Del 11 al 13 de marzo está previsto un encuentro organizado por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, en colaboración con la diócesis católica de Hong Kong y la Asociación Taoísta de Hong Kong. En la conferencia participarán creyentes y estudiosos cristianos y taoístas de varios países, entre ellos Hong Kong, la República Popular China, Francia, Italia y Taiwán.
Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano
Proporcionar una plataforma para que cristianos y taoístas «profundicen en su comprensión mutua, entiendan cómo la falta de armonía genera dolor y sufrimiento, y trabajen juntos para sanar el fragmentado mundo actual». Este es el objetivo del tercer Diálogo Cristiano-Taoísta, que se celebrará del 11 al 13 de marzo de 2024 en el Instituto Yuen Yuen de Hong Kong. Se trata de un evento organizado por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, en colaboración con la Diócesis Católica de Hong Kong y la Asociación Taoísta de Hong Kong.
Diálogo para cultivar una sociedad armoniosa
Creyentes y estudiosos cristianos y taoístas de varios países, entre ellos Hong Kong, la República Popular China, Francia, Italia, Taiwán, Corea del Sur, Malasia, Filipinas, Vietnam y Singapur, participarán en el encuentro, que se centrará en «Cultivar una sociedad armoniosa mediante el diálogo interreligioso». Las autoridades locales también estarán presentes en la sesión inaugural. Con el fin de contribuir a la construcción de una sociedad armoniosa», reza el comunicado del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, «los participantes reflexionarán sobre los siguientes temas: ‘Fundamentos escriturales cristianos y taoístas para cultivar una sociedad armoniosa’, ‘Cultivar la armonía a través del culto y la liturgia’, ‘Tao/el Camino y De/la Virtud en el diálogo y la práctica’, ‘La santidad en el taoísmo y el cristianismo’, y ‘Transmitir valores y creencias religiosas en un mundo globalizado'».
Al leer este importante artículo, que transcribo, renueva en mi el deseo, durante tantos años de docencia, de que la cultura religiosa llegue a las aulas como formación básica de todo ciudadano, especialmente en estos tiempos de interacción cultural. Esperemos que las autoridades académicas sean conscientes de esto y reorienten los planes académicos. He aquí el artículo editorial:
«A nadie le es ajeno el significado del término diálogo. Estamos muy acostumbrados a ejercer esta actividad de forma cotidiana. El diálogo es fundamental en nuestras vidas y sin él resulta prácticamente imposible la convivencia. No serán tantas las personas que, a primera vista, entiendan el significante interreligioso, pero después de adentrarse en este nuevo número de TH, serán capaces de comprender la dimensión de semejante palabra, más aún, de su importancia al unirse al término diálogo.
De entre todas las posibles vías de acercamiento al concepto diálogo interreligioso, hay una sobre todas que resalta por su importancia, por ser el fundamento de todas las demás; sin ella sería imposible un desarrollo adecuado de esta actividad. Nos estamos refiriendo a la acción educativa, ya que el diálogo interreligioso comienza por la educación.
No cabe duda de que la escuela se encarga cada vez más de fomentar la actividad del habla entre el alumnado, de consignar formas de comunicación entre los miembros de la comunidad educativa. Es un empeño que en los últimos tiempos protagonizan las leyes que regulan esta importante actividad de la sociedad. El diálogo está presente en las aulas, entre el profesorado, con las familias, se procura también que exista con la administración. Dialogar es tener presente que tan pronto se ejerce la función de emisor como la de receptor (en ambos casos de forma activa), para que pueda fluir la comunicación de manera significativa.
Volviendo al ámbito de la escuela y al segundo término que titula esta revista, se tiene presente el hecho religioso para poder estudiarlo, por su repercusión histórica, literaria, artística o social; las distintas asignaturas lo abordan por estar incluido en el desarrollo de sus saberes básicos. De entre todas ellas, la asignatura de Religión lo aborda de manera concreta y específica dentro del marco que ofrece la ley para su impartición católica, evangélica, judía y musulmana. Nuestro sistema educativo actual plantea esta materia de cuatro maneras diversas, discriminando al alumnado en función de la elección de las familias, que responden a sus creencias o intereses y dejando fuera a aquellas que no quieren saber nada de un estudio de lo religioso de carácter confesional. Esto ha llegado al extremo de dejar a sus hijas e hijos al margen, en un espacio al que la última ley ha dado en llamar, “atención educativa”, sin objetivos ni proyecto.
Hace tiempo que muchas y muchos pensamos que una materia sobre el hecho religioso encierra muchas posibilidades para el aprendizaje de una realidad humana que supera las fronteras y que se expande por todo el mundo. Lo evidente sería estudiar las distintas religiones desde una perspectiva cultural, pero se impone hacerlo solo de forma confesional.
El diálogo interreligioso solo será posible si cada una, cada uno, se abre a conocer no solo lo propio de su religión o tradición religiosa de su entorno, sino a las distintas maneras en las que el ser humano está tratando de encauzar su dimensión espiritual.
La escuela es un buen lugar para fundamentar las bases de este diálogo, que no son otras que las del conocimiento. Conocer nos lleva a acercarnos al semejante, conocer nos conduce a comprender su contexto, conocer nos acerca a entender su espiritualidad.
¿Para cuándo una clase de religión impartida de forma académica, con todas las características que tienen las demás asignaturas, que incluya el aprendizaje de las religiones, de las creencias e increencias, para que, teniendo un saber general sobre todo ello, se formen personas abiertas al diálogo, al diálogo interreligioso?»
El rebbe Menachem Mendel Schneerson es considerado uno de los rabinos más influyentes del siglo XX. Por su tumba en Nueva York pasan anualmente miles de personas. Sus enseñanzas rigen hoy a la relevante comunidad observante Jabad Lubavitch. Él no se consideraba Mesias, si bien sus seguidores creen que volverá o incluso que no murió. El primer viaje de Javier Milei como presidente electo, antes ha sido a Estados Unidos para agradecerle su bendición.
Actualmente el movimiento ha crecido un 200% desde 2001. Tiene numerosas sinagogas, y cuenta con 4.500 centros en todo el mundo, escuelas, centros de rehabilitación para adictos, hogares para discapacitados y sinagogas. Por disposición del presidente Jimmy Carter, en 1972, el día de su nacimiento se conmemora el Día Nacional de la Educación en los Estados Unidos. Bajo su inspiración, en las escuelas públicas se dedica un minuto a rezar al comienzo de la jornada.
El rebbe nop ha tenido sucesor porque creen que es iremplazable. Él guía sus directrices, sus enseñanzas y la inspiración. En vida había largas colas para visitarle. De 6.000 a 7.000 persomas cada día. A cada persona le daba una bendición y un dolar, para aumentar la bondad del mundo. A cambio, quien recibía un dolar tenia que destinar otro a la caridad. Su filosofía era que cuando dos personas se encuentran, el bien ha de repercutir en una tercera. Para Schneerson, «la vida no se trata solo de lo que puedes obtener, sino de lo que puedes dar». Esta frase encierra un importante mensaje sobre el propósito de la vida. Nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia no radica únicamente en lo que podamos obtener o acumular para nuestro propio beneficio, sino en la capacidad de dar y contribuir positivamente al mundo que nos rodea. Es en el acto desinteresado de ayudar a los demás, de ofrecer nuestro tiempo, energía y recursos para el bienestar común, que encontramos una plenitud que va más allá de cualquier logro personal. En resumen, la vida alcanza su máximo sentido cuando somos capaces de colocarnos al servicio de los demás y renunciar al egoísmo en pos de un bien mayor.
Nacido en la Rusia zarista en 1902 y miembro de una familia de rabinos, Menachem Mendel Schneerson huyó del país en 1928. Se casó ese año con su prima segunda, con la que no tuvo hijos, hija a su vez del líder de Jabad Lubavitch. La pareja pasó por Riga, Varsovia y París antes de instalarse en Nueva York.
El antecesor de Schneerson, su suegro, Iosef Itzjak Schneerson, estuvo a punto de ser asesinado por los nazis en Varsovia, en 1940, pero la presión internacional logró salvarle la vida. En 1950, al morir su suegro, quedó al frente de Lubavitch.
Tras dos años padeciendo una hemiplejia que paralizó su costado derecho y le afecto casi totalmente el habla, murió en 1994. Fue sepultado en el cementerio de Montefiore, debajo del Ohel, que en hebreo significa carpa. Desde entonces comenzó a ser venerado como una gran personalidad judía porque convirtió a un pequeño grupo jasídico -la corriente espiritual observante en la que abreva el Jabad- en uno de los movimientos más influyentes del judaísmo religioso. La ortodoxia de los jabadnikim, quienes integran el grupo, se manifiesta en la ropa. Al ser parte del judaísmo jasídico, usan ropa negra, abrigos largos y sombreros. Los hombres se dejan crecer la barba y la vestimenta de las mujeres les cubre las rodillas y los codos y no pueden exponer en público su cabello una vez que están casadas.
En el caso de los Lubavitch de Kfar Habad, una localidad en el centro de Israel, no hay duda. El gran rabino Menachem Mendel Schneerson, fallecido a mediados de los noventa y al que parte de sus seguidores consideran el Mesías en persona, lo dejó claro. No se debe siquiera contemplar la posibilidad de evacuar a judíos de lo que él consideraba la tierra prometida. Lo que dijo Schneerson es palabra de Dios en esta localidad, asentada sobre los restos de una antigua aldea palestina anterior a 1948. Los carteles con la imagen del supuesto mesías se pueden ver por todo Kfar Habad.
A diferencia de otros grandes rabinos, que se mantienen al margen del litigio entre israelíes y árabes, el de Lubavitch ha respaldado a los partidos de la derecha nacionalista en este país y se manifestó en contra de toda concesión territorial por la paz. Hace dos años, sus seguidores lanzaron una campaña mundial con el lema: «Preparaos para la llegada del Mesías», en alusión a su rabino, y su «muerte física», como dijo uno de sus discípulos, «no significa que lo sea y que volverá para redimirnos». El rabino de Lubavitch, al que sus Jasidim atribuyen innumerables milagros y al que han obedecido ciegamente, ha sido visto a menudo como un hereje por fomentar de hecho el culto de su persona, algo repudiado por los mitnagdim u opositores ortodoxos.
Es con una cierta emoción que me encuentro de nuevo con la Iglesia de Lyon. Es ella que me acogió, formó y envió en misión a Marruecos. Desde hace cerca de 40 anos, vivo en la Iglesia de Rabat donde descubrí el trabajo del Espíritu en un contexto cultural y religioso bien diferente de el que conocía. Pero es el mismo Espíritu que está trabajando por todas partes del mundo… Cuando la Iglesia de Lyon me ha invitado a hablarles, acepté esta demanda con alegría. En efecto, soy feliz de poder dar prueba ante ustedes de la vitalidad de la Iglesia que está en el Magreb en medio de los hermanos musulmanes. Y de compartir con ustedes sus sufrimientos, sus alegrías, y también su esperanza. No explicaré un panorama detallado de sus distintas actividades porque sería aburrido. Me propongo más bien hacerles descubrir su alma, el Espíritu que lo anima. Lo haré basándome en el testimonio del hermano Charles de Foucauld, ya que él vivió un método de misión renovado que enciende nuestra manera de ser cristiano hoy en un mundo musulmán. Y porque la Iglesia, al beatificarlo, nos lo propone como modelo, A partir de la experiencia espiritual del hermano Carlos, desarrollaré mi reflexión en tres ejes
– La Visitación y el encuentro con el otro,
– Como Jesús, escuchar y preguntar al otro,
– Ser, con Jesús, el «hermano universal».
1.- La Visitación y el encuentro con el otro
Charles de Foucauld, después de una larga estancia en Oriente, – en la Trapa de Akbés y en Nazaret -, desembarcó en el puerto de Argel en septiembre de 1901 con un amigo monje, se queda en la Trapa de Staouéli, fundada en 1843 en la región de Argel. Allí, el Padre de Foucauld reza delante de una imagen de la Virgen que representa a Marie que lleva, dentro de ella, a su niño, una imagen rara en la tradición cristiana… Después de una breve estancia en Argel, Charles de Foucauld se instala en Beni Abbés, cerca de la frontera marroquí. Allí, con mucho cuidado, construye una casa muy simple para vivir su fe, cerca de los habitantes de esta región, y poder acoger hermanos. Para decorar su oratorio, pinta, de sus propias manos, un cuadro representando al encuentro de María con su prima Isabel en la Visitación. Una elección significativa, vamos a verlo. Un segundo cuadro lo completará, representando a la Santa Familia. Estas dos escenas son como un resumen de su experiencia espiritual, vivida en Nazaret, y de su encuentro con la imagen de la Virgen en la Trapa. Están allí, cerca del tabernáculo delante del cual pasa largos momentos, cada día. Estos cuadros expresan lo que es su proyecto apostólico en Argelia: no busca ya la soledad, como en Oriente, quiere ahora dedicar su vida al encuentro del otro tomando como modelo a la Virgen en la Visitación.
Charles de Foucauld interpretará de distintas maneras este encuentro de María con Isabel en sus oraciones y sus escritos. Esta elección marcará su vida apostólica en Beni Abbés, luego en Tamanrasset. Y, después, el relato de la Visitación marcará profundamente la vida de las Iglesias del Magreb. En efecto, en estos países, los cristianos, y no solamente entre los discípulos directos de Charles de Foucauld, viven de este misterio, generalmente de una manera muy discreta. Afortunadamente, algunos de ellos han dejado huellas escritas de esta experiencia espiritual. Destaco a tres. El padre Peyriguère, por ejemplo, que ha vivido 30 años en el Atlas Medio marroquí, ocupándose de los enfermos de El Kebab y de la región, hace hincapié, en sus escritos espirituales, en la necesidad de estar habitado por Cristo,y vivir el vínculo entre sus múltiples encuentros de la vida diaria y el Visitación.
El padre Jean-Mohamed Abd-el-Jahí también. Este marroquí, musulmán, bautizada en 1928 y ordenado sacerdote en la orden franciscana, vivió su fe cristiana en el contexto difícil de la colonización. Con gran sensibilidad, experimentó, penosamente, en su carne, la falta de respeto de numerosos cristianos con los musulmanes. Siendo profesor en el Instituto católico de París, escribirá un libro que tiene por título «María y el Islam». En la última página de este libro, escribe: «El misterio maríano que, por excelencia, debe vivirse ante los musulmanes, es el de la Visitación». Es, en efecto, para el modelo de un encuentro verdadero profundamente respetuoso con el otro…
Es también el caso de Christian de Chergé. Durante la guerra de Argelia, este soldado francés fue salvado de la muerte por un amigo argelino, guarda forestal, que se sacrificó por él. Este acontecimiento orientará toda su vida. Ordenado sacerdote, elegirá consagrarse a los argelinos, será monje y prior de la Trapa de Tibherine y, a su vez, con sus hermanos monjes, dará su vida por este país. Él también meditó mucho y escribió sobre el Misterio del Visitación y el sentido de la presencia cristiana en el mundo musulmán. Entre sus textos sobre este tema, he aquí un fragmento de la homilía que pronunció en la fiesta de la Visitación, el 31 de mayo de 1993:
«La Iglesia vino en este país para una urgencia de servicio, o de presencia… Como María, lleva con ella al Emmanuel. Es su secreto. No sabe cómo decirlo. ¿Ha de decirlo? Y he aquí que a menudo, es el otro – el musulmán – que toma la iniciativa de saludar, como Isabel hablando la primera con la libertad del Espíritu del cual sabemos todo lo que puede manifestar de comunión profunda, más allá que todas las fronteras y diferencias. Entonces sale en nosotros también, una oración irresistible, la de un Magnificat.»
Estas pocas frases iluminan la misión de la Iglesia en el Magreb: como María, se pone en marcha, va al encuentro del otro con un espíritu de servicio. El encuentro se hace en casa del otro, como pasa con Isabel. La Iglesia debe pues hacer el camino que la conduce al otro. Y, como María, lleva en ella un misterio, está habitada por la presencia divina, un misterio que la sobrepasa y que debe vivir en el silencio y la contemplación… María, en camino, debía preguntarse qué iba a decir a su prima, cómo explicarle lo que le pasaba. No tenía palabras para decirlo… La Iglesia, tampoco, no tiene las palabras para expresar el misterio que vive. ¡Será siempre inexpresable! Cuando las dos mujeres se encuentran, una emoción muy intensa les estremece. Un estremecimiento de alegría que viene de los niños que llevan dentro, están sobrepasadas hasta cierto punto por el acontecimiento… María no dice nada, es Isabel que habla. En realidad, es el Espíritu que habla por ella, que le ayuda a encontrar las palabras que dan sentido. María se expresará a su vez. Es una oración de alabanza, de acción de gracias que brota de su corazón: «Mi alma exalta al Señor y mi espíritu se llena de alegría en Dios mi salvador». María era impulsada por el deseo de servir, un servicio bien concreto. Pero, porque está habitada por Cristo, el encuentro tomó una nueva dimensión, más allá de lo que podía imaginar…El corazón de la misión está aquí. Debo ir hacia el otro, a encontrarlo en su propio terreno, ponerme a su servicio. Y, si estoy habitado realmente por el Cristo, el encuentro alcanzará una plenitud que me sobrepasa y del que debo dar gracias.
Así pues, poco a poco, la Iglesia descubre que en la misión, lo que es primero, no es la conversión del otro, sino nuestra propia conversión. Debe vivir, simplemente, humildemente, el misterio que la habita. No tiene que imponerse. Debe sobre todo velar para no estorbar a Aquel que la vive ni el trabajo del Espíritu. Comprendo que lo que importa, no son mis palabras, sino las del otro, ya que me dicen lo que él vive, lo que lleva en él de humanidad, de proyectos, de esperanza… Es lo que debe atraer mi atención, lo que debo escuchar y acoger. A partir de eso, si el contexto es favorable, podemos dialogar más, ir avanzando… Tenemos, en efecto, cosas que decimos de nuestras experiencias espirituales. Christian de Chergé a menudo ha comentado este evangelio del Visitación para descubrir su riqueza y vivirlo con sus hermanos, en la Iglesia. Este año más concretamente, nosotros debemos acordarnos de este testimonio de nuestros hermanos monjes. En efecto, murieron hace diez años. Era el 26 de marzo de 1996, inmediatamente después de la fiesta de la Anunciación. Y 56 días más tarde, el 30 de mayo, en la víspera de la fiesta del Visitación, sus cabezas se encontraron… Vivieron durante 56 días una vida ocultada, de los que no se sabe nada, un tiempo de maduración, de gestación, que preparaba su verdadero «nacimiento», su encuentro con el Señor.
Su sacrificio es ciertamente la señal más fuerte que haya sido dirigida por las Iglesias del Magreb a nuestros hermanos musulmanes. Nos muestra que la parte fundamental de la misión no es tanto lo que podemos hacer o decir, sino nuestra calidad de vida, nuestra calidad de ser, nuestro amor ilimitado. Se situaron simplemente como «hombres de oración en medio de hombres de oración». Estaban habitados por el Cristo, su muerte hizo estremecer hasta el fondo, aquellos que venían a visitar…Su sacrificio y el otras hermanas y hermanos cristianos – conocidos y desconocidos – es un don de Dios a nuestra Iglesia. Hay también una luz que da sentido al sacrificio de numerosos cristianos que, cada día, humildemente, discretamente, dedican su vida al servicio de sus hermanos musulmanes. Charles de Foucauld tuvo, ante sus ojos, en su capilla, el cuadro del Visitación. De encuentro en encuentro, preparó el encuentro con su «Bien amado Señor Jesús». Él que gustaba de repetir: «vivir hoy como si debiera morir esta noche, mártir». Mostró y abrió este camino.
2.- Como Jesús, escuchar y preguntar al otro.
María, después de su encuentro con Isabel, ya lo hemos observado, escuchó las palabras pronunciadas por ésta. Estuvo atenta a lo que brotaba del corazón de su prima. Esta actitud corresponde a la que el mismo Jesús practicó y enseñó. En efecto el primer gesto público de Jesús, explicado por el Evangelio, se sitúa en Jerusalén, cuando, a los 12 años, se encuentra en medio de los doctores. Ahora bien, nos dice el texto: Jesús está allí, «escuchándolos y preguntándolos». Jesús no comienza por enseñar, por decir a sus hermanos humanos que deben hacer… Está allí, en una actitud de recepción, disponibilidad, escucha respetuosa: «suave y humilde de corazón». Escucha. Pregunta también. No como un funcionario que debe informarse, sino como un enamorado que quiere saber lo que vive el corazón del otro, que pretende comprenderlo, que quiere descubrir lo mejor del otro. Jesús ha consagrado el tiempo más largo de su vida a escuchar. Quería conocer su pueblo, sus miserias por supuesto, y también sus alegrías, su esperanza… A continuación, solo a continuación, hablará. ¡Lo hará incluso con autoridad, ya que sabe lo que hay en el corazón del hombre! En esta época, no se hablaba aún de diálogo… Pero sabemos hoy que esta actitud de escucha respetuosa es la primera condición. ¡Uno de los objetivos de! diálogo es, en efecto, descubrir lo que hay de bueno en el otro. Y, a partir de lo mejor, es posible intercambiar, compartir, enriquecemos mutuamente con nuestras experiencias espirituales. Ahora bien, podemos observar que Charles de Foucauld dedicó mucho tiempo a la escucha y al descubrimiento del otro. Ya, en su «Reconocimiento en Maruecos»- una «visita» de carácter científico -, por razones prácticas, había elegido ponerse en una situación de silencio. Al principio de su viaje, hablaba bastante mal el árabe dialectal y muy poco el berber. Y sobre todo, disfrazado en judío, no quería hacerse reconocer. Este silencio, obligado hasta cierto punto, le permitió observar muy atentamente el país y a sus habitantes. Es probablemente una de las razones de la calidad científica de su trabajo. Un trabajo que continúa siendo una obra de referencia sobre Marruecos de final del siglo XIX.
Anos más tarde, cuando Charles de Foucauld vuelve al Magreb, es por amor a sus amigos tuaregs que quiere conocer su lengua y su poesía, que los escucha y los pregunta detenidamente. Hace allí aún, un trabajo científico de gran cualidad: un diccionario de lengua tuareg de más de 2.000 páginas manuscritas y las recopilaciones de poesía berber. Sus motivaciones habían evolucionado. No tenía ya que salir de los problemas personales en los cuales aún estaba metido, en tiempos de su «Reconnaissance au Maroc»; había adquirido una gran libertad interior, una nueva capacidad de amar, de escuchar y preguntar. Aquellos trabajos saharianos son una expresión de su respeto por una cultura en la que reconoce, y quieren hacer conocer, las calidades, el valor. Son, por eso, una señal de su amor, de su deseo de conocer mejor a las personas para, según sus propias palabras, «convertirse uno de entre ellos»; como Jesús, por su Encarnación y su vida a Nazaret, pasó a ser uno entre nosotros. La calidad de estos trabajos científicos en realidad, aún hoy, los hace un instrumento indispensable para conocer la lengua y la poesía tuareg que expresa el alma profunda de este pueblo. Un alma preparada para estremecerse, si se la descubre.
En la actualidad, en el Magreb, entre otras formas de presencia, cristianos trabajan en centros de estudio, bibliotecas, para descubrir las distintas culturas de esta región, y para ponerse al servicio del desarrollo de los hombres. Estos centros culturales son lugares de encuentro privilegiados entre cristianos y musulmanes. Encuentros que se sitúan, deliberadamente, a nivel cultural, en el humanismo. No hay un humanismo sectario, pero abierto a intercambios sobre lo que da sentido a la vida, un humanismo disponible a intercambios en el ámbito religioso. Hago hincapié en esta dimensión humanista porque demasiado a menudo, me parece, se aborda a los Magrebíes poniendo sobre ellos la etiqueta «musulmán». Una etiqueta religiosa que funciona como un marco o un disfraz que no permite entender la riqueza y la complejidad de su historia, su vida social, su personalidad. En estos centros de estudio, tenemos como objetivo de encontrar al otro con toda su riqueza cultural. Una cultura que incluye una dimensión religiosa, ciertamente, pero a la cual no se la puede nunca reducirlo. ¡Es más que eso! La escucha del otro, acogerlo de tal como es, pide también que sepamos tomar el tiempo necesario para el encuentro y respetar las etapas. Tomando modelo de la paciencia divina: «Mil de años son para El como un día». Ya que Dios trabaja el corazón del hombre en profundidad, a lo largo del tiempo.
Cuando tengo la tentación de quemar etapas, pienso en el episodio del evangelio de Marcos que necesité tiempo para comprender. Jesús, nos dice el texto, para viajar al país de los Gerasenos, tuvo que cruzar el lago para llegar a la otra orilla. Durante la travesía sufre una fuerte tormenta, ir hacia los paganos remueve siempre muchas cosas. Allí, encuentra un hombre «poseído de un espíritu impuro». Jesús lo libera de este espíritu astuto, y, después de un momento pasado con él, Jesús se prepara para volver a salir y se incorpora a su barca. En ese momento, el Geraseno manifiesta el deseo de seguirle. Pero Jesús, viendo sus buenas disposiciones, le propone otro programa, le dice: «Ve a tu casa, con los tuyos, y explícales lo que el Señor ha hecho en ti y como se ha compadecido de ti» (Mc 5.19). Este hombre, si hubiera seguido a Jesús, habría podido ser testigo de su muerte, su resurrección, los dones del Espíritu, en una palabra, de la plenitud del misterio pascual… Pero Jesús lo devuelve a los suyos y le da una misión: dar testimonio de su curación y este encuentro que acaba de vivir… Lo mismo sucede con nosotros que debemos vivir el momento presente, con alegría, gratuidad, disponibilidad: el futuro sigue estando abierto, está en las manos de Dios.
Cuando Charles de Foucauld llegó al Magreb, tenía prisa en proclamar toda la Buena Noticia y bautizar… Pero, poco a poco, la escucha atenta de las personas entrevistadas y los años de estudios le han permitido conocer mejor al otro tal como es, con su historia y sus riquezas. El otro es un hermano, y es trabajado por el Espíritu. Debo encontrarlo, pero debo también respetar su propio camino espiritual hacia Dios. Ya que, como dice el profeta Isaías: «vuestros pensamientos no son mis pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos» (Is.55,8). Por ello Charles de Foucauld aprendió a vivir como «hermano universal».
3.- Ser con Jesús, el «hermano universal»
Eso no es espontáneo y no se hace sin un largo trabajo sobre uno mismo. Cuando se observa atentamente el texto del «Reconaissance au Maroc», se constata que el joven Vizconde de Foucauld utiliza aún un vocabulario que se caracteriza por el contexto cultural recibido en su educación. Sus juicios sobre los Marroquíes, musulmanes y judíos, son, a menudo, duros y severos… Su viaje a Marruecos se sitúa incluso en el mismo año del famoso discurso de Ernest Renán pronunciado en la Sorbona en el cual afirma, entre otras cosas, cito: «la nulidad intelectual de las razas que extraen solamente de esta religión (el Islam) su cultura y su educación»… Sin embargo. Charles de Foucauld, ya en esta época de su vida, consiguió retirarse de la mentalidad dominante. Abrir su corazón al otro, más allá de los prejuicios de raza y religión. Observamos que tuvo verdaderos amigos marroquíes como, por ejemplo, el Hadj Bou Rhim a quien rinde homenaje en su «Reconnaissance au Maroc»: «(usted) que con riesgo de su seguridad me ha protegido en el peligro, a quienes debo la vida, de quien el recuerdo lejano me llena de emoción… ¿Cómo expresarle mi agradecimiento?».
Y frecuentemente, en sus escritos, mencionará a sus amigos marroquíes con los cuales pretende conservar vínculos. Su rectitud fundamental le permitió admirar la fe de aquéllos que encontraba. En una carta enviada a su amigo Enrique de Castries, escribe: «el Islam produjo en mí una profunda convulsión. La vista de esta fe, de estas almas viviendo en la continua presencia de Dios, me hizo entrever alguna cosa más grande y de más verdadero que las ocupaciones mundanas». Estos creyentes musulmanes le ayudaron a redescubrir su propia fe…Noto que la experiencia del encuentro del otro y el diálogo, si se llevan bien, nos devuelven a nosotros mismos, nos obligan a trabajarnos a nosotros mismos, a ponernos en la búsqueda de la verdad, en búsqueda de la mirada de Dios. Y cuando se observa atentamente el vocabulario del Padre de Foucauld, así como su comportamiento, se descubre, con el paso de los años – más concretamente después de su conversión- una evolución hacia más respeto, más aprecio verdadero para con sus hermanos del Magreb y del Sahara. Ha debido operar -y tenemos aún a veces que hacer hoy- una verdadera purificación de la memoria para modificar su mirada sobre los otros y a sentirse y querer ser «hermano universal», como lo declaró, a partir de 1901. Una nueva fórmula, una nueva actitud, revolucionaria en esa época. Se traduce, en señales muy simples: así pide que le llamen «hermano Carlos» o «hermano Carlos de Jesús», sin título de reverencia. Pero ser hermano universal supone más que eso, es una conversión que se debe reanudar cada día…
Insisto en el trabajo intelectual de hermano Carlos. El Señor nos pide en efecto que hagamos esta parte de camino que podemos y debemos hasta nosotros mismos, con la inteligencia que nos dio. Pero eso no basta. Nuestro corazón también debe convertirse, abrirse al otro. Dejarse tocar, conmover, dejarse conducir, ir hacia otro y ser capaz de amar… Las largas horas pasadas, por el hermano Carlos, delante del tabernáculo le permitieron dejarse habitar por el corazón de Jesús, dejarse transformar por él, llegar a ser hermano universal. Es observando el Cristo en la cruz, especialmente aquél que el mismo pinta sobre el tabernáculo de su capilla. Y también en la celebración del sacrificio la misa y la comunión con el misterio pascual, que poco a poco pudo abrir, su corazón a las dimensiones del corazón de Cristo. Comprendió el amor universal de Jesús. Quiso imitarlo, se dejó transformar por él para convertirse en hermano universal. La toma de conciencia de esta exigencia de fraternidad va a conducirle a girarse en contra de las injusticias coloniales, de las cuales fue testigo. Tanto más cuando vienen de personas que se dicen cristianas y que toleran aún la esclavitud. Lo hará incluso con vehemencia:
«Desgraciados vosotros hipócritas que ponéis en los sellos y por todas partes: «Libertad, Igualdad, Fraternidad, Derechos humanos”, y que claváis los hierros de los esclavos… que permitís robar niños a sus padres y venderlos públicamente; que castigáis el robo de un pollo y permitís el de un hombre»…
El hermano Carlos no podía soportar de ver a sus hermanos del Sahara humillados, tratados con menosprecio. Se las tenía con estas personas, consideradas como «cristianas», que oscurecían el mensaje fraternal y liberador de Cristo. Un acontecimiento, vivido algunos años después de su intuición de hermano universal, me parece muy significativo para entender esta evolución. Estamos en 1908, Carlos de Foucauld tiene cincuenta años. Se internó aún más dentro del desierto, estableciéndose en Tamanrasset. Trabaja su monumental diccionario de la lengua Tuareg. Entonces, no llueve en Tamanrasset, desde hace dos anos. La gente vive en una gran miseria, Foucauld resume la situación en una frase brusca: «Las cabras están tan secas como la tierra y la gente tanto más que las cabras». La prueba se prolonga. Ya había distribuido a su entorno la comida y los medicamentos de los que disponía. Él mismo se debilita mucho y sufre de escorbuto. Sin embargo, se esfuerza en trabajar las once horas al día con el diccionario tuareg. Además, se aísla mucho. Desde hace once meses, solo ha recibido dos visitas de cristianos. No tiene pues correo, ni noticias. No puede, solo, celebrar la misa. Sufre mucho… Ni siquiera recibe ya la visita de sus vecinos, no teniendo ya nada que compartir con ellos… El cansancio se acumula… y el lunes 20 de enero de 1908, ni siquiera puede ya levantarse. Escribe entonces en su cuaderno: «Obligado de parar mi trabajo, Jesús, María, José, os doy mi alma, mi espíritu y mi vida». Se dispone a morir… Una persona lo descubre en este estado y alerta a sus vecinos que, tomando entonces conciencia de su estado y su deber de hospitalidad, se ponen en busca las cabras por toda la región. Encuentran algunas que tienen aún un poco de leche y, en un gran impulso de solidaridad, le salvan la vida. Gracias a esta comida y al afecto que descubre, Carlos de Foucauld, en algunas semanas, recobra las fuerzas y vuelve a trabajar.
Este 20 de enero de 1908, se produjo, pienso, una toma de conciencia en este hombre, pasando hasta cierto punto, de la muerte a la vida: quería ser «hermano universal» pero, en realidad, era aún el que acogía, el que distribuía comida y medicamentos, el que era capaz de realizar un diccionario que será útil a generaciones… Pero ahora los papeles se invierten. Es él que es acogido, es él que está en la necesidad y que recibe ayuda. No está ya en la situación del que tiene, que sabe y que da, sino en la de el que tiene necesidad de los otros y que acepta recibir… Ese día, experimentó y probablemente comprendió mejor el sentido de la fórmula: «hermano universal». Y lo vivirá, intensamente, hasta su último día. Ser hermano, es también aceptar ser querido, recibir del otro, lo que pide mucha humildad. Es más fácil, en efecto, y más agradable dar… El hermano Carlos acepta ahora recibir del otro una ayuda material, por supuesto, los testimonios de amistad también, pero aún más que eso…Hemos visto lo que recibió de sus hermanos musulmanes a partir de su «Reconnaissance au Maroc»; «El Islam ha producido en mí una profunda convulsión…» La fe de estos creyentes ha producido en él un estremecimiento, lo trastornó, lo puso sobre el camino de la búsqueda de Dios. El hermano Carlos también recibió del Islam el sentido de la grandeza de Dios. Varias veces en sus escritos, no duda en citar la expresión coránica “Allah Akbar». En la misma carta ya citada a Enrique de Castries, escribe: «Allah Akbar, Dios es más grande, más grande que todas las cosas que podemos enumerar; sólo El, después de todo, merece nuestros pensamientos y nuestras palabras». Y continua: ¡»Allah Akbar!» ¡La paz, la guerra pasan! Dios es mayor. Él que solo no pasa». Del mismo modo, en sus escritos, menciona en varias ocasiones: «el sentimiento contínuo de la presencia de Dios», una expresión típicamente musulmana de la cual se alimenta… El hermano Charles pues recibió, de sus hermanos musulmanes, valores espirituales que marcaron su vida. Lo sabe y lo reconoce. Se convirtió en su hermano. Aún hoy la Iglesia que está en el Magreb debe ser humilde y fraternal. No puede llegar con ideas demasiado hechas y certezas sin faltas… Debe también aceptar recibir. Para eso, debe vivir cercana a los musulmanes, escucharlos atenta y respetuosamente para descubrir y acoger el trabajo del Espíritu que la precede. Es cooperando con el trabajo del Espíritu que puede, hoy, caminar con los hermanos de estos países, y con ellos avanzar aún más: duc en altum…
Antes de concluir, he aquí dos reflexiones que me han iluminado mucho
• La primera es el fruto de un encuentro fraternal. El padre Peyriguère, este discípulo del hermano Carlos que mencionaba más arriba, ha vivido cerca de 30 años en El Kebab, al corazón del Atlas Medio, ocupándose de sus hermanos marroquíes. Había tejido, al compás de los años, fuertes lazos de amistad con numerosas personas, pero más concretamente con el Imam responsable de la mezquita cercana a su casa. Un día, este viejo amigo le dijo muy simplemente: «Tu eres cristiano, estás seguro de tener razón, yo soy musulmán, estoy seguro de tener razón. Pero, mira, lo importante es que nos podamos dar la mano muy fuerte, así, cuando estemos al otro lado, el que tenga razón estirará al otro…».(12) La fuerte amistad que los vinculaba les permitió encontrarse más allá de las certezas doctrinales bien afianzadas que podían separarlos. Convirtió los corazones disponibles. Avanzaron juntos, bajo la mirada de Dios, por la vía de la confianza. Un Dios «más grande que nuestro corazón». Más grande que nuestras ideas y nuestros proyectos.
• Después de la reflexión de un Imam, la de un Papa. Teniendo la oportunidad de participar en numerosas reuniones de la Conferencia episcopal del Norte de África, me acuerdo que, en uno de estos encuentros que se celebraba en Roma, en el curso de un intercambio muy libre, el Papa Juan Pablo II nos dijo: «La Iglesia es el sacramento del Reino, lo que se pide a un sacramento, es que sea signo, no que sea cantidad». Ser signo es más exigente que ser quantitat. Y el Papa repetía a cada visita: «Lo que la Iglesia vive en el Magreb es importante, viven algo de especifico que enriquece la mirada de la Iglesia». El hermano Carlos, desde su beatificación oficial por la Iglesia, se nos propone como un modelo que debe imitarse, como un «signo». La Iglesia que está en el Magreb se acuerda de su fuerte testimonio de «hermano universal» que eligió vivir intensamente el misterio de la Visitación y Nazaret; que llevó hasta el final con la donación de su vida. Se ha elegido a otros cristianos en el Magreb para ser signo, como él, hasta el martirio. Es una gracia para nuestras Iglesias. Y cada día los cristianos, muy discretamente generalmente, se esfuerzan, con su vida, en ser signo para sus hermanos musulmanes. Esta es la razón por la que esta Iglesia no es una Iglesia del silencio como algunos se imaginan, sino más bien una Iglesia del encuentro y del testimonio.
* Tal como anuncio en la introducción, he intentado presentarles el alma nuestras Iglesias, el Espíritu que las anima. Pero deseo decir, para acabar, que los cristianos que hacen la Iglesia en el Magreb distan mucho de ser a la altura de la misión que se les confía. Los encuentros débiles o superficiales son nuestro pan de cada día; los juicios que se hacen no son siempre fraternales; y nuestros esfuerzos de conocer las lenguas, la literatura, los hábitos, la historia son a menudo beligerantes, etc. Pero, a pesar de eso, el Señor que ve los corazones, los todos corazones, no solamente los que he citado, sabe que en nuestras Iglesias, las cristianas y los cristianos, habitados por Cristo, salen de su casa, van a casa de sus hermanos musulmanes y que se viven a veces encuentros maravillosos. Esta es la razón por la que esta Iglesia puede decir, en verdad: «Mi alma magnifica el Señor, exulta mi espíritu en Dios y en mi Salvador”. Amén
Las temperaturas agobiantes que experimentaron nuestros compañeros en esta época del año no han sido un obstáculo para ver la sala de conferencias del Cervantes de Tetuán al máximo de su aforo.
El esfuerzo conjunto realizado por el Instituto Cervantes a través de su Director el Profesor Francisco Oda Ángel y de la Coordinadora Docente Profesora Maria Angeles Garcia Collado junto con la Iglesia de Tánger, representada por su máxima autoridad, Mons. Emilio Rocha Grande, Administrador Apostólico han permitido al padre Rolando Ruiz Durán, sacerdote Javeriano de la Diócesis, manifestar la pasión -que le es propia- en el tema del diálogo intercultural y en lo específico en Charles de Foucauld commo ”Precursor contemporáneo” en lo a lo que se refiere este tema.
La asociación que escuchaba con gran atención ha podido descubrir la personalidad del santo proclamado recientemente, como un hombre capaz de estar en medio de la gente con una gratuidad total, simplemente porque cada persona existe en cuanto creatura. El Padre Rolando nos fue introduciendo cronológicamente hacia la percepción de un Charles de Foucauld como “el hombre de la fraternidad” que nos viene a decir de nuevo que, si no existe esta fraternidad universal deseada y vive en lo cotidiano, con cada persona que se nos presenta, con cada oportunidad que nos invitó a una nueva apertura -que no obstante coincide, con lo que ya sabemos o hemos aprendido hasta hoy-, nuestra a existencia corre un grave peligro, tal como podemos observar en nuestros días.
Las interesantes preguntas puestas por algunas personas presentes en la asamblea, enriquecieron todavía más el contenido del encuentro permitiendo al Padre Rolando de ampliar el tema y de ayudar a encontrar razones que generen nuevos caminos de convivencia y de presencia cristiana en Marruecos.
Melodía de fondo de este significativo momento cultural estivo, ha sido la Exposición Itinerante sobre Charles de Foucauld que permitió aún más a cada uno de los presentes identificarse con estos ideales que perfeccionan el camino de todo cristiano.
Al finalizar el encuentro con gran alegría y gratitud participamos del reconocimiento que el Instituto Cervantes ha querido brindarle a Fray Ángel Ramos
Charles de Foucauld pidió a un amigo: “Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos”. Tal vez sea esta una oración que podemos hacer nuestra.
El hermano Carlos vivió sesenta años antes del Concilio Vaticano II.
La noción de diálogo interreligioso tal como la escuchamos hoy en la Iglesia le era totalmente ajena. Aunque creo que fue un precursor de las propuestas del Concilio a la dimensión universal de la misión de la Iglesia. El proceso de diálogo entre los creyentes cristianos y los musulmanes como tal, no entraba en sus categorías. Vivió con la teología de su tiempo en el temor de unirse a los musulmanes para salvar “estas almas ignorantes” haciéndoles conocer a Cristo.
Además, desarrolló su ministerio en un contexto sociopolítico específico. Francia, en su día, extendió su imperio colonial sobre parte de África. Muchos creían en ese momento que estaba haciendo un trabajo civilizador y que podía brindar la educación necesaria para liberar a los pueblos colonizados de la pobreza y la ignorancia. El hermano Carlos se adhirió a este objetivo. Por tanto, no veía en el Islam de su tiempo una religión con consistencia propia, su historia, sus diversas corrientes con algunas de las cuales los cristianos pudieran dialogar.
Si bien el Islam había ejercido sobre él, en un determinado momento de su vida, una cierta fascinación y que el encuentro con los musulmanes constituía para él una etapa significativa en el camino de su conversión, estaría lejos de suscribir esta visión conciliar del Islam según la cual “La Iglesia mira con estima a los musulmanes que adoran al Único Dios, vivo, misericordioso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, que habló con los hombres…” (Nostra Aetate No. 3). Por tanto, no se sitúa en la problemática teológica del Concilio Vaticano II, que reconoce en las religiones no cristianas la presencia de “semillas de la Palabra” que pueden constituir una base para entablar un diálogo con los creyentes de otra religión.
Sin embargo, me parece que podemos considerar al hermano Carlos como un precursor del diálogo. Porque instituyó con las poblaciones musulmanas que conoció, en particular con los tuareg, un “diálogo de vida” que luego fue presentado por la encíclica “Ecclesiam Suam” del Papa Pablo VI en 1964 como base fundamental de cualquier diálogo: “No podemos salvar al mundo exterior; como la Palabra de Dios que se hizo hombre, debemos asimilar, en cierta medida, las formas de vida de aquellos a quienes queremos llevar el mensaje de Cristo … Debemos compartir usos comunes, siempre que sean humanos y honestos, especialmente los de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Antes incluso de hablar, es necesario escuchar la voz y más aún el corazón del hombre … Debemos hacernos hermanos de los hombres … El clima de diálogo es la amistad ”N ° 87.
Así, el hermano Carlos, dedicando toda su energía y gran parte de su tiempo a aprender el idioma de los tuareg cuya vida compartía, desarrollando conversaciones muy sencillas sobre las realidades de su vida diaria, abriéndose a ellos, la poesía, y así, al intentar comprender la genialidad de este pueblo, supo abrir, mediante el diálogo con sus anfitriones, un clima de confianza hasta el punto en que se convirtió para muchos en “un amigo”. Así demostró que la misión de la Iglesia es también la de suscitar hermanos, respetando las diferencias de cultura o religión, como lo hizo posteriormente la Iglesia en muchos países del planeta. fuerte de las propuestas del Concilio Vaticano II.
Por lo tanto, podemos reconocer, para los sacerdotes de la fraternidad sacerdotal Iesus Caritas que somos, que el hermano Carlos nos abrió una espiritualidad de diálogo que aún puede inspirarnos en los encuentros que vivimos no sólo con los musulmanes sino también con todos aquellos que no comparten nuestra fe. Así, el camino de diálogo que abrió con los tuareg se desdobló en varias figuras fundamentales:
Supo alejarse de todo para sumergirse en el país de otro. Llevó a cabo este movimiento que el Papa Francisco llama “una Iglesia en salida”. Quería ser acogido por estas personas y convertirse en la medida de lo posible en “uno de ellos”. E hizo del aprendizaje de su idioma una obra mística, porque fue para él la línea de la encarnación de Cristo en esta humanidad a la que vino a salvar.
Aunque su mayor deseo era que los musulmanes se convirtieran a la fe cristiana, nunca ejerció ninguna presión para lograr sus fines. Siempre respetó su libertad. En 1908, reconoció que no haría ninguna conversión y concluyó que probablemente no era la voluntad de Dios. Pero permaneció en medio de este pueblo tuareg en nombre de la alianza que había hecho con ellos, simplemente para avanzar en el camino de la hermandad con ellos.
Su objetivo: convertirse en amigo del otro. En una carta que dirigió a un corresponsal, caracterizó así el modo de relación que quería adoptar con los musulmanes que lo rodeaban: “Primero, preparar el terreno en silencio a través de la bondad, el contacto íntimo, ejemplo; amarlos desde el fondo de mi corazón, ser estimado y amado por ellos; De esta manera, romper prejuicios, ganar confianza, adquirir autoridad -esto lleva tiempo- para luego hablar en particular a los más dispuestos, con mucha cautela, poco a poco, de diversas maneras, dando a cada uno según lo que es capaz de hacer. para recibir. “. A falta de poder proclamar explícitamente el Evangelio, él personalmente quiso convertirse en presencia del Evangelio. Esto es lo que quiso decir cuando dijo que quería “clamar el Evangelio no con palabras sino con toda su vida”.
Pudo adaptarse a la mirada que Dios tiene sobre los musulmanes que conoció. No los vio primero como “infieles” o “incrédulos”, sino que, en su deseo de convertirse en un hermano universal, los consideró “hermanos amados, hijos de Dios, almas redimidas por la sangre de Jesús, almas amadas de Jesús ”
Manifestó el rostro de una Iglesia diaconal. No solo convivió con ellos, sino que también contribuyó, en la medida de sus posibilidades, a la mejora de sus condiciones de vida y al desarrollo de su país. Luchó contra la esclavitud, luchó contra las enfermedades, introdujo la medicina, nuevas técnicas agrícolas y medios de comunicación en este país tan pobre.
Siempre que pudo, abrió un diálogo espiritual con los musulmanes. Por supuesto, no se adhirió en absoluto a la doctrina del Islam. Pero reconoció en ella un punto en común con la fe cristiana: el doble mandamiento de amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Sobre esta base desarrolló numerosos diálogos con sus amigos musulmanes, mostrándoles en diversas circunstancias cómo este doble mando podía desplegarse en sus relaciones cotidianas.
Finalmente, y éste no es uno de los elementos menores del diálogo, hizo del misterio pascual el camino real del diálogo. Porque, contemplando constantemente la vida de Cristo en Nazaret, como él, tomó el camino de la humildad, de la pobreza, de la escucha y del morir a sí mismo en el encuentro con el otro. A lo largo de su vida ha manifestado que “no hay amor más grande que dar la vida por los que amas. “
Al presentarse a sí mismo como “un pionero”, nos mostró que el diálogo en la vida es parte integral de la misión de la Iglesia.