
por por Alba Martorell Cid
CLAVE:
- Los jardines y santuarios de Haifa y Acre, importantes lugares de peregrinación Bahá’í, simbolizan la unidad espiritual y global
En la bahía de Haifa, en la ladera del monte Carmelo, unas terrazas ajardinadas descienden hasta la ciudad formando uno de los paisajes más emblemáticos de Israel. En el centro de este conjunto se alza el Santuario del Báb, coronado por una cúpula dorada, el símbolo más emblemático de la fe Bahá’í. A pocos kilómetros de este lugar, en la ciudad de Acre (Akko), se encuentra el Santuario de Bahá’u’lláh, fundador de esta religión. Ambos lugares forman el corazón espiritual del bahaísmo y constituyen el principal destino de peregrinación de sus fieles.
Declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 2008, los jardines y santuarios de Haifa y Acre no solo destacan por su belleza arquitectónica y paisajística, sino también por el profundo significado espiritual que tienen para una comunidad religiosa presente hoy en casi todos los países del mundo.
El legado de un largo exilio
La importancia de Haifa y Acre se explica por la biografía del fundador de la fe Bahá’í. Bahá’u’lláh (1817-1892) nació en Persia, el actual Irán, pero muy pronto comenzó a sufrir persecución por sus creencias. Después de ser encarcelado en Teherán, fue expulsado de su país e inició un largo periplo de exilios impuestos tanto por las autoridades persas como por las otomanas.
Residió primero en Bagdad, luego en Constantinopla (Estambul) y más tarde en Adrianópolis (Edirne). Finalmente, en 1868 fue deportado a Acre, entonces una fortaleza utilizada como colonia penal del Imperio Otomano. A pesar de la dureza de los primeros años de cautiverio, con el tiempo obtuvo más libertad de movimientos y se estableció en una casa en Bahjí, a las afueras de la ciudad, donde murió en 1892. Su tumba es hoy el lugar más sagrado de la fe bahá’í y es hacia este santuario que se orientan diariamente las plegarias de los fieles de todo el mundo.
El monte Carmelo, centro espiritual
Según explica Emilio Egea, miembro de la comunidad local bahá’í de Barcelona, la importancia de Haifa deriva del hecho de que Bahá’u’lláh designó el monte Carmelo como el lugar destinado a acoger el mausoleo del Báb -su precursor- y el futuro centro administrativo de esta confesión.
Fue su hijo y sucesor, ‘Abdu’l-Bahá, quien hizo construir el Santuario del Báb en la cima del Carmelo. Con los años, a su alrededor se levantaron las principales instituciones internacionales de esta fe: la Casa Universal de Justicia, máximo órgano de gobierno de la comunidad bahá’í; el Centro Internacional de Enseñanza; el Centro de Estudios de los Textos Sagrados; el Archivo Internacional y otros edificios administrativos conocidos como los “edificios del Arco”. Por este motivo, Haifa y Acre forman conjuntamente el centro espiritual y administrativo de la religión Bahá’í.
Una peregrinación voluntaria
La peregrinación Bahá’í no constituye una obligación religiosa. Egea explica que la comunidad la considera “un privilegio”, al cual los fieles aspiran si sus circunstancias personales, familiares, económicas o de salud se lo permiten.
Originalmente, los escritos sagrados establecían la peregrinación a la casa del Báb, en Shiraz (Irán), y a la casa de Bahá’u’lláh, en Bagdad (Irak). Pero estos lugares han dejado de ser accesibles a los bahá’ís: la casa de Bagdad fue confiscada y la de Shiraz fue destruida después de la Revolución Islámica iraní. Por este motivo, bajo la guía de la Casa Universal de Justicia, la peregrinación reconocida actualmente es la que conduce a los santuarios de Bahjí y del monte Carmelo.
La comunidad subraya, sin embargo, que nadie es menos bahá’í por no haber podido peregrinar. El valor de la fe no depende del viaje, sino de vivir de acuerdo con las enseñanzas de Bahá’u’lláh.
Nueve días de oración y contemplación
La peregrinación suele durar nueve días y gira en torno a los dos grandes santuarios, el de Bahjí y el de Haifa. Los peregrinos suelen visitar también otros lugares vinculados a los últimos años de vida del fundador, como la prisión de Acre o la mansión donde residió.
Los jardines tienen un papel esencial en esta experiencia. Las diecinueve terrazas que rodean el Santuario del Báb, cuidadosamente diseñadas y mantenidas, no son un simple elemento decorativo. Para los bahá’ís, su armonía simboliza el orden, la belleza y la unidad de la creación. El silencio, la vegetación y el equilibrio del paisaje invitan a la oración y a la reflexión.
A diferencia de otras peregrinaciones, no hay rituales colectivos complejos ni ceremonias obligatorias. Cada peregrino vive estos días de manera profundamente personal, dedicando tiempo a la oración, a la meditación y a la lectura de los textos sagrados.
La unidad de la humanidad
Para Emilio, uno de los aspectos más significativos de la peregrinación es “la convivencia entre personas procedentes de todos los continentes”. Fieles de lenguas, culturas y orígenes muy diversos coinciden en los mismos santuarios, haciendo visible uno de los principios fundamentales del bahaísmo: que la humanidad constituye una sola familia.
Esta dimensión universal hace que la peregrinación no sea solo una visita a los orígenes históricos de la religión, sino también “una experiencia de fraternidad”. Los peregrinos descubren que comparten una misma fe con personas que viven en contextos culturales muy diferentes, pero que participan de los mismos ideales de paz, justicia y unidad.
Un camino que continúa
La verdadera peregrinación, sin embargo, no termina cuando se deja atrás Haifa o Acre. Como explica Egea, la visita a los lugares sagrados es sobre todo “una oportunidad para renovar la vida interior y volver a casa con un compromiso más firme de vivir las enseñanzas de Bahá’u’lláh”. Representa, por tanto, un impulso para transformar la propia vida y contribuir a una sociedad más justa y reconciliada.
Quizás esta es la singularidad de Acre y Haifa: más allá de su extraordinaria belleza, recuerdan a los peregrinos que el auténtico camino espiritual continúa mucho después de haber abandonado el monte Carmelo.
AUTORA:
Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Docente de lengua catalana y literatura en Jesuïtes Educació. Máster en Formación del Profesorado por la Universidad Rovira i Virgili (URV). Estudiante del Máster en Periodismo Avanzado-Reporterismo en Blanquerna-Universitat Ramon Llull (URL) y apoyo al Observatorio Blanquerna de Comunicación, Religión y Cultura.
FUENTE:
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