Los “cuatro pequeños santuarios” del Himalaya

por Alba Martorell Cid

CLAVES:

  • El peregrinaje del Chota Char Dham en el Himalaya es un viaje espiritual clave en el hinduismo, destacando por su exigencia y simbolismo.
  • El Chota Char Dham (o Chhota Char Dham) es una importante ruta de peregrinación hindú situada en el estado de Uttarakhand, en el norte de la India (en la región del Himalaya de Garhwal).

Entre los numerosos lugares sagrados que se reparten por la India, hay un destino de peregrinación que destaca por su exigencia física y por su profundo simbolismo religioso: el Chota Char Dham, un recorrido por cuatro grandes santuarios en el Himalaya.

Situado en el estado de Uttarakhand, en el norte de la India, este itinerario conduce a los templos de Yamunotri, Gangotri, Kedarnath y Badrinath, enclavados entre valles profundos, ríos glaciares y cumbres que superan los 6.000 metros de altitud.

Para Dvarka Dasa, de la comunidad Iskcon Barcelona –un templo Hare Krishna–, el peregrinaje, que se llama tirthayatra en sánscrito, es “una de las actividades religiosas más populares y fundamentales del hinduismo”. No es solo un desplazamiento físico, sino “una búsqueda de descubrimiento espiritual en lugares cargados de una presencia divina especial”. Los peregrinos acuden para purificar el karma, cumplir un voto, dar gracias, pedir un favor o avanzar en su camino interior.

Donde lo divino y lo humano se encuentran

El hinduismo no establece una obligación universal de peregrinar, pero los textos sagrados y la tradición otorgan un gran valor espiritual a los tirtha, los lugares donde el mundo humano y lo divino se encuentran. Visitarlos permite acumular mérito espiritual (punya), expresar la devoción (bhakti) y profundizar en la relación individual con la divinidad.

Dasa explica que la misma palabra tirtha significa literalmente “vado” o “punto de cruce”. Es decir, un espacio donde el mundo cotidiano entra en contacto con lo sagrado y desde donde el fiel puede acercarse más fácilmente a lo divino. “Emprender un tirthayatra es un acto devocional profundo cargado de propósitos purificadores y transformadores”, resume.

Según el investigador, un lugar se convierte en destino de peregrinación porque es percibido como un espacio donde la presencia divina se manifiesta de una manera particular. Algunos son venerados porque allí ocurrieron episodios de la vida de los dioses; otros, porque albergan ríos, montañas u objetos considerados sagrados. “En la tradición hindú, los lugares de peregrinación no se inventan, sino que se descubren a partir de una manifestación divina previa”, señala.

Durante el camino, muchos fieles adoptan prácticas propias de los ascetas: ayunan, caminan descalzos, practican el celibato temporal o realizan largas circunvalaciones (parikrama) alrededor de los santuarios. Todo esto forma parte de un proceso de disciplina interior que, según Dasa, “ayuda al creyente a cultivar el desapego, la perseverancia y la comunión con la divinidad”.

Yamunotri, el nacimiento espiritual del Yamuna

El primer destino de este gran peregrinaje es Yamunotri, dedicado a la diosa Yamuna, personificación del río del mismo nombre. Aunque el nacimiento geográfico de sus aguas se encuentra en un glaciar situado más arriba, este templo es considerado su origen espiritual. Quienes llegan allí le ofrecen flores, encienden lámparas de aceite y aprovechan las aguas termales de la zona para preparar ofrendas o realizar baños rituales. Para los fieles, el Yamuna simboliza la pureza y la protección ante la muerte.

Gangotri, las fuentes del Ganges

La segunda etapa conduce a Gangotri, dedicado a la diosa Ganga, personificación del río Ganges. Es el río más sagrado del hinduismo y sus aguas son consideradas purificadoras. Según la tradición hindú, fue aquí donde la diosa descendió del cielo hasta la Tierra gracias a la intervención del dios Shiva, que amortiguó su fuerza recogiendo sus aguas entre sus cabellos. Aunque el glaciar de Gaumukh, situado unos kilómetros más arriba, es el nacimiento físico del río, Gangotri es el gran centro de devoción.

La purificación es, precisamente, una de las motivaciones principales de los peregrinajes hindúes. Dasa explica que bañarse en aguas sagradas es considerado “una manera poderosa de lavar los pecados y el karma acumulado en esta vida y las anteriores”. Pero el baño ritual no es el único objetivo, a veces también se busca simplemente obtener darsana, es decir, la visión auspiciosa de la deidad.

Kedarnath, el templo de Shiva

Después de venerar los ríos sagrados, el peregrinaje continúa hacia Kedarnath, un templo dedicado al dios Shiva. Situado a más de 3.500 metros de altitud, es también uno de los doce jyotirlinga, los santuarios que manifiestan la presencia más poderosa de esta divinidad. Es la etapa más exigente del recorrido. El acceso requiere una larga caminata de montaña -aunque hoy también es posible llegar en helicóptero- y solo se puede visitar durante los meses en que la nieve permite abrir los caminos.

En este sentido, el esfuerzo físico forma parte de la experiencia religiosa. Dasa recuerda que esta exigencia no es casual: “El viaje mismo es una forma de austeridad y sacrificio personal”, afirma. El objetivo no es solo llegar al templo, sino dejar que el camino transforme al peregrino, tanto física como espiritualmente.

Una peregrinación de comunidad

No hay ningún precepto religioso que obligue a completar el Chota Char Dham ni tampoco un número determinado de veces que deba hacerse. Todo depende de la devoción, la salud y las posibilidades de cada persona. Sin embargo, muchos hindúes aspiran a realizarlo al menos una vez en la vida. Puede hacerse individualmente, en familia o con grupos organizados por templos, asociaciones religiosas o agencias especializadas. La mayoría de fieles optan por ir acompañados, tanto por su carácter comunitario como por las dificultades que presenta la alta montaña.

Para Dvarka, esta dimensión colectiva es inseparable del significado del peregrinaje: “Al viajar por estos puntos, los hindúes de diversas regiones y lenguas descubren un hilo común de fe, lo que genera un fuerte sentido de parentesco nacional y espiritual”. Es habitual que compartan comida, se ayuden en los tramos más difíciles y establezcan vínculos que convierten el trayecto en una experiencia de solidaridad y fraternidad.

Entre la tradición y la modernidad

Debido a las duras condiciones climáticas del Himalaya, los cuatro templos solo permanecen abiertos aproximadamente entre finales de abril o principios de mayo y los meses de octubre o noviembre. Durante el invierno, la nieve cubre los accesos y las imágenes de las divinidades son trasladadas a santuarios situados a menor altitud, donde continúan recibiendo culto hasta la primavera.

En las últimas décadas, sin embargo, la manera de peregrinar también ha cambiado. Las nuevas infraestructuras han facilitado accesos que antiguamente requerían largas caminatas o semanas de viaje. Carreteras, autobuses y trenes permiten hoy que personas mayores o con dificultades físicas también puedan completar el recorrido.

Según Dasa, esta transformación no ha alterado los objetivos espirituales del peregrinaje, pero sí la manera de vivirlo: “El esfuerzo físico continúa considerándose meritorio, pero muchos peregrinos optan por las facilidades modernas”, explica.

Esta opción no ha estado exenta de críticas. El investigador recuerda que Mahatma Gandhi ya advertía de los riesgos de una excesiva comodidad: “Cuando los antiguos maestros caminaban hasta los lugares sagrados lo hacían por el bien de la humanidad”, escribía Gandhi, mientras lamentaba que los medios de transporte modernos pudieran convertir las ciudades santas en espacios demasiado alejados del esfuerzo espiritual que las había caracterizado. No obstante, señala Dasa que la mayoría de los fieles interpretan estas mejoras “como una manera de que la divinidad se haga más accesible a sus devotos en el mundo contemporáneo”.

Más allá del Himalaya

Este peregrinaje de los “cuatro pequeños santuarios” del Himalaya no debe confundirse con el Char Dham tradicional, establecido por el filósofo Adi Shankaracharya en el siglo VIII, que une los grandes santuarios de Badrinath, Dwarka, Puri y Rameswaram. Situados en los cuatro extremos de la India, estos centros definen simbólicamente la geografía sagrada del país y continúan siendo uno de los grandes referentes de la devoción hindú.

Pero el mapa espiritual del hinduismo es mucho más amplio. Dvarka recuerda que las llamadas “Siete Ciudades Santas” (Sapta Puri) -entre las que se encuentran Varanasi, Ayodhya, Mathura, Haridwar, Ujjain, Kanchipuram y Dwarka- ocupan un lugar central en la tradición porque se considera que pueden conducir al fiel hacia el moksha, la liberación definitiva del ciclo de las reencarnaciones.

A estos santuarios se suman otros grandes centros de devoción como Tirupati, dedicado a Venkateshwara -una forma de Vishnu- y considerado el templo más rico de la India; Vrindavan, profundamente vinculado a la infancia de Krishna; Rishikesh, conocida como la puerta de entrada a los santuarios himalayos y referente internacional del yoga; o Prayagraj, donde confluyen el Ganges, el Yamuna y el mítico Saraswati, donde se celebra la multitudinaria Kumbh Mela, considerada la reunión religiosa más grande del mundo.

Esta extraordinaria densidad de lugares sagrados pone de manifiesto que el peregrinaje sigue ocupando un lugar central en la religiosidad hindú contemporánea. Entre ríos sagrados y templos milenarios, encabezados por los imponentes paisajes del Himalaya, el Chota Char Dham recuerda a los valientes que lo emprenden que, en el camino hacia lo divino, no se miden solo los kilómetros, sino también el esfuerzo dedicado a la transformación interior.

AUTORA:

Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). FUENTE: https://www.catalunyareligio.cat/


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