender su lengua y a incentivar todo lo de ellos, religión incluida, en un recorrido solidario y sin retorno. Con el tiempo fueron incorporadas como miembros de la tribu. La autoestima de ellos creció. Gracias a la mediación de ellas consiguieron que mujeres Karajá se casasen con hombres Tapirapé y se garantizase así la multiplicación del pueblo. De 47, hoy llegan a casi mil. En 50 años ellas no convirtieron ni a un sólo miembro de la tribu. Pero consiguieron mucho más: se hicieron parteras de un pueblo, a la luz de aquel que entendió su misión de “traer vida y vida en abundancia”… ¿No debería seguir por ahí el cristianismo si quisiera tener futuro en un mundo globalizado? ¿el evangelio sin poder y la convivencia tierna y fraterna?”.
Hasta aquí la cita, larga pero explicativa, de Boff. Y esas preguntas fueron las que me rondaron y me rondan en la cabeza desde entonces. ¿No es, acaso, esta vida la que vivió Jesús, una vida de encarnación y de hacerse todo con todas las personas? ¿No es esta la vida que deberíamos vivir y no la religión de la condena, el miedo y la exclusión?
Dice Juan Arias en su blog (http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil/2013/10/solo-les-hablo-de-dios-si-me-lo-preguntan-.html): “He leído que los Tapirapés han querido enterrar a la hermanita Genoveva con sus ritos funerarios y en la misma choza en la que vivía. Con sus cantos y preces rituales. Ella les amó como seres humanos e hijos del mismo Padre. Al despedirla la amaron como a una de ellos, como a la madre que les ayudó a multiplicarse y que les enseñó una sola cosa: que todos debemos amarnos, ayudarnos y respetarnos. No necesitó hablarles de Dios. Hoy puede descansar dichosa. Recuerdo de ella sólo su cara ya madura que había encarnado los rasgos indígenas, su sonrisa franca y recatada al mismo tiempo y, sobre todo, su silencio. Ella hablaba con su vida
Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858-Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916), en francés Charles de Foucauld, fue en su madurez un místico contemplativo, referente contemporáneo de la llamada «espiritualidad del desierto». Su personalidad polifacética se manifestó en su carácter de militar en Argelia y de explorador y geógrafo en Marruecos, y más tarde en su búsqueda espiritual, en su itinerario trapense por Francia y el Imperio otomano, y en su sacerdocio en el Sahara argelino, donde transcurrieron los últimos quince años de su vida. Descendiente de una familia aristocrática que portaba el título de «vizconde de Foucauld», Carlos quedó huérfano de padre y madre a los seis años y debió migrar con su abuelo al desatarse la guerra franco-prusiana. En 1876 ingresó en la Academia de Oficiales de Saint-Cyr donde llevó una vida militar disipada. Enviado como oficial en 1880 a Sétif, Argelia, fue despedido al año siguiente por «indisciplina, acompañada de notoria mala conducta», aunque más tarde fue reincorporado para participar en la guerra contra el jeque Bouamama. En 1882 se embarcó en la exploración de Marruecos haciéndose pasar por judío. La calidad de su trabajo de reconocimiento y registro de los territorios marroquíes le valió la medalla de oro de la Sociedad de Geografía de París y la adquisición de gran fama tras la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc (1883-1884). En 1886 se volvió una persona espiritualmente muy inquieta que reiteraba la oración: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca», mientras entraba y salía de la iglesia repetidamente. Su encuentro y confesión con el sacerdote Henri Huvelin el 30 de octubre de 1886 produjo un cambio decisivo en su vida. Para cuando la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc (1883-1884) lo catapultaba a la fama como «descubridor de mundos», a Foucauld ya no le interesaba nada de eso. En noviembre de 1888 peregrinó a Tierra Santa tras las huellas de Jesús de Nazaret, lo que causó un fuerte impacto en él. Entró en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en 1890 y pasó varios años en la Trapa de Cheikhlé en el Imperio otomano, donde puso por escrito muchas de las meditaciones que serían el corazón de su espiritualidad, incluyendo la reflexión que daría origen a la célebre Oración de abandono. Entre 1897 y 1900 vivió en Tierra Santa, donde su búsqueda de un ideal de pobreza, de sacrificio y de penitencia radical lo condujo cada vez más a llevar una vida eremítica. Ordenado sacerdote en Viviers el 9 de junio de 1901, decidió radicarse en Béni Abbès, en el Sahara argelino, donde combatió lo que él denominó la «monstruosidad de la esclavitud». Quiso establecer una nueva congregación, pero nadie se le unió. Vivió con los bereberes y desarrolló un estilo de ministerio basado en el ejemplo y no en el discurso. Para conocer mejor a los tuaregs, estudió su cultura durante más de doce años y publicó bajo un seudónimo el primer diccionario tuareg-francés. El 1 de diciembre de 1916, Carlos de Foucauld fue asesinado por una banda de forajidos en la puerta de su ermita en el Sahara argelino. Pronto se estableció una verdadera devoción en torno a su figura: nuevas congregaciones religiosas, familias espirituales y una renovación del eremitismo y de la «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX se inspiraron en sus escritos y en su vida. El 13 de noviembre de 2005 fue proclamado beato durante el papado de Benedicto XVI. Las contribuciones de Foucauld alcanzan campos tan variados como la geografía y la geología, la geopolítica, la lexicografía, y el diálogo interreligioso, en tanto que su conversión, su búsqueda espiritual y su mística del desierto fueron su mayor legado al cristianismo contemporáneo.Información extraída de Wikipedia
Angel Sanz Arribas, cmf – Lunes, 21 de septiembre de 2009
Querido hermano Carlo:
Soy un viejo lector de tus escritos. A raíz de tu muerte pasé por Spello, camino de Asís, y pude orar ante el austero nicho que guarda tus restos. Estos días leo el último libro de tu trilogía póstuma, donde figura la palabra Autobiografía bajo un título que hubiera provocado en ti un indefinible sentimiento de confusión y gratitud: “Enamorado de Dios”. Tu vida (1910-88) fue densa y larga. A los 18 años participas en una misión popular y escuchas una predicación aburrida. Pero —son tus palabras— “cuando me arrodillé ante un anciano misionero, del que recuerdo los ojos claros y sencillos, para hacer mi confesión, advertí en el silencio del alma el paso de Dios”. Luego vino tu desbordada actividad como dirigente de Acción Católica y, a tus 44 años, “la llamada más seria: la llamada a la vida contemplativa”. Los diez años en el desierto del Sahara como Hermanito de Jesús marcan tu historia a fuego lento. Volverás allí muchas veces a renovar la experiencia, porque “el desierto es realmente la patria de mi corazón”.
Un detalle curioso y significativo. Llegas a El Abiod Sidi Seik para el noviciado, y tu maestro, que era francés, te dice con la calma de un hombre que ha vivido veinte años en un mar de arena: “Hermano Carlo: hay que hacer un corte”. Lo habías dejado todo: familia, patria, idioma, cultura. Habías cambiado de continente y estabas en pleno desierto. ¿Hacer un corte? ¡Exactamente!: “Il Faut faire une coupure, Carlo”. “Comprendí qué quería decir aquella frase y decidí hacer el corte, aunque fuera doloroso”. En realidad, aún te quedaba un cuaderno con las direcciones de tus viejos amigos, que eran miles: “Tomé el cuaderno, (…) mi último lazo con el pasado, y fui a quemarlo detrás de una duna, un día de retiro. Veo todavía los negros restos del cuaderno llevados por el viento del Sahara”.
Aquel maestro era un sabio. No resisto a transcribir unas palabras que pones en sus labios acerca de la oración: “Tienes que despojar tu oración. Tienes que simplificar, desintelectualizar. Ponte ante Jesús como un pobre: sin ideas, pero con fe viva. Permanece inmóvil en un acto de amor delante del Padre. No trates de alcanzar a Dios con la inteligencia: no lo conseguirás nunca; alcánzalo con el amor; esto es posible”.
En tus escritos, especialmente en ese breve y delicioso libro que se titula “Cartas del desierto”, vas volcando tu experiencia que, sin duda alguna, muchos agradecen. Confiesas, por ejemplo: “Podríamos decir que somos lo que oramos. El grado de nuestra fe es el grado de nuestra oración; la fuerza de nuestra esperanza es la fuerza de nuestra oración; el calor de nuestra caridad es el calor de nuestra oración”. Y en otro momento: “La oración no viene de la tierra sino del cielo. El grito que me habita el pecho y me hace exclamar: ‘Dios, te amo’; el esfuerzo que hace repetir a Faraggí, el musulmán ciego, cuando camina por a la pista junto a mí: ‘¡Qué grande es Dios!’; el llanto de David: ‘Miserere’; la exaltación de María: ‘¡Magnificat!’; la lágrima que apunta en los ojos de quien se confiesa: ‘Jesús, perdóname’; la suspensión extática, repentina del científico ante las maravillas del universo, son obras del Espíritu Santo”.
Tus últimos 22 años, ya en la fraternidad de los Hermanitos del Evangelio, representan una etapa nueva en tu vida, que, “estoy seguro —dices— me acarreará gracias nuevas de la misericordia de Dios”. Efectivamente, llegas a Spello, cerca de Asís, en la vertiente sur del monte Subasio, donde vas a hermanar tu vida contemplativa y el servicio espiritual a personas y grupos de distintos lugares, culturas y religiones. Recibes la ordenación de diácono “como uno que sirve a los hermanos llevándoles el pan de la palabra y el pan de la eucaristía”. Y lo haces como miembro de una comunidad santa y pecadora por la que sientes verdadera pasión: “¡Cuán criticable eres, Iglesia, y sin embargo, cuánto te amo! ¡Cuánto me has hecho sufrir, y, sin embargo, cuánto te debo… Además, ¿adónde iría?”.
Estás convencido de que “el evangelio es una bomba atómica que puede hacerse escuchar por todos” y pides oraciones para que “quienes se paran en la soledad de esta montaña, vuelvan al llano deseosos de evangelizar a los pobres y de vivir la contemplación en las calles”. Tu plan de vida en ese suave paisaje de la Umbría italiana es tan simple y austero como nutritivo: “No permitimos siquiera el estudio, pueden hacerlo en otra parte… El que llega tiene cuatro horas de trabajo por la mañana y cuatro de oración por la tarde. Hemos desarrollado mucho la oración litúrgica, que es muy sentida por los jóvenes. Pero los acostumbramos especialmente al silencio, a ir más allá de la oración-palabra. Es una preparación para la oración-contemplación. Hoy todos sienten aridez porque no dan espacio suficiente a la oración. Tenemos que encontrar este espacio, de lo contrario, con nuestro trabajo nos convertimos en esclavos, no en hijos de Dios”.
En 1988, tu cuerpo de recio campesino no aguanta más. Son tus misterios dolorosos. El 2 de octubre recibes la Unción de enfermos y Spello se convierte casi en una meta de peregrinación. Dos días después, en la fiesta de S. Francisco de Asís, vuelves al Padre, mientras el hermano Bernard, que imita muy bien el trino de los pájaros, llena la pequeña habitación de reclamos y susurros de primavera.
Carlos de Foucauld: uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX será canonizado en 2020. ¿Un excéntrico, un buscador, un convertido… o un santo?
Por Néstor Zubeldía, sdb nzubeldia@donbosco.org.ar
Hay personas que parece que hubieran vivido varias vidas en una. Algo así sucede, por ejemplo, con Carlos de Foucauld, un francés de familia aristocrática que vivió entre los siglos XIX y XX en varios países de tres continentes.
Según desde qué época o lugar hablemos de él, podríamos definirlo como un excéntrico, un eterno disconforme, un bon vivant, un incansable buscador, un convertido, un erudito, un profeta, un explorador, un incomprendido, un delirante, un místico, un fracasado… o un santo.
En busca de aventura
Carlos nació en Estrasburgo, Francia, en 1858. Se crió entre mansiones y castillos, pero huérfano de padre y madre antes de los seis años. Sus abuelos maternos, que le dieron ternura, no pudieron ponerle límites. Aunque estudió con los jesuitas, en su adolescencia perdió la fe. Vivió una juventud entre excesos de todo tipo. Fue el tiempo en que el joven vizconde de Foucauld se transformó en cochonette (“chanchito”, en francés), como lo apelaron sus compañeros, a causa de su obesidad por el descontrol en las comidas.
Se inscribió en la academia militar, donde logró entrar con ayuda para superar los exámenes, a causa de su dejadez. Cuando su regimiento fue enviado a las colonias francesas en África, se le ocurrió llevar con él a su amante francesa, a la que ya en Argelia pretendió hacer pasar como su esposa y marquesa. Eso le valió ser licenciado del ejército y repatriado.
Cuando sus camaradas entraron en la lucha en África pidió volver junto a ellos aunque fuera como soldado raso. Y se le concedió, incluso recuperando el grado de teniente. Se lanzó a la vanguardia en los combates contra los árabes, dejando a todos admirados por su valor y compañerismo.
Cuando llegó el momento de regresar al cuartel renunció al ejército. Pero se quedó en África planeando una expedición secreta a Marruecos, país donde ningún occidental podía entrar en esos tiempos sin poner seriamente en riesgo su vida. Para eso aprendió el árabe y el hebreo y fingió ser un rabino judío. Miserablemente vestido viajó junto a un rabino verdadero que conoció en Argel. Entre sus ropas orientales y equipajes llevaba instrumentos de medición y minúsculos anotadores que le permitieron registrar todo sin ser descubierto.
La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.
Durante casi un año recorrió más de tres mil kilómetros. A su regreso a Europa publicó Reconocimiento en Marruecos, la mejor descripción del país que se conociera hasta entonces, que le mereció la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de París.
La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó profundamente y lo llevó a preguntarse por su propia fe, considerando incluso hacerse musulmán: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.
Siguiendo a Dios por los caminos del mundo
En casa de su tía conoció al padre Huvelin, un cura de París. Poco después se confió plenamente a él, pidiéndole ser instruido en la fe. El padre Huvelin le hizo comenzar inmediatamente por la confesión y la comunión y a partir de allí lo acompañaría con paciencia y firmeza como director espiritual hasta su muerte. Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa. A sus treinta años pasó la Navidad de 1888 en Belén y recorrió a pie los caminos de la Palestina.
Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa.
Dos años después renunció a todos sus bienes en favor de su única hermana menor e ingresó a un monasterio trapense en Francia. Allí se convirtió en el hermano Alberico y pidió ser enviado al monasterio más pobre de la orden, en Turquía, donde la vida era sumamente austera. Los monjes quedaron admirados de su santidad y le propusieron estudiar para prepararse al sacerdocio. Pero él sentía deseos de algo distinto, más escondido.
Finalmente, y acompañado siempre a distancia por el padre Huvelin, el abad general de los trapenses le concedió la dispensa para dejar la orden antes de sus votos perpetuos. Volvió entonces a Tierra Santa pero ya no como peregrino ni como monje, sino como sirviente de las monjas clarisas durante tres años, primero en Nazaret y luego en Jerusalén. Nazaret fue para él fuente permanente de inspiración.
Seguía soñando con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo, ocupando el último lugar en todo. Mientras tanto vivía en un pequeño depósito cerca del monasterio y trabajaba para las monjas a cambio del pan de cada día, que era literalmente su único alimento.
Soñaba con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo.
Cuando ellas descubrieron quién era ese extraño sirviente, volvieron a proponerle el sacerdocio. Ese fue el motivo de su regreso temporal entre los trapenses. Se preparó para su ordenación en Argelia, Roma y Francia, siempre enviado por los superiores de la Trapa y guiado a vuelta de correo por el padre Huvelin.
La llamada del desierto
En junio de 1900 fue ordenado sacerdote en Francia. Sintió la llamada a volver al Sahara. Consiguió el permiso para ir a vivir como ermitaño en el oasis de Beni Abbés, en el interior de Argelia. Allí se transformaría en el hermano Carlos de Jesús, un “morabito”, como llaman los pueblos del desierto a los hombres de Dios. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región. Vivió entre los militares franceses, los musulmanes y los negros, muchos de ellos esclavos de los árabes. Siguió soñando con tener compañeros que, por uno u otro motivo, nunca llegaron.
En 1900 fue ordenado sacerdote. Consiguió el permiso para vivir como ermitaño en el interior de Argelia. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región.
Después de tres años en Beni Abbés, se internó todavía más profundamente en el Sahara, hasta Tamanrasset, en territorio de los nómades tuareg. Entre ellos pasó los últimos doce años de su vida, que transcurría entre largas horas de adoración eucarística en su pequeña y rústica ermita, el trabajo manual y la hospitalidad con los habitantes y viajeros del desierto.
Última fotografía con vida de Carlos de Foucauld, entre 1914 y 1915.
Se conservan miles de cartas y escritos espirituales de esos años. Incluso podríamos escribir un apartado sólo sobre la importancia hasta el día de hoy de sus investigaciones sobre la lengua y el modo de vida de los pueblos nómades del Sahara. Con los años, De Foucauld llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente en la región, consultado por los jefes tribales y los generales franceses, algunos de los cuales habían sido sus camaradas en los años de la academia militar.
Con los años llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente indiscutido en la región.
Pero el 1 de diciembre de 1916, en un confuso episodio, cayó asesinado junto a su ermita en medio del desierto por un joven tuareg que se hizo pasar por el enviado del correo. La convulsión provocada por la primera guerra mundial en Europa había llegado hasta lo profundo de las colonias francesas en África y al provocar el enfrentamiento entre las tribus del desierto, el hilo se cortó por lo más delgado.
De Foucauld no llegó a conocer ni siquiera un discípulo que continuara su camino y en tantos años en África apenas si bautizó a dos habitantes del desierto. Y si bien para muchos su historia puede resultar un poco extraña o desconcertante, décadas después innumerables hombres y mujeres en distintos países del mundo se sentirían inspirados por su testimonio y su deseo de gritar el evangelio con la vida.
A este hombre que anheló siempre la vida escondida de Nazaret se lo considera hoy uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX. Inspirador de más de veinte movimientos y asociaciones y miles de discípulos en todo el mundo, en 2005 fue beatificado por el Papa Benedicto XVI, y en 2020 será canonizado por el papa Francisco.