El monasterio de Khrekhiv, orar adentrándose en el bosque

por Alba Martorell Cid

CLAVE:

  • El monasterio de Khrekhiv, en Ucrania, es un centro espiritual importante, conocido por su rica tradición monástica oriental e historia de resistencia religiosa.

En los confines del Parque Nacional de Yavorivskyi, en los bosques de la Roztochchia, se levanta uno de los santuarios más queridos por los fieles de la Iglesia Grecocatólica Ucraniana: San Nicolás de Khrekhiv. En el oeste ucraniano, sólo a cincuenta kilómetros de Lviv y lejos de los grandes circuitos turísticos europeos, se esconde un monasterio rodeado de murallas defensivas y de un paisaje verde y frondoso.

Es un lugar de peregrinación en el que la tradición monástica oriental mantiene una vitalidad sorprendente, incluso en medio de las dificultades que enfrenta el país. Para los ucranianos, Khrekhiv es un espacio de memoria nacional, resistencia religiosa y renovación espiritual. Cada primavera, miles de peregrinos llegan para venerar sus iconos milagrosos, participar en la liturgia católica bizantina y compartir la fe.

Para Olga Hrynyk , creyente de rito grecocatólico y vecina del monasterio, Khrekhiv no es sólo un lugar de peregrinación, sino una parte de su vida. «He nacido en la casa más cercana al monasterio», comenta con ternura. De pequeña iba habitualmente los domingos e hizo la catequesis. «Hacían actividades, había una coral», recuerda. Su relación con este lugar, por tanto, va mucho más allá de la visita ocasional de un peregrino: es un espacio que ha acompañado a varias generaciones de la pequeña comunidad de Kozul’ka.

Un monasterio nacido de la vida eremítica

Los orígenes del monasterio se remontan a finales del siglo XVI. La tradición explica que dos monjes procedentes de la Lavra de las Cuevas de Kiiv —uno de los centros más importantes del cristianismo ortodoxo—, llamados Joel y Silvestre, se retiraron a vivir como eremitas en unas cuevas situadas cerca del actual pueblo de Khrekhiv. Su vida austera atrajo a otros discípulos hasta que, a principios del siglo XVII, el magnate Stanislaw Zolkiewski les cedió unos terrenos para construir un monasterio permanente.

Las primeras edificaciones eran de madera, pero entre 1619 y 1658 el conjunto se transformó en una fortificación de piedra. Las murallas, las torres de vigilancia y las puertas monumentales todavía recuerdan que estos monasterios también debían protegerse de las incursiones tátaras —un conjunto de pueblos de origen turco— que frecuentaban aquella región fronteriza de la antigua Confederación Polaca-Lituana.

Durante los siglos XVII y XVIII, el monasterio recibió el apoyo de varios hetmanes , comandantes supremos del ejército ucraniano, entre ellos Bohdan Khmelnitski, Petro Doroixenko e Ivan Mazepa. Aquel patrocinio contribuyó a convertir a Khrekhiv en uno de los principales centros espirituales y culturales de la región.

Del mundo ortodoxo a la Iglesia Grecocatólica

Uno de los rasgos que singulariza Khrekhiv es que inicialmente fue un monasterio de tradición ortodoxa, pero en 1721 se incorporó a la Iglesia Grecocatólica Ucraniana, heredera de la Unión de Brest de 1596, que mantiene la liturgia bizantina y las tradiciones espirituales orientales en comunión con Roma.

Esa doble herencia explica buena parte de su identidad actual. Los fieles celebran la Divina Liturgia según el rito bizantino, con el uso abundante del incienso, el canto sin acompañamiento instrumental, los iconos y una espiritualidad profundamente influida por los Padres de Oriente cristiano.

Sin embargo, para Hrynyk las diferencias respecto al catolicismo que ha conocido en Cataluña no son especialmente grandes. “Para mí no hay muchas diferencias en el rito, las iglesias son algo distintas por dentro y sólo un poco la vestimenta de los monjes”, comenta. Sin embargo, sí destaca una diferencia en la manera de celebrar: “Las celebraciones son casi todas cantadas, más que lo que he podido ver aquí”, admite.

Los monjes basilios

Actualmente el monasterio está habitado por los monjes de la Orden de San Basilio el Grande, conocidos popularmente como los basilios. La comunidad sigue la tradición monástica inspirada en san Basilio, uno de los grandes padres del monaquismo oriental del siglo IV. A diferencia de otras comunidades estrictamente contemplativas, los basilios combinan la vida de oración con la formación, la predicación, la acogida de los peregrinos y diversas actividades pastorales.

Khrekhiv es también una casa de noviciado. Desde principios del siglo XX, muchos de los futuros monjes basilios han iniciado su formación religiosa, una función que sigue desarrollando hoy. Durante este período, los aspirantes reciben el hábito, estudian la regla de san Basilio, profundizan en la oración y disciernen su vocación antes de hacer los primeros votos.

Khrekhiv, símbolo de recuperación y resistencia

Como tantos otros monasterios de Ucrania occidental, Khrekhiv sufrió duramente la persecución soviética. Tras la prohibición de la Iglesia Grecocatólica Ucraniana en 1946, el monasterio fue clausurado. Los monjes fueron encarcelados, deportados u obligados a vivir clandestinamente. La rica biblioteca y buena parte del patrimonio documental desaparecieron, y los edificios sufrieron un largo período de abandono.

Olga recuerda que hubo épocas en las que la religión católica estaba prohibida y los monjes “se solían esconder en los bosques”. El monasterio no funcionaba y la práctica religiosa debía trasladarse al ámbito privado: “La gente oraba en casa y con mucho cuidado”, relata.

Solo con la independencia de Ucrania, en 1990, la comunidad basiliana pudo regresar. Desde entonces, se ha restaurado progresivamente el conjunto monumental y se ha reanudado la vida monástica. Para la vecina del monasterio, esa historia también cuenta el vínculo que Khrekhiv ha mantenido con su entorno: “Siempre ha sido un símbolo de unión para la gente, está muy abierto al pueblo y se ayuda mucho a las personas, así fue especialmente en aquella época”, afirma.

La peregrinación de san Nicolás

El principal motivo de peregrinación son los dos iconos venerados en el monasterio: la Virgen de Khrekhiv y el icono de san Nicolás, ambos considerados milagrosos por los fieles. Durante más de cuatrocientos años han atraído a peregrinos no sólo de Ucrania sino también de los territorios vecinos de la Europa oriental.

La gran celebración anual tiene lugar el 22 de mayo, fiesta de la Traslación de las reliquias de san Nicolás de Mira hasta Bari, una solemnidad especialmente querida en la tradición bizantina. Ese día, miles de fieles recorren a pie los últimos kilómetros hasta el monasterio, participan en largas celebraciones litúrgicas y veneran los iconos antes de compartir las comidas preparadas por un grupo de voluntarios y las comunidades locales.

Hrynyk explica que durante dos días el monasterio se llena de peregrinos que llegan desde otras zonas: «Era una fiesta muy grande, no se cabía», recuerda. Había cantos, tenderetes y comida típica, y las calles y los espacios de alrededor del monasterio se convertían en un punto de encuentro para toda la comunidad. La fiesta sigue celebrándose, aunque hoy llega menos gente. La guerra es uno de los principales motivos.

El recinto monástico se extiende también por los bosques que lo rodean, donde un Vía Crucis invita a los peregrinos a continuar la oración caminando. Las estaciones, distribuidas a lo largo de un itinerario que se adentra en el bosque, ofrecen un espacio de silencio y meditación sobre la pasión de Cristo.

Para Olga, la naturaleza es una parte esencial de la experiencia. «El bosque crea una atmósfera más especial, se siente más paz y tranquilidad», explica. Más allá de la dimensión estrictamente religiosa del Vía Crucis, la ruta «se convierte casi en un espacio para la meditación». Y lo resume con una simple frase: «Es extraordinariamente bello».

Para muchos fieles, este recorrido completa la experiencia de la peregrinación: la oración sigue en contacto con la naturaleza, siguiendo una tradición muy arraigada en la espiritualidad monástica oriental, que entiende el bosque como un espacio privilegiado de recogimiento y encuentro con Dios.

Peregrinar en tiempo de guerra

Desde la invasión rusa a gran escala que comenzó en 2022, la peregrinación a Khrekhiv ha adquirido un nuevo significado. Hrynyk explica que el monasterio está estrechamente vinculado a la situación que atraviesa el país. «Actualmente, el monasterio está muy involucrado en la situación», señala. Se realizan oraciones por las víctimas del conflicto y el monasterio ha acogido sepelios.

La solidaridad se hace especialmente visible en momentos señalados en el año. «En Pascua o en Navidad se hacen colectas, se recoge comida típica para que la gente lo lleve y se traslada al frente», explica.

Los monjes basilios han mantenido abiertas las puertas de su casa, ofreciendo acogida espiritual y, en varios momentos, también apoyo humanitario. «En todo momento el monasterio está en contacto con la gente», afirma Olga.

Una comunidad que sigue viva

A pesar de la guerra y la disminución del número de peregrinos, la vida cotidiana del monasterio continúa. Hrynyk destaca que la catequesis se sigue impartiendo y que también hay un grupo de jóvenes de entre 13 y 15 años que organizan campamentos de verano para los más pequeños. De este modo, el monasterio sigue desempeñando una función que va más allá de la liturgia: es un lugar de oración, educación, encuentro y ayuda. «Aún hay mucha vida allí», resume Hrynyk.

Una identidad auténtica, sensata y discreta

Khrekhiv no figura entre los grandes destinos espirituales del mundo. La mayoría de los visitantes acuden por devoción, no como turistas. Quizás sea precisamente por eso que conserva una autenticidad que muchos otros santuarios han tenido que aprender a proteger.

El silencio de los bosques, las murallas centenarias, la solemnidad de la liturgia bizantina y la presencia discreta de los monjes recuerdan que éste sigue siendo, por encima de todo, un lugar de fe. Para los peregrinos ucranianos representa un hito espiritual; para quienes lo descubren por primera vez, es también una puerta de entrada a una tradición católica oriental que ha sabido mantener viva su identidad pese a guerras, imperios y persecuciones. Para Olga Hrynyk, que ha crecido literalmente junto a este lugar privilegiado, sigue siendo un punto de encuentro para la comunidad.

Quizá sea esta medida sensata, más que la monumentalidad, lo que convierte a Khrekhiv en uno de los grandes polos espirituales de Ucrania: un lugar donde la oración sale de la iglesia, atraviesa las puertas del monasterio y se adentra en el bosque.

AUTORA:

Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Docente de lengua catalana y literatura en Jesuïtes Educació. Máster en Formación del Profesorado por la Universidad Rovira i Virgili (URV). Estudiante del Máster en Periodismo Avanzado-Reporterismo en Blanquerna-Universitat Ramon Llull (URL) y apoyo al Observatorio Blanquerna de Comunicación, Religión y Cultura.

FUENTE: https://www.catalunyareligio.cat/


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