
Ésta es la pregunta que guía la reflexión de la comunidad joánica
Por Fra Bernat Folcrà, monje de Poblet y biblista
Ésta es la pregunta que guía la reflexión de la comunidad joánica ante la desaparición del Templo físico de Jerusalén y la ausencia del Jesús histórico. En los primeros tiempos, los discípulos descubrieron que su propia humanidad se convertía en el nuevo espacio de presencia divina. Al unirse a Jesús, el Hijo, a través de la Eucaristía, experimentaban la misma intimidad con el Padre: también ellos eran hijos e hijas acogidos en su casa.
El evangelio de san Juan establece una clara continuidad entre la vida terrenal de Jesús y la vida presente del Resucitado en la comunidad. El Templo actúa como metáfora de esa conexión. Así como el Templo simbolizaba la misión y naturaleza de Jesús, también expresa la identidad y la misión de la comunidad cristiana. Cuando el monte del Templo es destruido y la sinagoga deja de ser accesible, los creyentes no lo viven como una pérdida: sus tradiciones encuentran su desempeño en la nueva experiencia de comunión con Dios.
«Dios habita entre nosotros» (Jn 1,14). Ésta es la Buena Nueva que sustenta la fe joánica: ya no hace falta mirar con añoranza el pasado del tabernáculo ni la experiencia inmediata del Jesús histórico. El nuevo Templo está vivo y presente en la comunidad, donde los fieles, incorporados por el agua y el Espíritu (el Bautismo), comparten la relación filial de Jesús con el Padre. San Agustín lo expresa así: «El Templo de Dios es sagrado, y este Templo sois vosotros mismos.» En el Hijo, nosotros somos la nueva casa del Padre, el espacio donde Dios sigue habitando en el mundo.
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