Tras las huellas de Jesús: La espiritualidad de Nazaret – Videos

Capilla del Centro Internacional María de Nazaret, una fuente de espiritualidad mariana en Tierra Santa

Está en Nazaret, allí “donde empezó todo”, y da a conocer a la Virgen a cristianos de todas las comunidades e incluso a musulmanes. Es el Centro Internacional María de Nazaret, sobre el que Javier Lozano publicó recientemente un reportaje en Cari Filii News:

Es un oasis de paz en medio del bullicio de las calles de Nazaret. Un lugar donde la Virgen es el centro de un mensaje que lleva a Jesús. Se trata del Centro Internacional María de Nazaret, situado a tan sólo cincuenta metros de la basílica de la Anunciación, que presenta a los peregrinos y a toda persona de cualquier religión quién es la Virgen María, qué ha representado en la historia de la humanidad y cuál es su papel en el siglo XXI.

Este centro internacional está encomendado a la comunidad francesa Chemin Neuf, un grupo católico con una gran vocación ecuménica en el que el papel de la Virgen es central en su misión. De hecho, este lugar ha sido apoyado desde el principio por los católicos, ortodoxos e incluso por grupos protestantes.

Nazaret, el pueblo en el que empezó todo
Pero es ante todo un centro mariano de evangelización situado justo al lado de uno de los lugares más importantes para el cristianismo, el lugar en el que el Arcángel Gabriel anunció a una joven María que daría a luz al Salvador.

El punto central de este lugar de paz es un espectacular recorrido multimedia que guiado por las Santas Escrituras, desde el Antiguo Testamento hasta el Apocalipsis, y con numerosas citas bíblicas va anticipando primero el papel de María y luego lo confirma como una parte esencial para los cristianos.

Todo ello con una música tanto judía como árabe pues también manifiesta a judíos y musulmanes hasta qué punto la pequeña Virgen de Nazaret, su vecina y conciudadana, es conocida, amada y evocada en todo el mundo y por todos los pueblos, como ejemplo además de mujer judía y como personaje relevante en el Corán.

María, a través de las Escrituras
“¡Deja que María le sirva de guía a través de las Sagradas Escrituras!”
, asegura este recorrido que tiene cuatro etapas y una duración total de 55 minutos, que sin embargo, no se hacen largos para el visitante. Más bien al contrario. Durante casi una hora el peregrino creerá estar paseando de la mano con la Virgen a lo largo de la historia en un lugar tan profundamente mariano como Nazaret.

Pero además en lo alto del centro hay una bella capilla de Adoración Perpetua, en la que justo detrás del altar se abren unos arcos que muestran físicamente el lugar de la Anunciación que se sitúa apenas a 50 metros.

A Jesús a través de María
Junto a esta capilla hay unas terrazas y unos jardines colgantes desde los que se puede disfrutar de una vista de todo Nazaret
, un ambiente que llama a la oración y la reflexión en Tierra Santa para asimilar este Quinto Evangelio, aquellos lugares en los que la Palabra se fue cumpliendo.

Pero el Centro Internacional María de Nazaret no sólo se queda en el papel de la Virgen en esta ciudad sino que ofrece otro recorrido interactivo sobre las diversas miradas sobre la María en todo el mundo.

Depende de la Asociación María de Nazaret, que tiene como objetivo “evangelizar ayudando al público a descubrir la grandeza del misterio de la Madre de Dios así como toda su belleza, la verdad y la profundidad de la fe cristiana, usando todos los medios modernos de comunicación”.

Con este fin nació el centro de Nazaret, que es el primero de los ya varios Centros Marianos de Evangelización. Ya están construidos o en proceso otros similares en Guadalupe (México), Aparecida (Brasil), Kibeho (Ruanda) o en Líbano, lugares con una relación especial con la Virgen María.

Artículo publicado originariamente en Cari Filii News

Gritar el Evangelio con la vida

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Carlos de Foucauld: uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX será canonizado en 2020. ¿Un excéntrico, un buscador, un convertido… o un santo?

Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Hay personas que parece que hubieran vivido varias vidas en una. Algo así sucede, por ejemplo, con Carlos de Foucauld, un francés de familia aristocrática que vivió entre los siglos XIX y XX en varios países de tres continentes.

Según desde qué época o lugar hablemos de él, podríamos definirlo como un excéntrico, un eterno disconforme, un bon vivant, un incansable buscador, un convertido, un erudito, un profeta, un explorador, un incomprendido, un delirante, un místico, un fracasado… o un santo.

En busca de aventura

Carlos nació en Estrasburgo, Francia, en 1858. Se crió entre mansiones y castillos, pero huérfano de padre y madre antes de los seis años. Sus abuelos maternos, que le dieron ternura, no pudieron ponerle límites. Aunque estudió con los jesuitas, en su adolescencia perdió la fe. Vivió una juventud entre excesos de todo tipo. Fue el tiempo en que el joven vizconde de Foucauld se transformó en cochonette (“chanchito”, en francés), como lo apelaron sus compañeros, a causa de su obesidad por el descontrol en las comidas. 

Se inscribió en la academia militar, donde logró entrar con ayuda para superar los exámenes, a causa de su dejadez. Cuando su regimiento fue enviado a las colonias francesas en África, se le ocurrió llevar con él a su amante francesa, a la que ya en Argelia pretendió hacer pasar como su esposa y marquesa. Eso le valió ser licenciado del ejército y repatriado. 

Cuando sus camaradas entraron en la lucha en África pidió volver junto a ellos aunque fuera como soldado raso. Y se le concedió, incluso recuperando el grado de teniente. Se lanzó a la vanguardia en los combates contra los árabes, dejando a todos admirados por su valor y compañerismo. 

Cuando llegó el momento de regresar al cuartel renunció al ejército. Pero se quedó en África planeando una expedición secreta a Marruecos, país donde ningún occidental podía entrar en esos tiempos sin poner seriamente en riesgo su vida. Para eso aprendió el árabe y el hebreo y fingió ser un rabino judío. Miserablemente vestido viajó junto a un rabino verdadero que conoció en Argel. Entre sus ropas orientales y equipajes llevaba instrumentos de medición y minúsculos anotadores que le permitieron registrar todo sin ser descubierto. 

La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.

Durante casi un año recorrió más de tres mil kilómetros. A su regreso a Europa publicó Reconocimiento en Marruecos, la mejor descripción del país que se conociera hasta entonces, que le mereció la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de París. 

La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó profundamente y lo llevó a preguntarse por su propia fe, considerando incluso hacerse musulmán: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.

Siguiendo a Dios por los caminos del mundo

En casa de su tía conoció al padre Huvelin, un cura de París. Poco después se confió plenamente a él, pidiéndole ser instruido en la fe. El padre Huvelin le hizo comenzar inmediatamente por la confesión y la comunión y a partir de allí lo acompañaría con paciencia y firmeza como director espiritual hasta su muerte. Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa. A sus treinta años pasó la Navidad de 1888 en Belén y recorrió a pie los caminos de la Palestina.

Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa.

Dos años después renunció a todos sus bienes en favor de su única hermana menor e ingresó a un monasterio trapense en Francia. Allí se convirtió en el hermano Alberico y pidió ser enviado al monasterio más pobre de la orden, en Turquía, donde la vida era sumamente austera. Los monjes quedaron admirados de su santidad y le propusieron estudiar para prepararse al sacerdocio. Pero él sentía deseos de algo distinto, más escondido. 

Finalmente, y acompañado siempre a distancia por el padre Huvelin, el abad general de los trapenses le concedió la dispensa para dejar la orden antes de sus votos perpetuos. Volvió entonces a Tierra Santa pero ya no como peregrino ni como monje, sino como sirviente de las monjas clarisas durante tres años, primero en Nazaret y luego en Jerusalén. Nazaret fue para él fuente permanente de inspiración. 

Seguía soñando con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo, ocupando el último lugar en todo. Mientras tanto vivía en un pequeño depósito cerca del monasterio y trabajaba para las monjas a cambio del pan de cada día, que era literalmente su único alimento.

Soñaba con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo.

Cuando ellas descubrieron quién era ese extraño sirviente, volvieron a proponerle el sacerdocio. Ese fue el motivo de su regreso temporal entre los trapenses. Se preparó para su ordenación en Argelia, Roma y Francia, siempre enviado por los superiores de la Trapa y guiado a vuelta de correo por el padre Huvelin.

La llamada del desierto

En junio de 1900 fue ordenado sacerdote en Francia. Sintió la llamada a volver al Sahara. Consiguió el permiso para ir a vivir como ermitaño en el oasis de Beni Abbés, en el interior de Argelia. Allí se transformaría en el hermano Carlos de Jesús, un “morabito”, como llaman los pueblos del desierto a los hombres de Dios. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región. Vivió entre los militares franceses, los musulmanes y los negros, muchos de ellos esclavos de los árabes. Siguió soñando con tener compañeros que, por uno u otro motivo, nunca llegaron. 

En 1900 fue ordenado sacerdote. Consiguió el permiso para vivir como ermitaño en el interior de Argelia. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región.

Después de tres años en Beni Abbés, se internó todavía más profundamente en el Sahara, hasta Tamanrasset, en territorio de los nómades tuareg. Entre ellos pasó los últimos doce años de su vida, que transcurría entre largas horas de adoración eucarística en su pequeña y rústica ermita, el trabajo manual y la hospitalidad con los habitantes y viajeros del desierto.

Última fotografía con vida de Carlos de Foucauld, entre 1914 y 1915.

Se conservan miles de cartas y escritos espirituales de esos años. Incluso podríamos escribir un apartado sólo sobre la importancia hasta el día de hoy de sus investigaciones sobre la lengua y el modo de vida de los pueblos nómades del Sahara. Con los años, De Foucauld llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente en la región, consultado por los jefes tribales y los generales franceses, algunos de los cuales habían sido sus camaradas en los años de la academia militar.

Con los años llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente indiscutido en la región.

Pero el 1 de diciembre de 1916, en un confuso episodio, cayó asesinado junto a su ermita en medio del desierto por un joven tuareg que se hizo pasar por el enviado del correo. La convulsión provocada por la primera guerra mundial en Europa había llegado hasta lo profundo de las colonias francesas en África y al provocar el enfrentamiento entre las tribus del desierto, el hilo se cortó por lo más delgado. 

De Foucauld no llegó a conocer ni siquiera un discípulo que continuara su camino y en tantos años en África apenas si bautizó a dos habitantes del desierto. Y si bien para muchos su historia puede resultar un poco extraña o desconcertante, décadas después innumerables hombres y mujeres en distintos países del mundo se sentirían inspirados por su testimonio y su deseo de gritar el evangelio con la vida.

A este hombre que anheló siempre la vida escondida de Nazaret se lo considera hoy uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX. Inspirador de más de veinte movimientos y asociaciones y miles de discípulos en todo el mundo, en 2005 fue beatificado por el Papa Benedicto XVI, y en 2020 será canonizado por el papa Francisco.

BOLETÍN SALESIANO – JULIO 2020