
Foucauld inacabado con Margarita Saldaña



CARLOS DE FOUCAULD, INSPIRADOR DE SUEÑOS
Los sueños de Francisco
Fratelli Tutti es una encíclica que invita con entusiasmo a participar en los grandes
sueños de Francisco: «Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la
misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno
con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos
hermanos» (FT 8). El Papa no se queda en el reducido círculo de los católicos, sino que
comparte sus sueños con toda la comunidad humana, convencido de que es necesario
aunar los esfuerzos de todas aquellas personas que portan en su corazón un «deseo
mundial de hermandad» (Id.).
En un mundo cerrado por las sombras, donde tanta gente yace herida al borde de los
caminos, «los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para
concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al prójimo, de manera que
algunas de nuestras doctrinas, fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de
desprecio, odio, xenofobia, negación del otro» (FT 282).
Entre las personas que han inspirado su pensamiento, Francisco menciona en primer
lugar a san Francisco de Asís, y a continuación cita tres personajes no católicos
comprometidos con la fraternidad universal: Martin Luther King, Desmond Tutu y
Gandhi (cf. FT 286). A modo de conclusión, añade inmediatamente:
«Pero quiero terminar recordando a otra persona de profunda fe, quien, desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos. Se trata del beato Carlos de Foucauld.
Él fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. En ese contexto
expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano, y pedía a un amigo: «Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos». Quería ser, en definitiva, «hermano universal». Pero solo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos. Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros. Amén» (FT 286-287).
Esta enjundiosa referencia a Carlos de Foucauld subraya la decisión papal de
canonizarle, una decisión confirmada en mayo de 2020 pero que hasta el momento no ha
podido realizarse como consecuencia de la situación sanitaria mundial.
¿Los sueños de Carlos de Foucauld?
Francisco apoya sus propios sueños en lo que él considera que fue «el sueño» de Carlos
de Foucauld: una entrega total a Dios vivida en la identificación con los más
abandonados; dicho de otro modo, ser «hermano universal» haciéndose «hermano de los
últimos».
Una lectura atenta de los numerosísimos escritos de Carlos de Foucauld deja ver que
él mismo utiliza escasamente el campo semántico de los sueños para expresar lo que le
habita, y nunca lo hace –ni en los escritos espirituales ni en la correspondencia– para
referirse a su deseo profundo de ser considerado «hermano universal». Sin ⁰,
Carlos es una persona movida permanentemente por la búsqueda de un «magis» quel
evoluciona a lo largo de su existencia hasta fundirse íntimamente con ese «minus» que le
fascinó desde el principio: «el último lugar».
Sus referencias explícitas a los sueños están más bien vinculadas a un ideal que
progresará con el tiempo: Nazaret. Al Padre Huvelin, su acompañante espiritual, le
confiesa desde Jerusalén, en octubre de 1898, cuando acaba de salir de la Trapa: Lo que
sueño en secreto, sin confesármelo a mí mismo, sin permitírmelo… lo que sueño
involuntariamente es algo muy sencillo y muy poco numeroso, que se parece a las
primeras comunidades de los primeros tiempos de la Iglesia… Algunas almas reunidas
para llevar la vida de Nazaret, vivir de su trabajo como la Sagrada Familia, practicando
las virtudes de Nazaret en la contemplación de Jesús. La historia mostrará que este sueño
tan querido para él no llegará jamás a realizarse durante su propia vida.
Perfil de un caminante
Varón, francés, aristócrata, militar, explorador, amigo,
trapense, ermitaño, sacerdote, lingüista, misionero,
hermano universal… Cada una de estas dimensiones dejará
sus huellas en la personalidad y en la santidad de Carlos de
Foucauld, nacido en Estrasburgo (Alsacia, Francia) en
1858 y asesinado en Tamanrasset (Argelia) en 1916. A los
seis años, él y su hermana Mimí se encuentran huérfanos
de padre y madre, pero son educados con gran cariño por sus abuelos maternos y viven
una infancia feliz. Carlos mantendrá a lo largo de toda su vida un vínculo muy estrecho
con su familia, manifestado en una amplísima correspondencia.
Después de haber perdido la fe durante la adolescencia y de ser expulsado del liceo de
los jesuitas en París, se embarca en una carrera militar de la que muy pronto se aburre.
Lleva una vida de cierto desenfreno durante un corto período, aprovechando la herencia
de una gran fortuna. Sin embargo, su espíritu curioso y aventurero le incita a realizar un
viaje de exploración en Marruecos, cuyos brillantes resultados le valdrán a su regreso el
más alto reconocimiento de la comunidad científica.
Intensa experiencia de Dios
La fe de los musulmanes que conoce durante este viaje le interpela profundamente. De vuelta a París, el
testimonio de ciertas personas inteligentes y
espirituales, especialmente su prima Marie de Bondy,
le mueve a acercarse a la Iglesia y a murmurar en lo
profundo de su corazón: Dios mío, si existes, haz que
te conozca. La relación con el Padre Huvelin, que se
onvertirá en su acompañante espiritual hasta la
muerte de éste, tendrá un peso fundamental en su
conversión, en su decisión de entregarse
completamente a Dios y en su deseo de identificarse
con Jesús en el «último lugar».
En Francia (1913) con su prima Marie de
Bondy y su amigo tuareg Ouksem
El itinerario interior de Carlos de Foucauld atraviesa parajes muy diversos, pero se
dirige siempre en una doble dirección: El amor a Dios y el amor a los hombres es toda
mi vida y será toda mi vida, espero (A Henry Duveyrier, Trapa de Nôtre-Dame des Neiges
24/04/1890). Carlos desea ardientemente imitar a Jesús de Nazaret, y durante siete años
busca su camino como trapense, unos meses en Francia, pero enseguida en un monasterio
en Siria.
Allí vive, quizá por primera vez en su vida, el encuentro real con los pobres de carne
y hueso. Ellos le harán notar una diferencia que será cada vez más insoportable para él:
Los pobres, a quienes Dios no da aquello que nos da con tanta generosidad a nosotros,
religiosos (alojamiento, comida abundante y regular, buen sueño, buenos vestidos,
buenas mantas), dan compasión (A Mimí, Siria, 6/02/1891). Esa compasión emerge de
una constatación espiritual muy profunda, que Carlos empieza a hacer en este momento
y que tendrá consecuencias radicales en su itinerario posterior: Los pobres son nuestros
hermanos: «amaos unos a otros, así verán que sois mis discípulos». Son Jesucristo
mismo: «Todo lo que haréis a uno de estos pequeños, me lo haréis a mí»» (A Mimí, Siria,
19/10/1891).
4
Camino de transformación
Antes de hacer su profesión solemne, Carlos sale de la Trapa una vez que se siente
confirmado por sus superiores en la llamada a una vida diferente. Primero busca su
camino en Tierra Santa, instalándose como mandadero de las clarisas de Nazaret. Más
tarde, siempre seducido por el misterio de la vida oculta de Jesús, Carlos será ordenado
sacerdote en 1901 y se dejará conducir al desierto del Sáhara, no para aislarse del mundo,
sino para compartir con los últimos el tesoro que ha transformado su existencia: la
presencia de Jesús. Mis últimos retiros de diaconado y de sacerdocio me mostraron que
esta vida de Nazaret, mi vocación, tenía que vivirla, no en la Tierra Santa, tan querida,
sino entre las almas más enfermas, las
ovejas más perdidas, más abandonadas.
Este divino banquete del que me convertía
en ministro, tenía que llevarlo, no a los
hermanos, a los parientes, a los vecinos
ricos, sino a los más cojos, los más
ciegos, los más pobres, las almas más
abandonadas y con menos sacerdotes.
(…) Una vida tan conforme como pudiera
con la vida oculta del Bienamado Jesús
de Nazaret» (A Monseñor Caron, Beni
Abbés 8/04/1905).
En Beni Abbés (1903) con Abd Iesu, un niño
rescatado de la esclavitud, y el Capitán de Susbielle
Fue orientando su sueño
Carlos aspira a vivir a fondo el encuentro con Dios y con todas aquellas personas que
habitan en el desierto. Entiende que su principal ministerio es la santificación personal,
la oración, el amor a Dios; a partir de ahí podrá dirigirse a los oficiales alejados de la
religión, a los soldados que llevan una vida desordenada, y a los musulmanes que no
conocen a Cristo, con el fin de hacerse amar por la virtud, la bondad y la caridad. Movido
por estos ardientes deseos, irá saliendo de un ideal de clausura todavía bien presente en
Beni Abbés (1901-1904) para abrirse a la itinerancia misionera que caracteriza la etapa
de Tamanrasset (1905-1916).
Una razón fundamental para salir de sus proyectos de vida eremítica será la mayor
utilidad a los demás. Me quedaré, o iré acá o allá, según sea más útil a las almas, dirá en




