San Francisco de Asís y la frase sobre lo imposible que sigue siendo la más citada de su vida: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible»

Francisco de Asís
San Francisco de Asís y la frase sobre lo imposible.

Francisco María

Hay frases que flotan en el ambiente colectivo con una persistencia asombrosa. Las ves impresas en tazas de oficina, colgadas en corchos de despachos o adornando las primeras páginas de libretas en cualquier rincón del planeta. Entre todas ellas, una máxima destaca con luz propia por su capacidad de atravesar los siglos sin perder ni un ápice de pegada: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible». La cultura popular, los manuales de liderazgo y un sinfín de recopilaciones motivacionales se la atribuyen de manera casi automática a Francisco de Asís, aquel joven rico de la Umbría medieval que un día decidió despojarse de sus lujosas ropas en plena plaza pública para abrazar los caminos polvorientos de la sencillez radical.

Hay frases que flotan en el ambiente colectivo con una persistencia asombrosa. Las ves impresas en tazas de oficina, colgadas en corchos de despachos o adornando las primeras páginas de libretas en cualquier rincón del planeta. Entre todas ellas, una máxima destaca con luz propia por su capacidad de atravesar los siglos sin perder ni un ápice de pegada: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible». La cultura popular, los manuales de liderazgo y un sinfín de recopilaciones motivacionales se la atribuyen de manera casi automática a Francisco de Asís, aquel joven rico de la Umbría medieval que un día decidió despojarse de sus lujosas ropas en plena plaza pública para abrazar los caminos polvorientos de la sencillez radical.

Lo que descubrimos en los archivos y en los manuscritos

Indagar en los archivos originales y en las biografías primitivas escritas por compañeros contemporáneos como Tomás de Celano desata a veces debates ásperos entre historiadores y hagiógrafos rigurosos. Quienes investigan los manuscritos antiguos descubren con frecuencia que los textos más tempranos no recogen la cita con esa perfección gramatical de eslogan publicitario que hoy manejamos con tanta soltura en internet.Religiones

Aun así, la atmósfera moral que destila encaja como un guante con la biografía real de un hombre que empezó remangándose los hábitos para acarrear piedras y reparar con argamasa barata una ermita medio derruida, la humilde capilla de San Damián, sin sospechar en absoluto que su locura mística acabaría dinamitando los cimientos de la rígida jerarquía eclesiástica de su época.

La teología y el realismo psicológico de San Francisco

El verdadero imán de esta sentencia milenaria reside en su descarnado realismo psicológico, muy alejado de la grandilocuencia estéril. Vivimos permanentemente atascados entre metas descomunales que nos petrifican de miedo antes siquiera de ponernos los zapatos por la mañana.

Los discursos de productividad contemporáneos suelen obsesionarse con la planificación milimétrica, los cuadros de mandos y los golpes de efecto inmediatos, olvidando por completo que las mudanzas vitales profundas nacen siempre de limpiar el polvo del suelo que pisamos. El fraile de Asís, fiel a una intuición vital irreductible, proponía una escalera de peldaños muy sensata y terrenal. Primero hay que apagar los fuegos de lo urgente, resolver aquello que sangra en el metro cuadrado que nos ha tocado gestionar y que no tolera la más mínima demora.

Entramos poco a poco en lo que se considera posible

Superado el bache de lo estrictamente necesario, el campo de visión se ensancha de forma natural hacia el terreno de lo posible. Aquí es donde toca medir las fuerzas con honestidad brutal, evaluando de qué herramientas rudimentarias disponemos hoy, cuántas energías reales nos quedan en las piernas y qué podemos abarcar sin inventar castillos en el aire.

No sirve absolutamente de nada diseñar estrategias faraónicas si luego nos falta el pan de cada día o si flaquean los ánimos a la primera curva complicada. Se trata de exprimir el presente con rigor, doblando la espalda ante la tarea rutinaria, aceptando las propias limitaciones físicas y emocionales sin caer en el lamento constante, sabiendo que cada paso cuenta aunque parezca invisible ante los ojos ajenos.

Llega el salto final hacia lo imposible

Lo verdaderamente hermoso del proceso descrito por la frase es el salto final hacia lo imposible. Esa mutación no ocurre nunca por arte de magia tras firmar un plan estratégico en un despacho elegante con aire acondicionado, sino como una consecuencia imprevista, casi silenciosa, de la constancia terca.Renacer a Dios

Cuando uno encaja una pequeña pieza tras otra durante meses, o incluso durante años de trabajo gris y monótono, los límites de lo que considerábamos factible se desplazan solos sin pedir permiso a nadie. Lo que ayer parecía una muralla infranqueable se convierte de repente en un trámite superado con naturalidad, confirmando con creces que las grandes gestas de la historia humana rara vez nacen de planes geniales, sino de empezar barriendo el suelo sin mirar demasiado lejos y confiando en el valor del esfuerzo diario.

Conclusión

Atribuida habitualmente a San Francisco de Asís, la célebre frase «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible» encierra una profunda lección de realismo y constancia. Aunque los hagiógrafos debaten su origen documental exacto, su espíritu refleja fielmente la trayectoria del santo: alguien que comenzó reparando una modesta ermita con sus propias manos antes de transformar los cimientos de su época.

Lejos de la grandilocuencia o de la planificación estéril, la máxima propone una escala de peldaños muy sensata para combatir la parálisis ante las grandes metas. Primero se atienden las urgencias cotidianas; después, con los recursos disponibles, se aborda lo posible mediante el esfuerzo diario. La transformación hacia lo imposible surge de forma natural como consecuencia de esa constancia terca, demostrando que los grandes logros nacen siempre de la suma silenciosa de pequeños gestos cotidianos y humildes.

Fuente:https://okdiario.com/religion/san-francisco-asis-frase-sobre-lo-imposible-20375073

Asís, el desafío de la paz

Cuarenta años atrás San Juan Pablo II convocó a los representantes de las religiones del mundo para el rezar juntos por la paz en la estación de la “guerra fría”.

Decía el papa polaco: “Por primera vez en la historia, las iglesias y comunidades eclesiales cristianas y las religiones del mundo nos hemos congregado desde todas partes en este lugar sagrado dedicado a San Francisco para testimoniar ante el mundo – cada uno según sus propias convicciones – la naturaleza transcendente de la paz.”

Y agregaba: “La paz es una cantera abierta a todos y no solo a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una responsabilidad universal; se mantiene a través de miles de pequeños actos de la vida diaria.”

Una responsabilidad universal que la Comunidad de Sant’Egidio quiso tomar en sus manos, continuando con coraje y creatividad, aquel “espíritu de Asís” que había engendrado la profética intuición de Juan Pablo II. En este próximo 27 de octubre será León XIV a subir en la colina de Asís para pedir y buscar con las religiones mundiales aquella “paz desarmada y desarmante” que pide con fuerza y gran firmeza desde el comienzo de su pontificado. Las guerras y los conflictos como nos recuerda Andrea Riccardi, se eternizan y la lógica bélica parece haber borrado del panorama mundial la palabra paz.

Pero la construcción de la paz, como recordaba Juan Pablo II, es una responsabilidad personal que necesita ser ayudada también por las naciones. Aquella estructura tan vituperada por muchos políticos que es la Organización de las Naciones Unidas, puede todavía, con modificaciones oportunas, ser un instrumento de mediación de los conflictos y controversias que golpean a nuestro planeta y amenazan de forma permanente la convivencia humana.

Esta convivencia entre diferentes, entre diversos que goza nuestro país. El cardenal Koovakad, en su reciente visita a Buenos Aires ha hablado de un “espíritu de Buenos Aires” que se une a lo de Asís. Un talento, que come aquel de Asís, va gastado para que la paz y la cultura del encuentro pueda empapar todavía nuestra sociedad, a menudo desgarrada por la polarización.

El imperativo de la paz no es algo semejante a una piadosa exhortación sino requiere una urgencia para evitar el crecimiento de desigualdades sociales que son siempre la causa de posibles estallidos sociales.

La paz va garantizada en un trabajo diario de encuentro, de diálogo, de búsqueda de puntos en común, siempre en la perspectiva de la construcción del bien común, ajeno de intereses espurios.

A una semana de la visita de Papa León XIV, en la tarde del 1° de Noviembre, la Comunidad de Sant’Egidio en colaboración con la Comisión de Diálogo Ecuménico y Interreligioso de la Arquidiócesis de Buenos Aires reunirá todas las religiones para rezar por la paz en el Auditorio de la Paz de la Asociación laica budista Soka Gakkai. En esta oportunidad se ha lanzado un concurso de dibujos para niños, adolescentes de los colegios de todos los grados sobre el tema de la “paz desarmada”. Están todos invitados a la cantera de la paz.


 La casa de Carlos de Foucauld en el Sáhara, restaurada y a la espera de religiosos

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Monseñor Diego Sarrió espera que la visita del Papa al país hace unos meses contribuya a facilitar la llegada de religiosas

ACN-. Hay algo en el desierto que siempre ha atraído a quienes anhelan a Cristo. Desde los primeros monjes en Egipto, hombres y mujeres han abandonado las comodidades de la ciudad para encontrar a Dios en el desierto. Este mismo espíritu impulsó a San Carlos de Foucauld a abandonar su Francia natal para establecerse en Tamanrasset, en pleno Sahara, con el fin de ser testigo de Cristo entre los bereberes que vivían allí, fomentando buenas relaciones con la población musulmana local.

Años después, la casa de las Hermanitas del Sagrado Corazón de Charles de Foucauld en Tamanrasset ha sido restaurada, gracias al apoyo de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), aunque actualmente solo alberga a una religiosa. 

«La llamada a una presencia de religiosas en Tamanrasset sigue muy viva. La casa, reconstruida con el apoyo de ACN, está preparada y espera a las religiosas que deseen habitarla con una presencia fiel, humilde y abierta al encuentro en el corazón del desierto. Está lista para convertirse en un lugar de vida fraterna, sencilla y centrada en el Evangelio, al servicio de la comunión», afirma Mons. Diego Sarrió Cucarella.

«Paciencia y confianza» en medio de las dificultades

Podría parecer que pocas personas quisieran dejarlo todo para vivir casi aisladas en el Sáhara, en un país de mayoría musulmana. Sin embargo, el obispo explica que no faltan religiosas dispuestas; el problema es exclusivamente burocrático, ya que quienes han manifestado su deseo de ir no han podido obtener los visados necesarios.

«Ver surgir deseos sinceros de venir a compartir nuestra vida en el Sáhara y constatar después que no pueden hacerse realidad por razones administrativas nos causa un verdadero sufrimiento. En un contexto como el nuestro, marcado por equilibrios a veces delicados, aprendemos a vivir estas limitaciones con paciencia y confianza, sin dejar de mantener la esperanza» explica el obispo.

Frecuencia alegría: El lenguaje del alma

Fe Adulta

La música no es solo sonido. Es vibración. Y la vibración tiene el poder de mover lo que las palabras no alcanzan. Cuando dejas que el cuerpo escuche con cada célula, no estás bailando una melodía… estás liberando memorias, desbloqueando emociones, devolviéndole espacio al alma para que hable a través del movimiento. Cuando la alegría fluye, el corazón se expande, la mente se aquieta, el sistema nervioso se regula y la energía vital circula con ligereza. Bailar desde la alegría no es frivolidad, es medicina. Es recordar que estamos vivos. Es permitir que el latido encuentre su ritmo y que el alma, a través del cuerpo, diga: “Estoy aquí.”

La biblioteca de Nag Hammadi: el hallazgo que cambió la historia del cristianismo

Recreación del hallazgo de Nag Hammadi: un campesino egipcio con turbante y galabiya rompe con una azada una gran jarra de barro junto a una roca, al pie de un acantilado con cuevas funerarias, mientras dos jóvenes observan los códices encuadernados en cuero esparcidos por el suelo.

Recreación del momento en que Muhammad Ali al-Samman rompió la jarra al pie del Jabal al-Tarif, en diciembre de 1945. Dentro había 13 códices de papiro con 52 textos, la mayoría desconocidos, que llevaban más de 1.500 años enterrados. Crédito: recreación con IA – Red Histori

Marcelo Ferrando Castro

En diciembre de 1945, al pie de un acantilado del Alto Egipto, un campesino llamado Muhammad Ali al-Samman golpeó con su azada una jarra de barro enterrada. Dudó antes de romperla, porque temía que dentro hubiera un genio encerrado, pero acabó haciéndolo con la esperanza de encontrar oro. No había oro. Había 13 libros de papiro encuadernados en cuero, copiados en copto hacia mediados del siglo IV y escondidos allí durante más de 1.500 años.

Esos libros forman la biblioteca de Nag Hammadi, el hallazgo más importante para el estudio del gnosticismo y uno de los grandes descubrimientos de manuscritos del siglo XX, comparable a los rollos del mar Muerto, que aparecieron apenas un año y medio después. Contienen 52 tratados, de los cuales unos 40 eran completamente desconocidos. Entre ellos están el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Juan, los Apocalipsis de Santiago, Pablo, Pedro y Adán y una serie de tratados sobre el origen del mundo, el destino del alma y la naturaleza de Dios que los primeros cristianos habían leído y que la Iglesia había dejado de copiar.

Hasta entonces, los gnósticos solo se conocían por lo que contaban de ellos sus adversarios. Nag Hammadi les devolvió la voz y mostró que el cristianismo de los siglos II y III había sido mucho más diverso de lo que se creía, pero el camino entre la jarra rota y las ediciones publicadas fue largo y accidentado. Los códices pasaron por un asesinato y una venganza de sangre, el horno de una cocina campesina, el despacho de un sacerdote copto, las manos de anticuarios y contrabandistas, un instituto de psicología en Zúrich, una revolución, una guerra y casi 30 años de disputas académicas antes de que el mundo pudiera leerlos completos.

Este artículo cuenta esa historia, explica quién pudo esconder los libros y por qué y recorre el contenido de los 13 códices, uno por uno.

Índice:

Un acantilado junto al Nilo

El escenario del hallazgo es el Jabal al-Tarif, un acantilado de piedra caliza que se eleva sobre la orilla derecha del Nilo, a unos diez kilómetros al noreste de la ciudad de Nag Hammadi, en la provincia de Qena. Al pie del acantilado se extiende una franja de tierra de cultivo y en la roca se abren decenas de cuevas que se usaron como tumbas desde la época faraónica. Algunas datan del Imperio Antiguo, hace más de 4.000 años.

En la Antigüedad tardía, esta zona fue uno de los núcleos del primer monacato cristiano. A pocos kilómetros, al otro lado del río, estaba Shenesit, la antigua Chenoboskion, donde Pacomio, el fundador del monacato cenobítico, empezó su vida religiosa a comienzos del siglo IV. Algo más lejos se levantaban Tabennisi, donde fundó su primer monasterio hacia el año 323 y Pbow, que se convirtió en la sede central de la federación de monasterios pacomianos. Hacia mediados del siglo IV, la región estaba salpicada de comunidades de monjes que vivían, trabajaban y rezaban según una regla común.

Este contexto será decisivo para entender quién escondió la biblioteca. Pero en 1945 nadie pensaba en monjes. El valle era tierra de campesinos, los fellahin, que trabajaban los campos y buscaban al pie de los acantilados el sabakh, una tierra rica en nitratos que se usaba como fertilizante.

El hallazgo

La reconstrucción más detallada del descubrimiento se debe al estudioso estadounidense James M. Robinson, que en los años 70 viajó varias veces a la región, localizó a los protagonistas y los entrevistó. Su relato, con todas las reservas que impone basarse en recuerdos de 30 años antes, es el que se sigue habitualmente.

Según Robinson, a comienzos de diciembre de 1945, Muhammad Ali al-Samman, un campesino de la aldea de al-Qasr, fue con sus hermanos y otros hombres al Jabal al-Tarif a buscar sabakh. Junto a una gran roca caída, la azada golpeó una jarra de barro de aproximadamente un metro de altura, sellada con un cuenco. Muhammad Ali dudó en abrirla. Temía que contuviera un jinn, un espíritu, que escaparía al romperla, pero luego pensó que podía guardar oro y la rompió con la azada.

Dentro había libros. Muhammad Ali, decepcionado, los repartió con sus compañeros, que no mostraron interés, así que se los llevó a casa envueltos en su túnica. Algunas hojas sueltas de papiro, según contó, se dispersaron con el viento.

Una venganza de sangre

El destino de los códices quedó enredado en una tragedia familiar. Unos meses antes, el padre de Muhammad Ali, que trabajaba como vigilante nocturno de maquinaria de riego, había matado a un ladrón y había sido asesinado a su vez en represalia. Según la costumbre de la región, la familia estaba obligada a vengarse.

Poco después del hallazgo, la madre de Muhammad Ali les avisó de que el presunto asesino, un hombre de la aldea vecina de Hamra Dum, dormía junto al camino. Muhammad Ali y sus hermanos lo atacaron con las azadas y lo mataron. Según el relato recogido por Robinson, le arrancaron el corazón y se lo comieron, el acto supremo de la venganza de sangre.

El asesinato tuvo consecuencias para los manuscritos. La policía empezó a registrar la casa de la familia y Muhammad Ali, temiendo que encontraran los libros y los confiscaran, o que sirvieran de prueba contra él, decidió deshacerse de ellos.

El horno de la cocina

Antes de eso, sin embargo, parte de los papiros sufrió un destino peor. Muhammad Ali contó a Robinson que había dejado los libros en la casa junto al horno de barro donde su madre cocía el pan y que ella, sin conceder ningún valor a aquellos papeles viejos, usó algunas hojas para encender el fuego.

La historia se repite en casi todos los relatos del hallazgo, pero los especialistas dudan de su alcance. Es posible que se quemaran algunas hojas sueltas o los papiros que servían para rellenar las tapas, pero la mayoría de los códices se conservan casi completos y las lagunas que presentan se explican mejor por el deterioro natural y por el trato que recibieron después. En todo caso, el episodio forma parte de la leyenda de Nag Hammadi.

El sacerdote y el maestro

Para proteger los libros de los registros policiales, Muhammad Ali dejó al menos uno de los códices en casa de un sacerdote copto de al-Qasr, al-Qummus Basiliyus Abd al-Masih. El cuñado del sacerdote, Raghib Andrawus, que trabajaba como maestro itinerante de historia y lengua inglesa en las escuelas de la región, vio el libro durante una visita y sospechó que podía tener valor.

Raghib llevó el códice a El Cairo y lo mostró a un médico copto, que lo puso en contacto con el Museo Copto. El director del museo, Togo Mina, reconoció su importancia y el 4 de octubre de 1946 el museo adquirió el que hoy se conoce como Códice III. Fue el primero de la colección que llegó a manos de una institución pública.

Los demás códices siguieron otro camino. Muhammad Ali y otros vecinos los vendieron por cantidades insignificantes a comerciantes locales, que a su vez los revendieron en el mercado de antigüedades de El Cairo. La mayoría acabó en manos de Phocion Tano, un anticuario chipriota establecido en la capital. Otra parte pasó a una coleccionista italiana, Maria Dattari y a un comerciante belga, Albert Eid.

El largo camino hasta el museo

En 1947, un joven estudioso francés, Jean Doresse, examinó el Códice III en el Museo Copto y se dio cuenta de que contenía textos gnósticos desconocidos. Al año siguiente vio el lote de Tano y comprendió la magnitud del hallazgo. Doresse visitó la región de Nag Hammadi en 1950, intentó localizar el lugar exacto y publicó las primeras noticias del descubrimiento en la prensa francesa y en revistas especializadas.

El gobierno egipcio actuó para evitar que los códices salieran del país. En 1949 se prohibió su exportación y en 1952, tras un largo proceso, la colección de Tano fue declarada propiedad nacional y depositada en el Museo Copto. Tano recibió una compensación que él siempre consideró insuficiente. Las vicisitudes políticas de Egipto en esos años, con la revolución de 1952 que derrocó al rey Faruk y la crisis de Suez de 1956, retrasaron todavía más el estudio de los manuscritos.

El Códice Jung

Un códice se escapó. Albert Eid sacó de Egipto de contrabando la mayor parte del que hoy se conoce como Códice I y lo ofreció en venta en Estados Unidos y Europa. Durante un tiempo no encontró comprador. En 1952, el historiador neerlandés Gilles Quispel, que conocía el valor del manuscrito, convenció al Instituto Carl Gustav Jung de Zúrich para que lo comprara con fondos de un mecenas. El códice fue entregado al psicólogo suizo en una ceremonia el 15 de noviembre de 1953 y desde entonces se le conoce como Códice Jung.

Jung tenía un interés profundo por el gnosticismo. Veía en sus mitos, con sus caídas, sus emanaciones divinas y su búsqueda de la chispa interior, una expresión simbólica de los procesos del inconsciente y del camino hacia la individuación. Había leído con atención a los heresiólogos antiguos y había escrito incluso, en su juventud, un texto visionario en estilo gnóstico, los Siete sermones a los muertos, firmado con el nombre de Basílides, un maestro gnóstico de Alejandría.

El Códice Jung contenía, entre otros textos, el Evangelio de la Verdad, que fue el primer texto de Nag Hammadi publicado en edición completa, en 1956. El acuerdo de compra preveía que el códice regresara a Egipto tras su publicación y así ocurrió de forma escalonada entre 1961 y 1975. Hoy está en el Museo Copto con los demás.

Casi 30 años para publicar

La publicación de la biblioteca se convirtió en uno de los grandes escándalos académicos del siglo XX. Los textos estaban en manos de un pequeño número de especialistas y sus ediciones avanzaban muy despacio. Algunos investigadores tenían acceso a las fotografías y otros no y las disputas por los derechos de publicación se mezclaban con rivalidades personales y nacionales.

El Evangelio de Tomás se publicó en 1959, en una edición preparada por un equipo internacional y causó sensación. Pero en los años 60, más de 15 años después del hallazgo, la mayoría de los textos seguían inéditos.

La situación cambió gracias a la intervención de la UNESCO y del gobierno egipcio, que en 1970 crearon un Comité Internacional para los Códices de Nag Hammadi. El secretario permanente del comité fue James M. Robinson, profesor en Claremont, California, que dirigía un ambicioso proyecto de traducción y edición. Su estrategia consistió en publicar primero una edición facsímil de todos los códices, con fotografías de cada página, de modo que cualquier investigador pudiera trabajar con los textos sin depender de los editores oficiales. Los diez volúmenes del facsímil aparecieron entre 1972 y 1977.

En 1977, Robinson publicó además The Nag Hammadi Library in English, la primera traducción completa de todos los textos a una lengua moderna. Por fin, 32 años después de que Muhammad Ali rompiera la jarra, cualquier lector podía conocer la biblioteca entera. En español, la edición de referencia es la que dirigieron Antonio Piñero, José Montserrat Torrents y Francisco García Bazán, publicada por Trotta en tres volúmenes entre 1997 y 2000.

Cómo son los códices

Los códices de Nag Hammadi son libros, no rollos. El formato de códice, con hojas dobladas y cosidas, como un libro moderno, se había impuesto entre los cristianos desde muy pronto, mientras que la literatura pagana seguía usando el rollo. Los códices de Nag Hammadi son de papiro y están encuadernados en cuero, con solapas que se cerraban con tiras de piel, una encuadernación sorprendentemente sólida que explica en parte su buena conservación.

Hay 12 códices y ocho hojas sueltas de un decimotercero, que se encontraron dentro de la tapa del Códice VI. Las hojas suman en total más de 1.000 páginas, aunque muchas están dañadas. Contienen 52 tratados, pero algunos aparecen repetidos en varias copias, como el Apócrifo de Juan, que se conserva tres veces, de modo que el número de obras distintas ronda las 46. De ellas, unas 40 eran desconocidas antes del hallazgo.

Los textos están escritos en copto, la última fase de la lengua egipcia, que se escribía con el alfabeto griego más algunas letras tomadas del demótico. La mayoría están en sahídico, el dialecto del Alto Egipto, aunque algunos códices presentan rasgos de otros dialectos regionales. Casi todas las obras son traducciones de originales griegos, compuestos en los siglos II y III en ciudades como Alejandría, Antioquía o Edesa.

Los códices no fueron copiados por una sola mano. Los especialistas han identificado una docena de escribas distintos y los libros presentan diferencias de formato, de tamaño y de calidad que indican que no se produjeron como una colección unitaria. Algunos copistas dejaron notas personales. Al final de uno de los textos del Códice II, el escriba pide a sus hermanos que lo recuerden en sus oraciones. En el Códice VI, otro copista explica que ha copiado un discurso de entre los muchos que le han llegado y que duda si deben copiarse los demás, porque quizá sus lectores ya los tienen.

El secreto de las tapas

Una de las claves para fechar la biblioteca estaba escondida dentro de las encuadernaciones. Para dar rigidez a las tapas de cuero, los encuadernadores las rellenaban con papiros de desecho pegados en capas, lo que se llama cartonaje. Ese papiro reciclado incluía cartas, recibos, contratos y documentos administrativos que ya no servían.

Al despegar el cartonaje del Códice VII, los investigadores encontraron documentos con fechas de los años 341, 346 y 348. Los códices tuvieron que encuadernarse, por tanto, después del 348 y probablemente no mucho más tarde. Algunos de esos documentos mencionan nombres de monjes y términos propios de la vida monástica, lo que alimentó la hipótesis de que la biblioteca procedía de un monasterio.

Quién escondió la biblioteca y por qué

La pregunta de quién enterró los códices al pie del Jabal al-Tarif no tiene una respuesta segura, pero hay dos grandes hipótesis.

Los monjes pacomianos y la carta de Atanasio

La explicación más difundida relaciona la biblioteca con los monasterios pacomianos de la región y su argumento principal es una fecha. En el año 367, el obispo Atanasio de Alejandría, el gran defensor de la ortodoxia nicena, envió su 39.ª Carta Festal a las iglesias de Egipto. Estas cartas se escribían cada año para anunciar la fecha de la Pascua, pero Atanasio aprovechó esta para fijar la lista de los libros aceptados como Escritura. Es el primer documento conocido que enumera exactamente los 27 libros del Nuevo Testamento actual. La carta condenaba además los libros apócrifos, que los herejes habían inventado para engañar a los sencillos.

Según una de las biografías de Pacomio, Teodoro, el abad de Pbow, mandó traducir la carta al copto y la hizo colocar en los monasterios para que sirviera de norma. La hipótesis sugiere que algunos monjes, que conservaban en sus bibliotecas textos ahora prohibidos, decidieron esconderlos en lugar de destruirlos, quizá con la esperanza de recuperarlos más adelante. La jarra sellada y el lugar elegido, una zona de tumbas que nadie removía, encajarían con esa intención.

Los defensores de esta hipótesis, como Hugo Lundhaug y Lance Jenott en un estudio de 2015, señalan además que los monasterios pacomianos tenían bibliotecas y escribas, que los monjes leían una gran variedad de textos y que la frontera entre la ortodoxia y la herejía no estaba tan clara en el siglo IV como lo estaría después. Un monje podía leer el Evangelio de Tomás o el Apócrifo de Juan como literatura espiritual sin considerarse gnóstico.

Un coleccionista o una tumba

La hipótesis alternativa sostiene que la biblioteca no pertenecía a un monasterio, sino a uno o varios particulares, quizá un grupo de cristianos interesados en estos textos o un coleccionista culto. La heterogeneidad de los códices, copiados por manos distintas y con formatos diversos, sugiere una colección reunida poco a poco más que la producción organizada de un scriptorium monástico.

Algunos investigadores han propuesto también que los libros se enterraron como ajuar funerario, siguiendo una costumbre egipcia muy antigua de depositar textos religiosos junto a los muertos. El Jabal al-Tarif era una necrópolis y otros manuscritos cristianos de la época han aparecido en tumbas.

El debate sigue abierto. Lo que parece claro es que quien escondió la biblioteca lo hizo con cuidado, en un recipiente sellado y en un lugar elegido, y que valoraba esos libros lo suficiente como para preservarlos.

Los 13 códices, uno por uno

La biblioteca no está organizada temáticamente. Cada códice reúne textos de procedencias distintas y a menudo un texto setiano aparece junto a uno valentiniano o a uno sin relación con el gnosticismo.

CódiceTextos principales
I (Jung)Oración del apóstol Pablo, Apócrifo de Santiago, Evangelio de la Verdad, Tratado sobre la resurrección, Tratado Tripartito
IIApócrifo de Juan, Evangelio de Tomás, Evangelio de Felipe, Hipóstasis de los arcontes, Sobre el origen del mundo, Exégesis sobre el alma, Libro de Tomás el Contendiente
IIIApócrifo de Juan, Evangelio de los egipcios, Eugnosto el bienaventurado, Sofía de Jesucristo, Diálogo del Salvador
IVApócrifo de Juan, Evangelio de los egipcios
VEugnosto el bienaventurado, Apocalipsis de Pablo, Primer y Segundo Apocalipsis de Santiago, Apocalipsis de Adán
VIHechos de Pedro y los doce apóstoles, El trueno: mente perfecta, Enseñanza autorizada, fragmento de la República de Platón, tres textos herméticos
VIIParáfrasis de Sem, Segundo tratado del gran Set, Apocalipsis de Pedro, Enseñanzas de Silvano, Tres estelas de Set
VIIIZostriano, Carta de Pedro a Felipe
IXMelquisedec, Pensamiento de Norea, Testimonio de la verdad
XMarsanes
XIInterpretación del conocimiento, Exposición valentiniana, Alógenes, Hipsifrone
XIISentencias de Sexto, fragmentos del Evangelio de la Verdad
XIIIProtennoia trimorfa, comienzo de Sobre el origen del mundo

Códice I: el códice valentiniano

El Códice Jung es el más homogéneo de la colección. Casi todos sus textos proceden de la escuela de Valentín. Abre con una breve Oración del apóstol Pablo, escrita en la guarda del libro, y sigue con el Apócrifo de Santiago, una carta en la que Santiago cuenta una revelación que Jesús les hizo a él y a Pedro 550 días después de la resurrección.

El texto más célebre del códice es el Evangelio de la Verdad, una meditación poética sobre cómo la ignorancia del Padre produjo el error y la angustia y cómo Jesús vino a disiparlos con el conocimiento. Su estilo es tan elevado que muchos investigadores lo atribuyen al propio Valentín. Completan el códice el Tratado sobre la resurrección, también llamado Carta a Reginos, que defiende una resurrección espiritual que ya se ha producido para quien posee el conocimiento, y el Tratado Tripartito, la exposición sistemática más extensa de la teología valentiniana.

Códice II: el más famoso

El Códice II es el más conocido de la biblioteca, porque reúne algunos de sus textos más influyentes. Abre con la versión larga del Apócrifo de Juan, el gran mito setiano sobre el origen del mundo, en el que Cristo revela al apóstol Juan cómo Sofía dio origen al Demiurgo Yaldabaot y cómo este creó el mundo y a la humanidad.

Le sigue el Evangelio de Tomás, una colección de 114 dichos de Jesús que comienza afirmando que son las palabras secretas que pronunció Jesús el viviente y que escribió Dídimo Judas Tomás. Muchos dichos tienen paralelos en los evangelios canónicos y algunos investigadores consideran que ciertas versiones podrían ser incluso más antiguas. Otros, como el que promete que quien encuentre la interpretación de estas palabras no probará la muerte, revelan una orientación propia.

El Evangelio de Felipe, a continuación, es una antología de reflexiones valentinianas sobre los sacramentos, entre ellos el misterioso rito de la cámara nupcial. Contiene el pasaje, dañado por una laguna en el papiro, que describe a María Magdalena como la compañera de Jesús, a quien él amaba más que a todos los discípulos y a quien besaba a menudo. La palabra que falta en el papiro, en el lugar donde Jesús besaba a María, ha dado lugar a ríos de tinta.

El códice incluye además la Hipóstasis de los arcontes, un relato del origen de los poderes que gobiernan el mundo, Sobre el origen del mundo, la Exégesis sobre el alma, que narra la caída y la redención del alma como una mujer prostituida que vuelve a su esposo celestial y el Libro de Tomás el Contendiente, un diálogo ascético entre Jesús y Tomás.

Códices III y IV: las otras copias

El Códice III, el primero que llegó al Museo Copto, contiene la versión breve del Apócrifo de Juan, el Evangelio de los egipcios, también llamado Libro sagrado del gran Espíritu invisible, una obra setiana que no tiene relación con el evangelio del mismo nombre citado por Clemente de Alejandría. Incluye también dos textos muy interesantes para entender cómo se formaron los escritos gnósticos: Eugnosto el bienaventurado, un tratado filosófico sobre el mundo divino sin ningún elemento cristiano y la Sofía de Jesucristo, que reproduce casi el mismo contenido en forma de diálogo entre Cristo resucitado y sus discípulos. La comparación entre ambos muestra cómo un texto filosófico podía cristianizarse convirtiéndolo en una revelación de Jesús. El códice termina con el Diálogo del Salvador.

El Códice IV, muy dañado, contiene otra copia de la versión larga del Apócrifo de Juan y otra del Evangelio de los egipcios.

Códice V: el códice de los apocalipsis

El Códice V reúne cinco revelaciones. Después de una segunda copia de Eugnosto, contiene el Apocalipsis de Pablo gnóstico, en el que el apóstol asciende hasta el décimo cielo y se enfrenta a un anciano que representa al Demiurgo. Siguen los dos Apocalipsis de Santiago, el primero un diálogo entre Jesús y su hermano sobre el ascenso del alma y el segundo un discurso de Santiago en el templo que termina con su lapidación. El códice cierra con el Apocalipsis de Adán, en el que Adán revela a su hijo Set la historia futura de la humanidad y la venida de un iluminador.

Códice VI: la sorpresa

El Códice VI es el más variado de la biblioteca y el que más sorprendió a los investigadores. Abre con los Hechos de Pedro y los doce apóstoles, un relato en el que los apóstoles encuentran a un misterioso vendedor de perlas que resulta ser Cristo.

Contiene a continuación uno de los textos más enigmáticos de toda la colección, El trueno: mente perfecta, un poema en el que una voz femenina se define a través de paradojas: es la primera y la última, la honrada y la despreciada, la prostituta y la santa, la esposa y la virgen. No menciona a Cristo ni contiene ningún mito gnóstico reconocible y su clasificación sigue siendo un misterio.

El códice incluye además un fragmento de la República de Platón, el célebre pasaje del libro IX que compara el alma humana con una criatura compuesta de un monstruo de muchas cabezas, un león y un hombre. La traducción copta es tan torpe que el traductor no parece haber entendido bien el original. Cierran el códice tres textos herméticos, atribuidos a la tradición de Hermes Trismegisto: un diálogo sobre la Ogdóada y la Enéada, una oración de acción de gracias y un fragmento del tratado Asclepio, conocido antes solo en latín. Ninguno de estos textos es gnóstico en sentido estricto, lo que demuestra que quien reunió la biblioteca tenía intereses amplios.

Códice VII: los textos setianos

El Códice VII, el de las fechas del cartonaje, contiene varios textos setianos: la Paráfrasis de Sem, el Segundo tratado del gran Set y las Tres estelas de Set, una serie de himnos para el ascenso del alma. Incluye también el Apocalipsis de Pedro gnóstico, que presenta a un Jesús que ríe en lo alto mientras crucifican a su parte carnal y las Enseñanzas de Silvano, una colección de consejos morales de tradición cristiana alejandrina sin rasgos gnósticos.

Códices VIII a XIII: los tratados filosóficos

Los últimos códices están peor conservados, pero contienen textos de gran interés. El Códice VIII incluye Zostriano, un largo tratado sobre el ascenso del alma por los niveles del mundo divino, y la Carta de Pedro a Felipe, también conservada en el Códice Tchacos. El Códice IX contiene Melquisedec, el Pensamiento de Norea y el Testimonio de la verdad, que ataca con dureza a los cristianos de la gran Iglesia. El Códice X conserva solo Marsanes, otro tratado filosófico setiano.

El Códice XI reúne dos textos valentinianos, la Interpretación del conocimiento y la Exposición valentiniana, acompañada de breves fragmentos sobre los ritos de la unción, el bautismo y la eucaristía, y dos textos setianos, Alógenes y Hipsifrone. El Códice XII contiene las Sentencias de Sexto, una colección de máximas morales muy popular entre los monjes y fragmentos de otra copia del Evangelio de la Verdad. Las ocho hojas del Códice XIII conservan la Protennoia trimorfa, un himno setiano en el que el Pensamiento divino desciende tres veces al mundo, y el comienzo de Sobre el origen del mundo.

Zostriano y Alógenes tienen una historia especial. Porfirio, el discípulo de Plotino, cuenta en su biografía del filósofo que algunos cristianos del círculo romano de su maestro, hacia el año 260, leían revelaciones atribuidas a Zostriano y a Alógenes y que la escuela de Plotino escribió refutaciones contra ellas. Hasta 1945 eran solo títulos. Nag Hammadi demostró que los gnósticos y los neoplatónicos habían debatido sobre los mismos textos.

Qué cambió con Nag Hammadi

El hallazgo de Nag Hammadi transformó el estudio de los orígenes del cristianismo en varios sentidos.

El primero fue que, por fin, los gnósticos hablaban por sí mismos. Los textos confirmaron que los heresiólogos como Ireneo habían descrito con bastante precisión algunos mitos, pero también mostraron que su imagen era parcial. Los gnósticos no eran solo especuladores excéntricos con mitologías absurdas. Muchos de sus textos son profundamente espirituales, con una calidad literaria y una seriedad filosófica que sus adversarios nunca reconocieron.

El segundo fue que el cristianismo primitivo resultó mucho más diverso de lo que se creía. Durante siglos se había pensado que existía una doctrina original de la que los herejes se habían desviado. Los textos de Nag Hammadi mostraron que, en los siglos II y III, distintos grupos se consideraban igualmente cristianos, leían los mismos evangelios de formas muy diferentes y producían su propia literatura. La ortodoxia no fue el punto de partida, sino el resultado de un largo proceso de debate y selección.

El tercero fue el Evangelio de Tomás, que abrió un debate que sigue vivo sobre los dichos de Jesús. Su forma, una colección de dichos sin narración, coincide con la que los investigadores atribuían a la fuente hipotética Q, utilizada por Mateo y Lucas. Algunos especialistas, como los del llamado Seminario de Jesús en Estados Unidos, lo consideraron una fuente tan valiosa como los evangelios canónicos para conocer al Jesús histórico. Otros lo consideran un texto tardío que depende de ellos. La discusión ha generado una bibliografía enorme.

El cuarto fue su impacto cultural. El libro Los evangelios gnósticos, publicado por Elaine Pagels en 1979, presentó al gran público los textos de Nag Hammadi como testimonio de un cristianismo alternativo, más abierto a la experiencia personal y al papel de las mujeres y se convirtió en un éxito de ventas. Desde entonces, la biblioteca ha inspirado novelas, películas y movimientos espirituales, aunque generalmente con interpretaciones que los especialistas consideran simplificadoras.

Nag Hammadi se descubrió además en el mismo momento histórico que los manuscritos del mar Muerto, hallados en Qumrán a partir de 1947. Ambos descubrimientos, uno para el judaísmo del Segundo Templo y otro para el cristianismo primitivo, cambiaron en una sola generación lo que se sabía sobre los orígenes de las dos religiones.

Artículos relacionados con textos gnósticos

Fuentes y bibliografía

Ediciones y traducciones:

Estudios sobre el hallazgo y la colección:

  • Doresse, Jean. The Secret Books of the Egyptian Gnostics. Londres: Hollis & Carter, 1960.
  • Goodacre, Mark. «How Reliable Is the Story of the Nag Hammadi Discovery?». Journal for the Study of the New Testament 35 (2013), pp. 303-322.
  • Lundhaug, Hugo y Jenott, Lance. The Monastic Origins of the Nag Hammadi Codices. Tubinga: Mohr Siebeck, 2015.
  • Robinson, James M. The Nag Hammadi Story. 2 vols. Leiden: Brill, 2014.
  • Robinson, James M. «The Discovery of the Nag Hammadi Codices». Biblical Archaeologist 42 (1979), pp. 206-224.
  • Scholer, David M. Nag Hammadi Bibliography. Leiden: Brill, 1971-2009.

Estudios sobre el gnosticismo y los textos:

  • Brakke, David. The Gnostics: Myth, Ritual, and Diversity in Early Christianity. Cambridge: Harvard University Press, 2010.
  • Jonas, Hans. La religión gnóstica. Madrid: Siruela, 2000.
  • King, Karen L. What Is Gnosticism? Cambridge: Harvard University Press, 2003.
  • Markschies, Christoph. Gnosis: An Introduction. Londres: T&T Clark, 2003.
  • Pagels, Elaine. Los evangelios gnósticos. Barcelona: Crítica, 1982.
  • Rudolph, Kurt. Gnosis: The Nature and History of Gnosticism. San Francisco: Harper & Row, 1983.
  • Williams, Michael A. Rethinking «Gnosticism». Princeton: Princeton University Press, 1996.

Preguntas frecuentes sobre la Biblioteca de Nag Hammadi

¿Qué es la biblioteca de Nag Hammadi?

Es una colección de 13 códices de papiro en copto, con 52 tratados, descubierta en diciembre de 1945 cerca de la ciudad de Nag Hammadi, en el Alto Egipto. Los códices se copiaron hacia mediados del siglo IV, aunque la mayoría de los textos se compusieron en griego en los siglos II y III. Contiene sobre todo textos gnósticos, como el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe y el Apócrifo de Juan, además de textos herméticos y un fragmento de Platón.

¿Quién encontró los manuscritos de Nag Hammadi?

Un campesino llamado Muhammad Ali al-Samman, que buscaba fertilizante con sus hermanos al pie del acantilado de Jabal al-Tarif. Encontró una jarra de barro sellada con los códices dentro. La reconstrucción más detallada del hallazgo se debe al investigador estadounidense James M. Robinson, que entrevistó a los protagonistas en los años 70.

¿Dónde están hoy los códices de Nag Hammadi?

En el Museo Copto de El Cairo. El Códice III fue el primero en llegar, en 1946. La mayoría de los demás se confiscaron a un anticuario y se declararon propiedad nacional en 1952. El Códice I, que salió de Egipto de contrabando y fue comprado por el Instituto Jung de Zúrich, regresó al museo entre 1961 y 1975.

¿Quién escondió la biblioteca de Nag Hammadi?

No se sabe con certeza. La hipótesis más difundida atribuye el escondite a monjes de los monasterios pacomianos de la región, que habrían ocultado los libros tras la carta del obispo Atanasio del año 367 que condenaba los apócrifos. Otros investigadores piensan que la colección pertenecía a particulares o que se enterró como ajuar funerario en una tumba.

¿Qué textos se encontraron en Nag Hammadi?

Entre los más conocidos están el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Juan, la Sofía de Jesucristo, los dos Apocalipsis de Santiago, los Apocalipsis de Pablo, Pedro y Adán, Zostriano, Alógenes y El trueno: mente perfecta. La colección incluye también textos herméticos, las Sentencias de Sexto y un fragmento de la República de Platón.

¿Qué relación tiene Nag Hammadi con los manuscritos del mar Muerto?

Ninguna directa. Los manuscritos del mar Muerto se encontraron en Qumrán, en Palestina, a partir de 1947, y son textos judíos de entre el siglo III a.C. y el siglo I d.C. Los de Nag Hammadi son textos cristianos y gnósticos de los siglos II al IV, encontrados en Egipto. Los dos hallazgos se produjeron casi a la vez y ambos transformaron el estudio de los orígenes del judaísmo y del cristianismo.

¿Se pueden leer los textos de Nag Hammadi en español?

Sí. La edición de referencia es Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, dirigida por Antonio Piñero, José Montserrat Torrents y Francisco García Bazán y publicada por la editorial Trotta en tres volúmenes entre 1997 y 2000. Incluye la traducción de todos los textos con introducciones y notas.

Fuente: https://redhistoria.com/nag-hammadi/

La Tierra podría ser menos común de lo que se creía, dice investigador del Observatorio Vaticano

El Papa León XIV visita la Specola Vaticana (Observatorio Vaticano) en Castel Gandolfo el 20 de julio de 2025. El Observatorio Vaticano es una institución de investigación y enseñanza de la astronomía...

El Papa León XIV visita la Specola Vaticana (Observatorio Vaticano) en Castel Gandolfo el 20 de julio de 2025. El Observatorio Vaticano es una institución de investigación y enseñanza de la astronomía que cuenta con el apoyo de la Santa Sede. | Crédito: Simone Risoluti – Vatican Media, vía Vatican Pool/Getty Images.

Por Emma R.C. Lyons

Un investigador del Observatorio Vaticano afirmó que, según la astronomía moderna, la Tierra podría ser mucho menos común de lo que los científicos creían. Señaló que décadas de investigación han revelado un universo poblado de mundos diversos, en lugar de innumerables planetas similares a la Tierra capaces de albergar vida inteligente.

“Desde la perspectiva de la astronomía moderna, la Tierra no es un lugar común. Eso no significa que no haya otros planetas como la Tierra en alguna parte del universo, pero ciertamente el universo no está lleno de mundos como la Tierra”, dijo Christopher Graney, investigador adjunto del Observatorio Vaticano, a Veronica Dudo, presentadora de EWTN News Nightly, el 2 de octubre.

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En su nuevo libro A Universe of Earths: Our Planet and Other Worlds, Copernicus to NASA (Un universo de Tierras: nuestro planeta y otros mundos, de Copérnico a la NASA), publicado por Oxford University Press en 2026, Graney invita a los lectores a considerar la Tierra en el contexto de la inmensidad del universo.

Durante buena parte de la historia moderna, los astrónomos creyeron que la Tierra no tenía nada de especial y que el universo estaba poblado de muchos mundos semejantes a ella, explicó Graney. Sin embargo, el investigador refuta esa idea y propone una visión más realista de nuestro sistema solar.

“No hace mucho, al menos en términos de la historia de la Iglesia, los astrónomos pensaban que la Tierra era un lugar muy común”, dijo. “Creían que había muchos lugares como la Tierra. Esto se encuentra especialmente en escritos históricos del siglo XIX”.

Por ejemplo, el jesuita Angelo Secchi, astrónomo italiano pionero del siglo XIX y considerado uno de los fundadores de la astrofísica, apoyaba la idea de que el universo contenía muchos mundos habitados. Escribió que las estrellas eran soles que distribuían “vida y bondad” a “innumerables seres bendecidos por la mano del Omnipotente”, reflejo de una creencia común en el siglo XIX: que había vida en todo el cosmos.

En la astronomía moderna, “sabemos que Marte carece por completo de vida o, al menos, que, si la hay, es tan escasa que todavía no la hemos encontrado… Hemos observado planetas que orbitan otras estrellas. El universo es muy diverso. Esos sistemas estelares, esos planetas, parecen muy diferentes de la Tierra”, afirmó.

En el Observatorio Vaticano, Graney centra sus investigaciones en la historia de la ciencia mediante el estudio de asteroides, galaxias y cosmología.

Al preguntarle si el Vaticano tenía conocimiento de avistamientos de extraterrestres o de indicios de su presencia en otros lugares del sistema solar, Graney descartó las teorías según las cuales oculta pruebas de vida extraterrestre. Señaló que la realidad es “mucho más aburrida” que esas historias y que cualquier forma de vida en otras partes del universo probablemente se encuentre demasiado lejos para haber llegado a la Tierra.

“Supongo que es más aburrido que pensar que el Vaticano esconde extraterrestres. Pero así son las cosas”, dijo Graney.

Artículo publicado originalmente en EWTN News. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.

SAN FRANCISCO DE ASÍS

OFSE San Francisco de Asís

San Francisco de Asís nació en Asís (Italia) en 1182.

Su madre se llamaba Pica y fue sumamente estimada por él durante toda su vida. Su padre era Pedro Bernardone, un hombre muy admirador y amigo de Francia, por la cual le puso el nombre de Francisco, que significa: «el pequeño francesito».


Cuando era joven, a Francisco lo que le agradaba era asistir a fiestas, paseos y reuniones con mucha música. Su padre tenía uno de los mejores almacenes de ropa en la ciudad, y al muchacho le sobraba el dinero. Los negocios y el estudio no le llamaban la atención. Pero tenía la cualidad de no negar un favor o una ayuda a un pobre siempre que pudiera hacerlo.

Tenía veinte años cuando hubo una guerra entre Asís y la ciudad de Perugia. Francisco salió a combatir por su ciudad, y cayó prisionero de los enemigos. La prisión duró un año, tiempo que él aprovechó para meditar y pensar seriamente en la vida.

Al salir de la prisión se incorporó otra vez al ejército de su ciudad, y se fue a combatir a los enemigos. Se compró una armadura sumamente elegante y el mejor caballo que encontró. Pero por el camino se le presentó un pobre militar que no tenía con qué comprar armadura ni caballería, y Francisco, conmovido, le regaló todo su lujoso equipo militar. Esa noche en sueños sintió que le presentaban a cambio de lo que él había obsequiado, unas armaduras mejores para enfrentarse a los enemigos del espíritu.


Francisco no llegó al campo de batalla porque enfermó y en plena enfermedad oyó que una voz del cielo le decía: «¿Por qué dedicarse a servir a los jornaleros, en vez de consagrarse a servir al Jefe Supremo de todos?». Entonces se volvió a su ciudad, pero ya no a divertirse y parrandear sino a meditar en serio acerca de su futuro.

La gente al verlo tan silencioso y meditabundo comentaba que Francisco probablemente estaba enamorado. Él comentaba: «Sí, estoy enamorado y es de la novia más fiel y pura y santificadora que existe». Los demás no sabían de quién se trataba, pero él sí sabía muy bien que se estaba enamorando de la pobreza, o sea de una manera de vivir que fuera lo más parecida posible al modo totalmente pobre como vivió Jesús. Y se fue convenciendo de que debía vender todos sus bienes y darlos a los pobres.

Paseando un día por el campo encontró a un leproso lleno de llagas y sintió un gran asco hacia él. Pero sintió también una inspiración divina que le decía que si no obramos contra nuestros instintos nunca seremos santos. Entonces se acercó al leproso, y venciendo la espantosa repugnancia que sentía, le besó las llagas. Desde que hizo ese acto heroico logró conseguir de Dios una gran fuerza para dominar sus instintos y poder sacrificarse siempre a favor de los demás. Desde aquel día empezó a visitar a los enfermos en los hospitales y a los pobres. Y les regalaba cuanto llevaba consigo.

Un día, rezando ante un crucifijo en la iglesia de San Damián, le pareció oír que Cristo le decía tres veces: «Francisco, tienes que reparar mi casa, porque está en ruinas». Él creyó que Jesús le mandaba arreglar las paredes de la iglesia de San Damián, que estaban muy deterioradas, y se fue a su casa y vendió su caballo y una buena cantidad de telas del almacén de su padre y le trajo dinero al Padre Capellán de San Damián, pidiéndole que lo dejara quedarse allí ayudándole a reparar esa construcción que estaba en ruinas. El sacerdote le dijo que le aceptaba el quedarse allí, pero que el dinero no se lo aceptaba (le tenía temor a la dura reacción que iba a tener su padre, Pedro Bernardone). Francisco dejó el dinero en una ventana, y al saber que su padre enfurecido venía a castigarlo, se escondió prudentemente.

Pedro Bernardone demandó a su hijo Francisco ante el obispo declarando que lo desheredaba y que tenía que devolverle el dinero conseguido con las telas que había vendido. El prelado devolvió el dinero al airado papá, y Francisco, despojándose de su camisa, de su saco y de su manto, los entregó a su padre diciéndole: «Hasta ahora he sido el hijo de Pedro Bernardone. De hoy en adelante podré decir: Padrenuestro que estás en los cielos».

El Sr. Obispo le regaló el vestido de uno de sus trabajadores del campo: una sencilla túnica, de tela ordinaria, amarrada en la cintura con un cordón. Francisco trazó una cruz con tiza, sobre su nueva túnica, y con ésta vestirá y pasará el resto de su vida. Ese será el hábito de sus religiosos después: el vestido de un campesino pobre, de un sencillo obrero.

Se fue por los campos orando y cantando. Unos guerrilleros lo encontraron y le dijeron: «¿Usted quién es? – Él respondió: – Yo soy el heraldo o mensajero del gran Rey». Los otros no entendieron qué les quería decir con esto y en cambio de su respuesta le dieron una paliza. Él siguió lo mismo de contento, cantando y rezando a Dios.

Después volvió a Asís a dedicarse a levantar y reconstruir la iglesita de San Damián. Y para ello empezó a recorrer las calles pidiendo limosna. La gente que antes lo había visto rico y elegante y ahora lo encontraba pidiendo limosna y vestido tan pobremente, se burlaba de él. Pero consiguió con qué reconstruir el pequeño templo.

La Porciúncula

Este nombre es queridísimo para los franciscanos de todo el mundo, porque en la capilla llamada así fue donde Francisco empezó su comunidad. Porciúncula significa «pequeño terreno». Era una finquita chiquita con una capillita en ruinas. Estaba a 4 kilómetros de Asís. Los padres Benedictinos le dieron permiso de irse a vivir allá, y a nuestro santo le agradaba el sitio por lo pacífico y solitario y porque la capilla estaba dedicada a la Santísima Virgen.

En la misa de la fiesta del apóstol San Matías, el cielo le mostró lo que esperaba de él. Y fue por medio del evangelio de ese día, que es el programa que Cristo dio a sus apóstoles cuando los envió a predicar. Dice así: «Vayan a proclamar que el Reino de los cielos está cerca. No lleven dinero ni sandalias, ni doble vestido para cambiarse. Gratis han recibido, den también gratuitamente». Francisco tomó esto a la letra y se propuso dedicarse al apostolado, pero en medio de la pobreza más estricta.

Cuenta San Buenaventura que se encontró con el santo un hombre a quien un cáncer le había desfigurado horriblemente la cara. El otro intentó arrodillarse a sus pies, pero Francisco se lo impidió y le dio un beso en la cara, y el enfermo quedó instantáneamente curado. Y la gente decía: «No se sabe qué admirar más, si el beso o el milagro».

El primero que se le unió en su vida de apostolado fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís, el cual invitaba con frecuencia a Francisco a su casa y por la noche se hacía el dormido y veía que el santo se levantaba y empleaba muchas horas dedicado a la oración repitiendo: «mi Dios y mi todo». Le pidió que lo admitiera como su discípulo, vendió todos sus bienes y los dio a los pobres y se fue a acompañarlo a la Porciúncula. El segundo compañero fue Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís. El tercero fue Fray Gil, célebre por su sencillez.


Cuando ya Francisco tenía 12 compañeros se fueron a Roma a pedirle al Papa que aprobara su comunidad. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba.

En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: «No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el evangelio». Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula.

Dicen que Inocencio III vio en sueños que la Iglesia de Roma estaba a punto de derrumbarse y que aparecían dos hombres a ponerle el hombro e impedir que se derrumbara. El uno era San Francisco, fundador de los franciscanos, y el otro, Santo Domingo, fundador de los dominicos. Desde entonces el Papa se propuso aprobar estas comunidades.

A Francisco lo atacaban a veces terribles tentaciones impuras. Para vencer las pasiones de su cuerpo, tuvo alguna vez que revolcarse entre espinas. Él podía repetir lo del santo antiguo: «trato duramente a mi cuerpo, porque él trata muy duramente a mi alma».


Clara, una joven muy santa de Asís, se entusiasmó por esa vida de pobreza, oración y santa alegría que llevaban los seguidores de Francisco, y abandonando su familia huyó a hacerse monja según su sabia dirección. Con Santa Clara fundó él las hermanas pobres o clarisas, que tienen hoy conventos en todo el mundo.

Francisco tenía la rara cualidad de hacerse querer de los animales. Las golondrinas le seguían en bandadas y formaban una cruz, por encima de donde él predicaba. Cuando estaba solo en el monte una mirla venía a despertarlo con su canto cuando era la hora de la oración de la medianoche. Pero si el santo estaba enfermo, el animalillo no lo despertaba. Un conejito lo siguió por algún tiempo, con gran cariño.

Dicen que un lobo feroz le obedeció cuando el santo le pidió que dejara de atacar a la gente.

Fue durante esta época y bajo la inspiración directa de Francisco de Asís y de los primeros frailes menores nacieron grupos de personas que deseaban con fervor seguir al hermano pobre desde su condición no de frailes, surgiendo grupos de fraternidades de seglares que vivían como Hermanos y Hermanas de la Penitencia y que se sentían integrantes de la gran Familia Franciscana. Para ellos Francisco pensó un proyecto de vida evangélica seglar dentro de su Familia Religiosa, del que nació la “Orden de la Penitencia” o Tercera Orden Franciscana.

Francisco se retiró por 40 días al Monte Alverna a meditar, y tanto pensó en las heridas de Cristo, que a él también se le formaron las mismas heridas en las manos, en los pies y en el costado.

Los seguidores de San Francisco llegaron a ser tan numerosos, que, en el año 1219, en una reunión general llamada «El Capítulo de las esteras», se reunieron en Asís más de cinco mil franciscanos. Al santo le emocionaba mucho ver que en todas partes aparecían vocaciones y que de las más diversas regiones le pedían que les enviara sus discípulos tan fervorosos a que predicaran. Él les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de recomendarles que cumplieran lo más exactamente posible todo lo que manda el santo evangelio.

Dispuso ir a Egipto a evangelizar al sultán y a los mahometanos. Pero ni el jefe musulmán ni sus fanáticos seguidores quisieron aceptar sus mensajes. Entonces se fue a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya los franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa.

Por no cuidarse bien de las calientes arenas del desierto de Egipto se enfermó de los ojos y cuando murió estaba casi completamente ciego. Un sufrimiento más que el Señor le permitía para que ganara más premios para el cielo.

San Francisco de Asís, que era un verdadero poeta y le encantaba recorrer los campos cantando bellas canciones, compuso un himno a las criaturas, en el cual alaba a Dios por el sol, y la luna, la tierra y las estrellas, el fuego y el viento, el agua y la vegetación. «Alabado sea mi Señor por el hermano sol y la madre tierra, y por los que saben perdonar», etc. Le agradaba mucho cantarlo y hacerlo aprender a los demás y poco antes de morir hizo que sus amigos lo cantaran en su presencia. Su saludo era «Paz y bien».

Cuando sólo tenía 44 años sintió que le llegaba la hora de partir a la eternidad. Dejaba fundada la comunidad de Franciscanos, y la de hermanas Clarisas. Con esto contribuyó enormemente a enfervorizar la Iglesia Católica y a extender la religión de Cristo por todos los países del mundo. Los seguidores de San Francisco (menores, conventuales, capuchinos, tercera orden regular, clarisas, etc.) son el grupo religioso más numeroso que existe en la Iglesia Católica.

El 3 de octubre de 1226, acostado en el duro suelo, cubierto con un hábito que le habían prestado de limosna, y pidiendo a sus seguidores que se amen siempre como Cristo los ha amado, murió como había vivido: lleno de alegría, de paz y de amor a Dios.

Cuando apenas habían transcurrido dos años después de su muerte, el Sumo Pontífice lo declaró santo y en todos los países de la tierra se venera y se admira a este hombre sencillo y bueno que pasó por el mundo enseñando a amar la naturaleza y a vivir desprendido de los bienes materiales y enamorados de nuestro buen Dios. Fue San Francisco de Asís quien popularizó la costumbre de hacer pesebres para Navidad.

Dicen que a San Francisco de Asís lo declaró santo el pueblo, antes de que el Sumo Pontífice le concediera ese honor, y que si se hace una votación entre los cristianos (aún entre los protestantes) todos están de acuerdo en declarar que es un verdadero santo. Todos, aun los no católicos, lo quieren y lo estiman.

A San Francisco de Asís lo quieren los pobres, porque él se dedicó a vivir en total pobreza, pero con gran alegría.

A San Francisco de Asís lo estiman los ecologistas porque él fue el amigo de las aves, de los peces, de las flores, del agua, del sol, de la luna y de la madre tierra.

Ver: FUENTES BIOGRÁFICAS FRANCISCANAS

Ver: ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

Descubre las más célebres frases de santa Teresa dñÑ Lisieux

Teresita del Niño Jesús o santa Teresa de Lisieux es la más joven de los Doctores de la Iglesia, proclamada por san Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997; la más joven porque murió desconocida a los 24 años de edad.

Sin embargo muy pronto se hizo conocer, por su vida cristiana de santidad, sus milagros y por el gran legado espiritual que dejó a través de sus obras literarias.

Hoy quisiéramos recordarla con estas, sus frases más celebres, la mayoría extraídas del libro Historia de un Alma, una verdadera joya espiritual de nuestro tiempo.

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Quién es santa Teresita

Santa Teresa de Lisieux es la autora del “caminito espiritual”, la santa que descubrió que su misión en el corazón de la Iglesia era ser el amor.

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, Teresita de Lisieux, es una maravillosa monja carmelita que ha hecho llover flores sobre el mundo, una de las santas más queridas por su nobleza, su genio espiritual y su dulzura de amor.

Tenía un corazón misionero, a pesar de que entró en un monasterio carmelita de clausura donde las monjas rara vez pasan más allá de los muros que lo rodean.

Ella siempre rezaba por los sacerdotes misioneros y por aquellos a quienes servían como ministros. Su corazón estaba lleno del amor de Dios y quería que todo el mundo lo poseyera.

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