Cardenal Roger Etchegaray y Carlos de Foucauld

Discurso pronunciado por S.E.R. el Cardenal Roger Etchegaray, Presidente Emérito del Consejo Pontifical «Justicia y Paz» y «Cor-Unum» Vice-Decano del Colegio Cardenalicio en la vigilia de la beatificación de Carlos de Foucauld

Dentro de la gama de las beatificaciones desplegadas por la Iglesia, sobre todo a partir del Papa Juan Pablo II, si hubiera una nota a la sonoridad típica pero no exclusivamente francesa, sería ésta que hoy percibimos con exactitud y justicia en honor de Carlos de Foucauld.

              A ustedes, Señor Embajador Pierre y Señora Olga Morel, aquí en la Villa Bonaparte, nuestra República laica acogedora de «santos y santas de Francia», y ante los huéspedes, numerosos en calidad cantidad, os presiento llenos de satisfacción al escuchar esta tarde un maravilloso canto del cisne.

              El tiempo del proceso de beatificación ha sido de casi 80 años, ¿verdad, Monseñor Bouvier? por una causa que emanó de fuente pura, evangélica, nos hace ver que no siempre es fácil separar la espada del hisopo porque en la época colonial se avanzaba de la mano evangelización con colonización. En el día de hoy, el nuevo bienaventurado nos demuestra que se puede ser buen francés y auténtico «hermano universal». He leído un ensayo de un universitario periodista, Marcel Clément, quien se preguntaba si las naciones, también la nuestra, tienen una vocación en la sinfonía universal. Su obra, que me regaló hace diez años, la dedicó a su hija «Francia que lleva el nombre de la Patria» y a su hijo «Pascal (Pascua) que lleva el nombre de la Resurrección».

              Como a tantos de mi generación, descubrí muy joven al que se presenta bajo el subtítulo un poco restringido como «explorador de Marruecos, eremita en el Sahara», en el libro de René Bazin, que apareció en el 1921 y que oportunamente ha sido reeditado con una introducción de su compatriota el Cardenal Poupard. A partir de esta biografía surgieron los primeros discípulos, laicos todos ellos. Con los años se entrecruzan las fraternidades seculares, sacerdotales, religiosas, nacidas del espíritu más que de la mano del Hermano Carlos, que a su muerte dejó sencillamente una Unión, una asociación de oraciones con 48 adheridos y sólo uno, había pagado la cuota.

              Se ha hablado de numerosas fundaciones de este «no fundador» de una posteridad, según vuestra expresión, Señor Ministro, «en estado perpetuo de fundación». También hemos hablado de la suerte de que Foucauld no hubiera fundado, sino que dejó a las generaciones sucesivas la gracia de descubrir las mil facetas de una vida nómada tanto de espíritu como de cuerpo, trazando una curva sinuosa, desconcertante y a tientas para descubrir la voluntad de Dios a través de un montón de escritos espirituales, 17 volúmenes, y miles de cartas escritas a personas muy diversas: su confesor de conversión, el padre Huvelin, vicario parisino con aire de párroco de Ars, y sobre todo su prima la Sra. de Bondy y su hermana la Sra. de Blic, cuyos tres nietos fueron alumnos míos en Santa Clara, (Paul se encuentra entre nosotros). No obstante podemos afirmar que en toda su descendencia espiritual tan abigarrada, existe un fondo común que permite restituir a Foucauld una paternidad fundacional con sus tres rasgos esenciales: la imitación a Jesús en su vida de Nazaret, el lugar central que ocupa la Eucaristía y la adoración eucarística y la prioridad de la misión en cualquiera de sus formas conocidas bajo los cielos.

              Aunque nunca me senté en una rama del gran árbol foucauldiano ni pisé ninguno de los lugares importantes llamados Beni-Abbés, o Tamanrasset o el más alto, el Assekrem, pero no por ello he dejado de sentirme como un hermanito del gran Hermano Carlos y he intentado abordar a algunos de sus discípulos más cercanos: el Padre Albert Peyriguère, he saludado a Paul, (que nació cerca de Lourdes), tuve el placer de visitar, después de su muerte, la ermita de El Kbab en el Atlas marroquí, cuando el Padre Michel Lafon (con nosotros esta tarde) ya había tomado el relevo; el Padre René Voillaume quien tenia su puerto de llegada en Marsella, al inicio de mi episcopado, y venía lleno de su «En el corazón de las masas»; la hermanita Madeleine, a la que frecuenté asiduamente desde el tiempo de seminario romano; a Louis Massignon, al que el Hermano Carlos quiso que fuera su primer heredero y que en 1959 escuché en la Sorbona su célebre conferencia con el título de «Toda una vida con un hermano que vivió en el desierto». Cuantos encuentros también con Monseñor Guy Riobé, en Orleans y con Charles de Provenchères, en Aix, en Toubet, obispos los dos y muy distintos pero apasionados por Foucauld los dos. No olvido tampoco a Ali Merad, este universitario musulmán que describió sin artificio pero con mucho calor la aventura mística de Foucauld «en el Islam». La palabra «diálogo» no se usaba demasiado en aquel tiempo, pero en el desierto cerca de él, había levantado una tienda abrahámica de hospitalidad que ningún diccionario sería capaz de definir en todas sus exigencias humanas y divinas.

Sigo porque el tiempo se acaba. Me queda por citar al Cardenal Ratzinger (está un poco de moda) en un librito dedicado a sus compañeros en su 25 aniversario de ordenación sacerdotal. Evocando al hermano María-Alberico habla de Jesús de Nazaret: » Unicamente a partir de allí la Iglesia podrá empezar de nuevo y curar. No podrá aportar la verdadera respuesta a la rebelión de nuestro siglo, contra el poder de la riqueza, si, en su mismo seno, Nazaret no es una realidad vivida». Pero sobre todo, englobando también la pobreza según el himno de san Pablo a los Corintios, Carlos de Foucauld nos indica la realidad suprema: «la caridad, el «ágape», representado por un corazón de color de la sangre y encima una cruz que él ha dibujado, gravado y cosido en su gándura.

Perdonadme todos, si he resbalado pero no patinado hacia una especie de meditación. Sino, cómo habría que hacerlo con el Hermano Carlos de Jesús, aunque fuera durante un simple brindis.

              Esta copa de champán, (él no la levantó con demasiada frecuencia después de su conversión), esta tarde él estará contento al verla burbujear hasta el cielo… donde está él, a la salud de Francia y de los que tienen en su mano su destino, su vocación y que ustedes representan, Señor Ministro, con vuestra delegación: el Jefe de Estado, Jacques Chirac, y el Jefe de Gobierno; os rogamos, Sra. Maria Laura de Villepin transmitir a vuestro marido especialmente en estos días, la lección y el ejemplo que nos deja Carlos de Foucauld: si, todo francés está llamado a ser a su vez, «un hermano universal».


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