«Federico ingresó al seminario en 1947, no propiamente porque sentía el llamado, sino por darle gusto a su padre. En el seminario encontró tres actividades que le encantaban: estudiar, rezar y jugar»
«Fede chocaba con las estructuras institucionales, porque siempre entendió que el ministerio era para servir y no para ser servido «
«Fede es considerado un héroe en el barrio Popular de Medellín, pues estando vivo construyeron un colegio en honor a él»
«La forma de ser de Federico le trajo varios problemas a nivel eclesiástico, de tres grandes castigos que la Iglesia le puede dar a un sacerdote a Fede le imputan dos: la suspensión a divinis y la expulsión del oficio eclesiástico, es decir, ser párroco»
Julián Bedoya Cardona
El 29 de julio a las 5:50 am fallece Fede, como le gustaba que lo llamaran, noticia inesperada porque, a pesar de sus 89 años de edad, era un hombre lúcido, con gallardía, jovial… siempre que le preguntaban sobre su estado: ¿cómo está? ¿Cómo se siente? Sus respuestas contundentes y sinceras – estoy muy bien, no me duele nada y estoy contento y medio. Me ha tocado una vida de maravilla y añadía: A mí me ha tratado muy bien la vida, me han colocado a hacer lo que me gusta, creyendo que lo que me colocan es un castigo. Vivo de maravilla, no me falta nada.
Cuando coloqué entre fotos en mis redes haciendo alusión a su Pascua, muchos me postearon: ¿murió? Mi respuesta: falleció, más no murió. La muerte no lo ha derrotado, le ha dado la victoria – recordaba la frase de Juan Martín Descalzo: “morir es solo morir, morir se acaba, morir es un fuego fugitivo, morir es pasar la puerta a la deriva y, encontrar lo que tanto se buscaba”. Federico no murió, se nos adelantó a esa orilla donde algún día dejaremos las redes, para seguir a Dios en Espíritu y verdad.
Vida Cristiana presenta este jueves y viernes una entrevista en dos partes que concediera el sacerdote camagüeyano Alberto Reyes Pías. Más de una hora de material, editado originalmente como parte de un reportaje para el canal católico EWTN Noticias, y que ofrecemos hoy en su versión escrita extendida. En la edición impresa de nuestra publicación, con razón al formato reducido de la misma, pueden disfrutar de una entrevista de estilo indirecto y más breve. La que leemos a continuación, en cambio, posee mayor apego a la grabación.
𝐏. 𝐀𝐋𝐁𝐄𝐑𝐓𝐎 𝐑𝐄𝐘𝐄𝐒: «𝐍𝐎 𝐂𝐎𝐍𝐂𝐈𝐁𝐎 𝐔𝐍𝐀 𝐂𝐔𝐁𝐀 𝐒𝐈𝐍 𝐃𝐈𝐎𝐒»
𝐑𝐚𝐜𝐡𝐞𝐥 𝐒. 𝐃𝐢𝐞𝐳
𝐕í𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐌. 𝐌𝐞𝐧é𝐧𝐝𝐞𝐳
Es párroco de un pequeño pueblo que sufre largas temporadas de apagones. Tiene voz pausada, pero firme, que adquiere un tono especial cuando habla de dos temas: Cuba y Dios. Da igual si escribe una columna, realiza una predicación o toca una campana, el padre Alberto Reyes ha adquirido un compromiso con la justicia, la libertad, la verdad, que cada cierto tiempo lo ubican en el centro de la tormenta, y que hace que muchos recemos por él.
Dice que no es un hombre valiente, y le creo. Aunque me parece que en su persona se sintetizan siglos de coraje y coherencia que tantos han olvidado. Afortunadamente, cada cierto tiempo Dios conspira para poner en esta Isla algún servidor que, como los antiguos profetas, no se hiere la lengua al proclamar la llegada de un cambio esperanzador.
De él conocemos el pensamiento lúcido y la preocupación por los pobres. Que realizó estudios de Teología en Roma y Psicología en Madrid, para luego convertirse en cura rural en las localidades de Guáimaro, Maisí (región más oriental de Cuba) y Esmeralda.
Es hijo de un matrimonio muy ligado a la Iglesia. Al punto que su padre alguna vez valoró el sacerdocio; en tanto su madre tenía todo listo para irse con la Compañía de María, cuando llegó la Revolución, dejando a las religiosas sin colegios ni vínculo con sus vocaciones en el país. Causalidades o «diosidencias», las cuales nos ofrecieron a un sacerdote inspirador que posee dos máximas de vida: «Dios provee» y «la gente es buena».
Crecí en la Iglesia, pero nunca valoré ser cura. Recuerdo que cuando tenía dieciséis años, escuché decir a un sacerdote (hoy Mons. Wilfredo Pino, arzobispo de Camagüey) que todo joven cristiano debía preguntarse, alguna vez, si Dios lo llamaba a consagrase. Entonces la respuesta para mí era clara. Quería ser médico. Específicamente médico cirujano cardiovascular. Tenía una novia y aspiraba a mínimo cuatro hijos. Una vida organizada.
Hasta que cumplí 18 años. En aquella época dos jesuitas fueron por toda Cuba exhibiendo la película «Hermano Sol, Hermana Luna» de Zefferelli, basada en la vida de San Francisco de Asís. Cuando terminó la película, me quedé con una sensación de miedo, angustia, susto. Algo muy raro e inquietante. Luego vino mi proceso de rebeldía contra Dios.
Sentía que la medicina me gustaba, pero algo faltaba. En el verano del segundo año de la carrera, participé en el equipo organizador de un encuentro diocesano de jóvenes que hacían todos los años en Camagüey. Al final de la misa recordaron: «todo joven cristiano debe preguntarse si Dios lo llama a consagrase». A ese momento lo llamo el relámpago, porque allí apareció una certeza brutal: es el ministerio, es el sacerdocio. Hacia el final del tercer año ya no había dudas de lo que Dios quería.
A mí hay gente que me dice que soy muy valiente. Eso no es verdad. Soy una persona miedosa. Solo que he aprendido a huir hacia delante. He aprendido a que no me secuestre el miedo.
Unos días antes de entrar al seminario, por ejemplo, entré en pánico. Pero lo que determiné, conseguí llevarlo adelante. Y recuerdo con mucho amor los años de seminario en Santiago de Cuba.
Estando en el seminario recibí una beca para estudiar teología en Roma. Allí no conocía a nadie, ni hablaba italiano. Tuve que arrasar con mis propios complejos de inferioridad. Pero no, nunca valoré quedarme. Ni siquiera cuando tuve la posibilidad de pasar el verano en Madrid. Dos días antes de irme de Europa, me invitaron a un campamento donde iban adolescentes de barrios marginales de Madrid. Escuché tanto dolor en esos muchachos. Tantas historias de maltrato, de abandono, de indefensión. Tenían apenas 12, 13 y 14 años. Escuchándolos ocurrió el milagro. Brotó un sí definitivo. Y van veintisiete años de sacerdocio. Mi ordenación sacerdotal fue una mezcla de indignidad ―yo me sentía muy poca cosa― y a la vez un abrazo gigantesco de mi Dios.
Imagina que al mes de estar allí como sacerdote, pasó el huracán Matthew y arrasó la parroquia. Fue impactante la belleza geográfica del lugar, pero también la pobreza. En Maisí vi niños durmiendo en cartones, cosa que no había visto nunca antes.
La gente a veces me pregunta por qué yo digo las cosas que digo, por qué critico tanto. Pero es que cuando veo la televisión, y me venden ese mundo ideal donde todos los niños en Cuba son felices, y luego presencio en Maisí a niños que no quieren ir a la escuela porque tienen que levantarse de madrugada, caminar hasta cinco kilómetros, sin comida… (respira fuerte) No puedo.
En Maisí la gente es muy entregada. Caminan largas distancias para ir a misa. No tienen vergüenza a hablar de Dios. A nombrarlo. Allí tuve diecisiete comunidades. Pero cuando más estaba sintiendo que era mi sitio, recibí una llamada de mi obispo, que me encargaba regresar y ser formador en el seminario de Camagüey.
Esmeralda es un pueblo de gente sencilla, pero con una tradición de haber sido floreciente, comercialmente hablando, antes de la Revolución. Hay mucha migración, por la cercanía a los cayos. Es zona rural, de catorce comunidades alejadas entre sí. A veces por más de cincuenta kilómetros.
―𝐘 𝐥𝐚 𝐂𝐮𝐛𝐚 𝐝𝐞 𝐡𝐨𝐲, ¿𝐜ó𝐦𝐨 𝐞𝐬?
Es una Cuba que pasa hambre. De lugares donde no hay médicos. La Cuba paradisíaca de la televisión y de la propaganda internacional, eso no existe. Y lo que más me duele de esta Cuba es la desesperanza. Es decir, la gente siente que no puede hacer nada. Siente mucho miedo. También porque las veces que este pueblo se ha levantado, ha sido callado a golpes y cárcel.
En el 59 el pueblo cubano apoyó, porque tenía una esperanza, y porque fue engañado. Creo que hay que decirlo claramente: fuimos engañados. Se instauró una cárcel que dura hasta hoy. Por eso lo que pasó el 15 de noviembre, que el país amaneció militarizado.
Si tan seguro estás que este pueblo te ama, ¿por qué no lo dejas expresarse públicamente? ¡Déjennos ser un pueblo libre! ¡Déjennos ser un pueblo próspero! Porque no hay derecho a mantener a este pueblo en la miseria y en la falta de horizontes en que está.
―¿𝐐𝐮é 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐚𝐜𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐩𝐮𝐝𝐢𝐨?
Es lo más bajo a lo que se puede llevar a una sociedad. Convocar a un grupo de personas para que vayan frente a tu casa y te griten o te ofendan. En algunos casos te tiren piedras, palos. En los 80 tiraban huevos, ahora no, porque no los hay ni para comer. Es un acto popular de odio. Con lo triste de que, personas que están allí, al poco tiempo emigran. Con lo triste de que las mismas personas que te están haciendo un acto de repudio, después, cuando necesitan medicamentos, vienen a pedírtelos. O cuando su abuelita necesita de un pampers, vienen a solicitarlo.
El momento en que el Señor dice, «perdónalos, porque no saben lo que hacen», yo creo que eso se sigue cumpliendo. Me da tristeza, eso sí. Porque es triste ver gente que, en lugar de defender su libertad, está haciéndole el juego al opresor.
―¿𝐀𝐦𝐞𝐧𝐚𝐳𝐚𝐬?
Ha habido muchas. A veces menos. Pero es que yo estoy haciendo lo que siento que debo hacer. Recuerdo el día en que llamé a mis padres y se los dije directamente: me cansé. Me cansé de no decir lo que pienso, de guardar las formas, de cuidarme. También sé que todo tiene un precio. Hablar, decir la verdad, tiene un precio. Callarse y hacer el juego, tiene otro. Para mí el precio mayor de callarse, es no existir. Esta vida no se trata de si hay ―o no― precios. La vida se trata de qué precio yo quiero pagar.
―¿𝐐𝐮é 𝐞𝐬 «𝐇𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐞𝐧𝐬𝐚𝐧𝐝𝐨»
Mi manera de expresar que hay que decir la verdad. Sin ofender a nadie. De hecho, soy muy respetuoso con mis escritos. No me meto con nadie. No juzgo a nadie. Pero tal como veo la verdad, la digo.
―𝐄𝐧 𝐂𝐮𝐛𝐚, ¿𝐡𝐚𝐲 𝐥𝐢𝐛𝐞𝐫𝐭𝐚𝐝 𝐫𝐞𝐥𝐢𝐠𝐢𝐨𝐬𝐚?
Hay libertad de culto. Es decir, los templos están abiertos, se puede dar misa, asistir a catequesis, impartir catecumenado, administrar los sacramentos… Hay libertad de culto, sí. Pero la libertad religiosa va más allá de eso. Porque para empezar, existe una oficina de Asuntos Religiosos que monitorea la Iglesia, y de la cual dependen muchos permisos que necesita la Iglesia para poder trabajar. Así que de entrada tenemos una oficina que nos fiscaliza, nos controla, que intenta silenciarnos. Porque uno de los mecanismos de esa oficina es, por ejemplo, intentar silenciar nuestras voces a través de los obispos. Es decir, a nosotros no nos tocan. A nosotros no nos dirigen la palabra. Incluso cuando los propios obispos les han dicho «hablen con ellos», la respuesta es «no tenemos nada que hablar con ellos». Pero continuamente van al obispo: «mire lo que el padre dijo, mire lo que el padre escribió». A mi propio obispo le han llegado a decir, «¿y el voto de obediencia? ¿ya no funciona?» Claro, eso significa no tener ni idea de lo que es el voto de obediencia. Pero continuamente intentan contraponernos con nuestros obispos.
Además, todo lo que se tenga que hacer extramuros, necesita un permiso. Las procesiones, por ejemplo. Muchas veces nos determinan la hora en que tiene que ser la procesión, monitorean el recorrido, y cuando dicen «no hay procesión», ni siquiera argumentan las razones. Por otra parte, no se puede construir un templo. Los permisos de reconstrucción de los templos que ya existen, son todo un proceso grandísimo. Y muchas veces, por cualquier tontería, te dicen que no.
Por supuesto, tampoco hay acceso a los medios de comunicación social. No hay acceso al sistema de educación, ni al sistema de salud. Hablamos de que se necesita mantener un cierto nivel de propaganda. Entonces, por ejemplo, se permite importar equipos que podamos necesitar, pero muchas veces, si deseas importar un contenedor de medicamentos, encuentras una negativa. Hablamos de medicamentos vitales en un país donde no hay medicamentos. Hay muchísima gente dispuesta a mandar todos los medicamentos que hagan falta, y a financiarlos. Pero eso no. ¿Por qué? Porque tenemos que mantener el teatro de que Cuba es una potencia médica, de que en Cuba la salud no es problema, que todo el mundo tiene la salud resuelta. Entonces, con tal de mantener una mentira teatral, que la gente se muera. Eso es cruel.
Es muy triste porque a veces a los familiares de los presos se les dice, «si hablas, si te quejas, si denuncias, va a ser peor». Yo creo que el miedo se rompe cuando uno se planta. Este pueblo sigue estando como está, porque nos seguimos dejando secuestrar por el miedo. El 11 de julio fue un plantarse. Claro, la represión fue brutal, y hay mucha gente presa todavía. Pero es que la miseria ya la tenemos. La precariedad, ya la tenemos. La falta de horizontes, ya la tenemos. Esta enorme cárcel, que siempre digo que es una cárcel donde, si te portas mal, te meten en una más chiquita; esta cárcel con barrotes de agua, ya la tenemos, la gente que sigue arriesgándose, muriendo en el mar y en la selva, ya la tenemos. ¿Hasta cuándo?
―¿𝐃ó𝐧𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐞𝐧𝐳ó 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐬𝐭𝐫𝐞?
Cuando este pueblo le dio la espalda a Dios. El mayor error fue que pretendimos construir un paraíso dándole la espalda a Dios. Nosotros huimos de Dios, y todo ha huido de nosotros: la paz, la prosperidad… Una Cuba nueva, sin Dios, sería pasar de una dictadura a otra dictadura, que no sé si sería peor.
La evangelización. Cambiar el corazón de la persona. Porque cuando uno cambia el corazón, no solo ve la realidad de modo distinto, sino que también ve al otro como su hermano. Más allá de ese reto, la Iglesia tiene un compromiso con la verdad ―que la tiene que proclamar a tiempo y a destiempo―, con la libertad y con la caridad.
―¿𝐂ó𝐦𝐨 𝐞𝐬 𝐞𝐥 𝐩𝐚í𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐮𝐞ñ𝐚 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐝𝐫𝐞 𝐀𝐥𝐛𝐞𝐫𝐭𝐨?
Yo sueño un país abierto a Dios. Próspero, porque tenemos la potencialidad y la capacidad para tener un país muy próspero. Pero quisiera una prosperidad generosa. También quisiera una Cuba con memoria, pues la memoria de los pueblos suele ser corta. Que recuerde mucho todo lo que ha sucedido, y se convierta en defensora fiel de la verdad, la justicia y la libertad. Recordar que en muchas oportunidades nos hemos sentido solos, como si al mundo no le importara lo que sucede con nosotros. Y hemos vivido con dolor que naciones ricas y prósperas han apoyado este sistema, como si el pueblo no estuviera sufriendo.
―¿𝐘 𝐥𝐚 𝐈𝐠𝐥𝐞𝐬𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐮𝐞ñ𝐚?
Quiero una Iglesia que siga siendo muy cercana al pueblo. Que a la gente no le de miedo llegar y hablar con el cura o con un obispo. Una Iglesia cercana. Si me pides una palabra para definirla, te diría Betanía. El sitio donde Jesús se sentía bien. Que la Iglesia sea el lugar donde todos se sientan en casa.
San Benito de Nursia fue fundador de los benedictinos, orden basada en «La Santa Regla». Imprimió unos usos y costumbres muy valorados a la largo de la Historia, que han hecho que San Benito sea considerado el patriarca del monasticismo occidental.
A San Benito de Nursia le tocó vivir en una de las etapas críticas de la historia. La descomposición del Imperio Romano de Occidente y la implantación de los pueblos germánicos, mucho menos civilizados, asumiendo gran parte del poder y el gobierno de las instituciones políticas y religiosas debió suponer un enorme desconcierto y una involución dramática en todos los campos de la civilización y la cultura.
Jesús Martí dice de él, de sus discípulos y de su legado: los monjes benedictinos fueron los primeros que tuvieron conciencia de la nueva realidad post-romana, los que sirvieron de puente entre el mundo antiguo y el Medievo, cuando rescataron, cultivaron y transmitieron casi todo el patrimonio grecorromano, sobre todo el pensamiento y el Derecho, dándole además su última y más completa dimensión.
La gran leyenda que gira entorno a San Benito se agranda si hablamos del hecho de que se le atribuyen multitud de milagros e incluso la cualidad de sanar a los enfermos.
Conocemos a San Benito gracias a los Diálogos de San Gregorio Magno, obra que, si bien nos habla del Santo, carece -a juicio de estudiosos actuales- de rigor histórico. Aún así podemos conocer muchos detalles sobre la vida de este santo, que fue testigo de los últimos tiempos del Imperio Romano y que sin saberlo, se convertiría en uno de los primeros grandes religiosos de la historia de la Humanidad.
Biografía de San Benito
San Benito (Nursia 480-Montecasino 547) nació en una familia noble italiana y creció junto a su hermana gemela, la también santificada Escolástica. Gracias a la buena situación económica de su familia, Benito fue enviado a estudiar en Roma, donde recibió una exquisita preparación.
Pero esta formación, como más tarde diría San Gregorio Magno, no fue lo principal para el Santo quien, lejos de comulgar con el estilo de vida romano, se retiró a Subiaco, donde decidió dedicar su vida a la oración. De esta forma, San Benito estableció su vivienda en una cueva de muy difícil acceso, por lo que estuvo años sin que nadie le descubriera hasta que un día un sacerdote, guiado por Dios según San Gregorio, reparó en la presencia del ermitaño. A partir de este momento algunos pastores y campesinos, sabiendo de su pureza, lo visitaban, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.
Tras estos años, el Santo se trasladó a Vicovaro donde le nombraron prior de un pequeño convento. Allí introdujo una gran disciplina basada en unas costumbres estrictas que los monjes no toleraron, llegando incluso a intentar envenenarlo. Tras este incidente, San Benito decidió volver a su vida solitaria en Subiaco, donde muchas gentes, atraídos por la gran popularidad que iba adquiriendo Benito, quisieron convertirse en sus discípulos. Cada vez eran más las gentes que llegaban y llegó a haber hasta 12 casas donde se alojaban los nuevos monjes.
De una forma acaso inesperada, San Benito dejó el convento y se trasladó hasta Montecasino, donde sobre las ruinas de un antiguo templo construyó dos capillas además de otros edificios a su alrededor. Esta construcción se convertiría en una de las más famosas abadías de la cristiandad.
San Benito murió, según la crónica ya citada, rodeado de sus discípulos, quienes aseguraron que cuando murió, un rayo de luz subió hasta el cielo. Era el año 547, su legado había sido asentado.
La Regula Monasteriorum
La Regula Monasteriorum o Regla Monástica estaba formada por 73 capítulos donde San Benito reflejó su método y disciplina. La regla encontraba en la frase ora et labora su columna vertebral, viendo el trabajo manual como algo necesario y honroso, imitando de esa forma a Jesucristo y su padre José, quien había sido un dedicado trabajador.
Respecto a los tiempos de rezo y descanso, San Benito estableció un estricto horario en el que la reflexión y el rezo marca la vida de los monjes, siendo esenciales para la purificación del alma y por tanto de la persona. Del mismo modo, la oración de los monjes en el coro de la iglesia es de gran valía como intercesión a Dios por la Humanidad.
La alimentación debía ser básicamente vegetariana, sólo ingiriendo productos que nacieran en el suelo, tierras que ellos debían cultivar. Las horas de comidas eran siempre las mismas: el almuerzo a la hora sexta y la cena al anochecer.
Los momentos de ayuno eran igualmente importantes, relacionadas con los martirios de Jesucristo.
En definitiva, aunque San Benito no pretendió fundar una orden religiosa, su acierto en la imposición de las costumbres que él mismo practicaba fue acogida por numerosos fieles que veían en su pureza de alma un ejemplo a seguir.
Curiosamente, la Regla de San Benito tuvo un relativo éxito en los siguientes siglos a su creación, puesto que los diferentes cenobios europeos se regían por diversas reglas. Hubo que esperar hasta la aparición en el siglo VIII de un monje de origen visigodo llamado Witiza (que luego pasó a llamarse Benito de Aniano) que influyó decisivamente sobre los emperadores francos Carlomagno y Ludovico Pío, para que los monasterios carolingios adoptasen la regla de Benito de Nursia, por considerarla la mejor de todas. En la expansión definitiva de la Regla de San Benito jugó un papel determinante el monasterio benedictino de Cluny (fundado en el año 910 en Borgoña) que se expandió rápidamente, creando una gran red de monasterios y prioratos por toda la Europa Occidental. Más tarde el Císter relevó a los cluniacenses e impulsó un estricto cumplimiento de sus preceptos.
(Autora del texto del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS: Ana Molina Reguilón)
Te bendecimos, Señor,
por nuestro Padre san Benito, que en el silencio y la oración, siguió las huellas de Cristo.
Buscándote en soledad,
halló la paz en su pobreza y el don de tu paternidad por las espinas y las pruebas.
Unió al vigor de Moisés
la fe de Elías y Eliseo,
la compasión del rey David y la confianza de Pedro.
Por el camino de la Cruz
tomó por guía el Evangelio, y mereció ver en tu luz la realidad del mundo entero.
Por una escala de humildad, en el trabajo y la obediencia, nos convocó a la santidad vivida en comunión fraterna,
Gloria a la Santa Trinidad
que nos reúne en su servicio, y a la indivisa Unidad del Padre del Hijo y Espíritu. Amén.
Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:
Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Cf. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.
Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Cf. Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.
No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc., a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Cf. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.
En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Cf. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.
Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Cf. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.
En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Cf. Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.
Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Cf. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.
Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Cf. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.
Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Cf. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.
Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cf. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.
Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos: ● a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres; ● a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.
Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así, ● nos esforzaremos para ―revisar nuestra vida‖ con ellos; ● buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo; ● procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores; ● nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Cf. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8- 10.
Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones. Que Dios nos ayude a ser fieles
EL PAPA FRANCISCO DIJO: «Piensen en una madre soltera que va a la Iglesia o a la parroquia, y le dice al secretario: QUIERO BAUTIZAR A MI HIJO. Y el que la atiende le dice: No, no se puede, porque Ud. no se ha casado… Tengamos en cuenta que esta madre tuvo el valor para continuar con un embarazo, y ¿con qué se encuentra? ¡Con una puerta cerrada! Y así, si seguimos este camino y con esta actitud, no estamos haciendo bien a la gente, al Pueblo de Dios. Jesús creó los siete sacramentos y con este tipo de actitud creamos un octavo: ¡el sacramento de la aduana pastoral! QUIEN SE ACERCA A LA IGLESIA DEBE ENCONTRAR PUERTAS ABIERTAS Y NO FISCALES DE LA FE». El papa Francisco acaba de decir: «Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas. Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos. Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad. Necesitamos santos que busquen tiempo para rezar cada día y que sepan enamorarse en la pureza y castidad, o que consagren su castidad. Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo. Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales. Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo. Necesitamos santos que tomen Coca Cola y coman hot-dogs, que sean internautas, que escuchen iPod. Necesitamos santos que amen la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos. Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros. Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos». Esos tenemos que ser nosotros!!!
«Te dirijo, ¡Oh Dios mío!, una ardiente plegaria, que todos aquéllos y aquéllas que quieren ser discípulos del humilde Hermano Carlos, reciban la gracia de una fe profunda en tu Iglesia. En un siglo atravesado por ideologías contestatarias, por la constante crítica a cualquier autoridad, guarda el corazón de mis hermanos y hermanas para que miren a la Iglesia como la fe de un niño, y esperen más allá de las personas que la constituyen, más allá de la realidad humana que es su materia, la divina realidad de tu Sacramento. Dales, Señor, la alegría de la firmeza de la fe de la Iglesia, la fuerza de resistir a quienes quieren llevarlos a una crítica vana. Que recuerden que la calumnia e incluso la maledicencia, son siempre faltas graves contra la caridad, y tanto más grave cuando se trate de la Iglesia».
ARTURO PAOLI. POR UNA IGLESIA LIBERADORA es una obra atípica, escrita por el autor hace tiempo y conocida sólo recién después de pasar por un “pueblo de manos”. Un libro sobre la iglesia compilado por dos supuestos “ateos” y militantes de la oralidad en un lugar inusual: ¡una montaña de cartas! De un sacerdote “casado” con el reino de Dios en la tierra, el producto de la creación intelectual y literaria de un hombre excepcionalmente culto, fértil en la producción de ideas y teorías del conocimiento, un “dador de la palabra”, un sacerdote sensible al sufrimiento humano, luchador incansable por el triunfo del reino de Jesús aquí y ahora a través de los paradigmas de la fraternidad, el amor, la lucha y la liberación. “El padre Artuto Paoli”, como afectuosamente lo conocimos y tratamos en las comunidades rurales de Monte Carmelo y Bojó, y también en Sanare, municipio “Andres Eloy Blanco” del estado Lara en Venezuela, se nos presenta en las páginas que siguen entre lo humano y lo divino, crítico, autocrítico, comprometido, creador, sincero y con una fe inquebrantable en el cambio. Arturo está entre los primeros participantes de la Fraternidad “Hermanos de Foucauld”, promotor entusiasta junto a Mario Grippo y otros en la fundación de la Cooperativa de producción agrícola “La Alianza” en nuestro contexto local. A nuestro municipio llegó un buen día, a mediados de la década del setenta del siglo pasado. ¿Cuándo? El archivo epistolar de Arturo Paoli, trabajado por nosotros en esta oportunidad, cronológicamente ubica el momento entre los años 1976-1981. Una mina de cartas parió un libro quedando varios tomos por hacer y comprometidos en ello todos y todas. Es de advertir que excluimos aquí las misivas escritas en otros idiomas tales como el italiano y el portugués, por razones obvias.
La idea inicial era escribir sobre nuestro hermano Pedro Jiménez, nunca muerto. El lugar ideal ¡las cartas del padre Arturo! Su esposa, la profesora Judith Rivero, gentilmente nos cede el archivo ¿y qué hicimos ante tamaño compromiso?: fuimos leyendo y saboreando pacientemente una histórica y polifacética montaña de cartas escritas a máquina y una que otra de su puño y letra. También incluimos un ensayo y algunos mensajes escritos de sus homilías en páginas sueltas. Luego se ordenó la información por temáticas, se le colocaron subtítulos, se buscó a la gente ¡a los campesinos de la República ¡Bolivariana! que desde Bojó y Monte Carmelo le dieron el aval y sus nutritivas opiniones. Gracias a la pasión de Arturo por el cultivo sistemático de la cultura epistolar y a la custodia que en vida tuvo con este archivo personal ese inolvidable amigo, hijo y hermano de utopías, de luchas y de permanente confidencias de Arturo como lo fue Pedro Jiménez, quien además de inspirarle el libro titulado “El rostro de tu hermano” fue para este apóstol de la amistad, uno de sus más queridos amigos y condiscípulos en nuestra querida patria venezolana. La obra consta de cinco capítulos: Capítulo I La juventud y la historia, Capítulo II La patria es donde se ama o donde uno se siente amado, Capítulo III Mi amistad con Pedro… Un camino de veinte años, Capítulo IV Un modelo de Fraternidad y Capítulo V Línea profética. Este libro está basado fundamentalmente en las comunicaciones epistolares de Arturo Paoli con el mundo. Este eminente intelectual italiano reconoce y confiesa al respecto que: “recibir cartas es muy alegre, pero responder es un poco duro. Sinceramente me gusta mucho escribir cartas, pero le puedo dedicar un tiempo muy limitado. Siento como una vocación muy especial del Señor al escribir, sé qué hace parte de mi misión y de mi obediencia. Pienso que hay obreros que no tienen tiempo de escribir a sus familias y tengo que aceptar la ley del tiempo como todos los humanos” En lo que a nosotros se refiere, en nuestra condición de compiladores de la obra, nuestra tarea consistió como ya explicamos anteriormente, en leer, seleccionar, extraer y en fin último sistematizar ese sustancial cúmulo de mensajes que a nuestro criterio como investigadores populares y amigos del Padre Arturo Paoli, consideramos muy particularmente placentero y de irrefutable importancia histórica, cultural, educativa y política e indispensable para estudiar y comprender la historia de vida tanto de la “Fraternidad” como
de los pioneros y continuadores de la Teología de la Liberación dentro y fuera de nuestro contexto municipal, nacional y continental. Cual arqueólogos de la palabra nos adentramos en la intimidad de Arturo con una mezcla de curiosidad antropológica, de emoción, compromiso y afinidad con el paradigma de liberación y de búsqueda planteados con sabia reiteración por el autor. Así fuimos “encantándonos” con la sabiduría, vigencia y profundidad con la cual este sacerdote y escritor sistematiza cual vivencial y acertado historiador una multiplicidad de hechos, acontecimientos y reflexiones filosóficas y humanas en torno a los principios e ideales humanísticos y cristianos que lo motivan a escribir, actuar y a educar. En el fondo de sus escritos filosóficos y evangelizadores, Arturo muestra sus facetas de ser humano, de persona sensible y amorosa e incluso nos llega a contar de sus “enamoramientos de infancia” así como sus momentos críticos. El Arturo profeta y el historiador están sobreentendidos tanto como el filósofo, maestro de juventudes y revolucionario permanente e incorruptible. A través del epistolario personal conocemos hoy el incansable y fecundo trabajo ideológico e intelectual de un sacerdote que se hace revolucionario auténtico a partir de su sincera y alentadora militancia con una fe que despierta conciencias, con un amor que él define superior pues “el amor infinito es Dios”. Según su propia confesión, su vida es sinónimo de amor ya que “ésta ha sido mi historia de toda mi vida: una enorme capacidad de amar, no frustrada, al contrario, muy captada y correspondida”. Un amor militante en su corazón y en su clara conciencia de vertical e inconfundible ductor. Este esencial valor florece y germina a partir del compromiso con el pueblo, con una liberación que nace y crece desde el cristianismo revolucionario del maestro Jesús, desde el sol irreductible de la Teología de la Liberación y desde la propia praxis de una Fraternidad que no concilia con la opresión de ninguna naturaleza. Gracias a esta trascendental y atípica siembra de luz, de filosofía liberadora y desalienante podemos reencontrarnos a nosotros los mismos como entes espirituales y promotores de quehaceres formativos y políticos al servicio de la emancipación y del triunfo definitivo de la revolución de amor, justicia y fraternidad que auspicia e inspira desde ésta y la otra vida el maestro Jesús de Nazareth. Arturo, como ninguno sabe que seguir a Jesús es un desafío nada fácil y que se corren riesgos. Por eso alerta con su voz de sacerdote del ejemplo que “para seguir a Jesús no tenemos que tener miedo a la lucha”. Con toda
firmeza y valentía Arturo nos alumbra los caminos por recorrer. Su mensaje está a años luz de los escuchados por nosotros en la lejana infancia y en la palpitante realidad actual de los ortodoxos y aburguesados “ministros de Dios” de la Teología de la Opresión. Como es de suponer Arturo dice y ratifica aquí y en cualquiera situación y escenario, las axiomáticas verdades por la cual se ha hecho respetado, leído, admirado y apreciado por quienes siendo o no “creyentes” militamos y coincidimos con él en la gran mayoría de sus reflexiones y puntos de vista. El Arturo historiador nos interpela en la siguiente reflexión a la búsqueda de estadios superiores: “tenemos que llegar a la conclusión que la historia avanza como el mar, pero estoy seguro que el movimiento de la historia no está circunscrito como el movimiento del mar, avanzamos hacia el Cristo total”. Y luego ratifica la inevitabilidad de los cambios y el destino de los pueblos “(…) es verdad que la historia es irreversible que la revolución procede sin la iglesia o con la iglesia”. El padre Arturo es un fervoroso estudioso de la historia del Jesús liberador y también de la historia contemporánea del “viejo y nuevo mundo”. Ha sido él un testigo de excepción en el devenir histórico de la sociedad europea y latinoamericana, pero no solamente ha sido testigo sino también actor y promotor de cambios de paradigmas. Ha sufrido persecuciones y guerras sucias tanto en las dictaduras militares de viejo cuño en nuestro continente de décadas pasadas, así como también incomprensiones y vigilancias de las democracias burguesas de cualquier parte del mundo. En todas partes infructuosamente se quiere globalizar la opresión y en este escenario el evangelio y sus actores, igual que la ecología son subversivos, dejemos que sea el mismo quien nos cuente: “yo he tenido en América Latina, como en todas partes, dificultades y facilidades, momentos muy lindos y momentos muy tristes, acogidas e incomprensiones, me ha ayudado ha salir a flote siempre la seguridad de estar acá porque Dios lo quiso. No tengo dudas con respecto a eso, porque soy uno de los pocos que no ha elegido a América Latina. Fueron las circunstancias interpretadas por el padre Voillaume en aquel entonces mi superior, que me dirigieron a América. Ahora después de casi veinte años doy gracias al Señor de rodillas, pero a veces me ha costado”. Gracias también damos nosotros al creador Universal, en Venezuela, en Lara y sobretodo en las comunidades campesinas de Monte Carmelo y Bojó por su histórica y contribución ideológica y organizativa en pro de la creación de una nueva realidad socio cultural y ética en nuestro contexto local, donde sembró amistad, cultura y luz. Gracias por ser nuestro amigo y también por facilitar
en estos Caseríos un proceso de reafirmación de la identidad, de incentivar el estudio razonado, auspiciar niveles de criticidad y sobretodo por alumbrarle el camino a quienes fueron precursores del movimiento cooperativista en la zona. Retomando lo anteriormente dicho a propósito de las dificultades conseguidas en camino por Arturo Paoli en su condición de sacerdote y educador de procesos de liberación en nuestra patria americana, obvias son las razones, pero admirable también que se haya mantenido firme y perseverante sin dar ni pedir tregua a ningún poder establecido. Este “revolucionario de la fe” no se amilanó jamás ni ante las peores amenazas, solamente cuando estas condiciones eran extremadamente peligrosas y más por recomendación de sus hermanos de Fraternidad que por propia voluntad dejó, junto a otros “Hermanos del Evangelio” por ejemplo de vivir en la Argentina dictatorial de aquella tristemente célebre década del setenta. Pero en compensación no dejó éste de escribir, activando su proyecto y educando para el cambio desde que llegó a América y Venezuela. Arturo es un hombre de convicciones, fiel creyente de su ideología, no desde la retórica y el comodismo, sino desde el pleno campo de batalla, de la discusión ideológica y política de nuevo tipo, desde sus aportes sociológicos y antropológicos, desde su inconfundible posición de intelectual religioso y de facilitador permanente de procesos de sensibilización, formación, búsqueda y consolidación de la “Fraternidad como modelo”. Para el teólogo de la liberación Arturo Paoli: “la misión fundamental de la vida religiosa es ser un modelo en la relación. No podemos decir de haberla logrado pero de proponérnosla como tema fundamental de nuestra vida”. Y como conocedor del evangelio profetiza “el evangelio solamente puede inspirar una revolución que sea verdadera, profunda y humana”. Un ser de la calidad humanística y social de Arturo, sin duda rompe los esquemas establecidos y se convierte sin proponérselo en un guía de juventudes, porque en el fondo de su corazón y en la amplitud de sus ideales, la juventud previamente firmada es semilla de redención, es esperanza auténtica para hacer florecer los valores del amor, la amistad y la solidaridad. Y también le asigna un protagonismo histórico que le permite entender y asumir con autenticidad y coherencia el derrumbe de paradigmas, dentro y fuera de nuestro continente americano “Pienso que la juventud actualmente con mucho valor y mucho acierto está tirando abajo muchas estructuras falsas que nosotros hemos contribuido a levantar (…) sería bueno que jóvenes del pueblo se pongan a disposición del Señor para hacer una iglesia de los oprimidos, una iglesia liberadora”. Y esto lo dice a
sabiendas que conoce perfectamente su rol de educador y amigo de las nuevas generaciones, cuando exterioriza a todos(as) lo siguiente: “Yo siento que mi vocación particular es sembrar” Por tal motivo este sembrador de innovadoras ideas humanísticas, cristianas y paradigmáticas reconoce igualmente sobre su carisma y sus limitaciones “Mi carisma evidente no es el de superior y organizador sino el de transmitir ciertas ideas y ciertas orientaciones que pueden ser útiles a un grupo” Luego nos alerta, primero para que entendamos de una vez y por todas que no debemos bajar la guardia porque “la burguesía se defiende religiosamente idealizando, espiritualizando la religión y haciendo perder su fuerza de cuestionamiento” y para que tampoco magnifiquemos la fortaleza del sector de avanzada. Nos aclara una aparente debilidad “en la iglesia los grupos que piensan con el pueblo y desde el pueblo son una minoría impresionante, pero pienso que están en la línea que el espíritu santo exige de su iglesia hoy”. Seguidamente cual un chaman de la etnomedicina aborigen o contemporánea, receta “la medicina” adecuada para el mal antes descrito, planteando directamente la transformación de las estructuras eclesiales, en tal sentido expone “es muy urgente una revolución cultural en la iglesia que no se da por un camino ideológico o teológico, se da con una vivencia nueva”. Arturo, por ser un pensador y visionario con sentido de la historia y con sentido holístico de la vida sociocultural y espiritual concibe que “si el hombre necesita la liberación tiene que liberarse en todo sentido”. El padre Arturo Paoli habla con conocimiento de causa de su propia condición de cuestionador: “gracias a Dios que me ha hecho polémico pero no enjuiciador”. Y sigue en su misionera labor de decir las verdades más inocultables a propósito del tema religioso y reiterando que en realidad “el problema de la iglesia hoy y mañana es uno solo: lo de hacerse (…) iglesia de los pobres, insertarse en el mundo proletario popular, en aquel mundo que en este momento no tiene expresión en la iglesia”. A la amistad le asigna un papel fundamental “diría que si en el mundo podemos dejar un pequeño testimonio de amistad algo hemos hecho, sino estamos fritos (…) nuestra vida tiene que ser una búsqueda de amistad, la amistad o es liberadora o no es amistad”. Por eso el padre Arturo es tan querido en nuestro mundo rural-citadino del hoy municipio “Andrés Eloy Blanco”, dentro y fuera de nuestro país y continente. Es un sincero y permanente amigo del género humano. Su amor lo expresa no solamente a Dios, a su patria italiana que es la tierra toda. Pese a haber sido formado en la ortodoxia, él es un hombre amplio de criterios, es un activista y pensador sin fronteras. Para Arturo “toda la
tierra es patria porque es reino de Dios (…) la patria es donde se ama o donde uno siente que es amado en el sentido que pueda ser útil a alguien y por eso mismo recibe amor. Arturo Paoli es también un reconocido y talentoso escritor, con una abundante bibliografía ya conocida y mucha más por nacer, como ésta, que también es de su cosecha. Varios libros fueron escritos allí en Monte Carmelo e incluso nuestra preciada amiga y compañera de lucha, la “Guajera” Gaudi García fundadora de la Cooperativa la Alianza, docente y luchadora comunitaria le motiva un libro titulado: “Se hace camino al andar”. Para él escribir es: “una catarsis, un acto de coraje, un mirar la vida de frente (…) cuando escribo me siento como un enfermo porque todo se mueve adentro, no pienso con la cabeza sino con todo el cuerpo, escribir es un gozo y un sufrimiento grande, creo que la sola comparación que se pueda hacer es la maternidad”. Para nosotros, Arturo ha sido un indoblegable luchador internacionalista de la justicia social, del desarrollo sustentable, de la democratización auténtica de las sociedades actuales, así como del crecimiento espiritual y filosófico del mundo entero que tiene lógicamente el legítimo derecho a expresar su simpatía por nuestro continente americano y muy especialmente por ciertos países “toñecos” como él mismo lo confiesa “tengo tres países en el corazón (y eso hace rabiar un poco a los venezolanos) y son Brasil, México y Colombia. Me gustaría muchísimo vivir en uno de estos tres países. Todavía no está dicha la última palabra”. Y luego en otra explicación epistolar advierte “mi trabajo es para América Latina y no tanto fijado a un lugar, aunque sea necesario el contacto con la base”. Y en otra misiva afirma “me cuestiono siempre si es justo que Brasil ocupe todo el espacio que dedico afuera de Monte Carmelo y pienso desengancharme si puedo lograrlo. Uno tiene la impresión que aquí cualquier ladrillo que uno aporte es bien aprovechado en una construcción orgánica. Todo lo contrario de lo que pasaría por ejemplo en Venezuela donde uno puede hacer el Juan Bautista voz que grita en el desierto. No discuto que sería mejor una u otra opción, pero las circunstancias me han traído al Brasil y
en Venezuela los obispos no piensan que pueda ser útil a su pastoral o no- pastoral”. Menos mal que este fiel militante de la Teología de la Liberación vivió
entre nosotros los venezolanos, los Sanareños, Montecarmeleños y Bojoeños entre otros. Aquí no solo dejó buenas y perpetuas amistades, dejó también una filosofía de vida dando cosecha de lucha, de organización y de sensibilización para el cambio integral. Coincidimos con él en la certeza de que “la vida es una
lucha permanente” y que acierta también cuando expresa “es mejor vivir que analizar la vida”. A nuestro país, el de las décadas del setenta y del ochenta, lo percibe así “empiezo en Venezuela a tomar contacto con jóvenes, pero es un camino lento. Es un país terriblemente enajenado por el petróleo, por suerte hay venezolanos ilustres que tienen conciencia de eso y han escrito artículos y libros bastante claros (…) Venezuela es un país adolescente y de adolescentes. A veces tiene salidas imprevistas e imprevisibles, viviendo adentro veo que las cosas no son tan dramáticas (…) en Venezuela tengo raíces que son necesarias para no caer en el intelectualismo, tentación muy grande en mi”. Y luego en diferente correspondencias alude a nuestro caserío natal “no puedo dejar Monte Carmelo sobretodo que representa para mí un lugar ideal de descanso, de recogimiento, de meditación (…) uno de los sufrimientos mayores es para mi dejar Monte Carmelo, aunque no sea una separación definitiva (…) estoy en la paz de Monte Carmelo atendiendo con mucho sufrimiento a mi libro que se desentraña poco a poco de todo el envolvimiento interior provocando los gritos del alumbramiento (…) me parece un siglo desde que dejé el rincón querido de Monte Carmelo (…) aquí también la naturaleza es espléndida y ahora en marzo las orquídeas compiten entre sí cuál de ella es más bonita que la otra”. Como un homenaje en vida a este inolvidable luchador de las causas nobles y Apóstol de la hidalguía, la amistad y la liberación de América y el mundo tierra nace esta semilla amigable e irreverente como su padre intelectual. Esperamos que esta obra bautizada por nosotros, sus compiladores con el título: “Arturo Paoli. Por una iglesia liberadora” sea finalmente conocida y apreciada en todos los continentes del planeta cual mágica y holística Carta Abierta a la conciencia mundial de los pueblos que han de transmutarse en unitarios “protagonistas” de la liberación humanística e integral, para que la siembra de Arturo y su ejército de revolucionarios de la no violencia y sí del mucho amor y lucha puedan sentirse orgullosos y satisfechos de sus siempre amigos pueblos de Venezuela, América y el mundo, que cada generación de miradas que se adentre en esta polifacética lectura se siembre también de conciencia, compromiso y amor por los paradigmas filosóficos y societarios que sueña y visualiza Arturo Paoli para que hoy y mañana otros se encarguen de hacer triunfar el contenido mismo de éste su epistolar discurso que a continuación ustedes comprobarán. El mismo posee un profundo sentido dialéctico, trascendencia histórica, un mensaje sustancial, extraordinariamente vigente y como es lógico, polémico, interesante y útil en la didáctica de la verdad y la teología. Está destinado a comunidades
de base, dentro y fuera de las universidades y contextos religiosos. Nadie se llame a engaños, todo cambiará. El padre Arturo nos reitera desde su condición de misionero y profeta que “no existe tierra absolutamente estéril donde la semilla de la palabra no pueda brotar”. Por ello nos invita con su coherencia, sabiduría y convicción para que tengamos la seguridad que “el reino está en marcha, los trabajos del reino no están parados y América Latina, continente donde se dan acontecimientos políticos verdaderamente ricos de esperanza y de vida, sufrimientos extremos de hombres y mujeres comprometidos con la justicia, donde se dan núcleos de iglesia que se identifica con la búsqueda sincera del reino puede ser signo de este reino que crece en la historia (…) creo que los cristianos hoy no tienen otra cosa especial para dar sino un modelo de vida comunitaria realizada entre los pobres”. Ante la cruda realidad de ciertas cúpulas de la iglesia venezolana alérgicas al cambio que predican “el evangelio según el capital”, “el golpe” y “FEDECAMARAS”, insurge un pueblo en su mayoría cristiano clamando revolución de amor y justicia ante la desesperanza. He aquí la profecía de otro “sacerdote”, el poeta Pablo Neruda, el misionero de la poesía, quien nos dejó para alimentar los sueños un veredicto: “¡aunque tú no lo creas, nosotros, los humildes, venceremos, venceremos!”.
El padre Silvano Zoccarato, misionero del PIME que vivió diez años en Argelia, cuestiona la actualidad del mensaje del «hombre universal» que será proclamado santo este año
En previsión de la canonización de Charles de Foucauld, podríamos preguntarnos qué habrá en el mensaje para la Iglesia y para el mundo.
Durante los diez años en Argelia, de 2006 a 2016, mi estilo de misión cambió: del diálogo sobre Jesús en Camerún, viví el diálogo del Jesús de la vida. Las Hermanitas de Jesús de Touggourt y los Hermanitos y Hermanitas de Tamanrasset y el Obispo Rault Claude que escribieron el libro Mi Catedral Desierto me han ayudado mucho. Ahora creo que los Dioses sigan hablando, para salvar y unir a la humanidad entre personas que están enojadas con sus religiones, que conviven y dialogan con personas de diferentes culturas y religiones. Conviviendo con ellos, me impresionó mucho cuando me decían lo que sienten por Dios y lo que Dios siente por ellos. Me dijeron que el hombre no puede vivir sin Dios, que la oración es lo más hermoso de la vida.El viernes caminé entre la gente y – a la voz del muecín llamando a la oración – el vecindario se detuvo de repente, todos se arrodillaron. «¿Qué estoy haciendo aquí?», me preguntó entonces, y me impulsó a profundizar mi ser cristiano, a darme cuenta del que tenemos, aunque quede velado, prudente, a esperar.
hermanos universales
Durante los diez días que vivió en la casa de Charles de Foucauld en Beni Abbès no lo sintió como un santo, sino como un hombre que se aficionó a la khawa.(fraternidad). Ahora lo llamamos «hermano universal». A veces la fraternidad nació sobre la base del catolicidio, ese que Santo Tomás de Aquino ve en la actitud de la Iglesia… de llamar así a toda la creación en todos sus aspectos y confiarla en plenitud. Por supuesto en este ambiente lo recibes en exclavos de todos sus visitantes, festejando y festejando ante el Sagrado Corazón, y apasionados por la naturaleza. Los dibujos que aún tiene en su cuaderno lo muestran contemplando el desierto, en las montañas. Los proverbios tuareg, las historias y las primeras palabras del diccionario tuareg resuenan y encantan. El santo no mostró la santidad de Dios sino en la vista y sintió las pasiones de Dios, por el hombre y por la naturaleza.
Abre la puerta
En la próxima canonización de Carlos de Foucault, el Espíritu Santo ayudará a la Iglesia y al mundo a comprender su mensaje para continuar por el camino verde, una chimenea abierta, hacia todo hombre. Fue el mensaje del Papa Juan cuando abrió al mundo la tribuna materna de la Iglesia. Dijo: «Su tarea es tener los brazos abiertos para recibir al mundo entero. Es una casa para «otros» que quieren ser todo y todo Iglesia de los pobres, sin distinción de raza y religión».
Charles se aseguró cuando no había completado su viaje de «hermano universal», al que ahora nos invita.
Ahora mismo estamos encerrados en casa para protegernos del virus. Después de la pandemia, cuando abramos la puerta de casa para volver a la carretera, será importante vivir bien este momento. ¿Abrir a quien encontraremos o quedarnos solos, aislados? Veremos personas probadas y renovadas por el sufrimiento y así seremos nuevos para los que nos encuentren. También conoceremos gente nunca antes visitamos lugares de trabajo, escuelas, viajes. El reencuentro no puede ser sólo la recuperación hasta el inicio de una nueva vida. Quizás la sensación de liberación, de alivio, de sorpresa y alegría ante las bellezas de todo tipo, vivas en el mundo. Pero si no te cuidas si puedes caer en la dispersión de la actual Babel del pensamiento, de los valores. Y a veces en su interior un sentimiento de apatía y desconcierto. No sólo nuestro pueblo está pasando por un momento difícil, sino también nuestras sociedades, la Iglesia misma. ¿Qué podría ser esta nueva vida, este nuevo momento? Algunos dicen que es un momento extraordinario, una primavera en la historia. Si piensas en nuevos tiempos, crees que tienes el coraje de pensar en nuevos tiempos, en nuevos movimientos, en nuevos espacios, incluida la calle, en nuevas personas, en nuevos lenguajes, en nuevos gustos, en nuevos sentimientos. Vayamos e imaginémonos… esta vez despertamos y esperamos. Nuevos horizontes… ¿más amplios?a nuevos espacios, incluida la calle, a nuevas personas, a nuevos lenguajes, gustos, sentimientos. Vayamos e imaginémonos… esta vez despertamos y esperamos. Nuevos horizontes… ¿más amplios? a nuevos espacios, incluida la calle, a nuevas personas, a nuevos lenguajes, gustos, sentimientos. Vayamos e imaginémonos… esta vez despertamos y esperamos. Nuevos horizontes… ¿más amplios?
Voy directo por un camino de fe hacia un punto fijo que puede ser la base sobre la cual construir verdaderas relaciones duraderas. El Papa Benedicto en la encíclica Caritas in Veritate (42) advirtió del peligro de la globalización, una unificación mal planificada de los pueblos. Y dijo: “La verdad de la globalización como proceso y su criterio ético fundamental están dados por la unidad de la familia humana y su desarrollo para el bien”. Si se trata de dar un sentimiento nuevo, el verdadero sentimiento de existencia, se decide, sentirse miembro de una sola familia. San Carlos de Foucault se une a nosotros en la canonización: Soy un hermano Universal.
Lo dice también el Papa Francisco con el documento y el anuncio de vivir como Fratelli Tutti, dice convivir con los demás. Esto ya es biológicamente cierto para nuestros seres humanos . Pero será más cierto con sorpresa, cuando dentro del sentimiento de vida y de verdad, religioso, social, sinteticemos una necesidad de comunión que nos sintamos siempre unidos a todos ellos en el universo. Y veremos que las diversidades sociales, religiosas y culturales de las personas que encontramos no son tales como para separarnos; no son obstáculos, sino valores, riquezas para todos, cuando lleguen… siéntelos en tu corazón. Desde lejos y dudosos pudimos acogernos y empezar a conocernos. ¿Será un nuevo viaje, juntos? Esto podría ser como una comodidad y una utilidad para todos, pero también podría colocarnos en una nueva mentalidad, en una situación en la que pudiéramos vivir como miembros de una sola familia de una manera nueva y más profunda. Debe ser una experiencia animada por el Espíritu Santo que nos ayude a sentir los corazones de Dios Padre de la Misericordia. En este sentimiento de que somos hijos de Dios Padre, cada uno se sentirá vivo y fuerte en su identidad. Entonces podemos regocijarnos en sentirnos cerca. Se renovará la forma de considerar «al otro», de conversar y compartir. Esto es lo que vivió San Juan Pablo II cuando comenzó a rezar en Asís junto a los líderes de algunas religiones del mundo y del mundo del amor: En toda oración auténtica, orad al Espíritu Santo. Juan Pablo II empezó a sorprenderse con la oración y la vida de los «otros».
El Papa Francisco también cree en la importancia de la oración de uno. Su elevada oración en la Llanura de Ur en Irak tiene poco tiempo puede entenderse como síntesis de un camino de paz y fraternidad en la raíz común en el Dios de la promesa: «Te lo pedimos, Dios de nuestro padre Abraham y Dios nuestro, for que nos concede una fe fuerte, activa en hacer el bien, una fe que abra nuestro corazón a ti ya todos nuestros hermanos y hermanas; y una esperanza incontenible, capaz de percibir por doquier la fidelidad de tus promesas». Oración acompañada de responsabilidad común con otras confesiones, otras religiones y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para afrontar los grandes problemas del mundo.
Si se trata de superar el desafío de la indagación y potenciarla, porque la identidad de cada uno no es un terreno cerrado, buscado, ni una situación de mérito o culpa, sino una realidad importante que ofrece la oportunidad de compartir, sino más bien una amplia apertura. Se trata también de superar el egoísmo que queremos mantener en el centro de todos y de todo. Tenderemos a ser alegres, encender la chimenea, escuchar las relaciones. La de los discípulos de Jesús después de la resurrección, narrada por San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Camino de la Palabra… del Evangelio. El viaje de todos «un corazón», cuidado con todas las necesidades, pero también en la lucha de las debilidades y de la diversidad… y aún incompleta. El Evangelio quiere llegar a los confines del mundo y permanecer en el camino, encomendado continuamente a nuevos discípulos, incluido el presente, con la presencia del Espíritu del Resucitado siempre en el corazón. En realidad, esto es lo que sucede también en la relación con Dios: nunca se está obligado a comprenderlo, a vivirlo, sino que se está siempre en movimiento… con él. Podemos vivir el que vivió en el corazón de Charles de Foucauld: Iesus Caritas , el sentimiento vivo de la presencia de Jesucristo amor que le da siempre más alegría. Sentirlo vivo también como cuando conoció a Jesús y quise conocerlo, experimentarlo y hacerle saber. Involucrados en el mismo proyecto de amor de Dios que queréis junto a vuestros hijos. El Espíritu nos hará experimentar nuevas relaciones en las que que completar la propia pretensión de verdad con la visión de la sabiduría de los demás y con una actitud amorosa hacia el prójimo que es la única que puede acercarnos No hay sugerencias para el misterio.
4 de octubre de 1988 – El recuerdo de uno de los «apóstoles laicos» más singulares nacidos y vividos en el Piamonte del siglo XX. En la posguerra difícil, de impulso a la Acción Católica Italiana y contribución a su fortalecimientoDelaware
«El poder de maravillarme de las cosas tal vez se lo debo a mi madre que siempre cantaba y que me dio un carácter sereno. Sigo que la maravilla es un regalo que Dios me ha hecho». Así confiesa uno de los «apóstoles laicos» más singulares nacidos y vividos en el Piamonte en el siglo XX. Se trata de Carlo Carretto, fallecido hace treinta y cuatro años, el 4 de octubre de 1988.
Nacido en Alessandria el 2 de abril de 1910 en una familia modesta de Langorola Camerana (Cuneo): on Father Luigi gana el concurso y entra en el ferrocarril. Carlo es el tercero de seis hijos, cuatro religiosos, incluido el salesiano Peter, misionero y obispo en Tailandia. Después de Moncalieri, el Carretto está en Turín, desde donde en 1924 se inauguró el oratorio salesiano de Crocetta, al que asistió Carlo.
Con grandes sacrificios obtuvo el magisterio en 1927 y una licenciatura en pedagogía en la Universidad de Turín en 1932. Maestro de primaria en la provincia de Novara y Vercelli: Galliate, Gattinara – de donde sostiene «la primera llamada de Dios» – Cavaglio d’ Agoña, Roasio. En Milán asistió al curso de oficiales adicionales. Pío XI en 1931 reaccionó enérgicamente con la encíclica «Nosotros no necesitamos» al acoso fascista contra la Acción Católica. Licenciado en 1932, como profesor en Sommariva del Bosco (Cuneo).
En 1932, por invitación de Luigi Gedda – presidente de la Juventud Católica de Turín, que su fundó a Carlo Trabucco de Canavese – Cart se unió a la Juventud Italiana de Acción Católica (Giac) en el círculo «Frassati» de la parroquia de Crocetta fundada de Pier Giorgio. En 1940 ganó el concurso para director docente en Bono (Sassari) pero debido a los contrastes con el régimen docente y la influencia incluyendo fuera de la escuela, fue trasladado a Isili (Cagliari) y luego fue enviado de regreso a Piamonte, director en Condove ( Turín). Llamado en las armas como capitán, asume el mando de una compañía del regimiento Alpine 3 en Susa. Firmado el armisticio el 8 de septiembre de 1943, Italia si hunde en el caos. Carlo disuelve la unidad, envía a los soldados a casa, no se alineo con la República de Salò y es inhabilitado del registro de directores didácticos.
Tras la caída del régimen y el final de la guerra, es readmitido en el registro. Los eventos paralelos de Gedda y Carretto son singulares. Primogénito nacido en Venecia en 1902, Turín por adopción y se graduó en Medicina, genetista y sindonólogo de renombre mundial. En 1932, el cardenal arzobispo de Turín, Maurilio Fossati, lo llamó de Novara en Turín, desde donde se convirtió en asistente de la clínica médica, como presidente del Giac. Dos años y Pío XI lo nombró presidente nacional Giac (1934-46) y Pío XII lo hizo presidente Hombres de Ac (1946-49). Carretto sucede en Jeddah como Turín (1937-42) y presidente nacional (1946-52) Giac. En 1952 Jeddah sucedió al abogado Vittorino Veronese como presidente general de Acción Católica.
Presintiendo «la segunda llamada de Dios», si dedica sin descanso al apostolado. En el difícil período de la posguerra, Carlos dio impulso a la asociación y contribuyó a su fortalecimiento. Reúne alrededor del centro nacional en algunos de los jóvenes católicos italianos más animados; favoreció un fuerte compromiso de la CA para el restablecimiento de la democracia en Italia, para la elaboración de la Carta Constitucional, por el éxito de la campaña electoral del 18 de abril de 1948, movilizando a los jóvenes a favor de la Democracia Cristiana en el » choque de civilizaciones» con el Frente Popular Social-Comunista.
Bajo el pontificado de Pío XII, durante y después de la guerra, nacieron numerosos movimientos y asociaciones a la sombra de la CA que, hasta el Concilio, fue la única organización laica reconocida. En mayo de 1945, con Maria Badaloni, Carretto fundó la Asociación de Maestros Católicos Italianos (Aimc). Luigi y Carlo se encuentran entre los fundadores del Centro Deportivo Italiano (1944) y del Centro Turístico Juvenil (1949). Sus fuertes personalidades estimulan un activismo excepcional. Jeddah apunta a la unidad política de los católicos: el 8 de febrero de 1948 establece los comités cívicos que en apenas dos meses llevan a la DC a la aplastante victoria del ’48. En septiembre de 1948 Organizó – por el 80 aniversario de CA – el encuentro de 300 mil «boinas verdes» en Roma que cantan: «Padre Blanco, / que desde Roma eres meta, luz y guía, / en cada uno de nosotros confiamos, / todos ustedes pueden contar con nosotros. / Somos hijos de la fe, / somos heraldos de la Cruz; / a tu señal, a tu voz / un ejército sostiene el Altar. » El 15 de septiembre es uno de los fundadores del» Bureau international de la jeunesse catholique”, siendo vicepresidente.
Tras pasar el momento de la Iglesia triunfante, Carretto no comparte la línea de Jeddah, hombre de confianza de Pío XII, orientado a la politización y gestión autoritaria de la AC. Los dos están unidos por una grande y fuerte amistad, pero la «Operación Sturzo» de 1952 -a acuerdo entre católico-cristianos y ex fascistas para evitar que el Municipio de Roma acabe con los socialcomunistas- desencadenó la protesta de Carretto. muy crítico con el giro conservador de la Iglesia y de la Ac. En octubre de 1952 renunció como presidente Giac. También se van Mario Rossi y don Arturo Paoli, asistente central adjunto de Giac. La renuncia fue aceptada inmediatamente el 17 de octubre por la Secretaría de Estado.En esos años su espiritualidad se enriqueció: Conoció al grupo milanés en torno a la Universidad Católica: el Padre Agostino Gemelli, Mons. Francesco Olgiati y Armida Barelli; entra en el Instituto Secular de la Realidad -al que también se adiando Giuseppe Lazzati-, a la Tercera Orden Franciscana ya la Sociedad Obrera fundada por Gedda.
Después de una búsqueda laboriosa y penosa, en 1954 Carretto entra entre los Hermanitos de Jesús, fundados por Charles de Foucauld, parte para Argelia y llega al noviciado de El Abiodh al sur de Orán. Durante unos años experimentaron en el desierto del Sahara una experiencia de vida interior y de oración, de silencio y de trabajo. El 15 de septiembre de 1961, el hermano Carlos de Jesús hizo su profesión perpetua. Los diez años pasados en el Sahara marcan profundamente la espiritualidad e inician una nueva temporada publicitaria con libros de gran éxito. Después de «Jesús dijo» (1943) «Cartas desde el desierto» (1964) se traduce a inglés, francés, alemán, español, portugués, griego, checo, polaco, esloveno, chino, indonesio, swahili; «Lo que importa es amar» (1964) cuenta con 24 reediciones y en 2017 una nueva edición. Es sensacional el caso de la «Iglesia Pequeña Familia», publicada en 1949, que es causa de muchos problemas. La prensa laica, como el «Cándido» de Giovannino Guareschi, forma parte de la prensa católica se están rasgando las vestiduras; los prelados y la gente de bien lo manchan mal porque argumenta que la familia no es un lugar para cristianos en retirada hasta que el fruto de una vocación y que el matrimonio es un don del Creador. La expresión «pequeña iglesia familiar» pasará a ser central en la doctrina conciliar sobre el matrimonio. En el centro de su vida -en el 49 tiene 39 años y morirá a los 78- el libro coincide con el punto de inflexión cuando entra en conflicto con un activismo que poco se preocupa por la dimensión espiritual: es el paso de una espiritualidad devota a un estilo atento al matrimonio ya la familia, cuando Giac apadrinaba la pureza y la virginidad.
Después de la experiencia africana, Carlo creó una comunidad de Hermanitos en Spello dedicada a la oración y la hospitalidad, al trabajo y al intercambio de experiencias. Durante más de veinte años fue un incansable animador de la fraternidad. Hombre de palabra y de pluma, la utiliza con gran eficacia para comunicar la fe. Escribe «El Dios que viene» (1972), «El desierto en la ciudad» (1978), «Yo, Francisco» (1980), «Y vio Dios que era bueno» (1988). Con motivo del referéndum sobre el divorcio de 1974, el 7 de mayo publicó en «La Stampa» una intervención-oración contra la derogación de la ley, despertando la ira de «L’Osservatore Romano». Recibe millas de cartas, indignado, dolido, aplaudiendo, teñido de esperanza.El 3 de abril de 1975, Jueves Santo, en la Catedral de Foligno, pide perdón ante el obispo porque su cargo ha causado sufrimiento, dividió y socavó la comuneón eclesial, aunque inspirado por la misericordia y la tolerancia hacia los no creyentes y sin yield doctrinalmente. En mayo de 1986 con la «Carta a Pedro» defendió la «opción religiosa» de la AC y sobre el presidente, el alba Alberto Monticone. El hermano Carlo amurallado en la ermita de San Girolamo en Spello el 4 de octubre de 1988, fiesta de San Francisco de Asís, sobre modelo de vida espiritual.